Amores Imaginarios

Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

La seguridad letárgica de las paredes

Por: | 03 de septiembre de 2015


 

En la vida lo más importante es lo indecible. Por eso necesitamos el arte, la música, la literatura, el cine. Necesitamos una poética de lo inenarrable. A menudo uno entiende que lo inamovible puede ser terrible. Y es entonces cuando necesitamos aferrarnos a la cultura como tabla de salvación. Ella nos ayuda a ver la luz, nos mira directamente a los ojos y nos plantea preguntas. No podemos sino responderlas. No tenemos derecho a ignorarlas.

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"Las uvas de la ira" de John Ford

Lamento no haber leído más en mi juventud y siento lástima al haberme dejado influir por convencionalismos estúpidos que me impidieron ser más sólido, valiente y libre. Resulta imposible cuantificar los daños colaterales causados alrededor de la vida de aquellos que han vivido una existencia de miedo y frustración.

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La otra noche descubrí que lamentablemente hay situaciones que se repiten en el tiempo. Necesitaba compartir con mi compañera el impacto que me había causado la película “Las uvas de la ira” (1940) de John Ford. Tengo la impresión de que no hay mayor reavivante para el amor que sumar juntos. El film está basado en una novela del Premio Nobel de literatura John Steinbeck. La historia cuenta el peregrinaje de una familia que tiene que emigrar en busca de trabajo durante la gran depresión estadounidense de 1929. La mayoría de agricultores fueron obligados a abandonar sus casas al no poder pagar sus deudas con los bancos. Como en tantos otros países y situaciones límite similares, fue entonces cuando empezó su verdadera tragedia. No solo al quedarse sin tierras y sin hogar, sino teniendo que soportar asimismo, el rechazo y la segregación. Entristece pensar que a pesar del tiempo transcurrido, no somos hoy más sensibles que entonces.

Y mientras veíamos de nuevo a los Joad, en aquella destartalada camioneta, vagando por  las polvorientas carreteras de Oklahoma, con toda la familia y la casa a cuestas, no pude dejar de pensar que algo trascendental está fallando. Y ese algo, sin duda alguna somos nosotros. A medida que íbamos adentrándonos en la película nos fuimos dando cuenta de su rabiosa e indignante actualidad. Recordé entonces una frase que me dejó noqueado del libro de Joan Carles Melich, “La lectura como plegaria” y que sintetizaría todo el dolor, soledad e impotencia a la que se ven abocados los desheredados del sistema: “El aire está lleno de nuestros gritos. Pero la costumbre ensordece”.

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Más de 2.000 personas han perdido la vida en el Mediterráneo desde el inicio del año intentando alcanzar las costas europeas, según un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). No alcanzo a ver sustanciales diferencias entre la peregrinación  de la familia americana de Steinbeck y las personas desaparecidas en el mar. La mayor parte murieron en la ruta del Mediterráneo central que une Libia con Italia mientras intentaban atravesar el Canal de Sicilia. ¿Somos capaces de pensar en la angustia y el pánico por el que han tenido que pasar antes de morir? ¿Sabemos de qué situaciones escapaban para jugarse la vida?  ¿En qué circunstancias ? ¿Por qué creemos que huyen de sus países? 

Costas

David Trueba nos daba una pista sobe lo ocurrido en uno de sus últimas columnas: “Hoy, debajo de las alambradas, detenidos, asfixiados, vencidos, llegan libios y sirios a las primeras fronteras de Europa. Perdedores de una guerra que nadie quiere preguntarse por cuándo empezó, porque nadie quiere establecer un juicio duro con esas mil familias que se han enriquecido con la idea loca de que puedes destruir países y no pagar las consecuencias, y que lejos de estar avergonzados siguen dictando doctrina en primera línea de la política mundial” .

Según el portavoz de la OIM, Itayi Virri, el número de migrantes seguirá en aumento en los próximos meses. Se espera además que de aquí hasta finales de año lleguen a las costas europeas más de 200.000 personas. No puedo evitar repetirme las mismas preguntas. ¿Por qué toleramos tanto sufrimiento? ¿No deberían ser los derechos humanos una prioridad para todos los gobiernos? ¿Es posible que pensemos que al no ser nuestra propia gente no son una prioridad? ¿Es sensato culpar estrictamente al sistema de lo que está ocurriendo? ¿Qué parte de responsabilidad tenemos los ciudadanos y ciudadanas? ¿Es la amnesia colectiva de este país una cuestión de supervivencia o es simple ignorancia?

Occidente

Estoy cansado de esta hipocresía sistematizada. Harto de ver cómo las personas importan dependiendo fundamentalmente de su patrimonio y de la posición social que ocupan en la infame pirámide de la nada. Agotado de mí mismo y de luchar contra los miedos y convencionalismos nefastos que me han inoculado y que resisten las embates de mi discernimiento sin mostrar la más mínima debilidad. La geografía política del mal no se detiene simplemente en las fronteras del sistema político, ha penetrado mentalidades, culturas, espíritus nacionales, patrones de pensamiento y tendencias de la conciencia. Nos encontramos ante la era de la ceguera moral y la pérdida de sensibilidad.

Zygmunt Bauman escribe acerca del infierno que un ser humano completamente normal y aparentemente amable, buen vecino y hombre de familia, crea para el otro al negarse a concederle su individualidad, misterio, dignidad y un lenguaje sensitivo. El mal no se limita meramente a la guerra o a las ideologías totalitarias. Hoy en día se revela con mayor frecuencia en la ausencia de reacción ante el sufrimiento del otro, al negarse a comprender a los demás, en la insensibilidad y en los ojos apartados de una silenciosa mirada ética.                     Todos parecemos muy solidarios hasta que empiezan a ocupar nuestras calles.

SAQUEAR

Hannah Arendt pagó un precio muy alto al destapar que las posibilidades del mal, no solo se dan en sociedades políticas y países, sino igualmente en cada uno de nosotros. Motivados por amor a un país o el sentido del deber, o por egoísmo, somos capaces de destruir o ignorar impávidamente la vida de un ser humano solo porque tal vez no había otro camino; o estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado; o porque hay que demostrar la lealtad y la dedicación al sistema, es decir al Estado y sus estructuras de control. ¿Es posible que la vida de los más desprotegidos nos importe tan poco? ¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo esperamos que cambien las cosas si no empezamos por nosotros mismos?

La verdad es bastante más cruel. En realidad no queremos estar implicados, ni con nosotros ni con el mundo. Nos mostramos indiferentes al pasado y al futuro, no somos más que el eterno presente. En el fondo nos da miedo la libertad. Nos sentimos a salvo entre la seguridad letárgica de las paredes, el tedio de lo idéntico, el desgaste de la repetición y el odio al cambio. Nos pasamos gran parte de nuestra vida intentando no ser. Así pues, la maldad, la desconfianza y el odio se injertan en nosotros, haciéndonos prisioneros en el jardín artificial del mundo. Y de esta forma el egoísmo, una ficticia comodidad y el miedo van echando raíces hasta desarrollarse y asfixiar un corazón compasivo por naturaleza. El veneno de nuestra moral sedentaria es lo primero que deberíamos combatir para empezar a  exigir responsabilidades a nuestros representantes políticos.

Sociedad moderna

Nada hay más cierto, sino que los seres humanos hacemos las cosas por ley o por costumbre. Pero cerrando la puerta a los demás, nos la estamos cerrando a nosotros mismos. Una vida verdadera es siempre una vida distinta, una vida diferente dentro de nuestras posibilidades. La verdad conlleva ruptura con la mayoría de las cosas que nos han enseñado. Un mundo que nos haga reflexionar sobre los múltiples prejuicios y pautas morales que han sido transmitidos generación tras generación como algo heredado, y cuyo fundamento y verdad es más que cuestionable.

Hay que encontrar en uno mismo, bajo el hielo de las certezas recibidas y de las opiniones inmóviles, la corriente que bulle, se escapa y se desborda. Somos nuestra propia cárcel. Buscar lo verdadero es ir más allá. Nietzsche decía que las rupturas son difíciles porque el vínculo que se rompe hace sufrir. Pero en su lugar no tarda en crecernos un ala.

Si no llegamos a ser nosotros, ¿Quién lo será en nuestro lugar?

 

El País

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