Balón teutón

Sobre el blog

Crónicas de la Liga más alemana del mundo.

Sobre el autor

Fernando Aramburu

, donostiarra, es autor de cuentos y novelas. Desde 1985 reside en la República Federal de Alemania, donde se dedicó durante largo tiempo a la docencia. Entretanto cayó el muro, como caen tantas cosas. Y hoy pulsa las teclas y no precisamente las del piano. Lo que más le gusta del fútbol es la literatura, o sea, el barro y el gol en el último minuto, la épica y la lírica.

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Que viene el Bayer Leverkusen

Por: | 29 de septiembre de 2013

Bayer
El capitán Rolfes celebra con Bender un gol al Hanover 96. / ROLF VENNENBERND (EFE)

No bien el sorteo del pasado mes de agosto determinó que la Real Sociedad y el Bayer 04 Leverkusen coincidieran en el mismo grupo de la Liga de Campeones, supe que los amigos futboleros me escribirían mensajes o me llamarían por teléfono desde las piedras nativas para preguntarme qué tal es ese equipo alemán, si hay posibilidades de ganarles, si son buenos. Hombre, le dije al primero que me llamó, si fueran malos no se habrían clasificado para un torneo tan importante. Que por favor me dejara de bromas y le explicase qué tipo de adversario espera a la Real.

Para tranquilizarlo, le referí una vieja afirmación de Uli Hoeness, actual presidente del Bayern: “El Bayer Leverkusen no gana nunca”. No se sabe si se trata de un problema de mentalidad o de una mojiganga del destino, que gusta de colocar al equipo renano al borde de la gloria para arrebatársela en el último momento; pero lo cierto es que Hoeness no anduvo descaminado con su malévola sentencia. Pronunciada en 2002, continúa vigente. Por entonces faltaban tres partidos para el final de la temporada y el Bayer Leverkusen encabezaba la clasificación con ventaja holgada sobre el segundo. Todos lo daban por campeón menos Uli Hoeness, que acertó. A los jugadores del Leverkusen se les ablandaron las piernas y perdieron la liga (ojo, no en la acepción 1 que postula para esta palabra el diccionario de la RAE). Nunca han ganado la referida liga. Su mayor logro sigue siendo aquella copa de la UEFA de 1988 contra el Español, obtenida en la tanda de penaltis.

Se dijera que pesa sobre el Leverkusen la condena de Tántalo, personaje de la mitología clásica impedido de beber el agua que le llegaba hasta el cuello y de probar los frutos cercanos. La fama de segundón constante suscita a menudo la sorna general. De ahí le viene a este equipo el sobrenombre de Vizekusen, a partir de la forma alemana del prefijo vice-. Como ejemplo de su condición tantálica suele citarse la temporada 2001-02, cuando el equipo terminó segundo de la Bundesliga, perdió la final de la Copa y, contra el Real Madrid, la final de la Liga de Campeones. Al otro lado de la línea telefónica, a mi amigo todos estos pormenores del pasado no le interesaban. Él quería saber lo que le espera al equipo de sus amores hoy, ahora. Que por favor me centrase en su pregunta.

Le dije que el Leverkusen ha experimentado cambios notables desde finales de la última temporada. Lo dirigían dos entrenadores. Era habitual verlos deliberar en el banquillo. Acabaron malquistados. Se fue el que hablaba y quedó el taciturno Hyypiä, un finlandés que dosifica la sonrisa como el perdido caminante del desierto el agua de su cantimplora. Serio, parco en palabras, pasó hace año y medio directamente de jugador a entrenador del equipo.

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El técnico, y exjugador, Sami Hyypia, da instrucciones durante un partido. / ROLF VENNENBERND (EFE)

El Bayer, llamado así por la empresa químico-farmacéutica (la Aspirina y tal), propietaria del equipo, ha empezado con fuerza la temporada, como de costumbre a la sombra de los dos grandes favoritos. Se pensaba que algunas ausencias de peso debilitarían al equipo. El joven internacional Schürrle se fue al Chelsea. El Real Madrid recuperó a Dani Carvajal. Lo cierto es que el Leverkusen continúa jugando con eficacia sus bazas principales: la rapidez en la ejecución del ataque, a menudo arrancando desde el propio campo; la temible capacidad goleadora de cualquiera de sus centrocampistas y un delantero de primera clase, Stefan Kissling, alto como un poste, cuya ausencia de la selección nacional nadie se explica.

El Leverkusen no es de tiqui-taca ni de tuya-mía, sino de pases en profundidad, carrera de guepardos, tiros desde lejos y cabezazos del mencionado Kissling (máximo goleador de la Bundesliga el año pasado), asistido por el incansable Sidney Sam, que acaba de estrenarse con la selección nacional. La Real tendrá que neutralizarlos salvo que desee perder.

El Leverkusen juega en el BayArena, un estadio moderno y cómodo que se parece a Anoeta por el aforo (30.000 almas y algunas más que se aprieten), así como por el ambiente que tira a poco intimidador para los jugadores del equipo rival. Todas las localidades están techadas. Mi amigo, por el teléfono, me preguntó para qué le decía esto del techo. Coño, pues para que no lleves paraguas.

Los hermanos Boateng

Por: | 26 de septiembre de 2013

No es insólito que dos hermanos lleguen a futbolistas profesionales en Alemania. Los Walter, Rummenigge, Hoeness, Allofs y algunos más hicieron historia. No faltan casos de gemelos, como los Altintop (Hamit estuvo en el Real Madrid) o Lars y Sven Bender. Hermanos por parte de padre, gestados en vientres distintos, Kevin-Prince y Jérôme Boateng forman parte de este grupo singular.

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Kevin-Prince y Jérôme Boateng, con Ghana y Alemania, respectivamente.

El fichaje reciente del primero por el Schalke 04, tras jugar varios años en Inglaterra e Italia, los ha reunido en la Bundesliga en un momento cimero de sus carreras deportivas. El mayor, Kevin-Prince (26 años), peleón, extravertido, con fama de bad guy, forjó su carácter en el problemático barrio berlinés de Wedding. Su padre, oriundo de Ghana, pronto se desentendió de la familia. Alguna vez él se ha definido como niño del gueto. Cuenta que lo descubrió un entrenador viéndolo jugar en la calle con botas de goma.

Más fácil lo tuvo el menor (año y medio más joven). Nacido asimismo en Berlín, de madre también alemana, creció en el acomodado distrito de Charlottenburg-Wilmersdorf. Jérôme es tranquilo y retraído. Fuera del campo, usa unas gafas que le dan un aire intelectual, por más que, al igual que su hermano, la escuela desempeñó un papel modesto en su formación personal.

Los Boateng coincidieron en las categorías juveniles del Hertha BSC Berlín, con cuya camiseta se estrenaron más tarde en el fútbol profesional. No tardaron en seguir rumbos divergentes. Tras pasar por el Hamburgo y, con poca fortuna, por el Manchester City, Jérôme Boateng inició el pasado verano su tercera temporada con el Bayern de Múnich. Ocupa de ordinario una posición central en la defensa. Es recio y atlético, con esa fina punta de ingenuidad que asoma en ocasiones por los bordes de la nobleza. La norma que penaliza con la expulsión a quien comete falta sobre un contrario, truncándole una clara ocasión de gol, parece ideada para castigar a jugadores como él. Poderoso por alto, temible en el choque, no le queda más remedio que mover sobre el césped un corpachón de 1,92 m y 90 kg. Adversarios bajitos, escurridizos, rápidos como ardillas, son su calvario. Y como los tira con sólo echarles el resuello, de vez en cuando, no obstante ser un jugador limpio, algún árbitro piadoso con los débiles le saca la tarjeta roja.

Su fama de jugador noble contrasta con el juego sin miramientos de su hermano, centrocampista duro, agresivo, dotado de ese atributo que en Alemania se denomina “presencia corporal”. Tiene personalidad de líder que enciende al público y transmite coraje al equipo. A su llegada, el Schalke, hasta entonces aletargado y melancólico, comenzó a cosechar puntos.

Dos hechos negativos jalonan su carrera deportiva. En 2010, durante la final de la FA Cup que disputó con la camiseta del Portsmouth, lesionó de gravedad a Michael Ballack, entonces en el Chelsea y capitán de la selección alemana, privándolo de participar en el mundial de Sudáfrica. El otro episodio sucedió en Italia con ocasión de un partido amistoso entre su equipo, el AC Milan, y un rival modesto. Una parte del público se dio a ofenderlo por causa de su tez morena. Harto de los escarnios, Kevin-Prince mandó el balón al quinto pino, se quitó la camiseta y abandonó el terreno de juego. En solidaridad con él, sus compañeros lo siguieron al vestuario y el partido fue suspendido. Actualmente participa en iniciativas de lucha contra el racismo.

Jérôme es internacional con la selección alemana; Kevin-Prince, internacional alemán en las categorías sub 18 hasta la sub 21, optó finalmente, con permiso de la FIFA, por defender los colores de Ghana. El sorteo determinó que los dos hermanos se enfrentaran en 2010, durante el campeonato mundial de Sudáfrica.

Hace poco coincidieron en el partido de la Bundesliga que enfrentó a sus respectivos equipos (venció el Bayern por 0 a 4). Días antes, en una entrevista compartida, Kevin-Prince declaró que durante 90 minutos no habría entre ellos amor fraternal y que sentiría una gran decepción si durante el partido Jérôme no lo tiraba al suelo. Jérôme, por su parte, dijo que intentaría no hacer daño a su hermano, pero que en ningún caso consentiría que se le escapase con el balón. Entre bromas y veras, la entrevista dejó claro el afecto que se tienen. En el campo se les vio intercambiar las camisetas.

¿Qué fue de Metzelder?

Por: | 22 de septiembre de 2013

Si la suerte acompaña, la carrera de un futbolista profesional dura en torno a las 15 temporadas. Con frecuencia, una lesión grave acorta dicho plazo. El estado físico, la fortaleza mental y una combinación de factores que pudiéramos denominar fortuna permiten a otros alargarlo por espacio de dos, tres años de rendimiento aceptable, pero siempre declinante. Como en todo, hay excepciones. El centrocampista checo Mirko Votava jugó en el Werder Bremen hasta los 40. A esa edad sólo suele saltar al terreno de juego, además del árbitro, algún que otro guardameta. Es habitual que estos, eximidos del agotamiento a causa de su posición relativamente estática, estén menos expuestos a las lesiones y se jubilen más tarde que sus compañeros de campo.

Quince temporadas; pongan, si quieren, 16 o 17, y adiós. El jugador se esfuma de las pantallas de los televisores; su nombre y su foto, de las páginas de los periódicos. Algunos reaparecen al cabo de un tiempo convertidos en entrenadores, en comentaristas, desempeñando cierta función en un equipo, ocupando tal vez cargos administrativos o de dirección en instituciones deportivas. La mayoría, no obstante, se pierde en las vastas regiones del olvido, de donde tal vez los rescate de forma ocasional la nostalgia del aficionado, la mención de un experto, alguna celebración conmemorativa. Si fueron grandes, esto es, muy grandes, su recuerdo se desdibujará más lentamente, esculpido su nombre con letras hondas en la memoria colectiva.

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Metzelder, con un compañero del Haltern. / halterner zeitung

Escribo todo esto porque vi recientemente, en un programa de la televisión alemana, a un conocido futbolista del que hace tiempo que no sabía nada. Con atuendo de ciudadano común y menos cabello que en su época de plenitud física, me costó unos instantes recordar su nombre. Bien es verdad que el programa, una tertulia sobre las elecciones generales, dificultaba la identificación. Era Christoph Metzelder, jugador internacional, defensa de fornida estampa que ha vestido camisetas de equipos de fuste: la amarilla del Borussia de Dortmund, la blanca del Real Madrid (entre 2007 y 2010) y la azul del Schalke. Su marcha de la Bundesliga fue discreta. Por edad, 32 años, podría seguir activo en el fútbol profesional; pero la suerte no siempre estuvo de su lado (lesiones, suplencia prolongada), de modo que al final se quedó por debajo de las 15 temporadas antedichas.

Picado por la curiosidad, decidí averiguar qué había sido de él desde que su último equipo, el Schalke 04, como con anterioridad el Real Madrid, decidiera no renovarle el contrato. Supuse que su particular circunstancia vital podría ilustrar el destino de una estrella del deporte una vez que ha dejado de emitir luz en el firmamento de la actualidad. Conque investigué un poquillo y finalmente reuní datos suficientes para comprobar que no solamente hay vida más allá del fútbol, sino que esta bien puede ser interesante y estar colmada de actividades útiles para uno mismo y para la sociedad. Tal es el caso de Christoph Metzelder, llamado Metze.

Alto, serio, reservado, buena persona, Metzelder regresó a su pequeña ciudad natal, Haltern, y juega, como en sus tiempos de adolescente, por corazón y no por dinero, en el equipo de la localidad, que milita en la liga regional de Westfalia. Con su modestia de costumbre, afirma que juega por diversión; pero lo cierto es que asesora a futbolistas incipientes y atrae patrocinadores. Cuando terminan los partidos, mete su ropa y sus botas en una bolsa y las lava en casa. Doscientos espectadores constituyen una más que aceptable asistencia. La entrada más cara cuesta cinco euros.

 

Metzelder trabaja de comentarista deportivo para una cadena de televisión de pago. Hombre de probada honradez, aprovecha su popularidad con fines benéficos. Creó una fundación que lleva su nombre y tiene por objeto la formación educativa y profesional de jóvenes afectados por la pobreza. Metzelder participa asimismo en una asociación que combate la prostitución infantil y los abusos a menores, y colabora en otras de promoción y ayuda a jóvenes deportistas. Por todo ello, recibió en 2011 la Orden al Mérito otorgada por el gobierno de Renania del Norte-Westfalia, reconocimiento calificado por él de no menos importante que aquellas ligas de fútbol que en su día contribuyó a ganar. Un gran tipo.

El Fútbol Club Impaciencia

Por: | 18 de septiembre de 2013

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Sammer y Guardiola, en la presentación del técnico. (REUTERS)

El día de su presentación, en el instante de los cumplidos y de la declaración de buenas intenciones, Pep Guardiola afirmó que entrenar al Bayern de Múnich suponía un regalo para él. Es la típica frase cordial que se lleva preparada y denota modestia de hombre agradecido. La idea del regalo no pudo menos de levantar las cejas a quienes están familiarizados con el funcionamiento y las maneras de un equipo que, en lo que respecta a la cuestión deportiva, es exactamente lo contrario de dadivoso.

Uno acude al Bayern a dar, no a recibir. Y, en todo caso, conviene, antes de ponderar y agradecer los regalos, quitarles el envoltorio y mirar qué hay dentro. El rapapolvo reciente del director deportivo Matthias Sammer a los jugadores, a puerta cerrada y después, como en otras ocasiones, ante los micrófonos de la nación, constituye una arraigada costumbre en el Bayern de Múnich. Antes le tocaba a Uli Hoeness despacharse contra su propio equipo o contra el entrenador. Desde que Hoeness ejerce de presidente, son el general Karl-Heinz Rummenigge y el sargento Matthias Sammer los encargados de la faena. No es raro que una victoria del equipo preceda a la tradicional filípica. Ocurrió el año pasado, cuando entrenaba Heynckes; ocurrió el otro día con Guardiola.

BANQUILLOLa diferencia estriba en que Heynckes plantó cara y defendió públicamente a sus jugadores, y Guardiola no sé qué me da que aún no conoce bien el folclore bávaro o carece de recursos lingüísticos para gobernar rápidamente ciertas situaciones. Se supone que la reprimenda pretendía sacudir a los jugadores entregados a la molicie; pero constituye también una clara desautorización del entrenador, además de una injerencia en su trabajo. Es habitual que el director deportivo del Bayern tome asiento durante los partidos en el banquillo, levante la voz al cuarto árbitro, dé la tabarra al entrenador con sus comentarios y quejas, lo distraiga y le meta presión. Ignoro si Guardiola conocía esta práctica del equipo muniqués que ya soportaron con anterioridad otros entrenadores. Quizá, si hubiera previsto las consecuencias de dirigir en momentos de tensión máxima al equipo con el jefe al lado, se habría opuesto a ello al principio, cuando aún estaba intacta la autoridad que le confería su prestigio.

Ahora ya es tarde. Las virulentas críticas de Sammer a los jugadores y, por vía más o menos indirecta, al entrenador (¿no motiva lo suficiente?), a Guardiola le parecen, según dijo, normales. Subyace al tono congraciante de sus palabras una punta de sumisión. Sabido es que el consejo directivo del Bayern de Múnich baraja sólo dos opciones: el triunfo o el fracaso absoluto. No hay término medio. Lo que no corresponda a una categoría corresponderá por fuerza a la otra. O todo o nada. Un segundo puesto en la Bundesliga o una final perdida suponen fracasos traumáticos. Ni siquiera la obtención de los tres puntos en un partido es garantía de satisfacción. Hay que avasallar al rival, marcarle en la espalda a hierro candente un resultado vejatorio que nunca olvide y sirva de advertencia a los demás. Ganar la liga no es una aspiración; es el objetivo mínimo a partir del cual se irá viendo lo que da de sí la temporada. Otto Rehhagel (campeón de Europa con Grecia) fue despedido del Bayern días antes de una final de la Copa de la UEFA por no ganar la liga; Felix Magath, después de lograr dos años consecutivos liga y copa; Van Gaal, al año siguiente de conseguir el doblete y llegar a la final de la Liga de Campeones. Entrenar al Bayern es un regalo frágil.

Estos días, la inquietud y la impaciencia han vuelto a llamar a la puerta de los despachos del club. Nada se ha perdido, a todo se puede optar y, sin embargo, ya suenan por las cumbres alpinas las trompetas del Apocalipsis. Mientras tanto, la camisa blanca de Pep presenta los primeros lamparones: la derrota en la Supercopa alemana contra el Borussia de Dortmund, aquel empate ominoso contra el débil Friburgo y esos otros partidillos resueltos sin ensuciar la camiseta, como si bastara el recuerdo de la fabulosa temporada anterior para ganarlos. Llegó, por tanto, la hora del sargento Sammer, quien, a escasos días de la primera contienda de Liga de Campeones, soltó la bronca de todos los años por estas fechas.

El futbolista que quemó su casa

Por: | 15 de septiembre de 2013

Son jóvenes, ágiles, robustos; en no pocos casos, triunfadores y multimillonarios, objeto de desmedida admiración, figuras que ponen nombre y cara a sueños colectivos. Terminado el partido, se retiran. ¿Adónde? Intuimos que a una especie de realidad blindada, en cuyo interior ellos preservan con mayor o menor fortuna fragmentos de privacidad.

BrenoEn ese trecho de existencia cotidiana, a resguardo de cámaras y público (a menos que los entrenamientos se celebren a puerta abierta), se supone que el futbolista afamado lleva o trata de llevar vida de ciudadano más o menos común, con familia y facturas, con jardín y perro. A partir de un determinado grado de celebridad no pueden ir por la calle así como así. Barruntamos que en sus jaulas de oro disfrutan de un nivel de vida cercano a la felicidad. Esa ilusión se basa seguramente en el desconocimiento. ¿Acaso hay un cuerpo que no vierta sombra a la luz del día?

A veces, la gloria deportiva coincide con graves problemas personales. La opinión pública suele ignorarlos salvo que desemboquen en un episodio dramático de difícil ocultación. Es razonable pensar que los equipos no tengan interés en enturbiar su reputación con historias de alcoholismo, de deudas de juego, de violencia familiar, de trastornos psíquicos, de crímenes y escándalos en que pueda estar implicado alguno de sus jugadores.

Un caso digno de lástima es el del exdefensa brasileño del Bayern de Múnich Breno Vinicius Rodrigues Borges, llamado Breno. No es el primero que llega a la cumbre deportiva a edad temprana y quizá demasiado deprisa. Juzgue quien sepa. Breno tiene 18 años en 2008 y es una sólida promesa del FC São Paulo cuando el Bayern de Múnich se fija en él y lo contrata. Se dice que los brasileños necesitan a toda costa calor, humano y del otro; que propenden a la melancolía, que hay que tratarlos con guante de seda. En tal sentido, Alemania puede representar una dura prueba para ellos. El frío, la grisura, las dificultades con el idioma, el rigor de la disciplina, otros horarios, otras costumbres, llegan a causar problemas de adaptación a algunos futbolistas procedentes de países cálidos.

Breno, a quien los directivos de su nuevo club, empezando por Karl-Heinz Rummenigge, auguran un futuro de color rosa, no termina de cuajar en el Bayern. Las pocas veces que sale de titular no acaba de convencer. Al poco tiempo es cedido al Núremberg, lo que, quieras que no, entraña un componente de fracaso. Su regreso al Bayern equivale a una prolongación de la suplencia. Para colmo, una grave lesión de ligamentos lo condena a la inactividad durante largos meses. Recuérdese: el frío, la grisura, la patria remota.

El drama de Breno ya ha tomado para entonces rumbo y alcanza su punto culminante una noche de septiembre de 2011. A horas intempestivas los bomberos de Múnich son alertados del incendio en una villa situada en un barrio lujoso de las afueras. A su llegada, les sale al encuentro el inquilino. Breno les comunica que ni su mujer ni sus tres hijos se encuentran en la casa. No hay duda de que el futbolista, ebrio, trastornado, cubierto de hollín y con quemaduras, es autor del incendio. Al tiempo que entrega a los bomberos tres encendedores y les pide que los tiren a la basura, balbucea palabras de menosprecio hacia su mujer.

El resto de la historia se difumina tras una niebla de sospechas y conjeturas que incluyen el alcohol, fármacos presuntamente sustraídos de la enfermería del equipo, infidelidad matrimonial, miedo cerval a una nueva operación de rodilla, sensación de soledad y un proceso depresivo que hace plausible la hipótesis de una tentativa de suicidio. En julio de 2012, un tribunal de Baviera impone al jugador una pena de reclusión de tres años y nueve meses. Desde el 19 de agosto pasado, merced a un informe de buena conducta, Breno goza de permiso para pasar el día fuera de la cárcel. En honor del Bayern hay que decir que la dirección del club no lo dejó en la estacada, sino que lo tiene empleado como asistente de entrenador del filial. Su antiguo equipo brasileño está dispuesto a contar con él cuando pueda salir de Alemania. Quizá consiga rehacer su vida.

El silencio del locutor

Por: | 11 de septiembre de 2013

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Al llegar por vez primera a Alemania, hace ya bastantes años, miré el paisaje, los tranvías, el ajetreo de los nativos, y por la noche, como daban fútbol, tomé asiento frente a un modesto televisor. Si no es por las imágenes habría pensado que estaban retransmitiendo una misa. En serio. ¡Qué manera más solemne de comentar! La impresión se repitió en semanas sucesivas con diversos locutores. Acostumbrados mis tímpanos a las voces españolas de radio y televisión (José María García, Joaquín Prat, Miguel Ángel Valdivieso, de niño Matías Prats padre, todos ellos de naturaleza más o menos locuaz), los locutores alemanes me parecían fríos, sosos, una especie de profesores lentos, de predicadores susurrantes.

Quizá lo sigan siendo; pero uno, después de tantas lluvias, acabó por contagiarse de sus tonos apacibles. No me extrañaría que el menda haya terminado aficionándose al comedimiento con que los locutores germanos de fútbol narran los lances del juego, favoreciendo de ordinario la expresión sobre la emoción. Se conoce que la naturaleza me lastró con un temperamento torpe para encontrar posibilidades culturales fuera de la serenidad.

Un poquillo (tampoco vamos a exagerar) se les acelera la voz a los locutores alemanes cuando juega la selección nacional. Está mal visto en Alemania que al comentarista le tire un equipo más que otro. El veto se suspende en partidos disputados por la selección. Entonces lo reprobable sería la imparcialidad. Sucede a menudo en tales partidos que los locutores empleen los verbos en primera persona del plural y digan: deberíamos jugar al ataque, somos superiores, hemos ganado.

Lo primero que me llamó positivamente la atención en la tele alemana fueron los intervalos de silencio. Por fortuna, el comentarista no fatiga de continuo los órganos del habla. A lo mejor hay un charlatán por ahí, empleado en alguna emisora regional, pero lo dudo. Ya habría recibido su ración de parodia en los programas de humor. O sea, que si no hay nada reseñable que comunicar, ¿para qué abrir la boca? Si el momento es especial (un penalti a punto de ser lanzado, por ejemplo), ¿por qué no dejar que el espectador lo disfrute o sufra con recogimiento, sin la interferencia de un surtidor de palabras? Son dos mundos distintos el del radioyente que sólo dispone de su aparato auditivo para enterarse de lo que sucede sobre el terreno de juego y el del espectador de televisión que ve las mismas o parecidas imágenes que el comentarista.

Uno, delante del televisor, agradece que no le relaten lo obvio. ¿De qué me sirve que me cuenten que fulano para el balón, que se lo pasa a mengano, que mengano retrasa para zutano y así durante 90 minutos y lo que añada el árbitro? ¿Qué va de ahí a referir que la hierba de la cancha es verde o que el juez de línea tiene el pecho delante y la espalda detrás?

Claro que la concatenación de trivialidades puede hasta cierto punto justificarse si el tono de la narración es emocionante o está destinado a emocionar. El locutor latino tiende a ametrallar con lenguaje y a enrollar ristras de gritos en torno al micrófono cuando se le figura que ha de transmitir las acciones del campo con recursos intensificadores del habla, de manera que hasta la abuela sorda lo entienda desde el fondo de la casa. Quizá su parla adquiera entonces densidad humana, corazón y todo eso; pero si uno no está acostumbrado, la prueba es dura y exige adaptación y paciencia. También la exige el procedimiento opuesto, el de constatar en tono gélido, maquinal, los lances de una actividad suscitadora de pasión. No obstante, una cosa es emocionarse ante un micrófono y otra retroceder de una tacada doscientos siglos de evolución lingüística.

Uno se encuentra en la tele alemana con comentaristas monótonos, pedantes, tediosos, que, como expresa un dicho local, sierran los nervios del espectador. Predominan, sin embargo, los profesionales amenos, respetuosos con las normas del idioma, de voz agradable; que opinan con conocimiento de causa; que se toman la molestia de averiguar la pronunciación correcta de los nombres extranjeros; que no vociferan los goles como si les estuvieran amputando una pierna; que no ignoran, en fin, lo valioso que puede resultar el silencio en algunas ocasiones.

El chaval del Schalke

Por: | 09 de septiembre de 2013

Sucedió hace poco más de dos años. Daban por televisión un partido de cuartos de final de la copa alemana. A un lado el Núremberg, al otro el Schalke 04 de Raúl, Huntelaar y compañía. Dos equipos no exactamente punteros, aunque con ambiciones. Y la copa, ya se sabe, puede suponer la oportuna tabla de salvación de una temporada hasta entonces gris.

El partido termina con empate que hace necesaria la prórroga. Entrena por aquellos días al Schalke 04 Felix Magath, conocido tanto por sus métodos espartanos de entrenamiento como por asumir funciones de dirección deportiva, lo que le permite comprar jugadores al por mayor. No le importa formar plantillas de treinta o treinta y cinco jugadores. Al dejar el equipo, algunos apenas han jugado unos minutos. Tampoco era raro que otros firmasen contratos de medio año.

La afición del Schalke está convencida de que el entrenador carece de un sistema de juego, que improvisa e impone a los jugadores una estrategia primitiva basada en la represalia y el castigo. ¿Que el equipo pierde? Pues nada, entrenamiento el domingo, carreras con balones de gimnasia bajo los brazos (un ejercicio fatigoso por demás) y, en el partido siguiente, cambio radical de alineación.

Los aficionados del Schalke se llevan las manos a la cabeza durante aquella prórroga de la copa, cuando en el minuto 117, con el marcador todavía igualado, a Felix Magath no se le ocurre mejor idea que poner a jugar a un chaval de 17 años. ¿Por qué saca tan tarde a un jugador de refresco, inexperto para más inri en lides tan comprometidas y cuando el árbitro está a punto de dar paso a la tanda de penaltis? El locutor de televisión no oculta su extrañeza. Previa consulta al ordenador, menciona cuatro vaguedades biográficas relativas al joven futbolista con el número 31, quien todavía va al colegio.

Lo que sigue parece ideado por un guionista. El chaval de rasgos aniñados que acaba de saltar al campo se llama Julian Draxler. Lleva dos minutos corriendo junto a veteranos embarrados y sudorosos. Con ocasión de un ataque de su equipo por la banda derecha, le llega de nuevo el balón. Es la segunda vez que lo toca. Está lejos de la portería. A su lado, ningún compañero. Delante, una muchedumbre de camisetas del Núremberg. Avanza, esquiva a un rival y chuta desde fuera del área con el pie izquierdo. Gol de ensueño, como se dice en alemán, que permite al Schalke clasificarse para la siguiente ronda de la copa que, finalmente, ganará.

Draxler
Draxler celebra un gol ante el Basilea, en Liga de Campeones./Getty 

De entonces acá, la evolución de Julian Draxler ha sido espectacular. No se trata tan sólo de que a sus veinte años sea titular indiscutible, sino que es uno de esos jugadores que confiere carácter a un equipo, que aglutina al colectivo, da ejemplo de entrega y manda. En mayo de 2012 se estrenó con la selección nacional.

Su forma de encarar con el balón la portería rival recuerda no poco al Fernando Torres de sus primeros tiempos. Los dos tienen, además, una complexión similar. Dos jugadores espigados, muy físicos, que, en cuanto reciben el balón, no tienen otro pensamiento que meter gol. Draxler destaca por su velocidad tanto como por su destreza para encontrar soluciones adecuadas en el uno contra uno. Lo mismo chuta con la derecha que con la izquierda. Sus tiros desde lejos alcanzan velocidades que rondan los 120 kilómetros por hora. Juega un poco escorado hacia una banda u otra, con preferencia por la izquierda, y es tan bueno controlando el balón como dando pases de gol.

Ahora mismo Julian Draxler es uno de los jugadores de mayor renombre en la Bundesliga. Su experiencia en competiciones internacionales ha contribuido a afianzar su personalidad futbolística a una edad en la que otros profesionales aún sueñan con ser titulares en sus respectivos equipos. Lo malo para el Schalke es que los destellos de su joven estrella empiezan a percibirse desde galaxias distantes. Se sabe que este último verano su nombre fue pronunciado en las oficinas del Real Madrid, del Chelsea y de algún que otro equipo con posibles. A cada gol que mete (el otro día fue el autor del tanto de la victoria de su equipo en partido de Liga de Campeones) disminuyen las posibilidades del Schalke para retenerlo.

Raúl en Schalke

Por: | 08 de septiembre de 2013

El Schalke 04 no es un simple equipo de fútbol. Es una hermandad unida en el fervor a unos colores, una filosofía practicada con la misma devoción con que otros se entregan a la fe. Si su coche sufre una avería en la autopista, si ha perdido usted a su mascota; en fin, si está usted en apuros y por alguna señal (un escudo, una camiseta, un banderín) es usted identificado como seguidor del Schalke, entonces es altamente probable que reciba ayuda de cualquier simpatizante del equipo blanquiazul que se halle en las inmediaciones.

Una religión, eso es el Schalke, con su diablo aborrecible (el Borussia de Dortmund), sus momentos de gloria y de lágrimas colectivas, y sus iconos. Uno de dichos iconos es español. Su nombre, Raúl González Blanco. Para la afición del Schalke, Señor Raúl, sin el artículo determinado.

Raúl llegó al equipo de Gelsenkirchen con un contrato para dos años, en verano de 2010, tras declinar una oferta del Manchester United. El entrenador del Schalke por entonces, Felix Magath, conocido por sus métodos espartanos de entrenamiento y detestado por la afición, viajó a Madrid para convencer personalmente al jugador. Le aseguró la titularidad. El Schalke comportaba para Raúl diversas ventajas. La de tener, por ejemplo, con quién hablar en su propio idioma, ya que en el equipo militaban dos españoles (Escudero y Jurado), el peruano Farfán y su compañero de varios años en el Real Madrid, Metzelder. Otro acicate era que el Schalke se clasifica con frecuencia para competiciones internacionales.

Total, que Raúl se vistió la camiseta azul del Schalke y, para empezar, metió durante un partido preparatorio un gol de vaselina como rara vez se ve por aquellos pagos. Ese y otros goles confirmaron que a sus 33 años el futbolista español no había venido a correr un poquillo mientras le llegaba la hora de jubilarse. Estaba dispuesto a dar el callo y a hacer disfrutar. Dejó, como deportista y como persona, una impresión inmejorable.

Raul
Raúl, en su época en el Schalke.

Desde el principio, mereció una consideración especial dentro del equipo, afianzada por excelentes actuaciones en la cancha y por un saber estar que le granjeó respeto y simpatía en todas partes. Se le adjudicó, faltaría más, su número de toda la vida, el 7, que en honor suyo no lleva hoy día ningún jugador del Schalke. También, todo hay que decirlo, se destacaba de sus compañeros por la cuantiosa asignación económica que le correspondía. Le fue ofrecido el puesto de capitán. Lo rechazó con el sensato argumento de que para liderar un equipo es imprescindible la comunicación, y a Raúl los idiomas como que no se le dan. No obstante, el capitán, si era sustituido, le cedía el brazalete.

Dos años duró la aventura alemana de Raúl. No hay constancia de que en dicho lapso alguien le afeara una palabra, un gesto, una acción. Marcó con la camiseta azul una cantidad apreciable de goles (40 en 98 partidos), algunos muy importantes. Uno de ellos, debido a su hermosa factura, fue elegido gol del año por los espectadores de televisión. Con el Schalke, Raúl disputó la Liga de Campeones y ganó una copa nacional, trofeo que nunca pudo lograr con el Real Madrid.

Tras su marcha, los aficionados del Schalke continúan profesándole veneración. Raúl protagonizó escenas que aún alientan el afecto admirativo: cuando se retiró del campo con la cara ensangrentada; cuando, tras las victorias, entonaba cánticos megáfono en mano desde las gradas, en medio de las peñas (justo él, que apenas chapurreaba alemán). Los comentaristas deportivos resaltaban su carácter tranquilo, su buena disposición hacia la prensa y la modestia con que repartía entre los compañeros méritos propios.

En el Veltins Arena, campo del Schalke, como en otros estadios alemanes, es costumbre vitorear al jugador local que haya marcado gol. El locutor pronuncia su nombre por los altavoces, la muchedumbre vocea al unísono el apellido. Si marcaba Raúl, el locutor decía: Señooor. Y la masa completaba: Raúuuuuuuul. La larga u volvió a sonar en julio pasado, durante el partido de despedida con que los de Gelsenkirchen honraron al jugador madrileño, con un lema, por cierto, en lengua española: “Gracias, Raúl”. Lo quieren tanto que el presidente del Schalke le ha ofrecido un puesto de representación para cuando acabe su carrera deportiva.

Ribéry, futbolista callejero

Por: | 04 de septiembre de 2013

Ribery
Ribéry, con el premio a mejor jugador del año de la UEFA. / VALERY HACHE (AFP)

El pasado 29 de agosto, Franck Ribéry, el 7 del Bayern de Múnich, recibió el trofeo al mejor jugador de Europa. Subió al estrado embutido en un traje que le sentaba como una armadura medieval. En aquel instante, este correoso y relativamente pequeño jugador francés (1,70 m) acaparaba la mayor porción de felicidad disponible aquel día en el planeta. Llegar a semejante cumbre deportiva (perdón por el tópico) no es fácil. Para él lo ha sido mucho menos, puesto que emprendió la subida desde muy abajo, en unas condiciones económicas y sociales adversas por demás.

Días antes declaró a una revista deportiva alemana que ganar aquel premio era sobremanera importante para él. Leído el razonamiento del jugador, uno comprueba que sus palabras no las dicen la vanidad ni la ambición. Quien se expresa es un niño sincero de 30 años que lo ha tenido crudo en la vida. Un hombre con una infancia como de novela de Charles Dickens, necesitado de aceptación y afecto constantes.

Aprendió el manejo del balón sobre los suelos duros, pedregosos, de un barrio conflictivo de su ciudad natal, Boulogne-sur-Mer, en la costa del canal de la Mancha. Allí se acostumbró a bregar con chavales de mayor edad y corpulencia. Le vienen de entonces su habilidad para el regate y su instinto luchador que a veces degenera en acometidas de ira. No pudo como otros refinar su personalidad con cultura, y aun cuando en la edad adulta obtiene equilibrio emocional en la familia y la religión (se convirtió al islam en 2006), ha cometido errores graves. Ahora mismo tiene una cuestión pendiente con la justicia de su país por comercio sexual con una menor. Ciñéndonos, no obstante, a lo deportivo, basta verlo correr, gesticular, alegrarse o perder los nervios para comprender que nunca dejó de ser el muchacho que jugaba a fútbol en las calles de su ciudad natal. Fue muy peleón, particularmente cuando los otros le hacían burla por las marcas que le dejó en la cara un accidente de tráfico sufrido a la edad de dos años.

Cuando habla del Bayern, Ribéry acostumbra decir “mi casa”. La relación no siempre ha sido armoniosa. Con el entrenador holandés Louis van Gaal no congeniaba. Van Gaal, un sargento colérico y, como estratega, un jugador de ajedrez con futbolistas, no lo supo manejar. Van Gaal pertenece al tipo de entrenador autoritario, propenso al rapapolvo, incluso en público, que impone un control tan riguroso de movimientos sobre su equipo que termina desquiciando a los jugadores. No había más que ver cómo estos, al término de una carrera, un pase, un centro, un remate, volvían la mirada hacia el banquillo para leer en la cara del entrenador si habían hecho bien o mal. Ribéry estuvo a dos dedos de preparar las maletas. Anduvo, como él mismo ha revelado, en tratos con equipos españoles. Y seguramente el traspaso se habría efectuado si no llega a ser por la llegada proverbial de Jupp Heynckes, un hombre infinitamente menos tosco y más comunicativo que su antecesor en el puesto.

Nadie mejor que Heynckes comprendió la naturaleza de Franck Ribéry como deportista y como persona. Lo explicó ante las cámaras en repetidas ocasiones. Franck, como lo llamaba, es un jugador hecho en la calle. Necesita la improvisación, el regateo, el criterio instintivo; en suma, necesita divertirse. A Ribéry lo anulas si le dictas todos sus pasos en el campo. Déjalo y te dará alegrías. Heynckes, que le enseñó a las buenas algo de disciplina, acertó de pleno.

Pero quizá no fue consciente de su mayor acierto. Y es que Ribéry actualiza en cada partido el modelo de su padre. Su padre fue un tipo duro que nunca se dejó arrugar y trabajaba a destajo para sustentar a sus cuatro hijos. Complacer a su padre o a quien en el escenario del partido cumpla dicha función, he ahí el gran estímulo y la felicidad de Ribéry. Cuando le metió un gol al Chelsea durante la pasada disputa de la Supercopa, corrió eufórico a echarse en brazos de Pep Guardiola, la encarnación paterna en aquellos instantes. Si el nuevo entrenador del Bayern lo sabe llevar, si le da afecto y le dosifica con perspicacia los elogios, Franck Ribéry se lo pagará con actuaciones memorables.

 

La árbitra

Por: | 01 de septiembre de 2013

Abitra
Mijatovic, del equipo Ingolstadt, toca el pecho de la árbitra Bibiana Steinhaus.

Bibiana Steinhaus tiene 34 años. Es una rubia y espigada agente de policía de la Baja Sajonia; pero ninguno de estos atributos la hacen merecedora de figurar en los anales del fútbol alemán, donde sin embargo ya tiene asegurada una página.

Bibiana Steinhaus es la primera mujer que arbitra partidos de fútbol profesional masculino en Alemania. Hay un precedente en Suiza, pero queda fuera de mi jurisdicción temática. Steinhaus empezó de juez de línea y, desde 2007, interviene de árbitra principal en Segunda División. Otras veces sigue los lances del juego con pinganillo desde la banda, actuando de cuarto árbitro en los encuentros de la Bundesliga. Quizá el vocablo “árbitra” suene inusual al oído hispano, pero habrá que acostumbrarse.

Por supuesto que Bibiana Steinhaus ha arbitrado y arbitra a equipos femeninos, tanto en la liga nacional como en encuentros internacionales. Su buen hacer le ha granjeado numerosos galardones. Y como ocurre a menudo cuando una mujer se adentra en terrenos tradicionalmente reservados a los varones, la voluntad de evitar errores estimula la dedicación y el esfuerzo que al fin conducen a resultados óptimos. Dicho con otras palabras, Bibiana Steinhaus es competente, tiene carácter, se mantiene en buena forma física y, por todos esos caminos y acaso por alguno de índole estética, ha obtenido la aceptación general.

Pero es mujer, a mucha honra, y a ver cómo me explico yo sin herir susceptibilidades. Partiré de una irrebatible definición de parvulario. Una mujer es un ser humano con dos pechos. Dada su condición femenina, las árbitras no están exentas de dicha particularidad. Estas palabras no pretenden reducir a la mujer a una mera consideración física, pero es que ocurre cada cosa en un campo de fútbol...

 

O sea, que Bibiana Steinhaus tiene sus pechos de la misma manera que los jugadores tienen sus manos, manos que sirven para múltiples usos, como todo el mundo sabe, también para tocar. Y no es que se haya convertido en una tradición tocarle los pechos a la árbitra, pero el lance presenta ciertos visos de continuidad. Ella se lo toma con profesional indulgencia. Llegado el caso, escruta el semblante del manoseador por si ha habido intencionalidad. Al parecer, nunca la ha habido hasta la fecha. Entonces el juego prosigue como si tal cosa. El jugador sabe que Bibiana Steinhaus no sólo está provista de glándulas mamarias, sino también de tarjetas, y que no es ella persona vacilante a la hora de aplicar el reglamento.

Sucedió en marzo pasado, durante un encuentro de Segunda División entre el Kaiserslautern y el Ingolstadt. Venció el primero. Total, que Bibiana Steinhaus va y pita penalti contra el Ingolstadt, cuyos jugadores corren a rodearla con la esperanza inútil de que la autoridad retire su decisión. La árbitra se acerca a toda pastilla al punto de penalti. Un tal Mijatovic, del equipo penalizado, intenta detenerla para decirle, para rogarle, para protestar. Está acalorado, calcula mal y planta una mano allá donde los árbitros lo tienen todo liso. Ella dijo que no se enteró; él, que no se acuerda. Hay fotos que ilustran la escena.

En 2010, hubo una acción parecida en sus componentes esenciales, sólo que con una sutil variante que se deja interpretar como muestra de reconocimiento, incluso de afecto. A Peter Niemeyer, fornido capitán del Hertha BSC Berlín, se le ocurre con ocasión de un remanso del juego darle una palmadita de aprobación a la árbitra. La tiene a su lado, pero no la mira. Sin duda percibe su presencia con el rabillo del ojo y, acostumbrado a que el silbato lo soplen varones, no piensa en la proximidad de partes anatómicas femeninas. Conque nada, consuma el gesto (puede verse en internet) rozando/acariciando con la mano un seno. Insólita situación. ¿Qué hace un seno en medio del partido? La propia árbitra, sorprendida, se lo mira. El jugador afirma su inocencia al modo de un niño necesitado de demostrar su bondad. El comentarista de televisión se monda de risa y Bibiana Steinhaus no tiene compasión. ¿Saca tarjeta? Aún peor. Dedica al jugador esa sonrisa suya con la que suele imponer en el terreno de juego más calma y orden que sus varoniles colegas con entrecejos arrugados, advertencias y castigos.

El País

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