Ayuda al Estudiante

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

Cómo maleducar siendo imprescindible

Por: | 25 de marzo de 2013

Los campamentos veraniegos, una de los primeros ejericios de autonomía
Para la buena educación de nuestros hijos es imprescindible no ser imprescindibles. Es una paradoja en bucle que esconde bajo su pulida superficie una de las grandes ideas de la educación, sobre todo cuando se sitúa en una dimensión temporal genuinamente educativa, de largo aliento, como corresponde al periodo crítico de la educación de los hijos, pongamos que sus dos primeras décadas de vida.

La podemos expresar de mil maneras, pero me animaré a hacerlo solo de una docena de formas. Nuestros hijos necesitan mucha ayuda para necesitar la mínima posible. Necesitan que les enseñemos a no necesitarnos. Necesitan depender de nosotros para llegar a ser independientes. Necesitan un sistema educativo articulado por otros para encontrar un camino personal que nadie deberá elegir por ellos. Necesitan encontrarse a sí mismos, pero no pueden hacerlo solos. Necesitan ejemplos para saber buscar los modelos en los que inspirarse. Necesitan de la motivación externa para alimentar un buen depósito de motivación interna. Necesitan verse obligados para hacer las cosas por sí mismos. Necesitan un control exterior menguante para poner en marcha un autocontrol creciente. Necesitan la crítica constructiva para explotar el tremendo poder de la autocrítica constructiva. Necesitan un lugar muy especial en la familia para encontrar luego su lugar en el mundo con otra familia. Necesitan aprender a dar lo que antes solo pedían.

Demos por un momento la vuelta a la moneda y enumeremos algunas cosas que no necesitan. No necesitan ayuda en aquello que pueden hacer por sí mismos. No necesitan que les hagamos dependientes de nosotros. No necesitan ser sustituidos por nosotros. No necesitan que les protejamos de sus propios e inevitables cambios. No necesitan ser llevados de la mano. No necesitan que les alejemos de su futuro sobreprotegiéndolos. No necesitan hacerse monodependientes de nuestros criterios o nuestras órdenes. No necesitan limitar sus reacciones a las ocasiones en las que nosotros les espoleamos, motivamos o regañamos. No necesitan ser tratados como si tuvieran 12 años cuando ya tienen 18. No necesitan protección contra la crítica constructiva y enriquecedora. No necesitan que les evitemos todos los sinsabores de la vida, a algunos de los cuales es mejor que se vayan habituando a no tardar mucho. No necesitan vivir envueltos en un celofán que muy pronto la vida irá rasgando sin mayores consideraciones.

El proceso que permite pasar de una orilla (infancia y adolescencia) a otra (juventud y madurez) es, naturalmente, evolutivo, gradual, no se trata de un acontecimiento singular, de un paso súbito del No al (o a la inversa), sino que lleva su tiempo y su esfuerzo, muchas veces realizado de forma consciente y premeditada.

Pero, además, la diversidad de las personas hace que nunca se arranque del mismo punto ni se llegue a idéntico lugar. Sucede que nos damos cuenta de que antes estábamos cerca de un punto y ahora estamos cerca de otro, sin que nos hayamos percatado bien de cómo ocurrió el cambio.

Cualquier padre y cualquier madre (y los hijos, por supuesto), saben lo complicado que es desenvolverse adecuadamente en ese proceso educativo y de crecimiento personal que conduce a una sólida autonomía individual.

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Lo curioso es que, cuando analizamos a los hijos ajenos o a sus padres, las cosas están meridianamente claras. No hay nada más fácil que educar a los hijos de los demás. O, mejor dicho, saber cómo habría que educar a los hijos de los demás. Como dicen los jóvenes, "eso está tirao". Los defectos, los problemas y las desviaciones se aprecian como si estuvieran rabiosamente subrayadas con marcador amarillo.

Pero todo se disuelve cuando se trata de los nuestros. Esa especie de detector de metales que tenemos con los hijos ajenos se nos avería con los nuestros un día sí y otro no. Nuestra implicación emocional nos dificulta enormemente la toma de decisiones convenientes. Lo que antes era negro sobre blanco es ahora una mancha grisácea en la que no acertamos a distinguir las líneas básicas. A menudo sospechamos, o incluso sabemos, que algo es lo correcto, pero no somos capaces de hacerlo porque nos dejamos llevar por consideraciones no muy racionales.

Por eso debemos preguntarnos: ¿Queremos unos hijos dependientes o autónomos? ¿Desvalidos o autosuficientes? ¿Sin resortes adaptativos o con capacidad de adaptación? ¿Presos de las situaciones o con libertad de actuación?

Contestemos estas preguntas con sinceridad y volvamos al principio para recordar que ayudar a desarrollarse a nuestros hijos debería ser entendido, en términos operativos, como ayudarles cada vez menos.

Pongamos un ejemplo esquemático. Los bebés necesitan que les demos la comida y no podrían sobrevivir de otro modo; los niños solo necesitan que se la preparemos y difícilmente se alimentarían bien por sí mismos; los jóvenes prefieren que se la preparemos, pero podrían valerse solos; y los adultos no necesitamos que nadie nos la prepare, salvo excepciones que van siendo prehistóricas.

Aunque la cobertura de necesidades crea hábito, no es lo mismo necesitar algo que estar acostumbrado a ello y disfrutarlo o exigirlo. En el caso de nuestra relación con los jóvenes, la identificación de necesidad y costumbre es un error que tiene consecuencias educativas.

La pregunta clave es cuándo dar el salto (o los pequeños avances). ¿Cuándo cambiar esto, empezar con aquello, dejar de hacer lo otro? Porque no todo es tan evidente. Y, lógicamente, no hay una respuesta sencilla y universal, pero me gustaría señalar tres grandes problemas cuya frecuencia obliga a incorporarlos a la reflexión individual de cada uno:

1. Inercia. Los padres en general, y las madres en particular, suelen tener mucha inercia para asumir los cambios. Tienden a retrasarlos más de la cuenta creyendo que así los protegen de no se sabe qué (En mi opinión, por ejemplo, debería ser imprescindible que un chico o una chica de 16-18 años se desenvuelvan en la cocina con cosas sencillas, pero aún es frecuente que sean dependientes de sus madres).

2. Autochantaje emocional. Ser imprescindibles para nuestros hijos conlleva una indudable carga, pero también una enorme gratificación emocional, a la que especialmente son muy sensibles las madres. Es bueno que nos cuestionemos: ¿hago esto porque me gusta a mí (o incluso solo porque no me cuesta trabajo) o porque realmente le conviene a mi hijo? Y más aún, frecuentemente somos víctimas de una especie de chantaje emocional que ni siquiera necesitan poner en práctica los hijos, porque nos valemos por nosotros mismos: creer que no hacer algo por los hijos es ser malos padres. Puede ser un gran error. Deberíamos preguntarnos: ¿lo que no quiero hacer sería bueno para ellos? Si no es bueno, ni es por pereza o por ninguna otra razón negativa, seguramente es en su propio beneficio. Luego no deberíamos sentirnos mal.

3. Adultos-niños. Los hijos atraviesan, a partir de los 16-17 años, una época complicada de entender, que podemos denominar de adultos-niños (adultos para unas cosas y niños para otras). Infinidad de veces, los padres no saben a quién tienen delante, si al adulto o al niño, y se sienten desorientados por esa aleación evolutiva inasible. Los hijos están pasando de una fase en la que no eran tan sensibles respecto a su propia independencia a otra en la que su sensibilidad se agudiza hasta un punto irritante para los padres protectores. Por el contrario, no ocurre lo mismo con su disponibilidad a asumir responsabilidades y tareas, en lo que se quedan muy atrás. Pues bien, ese es el momento de que los padres asocien ambos procesos: "Sí hijo, tienes más libertad, pero también más responsabilidad. Puedes elegir la ropa que te dé la gana, pero la cuidas y te la planchas. Tienes paga mensual, pero si te la gastas el día 10, te quedan 20 días sin dinero. Eliges carrera sin que nadie te fuerce, pero no esperes que yo te haga los trámites". ¿Parece fácil? A la mayoría de los padres y madres les cuesta mucho, se muestran incapaces de cambiar de registro y pasar a un relativo segundo plano en el sistema de navegación de sus hijos. Pero hacerlo es lo mejor.

No olvidemos que, nos guste o no, la vida de los hijos cuando se liberan de sus padres experimenta un impulso de aprendizaje vital y un enriquecimiento personal extraordinario, cosa que a algunas padres y madres, secuestrados por su propia inseguridad, les da tanto vértigo que no pueden asumirlo.

Que eso se viva como una pérdida es tan comprensible desde el punto de vista personal, como educativamente equivocado.

 

Hay 3 Comentarios

Es duro conseguir que los hijos sean autónomos porque esto conlleva que a veces se equivoquen o sufran, de ahí que algunos padres cometen el error de sobreprotegerlos. Pero es una tarea que deben asumir, por su bien futuro.

La educación es primordial a esa edad, si no se educa bien a un niño de pequeño luego no hay solución.

Genial Post y con toda la razón del mundo. Qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio!!

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Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

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