Balón teutón

Sobre el blog

Crónicas de la Liga más alemana del mundo.

Sobre el autor

Fernando Aramburu

, donostiarra, es autor de cuentos y novelas. Desde 1985 reside en la República Federal de Alemania, donde se dedicó durante largo tiempo a la docencia. Entretanto cayó el muro, como caen tantas cosas. Y hoy pulsa las teclas y no precisamente las del piano. Lo que más le gusta del fútbol es la literatura, o sea, el barro y el gol en el último minuto, la épica y la lírica.

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Lahm, futbolista multiuso

Por: | 29 de diciembre de 2013

DV1591564Pep Guardiola ha confesado en repetidas ocasiones que siente debilidad por los centrocampistas. Si pudiera, dijo meses atrás, en tono de broma, a un periódico deportivo alemán, reuniría hasta veinte en la plantilla. Con similares pulsiones, otros coleccionan soldaditos de plomo.

A la hora de razonar en serio dicha predilección, Guardiola destaca en los hombres del centro su capacidad de interpretar el juego lo mismo hacia adelante que hacia atrás. Y además de por su flexibilidad, los aprecia (si son buenos, claro está) por la especial inteligencia que muestran para entender el juego colectivo, orientarlo en un sentido u otro e imponerle un ritmo.

Admira, según dice, a los futbolistas inteligentes. No bien se hizo cargo del Bayern Múnich, afirmó sentirse orgulloso de trabajar con el jugador a quien considera “el más inteligente” de cuantos ha entrenado a lo largo de toda su carrera. Se refería a Phillipp Lahm, capitán del equipo, así como de la selección de Alemania, quien en noviembre cumplió 30 años.

Lo curioso es que este jugador, una de las personalidades más relevantes del equipo bávaro, portavoz de sus compañeros dentro y fuera del campo, ha desarrollado la mayor parte de su carrera deportiva como defensa lateral. Su baja estatura (1,70 m) le impide ocupar posiciones centrales. Su tesón, su resistencia a la fatiga y sus rápidas piernas le han permitido, en cambio, destacar como carrilero, tanto en una banda como en otra, aunque él dice preferir la derecha.

Y entonces llegó Guardiola. Y, por esas cosas que pasan, se le empezaron a romper los juguetes: Thiago Alcántara, Javi Martínez, Mario Götze, Bastian Schweinsteiger, sus soldaditos del centro. Todos ellos cosidos y remendados por aquellos días en los que el entrenador catalán estaba tanteando las posibilidades de barcelonizar (en parte) el Bayern, cosa que los jugadores, habituados al juego atlético, más de fuerza que de habilidad, por lo visto aún no comprendían.

Guardiola, que acababa de perder la Supercopa alemana contra el Borussia Dortmund y de empatar en partido de liga con el modesto Friburgo, arriesgó colocando de centrocampista a Phillipp Lahm, figura emblemática del fútbol alemán de nuestros días, prototipo del tradicional estilo recio germano. No faltaron voces críticas al principio. Al seleccionador nacional Joachim Löw se le subieron las cejas hasta el flequillo. Y, sin embargo, la jugada de Guardiola dio tan buenos resultados que pronto enmudecieron las voces de los recelosos y el propio Löw se encontró con el problema de no saber dónde colocar a su jugador en el equipo nacional.

 

Mientras sus compañeros se recuperaban de sus respectivas lesiones y hasta que a él mismo un problema muscular lo puso un par de semanas de otoño fuera de combate, Phillipp Lahm hizo de Xavi Hernández en el Bayern Múnich. Algunos titulares de prensa insistieron en la circunstancia. El director deportivo del equipo bávaro, Matthias Sammer, también se expresó al respecto. En su opinión, Lahm estaba ocupando la misma posición que Busquets en el Barcelona, pero su estilo es similar al de Xavi. Destaca en ambos su elasticidad, el control del balón, la seguridad en los pases, así como el instinto para anticiparse al rival y poner cerebro al juego del equipo.

En el caso de Lahm, aun jugando más adelantado que de costumbre, sigue implicado en la brega defensiva. No obstante, su capacidad de adaptación a misiones nuevas corrobora la alta opinión que sobre su inteligencia futbolística tiene Guardiola. Las estadísticas abonan dicha hipótesis. Un ejemplo: en el partido de la Bundesliga contra el Bayer Leverkusen, Lahm puso por obra 113 pases, de los cuales 92 llegaron a las botas de sus compañeros. Una cifra más que loable.

Phillipp Lahm se siente, por supuesto, halagado por las comparaciones que lo vinculan con futbolistas a los que profesa admiración. Elogios aparte, Lahm ha manifestado públicamente su deseo de que tanto Guardiola como Löw tomen una decisión a poder ser concertada acerca de su posición en el campo. Dice estar dispuesto a cumplir el cometido que se le asigne; pero es comprensible que, a pocos meses de la Copa del Mundo, no le haga ninguna gracia la incertidumbre. Todo hace prever que volverá a su tradicional sitio en la defensa, lo uno porque es donde el seleccionador nacional lo ha puesto siempre, lo otro porque Pep Guardiola (quien, no obstante, se reserva cualquier opción) va recuperando poco a poco sus soldaditos del centro.

La hora de los ligeros

Por: | 25 de diciembre de 2013

Al término de la pasada temporada, el delantero Mario Gómez abandonó el Bayern Múnich rumbo a Italia, fichado por la Fiorentina. Días antes de su despedida, declaró que no se marchaba por razones económicas. Simplemente deseaba pasar más tiempo sobre el césped del terreno de juego que en el banquillo de los suplentes. Tenía la certeza de que en el Bayern lo esperaba este segundo destino.

A su juicio, el equipo bávaro se ha propuesto favorecer en adelante un estilo de fútbol que hace superfluos los servicios de un jugador de sus características. El Bayern había anunciado, además, la contratación de un entrenador, Pep Guardiola, partidario de los jugadores ágiles, ligeros, más bien bajos, muy a propósito para la posesión de la pelota y el dominio del centro del campo.

Mario Gómez no pertenece a dicha especie de futbolistas. Mide 1,89 m, pesa casi noventa kilos y es un delantero centro a la vieja usanza, con todas sus cualidades y su enorme potencia física orientadas al cumplimiento de una función primordial: rematar los balones que le lleguen. Un 9 demasiado estático para un colectivo que, bien porque no ceja en la presión, bien porque se consagra a la posesión de la pelota y ataca desde lejos, permanece en constante movimiento. Prefirió ganar menos dinero, pero ser titular.

La combinación de la rapidez, la multifuncionalidad del jugador y una técnica prodigiosa son ingredientes esenciales de lo que ahora mismo se entiende en Europa por fútbol moderno de alto nivel. El auge del futbolista habilidoso, pieza necesaria de un engranaje que evoluciona sobre el campo con la coordinación y el automatismo de una coreografía, ya era visible en España hace bastantes años, llevado en numerosas ocasiones a cimas de perfección por el FC Barcelona, el equipo que ha servido y quizá todavía sirve de modelo a tantos otros en los países europeos. No es insólito que un futbolista actual corra más de 11 kilómetros en el transcurso de un partido. Mira uno imágenes en blanco y negro de algún encuentro de los viejos tiempos y hay momentos en que, por contraste, parece que se jugaba andando.

En la Bundesliga, la presencia numerosa de jugadores dotados para esta forma acelerada de juego es reciente, empieza a dar frutos y es posible que domine el fútbol alemán durante largo tiempo. Es, sobre todo, la abundancia de jóvenes estrellas lo que llama la atención y permite confirmar la llegada al fútbol profesional alemán de una generación nueva de deportistas llamados a hacer historia.

La lista es larga: Marco Reus, Mario Götze, Ilkay Gündogan, Julian Draxler, Maximiliam Arnold y tantos otros vinculados por un similar espíritu ofensivo y una especial inteligencia para conducir el juego y hallar a cada instante soluciones eficaces a los distintos lances. ¿Son centrocampistas? ¿Son delanteros? Es perceptible el esfuerzo de la prensa deportiva alemana por encontrarles un apelativo justo: falso 9, centrocampista ofensivo, semidelantero...

A la hora de hacerles alguna objeción, suele mencionarse su limitada capacidad para rematar de cabeza. Más fácil es verlos meterse a fuerza de pases, fintas y regates con el balón en la portería del rival que hacer gol de un cabezazo. Este déficit aparente lo compensan con una portentosa paleta de cualidades. Lo mismo meten goles que los propician. Y no pocos de ellos son, además, expertos en el lanzamiento de tiros libres.

Viendo imágenes de antiguos partidos de fútbol, se comprende que estos jugadores actuales, finos de cuerpo, hábiles y veloces, no habrían podido prosperar ni tan siquiera conservar la integridad física en el choque con aquellas aguerridas y a menudo brutales defensas de otros tiempos. Hoy están más protegidos por los árbitros. Ganan los espectadores y gana el espectáculo.

No está del todo claro si estos jugadores que llaman ligeros son la consecuencia natural de un manera específica de practicar el fútbol, con mucho toque de balón, velocidad y cambio de posiciones, o si es el estilo el que nace de ellos. No faltan, como el seleccionar nacional Löw o el exjugador internacional Rudi Völler, quienes los creen compatibles con la presencia complementaria en el centro del ataque de un rematador nato. El propio Guardiola utiliza a menudo al croata Mario Mandzukic y no con malos resultados. Sería poco sensato aferrarse a una sola táctica pudiendo sorprender al adversario con otras variantes estratégicas para las que se dispone de hombres adecuados.

El rey Otto

Por: | 22 de diciembre de 2013

La prensa deportiva alemana ha importado la palabra española clásico. Ahora bien, un partido entre los dos mejores que sean siempre los mismos no existe en Alemania. Algunos dan la denominación de clásicos a los encuentros del Bayern Múnich con otro equipo de la Bundesliga que esté atravesando una buena racha. En la actualidad, el Borussia Dortmund; antaño, el Gladbach o el Schalke 04. Hubo una época, entre finales de los ochenta y principios de los noventa, en que el mayor rival de los bávaros fue el Werder Bremen de Otto Rehhagel (Essen, 1938), el rey Otto.

Franz Beckenbauer es el káiser y Otto Rehhagel es el rey, y con esos títulos regios han pasado los dos a la historia deportiva de Alemania. A Rehhagel el suyo le viene de cuando ganó la liga con el Werder en 1988. Durante los festejos del triunfo, los aficionados le ciñeron una corona de cartón. Estos ritos carnavalescos no son raros en un país que se quedó sin reyes y de vez en cuando los añora.
Por su palmarés (tres Ligas, otras tantas Copas y Supercopas, más una Recopa y la Copa de Europa de 2004), Otto Rehhagel es uno de los grandes entrenadores que ha dado Alemania. Uno, eso sí, de viejo estilo, que fía más en la veteranía, los recursos de la astucia y la motivación que en las sutilezas tácticas. Inventó el concepto de “ofensiva controlada”, una manera de anteponer el resultado a la estética. Resumió su estilo con una máxima: “Juega moderno quien vence”.

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Rehhagel y Beckenbauer, en 1996 / EPA.

En sus momentos estelares, el reinado futbolístico de Rehhagel adoptó la forma de una monarquía absoluta. “Cualquiera puede decir lo que yo quiera” es otra de sus perlas retóricas. El presidente del Werder Bremen le dejaba hacer. El mánager Willi Lemke le servía como un mayordomo mayor. Y la única persona en condiciones de llevarle la contraria era su mujer, Beate, para él su asesora, para muchos una metomentodo que intervenía en los fichajes, asistía a reuniones de la directiva, madreaba a los jugadores al tiempo que pastoreaba a sus esposas y novias. Ya lo dijo en su día Franz Beckenbauer: “Hemos contratado a un matrimonio de entrenadores”.

Hijo de un minero de la Cuenca del Ruhr, aunque gustara de adobar sus alocuciones de vestuario con citas de Goethe o Rilke, Rehhagel cultivaba en público los tonos recios, particularmente con los periodistas, a quienes trataba con escasos miramientos. Sus comienzos como entrenador fueron modestos. A gritos jaleaba a sus jugadores desde la banda para que diesen leña, por lo que fue sancionado. Siendo entrenador del Borussia Dortmund, encajó el resultado más abultado de la historia de la Bundesliga, un 12-0 que le metió el Gladbach. Lo echaron, claro.

En los setenta entrenó unos meses al Werder. Volvió en 1981 para quedarse durante catorce años. Modeló un equipo a su antojo. Se lo podía permitir gracias a un truco que en deporte funciona siempre: el éxito. Descubrió talentos (Völler, Riedle, Braseth), promovió la cantera (Neubarth, Eilts, Bode) y supo reforzarse con jugadores experimentados (Votaba, Allofs, Burgsmüller). Entre todos dieron lugar a una época gloriosa del Werder Bremen.

En 1995, el Bayern Múnich tentó a Rehhagel con el brillo del oro. Y el rey Otto se convirtió en un empleado del club, por cuanto en el equipo muniqués había demasiados generales como para permitir que viniera nadie a dar órdenes. Duró un año. Fue despedido por "fracaso deportivo", a pesar de que en el momento de su cese el equipo había alcanzado la final de la Copa de la UEFA, que ganó con Beckenbauer de interino. Huy, cómo se puso Beate. Que si le habían robado el trofeo a su marido y todo eso.

Otto volvió a reinar pronto y ¡cómo! Aceptó entrenar al FC Kaiserslautern, entonces en Segunda División. Tras subir al equipo a la máxima categoría, logró algo nunca visto en Alemania, que un recién ascendido ganase la liga. No fue su última proeza. Él, que nunca había trabajado en el extranjero, asumió a sus 62 años el cargo de entrenador de la modesta selección nacional de Grecia, con la que ganó en Lisboa la Copa de Europa de 2004. Los griegos lo colmaron de honores.
Cumplidos los 73, Otto Rehhagel trató de reencender su estrella entrenando al débil Hertha Berlín. No pudo impedir que el equipo bajara a Segunda. Una pobre despedida para un rey que acabó destronándose a sí mismo.

Cazadores de niños

Por: | 18 de diciembre de 2013

He leído por ahí que el fenómeno empezó a generalizarse a raíz de la Copa Mundial de 2006, celebrada en Alemania. No tengo medios para comprobarlo; pero constato que en la actualidad dicho fenómeno es plenamente visible y que tiene toda la pinta de ir a más.

Me refiero al rejuvenecimiento de los equipos profesionales de fútbol en Alemania. Hoy por hoy, en los terrenos de juego de la Bundesliga, constituyen una imagen habitual esos jugadores barbilampiños que aún no han terminado el ciclo biológico de la adolescencia, pero que corren como gacelas, tienen las rodillas intactas y manejan el balón con maestría.

Algunos alcanzan la titularidad en equipos de fuste a los 17 o 18 años. Por lo general, no vienen de curtirse en las piedras de la calle o en los patios de cemento de los colegios, sino en escuelas o academias deportivas a menudo adjuntas a equipos de renombre. A los 20 ya están avezados a disputar torneos internacionales. Se convierten fácilmente en los predilectos de la grada, como si el público, por instinto protector, se sintiera impelido a mostrarles más afecto que a los otros, los ancianos de 28 o 30 años. Su número creciente delata la existencia de un sistema eficaz de formación de futbolistas, pero deja asimismo entrever unos métodos mercantiles cada vez menos escrupulosos.

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Guardiola y Götze en un entrenamiento del Bayern. / REUTERS

El fenómeno, como es sabido, no afecta solamente a Alemania. Ha alcanzado, sin embargo, unas proporciones considerables en el país germano, que ahora mismo alberga uno de los mayores semilleros mundiales de futbolistas. Nombres conocidos por cualquier amante del fútbol de primer nivel (Götze, Sahin, Schürrle, Draxler y tantos otros) empezaron a jugar en la Bundesliga a edad temprana. El Hamburgo alinea a un chaval, Jonathan Tah, de 17 años, la misma edad de Timo Werner (VfB Stuttgart) o de Max Meyer a comienzos de la actual temporada en su estreno con el Schalke 04. La serie, pues, continúa.

Meses atrás se enfrentaron en Bottrop, ciudad de la Cuenca del Ruhr, las selecciones sub 15 de Alemania y Corea del Sur. Salvo por la hierba, el partido me evocó el fútbol playero de mi ciudad natal. Niños contra niños, vestidos con la camiseta de la selección; los cuales, antes de echar a correr, escucharon debidamente circunspectos los respectivos himnos nacionales.

La tribuna de espectadores no era mayor que la de cualquier campo de categoría regional. La revista deportiva Sport Bild publicó una foto de los cerca de trescientos espectadores que no se me va de la cabeza. Abundaban los ojeadores, scouts que les dicen por estos pagos. Numerosas personas aparecían fotografiadas junto a un letrero donde figuraban su nombre y apellido, así como el nombre de la agencia o equipo profesional de fútbol en cuya representación habían acudido al campo. Con intención reprobatoria, el periodista los tildaba de Kinderjäger (cazadores de niños).

Predominaban en la tribuna del pequeño estadio los ojeadores enviados por equipos de la Bundesliga; pero los había igualmente extranjeros, con notable presencia inglesa. En Bottrop había representantes del Chelsea, del Arsenal, del Liverpool y de algún otro club de la Premier League, junto a ojeadores holandeses e italianos. Por parte española, aparecía nombrado en una de las fotos un tal Constantinos Spanoudakis en representación del FC Barcelona.

También las grandes marcas deportivas, tipo Adidas o Nike, firman contratos de equipamiento con jugadores de 14 o 15 años. A esa edad, algunos chavales ya tienen un asesor, por más que los expertos cuestionen que antes de los 16 años se pueda determinar si un muchacho tendrá más adelante la suficiente consistencia física y emocional como para ejercitar su talento con garantías de éxito en el fútbol profesional.

El director deportivo del Bayer 04 Leverkusen, el exfutbolista internacional Rudi Völler, anunció recientemente el fichaje de Julian Brandt, de 17 años. Lo justifica a partir de una decisión de la directiva de su club para actuar con “mayor agresividad” en el mercado de contratación de menores. La competencia es feroz; las ofertas económicas a los chavales, cada vez mayores. Claro está que un fichaje de esta naturaleza sigue siendo mucho más barato que el de un futbolista consagrado. Para algunos equipos, además, la compra temprana del diamante puede suponer una inversión altamente lucrativa.

El '4' del Bayern

Por: | 15 de diciembre de 2013

Simpático, sonriente, extravertido, es la sonrisa del Bayern Múnich y una de las razones por las que este equipo, actualmente en un periodo estelar de su historia, recibe tan pocos goles. Su nombre completo: Dante Bonfim Costa Santos (Salvador de Bahía, 1983), reducido, en su camiseta con el número 4, a Dante, nombre con innegables resonancias literarias.

Aunque lo suyo es defender, de vez en cuando mete un gol, casi siempre el mismo, luego de subir a rematar de cabeza algún saque de esquina. Y lo celebra bailando. Los compañeros lo imitan, pero no. Hay que ser brasileño (como Rafinha, el único que hace buena figura a su lado) para llevar ciertos ritmos en los genes. Ese meneíllo y esa gracia y esos culebreos del torso a pesar del metro ochenta y ocho de estatura vienen, definitivamente, de latitudes cálidas.

Dante

El Lille lo trajo a Europa en 2004. Estaba en el Juventude y era un simple defensa fornido. Ni en sus sueños más audaces habría imaginado que nueve años después ganaría títulos a espuertas y sería llamado a la selección amarilla. La idiosincrasia, la música interna, la sonrisa, las ha conservado; pero el fútbol como acción estratégica colectiva lo ha aprendido en Europa. Él lo sabe y lo agradece.

Ha tenido maestros (Favre, Heynckes, ahora Guardiola), pero también cualidades (tesón, disciplina, solidez psicológica) que lo han ayudado a neutralizar la melancolía a que propenden no pocos futbolistas brasileños cuando los ponen a respirar largas temporadas en los fríos y las grisuras de Centroeuropa y sus alrededores.

Las cosas no rodaron bien para él al comienzo. En el Lille apenas intervino en una docena de partidos. Tenía 19 años, no hablaba la lengua del lugar, no conocía a nadie. Él recuerda, como hecho novedoso, incluso como choque cultural, que a su llegada a la ciudad francesa nevaba. Pasó a Bélgica, al Sporting Charleroi y después al Standard de Lieja, con el que ganó la liga belga. Su siguiente destino, Alemania, cambió radicalmente su carrera deportiva.

El Borussia Moenchengladbach, por entonces último en la clasificación, necesitaba a toda costa fortalecer la defensa y encontró en la cercana Lieja a un brasileño barato con una constitución física interesante. Pero ocurre que Dante es mucho más que un destructor del juego del rival. Pronto se reveló como un futbolista creativo que no sólo aporta ideas, sino serenidad; buen pasador, buen cabeceador, y un hombre positivo, alegre, nada dado al juego sucio o a los comportamientos insolentes. Y, claro, no tardó en convertirse en el predilecto de la grada.

Se puso de moda en Moenchengladbach acudir al estadio con pelucas que imitaban el pelo afro de Dante. En la difícil temporada 2010-11 prometió en público raparse la cabeza si el equipo, condenado a la promoción, eludía el descenso. Cumplió. Pelado, parecía otro, salvo por la sonrisa.

Y entonces el Bayern Múnich lo fichó por 4,7 millones de euros, esto es, por 35 menos de lo que costó Javi Martínez en las mismas fechas. Una ganga. Y ahí está, triunfando ya sea con Jérôme Boateng o con Daniel Van Buyten, los muros centrales de la defensa del Bayern Múnich; quizá, por aquello de la música, con más cintura y movilidad corporal que estos dos compañeros suyos, que son más correosos, más de choque, pero, por ello mismo, más predecibles.

Fijo en el once inicial, jugó la final de la Liga de Campeones en Wembley contra el Borussia Dortmund, en la que, por cierto, cometió el penalti que supuso el empate a uno provisional. Faltó, sin embargo, a la final de la Copa de Alemania. Scolari lo había convocado para jugar con la selección brasileña. Genio y figura, hizo llegar a sus compañeros del Bayern una grabación en vídeo en la que, además de felicitarlos, canta, si es que a eso se le puede dar categoría de canto. La broma, adobada con los debidos arreglos musicales, fue posteriormente comercializada con fines benéficos.

Entretanto, se conoce que Dante les ha tomado gusto a la nieve y a las bajas temperaturas. Cuenta que si le ofrecieran la posibilidad de terminar su carrera deportiva en Múnich, firmaría en el acto. Jugó en la pasada Copa Confederaciones, aunque no en el partido de la final contra España. Es muy probable que el próximo verano lo volvamos a ver vestido de amarillo, quién sabe si marcándose unos pasos de samba junto al banderín del córner.

Un futbolista amenazado

Por: | 11 de diciembre de 2013

No atraviesa el Werder Bremen un buen momento. Atrás quedaron los días de gloria, con la plantilla asomada al balcón del Ayuntamiento para mostrar a la muchedumbre alborozada este o el otro trofeo. Ahora mismo, el equipo domiciliado a orillas del río Wéser no proporciona un solo jugador a la selección nacional de Alemania, cosa impensable hace una década. El otro día sufrió la derrota en campo propio más abultada de su historia, 0-7 contra el Bayern de Múnich.

El Werder lleva unos cuantos años estancado en la mediocridad. La pasada temporada despidió a su entrenador, Thomas Schaaf, tras 14 años al mando del equipo. Su marcha estuvo precedida por la del director deportivo, Klaus Allofs. El Werder se salvó en las últimas jornadas de bajar a Segunda División. Contrató a un nuevo entrenador. Se fueron algunos jugadores, vinieron otros. Cuesta hoy día encontrarle una personalidad definida al equipo.

Entre los que se incorporaron a la plantilla el verano pasado figura un tal Santiago García. El apellido me despertó una rápida curiosidad. Imposible atribuirle raigambre germánica. Conque me interesé por las circunstancias relativas al nuevo jugador del Bremen y, en el curso de mi pesquisa, vía internet, descubrí que había estado implicado en una historia inquietante y puede que ni siquiera insólita.

Santiago García es un futbolista argentino de 25 años. Nacido en Rosario, posee también la nacionalidad italiana. Alto (1,91 m) y corpulento, juega de lateral izquierdo. Su fortaleza física y su espíritu de entrega son cualidades que, además de aportar solidez a la frágil defensa del Werder Bremen, le han granjeado el aprecio de la afición verdiblanca. Llegó cedido del Rangers de Talca, equipo chileno donde buscó mantenerse en forma, pero también un refugio.

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Santiago García, durante un partido con el Werder Bremen. / Carmen Jaspersen (EFE)

Volvamos la mirada atrás. Concretamente al 2 de diciembre de 2012. Santiago García viste por entonces la camiseta del Palermo. Corre el minuto 74 de un partido disputado en el Giuseppe Meazza. Acontece de pronto un lance infortunado, en modo alguno inhabitual: un defensa, en este caso García, mete gol en su propia portería. El Palermo pierde 1-0 contra el Inter, se desploma hasta el puesto decimoséptimo de la clasificación y los hinchas convierten a Santiago García en chivo expiatorio. Al final de la temporada, el Palermo se despedirá de la Serie A.

Declarado responsable principal, por no decir único, de la derrota de Milán, en adelante García será blanco de los insultos y abucheos de los hinchas palermitanos. Le toman tal odio que un día se presentan dos tipos en moto, con malas intenciones, ante la puerta de su casa. Los dos ocultan sus facciones con sendos pasamontañas. Le aseguran, en un tono que se deja imaginar, que van a matarlo. No es la primera vez ni por lo visto la última que Santiago García recibe amenazas similares durante su estancia en Italia.

El jugador hace de tripas corazón y aguanta como puede hasta el final de la temporada. En todo ese tiempo no deja de temer ni un momento por su integridad física y por la de su familia, hasta que finalmente opta por poner tierra (y un océano) por medio.

Así las cosas, su abogado remite, en nombre de su cliente, un escrito al Palermo para comunicar la resolución del jugador de no cumplir el contrato que lo vincula al equipo italiano hasta 2015. Entretanto, Santiago García se ha incorporado al Rangers de Talca. La FIFA interviene y, después de tres meses de negociaciones, dictamina en favor del jugador, si bien, a efectos económicos, no anula el contrato con el Palermo, lo que obliga al Werder Bremen a pagar por los servicios de García a dos acreedores. Italianos y chilenos se reparten al 50% los cobros derivados por la cesión del jugador.

El Werder se reserva una opción de compra para cuando termine la presente temporada. Y, tal como están las cosas, y a juzgar por el entusiasmo del director deportivo y el visto bueno de la afición, todo apunta a que el futbolista argentino se quedará en Bremen. Él no desea otra cosa. En Alemania se siente apreciado y seguro, y él se esfuerza cada semana por mostrar su gratitud con un buen rendimiento sobre el campo. Recientemente declaró a un medio deportivo alemán que se siente a gusto en Bremen, pues “aquí reina un fanatismo positivo”. Confieso que a mí esta variante del fanatismo me da que pensar.

Historias de árbitros

Por: | 08 de diciembre de 2013

Suele afirmarse que el mejor árbitro es aquel que pasa inadvertido en el terreno de juego. Ciertamente, si nadie repara en él será porque no perturba la fluencia del partido. A cada instante, los futbolistas pierden el balón, lo mandan a las nubes, descuidan los marcajes. Dependiendo de la situación y de la relevancia del partido, el público les concede un margen mayor o menor de benevolencia. Dicho margen quizá se reduzca en el caso de los porteros. Con el árbitro no hay duda. Al árbitro no se le perdona nada, sobre todo si su equivocación redunda en perjuicio del equipo local. A menudo ni siquiera se le perdonan los aciertos. Y la manera de mostrarle reprobación la perciben los oídos de los transeúntes fuera del estadio.

Curiosa actividad que veda el protagonismo y expone a quienes la practican, por 3.800 euros (lo que cobra un árbitro por partido en la Bundesliga), a las más feroces críticas, a insultos sin cuento. Docenas de cámaras documentan sus decisiones erróneas que pueden suponer la derrota de un equipo, una pérdida descomunal de ingresos económicos, incluso el descenso de categoría. Y eso que no están completamente solos, que tienen sus asistentes y llevan sus pinganillos, lo que no quita para que hayan de estar tomando decisiones sin descanso en un espacio brevísimo de tiempo. Si fallan, bronca. Si aciertan, silencio.

Cualquiera no sirve para la tarea. La Federación Alemana de Fútbol se muestra muy estricta en la elección de los árbitros. Les exige, claro está, un conocimiento exhaustivo del reglamento; pero también las condiciones físicas propias de un deportista, fortaleza psicológica y sentido de la autoridad, para todo lo cual organiza cursos y pruebas específicas, con resultados más que aceptables, digan lo que digan. Ahora mismo figuran 10 árbitros alemanes en la lista de la FIFA, cifra que pocas federaciones alcanzan.

ARBITROEl árbitro Wolf-Dieter Ahlenfelder.

Por diversas razones, algunos árbitros dejaron huella en la historia de la Bundesliga, que ya dura 50 años. Todavía se les recuerda, por más que no puedan hacer sombra ni a jugadores ni a entrenadores en la memoria colectiva. Así y todo, algunos nombres propios han prevalecido en las crónicas al uso, a veces por situaciones o hechos de película.

Hans-Joachim Osmers figurará en un lugar de honor de los anales del absurdo por haber dado como válido el no-gol de Thomas Helmer en abril de 1994. Sólo parcialmente se le puede responsabilizar del ridículo lance. El asistente de banda lo indujo al error tanto como la cínica celebración de los jugadores del Bayern.

A Wolf-Rüdiger Umbach, que además de árbitro era profesor de matemáticas, le arrearon con un mechero en la cabeza durante un partido en Kaiserslautern, año 1990. Perdió el sentido; pero dicen que, por no quedarse sin honorarios, se abstuvo de suspender el encuentro, lo que le valió con posterioridad un premio al juego limpio.

¿Qué decir del gigantesco Robert Hoyzer? Estaba implicado en una red de apuestas y arbitraba influyendo en los resultados. Así, en un partido de Copa entre el Hamburgo y el Paderborn (agosto de 2004) se inventó dos penaltis a favor de este último y mostró tarjeta roja a un jugador del Hamburgo por una pequeñez. Esa y otras trampas salieron finalmente a la luz, Hoyzer fue juzgado y pasó año y pico en la cárcel.

Inolvidable asimismo Wolf-Dieter Ahlenfelder, un vividor con notoria afición a las bebidas alcohólicas. En 1975, durante un partido entre el Werder Bremen y el Hannover 96, estaba tan piripi que pitó el final de la primera parte transcurridos apenas 30 minutos de juego. Todavía se puede pedir en algunos bares de Bremen un Ahlenfelder, o sea, un vaso de aguardiente Malteser y una cerveza.

Tremenda la historia de Michael Kempter, que en 2010 acusó al funcionario del colegio de árbitros Manfred Amerell de exigirle favores sexuales a cambio de la asignación de partidos. El asunto terminó en los tribunales. Kempter fue posteriormente penado con una elevada multa por fraude fiscal.

No más alegre es el caso de Babak Rafati, quien acaba de publicar un libro en el que cuenta su dramática historia. En noviembre de 2011 hubo que suspender un partido entre el Colonia y el Mainz 05. ¿La razón? El árbitro no acudió al estadio. Sus asistentes lo encontraron en la habitación del hotel y le dieron los primeros auxilios. Rafati, sumido en la depresión, había intentado suicidarse.

Uli Hoeness, presidente y reo

Por: | 04 de diciembre de 2013

PeticionImagenCAIWN4LBEstos lo veneran, aquellos no lo tragan; pero es raro encontrarse con ciudadanos alemanes medianamente informados que no tengan una opinión sobre él, ya sea favorable o adversa. Uli Hoeness (61 años), actual presidente del Bayern Múnich, es lo que pudiéramos llamar una celebridad nacional.

Su presencia en la vida pública alemana rebasa con creces los límites estrictamente deportivos. No pocos compatriotas suyos han visto en él hasta hace poco un dechado de conducta. Uli Hoeness, el hombre íntegro que dice lo que piensa duela a quien duela, el benefactor que salvó de la quiebra a equipos rivales, un empresario listo, un cultivador de cualidades varoniles, un triunfador nato, un patriarca. Durante años prodigó su estilo y su discurso no exento de tonos recios en toda suerte de foros y, por descontado, en las tertulias de televisión. De un tiempo a esta parte se deja ver menos y, sin embargo, es ahora cuando más se habla de él, no precisamente bien.

En el curso de la reciente asamblea anual de socios del Bayern Múnich se emocionó. Un día después, su semblante lloroso ilustró las portadas de numerosos periódicos alemanes. Los suyos le habían preparado un recibimiento apoteósico, con pancartas encomiásticas y aplausos ensordecedores. Karl-Heinz Rummenigge dijo ante el micrófono que Uli es su amigo y que lo está pasando mal. Más aplausos, más cariño hacia un tipo duro, un luchador, un hijo humilde de la posguerra, que rompió a llorar como si fuera víctima y no infractor de la ley.

Acto seguido, soltó una perla retórica: “Serviré a este club hasta que no pueda respirar.” Así hablan los héroes en el campo del honor, atravesados por una lanza. También recordó, como si estuviera dirigiéndose con propósito exculpatorio a los miembros de un tribunal, que en los últimos años ha hecho donativos por valor de cinco millones de euros. Más de 3.500 socios lo agasajaron con una sonora ovación. Algunos comentaristas de prensa conjeturaron, no sin malicia, que la masa de adeptos trató de acallar el ruido de la maza del juez, pues lo cierto es que ya va faltando menos para que Uli Hoeness rinda cuentas a la justicia por una cuestión en modo alguno baladí, al menos en Alemania.

Ya otras veces hubo en la vida de Uli Hoeness momentos aciagos; pero en todos los casos acertó, con disciplina y fortuna, a salir adelante. En el cenit de su carrera deportiva, una grave lesión de rodilla, no tratada de forma idónea, lo obligó al abandono definitivo de la práctica del fútbol a la edad de 27 años. En 1982 se vio involucrado en un accidente de avioneta. Murieron todos los ocupantes del aparato menos él. Y en alguna ocasión ha dilapidado grandes cantidades de dinero como consecuencia de una especie de ludopatía bursátil que padece. Se dijera invencible. El actual Bayern Múnich, en el que ejerció de mánager durante largos años antes de acceder a la presidencia, es de arriba abajo obra suya: un equipo victorioso y sin deudas. D

Su ejecutoria suscita en Alemania tanta admiración como envidia. Ahora la afea un churretón. Él lo llama error. La ley prefiere denominarlo fraude fiscal y evasión de capitales, y prevé, dada la enorme cantidad evadida, el ingreso en prisión.

Hoeness se encontraba en Berlín cuando el Stern aireó el asunto a principios de año. Estaba citado aquel día con Angela Merkel, cosa habitual en un hombre que suele codearse con las figuras mayores de la política alemana. En el reportaje del semanario no se mencionaba al presidente del Bayern, pero sí su número de depósito en un banco privado con sede en Zúrich, desde donde le mandaron aviso de lo que ocurría. Hoeness se apresuró a denunciarse, vía legal que permite al defraudador eludir la cárcel. No obstante, el procedimiento sólo es válido si el delito fiscal aún no se ha hecho público. Implica además la aclaración sin restricciones de los pormenores relativos al fraude.

A juicio de la fiscalía, el señor Hoeness presentó la denuncia a destiempo, lo que ha dado lugar a su imputación. El 10 de marzo de 2014 comenzará el proceso. Mi limitada inventiva me permite a lo sumo imaginar a Hoeness pagando una multa elevada; perdiendo quizá, tal vez, acaso, la poltrona de presidente del Bayern. Con grilletes y ropa de prisionero yo, francamente, no lo veo.

La espalda de Gündogan

Por: | 01 de diciembre de 2013

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Gündogan, en un entrenamiento con el Borussia Dortmund./ CORDON PRESS

En el verano de 2011, el Borussia Dortmund se despidió de uno de sus centrocampistas más eficientes. Al término de una campaña excepcional, Nuri Sahin, que acababa de lesionarse, se marchó (cojeando) al Real Madrid.

El Borussia le encontró un sustituto que en no pocos sentidos semejaba un calco: progenitores de origen turco; nacimiento, formación escolar y aprendizaje deportivo en Alemania, similar estampa física, idéntica posición en el campo, parecidas cualidades. Ilkay Gündogan llevaba un tiempo brillando en el FC Núremberg. Fue el elegido. Le faltaba poco para cumplir 21 años.

Empezó mal. Llegó a hablarse de un fichaje desafortunado. Pero, a diferencia del Real Madrid con Sahin, el Borussia, que no andaba como para tirar el dinero por la ventana, continuó o no tuvo más remedio que continuar confiando en las posibilidades de su jugador a pesar de su actuación inicial mediocre.

Como tantas veces en la vida, la paciencia traía atada la recompensa al final de la soga. Al cabo de un año, Gündogan se convirtió en uno de los mejores jugadores del Borussia. Joachim Löw no dudó en incorporarlo a la selección. En este punto, escrito sea de paso, se separan los caminos de Gündogan y de Sahin, quien, pudiendo asimismo elegir, optó por jugar con la selección de Turquía.

Curiosamente, el Real Madrid (se dice, se cuenta, se murmura) parece dispuesto a contribuir con un nuevo capítulo a las vidas paralelas de los dos futbolistas turco-alemanes. Sahin ha vuelto en condición de cedido al Borussia, donde al principio fue suplente de su sucesor, Gündogan, a quien cierta prensa deportiva ha puesto a correr antes de tiempo, vestido de blanco, sobre el césped del Bernabéu. Existe, sin embargo, un problema.

GundoverticalGündogan controla el balón durante un partido del Borussia Dortmund contra el Wolfsburgo./ CORDON PRESS

Algunos entrenadores y directivos se echan a temblar cada vez que a los compromisos habituales de los futbolistas se suman los de las selecciones nacionales. Hay partidos de clasificación muy importantes, incluso decisivos, y todo el mundo entiende que los mejores no deben faltar. Luego están los partidos de preparación, también llamados amistosos, aunque en no pocos de ellos se practica poquísimo la amistad. Y, si no, que se lo pregunten a Khedira, que se destrozó la rodilla peleando con italianos, o a Hummels y Schmelzer, lesionados días después mientras peloteaban contra la selección inglesa.

Ilkay Gündogan precedió a todos ellos en el infortunio. En agosto de este año, con ocasión de un encuentro intrascendente entre Alemania y Paraguay, hubo de abandonar el terreno de juego, ya en la primera parte, por molestias en la espalda.

Molestias suena a cosa leve. Un par de días de reposo y a correr. Pues no. De leve, nada. El jugador del Borussia, como después se ha sabido, sufrió una lesión de vértebras que con toda probabilidad constituye el episodio último de un problema físico arrastrado desde hacía meses. La directiva del Borussia, que por lo visto estaba al corriente, protestó por la participación del jugador en el partido. Demasiado tarde.

Ahora que lo peor ha pasado y que Gündogan ha vuelto a los entrenamientos, aunque con precauciones, el Borussia Dortmund no tiene inconveniente en que el jugador desvele pormenores de su caso. Y lo cierto es que estos días han trascendido detalles escalofriantes del calvario que le ha tocado pasar. Ni podía permanecer sentado ni apenas estar de pie. No digamos atarse los zapatos o levantar peso. Llegó a sufrir asomos de parálisis, además de hormigueo en las extremidades inferiores, y un dolor incesante que combatió con inyecciones. Gündogan ha declarado que nunca, en el curso de estos meses recientes, se vio condenado a la invalidez. Reconoce, no obstante, que en su entorno corrieron rumores sobre el posible fin de su carrera deportiva.

Ahora mismo no se descarta que se reincorpore al equipo tras el descanso invernal de la Bundesliga. Tampoco, si se recupera, que al final de la temporada haga las maletas y se marche, según dicen, siguiendo los pasos de Sahin, al Real Madrid. El director ejecutivo, Hans-Joachim Watzke, lo desmiente, fundándose en las cordiales relaciones que mantienen los dos equipos. Considera que de existir el propósito de fichar a Gündogan, el Madrid ya se lo habría comunicado. Sería un hecho curioso que el Madrid fichara al sustituto de Sahin en el Borussia, al tiempo que el Borussia fichase a Sahin, quien todavía tiene contrato con el equipo madrileño.

El País

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