Balón teutón

Sobre el blog

Crónicas de la Liga más alemana del mundo.

Sobre el autor

Fernando Aramburu

, donostiarra, es autor de cuentos y novelas. Desde 1985 reside en la República Federal de Alemania, donde se dedicó durante largo tiempo a la docencia. Entretanto cayó el muro, como caen tantas cosas. Y hoy pulsa las teclas y no precisamente las del piano. Lo que más le gusta del fútbol es la literatura, o sea, el barro y el gol en el último minuto, la épica y la lírica.

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El imparable ascenso de Neuer

Por: | 29 de enero de 2014

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Parada de Neuer en un Bayern-Wolfsburgo de esta temporada. cordon press

Corría el año 2006. Recuerdo un par de cantadas de Manuel Neuer por los días en que empezó a defender la portería del Schalke 04. Tenía él entonces veinte años. Una serie de imprevistos lo habían aupado del tercer puesto en el escalafón de porteros a la titularidad. Era un jugador de la casa, con una estatura y complexión como para consagrarse al baloncesto. Había pasado por todas las categorías inferiores del club. Nacido en Gelsenkirchen, cumplía al cien por ciento los requisitos para ser considerado un purasangre del Schalke. Más Schalke en las venas, imposible.

Aquellos fallos iniciales apenas tuvieron una repercusión anecdótica. Es posible que se debieran a la inseguridad propia del novato. Su entrenador de aquella época, Mirko Slomka, se abstuvo de retirarle la confianza. También continuó confiando en él la temporada siguiente, cuando el equipo contrató los servicios de un portero con experiencia. Neuer ha expresado en alguna ocasión, públicamente, su agradecimiento.

 

Según la Federación Internacional de Historia y Estadísticas, fue en 2013 el mejor portero del mundo. Le tomó así el relevo a Iker Casillas, ganador de las cinco ediciones anteriores. Expertos de setenta países concedieron dicho honor a Manuel Neuer con una más que holgada mayoría: 211 votos frente a los 78 del segundo, el italiano Buffon.

¿Cómo evaluar el rendimiento de un portero? En el Bayern, Neuer tiene a veces tan poco trabajo que se podría ahorrar el lavado de la indumentaria al final del partido. Que es muy bueno, al respecto caben pocas dudas; de otro modo no jugaría en el Bayern. Es asimismo el número 1 indiscutible de la selección nacional de su país.

Su paso por el Schalke 04 coincidió con la última etapa más o menos brillante de este equipo. Con Neuer en la portería, los azules protagonizaron dos participaciones meritorias en la Liga de Campeones. La primera de ellas, en 2008, permitió al portero lucirse en la tanda de penaltis contra el Oporto, facilitando con sus paradas el acceso del equipo a los cuartos de final. Tres años más tarde, el Schalke alcanzó, con él de nuevo en la portería (y Raúl de delantero), la semifinal. Todo ello coronado con dos segundos puestos en la Bundesliga y una Copa alemana.

Y llegó junio de 2011 y se confirmaron los rumores que corrían desde hacía varios meses: que Neuer se iba al Bayern. Traidor acaso fuera el apelativo más suave que le dedicaron los hinchas del Schalke. Por el mismo trance han pasado y pasarán muchos otros. Pero en el caso de Neuer hubo una complicación.

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Manuel Neuer, en una entrevista. getty

Parte de la afición bávara se opuso al fichaje, mostrando su disconformidad en las gradas por medio de carteles confeccionados al efecto. Y es que Neuer era una figura emblemática del Schalke, además de capitán, portavoz de la plantilla y el que, al final de los encuentros, subía a la curva de los ultras a dirigir los cánticos colectivos con ayuda de un megáfono. Alguna vez se había despachado a gusto contra el Bayern, equipo en el que, según llegó a afirmar, jamás jugaría.

Tipo tranquilo, aguantó con aplomo el chaparrón de injurias. En Múnich se reunió con la peña ultra que cuestionaba su fichaje, y sólo después de aceptar una serie de condiciones fue admitido en el seno de la familia bávaro-futbolera. Terminó de congraciarse con ella a fuerza de ganar títulos.

Entre las cualidades que hacen de él un portero de alto nivel destaca su poderosa presencia en el área. Su estatura, 1,93 m., le confiere indudable ventaja para los balones altos. Suele extender los brazos en los penaltis, como los porteros de balonmano, para dar la impresión de que ocupa mucho espacio en la portería. Tiene un saque potentísimo, aunque no siempre preciso. Puede enviar con facilidad el balón de una portería a otra.

Desde que está en el Bayern, ha mejorado mucho en el control del balón con los pies. Le da a veces por regatear dentro del área, con lo que pone a sus seguidores al borde del infarto. No es hombre de paradas espectaculares. Prefiere evitar las dificultades y desviar los balones más que retenerlos. En el uno contra uno emplea su enorme envergadura para tapar espacios y obligar al rival que llega corriendo a dar un amplio rodeo. Se cree que aún no ha exprimido al máximo su talento. Tiene una gran oportunidad para hacerlo este año a las órdenes de Guardiola y el próximo verano, en Brasil, con su selección.

¿Por qué es tan fuerte el Bayern?

Por: | 26 de enero de 2014

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El presidente bávaro, Uli Hoeness, durante un acto. / MICHAELA REHLE (REUTERS)

Hace cincuenta años, el Bayern Múnich ni siquiera era considerado el mejor equipo de su ciudad, a tal punto que no fue invitado a integrar el grupo selecto que inauguró la primera temporada de la Bundesliga. En representación de su zona, dicho honor le cupo al TSV 1860 Múnich, hoy en Segunda División.

En la década de los setenta, el Bayern vivió su primera etapa gloriosa; pero acaso, desde la perspectiva actual, el episodio más determinante de su historia posterior fuera la asunción en 1979 de las funciones de mánager por parte de Uli Hoeness, exfutbolista internacional, hombre de negocios (posee una fábrica de salchichas) y actual presidente del club. A él se debe principalmente la creación de una estructura organizativa de extraordinaria solidez.

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De la gestión económica del equipo de fútbol se encarga una sociedad filial que recibe el nombre de FC Bayern München AG, presidida por Karl-Heinz Rummenigge. Debido a esta circunstancia, la entidad no depende de las decisiones, tantas veces arbitrarias, despóticas o poco profesionales, del mecenas de turno. En su consejo de administración hay representantes de grandes empresas alemanas (Adidas, Audi, Volkswagen).

Al mismo tiempo, el equipo ha procurado desde antiguo colocar en puestos relevantes de la estructura organizativa a antiguos futbolistas, ya sea en la dirección deportiva, en los órganos gestores o en la presidencia. Por tanto a personas que guardan una fuerte vinculación emocional con el club y con el fútbol como deporte, no sólo como negocio, y que por ello mismo ponen mucho corazón en el desempeño de sus funciones. Constituyen, además, un puente comunicativo excelente con la plantilla.

En lo económico, Uli Hoeness aplicó tres principios elementales todavía vigentes: no externalizar la actividad financiera, impedir a toda costa que los gastos excedan a los ingresos y destinar estos por entero a las arcas del club.

Días atrás, la prensa deportiva alemana publicó los datos de déficit de los grandes equipos europeos: 540 millones de euros el Real Madrid, 330 el FC Barcelona, 465,5 el Manchester United, etc. El Bayern Múnich, por el contrario, aunque facture menos que los dos primeros, está en cifras negras, con capital propio y pingües ingresos anuales. Dada su fortaleza económica, puede permitirse comprar jugadores de alto nivel tanto como defenderse de las seductoras ofertas que a estos les puedan llegar de fuera.
No otro es el objetivo del Bayern Múnich sino situarse en la cúspide del fútbol internacional. Sus dirigentes no ocultan que ser campeones de la Bundesliga y ganar la Copa suponen para el club objetivos mínimos. Su ambición rebasa los límites del fútbol nacional, donde ahora mismo no hay adversario que le plante cara. Algunos opinan que su hegemonía deportiva hace tediosa la Bundesliga o, en todo caso, previsible. Sin negar dichos supuestos, lo cierto es que la gente acude en masa a los estadios a ver al Bayern, no parece que con la intención de aburrirse.

PeticionImagenCAVD2QN1El Bayern Múnich, ahora mismo, está concebido para competir con garantías de éxito en la Liga de Campeones, su torneo predilecto. A este fin ha reunido una plantilla de la que se puede decir cualquier cosa menos que consista en once titulares y unos agregados. Malas lenguas vaticinan feroces rivalidades dentro del vestuario. Sea como fuere, cubierta cada posición con varias opciones, todas de calidad, el equipo es apenas vulnerable a las lesiones o a la fatiga física o mental. El Bayern actual podría alinear simultáneamente dos equipos distintos, ambos con un grado alto de competitividad.

A dicho criterio está sometida la contratación de jugadores. Comprar con cabeza es una expresión que suelen usar a menudo Uli Hoeness o Karl-Heinz Rummenigge. Comprar, por tanto, con sentido práctico y no para dar un golpe publicitario o impresionar a la competencia. Y eso sin desdeñar la incorporación al equipo de jugadores de la casa (Lahm, Schweinsteiger, Müller) o de jóvenes promesas del fútbol alemán, a veces descubiertas en categorías juveniles.

Muchos llegan y se van al cabo de un tiempo; pero no son raras las renovaciones de contratos. De esta manera prevalece cierto sentido de la continuidad y los aficionados lo tienen más fácil para identificarse con los jugadores. Dos ejemplos. El belga Daniel van Buyten, ya en el ocaso de su carrera, llegó al Bayern en 2006 y Frank Ribéry un año después. Llegaron y se quedaron. Al francés se le oye con frecuencia afirmar que el Bayern es su casa. Por algo será.

El Hamburgo, en horas bajas

Por: | 23 de enero de 2014

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Van der Vaart y Van Marwijk, durante un entrenamiento del Hamburgo. ANGELIKA WARMUTH (EFE)

La Sociedad Deportiva Hamburguesa, más conocida entre nosotros como el Hamburgo, es el dinosaurio de la Bundesliga. Ningún otro equipo ha participado en las 50 temporadas de la máxima categoría del fútbol alemán. Otros, o descendieron alguna vez o, como en el caso del Bayern Múnich, se incorporaron más tarde.

A muchos, entre los que me encuentro, les cuesta imaginar la Bundesliga sin el Hamburgo. Sería, desde luego, raro. Y, sin embargo, el equipo de la ciudad del Elba lleva varios años instalado en los puestos inferiores de la clasificación, coqueteando una y otra vez con la posibilidad del descenso.

Un periódico deportivo alemán lo calificó recientemente de equipo enfermo. Los problemas son de distinta índole y ninguno leve. Afectan a todas las estructuras del club, empezando por la tesorería. Falta la medicina que permite a cualquier empresa, deportiva o no, mantener con opciones de éxito su actividad: el dinero. Diversas temporadas deficitarias han originado un agujero económico que ronda los 100 millones de euros. Sin posibilidad de participar en las lucrativas competiciones europeas, resulta harto difícil parar la deuda, no digamos reforzarse con jugadores de primer nivel.

Al problema económico se une el de las constantes luchas intestinas dentro de la junta directiva, compuesta por 11 miembros. El pésimo clima interno impide desde hace varios años trabajar con eficacia. La presencia, dicen, de un topo hace que de vez en cuando trasciendan a la prensa local toda clase de detalles relativos a reuniones a puerta cerrada, confidencias, acusaciones, desavenencias y demás. Luego vienen los desmentidos, las réplicas. En fin, un desastre.

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Existen, sí, planes de renovación. En la asamblea multitudinaria de socios del domingo pasado se acordó por gran mayoría disgregar de la Sociedad Deportiva el club del fútbol profesional con el fin de dotarlo de financiación privada. Ha surgido incluso un mecenas, Klaus-Michael Kühne, inversor acaudalado que hace dos años financió la vuelta al club de Rafael Van der Vaart. Claro que este hombre no es lo que podríamos llamar un limosnero. Llega dispuesto a levantar al equipo siempre y cuando se cumplan una serie de condiciones por él planteadas. Quien paga, manda.

En el terreno deportivo, las aguas no bajan menos turbulentas. ¿Cuál es el recurso más socorrido cuando un equipo va mal, escasea la paciencia y sobra la desorganización? Exacto, deshacerse del entrenador y contratar a otro como quien llama a los bomberos. Desde 2003 han pasado catorce entrenadores por el banquillo del Hamburgo. En dicho lapso el equipo atravesó una fase de aceptables resultados bajo la dirección deportiva de Dietmar Beiersdorfer, quien contrató jugadores de categoría (Van der Vaart, De Jong, Olic), vendidos después por más de lo que costaron. Beiersdorfer, hoy en el Zenit San Petersburgo, tuvo un grave conflicto con la directiva y dimitió.

El actual entrenador del Hamburgo es el holandés Bert van Marwijk, buen conocedor de la Bundesliga. Los futboleros españoles quizá lo recuerden. Van Marwijk (61 años) era el entrenador de la selección holandesa que disputó a la española la final del Mundial de Sudáfrica.

Lo tiene crudo. Ya al poco de llegar tuvo que irse con el equipo a Indonesia, a jugar, tras fatigosas horas de viaje, unos cuantos partidos remunerativos. Van Marwijk es un hombre avezado a dirigir equipos con problemas. Entrenó al Borussia Dortmund por los días en que los amarillos se encontraban al borde de la quiebra y a la tradicionalmente malquistada selección de Holanda. Su proyecto deportivo pasa por imponer disciplina a la plantilla e insuflarle mentalidad ganadora; pero sólo con buenos propósitos no se meten goles. Mediada la temporada, el Hamburgo sigue en los puestos bajos de la tabla, con cuatro victorias en diecisiete partidos.

Por los días en que entrenó a la selección holandesa, Van Marwijk tuvo sus más y sus menos con Rafael Van der Vaart, su actual capitán en el Hamburgo. Este jugador, hijo de madre española, que estuvo dos años en el Real Madrid (razón de más para saber que la uves de su apellido se pronuncian como efes), es la viva imagen de lo que hoy le ocurre al Hamburgo. De un tiempo a esta parte, ha ocupado más espacio en la prensa por los problemas matrimoniales con su exmujer que por su actividad deportiva. Se le reprocha que sea el primero en abandonar los entrenamientos, que descuide el peso corporal, que no tire del equipo con carisma de líder. ¿Cómo reza el refrán? A perro flaco, todo son pulgas.

Fútbol y homofobia

Por: | 19 de enero de 2014

La edición del semanario alemán Die Zeit con fecha del 9 de enero pasado incluyó una entrevista de dos páginas con Thomas Hitzlsperger. Este conocido futbolista, ya retirado (a una edad bastante temprana, por cierto: tiene 31 años), solicitó la entrevista con el fin de hacer pública su homosexualidad. Deseaba antes de nada suscitar un debate público sobre el asunto.

El mismo día, por la noche, sus declaraciones, en todo momento ponderadas, merecieron un espacio en los noticiarios de televisión. Un día después, no se hablaba de otra cosa en Alemania. Las palabras del exfutbolista tardaron poco en dar la vuelta al mundo.

Hitzlsperger fue en su día un centrocampista de alto nivel. Defendió los colores del Stuttgart, posteriormente los del Wolfsburgo. Jugó asimismo en Inglaterra e Italia, y vistió cincuenta y dos veces la camiseta nacional. Llegó a ser capitán de la selección. Luego se ha sabido que una de las personas a quienes solicitó opinión sobre el propósito de revelar su homosexualidad fue el seleccionador Joachim Löw, quien lo animó a dar el paso.

El gesto de Hitzlsperger suscitó en Alemania el aplauso general. Se oyeron, sí, algunas voces disconformes con el momento elegido por el exfutbolista para su revelación, por considerar que habría sido más oportuno efectuarla cuando Hitzlsperger aún ejercía de futbolista profesional.

HitzThomas Hitzlsperger./ Joerg Sarbach (AP)

Esto se dice fácil. Atrévase un hijo de su madre a jugar en un estadio ajeno, ante cuarenta mil hinchas del equipo rival, después de haber hecho pública su homosexualidad. Me da que el tal, si colecciona afrentas, pronto habría llenado el álbum. Se ha recordado estos días el caso del jugador inglés Justin Fashanu. El cual, reconocida en público su homosexualidad, vivió un infierno que lo condujo, al cabo de algunos años, al suicidio.

A excepción del referido reproche, a Thomas Hitzlsperger le llovieron los parabienes. Numerosos futbolistas, funcionarios del deporte, políticos y personalidades públicas elogiaron su valentía. En Alemania, país liberal con un nivel educativo alto, la homosexualidad ni está prohibida ni constituye motivo de escándalo. Baste recordar que el Ministro de Exteriores anterior al actual está casado con una persona de su mismo sexo y el alcalde de Berlín convive con su pareja masculina. Una de las primeras intervenciones públicas de la actual titular de la cartera de Medio Ambiente, al incorporarse al cargo, fue declarar su homosexualidad, un modo eficaz de precaverse contra curiosos y chismorreros. Lo que está prohibido en Alemania es discriminar a nadie por causa de su condición sexual.

El quid, por tanto, el problema o como quiera llamársele no es exactamente la homosexualidad, sino la homofobia en los estadios de fútbol, donde persisten tabúes de viejos tiempos. Salidas del armario, como suele decirse en español castizo, se han producido en otras modalidades deportivas sin tanto ruido mediático. Recordemos al jugador de baloncesto Jason Collins, a la tenista Martina Navratilova o al boxeador Orlando Cruz. Incluso el fútbol femenino, muy desarrollado en Alemania, está en lo tocante a la cuestión de la homosexualidad mucho más libre de prejuicios que el masculino. La portera Ursula Holl, por ejemplo, está casada con una mujer y a nadie se le despeina por ello una ceja.

Al parecer, el fútbol masculino continúa despertando en más de un cerebro asociaciones atávicas que lo identifican con la virilidad entendida de una manera reductora. La ignorancia tiende a equiparar al homosexual con una versión débil del varón, incluso con la feminidad, como si ser mujer fuera algo negativo. Estos clichés se transmiten adosados a formas lingüísticas claramente denigratorias de los homosexuales y no infrecuentes, como han reconocido estos días algunos jugadores, en los vestuarios de los equipos.

Revela un grado supremo de tosquedad la persona a la cual le basta que un humorista imite las maneras de un mariquita para romper a reír. Tópico, por cierto, que no cuadra en absoluto con el tipo de deportista que fue Thomas Hitzlsperger, conocido, por razones que se dejan imaginar, con el sobrenombre de der Hammer (el Martillo).

En una sociedad cuyos ciudadanos no fueran renuentes al respeto mutuo sería irrelevante saber a quién ama la gente en su intimidad. De ahí el enorme valor cívico que comporta el gesto de Thomas Hitzlsperger. Quizá, como ha repetido estos días la prensa alemana, si otros futbolistas de similar condición se animasen a seguir el ejemplo, el mundo, también dentro de los estadios, sería un poco mejor; no sé, más agradable, más humano.

¿Qué es un buen árbitro?

Por: | 15 de enero de 2014

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Knut Kircher dialoga con un jugador del Bayer Leverkusen / FEDERICO GAMBARINI

Se llama Knut Kircher. Tiene 44 años. Pitó su primer partido de la Bundesliga en 2001. Así como algunos árbitros, justamente elogiados, saben mantener la calma en situaciones comprometidas o durante partidos de extrema densidad emocional, él genera calma. Posee un don natural para rebajar tensiones y atemperar los ánimos.

¿Cómo lo hace? Con afán informativo, pero también didáctico, este ingeniero industrial, apasionado del fútbol, acostumbra dar charlas públicas muy amenas en las que revela sus trucos de árbitro, muchos de ellos de carácter psicológico. La Federación Alemana de Fútbol lo nombró en 2012 árbitro del año. Recientemente los futbolistas de la Bundesliga lo han elegido por votación, y no es la primera vez, el mejor entre los de su especie.

Es habitual que le asignen partidos de máxima rivalidad, finales, derbis y encuentros entre equipos cuyas aficiones se profesan una animadversión rayana en el odio. Ha pitado numerosos partidos internacionales, si bien en 2012 renunció a su condición de árbitro de la FIFA, por lo que el verano que viene no lo veremos en el Mundial de Brasil.

En noviembre pasado le endosaron el partido entre el Hannover 96 y el Eintracht Braunschweig, lo que en español popular llamaríamos una patata caliente. En las gradas ardió abundante material pirotécnico. Se desplegaron pancartas con frases de una ruindad insuperable. Se sucedieron por una y otra parte los cánticos afrentosos. Luego hemos sabido que acudieron al estadio pendencieros procedentes de Inglaterra, Suecia y otras ciudades alemanas. Por la noche se produjeron altercados en las calles céntricas de Hannóver. Y, sin embargo, sobre el césped del estadio hubo durante noventa minutos tranquilidad, juego fluido, sólo dos tarjetas amarillas. Una obra maestra de Knut Kircher.

 

Antes de empezar el partido, la policía le comunicó que con toda probabilidad los espectadores habían introducido en el estadio, de manera subrepticia, una gran cantidad de bengalas y petardos. Salió, pues, prevenido al terreno de juego, pero no asustado ni nervioso. Se define a sí mismo como un hombre que no concibe los problemas sin la búsqueda inmediata de una posible solución. Con frecuencia tiene la solución preparada antes que surja el problema.

El caso es que, como se temía, algunos aficionados lanzaron objetos ardientes al césped. Kircher captó enseguida la situación, se cercioró de que ningún jugador corría peligro y optó por dejar que el fuego se apagara solo. No interrumpió el partido ni mucho menos lo suspendió.

De él llama la atención que sólo aplica medidas drásticas como último recurso. Prefiere favorecer la comunicación preventiva y escueta con los jugadores, sin incurrir en episodios de gesticulación que puedan resultarles humillantes a los interpelados o suscitar la irritación del público. Establece pactos, arranca compromisos de juego limpio, guarda siempre las formas y el sosiego.

Si ha habido una agresión, espera los segundos necesarios para que los ánimos se templen y para concederse un margen de reflexión, de manera que él, como ejecutor de la ley, en cualquier situación de conflicto se reserva las opciones razonables.

Lo ayuda, todo hay que decirlo, una especie de autoridad natural que emana de su presencia física. Knut Kircher mide 1,96 m y pesa 93 kilos. ¿Quién no ha comprobado en sus días de colegial la mayor facilidad con que los alumnos pierden el respeto al docente bajito? He leído por ahí que predominan entre los grandes tiranos de la Historia los varones de baja estatura, acostumbrados por lo visto desde la infancia a compensar su pequeñez (¿sus complejos?) con la violencia y la crueldad. Sea como fuere, un jugador que se acerque a discurtirle a Kircher una decisión, deberá seguramente mirar hacia arriba.

Knut Kircher cuenta que, por principio, se abstiene de rechazar a quienquiera que durante los partidos le dirija la palabra. Para no herir susceptibilidades gusta de usar una triquiñuela. Sabe que si se produce una interrupción del juego por causa de una falta, las cámaras y los espectadores están atentos al lugar donde se ha producido el incidente. En tales ocasiones, Kircher deja para un poco más tarde dirigirse al infractor, de modo que en las gradas nadie pueda relacionar lo que está diciendo con lo que ha ocurrido hace unos instantes.

Su habilidad para prever las situaciones de tensión y su manera de ejercer sin aspavientos la autoridad le han granjeado a Knut Kircher el respeto general. Su norma: interferir lo menos posible en el acontecer del juego, ser invisible ante miles de espectadores.

Retrato del caballero Jupp Heynckes

Por: | 12 de enero de 2014

Cincuenta años dedicado de lleno al fútbol profesional, primero como futbolista, desde 1979 hasta el verano pasado como entrenador. El fútbol ha ocupado una parte esencial en la vida de Josef "Jupp" Heynckes (Moenchengladbach, 1945). Le ha dado numerosos triunfos, sin dispensarlo de las inevitables decepciones y derrotas. Y, sin embargo, uno lo escucha hablar de esto y aquello, del presente y el pasado, y tiene la viva sensación de que este hombre apacible, modesto, educado, ya era así de joven; que ni los trofeos que ha levantado ni el júbilo colectivo que contribuyó a suscitar han cambiado un ápice su forma de ser.

De pequeño concibió el sueño ordinario de ser futbolista. Después consagró su juventud a cumplir con éxito dicho sueño. Su nombre es inseparable de los años gloriosos del Borussia Moenchengladbach, con el que ganó cuatro Ligas y una Copa y en el que empezó de entrenador. Todavía ocupa, con 195 tantos, el tercer puesto de la clasificación de máximos goleadores de la Bundesliga, por detrás del insuperable Gerd Müller (365) y de Klaus Fischer (268).

Terminada su carrera de futbolista, inmediatamente se metió a entrenar, según él porque no sabía hacer otra cosa. Siempre con los pies en el suelo, es un hombre querido en todas partes. Se cuestionarán tal vez sus métodos, sus decisiones, sus pareceres. Su persona, que yo sepa, no la cuestiona nadie. Él cuenta que aún lo llaman de vez en cuando por teléfono exjugadores a los que entrenó. Menciona entre ellos a algunos (Pizzi, Jokanovic) de sus días en Tenerife.

Heynckes no conoce la provocación, el insulto, la arrogancia. Domina como pocos el no fácil arte de triunfar con elegancia. En sus comparecencias públicas irradia la serenidad del caballero en paz consigo mismo que no olvida sus orígenes humildes (posguerra, padre herrero, madre tendera, nueve hermanos) ni el valor de ciertas virtudes que le transmitieron de pequeño: el trabajo honrado, la constancia, el afán de superación, la camaradería.

En sus días de entrenador, sus enojos, que los tuvo y no leves, siempre los expresó con lenguaje correcto, franco de muecas, de ojos rencorosos o expansiones temperamentales. Ha tenido de suyo un saber estar, una flema, que lo emparenta con Vicente del Bosque, otro caballero.

Entrenó a tres equipos de la Liga española. Al Athletic Club de Bilbao, el primero que lo contrató, en dos ocasiones. Guarda excelentes recuerdos de aquellos años, además de un dominio aceptable del idioma. Por algo a su vivienda privada, en una aldea próxima a Moenchengladbach, le puso nombre español: Casa de los Gatos.

Reconoce que su paso por España lo enriqueció humanamente. Y cuando le preguntan por los acontecimientos más relevantes de su dilatada carrera de entrenador, cita como uno de los cuales se siente más orgullo la Liga de Campeones ganada con el Real Madrid en 1998, la séptima que tantos años se hizo esperar. Nunca, cuando estuvo lejos, perdió de vista el fútbol español. A petición suya, el Bayern Múnich fichó a Javi Martínez. Largo tiempo estuvo, además, analizando el sistema de juego del FC Barcelona con el fin de hallar la manera de neutralizarlo, lo que, como se sabe, finalmente consiguió.

El trabajo metódico caracterizó su estilo. Reconoce que al principio cometió el error de exigir a sus pupilos la ambición desmedida que él tuvo como jugador. Con el tiempo aprendió a ver en el futbolista la persona diferenciada, única, sensible, que viste la camiseta y obedece órdenes. Ha sido, pues, a medias general, a medias padre, facetas aunadas por un principio vital que profesa sin restricciones: la autenticidad.

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Jupp Heynckes. / GETTY

Postuló en todo momento la comunicación directa con los jugadores, también en el caso de que dicha comunicación comportase el empleo de la severidad. Palabras, las justas, pero claras y congruentes. Jamás se le oyó criticar a uno de sus jugadores en público. Episodios de indisciplina, comportamientos reprobables en el terreno de juego, discrepancias en modo alguno infrecuentes en cualquier equipo, prefirió tratarlos a puerta cerrada.

Se retiró en verano de 2013, tras una temporada grandiosa en la que consiguió lo que nadie antes de él en 50 años de Bundesliga: el triplete (Liga, Copa y Liga de Campeones) de una tacada. Recibió ofertas, también de España. Las declinó todas. ¿Adónde iba a subir si ya estaba en la cima? Hasta en eso fue sensato y elegante.

Las cuitas del Borussia Dortmund

Por: | 09 de enero de 2014

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Lewandowski, durante un partido de este curso. /REUTERS

Se le acumulan últimamente al Borussia Dortmund los problemas. Son problemas de campeón venido a menos, achacables a una racha de adversidad, pero también y sobre todo al hecho natural de que los ciclos se acaban y la competencia no duerme.

Han sido, estos últimos, unos años de gloria para el Borussia: dos ligas consecutivas, una copa alemana y la final de la Liga de Campeones. La ciudad se acostumbró a las celebraciones multitudinarias; la afición amarilla, a los fines de semana jubilosos. No debe, sin embargo, olvidarse que el equipo estuvo en 2005 al borde de la quiebra. También entonces se acabó un ciclo que dio paso a otro mejor, este ya triunfal y con las cuentas saneadas.

 

El Borussia Dortmund ha llegado al descanso invernal al modo del púgil grogui que se salva por el toque de la campana. Dio signos de fortaleza en el inicio de la temporada, encabezó la clasificación, ganó la Supercopa contra el Bayern. Luego se le empezaron a romper los jugadores; perdió o empató partidos, también en su propio estadio, y cedió puestos en la clasificación. Salió humillado de su gran derbi, el que lo enfrenta con el Schalke 04. Disputada la mitad del campeonato, ocupa la cuarta posición, a doce puntos del primero.

¿Qué ha pasado? ¿A qué se debe la ostensible debilidad de un equipo temido hasta ayer por sus adversarios? El entrenador, Jürgen Klopp, prefiere minimizar los efectos negativos de las numerosas y graves lesiones. Normal, ¿qué va a hacer? ¿Bajar la moral a la fracción sana de la plantilla?

Lleva meses el Borussia Dortmund jugando con una defensa de quitaipón. Se lesionaron Schmelzer, Piszczek, Hummels y Subotic, lo que supuso un enorme menoscabo en la solidez defensiva del equipo. Porque no es sólo que estos jugadores sean buenos. También lo es el griego Sokratis, que ahora ejerce de central. Es que aquellos actuaban compenetrados, con un automatismo en las acciones que requiere mucho entrenamiento y muchos partidos. Son jugadores que se entienden con sólo mirarse. La ausencia, también por lesión, en el centro del campo de Gündogan, Sven Bender o el veterano Kehl terminó de partirle el espinazo al equipo.

Esta serie de infortunios han sacado a la luz una deficiencia organizativa del Borussia Dortmund. Para un equipo grande no es prudente afrontar con una plantilla corta temporadas cuajadas de compromisos como las de ahora. Rara es la semana en que no se disputen dos partidos, algunos (Liga de Campeones) trascendentales. Al Borussia se le ha reprochado con razón la falta de un plan B. Un equipo de su categoría necesita por lo menos dos futbolistas competitivos por cada posición.

En lo económico, el 2013 fue un año lucrativo para el Borussia. Libre de deudas, la dirección deportiva disponía de liquidez en verano para reforzarse. Tras la marcha de Götze, fueron contratados dos jugadores de indudable calidad, el armenio Mkhitaryan y el gabonés Aubameyang. Se les reprocha que sólo brillen contra adversarios modestos. Del segundo se ha llegado a insinuar que ha sido un fichaje fallido. Otros nos inclinamos a creer que no se les está concediendo un margen razonable de adaptación. ¿Acaso Robert Lewandoski no estuvo largo tiempo calentando el banquillo de los suplentes hasta lograr la titularidad?

KloooopJürgen Klopp ha formado propósito de reflexionar durante el actual descanso de la Bundesliga. El anuncio despide un tufillo a inminentes decisiones y cambios. No está solo en la tarea. La prensa alemana lleva tres meses buscando causas y soluciones a la debilidad del equipo. Hay hipótesis para todos los gustos. Que si los jugadores, habituados a la victoria, corren sin chispa ni ambición. Que, en consecuencia, los rivales han perdido el respeto que antes les inspiraba el Borussia. Que si Lewandoski tiene la cabeza en su próximo equipo y quizá Gündogan, mientras se recupera de su lesión de espalda, también. Que si la estrategia del juego rápido, al primer toque, ya no sorprende a nadie. Que si los rivales le han encontrado un antídoto eficaz. Palabras.

A Klopp, mientras cavila en su templado cuartel de invierno de La Manga del Mar Menor, le cabe al menos la esperanza de que a sus jugadores lesionados el mes de descanso les venga bien para recuperarse. Quizá debiera ponerle una vela al santo para que el Zenit San Petersburgo, su próximo rival en la Liga de Campeones, tenga la deferencia de ser el equipo derrotable que andan diciendo algunos por ahí.

Manolo del Bökelberg

Por: | 06 de enero de 2014

Uno emigra, llega a otro país, encuentra novedades. El fútbol, fenómeno social, además de un deporte, se las brinda al extranjero en abundancia. Recuerdo, entrada la década de los ochenta del siglo pasado, un sinfín de motivos de curiosidad relacionados con la Bundesliga. Hoy, tantos años después, ya sólo me puede extrañar mi extrañeza de entonces.

El juego era básicamente el mismo, no así los horarios, la práctica de ciertos ritos, mil y una circunstancias y pormenores. Me resultaron novedosos los partidos con balón rojo sobre la nieve, la mascota (un macho cabrío) del Colonia, la camiseta marrón del Sankt Pauli o la pronunciación correcta de los nombres de famosos futbolistas alemanes.

Hubo, sin embargo, un personaje que desde el primer instante me resultó familiar aunque no lo conociera. Era un hombre ya metido en años, de inconfundibles facciones mediterráneas, que subido a la valla del bloque 16, en la curva norte del Bökelberg, antiguo estadio del Borussia Moenchengladbach, animaba a su equipo aporreando un bombo. Pronto supe que lo apodaban Manolo por el parecido con su colega español, en quien al parecer se había inspirado.

Ethem

Este Manolo del Bökelberg llegó a convertirse en una figura emblemática del Gladbach, a cuyos partidos asistía dispensado de pagar entrada. Se llamaba Ethem Özenrenler y era un inmigrante de origen turco, empleado en una fábrica de hilados. En una sociedad no siempre amable con el forastero, particularmente cuando este procede del Sur y no domina la lengua de Goethe y Schiller, optó por construirse una identidad futbolera de fin de semana, cuyo rasgo principal era una fidelidad sin restricciones al Borussia Moenchengladbach.

Contó que le sabía a poco agregarse a la masa de forofos apiñados en la grada y vocear las consignas de costumbre. Conque un día, allá por la década de los setenta, aprovechó unas vacaciones para comprarse un bombo en Turquía. Y empezó con el pumba, pumba, hasta convertirse, yendo y viniendo jornadas de fútbol, en un icono. Fue la televisión la que le confirió celebridad, con la contribución de la prensa, no sólo la de Moenchengladbach. Fue incluso entrevistado por el Spiegel.

Estaba convencido de que era capaz de influir con su instrumento en el ritmo de los partidos. Su repertorio, aunque limitado, le alcanzaba, según decía, para indicar a los jugadores del Gladbach que retuviesen el balón, que lo pasaran, que iniciasen el ataque. O sea, que el hombre había desarrollado por su cuenta un sistema de comunicación directa con los jugadores, que estos quizá no entendieran, pero sin duda percibían, como lo percibían todos los tímpanos del estadio y sus alrededores. Se daba Ethem Özenrenler efendi al parecer, en su noble simplicidad y en su entusiasmo, un poco de bombo.

El Gladbach lo adoptó y él estuvo largos años manejando la maza subido a la valla. Cuando a su equipo le iba bien, tenía la costumbre de apostarse detrás del banquillo del adversario y mortificar sin compasión los oídos y la paciencia de los allí presentes. Hoy la seguridad del estadio se lo prohibiría.

No faltaban voces discordantes entre los aficionados del Gladbach que cuestionaban esta figura representativa del club. A no pocos los sacaba de quicio que el turco armara ruido cuando la peña se arrancaba a entonar a coro alguno de sus cánticos. Otros pensaban que el personaje no merecía tanta admiración. Así y todo, si en un campo ajeno un miembro de seguridad se metía con él, toda la peña del Gladbach se lanzaba a defender airadamente a su Manolo.

Tampoco el Borussia Moenchengladbach lo dejó nunca en la estacada. Ethem Özenrenler ni pagaba por entrar en el Bökelberg ni por los desplazamientos a los diversos campos de fútbol. Y si alguna vez su bombo sufrió algún desperfecto, la reparación fue costeada con fondos de la caja del club e incluso con donativos de los jugadores.

Tengo para mí que el Manolo del Bökelberg nunca dejó de ser un solitario, un admitido. Quizá soy víctima de mi susceptibilidad de extranjero. Sea como fuere, había unos asomos de ultimátum en su tesón: o me integráis en vuestra sociedad o me integro yo a mi modo. Esta particularidad me hace sobremanera simpático el personaje.

Murió en abril de 2008, a la edad de 69 años, aquejado de diabetes y demencia senil en un asilo. Los gastos derivados del transporte de sus restos mortales a Turquía los asumió el Borussia Moenchengladbach. El bombo, callado hacía largo tiempo, se quedó en el museo del club.

FC Augsburgo, equipo sorpresa

Por: | 02 de enero de 2014

Mediada la temporada, ahora interrumpida por descanso invernal, la prensa deportiva alemana hace estos días balance de lo ocurrido desde el verano pasado en la Bundesliga y constata lo evidente, que no hay quien le sople a la oreja al Bayern Múnich, al que hoy por hoy todos dan por ganador.

Confirma asimismo la actual debilidad por acumulación de lesiones del Borussia Dortmund, la evolución positiva del Gladbach o el tradicional segundo rango del Bayer Leverkusen. Lo que pocos se esperaban es la admirable fortaleza de un modesto, el FC Augsburgo, al que de momento nadie niega el título de equipo revelación de la temporada.

Esta circunstancia bien merece una reflexión. Algo se está haciendo bien en Augsburgo que podría o debería servir de ejemplo a tantos equipos de limitados caudales. En el Augsburgo no juegan estrellas, lo cual no le está impidiendo plantar cara a los poderosos del fútbol alemán. Semanas atrás vimos al Bayern sufrir en partido de Copa para superar a los augsburgueses. Pep Guardiola ya había avisado que sería un partido difícil. Tal vez, como siempre dice que viene el lobo, a sus jugadores les costó creerlo.

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Klavan y Moelders saltan con Javi Martínez y Dante./EFE

El FC Augsburgo llegó a la Bundesliga por primera y hasta ahora única vez en su historia al terminar la temporada 2010-11. Nadie daba un duro por ellos; pero, a fuerza de voluntad y corazón, lograron salvarse in extremis. Lo mismo sucedió al año siguiente, sin que nunca en dicho tiempo el equipo hubiera pasado del puesto decimoquinto (de 18) en la clasificación.

Ahora van octavos, por detrás del Schalke. En su horizonte ya no se adensan las cercanas tinieblas de la Segunda División; antes al contrario, se vislumbran unas luces todavía tenues que bien pudieran ser los focos de los campos de fútbol de Europa. En Augsburgo prefieren no hablar de objetivos. Vista la holgada ventaja respecto a los últimos clasificados, es innegable que la participación del equipo en la edición actual de la Bundesliga difiere de la brega angustiosa de años anteriores por evitar el descenso.

Lo que el FC Augsburgo hizo fue trazarse un plan estructural que ahora está empezando a dar fruto. El plan consiste básicamente en desarrollar un método de trabajo encaminado a asentar el equipo en la máxima categoría del fútbol alemán, dotándolo de una filosofía basada en el esfuerzo colectivo y el espíritu de lucha. Su estilo no admite finezas, pero es un estilo y es eficaz.

Con buen tino se decidió respetar el trabajo y la autoridad del entrenador, Markus Weinzierl (38 años), que acaba de renovar contrato. La permanencia del entrenador ha supuesto una garantía de tranquilidad interna incluso en momentos críticos, cuando el Augsburgo tenía un pie metido en Segunda. Otros prefieren contrarrestar los malos resultados cambiando de timonel deportivo. El Hamburgo, por ejemplo, que no levanta cabeza ni termina de mostrar una línea definida de juego.

En lugar de cuestionar al entrenador, el FC Augsburgo optó por facilitarle el trabajo asignándole un director deportivo de probada solidez profesional, a quien fue confiada la tarea de formar una plantilla competitiva dentro de las posibilidades financieras del club. El elegido fue Stefan Reuter, internacional alemán en sus buenos días, jugador del Bayern y del Borussia Dortmund, entre otros equipos. Un hombre, por tanto, que conoce bien los entresijos de la Bundesliga. Con olfato y cerebro contrató jugadores dispuestos a someterse a la disciplina del equipo.

Pues son la férrea disciplina y el coraje los factores que marcan la diferencia del FC Augsburgo con respecto a otros equipos rivales. Sus jugadores compensan con mentalidad combativa sus carencias técnicas. Juegan como tigres hambrientos, sin mirar el marcador ni preguntar cuánto falta para que acabe el partido. Y si no fuera porque el árbitro pita el final, seguirían corriendo por el campo hasta caer extenuados.

El éxito actual lleva la firma de Markus Weinzierl. A su llegada al FC Augsburgo tuvo que vérselas con unos cuantos jugadores díscolos y vanidosos. Los apartó del equipo sin contemplaciones. No es un entrenador propenso a las broncas, las medidas disciplinarias ni los entrenamientos de castigo; pero impone distancia jerárquica y, además de exigente, es dueño absoluto de las decisiones. Ya lo dijo hace poco en una entrevista: “Cualquiera puede hacer lo que yo quiera”. Los adversarios, por su parte, ya saben lo incómodo, trabajoso y desagradable que es enfrentarse al Augsburgo de esta temporada.

El País

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