Ayuda al Estudiante

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

Me dio libertad para leer y le debo el placer de la lectura

Por: | 17 de agosto de 2013

Post número 14 de la serie El mejor profesor de mi vida, escrita por los lectores del blog como homenaje a la profesión docente.

 

Autor invitado: MIGUEL DÍAZ 

 

El mejor profesor de mi vida fue don Manuel Bello. Fue mi profesor de Literatura en 5º  de Bachillerato, allá por 1973, en el Colegio Raimundo Lulio de Madrid. El fue quien promovió en mí el gusto y la afición por la lectura. En un entorno asfixiante y escasamente pedagógico, como era en aquella época ese colegio, en el que abundaban los aficionados a maestros, que no maestros, ya fueran frailes o laicos, este profesor logró de manera destacada, mediante lo que ahora los docentes conocemos como “aprendizaje significativo”, motivarme hacia la lectura de una manera natural y sorprendente para la época.

Lo habitual era por aquel entonces la lectura obligada de textos clásicos como El Quijote, del que los adolescentes quinceañeros, apenas lográbamos comprender alguna idea.

Sin embargo, Don Manuel nos sugirió que comenzáramos a leer lo que más nos gustara, lo que más nos llamara la atención.

Como en mi caso lo que más me intrigaba en mi adolescencia eran los ovnis y los fenómenos extraños, que comentábamos frecuentemente con los compañeros de clase, me propuso varias lecturas, entre ellas El retorno de los brujos, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, así que compré una edición de bolsillo de 1971 de Plaza y Janés, ¡como libro de texto! Aún lo conservo.

Ese libro fue el detonante de mi afición por la lectura y de mi interés por el estudio, que desembocó a su vez en la licenciatura y el doctorado, así como en mi carrera como docente universitario.

Esta estrategia didáctica continúo utilizándola con mis alumnos, porque es realmente efectiva e inolvidable. La sugerencia de la lectura de ese libro fue la espita que abrió el tarro de las esencias. Después vinieron muchos más, y por supuesto El Quijote, pero vino cuando ya le esperaba, no antes.

Y es que la labor de un buen docente puede llegar a influir tanto en la vida de su alumno, que puede lograr orientarla para siempre. Sin esa habilidad pedagógica de Don Manuel, un modesto profesor de Bachillerato, olvidado, que ahora quiero recordar en este escrito, probablemente yo no habría logrado aprender todo lo que aprendido en esta vida, conocer el enorme disfrute que me ha proporcionado la lectura, ni probablemente, llegar a ejercer mi labor como docente. Seguramente tampoco sería quien soy en este momento.

Muchas gracias, Don Manuel.

 

 

Nota sobre la serie El mejor profesor de mi vida

La idea de pedir la participación de los lectores para publicar esta serie surgió a finales de abril, cuando estaba retocando precisamente el post El mejor profesor de mi vida. La primera selección de testimonios de los lectores de este blog es muy emocionante. Comenzó a publicarse el pasado 4 de julio (con El milagro de Miss Phillips con la Historia) y continuará publicándose hasta primeros de septiembre.

Sería estupendo que siguieran llegando textos y fuéramos capaces de establecer un día fijo para publicar esos testimonios más adelante. Por eso animo a todos los lectores, y también a los jóvenes que aún están a diario en el aula, a enviarme sus textos.

Las normas son muy simples:

- Identificar al autor y al profesor con nombres y apellidos.

- Extensión: 500-1.000 palabras.

- Ubicación: ciudad actual del autor y ciudad en la que se produjo el encuentro con el profesor.

Espero nuevos testimonios. Creo que el reconocimiento a los grandes profesores es nuestra deuda moral como estudiantes y nos ennoblece como sociedad. Que falta nos hace.


 

 

 

Hay 3 Comentarios

El concepto que aqui se plantea sobre la labor de los profesores coincide con el que Ken Robinson explica en estas magníficas (y divertidas) charlas en TED.com:

http://www.ted.com/talks/sir_ken_robinson_bring_on_the_revolution.html

http://www.ted.com/talks/ken_robinson_how_to_escape_education_s_death_valley.html

CONFIARON EN MÍ
De los buenos profesores que he tenido, desde la escuela a la universidad, me quedo con aquellos que creyeron o confiaron en mí. Yo no fui un estudiante brillante ni ejemplar, aunque sí inquieto (con inquietudes, vaya; no nervioso o hiperactivo) y voluntarioso. Había en mí, efectivamente, cierta “madera” aprovechable que aquellos buenos profesores supieron ver, como en tantos otros alumnos.
A finalizar la escuela, antes de entrar en el Instituto “Fray Luis de León” de Salamanca, previa superación del examen de ingreso, que se hacía a los 10 u 11 años -primera gran criba o reválida del alumnado, pues muchos no aprobaban y se quedaban en la escuela hasta los 14 años, edad en que la abandonaban y salían a trabajar en lo que fuera, de repartidores o aprendices mayormente- mi padre le preguntó al maestro: “Bueno, don José (José Lillo, se llamaba este buen maestro con el que aprendí mucho más que las famosas cuatro reglas), qué tal el chico, sirve para estudiar o no”. Y éste le contestó: “Es un poco lento, un “tren de mercancías” –como solía llamarme en clase-; pero sí, puede y debe continuar los estudios”. Mi padre se quedó tranquilo y en octubre de 1965, recién cumplidos los 11 años, empecé el bachillerato en dicho instituto.
El cambio fue nefasto para mí, sobre todo al principio. De la seguridad y protección de la escuela unitaria de don José, pasé a sentirme perdido, inseguro y desamparado en el instituto. Un enorme y viejo centro que albergaba a más de mil alumnos de todas las clases y condiciones. Mi autoestima quedó por los suelos al verme entre tantos chicos, más altos y fuertes, e incluso más listos y aplicados, que yo. De forma que, para no sentirme inferior y negando mis capacidades, me junté con los más torpes y vagos de la clase. En el fondo, supongo, buscaba llamar la atención y ayuda de mis profesores. A trancas y barrancas, veranos incluidos estudiando, llegué a 6º, el último curso del bachillerato. Y entonces se destapó el tarro de las esencias. Lo aprobé todo en junio, con la providencial ayuda de una joven profesora, la de Lengua y Literatura, Mª Auxiliadora Moreno de Vega, que sacó lo mejor de mí mismo, simplemente tratándome con respeto e interesándose por mis lecturas y aficiones, cosa infrecuente en aquella época, y menos con los alumnos mediocres. Pero había llegado hasta el final, superado cursos y la reválida de 4º -otro gran filtro-, por tanto no era un zoquete ni un holgazán. Ella, sin prejuicios, supo intuir las cualidades que, por timidez o inseguridad, yo escondía o no me atrevía a mostrar. Y consiguió el milagro. No sólo en su asignatura, sino en todas las demás. ¡Bendita sea!, allá donde esté, porque me salvó.
Después, en el COU y en la Universidad encontré de todo en cuanto al profesorado se refiere. Y, nuevamente, me acuerdo, sobre todo, de aquellos profesores que, además de su gran competencia docente y de contagiar su entusiasmo por la materia que impartían, se fijaban en la personalidad de cada uno de los alumnos y alumnas. Nos conocían. Sabían motivarnos individual y colectivamente. En este sentido, destacaré a don Miguel Sánchez-Barbudo, profesor de Geología, que fue para mí un gran ejemplo y estímulo. Él sabía de mis preocupaciones políticas como representante estudiantil y de mis actividades culturales (teatro, literatura…). Don Miguel era una persona volcada en la enseñanza, paciente, discreta y moderada, y, sin embargo, nunca me vio como un personaje incómodo o conflictivo, dada la tensión habitual entre profesores y estudiantes en aquellos convulsos años setenta. Al contrario, creo que percibió en mí a un joven razonable y sensato, capaz de compaginar sus intereses sociopolíticos con el estudio de la geología y, en general, de las ciencias naturales. Y lo consiguió. A él se lo debo.
Tres ejemplos solamente, entre muchos otros que podría describir aquí. Sería injusto no mencionarlos, al menos. Así que, sirvan estas modestas líneas para agradecer y homenajear a todos aquellos profesores que han sabido –y saben- sacar lo mejor de sus alumnos, porque confiaron en ellos, generando entre ambos una fructífera e inolvidable complicidad. ¡Gracias!
Alfonso Díez.

El gran placer de la lectura en buena compañía http://xurl.es/v3cl4

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Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

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