Balón teutón

Sobre el blog

Crónicas de la Liga más alemana del mundo.

Sobre el autor

Fernando Aramburu

, donostiarra, es autor de cuentos y novelas. Desde 1985 reside en la República Federal de Alemania, donde se dedicó durante largo tiempo a la docencia. Entretanto cayó el muro, como caen tantas cosas. Y hoy pulsa las teclas y no precisamente las del piano. Lo que más le gusta del fútbol es la literatura, o sea, el barro y el gol en el último minuto, la épica y la lírica.

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Weidenfeller, por fin internacional

Por: | 27 de noviembre de 2013

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Weidenfeller, durante un entrenamiento con la selección alemana. / SVEN HOPPE (EFE).

Pasan los días y cada vez falta menos para el comienzo de la Copa del Mundo. El seleccionador nacional Joachim Löw asegura tener bastante perfilada la lista de jugadores que vestirán la camiseta alemana en Brasil, si bien no descarta incorporaciones de última hora. Lo cierto es que se está quedando sin centrocampistas. Las lesiones han dejado fuera de combate a Schweinsteiger, Gündogan y Khedira. Le sobran, en cambio, buenos porteros que podrían sustituir en caso de apuro al titular indiscutible, Manuel Neuer.

Tras largos años de ninguneo, ha decidido convocar por vez primera a Roman Weidenfeller, el número 1 del Borussia Dortmund. Weidenfeller llega a la selección nacional de su país a una edad en que otros futbolistas empiezan a considerar seriamente la idea de colgar las botas, aunque ya sabemos que los porteros duran más. A sus 33 años, Weidenfeller ha reconocido públicamente que su carrera deportiva habría quedado incompleta si él no hubiera sido llamado a formar alguna vez parte de la selección. En calidad o no de suplente, eso es otra cosa. Que su entrenador, Jürgen Klopp, presionó cerca de Löw para que contara con su pupilo (y amigo), no lo ignora nadie en Alemania. En todo caso, el nombramiento de Weidenfeller estuvo precedido por una reunión privada de ambos entrenadores.

Lejos de obstaculizar sus legítimas aspiraciones, la edad ha favorecido la llegada de Weidenfeller a la selección. Con los años, el jugador no sólo ha acumulado experiencia en competiciones europeas, sino que ha aprendido a refrenar su pasada tendencia a las reacciones temperamentales. Tanto Löw como el entrenador nacional de porteros, Andreas Köpke, lo juzgaban excesivamente impulsivo. Hoy es un hombre maduro, provisto de personalidad y estilo de líder. Tiene, además, la fortuna de defender la portería de un equipo de primer nivel, finalista de la última Liga de Campeones.

 

El exportero internacional Uli Stein ha razonado por escrito en un periódico deportivo alemán la decisión, a su juicio acertada, de incorporar a Weidenfeller a la selección. Stein postula la presencia de un tercer portero que aporte veteranía y tranquilidad, y sea un factor positivo para la convicencia del grupo. Menciona a este respecto la participación como suplente del veterano Butt en el Mundial de Sudáfrica.

Una competición tan importante no puede ni debe servir, añade, de laboratorio para hacer experimentos ni para correr riesgos innecesarios. No es insólito que el portero titular haya de abandonar el campo por lesión o debido a una tarjeta roja; conviene entonces disponer de un sustituto capaz de aguantar la presión y poner al servicio del equipo una dilatada experiencia en compromisos semejantes.

Once años lleva Roman Weidenfeller defendiendo la portería del Borussia Dortmund. Él mismo gusta de compararse con los vinos nobles, que mejoran con el tiempo. Y no le falta razón. En la pasada Liga de Campeones paró el 77% de los tiros a puerta y truncó 14 de 17 ocasiones claras de gol. Ningún otro portero hizo tantas paradas como él en el curso de dicha competición.

Su progresión, sin embargo, no se limita al cometido de defender los palos. De acuerdo con las características del fútbol moderno, participa desde su posición retrasada en la creación del juego de su equipo, en el que a menudo interviene como iniciador. Para ello recibe entrenamiento específico de Teddy de Beer, antiguo portero del Borussia, con quien se ejercita en el control del balón con los pies, en la técnica del pase preciso y en simulaciones de situaciones imprevisibles, como los tiros desviados o los pases defectuosos hacia atrás de sus compañeros.

 

Roman Weidenfeller está dispuesto a ejercer de portero hasta el año 2020. Cumplirá entonces 40 años. No le faltan precedentes que él considera sus modelos: Edwin van der Sar en el Manchester United o su compatriota Jens Lehmann, quien con 41 años todavía jugaba en el Arsenal.

Claro está que entre los postes sólo puede jugar uno. De ahí que esta historia de Weidenfeller con aparente final feliz tenga un neto perdedor, cuyo nombre es Ron-Robert Zieler. Todo parece indicar que Zieler perderá el puesto en la selección, por más que algunos lo consideren el mejor portero alemán del presente. Su problema, de díficil solución, es que juega en el modesto Hannover 96.

El Gladbach y la era Favre

Por: | 25 de noviembre de 2013

Se ha extendido últimamente entre los comentaristas deportivos alemanes una convicción según la cual ahora mismo el Borussia Moenchengladbach vendría a ser el mejor equipo de la Bundesliga después de los mejores. La afirmación puede sonar a una de esas bromas tan habituales en un país aficionado por demás al cultivo de la ironía. En todo caso, la historia reciente del Gladbach, como se conoce popularmente al Borussia, no es la de un equipo que quiere y no puede; antes bien, la de un gigante dormido que se está despertando y al que pronto, como en sus viejos tiempos de gloria (años setenta, principalmente), habrá que volver a tener en cuenta en las competiciones europeas.

La creciente fortaleza del Gladbach proviene del fomento de una cantera propia, combinado con una política perspicaz de fichajes. Y a este respecto hay que reconocer la buena mano de su director deportivo, Max Eberl. Es fácil definir (más fácil sin duda que llevarla a cabo) la susodicha política: comprar la fruta buena y barata, aunque todavía no esté madura; venderla cara y, por nada del mundo, entrar en números rojos.

Tres ejemplos para ilustrar la teoría: Marco Reus costó al Gladbach un millón, fue vendido al Borussia Dortmund por 17,1; Marko Marin (hoy cedido por el Chelsea al Sevilla) costó 40.000 euros (una ganga, tal como está hoy el mercado), fue vendido al Werder Bremen por 8,2 millones; el brasileño Dante costó 2,5 millones, el Bayern Múnich pagó 4,7.

El dinero fue invertido con cerebro en la conformación de una plantilla competitiva, capaz de plantar cara a los grandes, como se vio hace pocas semanas en aquel partido memorable, con un Ter Stegen heroico en la portería, que el Borussia Dortmund acabó perdiendo y aún no sabe cómo. Jügen Klopp, con su franqueza habitual, elogió al final del encuentro la multifuncionalidad de los jugadores del Gladbach, su disciplina y astucia para ganar un partido siendo netamente inferiores.

 

Fevre

Lucien Favre, en un partido liguero. / AFP

El artífice de esta obra de ingeniería futbolística es el entrenador suizo Lucien Favre, un sabio del fútbol y un perfeccionista de quien se dice que entrena enseñando. Lo corroboran algunos jugadores, seguros de que con él han mejorado. En 2011 llegó a un Gladbach desquiciado al que salvó in extremis del descenso a Segunda División. Desde entonces la evolución del equipo ha sido siempre en positivo.

Favre (nombrado segundo mejor entrenador del 2012, por detrás de Klopp) es un denodado cultivador de las estrategias atacantes y de los pases rápidos y cortos a la manera del tiqui-taca. Por dicha razón, el Gladbach recibe en ocasiones el apelativo de Borussia Barcelona. Es un equipo goleador (iguala en tantos al Bayern) con una delantera de lujo. Su flanco débil: deja escapar puntos en los partidos fuera de casa.

Este año incorporó al internacional Max Kruse, procedente del Friburgo, y al brasileño Raffael, a quien Favre ya había entrenado con anterioridad en dos equipos. Ambos jugadores son en gran medida responsables de la buena marcha del equipo esta temporada. A ellos se unen el rápido y hábil Herrmann y el venezolano Juan Arango, que todos los años mete tres o cuatro goles de museo. Sus tiros desde la distancia con el pie izquierdo representan hoy por hoy uno de los mayores atractivos de la Bundesliga. Corren, no obstante, de un tiempo a esta parte rumores acerca de su posible marcha. Su edad, 34 años, impide integrarlo en un proyecto a largo plazo, en la que llaman “era Favre”.

Parecidos rumores sitúan asimismo a Ter Stegen fuera del equipo el año que viene. Él ya está harto de que le pregunten si fichará o no por el Barça y el director deportivo repite que el joven portero tiene contrato hasta 2015 con el Gladbach. Su contribución a la excelente campaña que está llevando a cabo su equipo es innegable. Otro tanto puede decirse del centrocampista Granit Xhaka, internacional suizo, tras su decepcionante actuación del año pasado.

Claro que de poco sirven una táctica ofensiva y unos excelentes y espectaculares goleadores sin una defensa sólida. Con 16 goles encajados, el Gladbach es uno de los equipos menos batidos de la actual Bundesliga. Una prueba de su fortaleza defensiva es que hasta la fecha nadie ha logrado hacerle aún gol de saque de esquina. Le falta, por cierto, uno de sus defensas más seguros, el español Álvaro Domínguez, que en octubre pasado se fracturó una clavícula.

Un derbi violento

Por: | 20 de noviembre de 2013

Hannóver, donde tengo el gusto de residir, es una ciudad tranquila. Salvando las debidas distancias, la conceptúo como la Valladolid de Alemania. Capital de una región poco poblada, en una ancha llanura, atravesada por un río modesto, lejos del mar, está representada en la Bundesliga por un equipo con trayectoria de ascensor. Hannóver no pertenece al grupo selecto de ciudades alemanas de donde parten los mayores impulsos económicos y culturales del país; pero tiene árboles, una estupenda oferta musical, un lago con cisnes y carpas, y ya digo que es tranquila. Bueno, es tranquila salvo cuando juegan determinados equipos de fútbol.

El problema es imputable tanto a los visitantes como a los locales. Sucede que una fracción de ultras del Hannover 96 gusta de comportamientos indignos de sociedades civilizadas. El presidente Martin Kind no tiene inconveniente en señalarlos con el dedo. Son, dice, sobre todo esos del bloque N16 y N17. Lo cierto, sin embargo, es que los señalados están ahí y ahí siguen, portándose mal desde hace años, sin que la impotencia y la resignación de los responsables de la seguridad en el estadio los neutralicen a la manera, por ejemplo, del Borussia Dortmund, que acaba de retirar el abono a cuatrocientos aficionados al vandalismo de fin de semana, y meses atrás a un espectador por hacer el saludo nazi en la grada.

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Aficionados ultras del Hannover 96, durante el partido contra el Eintracht Braunschweig./ AFP

Ya empezaron a sonar voces de alarma en las postrimerías de la pasada temporada, apenas se hubo consumado el ascenso a la Bundesliga, tras 28 años de ausencia, del Eintracht Braunschweig (Brunswick en algunos mapas). Padecíamos un derbi, el de los rojos del 96 y el Wolfsburgo, que afortunadamente, aunque sea de alto riesgo, suele saldarse sin destrozos de consideración. El restablecimiento del derbi bajosajón con el Eintracht Braunschweig es distinto por cuanto suscita pulsiones que sobrepasan la rivalidad, incluso la mutua animadversión, para adentrarse con pie firme en las ciénagas del odio. Lo que vimos el otro día en la ciudad no deja margen a la duda.

El partido en sí fue pacífico, además de tedioso. Dos tarjetas amarillas, ninguna jugada especialmente polémica, empate a cero. La guerra estuvo en las gradas, en los alrededores del estadio antes y después del encuentro y, por la noche, en la parte vieja y en la estación. Dentro del estadio hubo quema abundante de material pirotécnico, además de una profusa y ensayada coreografía (cánticos, pancartas, consignas) ostensivas de un odio visceral. En ningún caso los altercados obedecieron a motivaciones políticas.

El despliegue policial fue mucho más numeroso que en otros días de partido. Dos mil agentes, con dotaciones desplazadas ex profeso a Hannóver, tuvieron faena hasta altas horas de la madrugada. Nadie ignora que, en el conjunto de los aficionados al fútbol, los violentos constituyen un grupo menor. Se bastaron, no obstante, ellos solos para provocar un enorme perjuicio a la imagen de la ciudad.

 

Las fuerzas de orden público, con sus secciones de antidisturbios, caballería, perros, y con el uso de cañones de agua consiguieron, a costa de poner en peligro su salud, impedir el peor de los escenarios: una batalla de consecuencias impredecibles entre los dos bandos A cambio, tuvieron que hacer frente a los ataques de unos y otros, repartidos en algunos casos, con estrategia de guerrilla urbana, en grupos menores.

Hubo heridos, detenidos y cristales rotos. Se deja imaginar que los gastos derivados de la masiva intervención policial son cuantiosos. Dichos gastos se cubren con dinero público, para irritación de no pocos ciudadanos, en su mayoría ajenos al fútbol, partidarios de que sean los clubes profesionales los que subvengan a la seguridad de su negocio.

Se ha criticado la negativa de la Federación Alemana de Fútbol a cambiar la fecha del partido, que un infortunado azar hizo coincidir con los actos conmemorativos del cuarto aniversario del fallecimiento de Robert Enke. La memoria del antiguo jugador del Hannover 96 fue ultrajada por hinchas del Braunschweig. Hay quienes consideran un error que el partido se jugara a partir de las ocho y media de la tarde, en horas oscuras por estas fechas, lo que dificultó notablemente la labor de la policía. ¿Se ha aprendido algo de todo esto? Conoceremos la respuesta a principios de abril, cuando a los dos equipos les toque enfrentarse en Braunschweig. He ahí una ocasión ideal para estar lejos.

Robben, jugador conflictivo

Por: | 17 de noviembre de 2013

Hay quienes auguran a Pep Guardiola una relación difícil con Arjen Robben. Bernd Schuster, por ejemplo, pero también otros. Se trata de una profecía fácil. No sé antes, pero desde que se incorporó al Bayern de Múnich hace cuatro años, Arjen Robben ha suscitado numerosas discordias. Con Van Gaal, con Heynckes, ahora con Guardiola.

Los problemas en los que estuvo envuelto el jugador holandés más o menos se solventaron por la confluencia de dos factores: porque se lesionó, cosa que le sucede con cierta frecuencia, y entonces hubo un tiempo de paz en el terreno de juego y en el vestuario; o porque los triunfos del Bayern, conseguidos, eso sí, con su crucial participación, dejaron en segundo plano las disputas entabladas por el camino.

Todo quisque tiene un yo, o sea, una conciencia de sí mismo similar a un recipiente en el que caben las ambiciones, los deseos, la autoestima, el conocimiento, la memoria y, en fin, el complejo mecanismo psicológico que conforma la personalidad de los seres provistos de inteligencia. Y ocurre que algunos especímenes arrastran por la vida un yo de tamaño tolerable que puede llevarse en el bolsillo del pantalón, y otros que cargan uno desmesurado sobre los hombros como Atlas el mundo. A esta última categoría pertenece, al menos cuando juega al fútbol, Arjen Robben.

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Guardiola da instrucciones a Robben durante un partido con el Bayern de Múnich./ EFE

Un jugador que ejerce el egoísmo no tiene por qué suponer un perjuicio para el equipo. Hay incluso entrenadores que fomentan selectivamente dicha actitud, en la esperanza de colocar sobre el campo a jugadores con carácter que lideren al grupo y asuman en todo momento responsabilidades. El egoísmo se compensa en tales ocasiones con otros atributos. Un genio del balón no puede ni acaso debe interpretar la disciplina colectiva como una limitación de sus aptitudes. Esta es la razón por la que a Arjen Robben aún no lo han mandado a freír espárragos. Es un jugador extraordinario. Punto.

Pero también es lo que popularmente se conoce con el apelativo de chupón. A menudo juega su propio partido a expensas del esfuerzo y la paciencia de sus compañeros, no pasa la pelota y busca a toda costa el lucimiento personal, menoscabando la armonía del colectivo. Mal predispuesto a las críticas, imbuido de un extraño sentido de la camaradería, varias veces ha empleado la violencia contra sus compañeros.

Así en abril de 2012, a raíz de unos reproches por su manera insolidaria de jugar. Al término de un partido contra el Real Madrid (2-1 a favor del Bayern), retirado el equipo al vestuario, Robben le puso a Frank Ribéry un ojo a la funerala de un puñetazo. Parecida discusión entre ambos se repitió, esta vez sin golpes, después de un partido contra el Schalke. En dicha ocasión también intervino Schweinsteiger como capitán en tono admonitorio. Para entonces es probable que al delantero Thomas Müller se le hubieran quitado las ganas de encararse con el holandés, quien le apretó el gaznate y le sacudió un puñetazo en enero de 2011, no precisamente a puerta cerrada, sino sobre el campo del Werder Bremen ante tropecientos mil espectadores y unas cuantas cámaras de televisión.

 

A todo ello se añade la mala cara que pone y las quejas en público cuando no juega de titular. Jupp Heynckes supo bajarle los humos durante la gloriosa temporada 2012-13, demostrándole de paso que es más prescindible de lo que se cree. Enterado Heynckes de que al cabo de unos meses sería sustituido por Guardiola, no tuvo el menor empacho en relegar a Robben un tiempo al banquillo. El jugador insinuó en público su deseo de cambiar de equipo, cosa que a Heynkes le importó lo mismo que el nacimiento de un cangrejo en el fondo del mar. Al final Robben se sometió; volvió a jugar, incluso pasando el balón a sus compañeros, y hasta tuvo el honor de meter el gol de la victoria de su equipo en la final de la Liga de Campeones.

Lo quiera o no, Pep Guardiola tendrá que vérselas con el tigre holandés. Y mal va a ir como no lo sujete a su autoridad. Días atrás el jugador le hizo un desplante feísimo sobre el campo en venganza por el penalti que el entrenador no le había permitido tirar en el partido anterior. De momento la cuestión se ha resuelto de la manera acostumbrada. Robben ha estado un tiempo incapacitado de jugar por molestias en la ingle.

Bocadillo de bengala

Por: | 13 de noviembre de 2013

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Hinchas del Borussia Dortmund rodeados de bengalas / afp

El idioma alemán reserva para ellos el nombre de Chaoten, que, traducido literalmente a nuestra lengua, daría algo así como caóticos. O sea, causantes de desorden, peleas, destrozos; los cuales, en una sociedad ordenancista, propensa a la disciplina colectiva y a la regulación minuciosa de la vida pública, suscitan un rechazo generalizado. Huelga decir que la palabra tiene connotaciones reprobatorias.

El problema es grave, si bien conviene precisar que en la Bundesliga afecta a unos equipos más que a otros. Algunos opinantes con ciertos asomos de cinismo se alegran de que existan los estadios de fútbol, entendidos como grandes ollas donde el bruto puede desfogar, en compañía de otros de la misma calaña, sus pulsiones primitivas. Una manera eficaz, dicen, de retirarlos de la calle.

A los equipos (algunos de ellos acribillados a multas por el comportamiento de una fracción pequeña, pero ruidosa, de sus seguidores), la infiltración de grupos vandálicos en las gradas no les hace ninguna gracia. Celebran reuniones con las peñas, instalan cámaras para filmar a los autores de las fechorías, vetan la entrada de los identificados y hacen todo tipo de llamamientos y campañas en favor de una conducta civilizada en los estadios y sus alrededores. No es insólito, sin embargo, que estas iniciativas apenas obren efectos pasajeros y que, transcurridas unas pocas jornadas de calma estratégica, las hordas vuelvan a la acción.

Las alarmas volvieron a sonar con ocasión del reciente derbi entre el Schalke 04 y el Borussia Dortmund, equipos de dos ciudades vecinas cuya rivalidad excede largamente los límites deportivos. Las agresiones comenzaron fuera del estadio, horas antes del inicio del partido. Y, como de costumbre, la policía se las vio y deseó para mantener separadas a ambas aficiones. En el campo la nota negativa la puso un grupo de ultras del Borussia. El encuentro, que empezó con cinco minutos de retraso, estuvo a dos dedos de ser suspendido.

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Weidenfeller pide a sus aficionados que dejen de lanzar bengalas / reuters

Como se sabe, los equipos están obligados a controlar a los espectadores en las diversas puertas del estadio. Registrar concienzudamente a cuarenta, cincuenta o sesenta mil espectadores que llegan en muchedumbre es punto menos que imposible. A nadie se le escapa que los registros son superficiales. Los propios aficionados refieren que resulta muy fácil introducir en el campo material pirotécnico. Por ejemplo, bajo la ropa de las mujeres, a las que los porteros no llegan a cachear con la misma intensidad que a los varones.

Pero hay otros escondites y trucos. El pan del bocadillo, el tubo de las banderas, si no es que los cohetes, petardos y bengalas fueron introducidos días antes, con ocasión de una visita al estadio, o son arrojados por encima de la valla a los compinches que ya han cruzado los puestos de control.

Y si dijéramos que los muchachos con pasamontañas se limitan a producir fuego y humo de colores, aún se les podría dar parcialmente la razón a quienes afirman que  sólo pretenden crear ambiente festivo. Sin embargo, lo que se vio días atrás en el Veltins Arena del Schalke no tiene nada que ver con una fiesta y sí con la voluntad evidente de hacer daño. Se lanzaron cohetes a las gradas donde se apretaban los aficionados del equipo rival, con no poca presencia, por cierto, de niños. Y todo ello antes de empezar el partido, esto es, sin que mediaran jugadas polémicas que hubiesen podido calentar los ánimos.

El portero del Borussia Dortmund, Roman Weidenfeller, en un gesto que lo honra, se dirigió a la curva de los suyos, envuelta en humo. Pues bien, tuvo que esquivar sobre el césped un cohete que le podía haber dejado aspecto de carbonero. Al día siguiente, la prensa criticó que, al final del partido, los jugadores del Borussia se acercaran a celebrar la victoria a la curva ocupada por los mismos que habían armado el follón.

Al Eintracht Frankfurt le cayó en enero pasado, por no impedir la quema de bengalas y petardos en su estadio, así como por el lanzamiento de artilugios pirotécnicos al terreno de juego, una multa de cien mil euros. Por idéntica causa, el Borussia Dortmund lleva apoquinados en los últimos cinco años doscientos quince mil euros, más los que deberá pagar por lo del otro día. La Federación Alemana de Fútbol estudia la posibilidad de castigar al equipo con algún que otro partido jugado a puerta cerrada. Seguiremos, pum, informando mientras sobrevivamos.

La tragedia de Robert Enke

Por: | 10 de noviembre de 2013

Como si no fuera bastante para tenernos encogidos este decorado murrioso, de penas lentas, desvaídas, con cielos pintados de gris uniforme, viento frío, lluvias pertinaces, árboles pelados y prematuros atardeceres, noviembre nos trae desde hace cuatro años a los residentes de Hannóver un suplemento de tristeza en el recuerdo de Robert Enke.

La memoria me da ahora la imagen de la pantalla negra del televisor, con el teletexto que consigna la muerte del futbolista, pero no explica cómo ha sucedido; el acto fúnebre días después en el estadio del Hannover 96, con las gradas abarrotadas por una multitud silenciosa; el ataúd transportado por los compañeros y a Teresa Enke, la viuda del jugador, describiendo en público, con admirable entereza, los abismos inconfesados que atormentaron a su marido.

Ya sabemos. La vida da, la vida quita. A unos da más, a otros menos y al final (ya he avisado que tengo mi noviembre) reclama la provisión completa de átomos prestados. Conocida la biografía de Robert Enke, su peripecia vital me evoca un gráfico de sismógrafo, representativo tanto de los estados anímicos variables del jugador como del empeño extremado que puso la vida en procurarle algunos triunfos y amargárselos.

La carrera deportiva de Robert Enke compone una sucesión de cimas y honduras. Estas últimas guardan un vínculo estrecho con la fragilidad psicológica del futbolista. A punto de cumplir 19 años, el Borussia Moenchengladbach lo incorpora a su plantilla, al principio como tercer portero. Tras dos temporadas en el banquillo, logra por fin la titularidad; pero entonces el equipo desciende de categoría. Enke no quiere jugar en Segunda División y acepta una oferta del Benfica.

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Robert Enke, con el Hannover 96.

En Lisboa lo espera una época en líneas generales dichosa a pesar de los difíciles comienzos. No bien ha estampado su firma en el contrato, lo acomete un ataque de angustia. El miedo a fracasar será para él desde entonces una sombra negra que lo acompañará a todas partes. Jupp Heynckes, entrenador por entonces del Benfica, lo sabe llevar, le transmite calma, le confía el brazalete de capitán. Lisboa depara a Enke otras felicidades. Allí conoce a su futura esposa.

En 2002, Enke escala otra cumbre, la más alta tal vez. Ese año ficha por el FC Barcelona. El holandés Van Gaal, no precisamente un dechado de sensibilidad y dulzura, entrena al equipo. Enke no termina de cuajar. Y de pronto se le hunde el monte entero bajo los pies. El Barça, con Enke en la portería, queda eliminado de la Copa del Rey tras perder 2-3 contra el Novelda, de Segunda B. Frank de Boer culpa en público de la derrota al portero. Van Gaal deja de contar con él. Robert Enke sucumbe a la depresión. Su biógrafo y amigo Ronald Reng dedica al episodio de Barcelona páginas escalofriantes.

Cedido al Ferenbahçe de Estambul, ya en el primer partido la afición lo abuchea y le lanza objetos. Enke opta por rescindir el contrato y está un tiempo sin jugar hasta que ficha por el CD Tenerife, entonces en Segunda División. Pasa poco tiempo en la isla; con todo, el suficiente para enderezar su carrera deportiva. En 2004 se incorpora al Hannover 96, equipo con el que participará en 164 partidos de la Bundesliga.

En Hannóver es titular indiscutible, además de capitán. Los aficionados lo veneran. El entrenador nacional lo llama a la selección. Poca gente sabe, sin embargo, que la balanza de Robert Enke está empeñada en colocar más peso en el platillo de los infortunios que en el de las venturas. Su hija Lara, nacida con un defecto del corazón, muere a los dos años. Los Enke buscan consuelo en la adopción de un bebé y en el rescate y cuidado de perros callejeros. Elegido portero titular de Alemania para la Eurocopa de 2008, Enke se fractura el hueso escafoides. Tras recuperarse de la lesión, es nuevamente convocado; pero declina alegando una infección. La verdad es otra: el miedo obsesivo a que el centro protector de menores le arrebate la hija adoptiva, las dudas corrosivas sobre su propia valía como jugador y la pérdida de autoestima lo han hundido en una depresión de la que intenta salir con la ayuda secreta de un psiquiatra y de fármacos. En vano. El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke se arrojó al tren en un paso a nivel, no lejos de su casa.

El seleccionador Joachim Löw

Por: | 06 de noviembre de 2013

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Joachim Löw, durante un entrenamiento de la Eurocopa de 2012. / GETTY

Siete años lleva Joachim Löw como entrenador de la selección nacional alemana de fútbol, en la que ejerció con anterioridad de asistente. La opinión general en su país considera a Löw el hombre idóneo para el cargo, lo cual no empece para que al término de algunos partidos reciba sus buenas raciones de crítica.

El balance es el que es. Bajo su mando, la selección alemana no ha logrado título alguno, aunque ha llegado lejos en los tres grandes torneos en que ha participado. El reproche queda, no obstante, minimizado por la circunstancia de que tampoco a las otras selecciones les ha sido dado quebrar la hegemonía española de los últimos años.

Löw acaba de renovar contrato hasta el 2016. Él mismo se ha puesto condiciones. Dimitirá, ha dicho, en caso de una mala actuación del equipo el verano que viene en Brasil. Las expectativas son grandes, puede que incluso muy grandes. Alemania acudirá al próximo Mundial con una selección repleta de jóvenes estrellas que ya saben lo que es triunfar en competiciones internacionales con sus respectivos equipos. Hay talento, disciplina colectiva y espíritu de victoria. Löw y su círculo de colaboradores llevan largo tiempo examinando hasta la última rueda catalina el juego de la actual selección campeona. Cada vez son más los entrenadores alemanes, Löw entre ellos, convencidos de que dicho juego es hoy por hoy neutralizable. Ya veremos.

Sea como fuere, hace tiempo que Joachim Löw incorporó a la selección alemana elementos estratégicos tomados del FC Barcelona de años recientes, y que elige a los jugadores en función de dicha línea de juego y no por el simple hecho de que brillen en sus equipos. Tal es el caso de Stefan Kiessling, pichichi de la Bundesliga en la temporada anterior, un rematador nato del Bayer Leverkusen que no encuentra sitio en los planes del seleccionador.

Con ocasión del reciente partido clasificatorio que enfrentó a la selección alemana con la irlandesa, un periódico deportivo tildó a Löw de “Guardiola light”. Él mismo proclama sin tapujos la admiración que siente por el técnico catalán, por sus aptitudes de estratega y por su sistema de juego que prescribe la posesión del balón y una lucha sin cuartel enderezada al dominio del centro del campo.

Otra figura del fútbol tradicional que no tiene cabida en este sistema es la del líbero. Lo mismo puede decirse, aunque siempre hay excepciones, de los jugadores corpulentos, a menos, claro está, que actúen retrasados. Y si suben a rematar de cabeza saques de esquina, tanto mejor. Es muy difícil no hallar similitudes físicas y de estilo, salvando las distancias, claro está, entre Götze, Reus, Lahm, Kroos y los españoles Xavi, Iniesta, Silva, Fábregas y compañía: finos de cuerpo, prodigiosos en la técnica, listos y ágiles, con don de la oportunidad y un diabólico instinto para clavársela bien clavada al rival cuando menos se lo espera. Antaño un tiarrón con un 2, un 3 o un 5 a la espalda se encargaba de partirles las piernas a estos jugadores menudos y habilidosos. Hoy día, tarjetas mediantes, ya no existe por fortuna esa posibilidad.

El punto débil de la selección alemana, reconocido por el propio Joachim Löw, es la defensa. El asunto viene de lejos y, tal como están las cosas a pocos meses para el comienzo de la Copa del Mundo, no va a ser fácil introducir mejoras sustanciales. ¿Cómo olvidar el inexplicable partido clasificatorio contra Suecia, que terminó 4-4 después que Alemania, a falta de media hora para el final del encuentro, fuera ganando 4-0?

Las deficiencias defensivas de la selección alemana están en el origen de una controversia reciente entre Löw y el entrenador del Borussia Dortmund, Jürgen Klopp. A este último, que, si por algo se caracteriza, es por no tener pelos en la lengua, se le figura que el seleccionador nacional no actúa correctamente con sus jugadores. Se refiere con ello a las críticas vertidas en público por Löw contra el central Hummels, a quien últimamente ha relegado al banquillo, o contra el lateral Schmelzer, un correcaminos todo corazón y entrega, cuyas cualidades juzga insuficientes para un compromiso de primer nivel como el de Brasil. Culmina la lista de agravios de Klopp la negativa reiterada de Löw a llamar al portero Weidenfeller. Al menos en este último punto logró arrancarle la promesa de que lo convocará.

El portero Ter Stegen

Por: | 03 de noviembre de 2013

STEGEN02Es sabido que a menudo la prensa deportiva cumple funciones de altavoz para los intereses de clubes y jugadores. No son pocos los futbolistas más o menos consagrados que directamente o por mediación de sus representantes recurren a ella para difundir pormenores de su situación contractual y, con mucha frecuencia, sus deseos de cambio. Anunciar ante micrófonos y grabadoras el propósito de dejar el equipo, como hizo en su día Valdés, es una manera legítima y probablemente eficaz de llamar a otras puertas.

Al poco tiempo de que el actual portero del Barcelona hiciera pública su decisión, sonó el nombre del joven Ter Stegen como posible sustituto. Estos días, tanto la prensa española como la alemana mencionan fechas, detalles de la negociación, cifras y hasta un viaje de Andoni Zubizarreta a Düsseldorf, al parecer cancelado en el último momento por un quítame allá esas pajas. O sea, por la exigencia alemana de cuatro millones de euros sobre la oferta de rescisión del contrato aceptada por el Barcelona.

Sea como fuere, el portero (aún) del Borussia Moenchengladbach (contrato hasta 2015) dijo recientemente, con gesto risueño, que ya chapurrea cuatro palabras en lengua española. De la lengua catalana no habló. Su mánager, por supuesto, lo niega todo y el club, como de costumbre en estos casos, no sabe, no contesta.

Hoy por hoy, de Marc-André ter Stegen no puede menos de afirmarse que le queda estrecho el apelativo de joven promesa. Joven lo sigue siendo. Tiene 21 años. Pero en lo que respecta a su desarrollo como portero, existe en Alemania la convicción general de que su talento ya da frutos maduros. No hay más que recordar su actuación días atrás, en el partido de la Bundesliga contra el Borussia Dortmund. Paró lo posible y lo imposible, y más no porque se acabó el partido. Al final, gracias a sus aciertos, el Moenchengladbach ganó a pesar del dominio abrumador de su adversario. Y no es sólo que Ter Stegen pare mucho y bien, sino que pertenece además a esa estirpe de porteros que inspiran seguridad a sus compañeros de la defensa.

Ter Stegen creció, hasta alcanzar el 1,89m de estatura, jugando en todas las categorías inferiores del Borussia Moenchengladbach, equipo de su ciudad natal. Su entrenador, el suizo Lucien Favre, lo sacó del filial y le otorgó la titularidad. Ter Stegen no tardó en pagarle las muestras de confianza con una actuación memorable que contribuyó en gran medida a salvar al equipo de descender a Segunda en los partidos de la promoción correspondientes a la temporada 2010-11. Con él en la portería, el Gladbach (abreviatura habitual) no ha vuelto a pasar apuros.

 

Es opinión extendida que, para seguir progresando en el camino de la excelencia deportiva, un futbolista con las cualidades de Ter Stegen debe a toda costa integrarse en un club que le garantice la participación frecuente en competiciones internacionales. Por eso la opción del Barcelona es para él sumamente atractiva, no sólo por razones económicas. En la actualidad hay en Alemania seis o siete porteros de fuste, con Neuer a la cabeza, aunque a este respecto divergen las opiniones de los entendidos. Con eso y todo, la competencia entre los porteros de la Bundesliga es muy fuerte, los puestos están copados y conviene, tanto para brillar como para que todo el mundo perciba el brillo, estar bien colocado en el firmamento futbolístico.

La experiencia como portero internacional de Ter Stegen se limita a las selecciones nacionales inferiores. Actualmente defiende la portería de la sub-21. El seleccionador, Joachim Löw, lo tuvo tiempo atrás en su agenda e incluso, a modo de prueba, lo alineó en tres ocasiones, si bien con escasa fortuna. En todas ellas, claro que no por culpa exclusiva del portero, perdió Alemania. La primera, 3-5 contra Suiza; la segunda, en sustitución del portero titular, expulsado por el árbitro, contra Argentina (por cierto, le paró un penalti a Messi) y la última contra Estados Unidos, partido en el que metió un gol en su propia portería. Ter Stegen quedó por entonces descolgado de la selección nacional. No es descartable, sin embargo, que vuelva a ella algún día, quién sabe si avanzando por un camino que, según dicen, lleva a Barcelona.

El País

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