Amores Imaginarios

Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

La dictadura de la incompetencia

Por: | 12 de junio de 2015

Jamás he escuchado a nadie decir que ser jefe sea fácil. Sin embargo, sería justo reconocer que el mundo funcionaría mucho mejor si los responsables políticos y empresariales tuviesen que presentarse a un test de inteligencia emocional para optar a sus cargos. Imaginemos una prueba de aptitud con preguntas pensadas por Emilio Lledó, Victoria Camps o Sampedro. Qué extraordinario sería el mundo con personas que se preocuparán con franqueza por los demás. La vida ya se encarga de amedrentarnos y entristecernos con sus tragedias y dificultades, ¿Por qué ponérnoslo tan difícil a nosotros mismos?

Niña Anantapur
Anantapur - Fundación Vicente Ferrer

Acabo de  terminar el libro de Jon Ronson, ¿Es usted un psicópata? Un demoledor  ensayo sobre como el sistema premia la maldad. Las guerras, hambrunas y desigualdades, son producto de nuestra falta de sensibilidad y empatía. El periodista británico no duda en señalar algunos políticos y empresarios como desequilibrados.

Ronson ha pasado dos años entrevistando a psicópatas en centros médicos y en despachos de grandes empresas. Sin duda el libro sirve para identificarlos: “No tener remordimientos, no sentir empatía, ser un manipulador, tener un ego inflado o mentir de manera patológica son algunos de los 20 rasgos que debe tener todo psicópata.” En el libro hay algún dato sorprendente, como ese que dice que el 4% de los presidentes de las multinacionales son psicópatas, un porcentaje muy superior al del resto de la población. No olvidemos que esta gente ególatra, enferma y peligrosa es la que dirige el mundo.

Pero ¿cómo han llegado a dominarlo? ¿Porque el sistema premia ciertas características del psicópata? El libro ha descubierto de forma magistral  la solución a una de las grandes preguntas de la vida: ¿Por qué el mundo es como es? Según Robson, la respuesta son los psicópatas. “Ellos han secuestrado la democracia y son los causantes de la crisis financiera y por ende de la crisis social”.

El-Roto

El ensayo me ha llevado a pensar, que a menudo hablamos de lo macro y nos olvidamos de lo micro. Solemos reflexionar sobre las  diversas patologías de los que ostentan el poder y sin embargo a penas mencionamos nada sobre las responsabilidades del resto de la pirámide. ¿Podrían los psicópatas de los que habla el periodista anglosajón llegar al poder e incluso mantenerse en él, si no fuese por la pasividad de la oposición? ¿Qué parte de responsabilidad tenemos aquellos que no queremos entrar en esta dinámica del poder? ¿Somos culpables por miedo o por omisión? ¿Por qué aguantamos tanta soberbia e incompetencia? 

Me entristece pensar que los toleramos porque en el fondo tendemos a comprenderles y disculparles. Ese el verdadero y principal problema. Las personas anónimas que aspiran a alcanzar el poder (salvo contadísimas excepciones) acaban actuando de la misma forma. Me he encontrado por el camino con compañeros y compañeras que han tenido una conducta sumisa e incluso comprensiva con aquellos que han ejercido el poder de forma absolutista. La gente tiende a pensar que es más fácil ser parte del rebaño y suele ser más comprensiva con los vencedores que con los vencidos. A estas alturas de la historia todos deberíamos saber que entre chacales no existe la empatía ni  la piedad.

El propio sistema se encarga de dejar a las víctimas completamente solas y desabrigadas. ¿Cómo se puede ganar la batalla sin plataforma, ni influencia? La mayoría de los ciudadanos no manejamos la economía, ni tenemos el control de las corporaciones, no poseemos medios de comunicación, ni establecemos el debate político, ni, por supuesto, nos sentimos integrados con la ideología dominante del neoliberalismo. ¿Cómo es posible que una minoría de psicópatas ejerza tantísimo poder sobre nuestras vidas? 

Robar

El despojo de las conquistas sociales, la debilitación de los sindicatos y las desigualdades abismales se han podido llevar a cabo, porque actuamos como los chacales de los que hablaba con anterioridad. ¿Somos de verdad tan diferentes a ellos? Es muy fácil ser valiente y progresista sentado frente al televisor. Es muy cómodo ser  activista en las redes. Pero, ¿cómo seríamos  realmente si tuviésemos la posibilidad de ser parte del establishment? ¿Cómo seríamos si pudiésemos ejercer el poder desde nuestras míseras parcelas? 

Hace años que ocupo un cargo ejecutivo de responsabilidad. Probablemente no soy ni seré nunca el jefe deseado, ni soñado. Los jefes son importantes para todas las personas a quienes supervisan. Pero lo son sobre todo para los subordinados inmediatos, aquellos que se encuentran justo por debajo de ellos en el orden piramidal, personas a quienes los jefes guían y evalúan de cerca, que conviven a diario con sus virtudes, flaquezas y peculiaridades.

Cuando desconfió de alguien, me resulta muy difícil sentirle parte del equipo. Teniendo en cuenta todos mis errores y debilidades, hay algo que me bloquea por completo. No soporto a las personas vanidosas, ni con un ego desmesurado. Me cuesta transigir con aquellos y aquellas que se pasan la vida presumiendo de sus capacidades, de sus contactos y hablando de sus numerosas cualidades. Pero por encima de todo, no me gustan las malas personas. Trabajar en equipo también es potenciar a los demás y aprender de los caracteres ajenos. Es, en definitiva, sumar y construir juntos. Es hacer un esfuerzo por no tomarse tan en serio las jerarquías. ¿Cómo podemos cimentar nada con personas a las que lo único que les importa es su propio ego? No se trata de una modestia mal entendida. Debemos confiar en nosotros, pero siendo al mismo tiempo conscientes de nuestras carencias. Son los demás los que deberían  decir lo que valemos.

Mark

Encuestas efectuadas por Gallup (es un sondeo de opinión frecuentemente usado en los medios para representar a la opinión pública) demuestran que la mayoría de los directivos entorpecen el rendimiento de las compañías. Los jefes directos tienen un impacto mucho mayor en el compromiso y el rendimiento de los empleados Creo que es bueno saber, que en la mayoría de los casos, las personas no se marchan de las organizaciones sino que huyen de los malos jefes. Al mismo tiempo Gallup concluye:  "Los malos gestores son uno de los principales motivos por los que el 56% de los empleados se muestra “ausente”.

Trabajando en una cadena de televisión, conocí a un alto cargo al que le gustaba despelotarse sobre la mesa de su despacho. Durante los dos años que duró aquel striptease vespertino, no existió un alma humana que se atreviese a decirle que necesitaba tratamiento. La mitad del equipo pasaba de él olímpicamente y la otra estaba atemorizada. Aquella redacción era lo más entretenido peculiar y extravagante que he conocido. Billy Wilder, Berlanga y Azcona se habrían puesto las botas. El astronómico salario de este señor lo pagábamos  entre todos.

El líder de una organización todavía es más importante que los otros jefes. El pez gordo incide en cómo se comportan sus subordinados directos, lo cual afecta a todo el sistema. Cuando a los directivos se les ofrece (o consiguen) un salario y un poder muy por encima de sus subordinados directos, las diferencias se acaban convirtiendo en una losa de la que nadie habla abiertamente, pero todos tienen presente.

Politicos

Otra jefa con la que tuve la suerte de trabajar,  la más inteligente y ambiciosa hasta la fecha, (también la más arrogante y de peor gusto), disfrutaba criticando el aspecto físico y la indumentaria del resto de sus compañeras. Sin duda, ella era incapaz de hacer lo mismo consigo misma. Parecía que llevaba el pelo siempre sucio, pero la realidad es que intentaba disimular su calvicie adoptando unos cardados que no la favorecían en absoluto. Siempre tuve la impresión que igual que a Medusa, de aquella escasa, abultada y enmarañada mata de pelo, un día saldrían serpenteando unas cuantas culebras.

Habitualmente llevaba unos vestidos arrapados extremadamente cortos que recordaban las figuras femeninas de Botero. Pese a todo, no he encontrado a nadie que disfrutase tanto destripando a los demás. La arrogancia del poder es infinita. Lo sé por experiencia propia. En múltiples ocasiones le recomendé que tratase mejor a los funcionarios y a  nuestro equipo. Hasta que un día perdió la compostura y su soberbia sobrevoló como un cuervo indómito hasta convertirse en titular en todos los periódicos nacionales. Si a mí me llega a pasar lo mismo, estoy años sin salir de casa. Sin embargo, ella no se resintió ni un ápice. Renació de aquel descalabro con más fuerza que nunca.

Medusa

Por desgracia, hay gran cantidad de jefes mediocres y redomadamente malos ahí fuera, y existen grandes diferencias entre los mejores y los peoresLos jefes eficaces saben que a veces es mejor dejar en paz a su equipo. Son conscientes de que vigilar a los trabajadores de cerca, a menudo no favorece el rendimiento o incluso lo socava; en contraste con los jefes controladores que creen que su atención y sus consejos constantes mejoran el rendimiento. Deberíamos resistirnos de una vez por todas a los “salvadores” de países, empresas y personas.

  Muerte viajante

Sin duda la mejor gestión consiste en reducir el control. Después de plantar una semilla en la tierra, no se desentierra cada semana para ver como evoluciona. Los jefes que no estamos encantados de conocernos, nos pasamos el día buscando el equilibrio justo entre intervenir poco y demasiado, vigilando de cerca cuándo se necesita motivar, en mayor o menor medida para sacar lo mejor de nuestra gente y suscitar dignidad y respeto en lugar de desprecio. Los mejores jefes saben que cuando se concentran en las pequeñas cosas, las grandes a menudo salen solas. Sin embargo es justo reconocer, que en estos tiempos de recortes, hay situaciones muy difíciles de cambiar. 

El problema es que estamos dirigidos y gobernados principalmente por personas malas que hay que reemplazar por personas buenas. Se puede ser un buen profesional y ser buena persona. Según Robert I. Sutton, profesor de dirección y administración de empresas e ingeniería en la Stanford Engineering School: “Auto justificarse es una gran tentación para todos nosotros. La mayoría queremos creer que estamos haciendo lo correcto constantemente. Pensemos en los salvadores de la patria, o en las grandes corporaciones que a menudo apoyan proyectos de caridad. Y están orgullosísimos. Pero estas empresas evaden miles de millones desproveyendo de fondos al sistema público y a la seguridad social”. No existe la pobreza, ni las desigualdades por ciencia infusa. En mayor o menor medida, todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. ¿Qué tipo de personas queremos que lideren nuestras vidas?

Lapiz

Si formamos parte de un sistema que promueve y premia la codicia y estamos constantemente rodeados de otras personas que se benefician del mismo nuestra perspectiva general se alterará. Y acabaremos por interiorizar y aprobar la ideología del individualismo. Acabaremos creyendo que es talentoso e inteligente, el que está en lo más alto de la cúspide y que los de abajo están allí porque simplemente son menos capaces. ¿Por qué no invertimos de una vez por todos los valores? ¿Por qué no cobijamos y damos alas a los más débiles? ¿Por qué no dotamos de las mismas oportunidades aquellos a los que la vida ha tratado más injustamente? Tras la Guerra Fría se dijo aquello de "El Fin de la Historia" y murió cualquier alternativa al nuevo dogma liberal. Sabiendo lo que ahora sabemos sobre la democracia, sobre la política, los dogmas y los discursos saturados de demagogia, ¿no sería hora de empezar de nuevo? ¿No contamos en realidad con más información sobre el mal que hace algunos años? 

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