Ayuda al Estudiante

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

Si fue un ensayo, no digas que fue un error

Por: | 10 de marzo de 2014

Alumnos en el laboratorio
El ensayo y error es una forma de aprendizaje consustancial al ser humano: así funciona nuestro cerebro. No aspiro a cambiar la realidad, pero es una expresión que me incomoda mucho, aunque a estas alturas me debería conformar. Lo mejor sería cerrar la boca ante su amplia difusión general y su específico uso en la ciencia (como sinónimo de prueba y error, que bien podría quedarse en prueba). Pero en educación prefiero quitarme las gafas de cerca y mirar con las de lejos: ensayo y éxito. Por dos razones: limpiar de connotaciones negativas la palabra ensayo, que considero trascendental para el ser humano, y empujar su significado justo hacia las buenas consecuencias a medio y largo plazo, más allá de unos primeros e insatisfactorios resultados. En países de querencia dramática como España, y en una población (la juvenil) que aún no sabe apreciar los beneficios del error bien analizado y asimilado, para los estudiantes es más atractivo hablar de éxito (insisto: reconociendo el extraordinario influjo que los errores tienen en el aprendizaje de cualquier joven despierto y autocrítico). 

Me pasa algo parecido con la palabra repetición, la condición sine qua non del ensayo y, por lo tanto, del éxito. Una palabra maldita, con connotaciones negativas a más no poder. Pueden referirse a una pésima marcha en los estudios que provoca la no promoción, al hastío de hacer lo mismo, a la insistencia extenuante en un mensaje que ya nos sale por las orejas o, por agarrarme a sinónimos cortos, a la reiteración, la pesadez, la reincidencia, la imitación, la uniformidad, la recaída o incluso el lamentable eufemismo televisivo de multidifusión.

Con la mala prensa que tiene, no es fácil convertir repetición en una palabra simpática. Menos aún, entre los estudiantes. Sin embargo, es uno de los fundamentos del éxito en cualquier faceta, a poco que, dándole un ligero aire musical, pasemos sutilmente de repetición a ensayo. Dejemos repetición para la reiteración mecánica y sin cambios intencionados. Y empleemos ensayo para la repetición consciente, intensa y con un deliberado propósito de mejora acumulativa, como ocurre en el mundo de la música clásica, el teatro o la danza, por poner buenos ejemplos. 

A veces pensamos que los grandes músicos, actores, escritores o deportistas de élite hacen las cosas tan bien porque son muy buenos. No les bastaría. Buenos lo son, y mucho. Pero ensayan, y muchísimo. Repiten, repiten y repiten. Y cuando se han cansado, vuelven a repetir. Y al día siguiente, repiten, porque para ellos el objetivo de la perfección es magnético. Digámoslo como Malcon Gladwell: “La práctica no es lo que haces cuando eres bueno. Es lo que hace que seas bueno”. O como Thomas Jefferson, ex presidente y padre de la Declaración de Independencia norteamericana: “Creo bastante en la suerte. Y he comprobado que, cuanto más duro trabajo, más suerte tengo”.

De modo que una de las campañas publicitarias masivas que deberíamos hacer con nuestros estudiantes y nuestros hijos debería versar sobre las virtudes del ensayo y su inevitable consecuencia, el éxito.

Antes de centrarme en los estudiantes, sería útil reconocer la relevancia social del ensayo evocando ejemplos como el de los simuladores de vuelo, los entrenamientos deportivos, los ensayos teatrales y musicales, los números cero de periódicos y revistas, o los nuevos platos de grandes cocineros, que jamás se hacen para el público, sino de puertas para dentro. La pregunta (retórica) no es por qué todo el que quiere alcanzar la excelencia se vuelca en el ensayo, sino por qué cuesta tanto que los jóvenes se den cuenta o lo pongan en práctica.

Al hablar de los grandes beneficios del ensayo para los estudiantes, da igual pensar en una presentación pública, la solución de determinados problemas de ecuaciones, la redacción de un trabajo sobre Pío Baroja o el románico en Palencia, las respuestas a previsibles preguntas de un examen sobre demografía, una obra de teatro o, más en general, el dominio progresivo de la técnica de los mapas conceptuales o mentales. Vale para todo; vamos, hasta para aprender las tablas de multiplicar o adquirir soltura en cálculo mental (una admirable destreza en vías de extinción). Por supuesto, a mayor complejidad de la tarea, mayor es la diferencia de resultados entre el ensayo y la improvisación.

Alumnas preparando un cronograma
¿Qué conseguimos ensayando?

1. Explorar. Los primeros ensayos son una toma de contacto con el paisaje, que nos permite tener una visión general de la tarea (o de determinada faceta de ella), una impresión inicial de su envergadura, el nivel de exigencia previsible y los propios límites personales. Y esta primera evaluación intuitiva tiene un lógico impacto en la planificación de la tarea.

2. Contrastar, poner a prueba. Una vez pasada la primera impresión, los ensayos nos permiten calibrar la dificultad para tomar decisiones prácticas, contrastar nuestra competencia personal poniéndola a prueba y hacer estimaciones ajustadas sobre el esfuerzo real necesario para hacerlas cosas bien.

3. Comprender. Los ensayos permiten comprender, profundizar y hacen aflorar dudas o replanteamientos, que, a medida que ensayemos, estaremos en mejores condiciones de resolver o abordar. Es imposible resolver un tipo de ecuación 10 veces y quedarse como la primera vez: siempre se mejora la comprensión. Es imposible hacer la misma exposición ensayada que improvisada.

4. Integrar. Los ensayos permiten relacionar y armonizar las diversas partes de la tarea, algo imprescindible y que suele resistirse a la primera mirada. Y ya sabemos que el todo es algo más que la suma de las partes (a veces, muchísimo más).

5. Consolidar el aprendizaje. Los ensayos facilitan la memorización, ya que impulsan de forma fluida la interrelación, la creación de redes mentales en la que los nuevos conocimientos se engarzan con los previos.

6. Automatizar. Los ensayos tienen un efecto determinante en el proceso de automatización, ya que permiten habituarse a la tarea y, por lo tanto, tranquilizan, liberan energías y ofrecen un nivel de seguridad inalcanzable sin ellos.

7. Perfeccionar. Los ensayos permiten alcanzar el dominio de la materia, facilitan el ejercicio creativo de la autocrítica y, en consecuencia, facilitan nuevos descubrimientos o enfoques.

8. Conseguir bienestar. Los ensayos conlleven un mayor bienestar, al disminuir considerablemente el nivel de estrés, generar autoconfianza y también autosatisfacción.

9. Elevar la autoexigencia. Al mejorar el nivel de los resultados, con el tiempo se incrementa el nivel de autoexigencia, lo que acaba realimentando el círculo. La autoevaluación se objetiva y los hábitos se van depurando, lo que también supone una buena contribución al perfeccionamiento.

10. Motivarnos. Los ensayos son muy motivadores por casi todos los anteriores puntos y porque permiten visualizar un nivel de mejora que al principio es realmente inesperado. Un ensayo perseverante es como un curso acelerado de cualquier materia: se pasa de cero a cien como en una especie de fórmula 1. Si además el remate es el éxito, no hace falta extenderse sobre su poder de motivación.

Ensayo teatral de estudiantes
¿Qué requisitos tienen los ensayos?

1. Paciencia. Las primeras veces suelen ser manifiestamente mejorables, pero no hay que desesperar. La acumulación de trabajo tiene un efecto seguro.

2. Planificación. Ensayar y hacerlo de vez en cuando, o cuando a uno se le ocurra, es bastante incompatible. Como todo trabajo acumulativo, los ensayos necesitan un ritmo, una planificación, una buena organización.

3. Agilidad para empezar. La puesta en marcha debe ser rápida. Ensayar y dejarlo para el último minuto es una pura contradicción. Sin tiempo predeterminado no hay ensayos.

4. Perseverancia. Ensayar un poquito no basta. La excelencia y el dominio solo vienen con mucho trabajo, no con una simple brizna de inspiración.

5. Generosidad en el esfuerzo. Los ensayos deben poner en juego toda nuestra capacidad de esfuerzo, como si fuera una situación real. Ensayar una presentación y saltarse la mitad porque a uno le da pereza no es ensayar. Como resolver un sola vez determinado tipo de problemas de Física no lo es tampoco. La economía del esfuerzo hay que administrarla de otra manera: más ahora y menos después, no al revés.

6. Sentido autocrítico. La mejora se acelera cuando, además de repetir, nos autoevaluamos con la intención de corregir todo lo mejorable. La autocomplacencia es mala compañera.

7. Simulación con fuego real. Siempre que sea posible, es preferible ensayar en las condiciones más parecidas posibles a las que luego serán reales. Si es una presentación, mejor hacerlo con expectadores o grabándose en vídeo. Si son ejercicios de examen, de dificultad similar a los esperables. Los ensayos de mentirijilla no son ensayos de verdad. Es obvio. 

Cualquiera puede imaginar que un pianista ensaya su concierto hasta la extenuación, que los políticos preparan con sparrings sus debates electorales, que los presidentes de grandes empresas representan previamente su intervención ante la junta de accionistas (viendo a algunos me entran dudas: imagino que ahí dejan ver su prepotencia) o, por ponernos deportivos, que Cristiano Ronaldo practica sus inaprensibles misiles o Juan Carlos Navarro sus imposibles bombas a canasta. Es decir, parece más que claro que todo lo importante y lo excelente debe ser ensayado. Sin embargo, pretextos como el de una supuesta pérdida de naturalidad, la hipotética sencillez de la tarea, la falta de tiempo o el exceso de esfuerzo necesario son argumentos socorridos entre quienes se resisten. 

Pero esta suele ser la cuestión: error sin ensayo, o ensayo y éxito. Se puede elegir.

 

 

Hay 8 Comentarios

Es sabiduría popular que de los errores se aprende. Nadie nace sabiendo hacer todo.
https://www.problemasyecuaciones.com/

Me encantó este artículo.


Como profesor de matemáticas, tengo que decir que muchos alumnos se desmotivan cuando hallan errores en sus cálculos. No obstante, cuando los corrigen, aprenden de estos errores y no los repiten en el futuro. Por esta razón, nunca califico negativamente los problemas cuya solución no es la correcta si el razonamiento que sigue el estudiante es el adecuado.


Equivocarse es muy bueno para el aprendizaje, hasta tal punto que pienso que quien no se equivoca, no aprende.

la ciencia es mui importante para l desarollo de las personas, los errores son una cosa natural tanto en la vida como en la ciencia

Otro aspecto interesante del artículo es la noción de "genio" que maneja. Ya sabemos que los genios por generación espontánea no existen y que, independientemente de los elementos que traiga el código genético particular, sólo el contacto un medio ambiente estimulante permite el desarrollo de las potencialidades latentes. Por tanto, una primera condición es el estímulo o la motivación que necesita cualquier ser humano para desarrollar determinadas capacidades. Y es evidente que sin trabajo, sin esfuerzo, ese desarrollo no es posible.
A veces se dice que hay personas que no necesitan estudiar para aprobar, pero esto no es cierto. Simplemente, si el estímulo fundamental es el desarrollo de la memoria y esta permite por sí sola obtener éxito en las pruebas, se puede concluir que quienes tienen mayores facultades de memoria podrán conseguir mayor tasa de éxito. Y sin embargo, esto no es del todo cierto.
Vuelvo a la motivación, imprescindible para cualquier logro. Si la tesis anterior fuera unívoca, los autistas, por ejemplo, obtendrían las mejores notas del sistema educativo, pues, al menos hasta donde conozco, poseen un nivel de memoria muy superior al resto del mundo (generalizando mucho y sabiendo que se habla de comportamientos autistas más que de una única patología). Pero su forma de manejarla no tiene que ver con el sistema educativo actual, por lo que, en general, están abonados al fracaso.
Sin olvidar la parte emocional de la motivación. todo lo que se sancione como positivo por el entorno personal y social que rodea a un alumno o alumna merecerá su esfuerzo para obtener el éxito. Muchos alumnos y alumnas tienen memorias prodigiosas, pero la falta de apoyo del entorno inmediato les hacen descuidar sus estudios porque no se les da la importancia que requieren para ser consideradas un éxito que merezca un esfuerzo. Y aquí volvemos al genio: como hay quienes sirven para estudiar y quienes no, con argumentaciones que rozan el pensamiento mágico y se alejan de toda reflexión científica o mínimamente coherente, no hay que hacer ningún esfuerzo para que estudien, simplemente reforzar sus inclinaciones. Y quien no puede, que se busque la vida.
Sé que me he ido un poco del artículo, pero es otro de esos temas que se suelen tocar de pasada y que merecen una profunda reflexión que lleve a la acción. Al fin y al cabo, nuestro objetivo es mejorar a cada ser humano individual según sus cualidades y potencialidades, para lo que es necesario orientar, programar, enseñar y evaluar desde cada persona individual. Esto significa, por ejemplo, reconocer el trabajo bien hecho, aunque no sea innovador ni genial, pero donde se han utilizado adecuadamente los recursos y se han obtenido los logros previstos y alcanzables (no puede haber contradicción entre ambos términos).
¿Difícil? Muchísimo. ¿Imposible? Si no lo resolvemos, no podremos decir que realizamos nuestro trabajo con honestidad y profesionalidad.

¿Qué hacer?
Esta pregunta sigue siendo válida, aunque tomada para otros fines distintos al original. Cuando se pone el foco en los alumnos y las alumnas, me echo a temblar. La costumbre inveterada de "la culpa la tiene el otro" no nos deja ver el bosque educativo, cuya complejidad siempre ha estado ahí, por mucho que algunos se empeñen en ver el único árbol, viejo y desgastado por el uso, de la actual estrategia educativa: memoriza, que algo queda.
Y cuando tenemos una juventud más inquieta que nunca (siempre lo fue, pero hoy no tiene nuestro miedo y dispone de unas herramientas universales de conocimiento de una potencia desconocida para sus antepasados, entre los que empezamos a contarnos), la carga de la prueba de la falta de interés y entusiasmo por aprender recae sobre ellos. Siempre pongo el mismo ejemplo: mi hijo sabe infinitamente más que yo sobre dinosaurios y videojuegos, lo cual demuestra que tiene interés y entusiasmo por aprender. Yo simplemente le he facilitado algunos medios para poder aprender, pues el resto se lo ha buscado él solo.
No es un problema de "los jóvenes son unos vagos", argumento que se puede rastrear en los testimonios pedagógicos desde la época griega y romana, siempre vertidos por sus antepasados directos, que no trataban de comprender, sino de amoldarlos al mundo que habían conocido, sin comprender, ellos sí, los cambios que ocurrían a su alrededor.
Es el mismo fenómeno de siempre, nada nuevo bajo el sol. Saquemos la docencia de la pereza intelectual y pongámonos a pensar en cómo mejorar nuestras herramientas par adaptarnos a los seres humanos y al mundo.
Una recomendación: ¿sería tan amable algún Gobierno de este país de suprimir por ley los exámenes? No digo que no sean útiles, pero no pueden ser la Evaluación, con mayúscula. Entiendo que quien es consciente del problema debe poner los medios para resolverlo. Aunque nos paguen poco y nos traten mal: no es asunto de nuestros alumnos y alumnas, que son los destinatarios últimos y principales de nuestro trabajo.

Me ha parecido un artículo muy relevante. La pasividad entre los estudiantes va en aumento y, por tanto, la falta de interés y de posiciones inquisitivas o simplemente entusiastas es un problema para crear y mantener un nivel aceptable en clase. Muchas gracias.
Resurrección Espinosa

En vez de "repetir", aunque no es exactamente lo mismo, deberíamos hablar de "reelaborar". Lo digo por lo de las connotaciones negativas del primer término, que, por desgracia, en nuestros sistema educativo tiene que ver con esa idea del fracaso absoluto que se relaciona con un sistema que mide contenidos, pero no aprendizajes, que es de lo que habla Carlos cuando habla de ensayo y éxito (me gusta, siempre positivo).
Como docente, una de mis estrategias siempre ha sido mandar repetir un ejercicio, no con la intención de castigar (aunque así lo interpreta nuestro alumnado por nuestra tradición educativa inveterada), sino de mejorar, haciéndoles ver que el primer documento no estaba trabajado y no se comprendía. Y solía elegir más este último aspecto para justificar la decisión, pues elegir el primero es problemático: un mal resultado no siempre es fruto de la ausencia de trabajo, sino de falta de herramientas para hacerlo correctamente, por lo que se puede dar la impresión de que se está acusando sin pruebas de falta de esfuerzo (¡qué poca importancia damos los docentes a este concepto, cuando es esencial para comprender que la prueba es la base de la condena, no el mero indicio o la mera opinión!).
Orientar la reelaboración de un trabajo desde la comprensión ayuda a que el alumno o la alumna pueda revisar lo que ha hecho para ver si se comprende y si se puede elegir otro vocabulario y otra estructura para que se entienda, lo que suele requerir revisar la información para reelaborar, sintiéndose, no acusado, sino evaluado y atendido (esto es, trabajo y empatía por parte del profesor o profesora) para intentar mejorar.
Como insinúa Carlos, siempre positivo, nunca negativo. Y debo decir que con los alumnos más duros o alumnas más duras, una voz un poco más acerada, para que entienda que se le exige, y un lenguaje más amable y razonado son mucho más efectivos que mil castigos.
Y como digo yo: ¡Cuántos profesores y profesoras deberían ver muchas veces en sesión continua "Monstruos S.A." para comprender que "el buen rollo" y la risa tienen un efecto amplificador mucho más potente que el miedo!

Descartamos las repeticiones que no dieron resultado, o no fueron lo que buscábamos.
Afinando el tiro.
Centrando el objetivo, hasta dar en la diana.
Cambiando a veces simplemente la postura con la que estamos trabajando.
Algo que parece simple.
Como hacen los músicos o los pintores.
Retocando.

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Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

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