Ayuda al Estudiante

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

Ola, kerido estu… What’s Up con WhatsApp?

Por: | 25 de noviembre de 2013

Jóvenes usando el móvil.
Si fueras el director de un colegio, una editorial, un periódico, una agencia inmobiliaria, una compañía de seguros o una tienda de informática de un pueblito, ¿contratarías a un joven que se presenta por escrito diciendo “Ola, quetal, no sabes kien soi, me presento…”?

En mi caso, una vez recuperado del susto, sería lo penúltimo que haría (dejemos libre lo último, por si acaso). El mensaje que acabo de transcribir no es inventado: es tan real como que estás leyendo este post. A esto hemos llegado por varias causas, pero particularmente por las aplicaciones de mensajería instantánea de móvil (hablaré todo el rato de WhatsApp, pero hay otras, como Line o WeChat) que todos usamos con mucha alegría, por su utilidad, pero sin prestar demasiada atención al devastador efecto que su mal uso y abuso produce en bastantes jóvenes. Me propongo ahora reconocer, al vuelo, sus beneficios generales y analizar, un poquito más demoradamente, sus tremendas consecuencias en muchos estudiantes.

Ahora es justo cuando alguien pensará: “Ya estamos con otro ataque cavernícola a las nuevas tecnologías por parte de un rancio que querría retroceder a los tiempos del tan tan. Otro que se resiste a lo nuevo”. Me ahorraré la respuesta a ese tipo de reacción, previa a la lectura de mis argumentos.

Pero otros lectores pueden pensar también: “Pues a mí me va muy bien con el WhatsApp: me gusta y es (casi) gratis”. A eso debo replicar que mi alarma se centra hoy en los jóvenes estudiantes (lógicamente, los problemas son aplicables a cualquier usuario, pero, cuanto más formado esté, menos impacto tienen). De todos modos, si todo lo que tiene algo bueno no fuera criticable por lo que tenga de malo, apaga y vámonos, porque invalidaríamos el análisis como forma de conocimiento y construiríamos un mundo bipolar.

Dicho lo cual concentraré mi análisis en cuatro apartados: problemas de lenguaje, de pensamiento, de concentración y de impacto general (para jóvenes estudiantes y para adultos). Todo ello, precedido de una enumeración (creo que bastante compartible) de las ventajas. Pero antes de entrar en faena debo insistir en la obviedad: como tantas cosas en la vida, los problemas no los genera el simple uso, sino el mal uso o el abuso de las cosas. En medicina se dice que no hay venenos, sino dosis.

Logo Whatsapp

Empecemos por el reconocimiento de las ventajas de WhatsApp (como se deja ver en el título, el nombre alude a What’s Up?, ¿Qué pasa?). Es un sistema de muy fácil uso; permite la comunicación prácticamente instantánea (ventaja que también tiene su cruz, pero obviémosla); aporta permanencia, no borra los mensajes; habilita la multiconversación (con la ventaja de una gran agilidad comunicativa muy neutralizada por un diabólico goteo de insignificancias); es accesible casi para cualquiera; acoge espléndidamente la espontaneidad absoluta (de ahí vienen muchos de sus problemas); es un canal audiovisual (lo que, en mi opinión, tiene un gran valor); es absolutamente internacional; rompe cualquier tipo de distancias; genera una enorme sensación de libertad comunicativa, y, finalmente, por lo que se ve en autobuses, metros, trenes y reuniones para una hipotética conversación en torno a una cerveza, proporciona increíbles momentos de entretenimiento a muchos usuarios (siento no estar dotado para disfrutar de esta ventaja).

Vayamos ahora con los problemas. Hago hincapié en la naturaleza absolutamente acientífica de mis observaciones (lo que no merma mi convicción) y en el hecho de que me centro en los jóvenes estudiantes, que son quienes, en mi opinión, sufren más los efectos del WhatsApp y similares. Naturalmente, también disfrutan de sus ventajas, pero eso no me preocupa tanto. Lo que me alarma es el impacto negativo en unas personas en pleno proceso de formación.

Empecemos por el lenguaje. En los jóvenes, que mayoritariamente aún no han asimilado las normas del lenguaje y tampoco han tenido tiempo de aquilatar un estilo más o menos personal de comunicación, violar las normas antes de dominarlas es nefasto (no porque lo dijera Picasso), ya que los mete en un callejón sin demasiada salida: pierden referencias y se quedan flotando gramaticalmente en la barbarie lingüística. He visto unos cuantos escritos estudiantiles con akí, estoi, ola… Y cuando preguntaba la razón de esa ortografía, me han respondido generalmente que sí sabían que estaba mal, pero no se daban cuenta al escribirlo (¡la costumbre!).

Si la gramática es desatendida, la sintaxis es torturada hasta hacer que cualquier signo de puntuación huya despavorido o caiga donde no debe. La miseria léxica es para llorar de pena; el ritmo expresivo, una quimera (¿alguien les ha visto acabar adecuadamente una frase antes de pulsar la tecla de envío?); la depuración comunicativa básica (a partir de la necesaria autoevaluación instantánea), una pura contradicción con tan espontáneo canal; la síntesis abandona su merecido trono en la mente para que lo usurpe la brevedad, cuando no el puro síncope o el atropello; la monotonía exclamativa se apodera de todo (¡¡¡de todo!!!), y, una de las peores consecuencias, los chicos se acostumbran al hecho de que leer un mensaje con más de 10 palabras es una ridícula pérdida de tiempo pasada de moda: se desincentiva la lectura peligrosísimamente. Habrá quien piense que no hay mayor problema, porque los jóvenes son capaces de mantener varios registros lingüísticos adecuados y primorosamente separados. Conozco a algunos que sí, pero son jóvenes de inteligencia excepcional (y estadísticamente irrelevantes, por supuesto).

Whatsapp2Y ahora, aunque algunos piensen que me he vuelto loco, pasemos al pensamiento. ¿Pensamiento y WhatsApp? ¡Pues sí que estamos bien…! Creo que llegaremos a un acuerdo. Para pensar algo que merezca la pena necesitamos más lentitud que arrebato, más reflexión que improvisación, más esfuerzo que espontaneidad, más complejidad que simplicidad (incluso para llegar a lo simple), más jerarquías que caos y más introspección que extraversión. WhatsApp es un entorno perfecto para lo contrario: la improvisación, la espontaneidad, la simplicidad, el caos y la extraversión. Luego es fácil llegar a la conclusión de que el cuasi monocultivo del WhatsApp por parte de los jóvenes como forma de expresión escrita no les ayuda mucho a pensar. Ahora bien, dirá más de un lector: ¿Es que le vamos a pedir ahora a WhatsApp que convierta a nuestros hijos en filósofos? Jamás se me ocurriría, pero me limito a describir en qué filosófico agujero los deja una cuantas horas al día. Con todo su impacto en los hábitos.

Separar en este contexto lenguaje y pensamiento resulta un poco artificioso, pero le conviene a mi intención analítica. Pasemos ahora a la concentración; es decir, a la falta de concentración que con tanta perfección inocula en nuestros jóvenes ese nuevo profesor llamado mister WhatsApp. Los chicos que abusan del WhatsApp se desentrenan en el arte de mantener el foco un mínimo de tiempo sobre cualquier asunto específico (más allá del asunto WhatsApp), sufren interferencias constantes (digamos que, en sus momentos más animados, un mensajito cada dos o tres segundos) que les impiden centrarse en cualquier cosa que tengan entre manos, y, además, se acostumbran a uniformizar sus respuestas atencionales, sin distinguir lo blanco de lo negro, lo urgente de lo importante, lo serio de lo irrelevante. Sí, ya sé: no son tontos. Por supuesto que no, pero el abuso de esta aplicación no les permite un entorno de entrenamiento adecuado en la focalización de la atención.

Mapa mental Análisis WhatsApp Carlos Arroyo
Resumiré ahora el impacto general que, a mi parecer, tiene el abuso de WhatsApp en los jóvenes y luego en los adultos en general (aunque imagino que a pocos adultos les gustará que un cualquiera opine sobre sus hábitos). A los estudiantes (por supuesto, no a todos) puede sucederles esto: ven degradada su competencia lectora y de escritura por la ley del mínimo esfuerzo, asimilan las excepciones o los incumplimientos antes que las normas, les genera vulnerabilidad intelectual (por las razones antes explicadas), se hacen esclavos de la moda lingüística whatsappera, incumplen a veces la razonable prohibición de usarlo en las aulas y, algo que me parece muy preocupante, aunque, sorprendentemente, hay madres y padres que aún no lo han notado: le quitan horas al sueño para dedicárselo a los mensajes. Ojo a esto último: no es una minucia.

Está claro que algunos de estos problemas son similares en el caso de los adultos, aunque su impacto sea menos relevante (a la inversa, lo que digo para los adultos vale también para los chicos). El WhatsApp es uno de los instrumentos que más contribuye a esa saturación informativo-comunicativa que tanto gusta a tantos y tanto daño hace a la serenidad personal y al conocimiento en sí. Además, genera un frecuente clima de descortesía personal con aquel que uno tiene delante, ocasionando una notable degradación del contacto directo; es una fuente avasalladora de intromisiones; habitúa a la gente a que todo es urgente (es decir, nada lo es de verdad), y acaba con cualquier intento de “tiempo fuera” que uno se conceda; nos introduce en un ámbito en el que lo importante y lo insignificante pesan casi lo mismo; degrada, como sucede con los jóvenes, el hábito de la lectura y de la escritura, y, permitidme un desahogo semifinal, dependiendo del individuo en cuestión, nos obsequia a los que tenemos el infortunio de estar alrededor con un campanilleo insufrible (podría buscar sinónimos, pero me relajaré en este punto).

Dicho todo lo anterior, y antes de que la compañía WhatsApp Inc, me mande desde Silicon Valley a un animoso equipo de Marketing para convencerme de que estoy muy equivocado, reconozco que la idea que tuvieron Brian Acton y Jan Koum fue genial, muy meritoria. Solo que el mal uso y el abuso que nosotros hacemos de ella me parece muy preocupante. Es como el chiste de las balas: “No me dan miedo las balas, lo que me asusta es la velocidad que llevan”.

Se me olvidaba dejar dicho que, aunque he escrito este post con sinceridad, sé que mis posibilidades de cambiar algo son nulas (habida cuenta de que el 99,99% de los lectores usan gustosamente esta aplicación) y las de ser considerado tecnófobo, muy elevadas. Lo único que puedo decir es que esto último no es cierto ni me importa demasiado.

 

 

NOTA FINAL

Tengo también algunas pataditas que dar a Facebook en cuanto a su impacto en los estudiantes, pero, más allá del excesivo tiempo que le dedican y el patético exhibicionismo que propicia, no lo veo tan perjudicial para las competencias intelectuales de los chicos. Así que me abstengo por ahora de desarrollar el tema. 

Respecto a los adultos, habría cosas que decir acerca del uso de Twitter, Linkedin y el mismo Facebook, pero sería pasarse de la raya considerarlo materia educativa. Así que me guardaré cuidadosamente mis críticas, que no serían ni originales ni suaves, por otra parte. Tampoco es para erigirse en guardián de las esencias. Cada cual pasa el rato como quiere.

 

Hay 64 Comentarios

Mucha gente piensa que lo importante es entenderse y que, por tanto, escribir bien o mal no tiene tanta importancia. Todo lo contrario. Escribir bien es terriblemente importante, ya que en frases con una mínima complejidad, la falta de acentos o signos de puntuación puede alterar radicalmente su significado. Por tanto, en efecto es importante entenderse, como de hecho ya hacían los hombres del paleolítico, pero de ahí a conformarnos con entendernos...

Buenas tardes: Me parece que el autor hace muy buenas observaciones en su post. Discrepo sobre el efecto que el whatsapp tiene en adultos con respecto a la concentración y la vida social – sí, a nosotros como adultos nos quita el enfoque y creo que todos conocemos la situación de estar en un bar y las personas presentes están más ocupados con sus dispositivos que interactuando entre si.
Al otro lado, como non-nativo del español, admito que los chats, conversaciones por mensajes y whatsapp me han ayudado bastante en aprender el argot de la calle, vocabulario de diferentes registros etc., porque normalmente uno no lo ve por escrito.

A mi parecer:

- Tienes mucha razón
- Hay que echarle la culpa a los pocos caracteres que tenían los SMS y la 'pasta' que costaban entonces. Ahí se descubrió la enorme capacidad de síntesis del ser humano ;)
- Como decía mi profesor de lengua allá por el 86 -"si habláramos con /fonemas/, se acabarían muchos problemas
- Nos permite estar unidos con mucha gente, pero nos aísla de nuestro entorno (más de uno se le habrá pasado su parada de bus, por poner un ejemplo). Nos perdemos el mundo que nos rodea.

- Podría seguir, pero prefiero dedicarle este tiempo a mi familia.

Saludos!

El establecimiento de este tipo de normas viene dificultado, además, por el hecho de ser las generaciones más jóvenes (y menos propensas a la etiqueta) las expertas en este campo, así como por la desaparición, en buena medida, de las diferencias entre las clases sociales así como de determinadas reglas de interactuar dentro de las mismas o entre ellas.
Mis disculpas por la partición del mensaje, así como de posibles faltas e incongruencias, fruto de estar escribiendo desde un móvil o, más bien, mi poco dominio del mismo.

ola

Respecto al comentario de tiemposdificiles, yo, de entrada, me considero "partidario de las nuevas tecnologías". Por poner el ejemplo de una tecnología que lleva con nosotros muchos años, pero como todas, en un principio fue nueva. El descubrimiento y dominio del fuego proporcionó al hombre, entre otros, una importante fuente de calor, la posibilidad de cocinar los alimentos y la base para la fundicion de metales y, por tanto, la fabricación de herramientas más complejas. Por supuesto que tambien posibilitó toda una serie de usos menos pacíficos y, en algunos casos, directamente criminales. En definitiva, opino que cuando se dan las circunstancias para un avance tecnológico, este se producirá. Y como no vale la pena intentar evitarlo, nuestros esfuerzos deben ir encaminados a favorecer un uso civilizado, racional y pacífico de estos avances.
En este sentido me parece muy interesante el comentario de BLN. Entiendo que, en el caso que nos ocupa (el uso de aplicaciones y herramientas como Whatsapp), el avance tecnológico ha sido tan rápido que aún no se ha establecido unas normas de etiqueta sobre el mismo. El establecimiento de este tipo de normas viene dificultado, además, por el hecho de ser las generaciones más jóvenes (y menos propensas a la etiqueta)

De mí se ríen porque pongo comas, puntos, mayúsculas y hasta los acentos en los mensajes del "WhatsApp"...

k pasote de articulo xarly. no se para ke tanto halboroto con la forma n l k scribimos. si total lo inportante es entenderse no? sobre las movidas de la conzntracin y el contakto dirkto si k tienes razn, k ay nos an jodido.
Salu2

La actitud de desdeñar algo por desconocimiento o apatía no es únicamente propia de los jóvenes. En muchas zonas rurales en este país aún se mantienen al margen de determinados "inventos" por no ser "útiles", midiendo la utilidad por la cercanía a su forma de vida, desdeñando otras formas de vida y posibles usos e innovaciones que podrían ser muy interesantes para ellos.
Se suele hablar en estos casos de resistencia a los avances o, mucho más despreciativamente, de la "soberbia de la ignorancia". Algo de todo hay en esas posturas, pero si nos atenemos al aprendizaje significativo, es lógico que la gente parta de lo que conoce e incorpore poco a poco determinadas cuestiones a su bagaje.
Por tanto, nada hay de malo en ello. En muchos pueblos de los que tengo conocimiento directo, se ha introducido muy recientemente el cuarto de baño en las casas. Se lo consideraba un gasto inútil habiendo tanto campo y de este modo se gastaba poca agua (ese sentido hiperahorrativo del mundo rural, peligroso cuando se convierte en un dogma). Pero las autoridades lanzaron campañas de sensibilización, incluso mediante contacto puerta a puerta, para convencer a los más reacios, generalmente ancianos, para incorporar el servicio y se les concedieron ayudas económicas para realizar las reformas.
Es decir, la autoridad pública funcionó como un buen profesor: ofreció un cuerpo teórico-práctico para introducir los nuevos conceptos y proporcionó una motivación. Ambos son recursos básicos de la educación y, por tanto, no vale quejarse de lo mal que está la juventud o de que lo que se hace no sirve para nada. Todo aprendizaje servirá, pero tiene que partir de la realidad de quien aprende. Ya descubrirá el alumno otras potencialidades (en el caso que hablábamos de los cuartos de baño, algunos comprenderán la relación directa entre disminución de ciertas enfermedades y poner un baño), pero se consigue el objetivo.
¿Los medios? Los que podamos disponer y con el uso que se necesite.

Vaya estudio más inutil.

Muy buen artículo con un pero; las faltas de ortografía, los desastres sintácticos, la invención de "palabros", el no saber expresarse por escrito, en suma, ya existían desde bastante antes de que apareciese Whatsapp o cualquier otro medio de expresión en el que se prima la inmediatez frente a la reflexión. Los textos y escritos de algunos licenciados en periodismo o filología hispánica (por poner casos extremos) eran, cuando yo terminé la carrera, para obligarles a devolver el título porque no habían tenido ningún aprovechamiento tras cinco años en la universidad y me licencié hace 25 años.

¿Se acuerda de qué decían Solbes y Pizarro de la crisis durate el debate electoral de 2008?

Vergüenza de país: http://yestheycan.blogspot.com/2013/11/escogimos-solbes.html

Hay un dato o un apunte sobre las actitudes inconscientes de alumnos novatos y nobeles que se resisten a hincarle el diente a temas raros, o asignaturas.
Hoy raros, a la luz de los datos que manejan ya los chicos, cualquiera desde la tableta o el ordenador.
Se han pasado de largo.
Sin entender para que sirve mucha de tanta materia, que mañana será desechada por obsoleta y antigua.
Y por eso se resisten y se dan de lado.
A algo que no entienden, ni aceptan, que rechazan más bien del todo, por considerar una pérdida de tiempo total, y que además les evalúa.
Con notas.
Y les define como útiles o inútiles. Los mayores están locos de remate.
Una nota editorial dice, que una gran firma mundial ha contratado a un chaval de doce años, para que ponga al día los sistemas de seguridad informáticos.
Eso es un planchazo para la educación estándar.
Y entonces donde están los ingenieros, y las notas, y los aprobados, y las excelencias.
Y los masters y las carreras y los dineros que se gastan.
Y ha de venir un chaval a pelo, de la calle, sin ningún apunte a poner orden en el dispendio.
Y en la trifulca informática.
Cursos, y reformas educativas hoy, hechas desde la lontananza, y el retraso.
Obsoletos y atrasados.
Calentarse el coco a lo bestia para perder el tiempo en rocambolescas historias añejas que no sirven.
Que no sirven, para mañana.
Que no es lógico señores educadores supremos del estado nacional, que hay que estar al loro.
Y enterarse por donde soplará el viento mañana, y no educar y enseñar inutilidades cobrando un impuesto y soltando un dineral.
Que no quieren perder el tiempo y rebotados.
Los chavales.
En meterse en el coco cuatro novelas de Ágata.
Y para mañana irse al paro.
Con su curriculum bajo el brazo.

Coincido con algunas opiniones en que el problema de algunas innovaciones no es su uso, sino su abuso. Quizás quien mejor lo expresó hace ya tiempo fue Cervantes quien ya nos previno sobre el abuso de determinados libros, lo cual no quiere decir que no haya que leerlos.
Con las TIC ocurre algo parecido. Usarlas por usarlas o usarlas tapando otras actividades que ya han demostrado su eficacia, carece de sentido. Hay que analizar el fin que queremos, a quién se destinan y el contexto en que las utilizamos.
La inmediatez no es buena en sí misma, pero es útil para determinadas cosas. Utilizar los medios que la permiten en el aula necesita reflexión. No se trata de negar, como tampoco de esnobismo, sino de integrar en su justa medida.
Nada más útil para la motivación que partir del entorno del alumno, igual que si en cine nos quedáramos con "Torrente IV" porque les gusta a los alumnos y no tratáramos de alcanzar, pongo por caso, "La quimera del oro", por remontarme mucho en el tiempo hacia un valor artístico seguro.
Conozco experiencias en que se utiliza el whatsapp, el twitter o el facebook en el aula con resultados muy positivos, pero ni son el recurso único ni son el fin último del aprendizaje.
Suelo utilizar en estos casos la estrategia de la prevención: mientras no lo uso por mi mismo una temporada y analizo las posibilidades y los inconvenientes, no suelo introducir innovaciones en el aula. A veces significa descolgarse un poco de algunos compañeros, pero suelo alcanzar su nivel en poco tiempo y, para mi práctica docente, con resultados más equilibrados. Aunque algunos compañeros y compañeras son muy brillantes y hacen un trabajo muy superior al mío.
Creo que podemos hacer bien las cosas y mejorar mucho nuestra práctica docente.
Por cierto: veo en el foro pocos partidarios de las nuevas tecnologías y eso me preocupa. No sé si están conectados y no pueden atendernos o consideran que tienen cosas más útiles que hacer que debatir. En ambos casos, manifiesto mi preocupación por esta ausencia. Si hay algo que aprendido en estos años es que no hay nada más interesante que las experiencias por compartir.

Soy una chica joven, estudiante de un máster, y no puedo estar más de acuerdo con este artículo. Me instalé Whatsapp hace poco, pero no le doy el uso excesivo que veo a mi alrededor (a excepción de los primeros días, cuando se disfruta de la novedad a base de explotarla). La aplicación la utilizo para comunicarme con mis alumnos (doy clases particulares), con mi novio en momentos puntuales (si queremos hablar durante un rato, utilizamos el teléfono fijo) y con los amigos más cercanos. Los mensajes que mando suelen ser un único mensaje largo con toda la información (me pone histérica cuando me los fragmentan y tengo que esperar al siguiente cacho de información). Cuando estoy estudiando o trabajando, dejo el móvil en silencio, pero justo delante de mí, porque lo único que ilumina la pantalla son las llamadas, y así no me las pierdo. Sólo dejo el móvil con sonido cuando estoy sola en mi habitación, ya que si estoy con amigos, estoy con ellos, no con el whatsapp.
Todo eso siempre lo he considerado lógico, pero debo de ser la única de mi generación, ya que el resto (hasta mi novio en momentos puntuales) parecen tener el móvil como una extensión de ellos mismos y la verdad es que es algo muy triste. ¿Por qué tenemos que sustituir la interacción humana por la interacción por mensajes?
Muy buen artículo, señor Arroyo.

El artículo me gustó mucho, y reflexiono al respecto: casi todos los que damos la opinión somos adultos, muchos de los cuales parecen ser educadores pero ¿Dónde están los jóvenes que también deberían opinar y de cuya opinión sacaríamos tanto? A estas horas estudiando, veamos como va la tarde ...

¿No se exagera un pelín con todo esto? Si pensamos en la sociedad de hace 100 años, ¿no había también una inmensa mayoría de personas con problemas para expresarse correctamente? Hoy en día, gracias a las nuevas tecnologías, estas cosas se hacen visibles. Pero eso es porque ahora muchísima más gente que antes escribe en las pantallas. ¿No será mejor escribir mal que no escribir? Vamos, digo yo.

Hoy que tengo tiempo abusaré un poquito y me volveré a meter con la materia de Lengua, tal como se imparte ahora.
Una enseñanzas basada en recordatorios de conceptos sirve más bien poco para el fin que persigue: expresarse mejor para que los demás nos entiendan mejor.
Hace unos años introduje en el aula una experiencia que me fue útil: leer, sin ánimo de sobrecorregir o fomentar la burla, los textos escritos por los alumnos tal como estaban escritos, no como se suponía que debían sonar. Esta lectura proponía significados absurdos en muchas ocasiones, lo que permitía a los alumnos pensar en lo necesario de las normas ortográficas y buscarlas para tratar de mejorar sus escritos. El resultado fue bastante positivo. Y aunque muchos compañeros y compañeras me acusaron de "no dar el temario" y hasta de "fomentar la incultura lingüística", mis alumnos aprendieron normas de ortografía y emplearon las aprendidas de forma regular en sus escritos. Creo que aprendieron poco de lingüístico, pero mucho del uso de la lengua como vehículo de comunicación.
Tampoco les privé de proponer alternativas: se empeñaron en utilizar "ke" por "que", con el pacto tácito de que no se hacía fuera de nuestro receptáculo, algo que fue difícil de cumplir para algunos, pero lograron mantener aceptablemente las distancias.
Creo que Carlos (permíteme que te tutee, gracias) aporta una idea fundamental que es una constante en sus propuestas y en mi pensamiento: no es un problema de qué se enseña, que también, sino de cómo se enseña. El porcentaje de alumnos que estudiarán lingüística es ínfimo, pero todo ellos necesitan comunicarse bien para hacerse entender de forma precisa y clara. Aunque sea en dialecto tecnológico.

Hacia tiempo que no venía por aquí, a pesar de que no me pierdo ningún artículo. Es el mundo real, qué le vamos a hacer.
Para una persona tendente a la retórica como yo, escribir en 140 caracteres puede ser un horror, pero una vez intentado, me obliga a un ejercicio que también es muy importante: expresar lo máximo con el mínimo. Y esto me parece positivo. He de decir que apenas uso twitter ni ninguno de los inventos que se citan por aquí, pues considero que ya tengo el tiempo bastante ocupado y me apetecen otras actividades. Además, me molesta, como afirma Carlos Arroyo, la interrupción constante que no permite mantener un diálogo mínimamente coherente y enriquecedor.
Por otro lado, yo lanzo una pregunta: ¿Por qué hemos de estar en contra de, por ejemplo, sesudos premiso Nobel como García Márquez, que han propuesto una simplificación de la representación escrita de la fonética?
Creo que si no se hace, alguien con más prisa lo hará y probablemente no tan bien como podríamos hacerla ahora que tenemos tiempo para pensar.
Por otro lado, ¿quienes somos para negar a PIcasso? Dejemos practicar a los alumnos todo el tiempo que necesiten para utilizar la gramática o la ortografía y que aprendan a expresarse de forma precisa y clara y eliminemos toda la lista de contenidos de lingüistas de la materia de lengua para convertirla en lo que debe ser: una potente herramienta para aprender a leer, escribir y expresarse en público: No sabe más gramática quien más listas de complementos y sus definiciones recuerde, sino quien sabe utilizarla mejor y para lo que necesita.

"Mi alarma se concentra hoy en los jóvenes estudiantes". Mal uso del verbo concentrar. El autor lo confunde con el verbo "centrar". Tercera falta en cuatro párrafos. Abandono la lectura del artículo.

"Demoradamente" no existe, es un palabro.

¿ Quién es este Carlos Arroyo ?, si lo tuviera delante le daría un beso, aún diré más.....me casaría con él.
Hace siglos que no leo un escrito tan inteligente que configura en un brillante texto una evidencia más clara que el agua cristalina.

En este mundo de tecnología tenemos de todo a nuestro alcance, (los que lo tenemos), menos una cosa: INTELIGENCIA.
El fin del mundo seguramente está próximo porque sin inteligencia sana, creadora y constructiva todo está abocado a la destrucción.
CUANDO EL ÚLTIMO HOMBRE DESAPAREZCA SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA Y VENGAN GENTES DE OTRO PLANETA ENCONTRARÁN UNA NOTA GIGANTE FLOTANDO EN EL MAR QUE DIRÁ: "YO POR EL WHATSAPP..........MATO".

Es inadmisible dar lecciones de ortografía escribiendo "post" en vez de "artículo". Fuera extranjerismos innecesarios.

Dejé de leer después de los 144 primeros caracteres...
En serio, excelente artículo. Nos costará bastante contrarrestar todo esto con la nueva generación.

La cuestión está en ¿dónde se encuentra el límite? o mejor dicho, ¿quién establecen los límites? Porque la peor pesadilla para nun menor es descubrir que no puede acceder a lo que todos sus colegas pueden.
http://goo.gl/g8dj8z

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Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

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Soy estudiante y necesito ayuda

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