Joaquin Roy

Sobre el autor

Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet “ad personam” de Integración Europea y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Es Licenciado en Derecho (Universidad de Barcelona) y Doctor por la Georgetown University (Washington DC). Nacido en Barcelona, reside en Estados Unidos desde la administración Johnson.

Eskup

La UE y Cuba: ¿fin de la Posición Común?

Por: | 20 de noviembre de 2012

El Consejo de Exteriores de la Unión Europea (UE) ha decidido dar el primer paso para lo que puede ser el final de una peculiar falta de relación completa entre el mecanismo de integración europea y la pequeña nación en el Caribe. Desde 1996, Cuba ha sido señalada con una Posición Común (PC), un documento que condiciona la relación de cooperación plena entre Bruselas y La Habana, La%20habana_11083_[1] al igual que la disfrutada por todos los demás países del hemisferio. Cuba ha equiparado, exageradamente, esta medida de la UE al embargo de Estados Unidos. Conviene ahora sopesar las causas de la PC, sus resultados, sus correcciones, los motivos de ese cambio de rumbo europeo, y las consecuencias.

          En primer lugar, el origen de la PC debe fijarse en los acontecimientos de extrema seriedad de 1996. La provocación inicial fue el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, la organización del exilio cubano que había trocado sus labores humanitarias de ayudar a balseros y se había atrevido a lanzar octavillas sobre La Habana. Clinton se vio obligado a plegarse a los deseos del exilio y aprobar la ley Helms-Burton por la que se amenazaba con demandas a los inversores extranjeros en Cuba. Para no ser menos, el presidente José María Aznar, JoseMariaAznar_1378578c[1] apenas llegado al poder, consiguió que sus socios de Bruselas impusieran la PC, que se ha mantenido en sus objetivos básicos hasta la actualidad.

          En rigor, la medida de la UE solamente ha conseguido el orgullo moral del exilio cubano y la justificación del gobierno cubano para construir otro enemigo “imperial” tan imponente como el norteamericano. Pero la PC, que en palabras de numerosos observadores, ni es “posición” tal, ni es “común”, no ha sido nunca una norma de obligatorio cumplimiento, debido en parte a la debilidad de la política exterior de la UE, sujeta a los caprichos e intereses de los Estados Miembros. La erosión de los efectos de la PC fue casi inmediata.

          En enero de 2000 el grupo África, Caribe y Pacífico (ACP) aprobó la adhesión de Cuba al nuevo Acuerdo de Cotonou, sucesor del venerable Lomé. Pero Cuba nunca llegó a firmar el dossier por temor a ser rechazada. Tozudamente, la UE mantuvo del diálogo y en 2003 inauguró una oficina en La Habana. Sin embargo, por culpa de las condenas impuestas a disidentes  y el fusilamiento de tres secuestradores, la UE aprobó unas medidas (calificadas erróneamente como “sanciones”), al tiempo que Castro daba portazo a cualquier negociación, pero ya en 2005 hay una normalización con casi todos los países y con la propia UE, con el resultado de la suspensión de las medidas irritantes, que en 2008 se eliminaron. Estos pasos se hicieron bajo la influencia del gobierno español de Zapatero, a través de labor de su ministro de Exteriores Moratinos.  Miguel_0[1]

Desde entonces la UE y Cuba han mantenido conversaciones, se han mandado fondos humanitarios y con la ayuda de España se consiguió la liberación de numerosos disidentes presos en 2003. Un tira y afloja ha dejado la situación en un estado de ambigüedad y espera. Paradójicamente, con el regreso al poder del nuevo gobierno español conservador se ha impuesto una actitud más pragmática, aunque se han mantenido las condiciones básicas de reforma.

          Madrid y Bruselas, y todos los demás gobiernos que contemplan entre estupefactos y divertidos la evolución de un tema llamado “hispano-español”, se convencen de que la PC no ha conseguido más que convertirse en una excusa más para el régimen, ahora en manos de Raúl Castro, para justificar sus dificultades internas y el acoso internacional. Mientras tanto, uno a uno, los países latinoamericanos han reforzado las relaciones con La Habana y algunos las han convertido en alianzas, como es el caso notorio de la Venezuela de Chávez y los socios del ALBA.

          Ningún Estado miembro de la UE ha ido más allá de las buenas intenciones en aplicar las condiciones. Ningún gobierno ha prohibido a sus ciudadanos hacer turismo en Cuba. Ninguna línea aérea europea ha dejado de acudir a Cuba. Ningún Estado europeo ha puesto obstáculos a las inversiones, que suman más del 50% de las totales. Ningún ciudadano europeo considera a Cuba como estado terrorista. Al contrario, todavía disfruta en algunas mentes de la aureola romántica de una revolución fallida. Año tras otro, todos los países europeos votan en contra del embargo en las Naciones Unidas. Embargo Esta venerable medida no ha conseguido en medio siglo su objetivo fundamental: el colapso del régimen marxista-leninista de Cuba.

           La UE se ha cansado de esta política contraproducente, mientras tiene en su agenda otros temas más urgentes, en plena crisis económica y enfrentando los desafíos del Mediterráneo, además de la competencia de China. El anuncio del cambio de actitud (preparado durante meses, con visitas cuidadosas de acopio de datos) también debe encajarse en la reciente reelección de Obama. Libre del peaje obligado para conseguir los votos necesarios en Florida, el presidente norteamericano puede verse mucho más libre para hacer otra movida similar a la europea, sino superior.

En fin, la decisión europea debe ya contar con el beneplácito de Cuba, que no exigirá la eliminación previa de la PC para negociar, ya que Raúl Raul%20Castro[1] debe haber calculado que necesita más oxígeno para ayudarle en sus tímidas medidas renovadoras. La reducción de las ventajas arancelarias de la UE, debido a la mejora cubana de ingresos, también ha pesado. En suma, La Habana habría abandonado su acostumbrada táctica de hacer descarrilar un acuerdo en ciernes para elevar la tensión. No está el mundo para alegrías.                    

La Cumbre Iberoamericana: Potencial y contradicciones

Por: | 18 de noviembre de 2012

La Declaración de Cádiz refleja el consenso y soslaya terrenos polémicos, y muestra un mínimo común denominador. Seis ejes temáticos resumen las preocupaciones: la economía; las infraestructuras; la micro, pequeña y mediana empresa; la creación de puestos de trabajo decentes; el fortalecimiento institucional; la educación y el espacio cultural iberoamericano. Cumbre-patio

          Profundizando esta agenda, destaca la atención prestada a las micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES), que contribuyen decisivamente “al crecimiento económico y al desarrollo social”, y a la creación del empleo necesario. Más del 90% de las actividades económicas latinoamericanas responden al retrato de este tipo de empresa, que serían más con la inserción de la imponente actividad sumergida en la economía legal.

          Pero para conseguir una mejora de la actividad empresarial se necesitan los irremplazables recursos fiscales para garantizar la inclusión social y la reducción de la pobreza. La generación de empleos “decentes” debe ser propulsada por políticas gubernamentales apropiadas que no queden reducidas a los planes de ajuste, tal como se intenta en Europa.

          En el plano interior de la producción, se debe reducir la “dependencia de los productos primarios de exportación y reducir la vulnerabilidad externa”. Obsérvese que esta alusión tiene un cierto aire de la venerable teoría de dependencia. Se debe evitar la actividad comercial basada casi exclusivamente en la exportación de materias primas.

          Con referencia a las estructuras políticas nacionales se exige, por una parte, un “fortalecimiento institucional” en la senda del “buen gobierno”. Esa cohesión política garantizaría la coordinación en la lucha contra la “delincuencia organizada transnacional”, amenazas para los ciudadanos y el Estado de Derecho”.

          En un foro multinacional, conviene releer con cuidado las referencias a la integración regional. Por una parte, se devela una combinación de defensa del “derecho soberano de los estados sobre sus recursos naturales. Al recordar que este derecho se regula según “su respectiva legislación nacional”, se hace un guiño cómplice a las recientes nacionalizaciones, pero con reglas claras para las inversiones. Crisis-Repsol-YPF[1]Por otra parte, el consenso se opone a “políticas cambiarias que tengan efectos negativos sobre el comercio internacional”.  Por otro lado, se aboga por evitar el proteccionismo (aranceles) y acciones que  obstaculizan el comercio”. El documento insiste también en generar las condiciones logísticas para lograr la plena conectividad entre los países. La falta de infraestructuras internas es un obstáculo imponente para el comercio interregional. El intercambio inter-latinoamericano es muy reducido en comparación con el diseñado para la exportación al exterior.

          Finalmente, se dedica una atención tradicional a los aspectos culturales en la generación del llamado “Espacio Cultural Iberoamericano”. Hay unanimidad en el reconocimiento de la cultura compartida, al tiempo que se reconoce su diversidad. De ahí que se deba garantizar la necesidad de la libre circulación de bienes y servicios culturales. Resulta significativo que este aspecto fundacional haya quedado relegado como suplementario cuando la “Comunidad/Conferencia/Cumbre” comenzó a adoptar una agenda generalizadora. Monnet

          Teniendo en cuenta que los dos miembros ibéricos son al mismo tiempo socios del proyecto europeo, convendría meditar brevemente sobre el pensamiento de quien inspiró el nacimiento de la Unión Europea. Se atribuye erróneamente a Jean Monnet el comentario de que “si tuviera que empezar de nuevo, lo haría con la cultura (no con el carbón y el acero, y menos con un Mercado Común). Curiosamente, la Cumbre actual comenzó justificada básicamente en la cultura compartida. El desarrollo progresivo del proyecto iberoamericano fue incorporando una agenda desmesurada para sus posibilidades y recursos. Curiosamente, derivó de Comunidad a Conferencia y se quedó en Cumbre. En lugar de reducir su temática, la fue ampliando. ES-Cadiz-Cumbre-Iberoamericana[1]

          A partir del año próximo se reunirá cada dos años, alternando con la celebración de la cumbre Unión Europea-Latinoamérica/Caribe (ahora CELAC). Se teme que con la jubilación de Enrique Iglesias como Secretario Iberoamericano, el proyecto sufra de cierta inercia. Si el propio pensamiento de Jean Monnet se oponía a la fundación de instituciones que no tuvieran independencia y presupuesto, se comprende que el ente iberoamericano se haya resistido a su institucionalización. Pero paradójicamente, su agenda depende de la buena voluntad del cumplimiento de sus propios autores nacionales.  

¿Cuántas divisiones tiene el Papa?, se podría preguntar hoy con la sonrisa socarrona de Stalin. La Cumbre deberá, entre otras urgencias, compaginar las dificultades presupuestarias españolas (que aporta del 60% de los gastos del ente iberoamericano) con la solicitud de ayuda de América Latina para capear la crisis. De momento el balance de este año presenta una línea de crédito de 420 millones de dólares del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para fortalecer, mientras la Corporación Andina de Fomento (CAF) apoyará a las pymes con 200 y 300 millones, y ampliará hasta 1.000 millones las ayudas a la banca. Para evitar los litigios judiciales costosos, se han puesto los cimientos de un mecanismo de arbitraje entre empresas privadas.  Correa-rey

          El balance de la asistencia a la Cumbre, un indicativo tradicional de su “éxito”, puede parecer positivo ya que “solamente” faltaron siete presidentes. Pero hay que matizar que de la foto de familia se escaparon el boliviano Evo Morales Evo-morales-en-cumbre-iberoamericana-619x348[1] y el ecuatoriano Rafael Correa, con lo que la total membresía del ALBA no pasó a la posteridad mediática. Otro guiño iberoamericano al que habrá que prestar atención.

La Comunidad Iberoamericana: promesa y realidad

Por: | 14 de noviembre de 2012

En vísperas de la celebración de una nueva cumbre iberoamericana en Cádiz, aprovechando el bicentenario de “la Pepa”, conviene recordar que el proyecto, difícil de definir, ha capturado los favores mediáticos por detalles ajenos a los objetivos de su fundación. En lugar de servir para aunar esfuerzos en respaldo de unos valores compartidos, ha servido frecuentemente de foro oportunista para ventilar agendas nacionales o personales (Castro, Chávez). 0_61_111008_chavez[1]  Pero la moderada institucionalización merece el análisis sopesado acerca de su potencial con el fin de servir más eficientemente para conseguir los objetivos iniciales.

Recuérdese que el proyecto precisamente se instaló cuando España y Portugal se habían consolidado como socios de pleno derecho en la Comunidad. Ambos Estados (con España al timón) se implicaron entonces en una tarea intercontinental, como si sirviera de distracción para el tema central de su reinserción en el núcleo europeo del que habían estado vetados durante largas décadas. Justo cuando se ponía nacía el esquema iberoamericano renacía la nueva Comunidad Europea, http://europa.eu/index_en.htm

rebautizada como Unión Europea. Mediante el Tratado de Maastricht ejecutaba otro decisivo “paso osado” según el guión iniciado en la Declaración Schuman y apostaba por una “unión más profunda”, y decidía la adopción del euro como moneda común.

Lo curioso de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, como se llamó en su nacimiento, es que su base no era una variante de la “nación cívica (voluntaria) de naciones”, como había sido el mensaje de la UE, temerosa del nacionalismo intolerante, sino una especie de “supernación cultural”. El poso de la historia era su cohesión. El principal atractivo y su mejor arma venían constituidos por el contrafuerte que ofrecía en un mundo que se percibe amenazante por la globalización que desdeña la identidad y lo más íntimo de las sociedades. Pero su supranacionalidad era también un reto para su viabilidad.     

En drástico contraste con la UE (que no admite medias tintas, como es el caso de la OTAN), a la mesa iberoamericana se sentaban regímenes dictatoriales como el de Cuba, con democracias impecables como la portuguesa y la costarricense, junto a estados que cambiaban a sus gobernantes autoritarios por métodos diversos, aunque refrendados por las urnas. Mientras a la UE se debe ingresar con certificado de buena conducta democrática y económica, se acepta también que las peculiaridades culturales, lingüísticas, históricas y de costumbres son tan amplias que se asume la naturaleza de la diversidad, en la Comunidad Iberoamericana se entra por principios de afinidad cultural, y se respetan escrupulosamente las diferencias políticas e incluso económicas. De ahí que la idea iberoamericana provoque una mezcla de escepticismo y distancia.             

Lejos de su (re)fundación en 1991 en la primera cumbre de Guadalajara, México, ha desaparecido del discurso oficial la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Aunque fue el gobierno mexicano de entonces el que capturó la iniciativa lanzada por España, el gobierno español de Felipe González 2007121478felipdentro[1] corrió a cargo con la responsabilidad de sostener el entramado en los siguientes años.

El contexto en el que la empresa se enmarcaba era, por parte de España, la inserción de la democracia española en diversas aventuras de integración regional, planes de paz y pacificación, y diversas organizaciones internacionales. Las dos joyas de la corona eran la instalación permanente de España en la Comunidad Europea en 1986 y la vocación iberoamericana a la que cualquier gobierno (y régimen) en Madrid nunca puede renunciar.

Pero el impulso español, que recibió un espaldarazo que debía ser definitivo en 1992 con el tríptico formado por la conmemoración del Quinto Centenario con la Exposición Universal de Sevilla, los Juegos Olímpicos celebrados en Barcelona 200px-Barcelona_'92_Olimpiadas.svg[1] y la declaración de Madrid como Capital de la Cultura Europea, se fue desvaneciendo en la segunda parte de la última década del pasado siglo. Se trató de reforzar con una mínima institucionalización mediante una Secretaría Permanente con sede en Madrid. Recuérdese, sin embargo, que este plan se insertaba en pleno giro de timón unilateral dado por el gobierno de José María Aznar, en sintonía con los intereses de los Estados Unidos, lo cual levantaba reticencias notables en América Latina, mientras las dificultades de maniobra en Europa se acrecentaban.     

A pesar de los malos augurios, esa última etapa comenzó moderadamente con buen pie cuando el cargo se otorgó a Enrique Iglesias. Tras diecisiete años de experiencia al frente del Banco Inter-Americano de Desarrollo, el veterano funcionario uruguayo nacido en Asturias ha tenido como misión encarrilar una empresa que ha adolecido de un diseño bienintencionado pero erráticamente ejecutado en los últimos años. Iglesias

La deriva a ser mera “cumbre” es un detalle emblemático. Lo que debió ser siempre una versión propia y especial de la Commonwealth Británica y la Francofonía, con protagonismo múltiple y verdaderamente trasatlántico, centrado en los valores históricos y culturales plenamente compartidos, se vio luego secuestrado por vanidades personales, interpretaciones erráticas y selección de una agenda vaga e impráctica.

Se entronizó la cumbritis. Además de su debilidad para estabilizarse, este patrón se insertaba en plena fiebre de cumbres que proliferaban en todo el planeta. Se primó así la provisionalidad por la sistematización de la sustancia. Los retos nacionales y los desplantes personales trocaron la negociación diplomática y el consenso en claros y lamentables enfrentamientos. El uso y abuso desde el exterior para agendas particulares desvirtuaron el destino común.

Los líderes latinoamericanos que hubieran querido contar con efectivo protagonismo en el futuro deberían haber tomado la iniciativa y usar esta plataforma como una alternativa más para incluir la agenda de la UE hacia América Latina. La Comunidad Iberoamericana, por lo tanto, debiera haber estado funcionando como el lobby que los países de habla francesa siempre han tenido en los ACP, antes y después del ingreso de las antiguas colonias británicas una vez que la pertenencia de Reino Unido en la Comunidad Europea trocó y expansionó lo que originalmente era básicamente africano.

Pero, se comenzó a detectar una percepción negativa acerca del verdadero potencial del proyecto para superar la imagen de falta de operabilidad, y sobre su verdadera eficacia en seleccionar una agenda que tenga la garantía de ejecución, además de contar con los medios suficientes. Con España seriamente dañada por la crisis, el proyecto depende más de la buena disposición y evaluación de los países latinoamericanos que del potencial y medios disponibles que procedan de la ambición española.

La amnesia de la guerra

Por: | 10 de noviembre de 2012

A las once de la mañana del once de noviembre (mes onceavo) de 1918, se firmó el armisticio que dio final a la Primera Guerra Mundial. Este año, como el anterior de 2011 (números redondos: 11-11-11-11), apenas se recuerda ese aniversario. Conocido originalmente en Estados Unidos como “Armistice Day”, el nombre fue cambiado a “Veterans Day” después de la Segunda Guerra Mundial, con el fin de honrar a todos los que participaron en las contiendas. En el Reino Unido fue rebautizado como “Remembrance Day”. En Bélgica y Francia es “Día de Paz en los Campos de Flanders”, ARMISTICE DAY POPPIES[1] en reconocimiento de los episodios más sangrientos de la Gran Guerra, que se libró “para acabar con todas las guerras”.

En Estados Unidos, el 11 de noviembre apenas se percibe por cierre de las oficinas del gobierno (que este año se celebra el lunes 12, para darles un festivo a los empleados públicos). En contraste, el “Memorial Day”, un lunes de mayo (para evitar “puentes”) es fiesta nacional, no solamente en las oficinas gubernamentales. Se honra no a los licenciados de las guerras, sino a los que no pudieron celebrar su final y victoria, o rememorar derrotas, que de todo hay en la historia imperial de Estados Unidos. Los norteamericanos inauguran la temporada de playa y organizan barbacoas. Algunos visitan las tumbas de sus familiares y antepasados, que raramente conocieron.

Pero si en Estados Unidos la guerra es un hecho que se recuerda, por el permanente estado bélico del país (Afganistán, heridas de Irak), la lamentable seña de la raza humana se ha desvanecido en la reciente evolución de la Unión Europea. El recuerdo del final de la Primera Guerra Mundial en Europa ha seguido el destino de la destrucción de un vagón de ferrocarril, donde se firmó el armisticio en 1918.

Todo comenzó con el diseño del mariscal Ferdinand Folch para obligar a los alemanes a firmar el armisticio (no una rendición en rigor) en un vagón-restaurant de tren trasladado a una aldea diminuta de Rethondes, situada en la región del bosque de Compiègne, a poca distancia de Paris. El vagón había sido propiedad de Napoleón III, estaba aderezado con emblemas de aura imperial y rezumada una gloria perdida en la guerra franco-prusiana. Los alemanes, aunque no tuvieron más remedio que claudicar, no se tomaron la iniciativa de buen grado y respondieron con cierta arrogancia a los documentos, con huellas de los “Quince Puntos” de Woodrow Wilson.  President28 Woodrow Wilson 8x8 72[1]  El presidente norteamericano fue abofeteado luego por su propio Congreso que rechazó la adhesión a la Sociedad de Naciones. Estaba destinada a evitar mayores guerras europeas.

La represalia germana llegó en 1940. Hitler humilló a los franceses obligándolos a firmar el armisticio y rendición el 22 de junio, en el mismo vagón de 1918. Con el paso de la guerra, el vagón se trasladó a Alemania, fue destruido por los nazis mientras fenecía la que estaba destinada a ser la finalísima contienda, y sus restos fueron enterrados como un cadáver. Años después, los aliados descubrieron unos leños y los trasladaron a Compèigne para acompañar al momento que recuerda toda esta saga. Hoy se puede contemplar una fiel réplica. Compiegne[1]

Estos recuerdos están bien enterrados y la amnesia es una de las causas más importantes de la crisis por la que atraviesa la Unión Europea. El malestar y la carencia de respuestas efectivas para atajar la crisis económica, social y también política esconde una madeja confusa de causas e hipotéticas explicaciones. Por encima de todas, hay que señalar el desvanecimiento del recuerdo de la guerra. Este sentimiento es más evidente en el núcleo de los países fundadores que fueron culpables del desencadenamiento de conflicto (Alemania), los que sufrieron ocupación (los del BENELUX y, entre todos Grecia) y los que experimentaron doble castigo de invasión y traiciones internas (Francia).

Los padres fundadores experimentaron la tragedia personalmente. La observación de las consecuencias a su alrededor les dictaron la necesidad de encontrar un remedio efectivo para “hacer de la guerra algo impensable y materialmente imposible” (según reza la propia Declaración Schuman).  20090818043901!Schuman_Declaration[1] Las nuevas generaciones solamente identifican la Segunda Guerra Mundial como un capítulo de una historia lejana, por no hablar de la Primera. Están insertas en volúmenes acumulando polvo en los anaqueles, que apenas reviven en los documentales que periódicamente generan las cadenas de televisión o en un puñado de películas (primordialmente de origen de Hollywood). La guerra ya no es el motor de la integración.

Este aspecto es tan acusado en el caso alemán que se puede considerar como el núcleo de las nuevas señas de identidad que se debaten entre el recuerdo por las culpas del pasado y las realidades del presente, hacia un futuro libre de los condicionamientos del arrepentimiento y la redención continuada. Una corriente mayoritaria de opinión considera que las tragedias del pasado son ajenas a la problemática de las nuevas generaciones que no se identifican con los errores de sus padres y abuelos. Consideran que el pago rendido por la división durante la Guerra Fría y el esfuerzo en la reconstrucción de su propia sociedad y la contribución al proceso europeo han cumplido con creces las exigencias de las potencias vencedoras y de los vecinos que fueron víctima de la locura nazi. Greece%20germany[1]

Ahora estos sectores se preguntan si deben subvencionar los errores financieros de otros países, al tiempo que se resisten a permitir que la reconstruida identidad nacional se diluya por la fuerza de la inmigración. En suma, Alemania ha satisfecho con creces su cuota la UE. De ahí que se dude si se debe apuntalar más el euro y a qué costo. En Grecia piensan de otra manera y creen que todavía deben cobrar la ocupación nazi.  El entierro de la moneda común, ahora aderezada con la efigie de la dama Europa, como la del vagón del armisticio, puede resultar caro.

En Estados Unidos, en las vísperas de inaugurar una nueva oportunidad para Obama, la labor por descubrir la senda de la autenticidad de un país mestizo, todavía las generaciones maduras se aferran a la fuerza de la guerra como argamasa para sostener unido un país, más que una nación que es básicamente una idea impresionante. La contundente conversión de las fuerzas armadas en cuerpo voluntario las ha tornado una profesión más, cada vez más divorciada de la sociedad que no se siente atraída por un servicio en parajes que considera ajenos. Los caídos en las guerras regresan en los ataúdes lejos de la publicidad. Ya no quedan candidatos a presidente que hayan hecho el servicio militar. La dimisión del general Petreaus como jefe de la CIA va a reforzar ese divorcio.  0427-Blog-David-Petraeus_full_600[1] Queda como consuelo el Veterans Day, que aquí nadie relaciona con la “guerra para terminar con todas las guerras”. Americanos y europeos están por igual aquejados por la amnesia.             

        

El día después: Un país en cambio imparable

Por: | 07 de noviembre de 2012

El consenso del análisis antes de los comicios y a la vista de los resultados, además de la prioridad prestada por los votantes, unido a ciertos temas, ofrece un retrato de drástica división ideológica y social en el país. Está por ver si la polarización, inédita en décadas, es una señal de permanencia o de evolución hacia otro formato político que domine las elecciones de 2016, ya sin Obama, generador del cambio. Election-obama-fam_2390963c[1]

Reduciendo las señales proporcionadas por los resultados, se confirma una cierta inclinación del voto republicano en los núcleos rurales, sureños, y del centro del país. Los favores demócratas son más perceptibles en los bloques urbanos, y en la orilla atlántica (sobretodo la norte) y la del Pacífico. Romney recibió más apoyo de más hombres y de altos ingresos, pero también de asalariados y jubilados temerosos de sus existencias. Obama sigue siendo el favorito de más mujeres jóvenes, minorías raciales y culturales, ciudadanos de cultura alta, e incluso en acomodados con sentido de responsabilidad social. Pero este retrato simplificado está sujeto retoques, aclaraciones y especulaciones acerca del futuro.

En primer lugar, más allá de la dictadura de una lectura de los resultados basada exclusivamente en la emisión de votos del Colegio Electoral, ese “malo de la película” que todos critican y pocos se atreven a reformar, hay otras cifras dignas de meditación. Según el sistema que catapulta a un candidato a la Casa Blanca, dos tercios (algo más de 300 votos electorales) del país eligieron a Obama. Pero Romney lo superó en el número de estados, y empató en el voto popular. Si el Colegio Electoral se guiara por el método de “un voto por estado”, habría ahora un presidente republicano. Los datos fríos aproximados ofrecen otros insoslayables ángulos.

En las dos elecciones exitosas de Obama, alrededor de 130 millones votaron, lo cual aproximadamente refleja que solo uno de cada dos electores potenciales fue a las urnas. Esta vez cada uno de los candidatos recibió unos 55 millones de votos. Esto representa que solamente uno de cuatro electores efectivos optaron por Obama, o sea solamente uno de cada seis de la población.  Nótese que si en 2008 Obama superó a McCain en diez millones de votos, ahora ha sido reelegido con unas tablas técnicas. Especialmente los que votaron republicano en 2008 y esta vez, no le perdonaron ni le perdonarán el éxito, a no ser que aprendan a reconstituir su estrategia política.

Romney perdió en gran medida por invitar a una mayoría a que se unieran a sus valores; Obama ha estado mandando un mensaje de dirigirse en la dirección de las mayorías.  Romney_2379755b[1] Romney se ha visto perjudicado por tener que mirar de reojo a su derecha y protegerse de los golpes del Tea Party. En gran parte, ésta ha sido la clave de su insuficiente perseverancia recompensada por los votos populares. El veredicto del sistema del Colegio Electoral es lo que cuenta al final. Ser subcampeón de la Copa Mundial es una estadística olvidable.   

Obama, reservando su carisma hasta el último minuto, el discurso de aceptación, ha estado ofreciendo una agenda calificable como socialdemócrata moderada, intentando la alquimia que en Europa tuvo éxito.  Va a seguir cultivando esa táctica de implicar la lealtad de los sectores tradicionales del centro izquierda del Partido Demócrata, que incluye la aureola del Kennedy, el progresismo de Johnson, el idealismo de Carter, el pragmatismo de Clinton. Primará, por supuesto, las expectativas de los hispanos, clave de su reelección.

El sucesor de Romney o los que hereden la confusión del Partido Republicano, con o sin el Tea Party, deberá meditar si quiere ampliar su clientela. Significativamente, volverán las miras hacia esos sectores que todavía no han podido votar pero que, al alcanzar la mayoría de edad lo pueden hacer. Los jóvenes de las familias que tradicionalmente profesan valores conservadores predeciblemente seguirán la senda de sus progenitores. Pero su lealtad no está garantizada. CryAdemás del hecho sociológico consistente en la evolución ideológica de los hijos, hay que contar con el detalle de que los nuevos votantes van a estar en contacto más directo con una sociedad en cambio, más mestiza, más diversa en ingresos y oportunidades, y sobretodo en visión de un planeta en transformación. Si sirve de predicción, resultará interesante observar la reacción del Congreso ante el referéndum (aunque no vinculante) de Puerto Rico al declararse mayoritariamente favorable a ingresar en la Unión como estado, con lo que contribuiría a convertir al país en más mestizo cultural y lingüísticamente. 

Las carencias de trabajos bien remunerados pueden hacer dudar a esos nuevos electores de la bondad de la iniciativa privada abogada por Romey. Nada tiene de extrañar, por lo tanto, que el futuro republicano sea más dudoso en las próximas décadas. La tozudez de la mayoría republicana en el congreso en bloquear programas progresistas de origen demócrata se puede convertir en un bumerang letal. 

Por otra parte, Obama y su sucesor deberán cumplimentar las expectativas de sus nuevos votante y la de los demócratas “de toda la vida” con realidades constatables de empleo razonablemente remunerado, protección laboral, educación asequible, vivienda financieramente al alcance, mínima sanidad protegida. En suma, deberán confirmar que el aparente insulto de “socialista” propinado por Romney no está descaminado. En fin, el Partido Demócrata del futuro deberá dar señales concretas del “sueno americano” cuya variante demócrata ha sido preferida a la vaga oferta de Romney. De momento, los hispanos le preguntarán a Obama: “Y de lo mío, ¿qué? Hispanics1[1]

De momento, la ventaja que Obama tiene, que legará a su sucesor, es que puede prometer “que lo mejor está por llegar”. Tanto durante la campaña como en estos próximos cuatro años lleva una ventaja sobre sus opositores. El mensaje demócrata supera al republicano en que cada vez serán más lo que al final del día se preguntarán si quieren ser parte de la construcción de una nación por libre voluntad. Si ese “plebiscito diario” palmado por Ernest Renan es positivo por lo menos en este segundo mandado, el esfuerzo de Obama habrá valido la pena,              

 

Dos Américas: la de Romney y la de Obama.

Por: | 04 de noviembre de 2012

La alternativa entre la reelección de Barack Obama o la llegada a la Casa Blanca de Mitt Romney es más que una diferencia en el conteo de votos: se trata de una visión contrastiva de lo que Estados Unidos ha sido, es, y será. Obama ha sido acusado de ser un tanto distante, reservado y demasiado profesional en su campaña. Incluso ha sido señalado por su oponente como tímido e indeciso en política exterior, además de fallido en los planes para enderezar la economía, y al proponer costosos (“socialistas”) programas de salud de dudosa efectividad. En suma, Obama no se merece una segunda oportunidad.

          En contraste, Romney ImagesCAYXT30Tse ha presentado como una opción basada en la efectividad de sus negocios y la primacía que se debe prestar a la iniciativa privada, frente a la desconfianza del gobierno desmesurado, costoso y huérfano de soluciones. Su sonrisa sin fisuras, la ausencia de gestos de preocupación por una situación económico-política que considera ajena, la comodidad de hablar en público apenas sin “teleprompter”, y en mangas de camisa, le han dado una ventaja mediática sobre Obama que le puede conseguir los votos populares para tener una victoria moral, en caso de que la esclavitud del cómputo del colegio electoral le alejen de la presidencia.

          Sin embargo, no son esas las diferencias entre los dos candidatos ni tampoco la base del triunfo de uno u otro.  El contraste verdadero está en sus radicalmente diferentes concepciones de Estados Unidos, la realidad que han heredado y que en cierta manera han contribuido a generar desde sus diferentes orígenes. Obama es consciente de su desventaja histórica, catapultado a la Casa Blanca como excepción racial, objeto de noticia pura. Un ciudadano que en otras latitudes sería calificado como mulato de incierta raíz, sobreviviente de una familia abofeteada por la dureza de la vida, a fuerza de ayuda y trabajo capturó todos los escalones necesarios para llegar al Despacho Oval. Romney es el fiel retrato del triunfo del capitalismo más ortodoxo, hijo de gobernador, practicante de una rama religiosa que se precia de ser genuinamente americana.

          De estas dos raíces diferentes proviene la diferente concepción de Estados Unidos de cada uno. Romney ofrece el renacimiento de un país que en realidad nunca existió, idealizado por una historia manipulada, edulcorada por Hollywood, que millones de norteamericanos han adoptado como mito fundamental, irrenunciable, y que paradójicamente les ha proporcionado su formidable seguridad mental. Ese Estados Unidos es la esencia pura de la nación de opción, forjada sobre la firme convicción de una herencia blanca, iniciada por varones propietarios, creyentes en la viabilidad de un proyecto impelido por la excepcionalidad y la superioridad sobre los demás experimentos políticos y económicos.

Pero esa nación, como idea, más que como Estado, no se plasmó por la primacía del capital puesto a funcionar sobre las praderas abiertas en busca del oro californiano, sino por el esfuerzo de millones de inmigrantes, de todas razas y colores que arribaron a este territorio simplemente en busca de una segunda oportunidad (como la que ahora Obama solicita). Otros lo hicieron obligados, enlatados en las bodegas de los buques negreros, destinados a librarlos a una existencia sin esperanza, de la que los rescató Abraham Lincoln, 16al_header_sm[1] al precio de la guerra más costosa de la historia del país. Mientras la América del origen mitificado ha desaparecido, el país mestizo apuntalado por decenas de herencias es el que se erige a competir en un globo que también ha cambiado.

Si el mundo dominante durante la Guerra Fría garantizaba la sensación de relativa seguridad y de superioridad de Estados Unidos, paradójicamente el colapso de la Unión Soviética dio paso a un planeta sembrado de mayores riesgos y nuevas amenazas. Los intereses detrás de Romney todavía creen que la decisión unilateral y la adopción de medidas de fuerza garantizan la supervivencia del mito de la superioridad en el exterior que respaldaría la confortabilidad en el interior. Obama, más prudente y consciente de las realidades del planeta, sabe que Estados Unidos potencialmente puede intervenir en cualquier rincón del planeta, pero para ser eficaz necesita las alianzas sólidas con sus socios, y obtenerlas no es fácil.

Significativamente, la sociedad que mayoritariamente puede votar a Obama (minorías, mujeres, asalariados, académicos y numerosos sectores acomodados) es hoy más prudente y recelosa de las aventuras del último presidente republicano y no desea concederle una oportunidad a su candidato. Delante tienen al otro bando que aún si resulta derrotado no se dará por vencido y consolidará las posiciones de confrontación hacia el cambio en dimensiones socializantes y basadas en mayor protección y vigilancia del gobierno.  Obama-smiling[1]

De ser vencedor, Obama sabe que solamente ha sido aupado por un tercio del electorado potencial. Otro tercio se ha mostrado indiferente y se ha quedado en casa. El último tercio que habrá elegido a Romney en gran parte lo ha hecho, como antes con McCain, en contra. Le seguirá negando el pan y la sal y obstaculizará los programas de progreso socialdemócrata que ha intentado en su primer mandato. Lamentablemente, las trincheras abiertas en esta elección permanecerán abiertas, con unas fuerzas férreamente insertadas en sus suelos enfangados. Si no se remedia (sea por el esfuerzo de Obama o de Romney), el heredero de la Casa Blanca en 2016 recibirá semejante divorcio entre un país real y uno virtual.                       

El País

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