Joaquin Roy

Imagen y conocimiento de la Unión Europea en América

Por: | 06 de mayo de 2013

 

Redacto esta nota mientras repaso el contenido del excelente suplemento “Europa”, publicado por seis de los principales diarios europeos, entre ellos El País,  en una iniciativa sin precedentes, digna de todo encomio y candidata a ser imitada en los demás continentes. Colabora una selección de los más influyentes columnistas y analistas de los mejores “think tanks”, junto a un puñado de líderes de la Unión Europea. Por encima del abanico ideológico, los une una preocupación notable por el presente y el futuro, más que de Europa, que seguirá existiendo, por la Unión Europea, de la que su continuidad se duda en diversos frentes. Releo las opiniones e informes y me pregunto qué puede ser del interés de los ciudadanos americanos (del Norte y del Sur) y qué especialmente debiera ser foco de atención de los receptores de los medios de comunicación hispanos en Estados Unidos.

Confieso la complejidad de la pregunta general y me declaro un tanto incompetente para ofrecer una prescripción con cierta base sólida. Este diagnóstico es, en cierta manera, una admisión de fracaso por haber practicado durante más de cuatro décadas esa profesión de fin de semana colaborando en medios en español en ambos continentes y cumplir con las frecuentes preguntas. HeraldUn principio de la evaluación del conocimiento y la imagen de Europa es que no es muy diferente de la ofrecida por los medios en inglés en Estados Unidos y los propios latinoamericanos al otro lado de Río Grande y Cayo Hueso. En contraste con el impacto de la historia europea en América, en los medios de comunicación hispanos se observa una mezcla de desinterés, dominio del estereotipo y unas lagunas verdaderamente preocupantes de conocimiento de base. Esta percepción es más acusada cuando se trata de comentar sobre la Unión Europea en sí, que se confunde con “Europa”.

El negativo diagnóstico es particularmente corregido en algunos focos excepcionales. El primero es cuando la actualidad incide directamente en las experiencias de los consumidores de información (emigración latinoamericana en Europa). El segundo, dependiendo de las zonas del territorio estadounidense, cuando los hechos europeos se relacionan directamente con unos países en concreto (Cuba en Miami, como ejemplo). La tercera causa de cierto interés es cuando alguna pauta europea se siente directamente conectada con coyunturas comunes en Estados Unidos (crisis financiera, tráfico de drogas). Pero la Unión Europea en sí es una desconocida. ¿Cuáles son las causas?

En primer lugar, uno no se debe desalentar. Confieso mi desprecio por las preocupantes opiniones de colegas que se quejan de que los estudiantes no saben nada. Me pregunto qué sabíamos nosotros cuando teníamos su edad. Y, después de todo, para eso nos pagan: para investigar, enseñar y divulgar la cultura. Por eso la primera máxima al encarar esas dos tareas paralelas (enseñanza y colaboración en los medios de comunicación) es proponerse lo imposible. Se trata de combinar dos estrategias. La primera es evitar el menosprecio de la educación y preparación de alumnos y consumidores de medios. La segunda es descender a un nivel con mínimas garantías didácticas.

Pero no cabe duda de que el panorama es desalentador por el perceptible bajo nivel de atención, información, análisis y evaluación que los medios de comunicación hispanos exhiben sobre Europa y, peor, sobre la Unión Europea. Al preguntarse sobre las causas, paradójicamente, la respuesta reside no en una culpabilidad de la propia Unión Europea, sino precisamente por el cumplimiento de su misión fundacional. Europa no interesa porque no escandaliza. Se da por descontada. Más allá de esporádicas actitudes populistas, Europa está ya despojada del pecado imperialista en Latinoamérica. Prácticamente desde después de la independencia de Estados Unidos, Europa es una aliada natural (con excepciones que confirman la regla, como el enfrentamiento con España en Cuba). Cuando un perro muerde a un hombre, no es noticia; cuando un hombre muerde a un perro, es noticia, según dice el código del periodismo. Europa hace tiempo que no muerde.

Paradójicamente, los que la acusan de haber fracasado y estar cerca de su desaparición, debieran admitir que si muere, lo habrá hecho de éxito. Ha cumplido con todas y cada una de las misiones impuestas democráticamente y por consenso. En primer lugar cumplió con el mandato de “hacer de la guerra algo impensable, y materialmente imposible” según la doctrina de Schuman y Monnet. En segundo lugar ha construido el mayor y efectivo mercado común de la historia. Ha conseguido que hoy (a pesar de la crisis) nunca tantos europeos  de tres generaciones vivan mejor en mayor espacio de tiempo. Pero no muerde, aunque la crisis del euro en algo ayuda a traer la atención.

DelorsEn segundo lugar, el interés, información y análisis de la UE choca con una desventaja intrínseca del ente: es extremadamente complicado. Además de confundirse con Europa (una realidad histórica y cultural no reducida a la geografía), la UE es todavía un “Objeto Político no Identificado (OPNI), según feliz metáfora de Jacques Delors, no aclarada por las diversas teorías (funcionalismo, intergubernamentalismo, supracionalismo, realismos). Para profanos y especialistas, la UE es una maraña de instituciones, legislaciones, pactos y múltiples protagonistas, “gobierno multinivel”. Nada tiene de extrañar que, enfrentada a la complicada agenda de una visita a Bruselas, Madeleine Albright (Secretaria de Estado de Clinton, y catedrática de las relaciones internacionales) exclamara con cierto y sarcasmo que para entender a la UE se debía ser “francés o muy inteligente”.   Albright

Para comprender a la UE se debe tener la paciencia asiática, el entusiasmo latinoamericano, el pragmatismo norteamericano y una persistencia muy alemana. Se debe insistir en que la UE hace uso de medios económicos, pero que su fin ha sido siempre político. Se debe aclarar que es una organización voluntaria formada por estados soberanos, que no renunciarán a su identidad cultural o política. La UE no es un superestado en ciernes. Se debe admitir que los europeos quizá no saben quiénes son y donde termina Europa, pero saben perfectamente quiénes no son, y quienes no comparten sus valores o experiencias. Se debe internalizar que la UE no intenta imponer su modelo de integración nacional, pero sí compartirlo y ofrecerlo para su adopción, adaptación, corrección o rechazo según los errores cometidos. Winston-churchill[1]Se debe aceptar, en fin, que la UE, reescribiendo a Churchill con su descripción de la democracia liberal, es “el peor sistema de gobernanza interestatal, si se descartan todos los demás.          

                  

Al sur de Río Grande y Cayo Hueso

Por: | 28 de abril de 2013

Si dependiera de los bien disimulados deseos de los inamovibles intereses de Estados Unidos, América Latina podría perfectamente salir del radar de la atención del todavía poder hegemónico del hemisferio occidental. El interés norteamericano por sus vecinos se está debilitando por una combinación de factores, cada uno de ellos repleto de argumentos convincentes. Uno es la fascinación por el Pacífico. El otro es el proyectado acuerdo de libre comercio con la Unión Europea.

A pesar de ese diagnóstico, el presidente Barack Obama encara una visita a Latinoamérica, un escenario infrecuente en sus periplos internacionales. Centrará su atención en el aliado natural, México, y se reunirá en Costa Rica con los líderes de Centroamérica. El presidente mexicano Peña Nieto, Pena-nieto[1]identificado como uno de los cien líderes más influyentes del mundo por la revista Time, disfruta de un especial respeto (a pesar de sus problemas internos), antaño ausente por las contradicciones su formación histórica, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Aunque se anuncia una reducción de la ayuda destinada a sectores políticos, se planea el aumento en las áreas comerciales. Se primaría, por lo tanto, el refuerzo de NAFTA, el único acuerdo comercial que ha sido un éxito razonable de la política de Washington desde que al final de la Guerra Fría George H. Bush y Salinas de Gortari forjaran una alianza que entonces pareció insólita y llena de riesgos.

La presidenta costarricense Laura ChinchillaChinchilla, heredera del respeto bien ganado por su distinguido predecesor Oscar Arias, encaja perfectamente en el retrato de las buenas amistades que le convienen a Washington. Guatemala apenas consigue despojarse del pasado militarista y represor, perennemente pendiente de su complejidad multiétnica. Honduras todavía no se ha recuperado de los efectos de la deposición sumaria de Celaya. La Nicaragua del Partido Sandinista de Daniel Ortega, reciclado aliado del ALBA, es un potencial campo de minas para reposados acuerdos. El Salvador todavía está inmaduro tras el ascenso al poder de la coalición liderada por los antiguos guerrilleros del FMLN de Mauricio Funes. La dictadura de las maras y la inamovible estructura oligárquica imposibilitan su progreso, dependiente de la remesas de la emigración. Panamá siempre será el socio seguro, pero debe evitar ser calificado como un lector fiel del guión washingtoniano. La puesta en marcha de las nuevas esclusas del canal marcará una época, que no conviene hacer peligrar.

En suma, el istmo centroamericano y México son el teatro idóneo de la nueva fase de la política del apoyo de Estados Unidos. Si en el país azteca la prioridad va a ser la economía, en Centroamérica el aumento de los favores de Washington tienen como foco de la lucha contra el narcotráfico y sus secuelas. Esta es la fuente de buena parte de los graves problemas de gobernabilidad, la criminalidad desbocada y la latente sombra de estados fallidos.

En el resto del continente el terreno de actuación de Estados Unidos está hoy dividido entre dos clases de países. Un bando está compuesto por los que mantienen un sólido ligamen con Washington, reforzado con acuerdos comerciales e implícitos pactos políticos. Los otros son los socios de una alianza explícitamente opositora y algunos de actitud ambigua. En suma, el panorama ideológico presentaría una amplia gama de opciones, dominadas en un extremo por una mayoría de los etiquetados como populistas. En el otro bando estarían los confiables para los intereses estadounidenses.   

Con la elección del centrista Horacio Cartes, el histórico Partido Colorado del Paraguay regresa al poder, remachando la defenestración sumaria del ex obispo Fernando Lugo. Surgiría entonces una excepción continental en la serie de la permanencia en el poder mediante elecciones sucesivas sin cuestionamiento de líderes que pertenecen a diferentes grados de la familia populista. Por otra parte, Cartes ya ha iniciado un acercamiento hacia sus vecinos, cortejando el apoyo de Argentina y Uruguay, y dando por descontado el de Brasil, para su reintegro en MERCOSUR, de donde el Paraguay fue suspendido por el traumático final de Lugo. Venezuela no pondría mayores obstáculos, ya que Maduro conseguiría de esa manera un toque pragmático de moderación. Bolivia no arriesgaría su candidatura para ingresar en MERCOSUR poniendo obstáculos innecesarios. En la zona “segura” quedaría también la moderación conservadora de Chile, que oscilaría del conservadurismo de Piñera al probable regreso en noviembre de la “Concertación” liderada por Michele Bachelet, en tándem con los democristianos.

En el mismo terreno seguirían alineándose los ejemplos de Colombia y Perú. En Bogotá la escena está dirigida por un conservadurismo liberal sui géneris que no parece cambiar por la alternancia entre los dos grandes partidos. En Lima hoy gobierna el pragmático Ollanta Humala, muy evolucionado de sus tentaciones indigenista-radicales, pero que es sospechoso por sus veleidades de apoyo a Maduro. No es casualidad que Perú y Colombia hayan recibido el favor doble de la Unión Europea y Washington para sendos ejemplos de acuerdos de libre comercio.

Boston: simbolismo de una moderna masacre

Por: | 19 de abril de 2013

 A cualquier visitante en Boston se le recuerda que en 1770, como aperitivo de la lucha por la  independencia de Estados Unidos, se produjo delante de la Old State House Old state (edificio gubernamental colonial), la llamada “Boston Massacre”. Fue una muestra de la represión violenta de las tropas inglesas contra los protestones bostonianos. Los perpetradores de la nueva matanza de Boston quizá no repararon que lanzaban un sutil mensaje político, además del acto criminal y cobarde. Boston ocupa un lugar preferente en el altar de los mitos identitarios de Estados Unidos, que la inmensa mayoría de los ciudadanos creen fielmente y que de forma fácil aceptan turistas y residentes ocasionales. Boston es Estados Unidos en esencia pura, con todas sus excelencias, carencias y contradicciones. Cultura, historia, experiencia inmigratoria, política: todo se constata fácilmente en una de las urbes con pleno sabor americano. Quizá por eso los asesinos decidieron segar las vidas de los que se adherían al sueño, y los maratonianos de decenas de países que hoy pueden decir como “Le Monde” el 11 de Setiembre, que “todos somos americanos”.

      No son muchas las ciudades que poseen un gancho plenamente identificable de un aspecto de las señas nacionales, reales o inventadas. San Francisco y su Golden Gate, San Antonio con El Alamo, Nueva Orleans y el llamado barrio francés (español), Williamsburg colonial, Chicago arrogante, Miami latino, la megalópolis de Nueva York y el frío mármol de Washington. No es casualidad que los terroristas del 11 de Setiembre eligieran la Torres Gemelas (íconos del capitalismo) y el Pentágono (emblema del poderío militar). El cuarto avión muy probablemente estaba destinado a estrellarse contra el Capitolio (más que la Casa Blanca, menos localizable). Fan

    Pero Boston supera a todos esos escenarios por su impresionante elenco universitario, de todas clases y costos, cobijo de conservadurismo, liberalismo y radicalismo. Nada extraña que el puritano John Winthrope en 1630 sermoneara a sus conciudadanos bostonianos del destino de la urbe a convertirse en una ciudad en la colina ("City upon a Hill"), de reminiscencias bíblicas. Como mérito y cumplimento de la misión recibida, Boston presume de haber fundado la primera escuela pública de Estados Unidos, la Latin School de Boston (1635). Conseguir el ingreso en Harvard (la primera universidad de Estados Unidos, fundada en 1636) o en MIT es ya de por sí una proeza y probable garantía de éxito laboral, aunque sea al coste de hipotecar el peculio familiar y el futuro financiero.

Pero lo más identificable de Boston es su especial “parque temático” de hitos históricos, reales y magnificados, reverenciados y protegidos, como si de ellos dependiera la existencia de una nación que no ha sido desde su nacimiento más que una idea. El credo nacional sigue estando basado en un trío fundamental: “La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Este último reclamo es ciertamente vago, pero no menos irrenunciable. La exigencia vitalista pertenece al reino del derecho natural. La “libertad” alude a propiedades otorgadas por el orden constitucional. Pero la “búsqueda” (que no la garantía) de la felicidad es lo que cabalmente define la genuina idea americana, y de Boston. La modernidad complementaria con su herencia histórica se demuestra por presumir de primera red de metro en los Estados Unidos.

    La forma más lógica de rastrear este código es dejarse llevar por el meticulosamente señalado “sendero de la libertad” (Freedom Trail), ahora parte del Parque Nacional Histórico de Boston (Boston National Historical Park), señalado en las aceras y pavimento con losa rojiza. Inaugurado en 1951, con un recorrido de unos 4 kms, cubre 16 íconos. Se puede comenzar en el parque Boston Common y visitar el cementerio donde están enterrados algunos de los líderes y fundadores de la nueva nación. Luego se puede entrar en la Old South Meeting House, uno de los edificios fundacionales del sistema deliberativo del que tan orgullosos los norteamericanos.  De ahí el itinerario lógico es encaminarse a la casa de Paul Revere Revere-best (mitificado patriota de origen francés hugonote), donde se diseñó el sistema de alertar a la población acerca del lugar de penetración de las fuerzas británicas, con el uso de señales de linterna: dos por mar, una por tierra. El periplo debe terminar en el monolito de Bunker Hill, Bunkeren la vecina comunidad de Charlestown. Un itinerario alternativo es tomar un ferry en el puerto hasta el muelle donde está amarrado el navío USS Constitution, el más antiguo de la armada norteamericana, en servicio ininterrumpido desde 1797.

      De regreso al centro, la escala obligada debe ser el escenario del Boston Tea Party (1774), emblemática muestra de irritación de los bostonianos, quienes, sin tratar de cruzar la raya de exigir la independencia, protestaron por la imposición de tasas sobre la comercialización del té. “Taxation without representation” (impuestos sin representación) fue el grito de guerra civilizada. Pero las reticencias inglesas a responder a esta petición razonable terminaron con la paciencia de la población e inspiraron la “revolución” que acabó por extenderse por toda las colonias. De ahí que los fundadores del movimiento político de tendencia contestataria, que ha considerado la oscilación centrista del Partido Republicano como una desviación, creen conveniente apropiarse de la emblemática etiqueta. No es casualidad que la variedad ideológica de Boston produjera haber sido la cuna de la carrera del frustrado candidato republicano Mitt Romney. Para equilibrar el ánimo, el día debe acabar obligadamente en Faneiul Hall, con una bien merecida cena con productos marineros.

      La paradoja de Estados Unidos consiste en disfrutar de un legado de rechazo del  coloniaje británico y luego conservar sus tradiciones políticas y normas jurídicas, para cimentar la construcción de la nueva nación en la atracción de los extranjeros, cualquiera fuera su procedencia. Boston es una muestra palpable. Aceptando la invitación de Edna Lazarus inscrita en la Estatua de la Libertad (“dadme vuestras masas hambrientas, anhelando ser libres”) las familias de los presuntos terroristas chechenos llegaron a Boston. La moderna y masiva bienvenida al resto del mundo mostrada por la Maratón fue castigada por la nueva masacre de Boston. Pero el año próximo, se celebrará otra carrera, de luto por la segunda moderna masacre, pero en busca de la felicidad.

 Fotos: Joaquin Roy

Sara Montiel y Margaret Thatcher

Por: | 08 de abril de 2013

            Su muerte el mismo día es mera coincidencia, pero simbólica y representativa. Las figuras de Sarita y Maggie revelan el trasfondo de sus respectivos países, viejas naciones europeas y antiguos imperios que se han resistido a desvanecerse, aferrándose a unas señas de identidad que solamente las dos damas desaparecidas (y sus numerosos admiradores) comprendían. Pero la España de “la violetera” y la Gran Bretaña de la “dama de hierro”, que ambas tozudamente intentaron mantener inalterables, fueron (y son) antitéticas y de diversa fortuna. La belleza en technicolor que la cantante manchega transmitió con voz inconfundible contrasta con la faz seria y distante de ex primera ministra británica. Pero en las dos se detectan unas señas intrahistóricas todavía perceptibles.

            La España que era el marco de la época gloriosa de Sara Montiel, Sara aunque se resiste a desaparecer, parecía que había sido superada por el desarrollismo, la industrialización y luego la burbuja inmobiliaria que han llevado a la crisis y el desprestigio. El país que los cuplés maquillaban era entonces un escenario más próximo, por más imaginado que fuera. El lanzamiento hollywoodense que la llevaron a alternar con Gary Cooper y Burt Lancaster era el triunfo que borraba el desencanto de “Bienvenido Mr. Marshall”, en un estado dictatorial apuntalado por Washington. Pero los espectadores embelesados por sus películas aceptaban de buen grado las melodías que les evitaban contemplar un paisaje pobre, sin más alternativas que el silencio, la resignación o la emigración.

            La Gran Bretaña en la que arremetió con furia Margaret Thatcher era percibida por sus círculos conservadores como una traición a los valores eternos de la Inglaterra Imperial que había dejado paulatinamente que en muchos de sus antiguos territorios coloniales se pusiera el sol. Se trataba todavía de paliar ese lento desmoronamiento con la admirable ficción jurídica de la Commonwealth en cuya cúspide se colocaba a la monarca todavía actual. Eran los tiempos felices en que los escándalos de la casa de Windsor quedaban reducidos a la memoria del Edward VIII, quien había renunciado insólitamente al trono en 1936, “por el amor de una mujer” (con aire de bolero). Luego vendrían los escarceos de Charles y la tragedia de Diana.

            Los tiempos de Sara, leídos hoy, sobretodo con una perspectiva reaccionaria, se recuerdan con nostalgia. Nada se sabía (o no se publicaba por una prensa amordazada) de la corrupción barata y de poca monta que dominaba la supervivencia en un país que apenas se había recuperado de la cruel Guerra Civil (1039-1939) y el aislamiento tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Sarita vendía violetas mientras todavía presos republicanos terminaban la construcción del Valle de los Caídos. La Sexta Flota llegaba a los puertos mediterráneos, mientras Rota y Torrejón eran objetivos geoestratégicos de los soviéticos en la Guerra Fría, convirtiendo a España en miembro forzado de la OTAN, sin voz ni veto, con todas las desventajas y ninguna de las desventajas. El franquismo recibía una prórroga de un par de décadas.

    Maggie[1] Maggie arremetió en medio de un país que había adoptado numerosos aderezos del estado de bienestar con el que todavía intentaba corregir los históricos desequilibrios sociales que se habían en entronizados desde la Revolución Industrial. La evidente división de clases era suavizada por servicios de salud, pensiones, educación que han sido la marca de los gobiernos laboristas (etiquetados en conversaciones distendidas como “socialistas”). Thatcher se propuso desmantelar ese entramado contrario al “laisser faire” y el liberalismo con el (viejo)liberalismo que había encontrado al otro lado del Atlántico al socio idóneo para bailar el tango de la expresión angloamericana: Ronald Reagan.

    La España de Sarita, una vez desaparecido el franquismo, se afanó en recuperar el tiempo perdido y apostó por reinsertarse al otro lado de los Pirineos. Ortega y Gasset había dicho que “España era el problema y Europa la solución”. Desde 1986, año del ingreso, hasta mediados de los 90, España se convirtió en la décima potencia económica del mundo y el mayor donante de ayuda al desarrollo en inversor en América Latina. Nunca tantos españoles de tres generaciones que convivían en esos años habían vivido mejor durante tanto tiempo.

     Maggie se había tragado en su momento el ingreso del Reino Unido en la entonces todavía llamada Comunidad Económica Europea, centrada en el Mercado Común. Enmendándole la plana a su correligionario Edward Heath, se propuso frenar la europeización más allá del Mercado Unico, enterrando toda seña de supranacionalidad, un guión que ha heredado David Cameron. Lo que hace apenas pocos años era una lejana hipótesis académica, ahora el “Brexit” es parte del plausible guión. 

    Hoy la España de Sarita ha resucitado con el colapso inmobiliario, el desempleo generalizado, la emigración y las dudas acerca de su sistema político. La Gran Bretaña imperial recibió un golpe de vitaminas con la decisión de Maggie de contraatacar en las Malvinas. Curiosamente, odiada en Buenos Aires, se merece un monumento frente a la Torre de los Ingleses, al lado del memorial a los caídos. Su decisión representó el golpe de gracia a la decrépita dictadura de Galtieri. David Cameron se mueve como un Hamlet entre el ser o no ser en Europa. Maggie lo hubiera hecho de otra forma. Sarita es solamente una memoria de que la falacia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Entre protestas de indignados, ni socialistas ni conservadores resultan aceptables. A los fumadores no les queda ni ese consuelo, expulsados del ágora.                                                                 

La sacralización política de Chávez

Por: | 09 de marzo de 2013

Resulta digno de meditación el contraste entre la construcción de un carisma popular de Hugo Chávez, Ss-130308-hugo-chavez-funeral-jsw-tease.photoblog600[1]posiblemente su mejor triunfo en vida, y la impersonal sacralización de su persona, cargo y símbolo. El embalsamamiento de sus restos le puede jugar una mala pasada póstuma al no poder superar la negativa identificación de Hugo Chávez Frías con el comandante en jefe expuesto “eternamente” (en palabras de su sucesor Nicolás Maduro) en una urna. El paso del tiempo le puede restituir las arrugas que la ciencia de momento le ha maquillado.

          Chávez había conseguido llegar lo más lejos posible en conseguir la identificación que unas pocas figuras de la historia y solamente dos en América Latina han sublimado: Bolívar y José Martí. La sistemática búsqueda de la inacabada identidad nacional en todos los países latinoamericanos, en todas las generaciones, se basó desde los primeros momentos de la independencia en la identificación de unas anclas fehacientes.

La fórmula mágica se ha compuesto de una figura política central, producto de acciones individuales y unas dosis de valentía y osadía, un territorio (heredero paradójico de las divisiones administrativas de la colonia), unos símbolos constatables (bandera, himno, canción popular nacional, equipo de futbol, comida emblemática), y un pueblo. Este debía cuadrar con el retrato de sujeto de una nación cimentada en la voluntad de opción, no de origen étnico. Si la mayoría de los componentes de ese pueblo eran “los de abajo”, “los pobres de la tierra”, Images[3] los excluidos por la pobreza y la desigualdad, mejor. La adición del ingrediente anti-imperialista opositor de Estados Unidos y su política inaugurada con la Doctrina Monroe completó el programa de éxito de esa estrategia sin apenas planes preconcebidos.        

Pero el paroxismo máximo y la meta raramente disimulada por sus protagonistas han sido el paralelismo y la simbiosis de una persona y una “patria”, más allá de un simple Estado-Nación. Mientras unos lo han intentado en vida, el éxito mayor lo han disfrutado los sujetos que solamente después de su muerte se han visto elevados a esa condición, frecuentemente sin proponérselo.

Si Bolívar sería ejemplo de la personalidad que estuvo convencido de haber sido identificado por el destino, no solamente con respecto a su territorialmente limitada Venezuela, sino a una América Latina más amplia, Martí respondería al modelo que solamente tras años de su muerte fue transformado en un ícono de la nacionalidad cubana, necesitada desesperadamente de esa identificación como argamasa política. Mientras Bolívar disfrutó tempranamente tras su muerte de esa simbiosis, Martí debió esperar a que el uso y manipulación de la Revolución castrista lo convirtieran en sinónimo de la propia Cuba. Trad portrait

En ese caso, Fidel Castro ha estado preparando magistralmente compartir ese pedestal al reclamarlo como inspirador de su sistema marxista. A pesar de la reticencia de sectores conservadores y católicos que no encajaron adecuadamente la aparición de un apóstol no. 13, su final suicida y su origen masón, lo cierto es que el triunfo de Martí en esa tarea ha sido total, reverenciado por igual en la Cuba comunista y en el exilio, tanto duro como moderado.

A su lado, experimentos e intentos variopintos dignos de consideración deben ser vistos como muestras imperfectas, aunque no exentas de éxito temporal limitado. El caso más cercano de esa asunción a los estrados más elevados es el más exitoso registro de populismo, todavía modelo e insoslayable punto de referencia: Juan Domingo Perón, pero sobre todo la irresistible atracción de su mujer Eva Duarte. No en vano hay que tener en cuenta el uso del apelativo de Santa Evita y su entronización en una capilla especial.   Peron-eva rosada

Pero obsérvese la ventaja de Bolívar y Martí con respecto a la larga lista de populistas, próceres y dictadores de diversa talla que han competido con compartir ese lugar solamente reservados a unos pocos elegido. Mientras el venezolano y el cubano no son cuestionados por nadie en su contexto, los demás sufren de los ataques de diferentes sectores políticos y sociales. Chávez luchó denodadamente en disfrutar de ese privilegio. De momento, solamente ha conseguido ser objeto de un intento de sacralización representado por su conservación en una urna.

Pero ese logro ya está erosionado por la desaparición de los rasgos personales populares. Las canciones tradicionales (cerradas por “Alma Llanera”) entonadas magistralmente por una orquesta y coros al final de la ceremonia fúnebre han quedado ya enmudecidas por los discursos huecos, repetitivos y falsamente humanizantes. Algún día, alguien (probablemente el propio Chávez) le pedirá cuentas al mismo Nicolás Maduro por ese desastre.

Bolívar, reposando en el impresionante Panteón Nacional, habrá respirado aliviado al librarse de una compañía incómoda y de una imitación incompleta e imperfecta. Se sospecha que esa cohabitación estuvo en los planes del postchavismo. Algunas veces la cordura se impone. Castro está, por lo parte, convencido de que superará todos los records, pero lo alejarán prudentemente de Martí. Pero no de la historia, de la que se duda que lo absuelva.                                                                            

 

¿Transición en Cuba?

Por: | 04 de marzo de 2013

Unos detalles, algunos insignificantes y otros dignos de meditación, del acontecer cubano merecen atención con el objetivo de evaluar si se está a las puertas de una transición. En rigor, Cuba está ya en transición desde la enfermedad de Fidel Castro que le obligó a abandonar el poder en su vertiente constitucional y jurídica, aunque no en la faceta efectiva. De una manera u otra, la sombra de Fidel es todavía muy alargada. Pero algo se mueve en Cuba. Lo que no se sabe exactamente es hacia donde y con qué velocidad, porque de momento la ralentización parece ser la norma. La ocultación de las fichas de dominó, juego muy cubano, es notoria. Pero incluso las fichas son finitas en número.

            La más reciente señal de lo que pudiera ser el principio de la transición es el relevo en la dirigencia de la Asamblea del Poder Popular, con la jubilación de Ricardo Alarcón, y el nombramiento de Miguel Díaz-Canel, de solamente 52 años, Migue-diaz-canel-cuba[1] como vicepresidente del Consejo. Al mismo tiempo, conviene reparar en el anuncio insólito de autolimitación del mandato de líder máximo que se ha impuesto el propio Raúl, anunciando su jubilación en el 2018, a cinco años vista. Aparte de que el plazo que se concede es optimista, por lo menos se compromete a un calendario y a un compromiso de que sus potenciales sucesores no rebasen la década en el poder.

            La otra notoria señal de que algo se mueve ostensiblemente es la autorización de viaje, dentro de un orden, para los cubanos que disfruten de un pasaporte. El resultado más espectacular de esta medida es que la bloguera Yoani Sánchez ha iniciado un periplo de conferencias y apariciones mediáticas en América y Europa. Teniendo en cuenta que sus escritos no tienen desperdicio y son extremadamente críticos del régimen, la tolerancia del gobierno cubano (o la impotencia para impedirlo) es digna de estudio. Nada se deja fuera de un guión.

Al mismo tiempo dos globos sonda fueron lanzados desde Europa y desde Washington. La UE se había adelantado a finales del año anterior al anunciar que acometería una serie de encuentros sin condiciones previas que pudieran desembocar en desencallar el espinoso tema de la Posición Común impuesta en 1996. Esta medida se tomó a renglón seguido de que Estados Unidos aprobara la ley Helms-Burton que codificaba el embargo, cuyo levantamiento se condiciona al final efectivo del régimen cubano.

Desde los aledaños de la Casa Blanca y el Departamento de Estado se filtraron rumores de la eliminación progresiva del embargo mediante la ampliación del comercio y el trasvase de ciudadanos. Teniendo en cuenta que Estados Unidos ya es el cuarto socio comercial de Cuba, la erosión producida por unas condiciones más favorables para comprar mercancía IMG_1324 terminaría por convertir la ley condicionante en meramente simbólica, dependiente de una decisión presidencial y el mutis del Congreso (esquema no fácil).

Pero si el plan europeo se edulcoró anunciando un mediano plazo de meditación, el paso decisivo de Estados Unidos se frenó mediante la alianza clásica formada por el núcleo duro del exilio cubano y la intransigencia del régimen de La Habana. Este reclama el todo o nada; el exilio exigía la condición final: el final del castrismo.

Obsérvese que si en los momentos álgidos los dos extremos están de acuerdo en mantener la tensión y conseguir la continuación del condicionamiento del embargo (que políticamente beneficia al régimen, como ya ha señalado la propia Yoani), en el entorno geográfico de Cuba, que se extiende desde México y Caracas hasta la Casa Blanca, el status quo parece ser la solución más conveniente, de momento. Cuba se ha insertado cómodamente en el nuevo y variopinto entramado político latinoamericano. Ha heredado la dirigencia de la CELAC, el invento pan-latinoamericano/caribeño para que todo estén presentes (menos Estados Unidos y Canadá) de nadie nada menos que el conservador presidente chileno Sebastián Piñera. La Habana no manda guerrillas a la liberación del continente. Por el contrario coopera en el proceso de paz colombiano. No se inmiscuye en el narcotráfico, al menos en el plano estatal. Garantiza la seguridad de Guantánamo. Sus vecinos están encantados con la ausencia de fuerte competencia real en turismo e inversiones. IMG_1337

En Washington este impasse es bienvenido con alivio y una buena dosis de hipocresía. Una Cuba en incierta convulsión por una transición apresurada es lo que menos desean los responsables del Pentágono.  Lamentablemente, si el genio pidiera elegir entre democracia y seguridad, la elección sería la estabilidad que solamente el régimen actual puede garantizar. Quizá Fidel haya desaparecido totalmente en el próximo lustro y una verdadera transición tenga lugar en Venezuela. De momento, para lamento de los que comprensiblemente exijan la ejecución del proceso, todo puede quedar fundamentalmente como en los últimos años. Raúl sabe que abrir excesivamente la espita económica, los reclamos se pueden derramar a la política, ya con la iniciativa de los ciudadanos, que hasta la fecha no han tenido la oportunidad de expresarse

Obstáculos de la integración latinoamericana

Por: | 24 de febrero de 2013

 

            Hay expectativas tras los resultados inciertos de la cumbre entre la CELAC y la UE. Se ignora el futuro de la organización pan-latinoamericana/caribeña. Es incierta la futura influencia europea en el refuerzo de la integración. Es una incógnita el camino que tome el ALBA, huérfana del liderazgo de Chávez y ante el creciente protagonismo del reelegido Rafael Correa en Ecuador. Persisten las veleidades populistas de la dirigencia de MERCOSUR, con el refuerzo de Evo Morales desde Bolivia. IMG_1140UNASUR depende de las conveniencias de Brasil. Se nota la huida de algunos países hacia pactos concretos geográficos (Alianza del Pacífico) o con Estados Unidos y la misma EU.

Cabe, por lo tanto preguntarse a esta altura acerca de las causas de la lenta y frustrante integración regional en Latinoamérica. Es posible apuntar algunas, frecuentemente soslayadas por el comentario y el análisis apresurados.

Entre las raíces no siempre recordadas destacarían las características de la naturaleza del inmenso territorio latinoamericano, con la consiguiente esclavitud geográfica. En contraste con la fácil comunidad terrestre en Europa, donde en el curso de una jornada se puede viajar por ferrocarril entre países distantes y donde al transporte por carretera es asiduo, en América Latina las distancias hacen estos movimientos internos arduos si no imposibles. Se refuerza así la territorialidad, se imponen los trámites aduaneros y las barreras jurídicas a la libre circulación de ciudadanos.

En segundo lugar, la evidencia histórica revela que la guerra, la raíz de la integración europea, para evitarlas en el futuro, apenas ha tenido relevancia en América Latina. No parece que los conflictos inter-estatales concretos, que son todavía causa de rencillas y disputas entre Estados por reclamaciones de límites, sean el impulso primordial para conseguir las alianzas entre estados antes enemigos. Pero periódicamente los restos del pasado supuran obstáculos, como se detecta ahora en las reclamaciones de Bolivia por la salida al mar y diferendo entre Perú y Chile. Esos hechos de base histórica son manipulados por un nacionalismo que recibe los favores de las poblaciones, ansiosas de distracciones. atizadas por los dirigentes.   

Internamente, se revelan como muy problemáticos los proyectos de integración regional cuando la propia integración nacional plena es inexistente o muy débil en numerosos países. La mayoría de la población no está insertada en un proyecto plenamente nacional. Se siente discriminada y golpeada no solamente por la pobreza sino también por la desigualdad, la mayor del planeta. Ausente la guerra interestatal, la intranacional corroe la coexistencia. La nación inclusiva de opción es entonces una quimera. El “plebiscito diario” de Ernest Renan es frecuentemente negativo.

 En América Latina se ha notado históricamente la ausencia de un Jean Monnet que convenciera a los círculos el poder de la bondad de la integración. La aparición de los tecnócratas desde la CEPAL no ha cuajado en propuestas concretas que embelesen a las estancias del poder. La progresiva desaparición de la influencia de los intelectuales ha contribuido a reforzar esta orfandad.  

La fuerza del presidencialismo como sistema político desde la época de los próceres constituye un obstáculo imponente para los ensayos integradores. Las sucesivas oleadas y transformaciones del populismo y el caudillismo convierten en insólita la oferta de compartir soberanía. Por encima de todas las carencias latinoamericanas, destaca el mal entendimiento de la supranacionalidad o su rechazo explícito en cuanto al establecimiento de instituciones independientes y dotadas de presupuestos para financiar proyectos de integración.

Institucionalmente, la debilidad (o su inexistencia) de las diversas secretarías generales, al modo de la Comisión Europea, convierten la función integradora en una misión imposible. Toda decisión depende de los esquemas acordados por las cumbres presidenciales. Cerrado un cónclave, solamente se habla del siguiente.  

De ahí que se alce con argumentos convincentes el modelo de “integración” alternativo emanado de los acuerdos de libre comercio siguiendo el modelo de Estados Unidos (y adoptado como remedio supletorio de la Unión Europea). La decisión, sin embargo, compete a los líderes latinoamericanos.

Encrucijada de la unidad latinoamericana

Por: | 16 de febrero de 2013

Mientras hace apenas unos años cabía esperar que los problemas económico-políticos afectaran a los procesos de integración latinoamericanos, y a su desarrollo en general, la región aparentemente se puso a salvo de la crisis que ha estado aquejando al viejo continente. Pero esta percepción, confirmada por los datos estadísticos de crecimiento, se contradice por las dificultades de los avances de los diferentes planes de integración subregional, más allá de algunos novedosos experimentos de alianzas, cooperación y consulta inter-latinoamericanos. Ca flags

    Por un lado, resulta verdaderamente paradójico que Centroamérica, una subregión de límites geográficos modestos, que parecía rezagada en completar su proceso y que había demorado preocupantemente la consecución de un ansiado Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, aparezca por fin ahora como ganadora de la atención europea. De la obsesión por la apuesta de un MERCOSUR con brillante futuro con el que entablar una sólida relación que se fuera desparramando por el resto del continente, se ha llegado a primar una subregión de limitadas proporciones. Se ha regresado, se espera que exitosamente, al origen de la implicación europea en la época de mediados de la década de los 80, cuando América Central recibió más ayuda per capita de la UE que el resto del mundo en desarrollo, con la recompensa de haber contribuido a la pacificación y la reconstrucción de un istmo en convulsión. Desde España, el Estado Miembro que más interés demostró entonces por aportar soluciones al proceso centroamericano, se debe sentir plena satisfacción. 

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Autoimagen y realidad de la integración latinoamericana

Por: | 10 de febrero de 2013

En Europa y América Latina los procesos de integración regional han estado reflejados en la primera década del nuevo siglo según el prisma apropiado que se ha aplicado a su observación. Resulta verdaderamente intrigante el contraste entre tres ángulos diferentes y complementarios. Por un lado, subsiste el entramado compuesto por los anhelos históricos, las ambiciones documentadas y también por las frustraciones reconocidas. MERCOSUR, la Comunidad Andina y el Sistema Centroamericano (SICA) son ejemplos de institucionalidad declarada, con ansias de personalidad internacional. Sin embargo, el contraste con la Unión Europea es palpable. En segundo lugar surge la apariencia mostrada por una autoevaluación de índole gubernamental que ha persistido como positiva a ambas orillas del Atlántico, pero con mayor ahínco si cabe en América Latina. En tercer término se revela la realidad palpable, sujeta a inspección y comentario. Si en la actualidad existen dudas en Europa sobre la supervivencia de la supranacionalidad, en América apenas es un atisbo.  

El resultado del contraste notable de la combinación de estas tres dimensiones, al explorarlas en Latinoamérica, no puede considerase como negativo, ni como positivo, sino simplemente como realista. Usando la metáfora del vaso medio lleno o medio vacío, desde un ángulo ambicioso pudiera decirse que el balance de la integración latinoamericana es decepcionante. Desde otra perspectiva, puede aducirse que el panorama pudiera ser peor, huérfano de alternativas con expectativas de progreso. Pero aún en ese caso no puede justificarse el silencio sobre las limitaciones y sus causas profundas. Este diagnóstico provisional debe aceptarse como una vía apropiada para tener una idea más aproximada sobre el origen de donde proviene el concepto de integración en Europa y en América, cómo el modelo de la UE se ha implantado, adaptado o rechazado en América Latina, y cuál puede ser el retrato a mediano y largo plazo.

            Para captar una descripción de los anhelos históricos y la apariencia autoconstruida nada mejor que examinar la parafernalia de la Cumbre de la recién creada Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC) celebrada recientemente en Santiago de Chile.Todo el protocolo y el guión seguido a rajatabla contribuyeron a la reflejar el retrato que se intentaba proyectar. La Unión Europea estaba dualmente representada por su presidente Herman Van Rompuy, emanando su dimensión originariamente intergubernamental, y por la Comisión, liderada por José Manuel Durao Barroso, reflejando su innata naturaleza supranacional, como guardiana de los Tratados. Celac-3

Replicando el formato de la recepción del Premio Nobel de la Paz en Oslo, ambos dirigentes ofrecieron sendas declaraciones públicas. Aunque el presidente del Parlamento no estuvo presente, como sí lo hizo en la ceremonia del premio, el papel del legislativo europeo protagonizó la celebración de la paralela Asamblea Parlamentaria de EUROLAT en conjunción con representaciones variadas de entes similares de América Latina, aunque de poderes y legitimidad diferentes.  Ahora bien, nótese que en cuanto cabe a la soberanía plenamente compartida, es la Comisión la entidad negociadora, un aspecto ausente en los sistemas latinoamericanos, huérfanos de unas políticas comunes plenas.

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Los teléfonos de Europa y América Latina

Por: | 11 de enero de 2013

El sábado 26 y el domingo 27 de este mes de enero una notable mayoría de máximos mandatarios de 60 países europeos, latinoamericanos y caribeños se reunirán en Santiago de Chile en el formato de la cumbre bicontinental  que se celebra desde 1999. En cuanto se clausure ese cónclave, los propios latino-caribeños extenderán la visita para su propia reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC).  Kissinger1[1]

Aunque ese calendario esté dictado por las agendas (en realidad la reunión CELAC-UE debía haberse celebrado el año anterior), la buena lógica habría aconsejado cambiar el orden. Primero los latinoamericanos y caribeños debieran haber consensuado un guión común para dialogar, negociar y enfrentarse a los europeos. Pero la variedad, desunión, carencia de coordinación y contraste de intereses ya se habrá mostrado como evidente en la reunión europeo-latinoamericana/caribeña. Tal como se apuntaba en un comentario anterior, si Kissinger hubiera sido invitado, hubiera pedido cuál era el teléfono de ambos bandos. 

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Sobre el autor

Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet “ad personam” de Integración Europea y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Es Licenciado en Derecho (Universidad de Barcelona) y Doctor por la Georgetown University (Washington DC). Nacido en Barcelona, reside en Estados Unidos desde la administración Johnson.

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