Amores Imaginarios

Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

“Ojalá se hunda la escuela cuando no haya niños dentro”

Por: | 14 de diciembre de 2015

 Educados en una cultura patriarcal y materialista, parece que al final cada uno de nosotros ha encontrado un agujero lo suficientemente confortable como para esconderse dentro y lograr ser uno más. Tal y como señalaba Wilhelm Reich: “Y cuando por fin se logra, y cuando por fin se es normal, descubrir que no hay ningún goce en ello y que además se está solo”. Adaptarse al sistema también significa abandonar la idea de ser libre y esconderse de cualquier responsabilidad.

025_ingrid_bergmann_roberto_rosselini_theredlist 

Ingrid Bergman en Stromboli de Roberto Rossellini, 1950

No creo que este mundo tenga un sentido superior. Pero sé que algo en él tiene sentido y somos nosotros, porque somos los únicos que podemos exigir que lo tenga. No deberíamos subordinar por más tiempo nuestras conciencias. Tenemos el deber no solo moral, sino vital de convertirnos en idealistas combatiendo molinos de viento. Ya no podemos permitirnos el lujo de permanecer silenciados. Ahora mismo nos encontramos ante una sistema globalizado que comporta desigualdad, pobreza, hambre, enfermedad, y muerte. Nuestro lenguaje debe ser moralmente subversivo. Y nuestra conducta. De lo contrario, ¿qué esperamos?

Lo más cómodo es repetir hasta la saciedad que los opresores provienen de los estratos más altos de la sociedad. Pero hace mucho tiempo descubrí que los tiranos también pueden venir de nuestras propias filas. No somos inocentes. Es importante no olvidar en ningún momento, que el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos. En definitiva, el que pudiendo no favorece a las personas que están en peligro es igual de responsable.  El sufrimiento de causa social también debe ser nuestro sufrimiento. ¿Es que acaso creemos que estamos a salvo? Si queremos otro mundo, toda reflexión que no lleve consigo conciencia resultará inútil. Es demoledor pensar en la enorme cantidad de vidas anónimas sin futuro, fuerzas o recursos. Al final somos supervivientes pasivos en un mundo polarizado por el poder económico. Aquellos que permanecen plácidamente integrados en el sistema suelen insistir en que siempre ha sido así, incluso peor. Lo cierto es que parece que de alguna forma vivimos una nueva Edad Media. Sin embargo, no deberíamos descontextualizar el presente. Camus insistía en que debemos aferrarnos al hoy: "La verdadera generosidad con el porvenir consiste en darlo todo en el presente”. No podemos esperar otro mañana.

 

Siglos

Mi madre comenzó a trabajar como maestra, cuando tenía cuatro críos en casa, (la pequeña con parálisis cerebral), y un marido en plena suspensión de pagos. Siempre he creído que se salvó gracias a la escuela y su desbordante imaginación. ¿Qué hubiese sido de ella si hubiese permanecido encerrada entre cuatro paredes? ¿Hasta donde podría haber llegado si no se hubiese sentido atada por todos nosotros? Mi abuela (a la que adorábamos), al enterarse de que empezaba a trabajar fuera de casa dijo: “Ojalá se hunda la escuela cuando no haya niños dentro”. A eso se le llama tener el enemigo en casa. La primera víctima a causa de este pensamiento provinciano, patriarcal y reduccionista fue ella misma. Afortunadamente evolucionó con los años. Ya sabemos que la edad o transfigura o petrifica. Aquella señorita de Santander, que fue mi abuela, acabo por renunciar a muchos convencionalismos y a quitarle importancia al dinero. Preguntaba directamente sobre los temas más personales y no se andaba nunca con subterfugios. Se casó con un hombre bondadoso y sencillo, y con alma de artista. Mi abuelo tenía aptitudes para la pintura y tocaba diversos instrumentos musicales, pero fundamentalmente la bandurria. Cuando dormíamos en su casa, solía sentarse al pie de nuestra cama para recitarnos poesía. Los últimos años de su vida se entretenía buscando en el diccionario palabras en catalán, que luego pronunciaba con aquel acento montañés tan entrañable. Siempre tuvo un reverencial respeto a la tierra que les había acogido al acabar la guerra.

 

Madres

Margarita Sikorskaia

Los primeros años de su estancia en Barcelona, -y como era del norte-, cuando acababa de trabajar se encontraba con sus amigos de Santander y Bilbao en alguna taberna del barrio. Allí acababan cantando canciones de su tierra y practicaban con algún instrumento, como la armónica. Todavía conservo una libreta con partituras escritas de su puño y letra. Aquel era su universo, y a pesar de su bonhomía, vivía en un mundo donde las mujeres tenían su propia cárcel y los hombres la llave de su libertad. Mientras él se divertía, mi abuela permanecía tras los cristales de aquellos enormes balcones esperando su regreso. Un día, ya viuda me dijo: “Cuantas lágrimas no me habrán caído tras estas ventanas”. La misma mujer que no supo apoyar a su hija para que volase, tenía desde pequeña las alas rotas. ¿De qué sirve vivir la vida de los demás? ¿Para qué tanta entrega? ¿Con qué fin? ¿Qué hubiese sido de su vida y por ende de la nuestra, si se hubiese atrevido a volar más alto?

Quino

Los propios poderes –a su manera, una manera que puede estar, incluso, “legalizada”– practican la “violencia y la desigualdad”. Se dan crímenes sociales que son realizados por los poderes económicos, asistidos por los políticos, tengan el color que tengan. La democracia, tal como la vivimos, no es otra cosa que la máscara sonriente del patriarcado y del capitalismo. Por eso razonar ha costado tanto a los que lo han intentado. El sistema de jerarquías se ha encargado de reducir el pensamiento hasta su más mínima expresión. Y ha inoculado -tanto en hombres como en mujeres-, un orden social y patriarcal injusto que ha acabado por interiorizarse, mutilando así infinidad de vidas. 

Her home 

Ser una heroína de ficción es muy fácil. Pero, ¿cómo combatir cuando estamos atados de pies y manos? ¿Aguantaría el sistema un regimiento de personas libres entorpeciendo el engranaje? ¿Resistiría cualquier sociedad un ejército de mujeres autónomas, valientes e inmunes a los estándares masculinos? ¿Podría soportar el mundo, -sin tambalearse- una cambio radical de roles? ¿Podríamos aguantar los hombres la discriminación, la violencia, el acoso y el peso que la sociedad ha puesto sobre sus espaldas durante siglos? ¿Algún día alguien piensa pedir perdón por tanto sufrimiento? A nosotros, por adiestrarnos en una masculinidad decimonónica, convirtiéndonos en unos tullidos emocionales y a ellas por impedir su propio desarrollo y libertad. ¿Quién puede decir que ha vivido cuando no te han permitido ser?

 

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal