Amores Imaginarios

Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

La melancolía de las cosas en ruinas

Por: | 01 de mayo de 2015

 

Mi primera “gran pérdida” fue la de un chimpancé que me trajeron los Reyes Magos. Lo tuve durante algunos años, hasta que el material del que estaba compuesto se fue deteriorando. Mi madre decidió que no podía seguir paseándome por el mundo con aquel primate hediondo y lo metieron en una caja de cartón para proceder a su entierro. Es curioso, aquel compañero de juegos me ayudó a componer mis primeras historias. Primero creí que éramos Tarzán y Chita, un poco más tarde caí bajo el influjo del Capitán Trueno, hasta que llegué al mundo del cine y me extravié para siempre. Recuerdo que solo conseguía dormirme si creaba mis propias historias. Antes de adentrarme en el primer sueño, improvisaba un guión y me imaginaba secuencias y diálogos. Incluso conjeturaba sobre el título de la película, que finalmente veía en una inmensa pantalla panorámica. Durante décadas mis fantasías se circunscribieron a paraísos perdidos, héroes que se enfrentaban a los peligros más inimaginables, dramas tremebundos con catástrofes naturales incluidas e historias de amor y guerra en algún continente lejano. En realidad, me convertí en un “pequeño fabulador”, pero en estado embrionario permanente. Tal y como decía Ortega y Gasset: “El hombre es, antes que nada, un proyecto” En realidad, no se trata de otra idea que la de la  búsqueda de la felicidad a través de la autofabricación. En vez de regalarme un “primate”, al que me aferré como una garrapata, creo que hubiese sido más fructífero comprarme una calculadora. En aquel momento, no hubiese sido tan feliz, pero seguramente hoy me sentiría más integrado en el sistema.

Chita

De nada sirve mirar atrás y pensar cual habría sido mi destino, si al levantarme una mañana no me hubiese encontrado de golpe con todo el peso de la vida a mis espaldas. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que no tengo derecho a lamentarme, cuando no me ha faltado nunca un gesto amable, o una muestra de cariño que impidiese mi naufragio. Qué sencillo es culpabilizar a los demás, y que difícil resulta asumir responsabilidades. De haber tenido hijos, probablemente no habría parado de cometer errores. Camus decía: “Siempre nos equivocamos dos veces con los seres queridos, primero a su favor y luego en su contra”. ¿Cómo se puede vivir plácidamente, cuando reconoces en tus propios hijos aquellos defectos de los que nos has conseguido desprenderte? ¿Qué actitud debe tomarse, cuando observas que aquellos que has traído al mundo no consiguen ser felices? ¿Qué camino debemos aconsejar, el de la insustancialidad o el del compromiso? ¿Qué nos diríamos a nosotros mismos de saber que nuestros errores condicionan otras vidas, mucho más allá de nuestra marcha? En definitiva, ¿qué buscan realmente unos padres para sus hijos?

Tarzan

A pesar de las heridas abiertas, que seguramente arrastramos cada uno de nosotros, a mí no me queda ya capacidad para recriminar nada. Insisto, no creo que en sus circunstancias personales yo hubiese conseguido hacerlo mejor que mis padres. Sin embargo, y desde el más absoluto e incondicional cariño, no puedo dejar de pensar que no me supieron preparar para el mundo en el que hoy nos encontramos. En primer lugar, hubiese agradecido no quererles tanto, con el fin de superar mejor su partida. Puro egoísmo, es cierto. Me viene a la memoria una de las frases del Principito: “Pero si tú me domésticas, entonces te necesitaré”. Sin duda, no hay nada peor que las ausencias. No creo que sea la melancolía de las cosas en ruinas lo que nos oprime el corazón, sino observar el sufrimiento de aquellos a los que amamos.

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El Capitán Trueno creado por el guionista Víctor Mora y el dibujante Miguel Ambrosio Zaragoza.  

Durante mis primeros años, jamás escuché hablar de finanzas, economía y cantinelas diversas. Desconocía lo que supone el poder, los políticos y los economistas. No recuerdo a ninguna persona cercana que formase parte de ese microcosmos rutilante, engreído y encantado de conocerse. En aquel tiempo, nadie me atemorizaba o confundía con su lenguaje abstruso y difícil de comprender. El único idioma que entendía era el de los afectos. La adolescencia y una situación familiar compleja vinieron a despertarme de golpe y a situarme del lado de los perdedores. No sin antes ser consciente, que muchos de los que se han considerados víctimas, habrían actuado de la misma forma que sus verdugos. La doctrina del neocapitalismo de los ochenta acabó con la romántica idea de que más valía ser pobre y libre, que rico y sometido.

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“Una ley y un mundo para nosotros y otro mundo y otra ley para todos los demás”, esa es la verdadera ideología del Establishment. Nadie vino a salvar a mi padre, -como a tantos otros cuando se quedó sin trabajo con cincuenta y cinco años. Se resquebrajó en mil pedazos la aparente seguridad de clase media en la que vivíamos engañados. Recuerdo verle salir cada mañana con su muestrario, intentando vender sus tejidos y regresar a casa vencido, después de un sinfín de horas sin haber vendido nada. A esta complicada situación, se suma una hermana pequeña con parálisis cerebral, de la que ya he hablado aquí en múltiples ocasiones. ¿Quién tiene el valor de decirme que está situación nos la buscamos nosotros? Fueron los años en los que se afianzó una de las más crueles teorías de corte neoliberal: "El mercado siempre tiene razón, la gente que acaba en la pobreza es porque merece ser pobre".

El colmo del cinismo es que el sistema pretende que comulgues con sus ideas y de no ser así, que permanezcas en silencio. ¿Qué nos queda entonces? No estar de acuerdo equivale a quedarte fuera y a ser considerado un elemento marginal extremista. Ellos creen a pies juntillas en su ideología; un conjunto de ideas y de políticas muy convenientes,  pues les garantiza riquezas personales y un poder cada día mayor. El resto, los que no formamos parte, debemos limitarnos a callar, consumir y a permanecer alienados frente a la pantalla de plasma. ¿Dónde están la cantidad insufrible de almas de las que nadie se ha preocupado nunca? ¿Cómo podemos permitir que personas con responsabilidad política sean capaces de estigmatizar la pobreza? ¿Es posible que molesten los vagabundos, pero no las circunstancias que les ha conducido a la exclusión social? ¿Es esta la sensibilidad intrínseca del poder?

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Henry Fonda en "Las uvas de la ira", uno de los más certeros y demoledores retratos sobre lo ocurrido durante la Gran depresión norteamericana de los años treinta.

El Establishment es un como camaleón astuto, que evoluciona y se adapta según sus necesidades. Y, sin embargo,  si una cosa distingue al actual de sus encarnaciones anteriores, es su triunfalismo. Antaño los poderosos afrontaban amenazas importantes que los mantenían a raya. Sin embargo, da la impresión de que sus oponentes han dejado de existir de forma significativa. Parece que hemos perdido la batalla. Y de ahí viene nuestra consternación y surge la pregunta: ¿Es el dinero la recompensa destinada a la falta de calidad humana? Según el ideólogo Ralph Waldo Emerson: “El hombre tiene más cuidado con su dinero que con sus principios”. Este es el verdadero triunfo del sistema. Retrocedemos lamentablemente a Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre”.

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Los “aparatos ideológicos del Estado”, son muy peligrosos y utilizan toda una panoplia de recursos para troquelar la mentalidad de los ciudadanos. Las ideas de nación y patria han funcionado de manera muy eficaz para movilizar a las masas y llevarlas a defender intereses que no son los suyos, sino los de las clases dominantes. ¿De qué sirven la patria y las banderas cuando tienes que cruzar el Mediterráneo sobre una barcaza con maderas no aptas para la navegación? ¿De qué sirve cuando llevas años sin encontrar trabajo? ¿De que sirve cuando es capaz de desahuciar a una anciana con una hija discapacitada?.

Para comprender la magnitud de lo que estoy hablando, es necesario contar con grandes dosis de bondad, empatía y sensibilidad. Y haber compartido la vida, la soledad y el destino con los verdaderos héroes de la historia. Resulta aleccionador formar parte de la multitud anónima que a nadie importa, y compartir junto a ellos el dolor, la risa e indignación. En el Bhagavad- Gita hay una frase que me llamó mucho la atención, la del sabio que debe actuar sin pensar en las consecuencias, haciendo solo lo que se debe hacer: “Escogimos la libertad al mismo tiempo que la justicia y, en realidad, en adelante ya no podemos escoger a una sin escoger a la otra. Si alguien os niega el pan aniquila al mismo tiempo vuestra libertad”.  @josepescorial

 

Pepe
 

 "Los sueños varían con cada hombre, pero la realidad del mundo es nuestra patria común"

Albert Camus / Dibujo de Pepe Fernández- Chufo (elbuenodejohnny.com) 

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