Amores Imaginarios

Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

Los años perdidos

Por: | 30 de julio de 2017

  Campos de trigo

© Mario Cobos

Todas las emociones fundamentales sobre las que nos sustentamos tienen sus raíces en el amor que nos proporcionaron en la niñez. La infancia forja el carácter y también el destino. Tal y como decía Ana María Matute "A veces la infancia es más larga que la vida".  Puede ser nuestro paraíso perdido y también nuestro infierno.

"A veces la infancia es más larga que la vida" Ana María Matute

La rama familiar que corresponde a mi padre era de un pueblo del interior. Como casi todos los niños de los años setenta, pasé las vacaciones de mi infancia brincando como Kevin,  -el gamusino de Up-,  junto a mis hermanos y primos por los campos de trigo en busca de nuestro “Shangri-La” particular. En invierno hundíamos los pies en la nieve, y sentíamos algo inquietos cómo los cristales de hielo crujían bajo la suela de nuestros zapatos. Los fines de semana ganábamos la batalla a la quietud del domingo y paseábamos por las calles de adoquines de piedra camino del cine. Allí nos esperaban Fu Man Chú, Los Simios de Charlton Heston, Louis de Funés y las películas de vaqueros de serie B. Todo era distinto a la ciudad, los olores, el color rojizo de la tierra, la luz, los sonidos, la gente, y el transcurrir del tiempo.

1968-el-planeta-de-los-simios-arg-01

El paisaje de nuestra infancia es un presente del pasado. Todo parecía más primitivo, pero al mismo era más genuino y estimulante. 

Santepdor Anys 70

                                                                                                                                          Santpedor, 1970

Mi padre solo tuvo una hermana. No se movió nunca del pueblo. Cuidó de sus padres, marido e hijos. No hubo otra opción, y no creo que tuviese oportunidades para decidir otro tipo de vida. Cualquier otra idea que no fuese el trabajo no entraba en su cabeza. Las dudas, caprichos, y la locura, eran cosa de las novelas y las películas. Esa fue su vida. Y amar a los suyos. Mi padre ocupaba un lugar reverencial en aquella reducida lista. 

De pequeño yo era bastante contrario a los reglamentos e imposiciones. Pero en aquella casa, me sentí muy libre. A ellos les debo haber vivido parte de los momentos más felices de mi vida. Siempre he creído, como señalaba Vázquez Montalban que la patria de cada uno es la infancia, en el sentido moral.

"La patria de cada uno es la infancia, en el sentido moral". Manuel Vázquez Montalbán

Para desayunar hervían la leche y nos la servían en unas enormes tazas blancas de loza. Qué extraña es la infancia y la memoria. Ahora mismo podría dibujar los cazos y las enormes vasijas de leche que iban a buscar cada madrugada. Me sentaba en la mesa del comedor, apartaba a un lado la mitad del mantel de hule, y me ponía a dibujar para toda la familia. En una milésima de segundo había conseguido la atención y admiración de mis tíos y primos. Esbozaba auténticos garabatos, pero a sus ojos parecían obras maestras.

Lecheras

Con su educada sencillez me hacían sentir el artista más importante del mundo. Mi tía me exhibía siempre como un dechado de virtudes. En mi interior siempre pensé que aquella admiración se debía a que no era una mujer muy viajada. Su mundo era muy reducido. No supe comprender entonces lo mucho que iba a añorarla. Al cabo de los años, y cuando perdimos contacto, me aferré a aquellos recuerdos para seguir queriéndola. Fue aquella una época muy dura.

Plaça Garn 1970

Santpedor 1970, Plaça Gran 

Generalmente la felicidad no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días. Y entre esas “pequeñas cosas”, los afectos ocupan un lugar primordial. No sé qué pensamiento auténtico tenía sobre nosotros, pero al fallecer mi padre dejamos de estar en su lista de
prioridades.

La mayoría de las personas tendemos a la estrechez en lo que al alcance de nuestra mirada se refiere. Solemos recluirnos fácilmente en proyectos narcisistas y nos olvidamos de las auténticas necesidades de los demás. En realidad, saber mirar es el secreto. Pero, ¿qué implica conocer la verdad? ¿Tenemos derecho a exigir de los demás lo que no saben, o no pueden darnos? Nunca se puede pedir a nadie que cambie un sentimiento.

Nunca se puede pedir a nadie que cambie un sentimiento. 

Aparentemente mi tía era muy sencilla. Sin embargo, su simplicidad encubría un rompecabezas de complejidad. Había mucho que asumir, interiorizar y digerir. Todos deberíamos hacerlo, pero se suele pagar un precio muy alto. Y no todos somos tan valientes. No hablo de culpables, hablo del laberinto que hay en cada uno de nosotros. 
Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos llegar.

  Look deeper

 

 

Estuvimos 20 años sin saber nada de ella. Uno de los momentos más emotivos que recuerdo fue durante un entierro. Estábamos en el cementerio, yo me había situado detrás de unos setos, ya que necesitaba estar solo. De repente vi como subía la empinada cuesta del camposanto muy lentamente hasta donde yo me encontraba. El corazón me latía a mil por hora. Llevábamos mas de dos décadas sin hablar. No me atrevía a mirar a ningún lado. De repente sentí su presencia y escuche una voz que decía, ¿No piensas darme un beso? 

Sant Pere de Santpedor

Sant Pere de Santpedor

Amo como ama el amor. No conozco otra manera de hacerlo. ¿Cómo no dárselo? Le habría dado mil veces, mil besos. ¿Cómo no abrazarme a ella?. Fue como si nos hubiésemos visto el día anterior. Todo el cariño, los cuidados, y el orgullo que sentía por nosotros, y del que presumía a los cuatro vientos, surgió de nuevo con la misma intensidad de antes. No quedaba espacio para las recriminaciones, ni el rencor. Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. En lo único que pensé entonces, es que no existe la victoria final para los años perdidos.

No existe la victoria final para los años perdidos.

Nada nos consume más rápidamente que el resentimiento. No pretendo que esto sea un ajuste de cuentas, ni una reflexión sobre un asunto privado de familia. Escribo porque creo que en lo particular se encuentra lo universal. Y también para definirme, es un diálogo conmigo mismo. Es una forma de hablar con aquellos a los que admiro y quiero, vivos y muertos. Al mismo tiempo me da placer, aunque no tenga la certeza de que sirva para algo.

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida

¿Qué sentido tienen ahora aquellos años perdidos? Con el tiempo recuperamos la relación, pero nunca hablamos de nada que pudiera hacernos daño. Ahora desde la ventana donde escribo, veo el banco donde solía sentarse desocupado, y no puedo dejar se sentir una enorme tristeza. Qué papel tan importante pueden llegar a tener los tíos en nuestro tejido sentimental. Qué poco tiempo nos quedó, tras largos años de silencio para podérselo decir.  

Tiweta
Estamos unos días en la que fue su casa. En el valle más grande de los Pirineos. Una gran planicie, repleta de prados verdes cruzados por riachuelos y torrentes, y protegido por la sierra y montaña del Cadí. Llevo dos semanas de vacaciones, y siento su alegría cada vez que disfruto del paisaje, de la luz y la calma.

Poble

© Raquel Artiles

¿Qué hubiese conseguido negándole un abrazo? ¿De qué sirve el orgullo? Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente llegará como la de todos, mi partida. Puede ser la más feliz o la más amarga de mis horas. Toda dependerá de que en mis sueños vuelva a encontrarme cobijado por el cariño de aquellos que creyeron en mí, mucho más que yo mismo.

 

Duermen bajo las olas...


Allá en el fondo,
todas las palabras que dijimos
y de las cuales ya no guardamos recuerdo,
duermen bajo las aguas.
Duermen aquellas que no supimos decir
y esperan su turno para salir a flote.
Las cartas que hemos roto, las no recibidas
y las veces que hemos dicho adiós.
La pena que sentimos y que ahora,
al recordarla, nos parece pequeña.
La risa o el llanto que no llegó a brotar.
La amistad que buscamos en el momento difícil
y que resultó más débil que nosotros, más falta de ayuda.
La persona a quien quisimos consolar y nos sirvió de consuelo...
Todo duerme allí, en ese fondo" ( Carmen Kurtz).

 

  

Dedicat a la memòria del meu padrí Josep Guixà Vall i la Rosalìa Puiggrós Sala.

 

El País

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