Amores Imaginarios

Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

Cuentos de Navidad del mundo (1)

Por: | 25 de diciembre de 2014

Autora invitada: Anna Giralt Álvarez (*)

Las manos pequeñas   

Manresa, principios Siglo XX

A Ventura la peinaba su hermana Anna, dos años mayor que ella. Su madre había perdido los dedos en el telar y por ese motivo tenía las manos como alas rotas, pálidas, frágiles y doloridas. Esa era también la razón por la cual Ventura, a los seis años, empezó a trabajar, porque su madre no podía hacerlo. En aquel entorno y en aquel tiempo, al principio del siglo XX, las familias se contaban por las bocas que había que alimentar y las manos que podían trabajar.

Niña India

Veenapani, India

Ventura era de constitución menuda, con grandes y expresivos ojos oscuros, y como sus muy infantiles brazos no alcanzaban la lanzadera hubo que hacerle un taburete más alto. Llegó a la fábrica sin quejarse, sin saber que su vida podría haber sido otra cosa. Las dos hermanas salían de la cama al alba para llegar al primer turno. Trabajaban en los telares durante las mismas horas que las mujeres adultas, pero debido a su corta edad y considerando que su productividad laboral era más baja, cobraban una cuarta parte del sueldo. Los menores cobraban menos, una obviedad cruel que en algunos lugares del mundo aún se mantiene.

Niña telar

 

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El resplandor de la nada

Por: | 09 de diciembre de 2014

A menudo, necesito regresar a la seguridad de la infancia. Ahora comprendo que toda existencia desarmada de sus mistificaciones tradicionales, es insostenible e injustificable. Sólo es posible como acto de fe. No sé encontrar respuestas al porqué de tanto sufrimiento, provocado por las injusticias y desigualdades de un mundo en perpetúo desorden. Llegados a este punto, es cuando intento analizar que parte de responsabilidad es nuestra y cómo podríamos empezar a cambiar lo que equivocadamente entendemos como “El orden natural de las cosas”. Debemos exigir un análisis profundo del sistema, pero sobretodo de nosotros mismos. El destino se cumple a medida que se escribe, no antes.

Jmes Franco 1
James Franco-Palo Alto,1978 

He llegado al convencimiento de que la mayoría de errores, dificultades e injusticias con las que nos encontramos, están relacionadas en mayor o menor medida con la cuestión intrínseca de los egos. ¿Son inevitables para asumir la carga del poder? ¿Se puede triunfar sin ellos? ¿Una persona con valores de justicia y dignidad podría sobrevivir entre lobos? ¿Podrían Sampedro, Sábato o Lledó haber sido presidentes de una multinacional, o haber ejercido cargos políticos de responsabilidad? ¿Pueden los egos oscurecer la parte más humana de las personas? ¿Cuántas hambrunas y guerras no habrán sido causadas por sus efectos? ¿Cuántas equivocaciones sobre las personas no se habrán cometido por su culpa?

 

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El País

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