Balón teutón

Sobre el blog

Crónicas de la Liga más alemana del mundo.

Sobre el autor

Fernando Aramburu

, donostiarra, es autor de cuentos y novelas. Desde 1985 reside en la República Federal de Alemania, donde se dedicó durante largo tiempo a la docencia. Entretanto cayó el muro, como caen tantas cosas. Y hoy pulsa las teclas y no precisamente las del piano. Lo que más le gusta del fútbol es la literatura, o sea, el barro y el gol en el último minuto, la épica y la lírica.

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Un diamante llamado Robert Lewandowski

Por: | 29 de agosto de 2013

¿Se acuerdan del número 9 del Borussia de Dortmund, el jugador que le endosó cuatro goles al Real Madrid de Mourinho en la semifinal de la última Liga de Campeones? De él se dijo en cierta ocasión que era el Fernando Torres de Polonia. Ahora no hacen falta comparaciones para aclarar su perfil. Robert Lewandowski, todavía en el Borussia (un año más y adiós), es una máquina de meter goles. Los mete con la izquierda, con la derecha, con la rodilla, con el pecho, con la cabeza. Es rápido y elástico. Es un gato que no juega en una posición fija, que roba balones y tiene un instinto especial para estar en los momentos decisivos en el lugar oportuno. Incluso baja a defender, aunque en fin. El otro día, jugando contra el Eintracht de Braunschweig, metió un gol en propia puerta. Lo suyo es el ataque, a la carrera desde el centro del campo o con agilidad felina dentro del área. ¡Cuántas veces ha metido el gol que suponía los tres puntos!

Su actual equipo no tiene la potencia económica de otros rivales que prefieren comprar los diamantes ya labrados. Tira entonces de olfato y rastreo, busca en ligas juveniles o de países vecinos, también en lugares remotos (Japón, Paraguay, Armenia), y de vez en cuando encuentra una piedra preciosa, la trabaja y le da forma en casa. De este modo, con dedicación y paciencia, va reuniendo una valiosa colección de joyas que en algunos casos vende a un precio mayor que el que pagó en su día. El fichaje, en verano de 2010, de Robert Lewandowski fue uno de estos hallazgos afortunados. Un diamante en bruto no demasiado costoso para las cantidades que hoy día se pagan: 4,5 millones.

Lewandowski
Lewandowski, en un encuentro ante el Werder Bremen. / EFE

Al director general del Borussia le contaron que había un chaval de 21 años que metía goles por un tubo en Polonia. Polonia está ahí al lado. Fueron a mirar. Klopp lo juzgó excesivamente delgado. ¿Frágil? Quizá le vinieron a la mente ciertos defensas fornidos de la Bundesliga, los campos lodosos o nevados, y no pudo menos de imaginarse al muchacho con muletas al poco de su llegada. Total, que el Borussia optó por dejar a Lewandowski un año más en la liga polaca con la idea de que el joven jugador prosiguiera allí su evolución deportiva y luego ya veremos.

Lewandowski siguió con lo que lleva haciendo desde que a los ocho años empezó a jugar a fútbol en su ciudad natal, Varsovia: marcar goles. Uno, otro y venga y dale. El Borussia tenía un hueco libre en el banquillo y lo contrató. Lewandowski llegó a Dortmund como suplente de Lucas Barrios, un internacional paraguayo con raíces argentinas que por aquellas fechas gozaba del beneplácito del entrenador y la afición. Y entonces la reiteración de un hecho cobró visos de ritual. Klopp solía retirar del campo a su delantero centro diez, quince minutos antes del desenlace del encuentro. Entraba Lewandowski y, zas, gol. No fallaba. El lance se produjo en tantas ocasiones que a Lewandowski le cabe el curioso honor de ser el mejor comodín de la historia de la Bundesliga. Luego Barrios tuvo el infortunio de lesionarse, perdió la titularidad y acabó fichando por un equipo chino; pero esa es otra historia.

La de Robert Lewandowski es la del diamante pulido cuyos destellos despiertan la codicia del adinerado Bayern de Múnich. El Bayern, que ya se había llevado a Götze, le hizo una oferta económica. El equipo bávaro practica de costumbre una estrategia, a menudo eficaz, consistente en reforzarse a la par que debilita al rival y el Borussia, con dos ligas consecutivas, final de la Champions, la copa y el copón se estaba pasando de la raya. Lewandowski, feliz. Pero hay un problemilla. Un contrato lo ata hasta junio de 2014 al Borussia, que no lo deja ir por más que dentro de un año el jugador podrá marcharse gratis. Despechado, Lewandowski insinuó que su rendimiento bajaría. Luego dijo que no había dicho tal cosa. En fin, para que sonría y siga metiendo goles, el Borussia le pagará 5 millones de euros. Es el precio por conservar un diamante de muchos quilates hasta el final de la temporada.

Guardiola y el idioma alemán

Por: | 25 de agosto de 2013

Guardio
Guardiola, durante el partido Bayern-Nuremberg. / lennart preiss (getty)

Días antes de su presentación oficial en Múnich, se rumoreó que Pep Guardiola abrigaba el propósito de expresarse en lengua alemana ante los periodistas. Su hermano Pere lo había anticipado en una entrevista. Por él se sabía que Pep Guardiola llevaba varios meses empollando gramática, vocabulario y esas cosas. No obstante, el alemán no es idioma que se aprenda en cuatro semanas ni acaso en cuatro años, a menos que uno lo adquiera por vía natural a edad temprana. Los escépticos esperaban una función tal vez simpática de errores, como aquellas de Giovanni Trapattoni cuyo recuerdo todavía alegra los semblantes. Y mientras los parodistas se frotaban las manos, seguros de haber encontrado una veta inagotable, los escépticos hacían apuestas que después perdieron.

La historia, conforme trascendió a la prensa, es como sigue. Nueva York, noviembre de 2012. Guardiola llama por teléfono a Karl-Heinz Rummenigge para confirmarle su deseo de entrenar al Bayern. Se habían producido encuentros previos por iniciativa del futuro entrenador, entonces ocioso, y la directiva del equipo bávaro. Aquel mes de noviembre las dos partes llegan a un acuerdo definitivo. Guardiola contrata de inmediato en Nueva York los servicios de una profesora de alemán y se lanza a estudiar como un poseso. Durante una estancia de seis días en Barcelona por la Semana Santa del año siguiente, se hace acompañar de un profesor alemán a todas partes.

Llegó finalmente la conferencia de prensa de junio pasado. El examen de lengua, por así decir. El examinando, nervioso al principio, trae aprendidas de memoria las frases iniciales. Habla con acento marcado. Su entonación gutural es bastante más suave que la del español típico residente en el país. Los periodistas locales no tardan en poner a prueba sus competencias lingüísticas. Se sabe que Guardiola se maneja en italiano e inglés, además de en las lenguas española y catalana. Para entender las preguntas aún necesita escucharlas traducidas por los auriculares; pero las respuestas las da todas en alemán. Se le entiende de maravilla. Ayudándose de tartamudeos y muletillas, pelea con las arduas consonantes, los trabajosos verbos, las palabras compuestas y, aunque comete fallos y a veces intercala vocablos ingleses, sale airoso del lance. En cuestión de media hora se ha metido a un país entero en el bolsillo.

Otros, no necesariamente menos aplicados ni motivados, hemos necesitado largos años para movernos con aceptable agilidad por el laberinto de las declinaciones (hoy bendecimos que hubiera latín en la escuela); para enseñarles a los órganos de la dicción a distinguir entre vocales largas y cortas; para hablar con un asomo de espontaneidad a pesar del orden fijo de los elementos de la frase; para pronunciar de manera inteligible artefactos orales como zwei (dos), Schiedsrichter (árbitro) o, uno de mis mayores huesos hasta la fecha, zeitgenössisch (contemporáneo).

Ya lo decía un emigrante español para justificar que, después de cuarenta años de residencia en la República Federal, siguiera sin dominar el idioma: Es que en alemán, de todo, hay más. Y es verdad: más vocales, más desinencias de plural y más géneros gramaticales, por cuanto a nuestra sencilla división en masculino y femenino, el alemán añade el neutro. Das Haus, dicen, “lo casa”. ¿Y qué decir del sistema preposicional o de esos verbos cuya conjugación obliga a trasladar el prefijo del infinitivo al final de la frase? Todo ello con el agravante de que el diccionario, como afirmó Borges, no acierta nunca. Esto no es como el inglés o el francés, oiga, que empieza usted a hablar y más o menos va construyendo las frases por el camino.

Desde aquella memorable rueda de prensa en que dejó a todos admirados y a los jefes del Bayern, que lo flanqueaban, convencidos de haber contratado al hombre idóneo, Pep Guardiola atiende a la prensa alemana en alemán. Ofrece así una imagen sobremanera grata a los ciudadanos alemanes, gusten o no del fútbol. Es la imagen del hombre metódico con voluntad de hierro, impelido por una motivación que no flaquea ante las dificultades. Cualquier pedagogo sabe que los niños acudirían con ganas al colegio si estuvieran debidamente estimulados. Convendría que el ejemplo de Pep Guardiola inspirase a los responsables de las leyes educativas.

50 años de Bundesliga: el Hamburgo y las catacumbas

Por: | 21 de agosto de 2013

La liga alemana celebra cumpleaños. Por tal motivo, estos días las cadenas de televisión invitan a viejas glorias del fútbol, metidas en carnes y canas, a contar historias del pasado. Tiene su cosa ver a antiguos rivales reprocharse una agresión de hace dos décadas o discutir la validez de un gol de los años setenta, acalorados como si acabara de jugarse el partido.

En su forma moderna, la Bundesliga o liga federal arrancó en la temporada 1963-64. A ella, tras rigurosa selección, concurrieron 16 equipos procedentes de ciudades situadas en el sector occidental de Alemania. A la sazón ya ha sido levantado el muro de Berlín. De las 137 personas que, según cálculos oficiales, perderán la vida tratando de saltarlo han caído para entonces 39. Nada ni nadie, tampoco el
deporte, está exento de los avatares de la Historia.

Pero, claro, el fútbol alemán es mucho más antiguo que la unión de sus ligas en el año 63 y la incorporación de los equipos orientales tras la Reunificación. No escasean los equipos centenarios. Alguno que otro ostenta en el nombre y en el escudo el año de su fundación, ya sea mediante las dos últimas cifras, como es el caso del Schalke 04 o del Hannover 96, ya sea con todos los números del referido año, como ocurre con el 1899 Hoffenheim.

Bund
El presidente de la Federación Alemana de Fútbol, Wolfgang Niersbach, (i) y el presidente de la Bundesliga, Reinhard Rauball, (d) posan junto a los exfutbolistas alemanes Rudi Voeller y Uwe Seeler antes de la fiesta de celebración del 50 aniversario de la Bundesliga en Berlín./ EFE


También es anterior a la liga el “milagro de Berna”. Fue en la capital suiza donde la selección alemana se proclamó por vez primera campeona del mundo al vencer por 3 a 2 a la que se consideraba la selección más potente de la época, la húngara de Kocsis y Puskas.

Aquel triunfo de 1954 tuvo para la sociedad alemana una repercusión que desbordó los meros límites deportivos. Después de desencadenar y perder dos guerras horribles, Alemania alcanzó por fin un triunfo mundial sin devastar territorios ajenos ni propagar la tragedia. Un logro deportivo de aquella magnitud ayudó a levantar el ánimo de una nación desmoralizada. “De nuevo somos alguien”, escribió la prensa con encogido orgullo. Y la frase ha perdurado como símbolo de la recomposición de una sociedad decidida a vivir en paz.La Bundesliga nació pequeña y ha crecido poco. En la actualidad la componen 18 equipos, de los cuales dos descienden automáticamente de categoría al final de la temporada y uno, el antepenúltimo de la clasificación, juega la promoción con el rival correspondiente de segunda. El récord de ligas ganadas lo ostenta el Bayern, con 22. El equipo bávaro no fue, sin embargo, admitido en el selecto grupo de la temporada inicial. ¿La razón? Otro equipo de la ciudad, el 1860 Múnich, actualmente en segunda, obtuvo la licencia asignada a la Liga Sur.

El único equipo que ha permanecido en la primera división alemana de fútbol desde el primer día hasta hoy es el Hamburgo. Algunos que inauguraron la Bundesliga descendieron y ascendieron; otros se perdieron en las catacumbas de las divisiones inferiores. Véase el Saarbrücken o el Preussen Münster. Similar destino correspondió al Eintracht de Braunschweig (campeón en 1967), sólo que, mira por dónde, ha vuelto como el viejo tío tanto tiempo ausente que se presenta puntual a la fiesta de cumpleaños. Lenguas agoreras le profetizan un descenso seguro al final de esta temporada. Con su bajo presupuesto tiene garantizada la modestia. Y más le vale al entrenador prohibir a sus jugadores que destaquen si no los quiere perder en diciembre, cuando se reabra el mercado.

El resto es una larga historia de victorias y derrotas, de comedias y dramas, de proezas y escándalos, y un manantial inagotable de anécdotas que ya dura cinco décadas. En dicho lapso, la Bundesliga ha pasado de ser una competición encerrada en sí misma, habituada a perder sus estrellas (Netzer, Breitner, Stielke, Schuster y tantos otros) en favor de ligas de mayor prestigio y mayor poder económico, a ser un imán de jugadores y entrenadores de todo el planeta, con una llamativa presencia de deportistas africanos y orientales. Y últimamente, también, de españoles. Si en algo no ha cambiado es en la cantidad de goles que se meten. 37 en la primera jornada de este año, un promedio de más de cuatro por partido.

Los arrebatos de Klopp

Por: | 18 de agosto de 2013

Si hay un hombre con carisma en la Bundesliga, ese es Jürgen Klopp, el actual entrenador del Borussia de Dortmund. Carisma dentro y fuera del campo, en los estudios de televisión, en las celebraciones y las derrotas. Es joven (46 años) y parece joven. Gusta de colocarse en un plano de igualdad o, en todo caso, de cercanía con sus jugadores, aunque es exactamente lo contrario de un jefe blando.

Salvo en competiciones europeas, dirige desde el banquillo con chándal, deportivas y una gorra de visera que es casi tanto como una marca personal. Sus berrinches en la banda alcanzan a veces proporciones titánicas. Cuando le preguntan al respecto, responde que vive los lances del juego con tal tensión que no se percibe a sí mismo. Ya por euforia, ya por ira, tiene una manera de apretar los dientes que asustaría a un perro. Suele desfogarse en los oídos del cuarto árbitro, a quien grita nariz con nariz mientras lanza gruesos exabruptos. Con una excepción. Ante la árbitra Bibiana Steinhaus se refrena. Le puede entonces su parte amable, familiar, de hombre casado en segundas nupcias, con hijos. Hay quien dice que los partidos de fútbol serían mucho más pacíficos si fueran arbitrados por mujeres.

Klop

No menos espectaculares son las acometidas de júbilo de Jürgen Klopp. Los aficionados del Málaga recordarán con pena el gol durante el periodo de descuento que supuso la eliminación de su equipo y la clasificación del Borussia para la semifinal de la última Liga de Campeones. Entrevistado al término del partido, Klopp comparó el instante del referido gol con una descarga de placer similar a un orgasmo.
Pero, ojo, tras la máscara del hombre incapaz de gobernar sus impulsos, hay inteligencia, hay dotes de organización, hay cálculo.

Se aprecian en Klopp al menos cuatro grados distintos de intensidad en las celebraciones, según la entidad del adversario y la relevancia del encuentro. El grado más suave consiste en acercarse a la banda, traspasarla un poco mientras aplaude, asiente con la cabeza o muestra un pulgar hacia arriba. Un grado superior de alegría implica dientes apretados y veloces movimientos de sierra con el brazo. Si lo acomete una súbita embestida emocional (a consecuencia de un gol decisivo, por ejemplo), arrea una tanda feroz de puñetazos al aire. Está por último el apogeo jubiloso que lo lleva a correr desalado y arrojarse al revoltillo festejador de jugadores lo mismo que se arrojaría a un estanque infestado de caimanes. Los aficionados del Borussia lo adoran por ello.

En cuanto termina el partido, cambia de personalidad. Ante los micrófonos aparece un hombre sonriente, propenso a las bromas. En su honor hay que decir que domina como pocos la comunicación oral. Sosegadamente razona sus decepciones, saborea sus triunfos sin arrogancia, reconoce méritos ajenos, evita insultos. Tiene, no obstante, una lengua afilada, idónea para provocar, y es muy dado a los modos campechanos y a los giros populares. Por dicha causa los borussianos lo sienten, aunque él provenga del Sur, como uno de los suyos. Frente a los equipos alemanes de alto copete, principalmente el Hamburgo y el Bayern, el Borussia de Dortmund, con su raigambre minera y proletaria, forma parte del racimo de equipos representativos de la Cuenca del Ruhr.

Quienes conocen bien a Klopp afirman que nació para entrenar. Durante largos años fue un mediocre jugador del Mainz 05 en Segunda División. Compañeros de entonces lo describen como al típico bocazas que está todo el partido mandando y chillando a los suyos. Jugaba como quien entrena. De hecho, pasó directamente de jugador a entrenador del equipo.

Klopp posee una formación técnica de alto nivel. Es, además, un excelente comunicador. En el recuerdo de los aficionados alemanes siguen vivos sus comentarios para la segunda cadena pública de televisión, de los encuentros del Mundial de 2006 y la Eurocopa de 2008. Causaban sensación sus explicaciones transmitidas con ayuda de un lápiz electrónico. Este año, Klopp concita la principal esperanza, por no decir la única, de que el Bayern de Múnich no arramble con todos los títulos. Su triunfo reciente en la Supercopa contra el poderoso y adinerado rival bávaro abona la contingencia de una competición no sentenciada de antemano.

El País

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