Ayuda al Estudiante

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

El estatus del profesorado: datos, tópicos y una interpretación

Por: | 27 de marzo de 2014

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AUTOR INVITADO: MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA, catedrático de la Universidad Complutense y sociólogo especializado en la educación.

 

Es un lugar común en las conversaciones entre y con profesores la idea de que no gozan del apoyo ni del reconocimiento adecuados, sea en términos materiales (remuneración, condiciones de trabajo, recursos, autoridad) o simbólicos (prestigio, reconocimiento, imagen pública). Para sustanciarlo siempre hay disponible un stock de anécdotas sobre el-caso-del-compañero-al-que-le-sucedió-esto-o-lo-otro, lo que desde luego no es difícil que ocurra, con cerca de 700.000 docentes y más de 8 millones de alumnos. Sin embargo, como he mostrado en otros escritos (remito a entradas recientes en mi blog o en el blog del INEE, así como a un par artículos anteriores en Revista de Libros y en Papeles de Economía y a una comunicación al Congreso de Sociología, para no repetirme), cuando pasamos de las anécdotas a datos más sistemáticos recogidos mediante estadísticas y encuestas, el panorama es enteramente distinto.

De hecho, una encuesta tras otra muestran que el profesorado goza de un elevado prestigio.

Los estudios generales dedicados a comparar el prestigio de las profesiones colocan siempre a los docentes en un rango medio-alto, mejor que el de la mayoría de los grupos profesionales. Así, por ejemplo, desde un viejo estudio del CIS en 1996 hasta el más reciente de ASP en 2013, cuya comparación también indica que no ha caído en casi 20 años. Las preguntas al respecto incluidas en encuestas específicamente centradas en la educación, sea entre los padres de alumnos (Encuesta Fuhem 2005) o entre la población general (Barómetro de Julio 2005 del CIS), dicen exactamente lo mismo.

Y sondeos de ámbito europeo sobre confianza en las profesiones, como el European Mindset de a FBBVA o el Trust Index de GfK, también, e incluso mejoran la percepción de la docencia respecto de otras profesiones, colocándola en cabeza con médicos y bomberos, y sitúan a los docentes españoles mejor que a los de otros países. Incluso una reciente encuesta de ADECCO añade que, pese a tanta queja, son los más felices en su trabajo, en esto incluso por delante de los adorados bomberos.

¿Qué es lo que falla, entonces? ¿Cómo se compagina esto con el aparente pesimismo de muchos docentes o con el catastrofismo de que hacen gala sus organizaciones, desde las habituales demandas de dignificación de la profesión docente, pasando por la financiación de pseudoestudios sobre violencia en las aulas, hasta montajes publicitarios como un autodenominado Defensor del Profesor?

Reunión Padres 2
Permítaseme señalar algunos factores, en una tentativa de explicación.

1. Un primer cambio radica en que el profesor tiene hoy una formación similar y equivalente a la de hace una, dos, tres, cuatro generaciones, pero la formación de la población ha aumentado de manera espectacular y lo va a seguir haciendo. El profesor sigue y seguirá encontrando alumnos procedentes de familias con muy escaso capital cultural y escolar, pero también otros, cada vez más abundantes, con un capital familiar igual y superior al suyo.

En España cunde la idea de que el padre-problema es ese que no apoya los estudios del hijo o que entra en la escuela como un elefante en una cacharrería, pero esta es una visión discutible. Hace ahora tres años, en Tokio, entrevisté a unos profesores y, al preguntarles por su relación con las familias, me dijeron algo que me sorprendió oír de su boca (de boca de la intérprete, para ser exactos), pero me pareció más sincero y acertado: lo que les inquietaba no era eso, sino la familia de alto nivel cultural y académico que podía cuestionar en cualquier momento lo que ellos decían a sus alumnos (también es cierto que Japón es una sociedad de base más homogénea y alumnos más disciplinados, pero es que los profesores lo son mucho más).

La confianza de los padres en los profesores es alta y no ha disminuido –yo diría incluso que es apriorísticamente excesiva, que tiene un punto de síndrome de Estocolmo, que confían porque necesitan hacerlo para estar a gusto consigo mismos–, pero ya no es un cheque en blanco.

En contra de lo que a veces se afirma, llegado el caso, los padres no dan crédito inmediato a las quejas escolares de los hijos, sino todo lo contrario. Pero la actitud de sumisión incondicional ante el profesor –aquello de: "Usted péguele, señor maestro, o dígamelo y ya lo haré yo"– ha pasado a la historia y, cuando los padres ven llegado el momento de protestar por algo, están en mejores condiciones de hacerlo que antes.

2. Un segundo cambio importante tiene que ver con la propia estructura de las escuelas. Los profesores detectan fácilmente, con razón, el deterioro de su autoridad sobre los alumnos, particularmente sobre los de más edad y menor vocación académica, pero no hacen lo propio con el deterioro de la autoridad de los directores, los inspectores o –perdón por la redundancia– las autoridades educativas.

En el sistema escolar español puede decirse sumariamente que los directores no dirigen, los inspectores no inspeccionan y las autoridades han perdido mucha autoridad. Si los directores no dirigen es, en gran medida, porque el propio profesorado ha querido y sabido librarse de su autoridad, fomentando la llamada dirección participativa (elección del director, de hecho, por y entre los profesores), que convirtió a España casi en una excepción planetaria y porque el funcionariado es inamovible.

Pero una consecuencia de esto ha sido la desaparición de una instancia a la que remitir los casos más complicados de disciplina, lo cual ha puesto al profesor en la difícil posición de ser a menudo juez y parte, lo que a la larga, lejos de fortalecer su autoridad, la mina de forma inexorable, dado que no puede recurrir a la fuerza.

Los inspectores han pasado de ser un temido control a ser simplemente parte del paisaje, lo que no es sino un aspecto más de la falta de mecanismos eficaces de rendición de cuentas por profesores y centros tanto ante las autoridades como ante su público.

Y las autoridades educativas se ven cada vez más cuestionadas en todos los terrenos, no importa que se trate de la distribución de recursos, la determinación de horarios y calendarios, la presencia de símbolos públicos en las escuelas, las evaluaciones externas... y quien más agriamente las cuestiona es el propio profesorado. Lo extraño sería que todo lo que estaba por encima del profesor se derrumbase y, al tiempo, se viera fortalecida su autoridad sobre lo que queda por debajo.

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3.
Un tercer cambio es todavía de mayor calado, aunque sus efectos sean menos visibles inmediatamente. La escuela, sin más, va perdiendo atractivo en la sociedad de la información. Lo que antes era para muchos la única ventana al mundo más allá de un entorno y una experiencia muy limitados, constituía una vía segura, aunque esforzada, hacia la movilidad social para quienes apostaran por ello. Era el lugar natural del saber y del aprendizaje. Pero hoy, en esta sociedad digital, global y transformacional, ha dejado en buena medida de serlo.

La ciudad y la red proporcionan mil vías de acceso a todo tipo de información y conocimiento, con frecuencia en forma bastante más atractiva y sin exigencias. La educación se ha visto reforzada como condición necesaria para alcanzar una posición social deseable, pero al mismo tiempo se ha visto debilitada como condición suficiente.

Para los alumnos no es de ninguna manera obvio que estén empleando su tiempo en los aprendizajes más necesarios, ni que lo estén haciendo de la mejor manera posible, y es difícil convencerlos de ello, lo que se traduce en malestar.

La consecuencia de esto, combinado con el carácter forzado, obligatorio (12 años) y cuasi obligatorio (otros tres más antes y otros dos, al menos, después), de la escolaridad, es que los centros, sobre todo los de secundaria, cuando los alumnos van creciendo y pensando ya por cuenta propia, se convierten en ollas a presión, una presión cada vez mayor. Y los docentes se ven agitados como los tapones que son de sus válvulas.

Pero hay que entender que son gages del oficio o, al menos, que no habría tanta gente en el oficio –incluidos, quizá más que ningún otro, los más quejosos–, si no fuera por ese carácter obligatorio y expansivo de la institución que absorbe y retiene a los alumnos menos dispuestos. No se puede tener todo.

 

Por último, no cabe ignorar la función instrumental de tanto lamento. Así como entre los actores se ha puesto de moda celebrar lo felices que se sienten de que les paguen por hacer lo que les gusta (bien es verdad que a algunos les pagan muy, muy bien), entre los docentes parece que la moda es la contraria. Sin embargo, se mire como se mire, el de docente es un empleo relativamente bien pagado (para los escépticos, baste un informe europeo), con unas condiciones de trabajo extrínsecas que el resto de los mortales considera envidiables (ya saben: vacaciones, festivos, horario, autonomía...) y con un atractivo intrínseco que la mayoría de otros empleos no tienen (es más motivador y gratificante tratar con personas, en particular educar a niños y adolescentes, que despachar pescado, cambiar neumáticos o hacer anotaciones contables, creo yo).

Ahora bien, como reza el viejo dicho gallego, o que non chora non mama. La descripción catastrofista de la situación del profesorado es una herramienta útil a la hora de reclamar mejoras, sean justas reivindicaciones o privilegios de difícil justificación, y los sindicatos docentes, que lo saben bien, suelen ir tan lejos como pueden.

De ahí ese contraste entre el discurso apocalíptico que predomina en la opinión publicada, que es la que manejan las fuerzas organizadas y los actores más empeñados, y la opinión pública, que es la que expresan las encuestas, aun con todas sus limitaciones, mejor que ningún otro instrumento.

 

 

Nota sobre el autor

Mariano Fernández Enguita es sociólogo y catedrático de la Universidad Complutense. Lo fue antes en la Universidad de Salamanca, en donde dirigió el Departamento de Sociología, el Centro de Análisis Sociales y el Centro Cultural Hispano-Japonés. Creó el portal docente Demos y el de innovación Innova.

Es un autor de referencia en España y a nivel internacional. Aquí podéis ver sus publicaciones: una veintena de libros y tres centenares de artículos. Actualmente investiga sobre la profesión docente, y sobre aprendizaje y escuela en la era informacional. 

Podéis visitar su blog Cuaderno de Campo. También podéis seguirlo en Twitter (@enguita) o en su perfil de About me.

El pasado 13 de febrero publicó también en este blog un artículo sobre la organización temporal en la educación titulado El tiempo (escolar) todo lo arruina

 

Hay 8 Comentarios

La verdad que es que pienso que ahora los jóvenes no respetan a sus profesores. También, ahora se protege más a los estudiantes (lo cual es bueno), pero también hay que hacerlo con los profesores, quienes a veces sufren acoso o humillaciones.

No puedo cuando menos quedar anonadado sobre algunas afirmaciones que realiza el autor en el artículo.
El crédito de los padres a los alumnos. Cierto que no son la mayoría, pero la tendencia de los últimos años así lo refleja. “Mi niño es un santo y el profe le tiene manía” son cosas que en una sociedad más formada (como indica el autor) increíblemente se siguen oyendo. Parece que el profesor/maestro se debe sentir realizado discriminando a algunos estudiantes…
La comparativa con los japoneses. Increíble. Comparar con una sociedad de historia y tradición cultural diferente, sin una base judeo cristiana como la nuestra, muestra claramente la intención sesgada del autor, para llevar el articulo por donde a él le interesa.
Sistema escolar. Mucho tema para tan poco espacio.
Los directores son cargos electos democráticos (viva la democracia) entre los profesionales del sector, que resulta que son los profesores/maestros, no los políticos. Cargo poco grato, altamente vocacional, porque no conlleva una mejora salarial importante. El director no es un jefe, es un gestor del centro, esto es, uno más, pero con diferentes labores, igual que otras direcciones departamentales que tienen los centros.
Los inspectores. La mayoría son cargos políticos de personas que huyen de la enseñanza en las aulas, bien porque no les gusta, bien porque así viven mejor. Su autoridad es discutible porque muchos llevan décadas sin pisar un aula y no recuerdan como es ni conocen la evolución en los sistemas, basta ver informes que plantean.
Rendición de cuentas. ¿Qué cuentas reflejan otros funcionarios? Aquí el tema esta en la formación recibida por el alumno, y su conocimiento y comprensión. Si en cada legislatura se cambia la ley de educación no podemos decir que tanto nos importa la formación de las futuras generaciones.
Sobre la formación obligatoria. Que yo sepa son 10 años, no 12. Seis cursos en Primaria y 4 en secundaria. Lo demás es opcional. Condición importante para valorar desde otros niveles educativos. Evidentemente la actitud del alumno no es la misma en primaria, que en secundaria, ni en bachiller o la universidad. En estos últimos el cursar es voluntario, por tanto, la predisposición del alumno es otra, y el ambiente en el aula también. En cambio en la enseñanza obligatoria hay alumnos que no desean asistir y están obligados a ello, y son los que “revientan” las clases.
Sobre las condiciones laborales. Siempre estamos con lo que cobran los profesores/maestros… alguien lo compara alguna vez con lo que trabajan y cobran otros funcionarios de la categoría A ó B? Que son mejores condiciones dar clase que despachar pescado? Puede ser… pero uno es un licenciado/diplomado universitario con una oposición y el otro?
Artículos como este, de un profesor de universidad, que como dice otro comentario en la mayoría de casos dejan mucho que desear con su cumplimiento laboral, que desconoce las aulas de los niveles primarios de educación y que tiene unas condiciones laborales mucho mejores que sus homólogos de colegios e institutos no ayuda al sistema educativo.

Bueno, pues pudiendo estar de acuerdo en algunos puntos, en otros no lo estoy. Yo soy madre, y no creo que el que los alumnos tengan más días de clase sea la solución, a los únicos que nos beneficiaría sería a los padres, que ya tendríamos que dejar de preocuparnos dónde dejamos a los niños en sus vacaciones mientras trabajamos. Pero no olvidemos que la Escuela no es ni una guardería ni los profesores unos canguros, y que lo que realmente debe preocuparnos no sólo es la formación en conocimientos de los alumnos, sino su desarrollo integral.

Por otro lado, hay algo que si me llama poderosamente la atención, y es que cuando se habla del "profesorado o del docente" siempre se habla de primaria o secundaria...¿pero qué ocurre con el profesorado de universidad?.
parece que "se olvidan".

Y sinceramente, y sin querer generalizar, yo, que he hecho una carrera en una Universidad Pública Presencial, ya superada con creces la adolescencia, vamos, en la cuarentena....y por lo tanto con una experiencia de edad, estudios y laboral que me da una visión más objetiva que la que pueda tener un chaval de 18 años...Y ahí si que había que meter mano, cuando los mismos que a mi me piden responsabilidad, resultan que nunca están en sus horas de tutoría en el despacho, el despotismo con el que tratan a los alumnos deja mucho que desear,o el trabajo personal e implicación no son mínimamente deseables, o su formación permanente y pedagógica brilla por su ausencia. O cuando la mayoría la "Adaptación de contenidos y metodología al Grado" ha sido mandar más trabajos a los alumnos y punto, y otras muchas cosas que no voy a entrar... Aunque repito, he tenido muy, muy buenos profesores en la Universidad, aunque por desgracia son los mínimos

¿Por qué no se habla de catedráticos, profesores de universidad...?, porque docentes son todos, y ahí si que habría de qué hablar...

Si entendemos la sociedad como un reflejo múltiple en todas direcciones de la realidad que vivimos, y de las exigencias que la vida nos pide para ser eficientes y competitivos, las personas.
Hombres y mujeres.
Entonces sacaremos en conclusión, que la velocidad a la que van la juventud, nada tiene que ver con la velocidad que se les quiere imponer, que es un lastre.
Más que un incentivo al que se puedan enganchar y que les sirva.
Para su presente real.
No el imaginado o teorizado por doctores que se apoyan siempre en el pasado rancio.
No en la proyección del futuro.
Con una formación buena para veinte años atrás.
Los profesores no encandilan a los alumnos, los desencantan en la mayoría de casos, los aburren, los desaniman, los entristecen.
Y sumando con la frustración que ven en la calle, donde sus padres son vapuleados socialmente, y recortados los derechos presentes y a futuro.
El alumnado que no se da a la bebida o al canuto, se da cuenta de que se esfuerzo presente es para rellenar un papel por el que paga un dinero.
Y para poco más.

4. Escuela y aprendizaje. Coincido con la tesis central del Sr. Enguita: el conocimiento está ahí afuera en unas dimensiones y con unas posibilidades casi infinitas e inexploradas. Pero los problemas a su acceso siguen siendo los mismos: fiabilidad de la información y reflexión mediante herramientas científicas sobre la misma. La mayor parte de los expertos coinciden en que la figura del profesor es esencial para acompañar los aprendizajes y ofrecer las herramientas intelectuales para hacerlo con mayor calidad y profundidad. No es suficiente con que haya muchos vídeos o presentaciones elaborados por profesionales o proveedores de enseñanza, pues básicamente sería suficiente una pantalla y conexión a internet para ser formado. La condición humana requiere del ejemplo y de valores para el desarrollo personal, que no es posible sin el proceso de socialización, al que las nuevas tecnologías dan una respuesta poco satisfactoria a través de las frías conexiones electrónicas. No cabe duda de que las redes sociales han introducido un arma muy potente para aproximar personas, pero el calor humano y el refuerzo social siguen siendo motores esenciales de nuestra formación.
Y no puede ser la solución, como parece insinuar el autor, disminuir el tiempo de escolarización en longitud (estoy de acuerdo con disminuir la intensidad), simplemente porque todo está ahí fuera. La solución es abrir el aula al mundo, pero no en el sentido en que lo hemos interpretado hasta hora. No se trata de crear más materias para introducir en el currículo, sino de seleccionar contenidos asociados a unos resultados aprendizaje, interpretados al calor de las competencias básicas que, entendemos, constituyen los procesos y necesidades de aprendizaje que necesitamos a lo largo de la vida (recuérdese que, en su momento, eran las “cuatro reglas”), que encaminen el proceso pedagógico. Pero esto proceso es lento, ya que únicamente puede partir del aprendizaje individual y los procedimientos deben adecuarse a que cada persona obtenga las capacidades más elevadas que su predisposición le puede permitir en todos los ámbitos, para que pueda orientar sus intereses vitales en la mejor dirección posible.
Por ello, entiendo que el tiempo de escolarización debe ampliarse, pero introduciendo elementos de interacción entre el aula y el mundo: viajes, estancias en empresas, minicursos especializados o cualquier otro medio que permita al alumnado retar sus aprendizajes con la realidad. Eso sí, adecuando las necesidades de implantación a las exigencias de este proceso y dedicándole los recursos necesarios, si de verdad creemos que la educación es una prioridad. En cuanto a los proveedores de formación, prefiero el sector público, pero no me niego a que se puedan abrir otras vías, siempre que existan las normas y los controles necesarios para evitar que proliferen los centros “maripepi” o “juanra” que no garanticen la calidad de la enseñanza que ofrecemos a nuestra juventud.
Las rarezas de los adolescentes, como afirma el sr. Enguita, entran en el sueldo y el trabajo con ellas debería formar parte de la formación inicial y continua de los docentes: cuánto se ignoran entre la profesión los hallazgos de la neurociencia o los cambios psicopedagógicos a que nos llevan dichos hallazgos y las posibilidades que ofrece la red de redes. Insisto: no siempre por responsabilidad del profesorado, que también, sino de unas instituciones más preocupadas por el ordenancismo que por la pedagogía.

3. Instituciones. Las instituciones educativas españolas son de baja calidad, no necesariamente por culpa del funcionariado o de la acción sindical, como afirma el autor. Conozco pocos inspectores o inspectoras que se hayan interesado por mi trabajo, por analizar mi programación, mi acción educativa o mi evaluación, y no conozco a ninguno que se haya acercado a recomendarme información o lectura que podría mejorar mi práctica docente. Son instituciones muy preocupadas por la ordenación educativa, pero nada en absoluto sobre la pedagogía que se aplica en el aula.
Y rebato al Sr. Enguita: la época de mayor expansión de nuevos caminos educativos coincidió con la etapa más democrática de elección de los directores. En mi opinión, no existe un problema de autoridad o acción de los directores, la mayoría cumple sus obligaciones con interés y dedicación y realizan su labor entre la penuria de medios, la sospecha constante desde la administración y la actitud de los profesionales, que se mueve entre el compadreo y el cabreo con la autoridad.
Sigo pensando que las formas democráticas de elección de cargos directivos son mejores que las burocráticas de selección de un cuerpo profesional, porque el elemento fundamental es el reconocimiento democrático de la autoridad, que en los países que cita el Sr. Enguita viene por caminos de legitimación social que son aún desconocidos para nosotros por tradición democrática, por lo que la creación de un categoría específica crearía entre nosotros más situaciones de nepotismo y de comportamiento poco acorde con el trabajo bien hecho y la rendición de cuentas, pues carecemos de los pactos sociales necesarios para empujarlas. Por otro lado, no concibo la gestión de un centro sin la implicación de la comunidad educativa, algo más difícil de concretar en un modelo burocrático que en un modelo democrático.
Coincido plenamente en otros aspectos. Es necesario formar al profesorado en la gestión y administración de centros, algo muy olvidado por estos pagos, pero que tiene una gran trascendencia para equilibrar un buen trabajo con una buena gestión. Pero también es necesario formar en valores democráticos: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, citando a clásicos actuales. La rendición de cuentas y la renuncia voluntaria deben formar parte del ADN de los profesionales docentes en cualquiera de los puestos que ocupen, algo que hay que armonizar con la condición de funcionarios que ostentan, con acuerdo de los profesionales y de sus representantes. Es necesario ya un estatuto docente que deje claros tanto la carrera como el perfil profesional asociado a la docencia y sus distintas ocupaciones.
En cuanto a que lo profesores pierden autoridad por perderla el director, en especial, como se señala en el artículo, en todo lo relacionado con la disciplina en el aula, no estoy en absoluto de acuerdo. Soy de los que piensa que los problemas se resuelven en el aula o con las familias y en los casos muy graves es necesaria la intervención de otras instancias ajenas al centro. Sólo en una ocasión he requerido la intervención del director, si bien con el previo acuerdo de la familia del alumno interesado, para tomar una decisión sobre disciplina y debo decir que, aún no estando plenamente de acuerdo con la decisión final (la expulsión del alumno y la recomendación de que se buscara la vida trabajando), acepté la solución colegiada bajo la coordinación del director y me sentí plenamente apoyado tanto en mis decisiones como en el respeto a mis discrepancias.
Es más, creo que este tipo de situaciones serían más complicadas de resolver si toda la cuestión de disciplina se remite al director: no creo que necesitemos la figura de un salvador o de un juez supremo, sino formación y participación en la marcha pedagógica del centro. Y yendo más allá, no me creo lo de la propuesta de proyecto de centro realizada por un candidato a director: mi experiencia me dice que el papel lo aguanta todo y que se cumple más bien el principio lampedusiano: “es necesario que todo cambie –lo dice el papel- para que todo siga igual –se hace lo que puedo o mando hacer-“.

Muy interesante la reflexión, como siempre. Gracias Sr. Enguita, también por sus excelentes links. Pero no tengo vocación de estar callado y quiero dar mi opinión, por partes:
1. Prestigio. Debo decir que, como docente, me interesa poco el concepto. Creo que el Sr. Enguita tiene razón: somos un colectivo muy bien valorado y razonablemente bien pagado. Pero generalmente olvidamos que el prestigio en un empleo viene del trabajo bien hecho, algo difícil en nuestra profesión cuando la mayor parte de ella no ha sido formado para ejercerla o ha demostrado poco interés por hacerlo.
2. Las familias. Mi experiencia me dice que no existe ese enfrentamiento entre profesor y familias, fruto más bien de incidentes aislados que tienen más que ver con la cerrazón de los profesionales de la enseñanza tanto a las innovaciones científicas de su profesión como a los cambios sociales. La población actual es mucho más culta que la de hace 25 años cuando ingresé en la profesión y eso sólo puede significar que las familias tienen un mejor conocimiento de nuestra profesión y sus posibilidades y pueden cuestionar nuestra actuación. Además, están más preocupadas por la formación de sus hijos y exigen resultados que les permitan vivir una vida plena y con posibilidades de éxito profesional y social. Y nuestros datos en este sentido son más bien pobres, no siempre achacables al profesorado, aunque no reconocer su participación en los mismos ni reflexionar sobre la forma de resolverlos (al fin y al cabo, nosotros somos "el sistema" y, por tanto, parte del problema).

Gracias por plantear puntos críticos también sobre los docentes, razonados y argumentados más allá del: "tienen muchas vacaciones". Espero que lean esto muchos docentes, reflexión y autocrítica no vienen mal. Yo he reflexionado mucho sobre esto desde el trabajo en una AMPA.

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Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

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