Ayuda al Estudiante

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

Ola, kerido estu… What’s Up con WhatsApp?

Por: | 25 de noviembre de 2013

Jóvenes usando el móvil.
Si fueras el director de un colegio, una editorial, un periódico, una agencia inmobiliaria, una compañía de seguros o una tienda de informática de un pueblito, ¿contratarías a un joven que se presenta por escrito diciendo “Ola, quetal, no sabes kien soi, me presento…”?

En mi caso, una vez recuperado del susto, sería lo penúltimo que haría (dejemos libre lo último, por si acaso). El mensaje que acabo de transcribir no es inventado: es tan real como que estás leyendo este post. A esto hemos llegado por varias causas, pero particularmente por las aplicaciones de mensajería instantánea de móvil (hablaré todo el rato de WhatsApp, pero hay otras, como Line o WeChat) que todos usamos con mucha alegría, por su utilidad, pero sin prestar demasiada atención al devastador efecto que su mal uso y abuso produce en bastantes jóvenes. Me propongo ahora reconocer, al vuelo, sus beneficios generales y analizar, un poquito más demoradamente, sus tremendas consecuencias en muchos estudiantes.

Ahora es justo cuando alguien pensará: “Ya estamos con otro ataque cavernícola a las nuevas tecnologías por parte de un rancio que querría retroceder a los tiempos del tan tan. Otro que se resiste a lo nuevo”. Me ahorraré la respuesta a ese tipo de reacción, previa a la lectura de mis argumentos.

Pero otros lectores pueden pensar también: “Pues a mí me va muy bien con el WhatsApp: me gusta y es (casi) gratis”. A eso debo replicar que mi alarma se centra hoy en los jóvenes estudiantes (lógicamente, los problemas son aplicables a cualquier usuario, pero, cuanto más formado esté, menos impacto tienen). De todos modos, si todo lo que tiene algo bueno no fuera criticable por lo que tenga de malo, apaga y vámonos, porque invalidaríamos el análisis como forma de conocimiento y construiríamos un mundo bipolar.

Dicho lo cual concentraré mi análisis en cuatro apartados: problemas de lenguaje, de pensamiento, de concentración y de impacto general (para jóvenes estudiantes y para adultos). Todo ello, precedido de una enumeración (creo que bastante compartible) de las ventajas. Pero antes de entrar en faena debo insistir en la obviedad: como tantas cosas en la vida, los problemas no los genera el simple uso, sino el mal uso o el abuso de las cosas. En medicina se dice que no hay venenos, sino dosis.

Logo Whatsapp

Empecemos por el reconocimiento de las ventajas de WhatsApp (como se deja ver en el título, el nombre alude a What’s Up?, ¿Qué pasa?). Es un sistema de muy fácil uso; permite la comunicación prácticamente instantánea (ventaja que también tiene su cruz, pero obviémosla); aporta permanencia, no borra los mensajes; habilita la multiconversación (con la ventaja de una gran agilidad comunicativa muy neutralizada por un diabólico goteo de insignificancias); es accesible casi para cualquiera; acoge espléndidamente la espontaneidad absoluta (de ahí vienen muchos de sus problemas); es un canal audiovisual (lo que, en mi opinión, tiene un gran valor); es absolutamente internacional; rompe cualquier tipo de distancias; genera una enorme sensación de libertad comunicativa, y, finalmente, por lo que se ve en autobuses, metros, trenes y reuniones para una hipotética conversación en torno a una cerveza, proporciona increíbles momentos de entretenimiento a muchos usuarios (siento no estar dotado para disfrutar de esta ventaja).

Vayamos ahora con los problemas. Hago hincapié en la naturaleza absolutamente acientífica de mis observaciones (lo que no merma mi convicción) y en el hecho de que me centro en los jóvenes estudiantes, que son quienes, en mi opinión, sufren más los efectos del WhatsApp y similares. Naturalmente, también disfrutan de sus ventajas, pero eso no me preocupa tanto. Lo que me alarma es el impacto negativo en unas personas en pleno proceso de formación.

Empecemos por el lenguaje. En los jóvenes, que mayoritariamente aún no han asimilado las normas del lenguaje y tampoco han tenido tiempo de aquilatar un estilo más o menos personal de comunicación, violar las normas antes de dominarlas es nefasto (no porque lo dijera Picasso), ya que los mete en un callejón sin demasiada salida: pierden referencias y se quedan flotando gramaticalmente en la barbarie lingüística. He visto unos cuantos escritos estudiantiles con akí, estoi, ola… Y cuando preguntaba la razón de esa ortografía, me han respondido generalmente que sí sabían que estaba mal, pero no se daban cuenta al escribirlo (¡la costumbre!).

Si la gramática es desatendida, la sintaxis es torturada hasta hacer que cualquier signo de puntuación huya despavorido o caiga donde no debe. La miseria léxica es para llorar de pena; el ritmo expresivo, una quimera (¿alguien les ha visto acabar adecuadamente una frase antes de pulsar la tecla de envío?); la depuración comunicativa básica (a partir de la necesaria autoevaluación instantánea), una pura contradicción con tan espontáneo canal; la síntesis abandona su merecido trono en la mente para que lo usurpe la brevedad, cuando no el puro síncope o el atropello; la monotonía exclamativa se apodera de todo (¡¡¡de todo!!!), y, una de las peores consecuencias, los chicos se acostumbran al hecho de que leer un mensaje con más de 10 palabras es una ridícula pérdida de tiempo pasada de moda: se desincentiva la lectura peligrosísimamente. Habrá quien piense que no hay mayor problema, porque los jóvenes son capaces de mantener varios registros lingüísticos adecuados y primorosamente separados. Conozco a algunos que sí, pero son jóvenes de inteligencia excepcional (y estadísticamente irrelevantes, por supuesto).

Whatsapp2Y ahora, aunque algunos piensen que me he vuelto loco, pasemos al pensamiento. ¿Pensamiento y WhatsApp? ¡Pues sí que estamos bien…! Creo que llegaremos a un acuerdo. Para pensar algo que merezca la pena necesitamos más lentitud que arrebato, más reflexión que improvisación, más esfuerzo que espontaneidad, más complejidad que simplicidad (incluso para llegar a lo simple), más jerarquías que caos y más introspección que extraversión. WhatsApp es un entorno perfecto para lo contrario: la improvisación, la espontaneidad, la simplicidad, el caos y la extraversión. Luego es fácil llegar a la conclusión de que el cuasi monocultivo del WhatsApp por parte de los jóvenes como forma de expresión escrita no les ayuda mucho a pensar. Ahora bien, dirá más de un lector: ¿Es que le vamos a pedir ahora a WhatsApp que convierta a nuestros hijos en filósofos? Jamás se me ocurriría, pero me limito a describir en qué filosófico agujero los deja una cuantas horas al día. Con todo su impacto en los hábitos.

Separar en este contexto lenguaje y pensamiento resulta un poco artificioso, pero le conviene a mi intención analítica. Pasemos ahora a la concentración; es decir, a la falta de concentración que con tanta perfección inocula en nuestros jóvenes ese nuevo profesor llamado mister WhatsApp. Los chicos que abusan del WhatsApp se desentrenan en el arte de mantener el foco un mínimo de tiempo sobre cualquier asunto específico (más allá del asunto WhatsApp), sufren interferencias constantes (digamos que, en sus momentos más animados, un mensajito cada dos o tres segundos) que les impiden centrarse en cualquier cosa que tengan entre manos, y, además, se acostumbran a uniformizar sus respuestas atencionales, sin distinguir lo blanco de lo negro, lo urgente de lo importante, lo serio de lo irrelevante. Sí, ya sé: no son tontos. Por supuesto que no, pero el abuso de esta aplicación no les permite un entorno de entrenamiento adecuado en la focalización de la atención.

Mapa mental Análisis WhatsApp Carlos Arroyo
Resumiré ahora el impacto general que, a mi parecer, tiene el abuso de WhatsApp en los jóvenes y luego en los adultos en general (aunque imagino que a pocos adultos les gustará que un cualquiera opine sobre sus hábitos). A los estudiantes (por supuesto, no a todos) puede sucederles esto: ven degradada su competencia lectora y de escritura por la ley del mínimo esfuerzo, asimilan las excepciones o los incumplimientos antes que las normas, les genera vulnerabilidad intelectual (por las razones antes explicadas), se hacen esclavos de la moda lingüística whatsappera, incumplen a veces la razonable prohibición de usarlo en las aulas y, algo que me parece muy preocupante, aunque, sorprendentemente, hay madres y padres que aún no lo han notado: le quitan horas al sueño para dedicárselo a los mensajes. Ojo a esto último: no es una minucia.

Está claro que algunos de estos problemas son similares en el caso de los adultos, aunque su impacto sea menos relevante (a la inversa, lo que digo para los adultos vale también para los chicos). El WhatsApp es uno de los instrumentos que más contribuye a esa saturación informativo-comunicativa que tanto gusta a tantos y tanto daño hace a la serenidad personal y al conocimiento en sí. Además, genera un frecuente clima de descortesía personal con aquel que uno tiene delante, ocasionando una notable degradación del contacto directo; es una fuente avasalladora de intromisiones; habitúa a la gente a que todo es urgente (es decir, nada lo es de verdad), y acaba con cualquier intento de “tiempo fuera” que uno se conceda; nos introduce en un ámbito en el que lo importante y lo insignificante pesan casi lo mismo; degrada, como sucede con los jóvenes, el hábito de la lectura y de la escritura, y, permitidme un desahogo semifinal, dependiendo del individuo en cuestión, nos obsequia a los que tenemos el infortunio de estar alrededor con un campanilleo insufrible (podría buscar sinónimos, pero me relajaré en este punto).

Dicho todo lo anterior, y antes de que la compañía WhatsApp Inc, me mande desde Silicon Valley a un animoso equipo de Marketing para convencerme de que estoy muy equivocado, reconozco que la idea que tuvieron Brian Acton y Jan Koum fue genial, muy meritoria. Solo que el mal uso y el abuso que nosotros hacemos de ella me parece muy preocupante. Es como el chiste de las balas: “No me dan miedo las balas, lo que me asusta es la velocidad que llevan”.

Se me olvidaba dejar dicho que, aunque he escrito este post con sinceridad, sé que mis posibilidades de cambiar algo son nulas (habida cuenta de que el 99,99% de los lectores usan gustosamente esta aplicación) y las de ser considerado tecnófobo, muy elevadas. Lo único que puedo decir es que esto último no es cierto ni me importa demasiado.

 

 

NOTA FINAL

Tengo también algunas pataditas que dar a Facebook en cuanto a su impacto en los estudiantes, pero, más allá del excesivo tiempo que le dedican y el patético exhibicionismo que propicia, no lo veo tan perjudicial para las competencias intelectuales de los chicos. Así que me abstengo por ahora de desarrollar el tema. 

Respecto a los adultos, habría cosas que decir acerca del uso de Twitter, Linkedin y el mismo Facebook, pero sería pasarse de la raya considerarlo materia educativa. Así que me guardaré cuidadosamente mis críticas, que no serían ni originales ni suaves, por otra parte. Tampoco es para erigirse en guardián de las esencias. Cada cual pasa el rato como quiere.

 

Hay 64 Comentarios

Este artículo lleva escribiéndose desde hace 15 años, en principio en vez de Whatsapp eran los Webchat, luego se escribió con el IRC, años más tarde el demonio pasó a ser el Messenger... ¿Cuál es el denominador común? La educación española, no echemos culpas de algo a una aplicación cuando quienes tienen la culpa son los maestros y padres que no hacen por mejorar las habilidades lingüisticas de los menores.
En mi caso llevo utilizando todas las aplicaciones que he mencionado desde los 12 años y he ignorado la gramática en muchos casos, pero sólo cambiando "qu" por "k", utilizando el signo de interrogación sólo al final de la pregunta y cosas así, y esto es por una simple razón, quién pone "aver" no lo hace por ahorrarse la "h" o por no perder el tiempo en corregir una letra mal escrita (es muy común darle a la "v" en vez de a la "b" en los teclados de los smartphones), quién lo pone lo hace porque en ese examen sacó un 4 y ni sus maestros ni sus padres se preocuparon de enseñarle los 6 puntos restantes de los que no tenía ni idea.

a alguien se le ocurre pensar que en los tiempos de los telegrafos, los trabajadores que se dedicaban a transcribirlos durante varias horas al dia, terminaban eliminando, por ejemplo, articulos y preposiciones del lenguaje? yo creo que no, que hablaban igual de bien o mal que cualquier otra persona

Buen artículo, yo veo cada cosa en los grupos de WhatsApp que es para echarse a llorar, si no sabes escribir pon el corrector my weapon. http://apocalypsebrothers.blogspot.com.es/

Este tema ya empezó a darse cuando el arranque de los móviles y la aparición del servicio SMS. Ahí podía entenderse el tema de acortar las palabras por la limitación de caracteres (y además las tildes se comían más todavía). Pero en realidad el tema no iba por ahí sino porque en realidad se quiere escribir a la misma velocidad que se habla, y eso hace acortar las palabras al "máximo común divisor" (que se diría en matemáticas) para hacerse entender empleando los mínimos recursos. En definitiva, esto va a más. ¿Soluciones? Intentar inculcar amor por la palabra escrita como algo diferente de lo hablado, supongo.

Bueno, como decía la parábola la semilla crece donde la tierra te lo permite. Si el terreno está abonado allá se expandirá todo lo malo o lo bueno. No obstante, el propio ser humano pone límites a todo ello porque en los lugares de estudio no te permiten redactar con faltas ya que eso es un suspenso asegurado. A quien no le importe le dará lo mismo, a quien le importe ya se las apañará para discernir en cada ámbito su comportamiento y forma de comunicación adecudadas.

Comparto lo dicho en su artículo en su mayor parte, como recién licenciado universitario me produce pavor observar cómo muchos de mis antiguos compañeros de carrera -y hoy profesionales a los que se les supone una formación superior- redactaban y redactan como si el espíritu del Dios Cani les hubiera poseído el cuerpo. Dicho lo cual, me parece que el redactor se muestra demasiado preocupado por las posibles repercusiones de su artículo, y las hipotéticas respuestas que cabría esperar de él, por lo que el texto se vuelve demasiado extenso y reiterativo en demasiadas ocasiones, y prima una atmósfera de "yo me confieso", "perdonen que diga lo que voy a decir" y "mea culpa" que ensombrece lo que son unas más que acertadas reflexiones.

Gente incapaz de comunicarse con un mínimo de corrección siempre ha habido y siempre habrá, la única diferencia es que ahora se pueden comunicar y es más visibles.
Yo he conocido a ancianos y gente de mediana edad (ojó, que han ido a la escuela y que incluso tienen sus módulos o sus carreras) que se hacen un esguince mental intentando escribir una oración subordinada y que tienen terribles faltas de ortografía, amén de usar incorrectamente muchas palabras. Lo que pasa es que antes eso quedaba en casa, se notaba menos. Quien escribe bien escribe bien, en papel, en Whatsapp y en donde sea, y si en WA se elimina alguna letra o se cambia algún punto no implica que esa persona no sepa luego presentarse con una carta.

Es que la gente nole da importancia, pero para algunos (muchos), la tiene. Una amiga me acusó el otro día de snob por rechazar a un tipo por tener faltas de ortografía por whatsapp. "Pero si ola es por acortar!" A ver, si a una persona le parece que poner ola que ase, ablamos? por "acortar" (una mísera pero importante h) es normal, pues bien por ella. Pero desafortunadamente a mí me disgusta, me desbarata cualquier atracción inicial y además ya me demuestra con una frase que tendremos poco o nada en común.

Detecto cierta defensa del autor del artículo al ir desarrollando el mismo y no sé el motivo porque si algo está más que claro es que lleva toda la razón del mundo. Hay jóvenes y no tan jóvenes que ahora mismo tienen un lío de mucho cuidaddo al " EXCRIVIR" cualquier texto.

Entoncs tendrmos q llegar a ell@s x medio de su lenguaje y rekomendar los sitios de sta forma, aunq nos duelas los ojos y el mismo alma http://www.capitanfood.com

Es cierto que, en aquellas personas que no tienen bien interiorizadas las normas ortográficas, les permite acomodarse a este tipo de comunicación, donde lo importante es lo que dices y no la forma o las normas. Pero, seguramente estas personas en sus escritos más formales tambien tendrán dudas ortográficas.
Respecto a los jóvenes, la utilización de esta escritura, es simplimente una moda que les permite comunicarse más rápido.

Los excesos siempre son negativos pero si sabes utilizar las herramientas en su justa medida son muy útiles.
En cuanto a la ortografía, no creo que el problema radique en esta aplicación ni en cualquier otra, sino que viene de un nivel bajo de educación, aprendizaje y conocimientos.
MaiteMS 2013

Sinceramente, pienso que a un joven que incluya un " akí, estoi, ola…" en una carta de presentación, un exámen u otro escrito formal le falta una raya, y no creo que debamos buscar la culpa en Whatsapp o Facebook. Por muy joven que sea, debería saber que, de la misma manera que a nadie se le ocurre vestir, comportarse y expresarse igual en una entrevista de trabajo que en un botellón, en Whatsapp uno se puede permitir licencias gramaticales y ortográficas que estarían fuera de lugar en un escrito formal.
Me resisto a pensar que la mayoría de los jóvenes no sepan discernir mínimamente entre estas diferentes formas de comunicación y creo que, una vez más, estamos generalizando los márgenes.

Oh, vamos hombre, no se prive del placer de atizarle a Twitter. Una herramienta que solo permite entradas de hasta 125 caracteres. Hecha para expresar ideas simples, poco más que un grito o una exclamación, y que sin embargo utilizan políticos y algunos llamados "intelectuales" para expresarse. Eso sí, con un máximo de 125 caracteres. Creo que hay alguna especie de chimpancé que distingue 200 palabras distintas. Podría decirse que Twitter es demasiado simple HASTA PARA UN MONO. Vamos, métase con ello algún día....Por cierto, excelente artículo, inobjetable análisis sobre el Whatsupp o como demonios se escriba....

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Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

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