Balón teutón

Sobre el blog

Crónicas de la Liga más alemana del mundo.

Sobre el autor

Fernando Aramburu

, donostiarra, es autor de cuentos y novelas. Desde 1985 reside en la República Federal de Alemania, donde se dedicó durante largo tiempo a la docencia. Entretanto cayó el muro, como caen tantas cosas. Y hoy pulsa las teclas y no precisamente las del piano. Lo que más le gusta del fútbol es la literatura, o sea, el barro y el gol en el último minuto, la épica y la lírica.

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El infortunado penalti de Özil

Por: | 27 de febrero de 2014

En serio, hay días en que habría sido mejor no levantarse de la cama. Cuántas veces lo piensa uno. O también: ay, si la vida fuera una película que se pudiera rebobinar hasta la escena que desearíamos haber evitado a toda cosa. Me da que algo parecido debió de pensar Mesut Özil la semana pasada, tras fallar aquel penalti contra el Bayern Múnich que ojalá no hubiera sucedido, que para qué se me ocurrió tirarlo sabiendo que los trasgos de la superstición aconsejan que no ejecute el penalti el mismo a quien se lo hicieron. Ya es tarde.

Tras el lanzamiento fallido, Özil se retrajo. Esa timidez e introversión suyas, que presumiblemente son la cara visible de una fragilidad anímica, le han acarreado a menudo cierta incomprensión, también cuando jugaba en el Real Madrid. En sus rachas de encogimiento, se anula, está como si no estuviera, corre indolente, apenas interviene en el juego. Le ocurrió el otro día después de lanzar el penalti sin brío, con una disposición corporal cercana a la dejadez.

OzilÖzil reacciona tras fallar un penalti ante el Bayern / EDDIE KEOGH (REUTERS)

La prensa deportiva alemana lleva días analizando el lance, no sin cierta preocupación por el jugador, que a fin de cuentas es uno de los hombres fijos de la selección nacional. La prensa inglesa se ha dedicado a despellejarlo, sacando como de costumbre cuchillos del baúl de los tópicos y viendo en Mesut Özil solamente a un futbolista que le pegó al balón con la blandura de un abuelo que jugara con su nieto de 5 años en el parque. “42,5 millones de libras por un alemán que no sabe tirar penaltis”, tituló el Daily Mail. Otros periódicos de la isla no fueron más compasivos ni menos mordaces.

Arsène Wenger ha contado que a los diez minutos de fallar el penalti, Özil seguía meneando la cabeza en señal de disgusto, sin cesar de mover los labios, monologante, caviloso. Una vez en casa, el jugador pidió disculpas a los aficionados del Arsenal desde su cuenta de Facebook. Ya lo hizo en otra ocasión, cuando, después de un mal partido, se abstuvo de acercarse con sus compañeros a la curva para despedirse de las peñas y agradecerles su apoyo.

El penalti del otro día (en esto coinciden los analistas de la prensa alemana) no fue uno más, como sí lo fue el fallado por David Alaba minutos después. Alaba falló y sin demora echó a correr disciplinadamente hacia su posición para seguir bregando. Alaba se creció, Özil se hundió. Se ha querido ver en ello la cesura que marca el comienzo de un declive.

Consideremos algunos detalles. Los dos protagonistas, el jugador del Arsenal y el portero del Bayern Múnich, nacieron en la misma ciudad. Özil, de origen turco, en el barrio obrero de Bismarck; Manuel Neuer en el de Gelsenkirchen-Buer, habitado por familias de clase media. Ambos frecuentaron el mismo colegio, se formaron en las categorías inferiores del Schalke y fueron campeones de Europa sub-21 en el año 2009. Juegan juntos en la selección nacional.

Contra un amigo no se tira un penalti en una ocasión tan decisiva, en un partido tan importante. Y no sólo por amistad, sino porque te conoce, hace muchos años que sabe cómo los tiras, le basta mirarte a los ojos para adivinar tus intenciones. La sensación de reencuentro, uno frente a otro, con el camarada de la adolescencia, no se puede obviar así como así, a menos que uno abrigue la dureza de carácter que Mesut Özil, según indicios, no posee.

 

Si indagamos con cierto detenimiento en sus vicisitudes biográficas, descubriremos a un hombre en busca continua de aceptación. A los 18 años renunció a la nacionalidad turca, una decisión equiparable a una defección para no pocos de sus compatriotas, incluyendo en ellos amigos y familiares. En sus comienzos con la selección nacional alemana le llovieron vituperios porque no cantaba el himno. Al respecto, dijo: “¿Por qué pensamos siempre en términos de frontera? Sólo deseo que me juzguen como futbolista.”

Ni en el Schalke, ni en el Werder Bremen, ni en el Real Madrid, ni ahora en el Arsenal, este fino jugador, provisto de una técnica prodigiosa y de una destreza elegante para dar buenos pases, se ha mostrado de veras feliz. Ha sido habitual verlo con auriculares, distante, como si no pudiera o no quisiera pertenecer a los sitios por donde pasa.

El estadio-cabriolé del Schalke

Por: | 23 de febrero de 2014

Schalke

Seguidores del Schalke, en el Veltins Arena. / GETTY

Recibe el nombre de Veltins Arena, es propiedad del Schalke 04 y uno de los estadios más modernos y mejor equipados que se conocen. Inaugurado en agosto de 2001, el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, le concedió en su día seis estrellas. Su rango le permite albergar finales de cualquier competición internacional. Así, por ejemplo, la de la Liga de Campeones de 2004, ganada por el Oporto de Mourinho. La empresa cervecera Veltins tiene contratada la denominación del estadio hasta 2015.

El aforo es variable. El Schalke mantiene la tradición de las localidades de pie en las curvas detrás de las porterías, lo mismo que el Borussia Dortmund y otros equipos de la Cuenca del Ruhr, potente zona minera antaño, hoy menos. La base popular de la afición así lo quiere.

En un partido de la Bundesliga, con las peñas vociferantes y cantarinas de pie, el estadio puede acoger a más de sesenta mil espectadores. La UEFA impone los asientos, por lo que el miércoles que viene, cuando juegue el Real Madrid, el aforo se reducirá a poco más de cincuenta y cuatro mil almas. Habrá lleno seguro. Pensando en facilitar el acomodo en las gradas a los espectadores con silla de ruedas, en la temporada 2006/07 se suprimieron localidades.

El Veltins Arena presenta notables peculiaridades en su construcción. La más llamativa de todas es el techo retráctil, de ahí el apelativo de estadio-cabriolé que se le aplica. Ya puede nevar o llover, que el césped estará libre de charcos, hielo o barro. No menos eficaz es el techo en la protección contra el viento. Está construido de tal manera que permite la ventilación y el paso de la luz natural, con lonas de teflón que detienen las gotas de lluvia cuando está abierto. Contribuye no poco a que las condiciones para la práctica del fútbol sean óptimas. No es raro que los jugadores habilidosos y los dotados para el disparo desde la distancia se luzcan en partidos espectaculares, degustados o sufridos (según) por una muchedumbre que no tiene que subirse nunca la capucha o acurrucarse bajo los paraguas.

En pocos estadios del mundo se cuida el césped con tanto esmero como en el Veltins Arena. El caso bien merece una explicación. Con la idea de que la hierba se regenere al aire libre y para evitar que el suelo se quede como si lo hubiesen roturado tras la celebración de espectáculos musicales o de cualquier otro tipo, un dispositivo hidráulico permite sacar el césped del estadio como quien saca poco a poco una bandeja del horno. La operación dura entre seis y ocho horas. En vísperas del siguiente partido se vuelve a introducir por una abertura a modo de túnel, por debajo de la curva Sur. Sacar y meter la alfombra de hierba, con sus instalaciones de riego y calefacción, supone un coste cercano a los 13.000 euros.

 

Cuatro pantallas enormes, cada una de ellas orientada hacia uno de los cuatro lados del campo, cuelgan por encima del círculo central, a una altura de 26 metros. El aparato tiene la forma de un enorme cubo, con pantallas de 36 metros cuadrados. Pesa 29 toneladas. Muestra imágenes en directo del partido que se está jugando debajo.

A veces, después de un posible fuera de juego, un penalti dudoso, una agresión encubierta, como se repite la jugada en la pantalla, vemos a este o el otro jugador señalar hacia arriba en señal de protesta delante del árbitro. Oliver Kahn, exportero del Bayern Múnich, fue el primer futbolista que logró atizarle un balonazo al cacharro. En coherencia con el reglamento, el árbitro ordenó un saque neutral.

No menos curioso es el sistema de suministro de cerveza, consumida en cantidades pantagruélicas. Hasta 52.000 litros de líquido rubio se almacenan en cisternas situadas en los sótanos del estadio. De allí es conducida a través de un laberinto de tuberías refrigeradas a un sinnúmero de grifos. El seguidor del Real Madrid que el próximo miércoles desee saciar la sed o matar el hambre en el campo del Schalke deberá saber que las consumiciones no se pagan en metálico, sino con unas tarjetas (Knappenkarten) provistas de un chip que deberá adquirir en cualquiera de los numerosos puestos de venta. Crédito mínimo: 5 euros. Máximo: 150. Si no lo gasta todo, puede recuperar el resto en efectivo o guardar la tarjeta para otra visita. Buen viaje.

Surcoreanos en equipos alemanes

Por: | 20 de febrero de 2014

S Más de 70 futbolistas extranjeros participan en la actual temporada de la Bundesliga. Repartidos entre los 18 equipos que integran la máxima categoría del fútbol alemán, el mayor grupo lo aporta Suiza. Llama asimismo la atención la presencia cada vez más numerosa de jugadores asiáticos, en su mayoría japoneses (siete) y surcoreanos (seis).

Décadas atrás, un jugador de rasgos orientales componía una imagen directamente exótica en los terrenos de juego alemanes. Hoy día, varios equipos mantienen activos a sus rastreadores por aquellos remotos confines del planeta, donde cada vez les resulta más fácil encontrar futbolistas con buena preparación técnica y a precios razonables. El acierto en la contratación ha despertado el interés de otros equipos, de forma que se da por hecho que en el futuro aumentará la participación de jugadores asiáticos en la Bundesliga.

Especialmente apreciados por directores deportivos y entrenadores, así como queridos por la afición, son los futbolistas procedentes de Corea del Sur. El pionero que abrió camino a los demás fue el célebre Bum-Kun Cha, honrado en su día por la Confederación Asiática de Fútbol con el título de mejor futbolista asiático del siglo XX. Un deportista con rango de héroe en su país.

Su ingreso en el fútbol alemán fue un tanto curioso. Fichado por el SV Darmstadt 98, tras disputar un solo partido se tuvo que marchar a Corea a cumplir el servicio militar. Volvió en 1979, pero a otro equipo, el Eintracht de Fráncfort, con el que ganó la Copa de la UEFA y una Copa de la Federación Alemana. Fue titular desde el primer día y metió 46 goles en 122 partidos.

 

El Bayer 04 Leverkusen lo fichó en 1983. Metió más de 50 goles en el curso de seis años. También con este equipo ganó una Copa de la UEFA. Un hecho muestra la enorme categoría humana del surcoreano. Al llegar al Leverkusen se reencontró con Gelsdorf, el recio defensa que tiempo atrás lo había lesionado de gravedad. Cha, que era un hombre profundamente religioso, salió en su día al paso del aluvión de críticas (y amenazas de muerte) recibidas por quien sería más tarde su compañero, negando que este le hubiese hecho daño con mala fe.

Los jugadores asiáticos tienen fama de formales, aplicados y modestos. Adiestrados desde la infancia en la disciplina colectiva, uno los ve correr como si les fuera la vida en cada lance. Juegan limpio, evitan las actitudes teatrales, dominan como nadie el arte de la sonrisa, para la cual usan la cara entera, y en su trato con los medios de comunicación muestran una exquisita cultura de la cortesía. El entrenador del Augsburgo, Markus Weinzierl, los describe como trabajadores honrados con mentalidad ganadora y un carácter irreprochable.

469406857 De algunos depende la buena marcha actual de su equipo. Así, Heung-Min Son en el Bayer 04 Leverkusen, donde forma un doblete espectacular con Stefan Kiessling. Es rápido, elástico, incansable, y tiene una excelente técnica de disparo. Los partidos en que participa son retransmitidos en directo en Corea del Sur, donde innumerables telespectadores, dada la diferencia horaria, sacrifican horas de sueño por verlo. Semanas atrás acudió a una sesión de autógrafos en Seúl. Es tan popular que su presencia desencadenó escenas de histeria colectiva.

En el Maguncia 05 (en alemán, Mainz) juegan dos surcoreanos, Joo-Ho Park y el recién incorporado Ja-Cheol Koo. A juzgar por el entusiasmo del entrenador, Thomas Tuchel, a nadie deberá extrañar si llegan pronto más jugadores asiáticos al equipo. Hace poco los dos surcoreanos se merendaron solos, con sendos goles, al Friburgo. Koo es, además, el capitán de la selección nacional surcoreana y, hoy por hoy, un futbolista emblemático en su país.

Los otros tres que quedan por mencionar son Ryu, compañero de Son en el Leverkusen; Hong y Ji en el Augsburgo, equipo al que todo el mundo veía a comienzos de la temporada como seguro candidato al descenso y, sin embargo, traspasado el ecuador del campeonato, anda cerca de un puesto en la clasificación que le daría derecho a participar por vez primera en su historia en un campeonato internacional.

Por último, la presencia de futbolistas asiáticos ha contribuido a popularizar la Bundesliga en sus países de origen (Corea del Sur y Japón principalmente), generando un creciente volumen de negocio. Cada vez son más las cadenas de televisión, las empresas y marcas comerciales que se animan, ya sea en tareas de publicidad o de patrocinio, a invertir dinero en el fútbol alemán.

Aubameyang, figura en cierne

Por: | 16 de febrero de 2014

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Aubameyang celebra un tanto. reuters

Pierre-Emerick Aubameyang se incorporó el verano pasado al Borussia Dortmund con una difícil misión: tomar el relevo de Robert Lewandowski. Hay quien dice que el Borussia ha hecho un mal negocio reteniendo al polaco, a quien ha pagado 5 millones para que corra con ganas y esté contento, y por el que no cobrará un euro cuando, vencido su contrato al final de la presente temporada, se marche al Bayern Múnich.

Me sumaría a dicho parecer si no fuera porque el jugador destinado a sustituirlo brilla con no menos fuerza que Lewandowski por la época en que se estrenó con el Borussia y calentaba el banquillo de los suplentes.

No puede el equipo de Dortmund, al borde de la quiebra en 2005, invertir a lo loco en estrellas consagradas. Quizá, después de haber vendido/perdido algún jugador, se pueda permitir una comprita espectacular. Por lo común adquiere fruta a la que le falta todavía un poco para la madurez. Por esta vía, la actual dirección deportiva del Borussia ha tenido aciertos indudables. Klopp es, además, un entrenador atento al progreso técnico y físico de sus jugadores, a quienes ayuda a mejorar.

De origen gabonés, nacido en Francia, Aubameyang (24 años) llegó a la Bundesliga procedente del Saint-Étienne. Con anterioridad había jugado en Italia. Suele vestir la camiseta de Gabón. Menos correoso que Lewandowski, es, sin embargo, más rápido.

En realidad, Aubameyang es uno de los futbolistas más veloces del planeta. Se dice que en un tramo corto de carrera podría emparejar su sombra con la de Usain Bolt. Cuando jugaba en el Milan, le midieron 3,75 segundos en un esprín de 30 metros. Al defensa rival de turno no le queda más remedio que habérselas con un guepardo.

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Aubameyang saluda a Klopp tras ser sustituido. afp

La arrancada, el cambio de ritmo y la velocidad en el contraataque son los puntos fuertes de este jugador que lo mismo juega de delantero centro que por las bandas. Su principal aportación al equipo son los goles que mete. Esta temporada lleva trece en competición liguera, uno menos que Lewandowski, pero habiendo jugado bastantes menos minutos que él. Los celebra dando una espectacular vuelta de campana, a la manera de aquellas que ejecutaba Miroslav Klose hasta el día en que se lesionó y el entrenador le prohibió repetir en adelante el numerito.

Así las cosas, Aubameyang ha desempeñado un papel discreto durante la primera vuelta de la presente temporada. Es ahora, tras el descanso invernal, cuando ha empezado a prodigar sus cualidades. Sus dos goles contra el Eintracht de Braunschweig hace poco o su extraordinaria actuación en el reciente partido de Copa contra el otro Eintracht, el de Fráncfort (al que el pasado sábado le hizo dos goles), sirvieron para reafirmar la decisión del entrenador de otorgarle por fin la titularidad.

No es improbable que Aubameyang necesitara un tiempo de adaptación. Para empezar, no habla ni jota de lengua alemana. Dice, pecando tal vez de optimista, que dentro de dos años habrá aprendido lo suficiente. Frank Ribéry lleva casi siete y ahí anda, repitiendo ante los micrófonos, le pregunten lo que le pregunten, las cuatro frases que sabe de memoria. Aubameyang se defiende en francés e italiano. Afirma que cree entender las instrucciones que Klopp le transmite mediante gestos y ademanes.

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Aubameyang. reuters

Sus dificultades de adaptación se han visto agravadas por otra circunstancia. Hummels, Götze, Schmelzer y los demás se incorporaron a un Borussia que creció con ellos y vivió con ellos tardes de gloria. Aubameyang, en cambio, llegó el verano pasado a un equipo que ha acumulado derrotas. La prensa, los aficionados, los especialistas buscan las causas y los culpables del declive y, claro, Aubameyang está por así decir a tiro. Sus defensores aducen que mete goles; sus detractores, que lo hace contra equipos débiles.

No menos difícil para él es destacar a la vera de Lewandowski. El polaco tiene mucha presencia en el campo. Tira los penaltis, da órdenes, amonesta a los compañeros. De continuo pide, reclama, exige el balón, que se lo pasen, que se lo centren. Aubameyang habla de él en las entrevistas con una veneración que despide cierto tufo de sumisión.

Soy de los que piensan que el gabonés brillará cuando sea el dueño y señor del ataque del Borussia Dortmund y no juegue temeroso de estorbar a Lewandowski, de arrebatarle un balón a él destinado, de meter el gol que no le correspondía. Dará entonces que hablar. Mucho y bien, ya lo verán.

El Schalke estrena psicóloga

Por: | 13 de febrero de 2014

2014-02-09T175157Z_789488165_GM1EA2A053Y01_RTRMADP_3_SOCCER-GERMANY Diversos equipos de la Bundesliga cuentan con un servicio propio de asistencia psicológica para sus jugadores. No todos los futbolistas son capaces de sobrellevar con fortaleza mental los episodios de frustración, las críticas adversas, las lesiones, las rivalidades internas o la presión a que son sometidos de continuo.

A veces el entrenador y sus ayudantes, a pesar de su competencia en asuntos deportivos, se ven desbordados por la magnitud que llegan a alcanzar las desavenencias en el vestuario. Para atajar conflictos por vía persuasiva, también para fomentar un buen clima de trabajo y favorecer las actitudes positivas dentro del grupo, algunos equipos consideran útil, incluso necesario, poner a disposición de los jugadores los servicios de un psicólogo profesional.

El último en dar dicho paso ha sido el Schalke 04. Hasta diciembre, cumplida la mitad del campeonato, el equipo, que se había reforzado a principios de la temporada con vistas a lograr una plaza en la Liga de Campeones, no estuvo a la altura de las expectativas. 28 puntos en 17 partidos, puesto séptimo de la clasificación y la eliminación prematura de la Copa suponían una cosecha muy pobre.

Sobre la cabeza del entrenador, Jans Keller, pendió durante meses la espada de Damocles. A la prensa deportiva alemana llegaban con frecuencia rumores acerca de su inminente destitución. En esto, el Schalke ganaba un partido y a Keller le era dado dirigir los entrenamientos hasta el siguiente ultimátum.

Reinaba por esos días en el equipo una atmósfera de decepción y discordia, con breves remansos de armonía. Su joven estrella, Julian Draxler, no ocultó el descontento que le causaba la pérdida de su posición favorita en el campo tras la llegada de Kevin Prince Boateng. Y se sabe que ha habido mal ambiente en el vestuario, agravado por el rendimiento insatisfactorio del equipo. Aún se recuerda el grito que Jermaine Jones, jugador propenso a la indisciplina y desde enero en el Besiktas de Estambul, le lanzó al entrenador durante un partido de Copa, para decirle, refiriéndose a su compañero Christian Clemens: “¡Quita al ciego!”

Así las cosas, Keller y el director deportivo Horst Held acordaron llevar a la práctica una idea a la que ya habían dado vueltas tiempo atrás. Con ocasión del descanso invernal de la Bundesliga promovieron la contratación de Theresa Holst, experta en psicología deportiva. La psicóloga acompañó al equipo a su campo de entrenamiento en Catar, donde mantuvo conversaciones individualizadas con los jugadores.

ELa doctora Holst no es nueva en la tarea. Trabajó por espacio de tres años para el VfL Bochum, actualmente en Segunda División, así como para las secciones juveniles del propio Schalke 04. Se estrena ahora en la Bundesliga con funciones de largo arraigo en otras disciplinas deportivas. Ha firmado un contrato fijo, dispone de un despacho propio en las dependencias del club y últimamente se le ha visto en fotografías de prensa, vestida con el chándal azul del Schalke, conversando con este o el otro jugador.

La idea es que permanezca en contacto continuo con el equipo, si bien para ella el vestuario constituye una zona tabú. Acude a los entrenamientos y trata de hacerse una idea lo más precisa posible, a partir de la observación de gestos, lenguaje corporal y cualquier otra señal significativa, del grado de armonía o de mala avenencia del grupo.

Según esto, traza un plan de entrevistas acordada con los responsables de la preparación física y técnica. A diario conversa en privado, durante aproximadamente quince minutos, con diversos jugadores. ¿La finalidad? Darles una oportunidad para que verbalicen sus problemas, hagan propuestas, formulen deseos, se desahoguen. Se trata de ofrecerles una ayuda que les permita combatir con cierta eficacia el estrés, el descontento, el exceso de agresividad, posibles miedos, etc.

Theresa Holst sabe de sobra que un psicólogo no puede convertir a un jugador mediocre en un genio del balón. Pero también sabe que un futbolista no es una máquina. Bajo la camiseta late el corazón de un hombre sensible, expuesto con mucha frecuencia a factores negativos que pueden afectar a su salud mental, perjudicando de paso su rendimiento deportivo. El tiempo dirá de qué modo ha repercutido el trabajo de la psicóloga en la casa revuelta que es a menudo el Schalke 04. Por de pronto, reanudada la Bundesliga tras la interrupción invernal, el equipo ha ganado con autoridad los tres partidos disputados. A las caras ceñudas de diciembre han regresado las sonrisas.

Equipos de plástico

Por: | 09 de febrero de 2014

La denominación es a todas luces despectiva. La empleó en público, quizá la inventó, semanas atrás el director ejecutivo del Borussia Dortmund, Hans-Joachim Watzke, para referirse a ciertos equipos alemanes con nota de advenedizos. Se dijera que calificación tan vejatoria vierte una sombra de duda sobre la legitimidad de los aludidos para ocupar un espacio en la máxima categoría del fútbol alemán.

¿Qué es un equipo de plástico? Es aquel que carece de timbre histórico (aunque en este punto, como acaso en todos los demás, habría que matizar) y debe su participación en la Bundesliga al apoyo financiero de un mecenas o de una gran empresa.

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Robben, del Bayern, y Luiz Gustavo, del Wolfsburgo.

A los equipos de plástico les falta, dicen, arraigo en el paisaje deportivo del país. Reúnen un pisto de futbolistas de origen dispar, atraídos por contratos lucrativos. A este tipo de jugadores antes los llamaban mercenarios, un vocablo con ostensibles connotaciones denigratorias. Se les reprocha que jueguen con escasa o ninguna pasión, sin una vinculación emocional con la camiseta que visten, salvo tal vez cuando se hallan en tratos para mejorar sus ingresos o los mueve la ambición de hacerse interesantes a otros equipos más poderosos. Sus seguidores tiran igualmente a desapasionados. Repasa uno sus plantillas y encuentra jugadores procedentes de todo el mundo. El japonés pasa el balón al argentino, que retrasa para el camerunés, el cual se la da al polaco para que a su vez se la tire al australiano. No es raro que la mayoría ignore el idioma del lugar.¿Para qué tomarse la molestia de aprenderlo si se saben de paso? Se entienden con el entrenador y con sus compañeros ocasionales por gestos, chapurreando inglés, o simplemente no se entienden ni dentro ni fuera de la cancha.

Dos de los equipos incluidos en esta categoría han ido perdiendo lastre de plástico en el curso de las pasadas décadas y hoy por hoy están más que asentados en la Bundesliga. Se trata del Wolfsburgo y del Bayer Leverkusen. El primero, que ya lleva 17 años seguidos en la máxima categoría, llegó a ganar el campeonato en 2009, por los días en que varios aspirantes se disputaban el título, no como ahora que es cosa de uno. El Leverkusen es aún más veterano y ciertamente, aunque carezca de la solera de otros, los llamados equipos tradicionales, su ausencia dejaría un hueco considerable en la Bundesliga.

El Wolfsburgo cuenta con el potente respaldo financiero de la empresa de automóviles Volkswagen, a la que pertenece. Se puede permitir fichajes millonarios como el de Diego Ribas (nuevamente en el Atlético), Luiz Gustavo o Kevin de Bruyne. Al Leverkusen le bombea dinero otro gigante industrial, la Bayer. Dado que uno y otro responden a la modalidad de equipos de empresa, no se les aplica la llamada regla 50+1, que pone coto a la intervención de inversores en los equipos, para enfado de la competencia, que se siente perjudicada.

El caso del TSG 1899 Hoffenheim es distinto. Se trata del equipo de un pueblo de poco más de tres mil almas, próximo a la pequeña ciudad de Simsheim, donde juega los partidos de casa. Su suerte está estrechamente unida al mecenazgo de uno de los empresarios más ricos de Alemania, Dietmer Hopp.
El Hoffenheim competía en Tercera División cuando este fundador y propietario de una empresa informática decidió poner a disposición del equipo, en el que él mismo había jugado de joven, fuertes sumas de dinero. Compró jugadores, contrató a un entrenador de prestigio (Ralf Rangnick) y a personal capacitado para sostener una estructura organizativa. Dos años después, en 2008, saltando como una rana de una categoría a otra, el equipo logró encaramarse a la Bundesliga, donde continúa. Si aceptamos el postulado de Watzke, el Hoffenheim constituye el equipo de plástico por antonomasia.

Pero quizá tenga pronto un competidor. Se dijo hace poco, medio en broma, medio en serio, que el Bayern Múnich ganará las próximas 10 Ligas. La afirmación dio lugar a una encuesta entre expertos del fútbol sobre los equipos que podrían tal vez romper la previsible racha triunfal de los bávaros. El Borussia Dortmund obtuvo el mayor número de votos, seguido por el Wolfsburgo, equipo con posibles. Lo llamativo es que el tercer puesto lo ocupara el RB Leipzig, que en la actualidad milita en Tercera División, entrenado (qué casualidad) por Ralf Rangnick. Ya lo esperan. Pues, como dijo recientemente con su ironía habitual Armin Veh, entrenador de Eintracht de Fráncfort: “El dinero mete goles”.

Huntelaar, faro del Schalke

Por: | 06 de febrero de 2014

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Huntelaar celebra un gol con el Schalke. / AP

Cinco meses ha estado de baja el delantero holandés Klaas-Jan Huntelaar. Tras el descanso invernal, recuperado de una grave lesión de rodilla, ha vuelto y su equipo, el Schalke 04, parece otro. Un equipo que de repente se pone a ganar partidos, que ha recobrado la ambición, que juega con una especie de alegría, desenfado, ligereza, que no mostraba desde hace tiempo. Ayer en zona mediocre de la clasificación, ahora está entre los candidatos a la Liga de Campeones.

Ha bastado la presencia de Huntelaar en el campo para que el equipo enderezase el rumbo. El presidente del Schalke, Clemens Tönnies, no sabemos si movido por un rapto poético, lo definió como un Leuchtturm (faro). El apelativo no sólo es una manifestación pública de aprecio. Implica el reconocimiento de que el equipo navegaba a oscuras y a la deriva, dejando tras sí una estela de puntos perdidos.

No se trata, en realidad, de que Huntelaar haya hecho maravillas. Ha hecho lo que sabe: crear peligro en el área del rival, meter un gol, propiciar otros. Es, simplemente, que sus compañeros vuelven a tener un punto de referencia sobre el césped, así como la convicción de que, si Huntelaar juega, todo está bien, nada puede fallar.

Tras la victoria a finales de enero contra el Hamburgo (0-3), sus compañeros Kevin Prince Boateng y Max Meyer declararon en sendas entrevistas, con palabras apenas diferentes, que la presencia de Huntelaar en el terreno de juego les había servido de gran ayuda, como si dicha presencia hubiese obrado en el equipo el efecto de un talismán.

Huntel02 A sus 30 años, el jugador holandés se encuentra en un momento de plenitud. Tiempo atrás, Van Gaal aseguró de él que era el mejor delantero en la especialidad que Huntelaar mejor domina, la brega con astucia y agilidad en las inmediaciones del punto de penalti. Su carrera, sin embargo, no ha estado exenta de sombras.

El aficionado español quizá recuerde su paso fugaz por el Real Madrid, adonde llegó en 2009, fichado en el curso de una operación de invierno para ocupar la vacante por lesión de su compatriota Ruud van Nistelrooy. Lo acompañó en la cesta de la compra el francés Lasanna Diarra. Total, que los dos habían disputado esa temporada partidos de la Copa de la UEFA con sus respectivos equipos y la UEFA sólo consintió en la participación de uno de ellos en la Liga de Campeones con el club madrileño.

No puede decirse que la dirección deportiva del Real Madrid se luciera en este asunto. Por motivos tácticos, el entrenador prefirió al francés. En total, Huntelaar disputó veinte partidos, trece como titular, con los blancos. Pocos para un futbolista que había costado 20 millones, más 7 por objetivos. En verano llegó Pellegrini, que no lo quiso. Huntelaar se marchó al AC Milan, donde apenas jugó. Al cabo de un año, Silvio Berlusconi pidió hueco para Ibrahimovic y Robinho, y al holandés no le quedó más remedio que hacer de nuevo las maletas.

Quizá le haya faltado carisma, mala órdiga para exigir y levantar la voz, y al final, antes de su llegada al Schalke, donde nadie le disputa el puesto y con el que ha sido máximo goleador de la Bundesliga (temporada 2011/12), otros se han zampado el bocadillo. Algo similar le ha ocurrido hasta la fecha en la selección holandesa. A pesar de sus méritos indudables, a la hora de configurar la lista de titulares fueron otros los elegidos.

 

Así las cosas, el capítulo de la selección nacional no está cerrado para él. Durante la convalecencia de su lesión del ligamento lateral interno, ha trabajado como un poseso a fin de recuperarse del todo en un plazo razonable de tiempo. Confiesa estar sobremanera motivado, primero por clasificarse con el Schalke para la Liga de Campeones, segundo por vestir de anaranjado en el Mundial de Brasil.

Klaas-Jan Huntelar tiene contrato con el Schalke hasta 2015. El director deportivo, Horst Heldt, ha anunciado que en breve iniciará conversaciones con el representante del jugador. Al revés que otros equipos, que lo dejaron ir sin sacar provecho de sus enormes cualidades, el Schalke está dispuesto a retenerlo como sea. Lo cual significa, claro está, que habrá que rascar el bolsillo. No vaya a ser que se apague el faro, esta vez para siempre.

Beckenbauer, un elegido de la fortuna

Por: | 02 de febrero de 2014

Existe una especie infrecuente de individuos a quienes es dado desarrollar en grado óptimo sus dotes portentosas y vivir lo suficiente para disfrutar con plena conciencia de su éxito la merecida recompensa.

Forman parte de este grupo selecto, según dicen, Goethe y Thomas Mann. Uno añadiría por su cuenta a Picasso o a Paul McCartney. En el terreno deportivo (y financiero) puede sin duda añadírseles Franz Beckenbauer, el hombre al que por lo visto, dejando a un lado los inevitables dolores de muelas de cada cual, le ha salido todo bien en la vida.

Ya sólo con lo que consiguió de futbolista merecería una página propia en los anales deportivos. Se estrenó como jugador del Bayern Múnich a los 18 años, en 1964. Que el día del debut metiera un gol es una de tantas sonrisas que le ha concedido el destino.

Al año siguiente empezó a jugar en la selección nacional con maneras, si no de jefe, de director. Cuentan que el sobrenombre de Káiser surgió con ocasión de una foto hecha a Beckenbauer en Viena, junto al busto del emperador Francisco José I de Austria.

Fue líbero (el más elegante que ha habido, dicen) y lo fue tanto dentro como fuera del campo, no muy aplicado en los entrenamientos, siempre a su aire y siempre llevando la voz cantante.

Kaiser

Beckenbauer, con la Copa del Mundo de 1974.

Le tocó marcar a Bobby Charlton en la final de Wembley de 1966, la del mítico no-gol de Hurst. Jugó hasta el final, con una grave lesión de hombro, el llamado Partido del siglo contra Italia en el Mundial de México. En 1972 fue campeón de Europa con su selección. Dos años después levantó la Copa del Mundo, trofeo que volvió a ganar como entrenador 16 años más tarde, hazaña reservada a unos pocos.

Es posible que en un momento determinado perdiera la cuenta de las Ligas, Copas y trofeos que contribuyó a ganar, siempre con el Bayern y la selección nacional, hasta que a principios de los ochenta se fue retirando poco a poco, ya en el Cosmos de Nueva York, ya en el Hamburgo, con el que también ganó la Liga. En cierta ocasión confesó que se hacía transfusiones de su propia sangre, cuando esta práctica no era ilegal, con el objeto de mejorar su rendimiento.

Terminada su carrera de futbolista, podía haberse consagrado al golf, unas de sus pasiones, a los anuncios publicitarios y a sus peripecias privadas (mujeres, matrimonios, procreación), que darían para llenar varios libros. Pero el fútbol germano seguía necesitando del talismán de su nombre, mientras que la fortuna aún tenía el cuerno rebosante de obsequios para él.

Y entonces Maceda metió en París aquel célebre gol de cabeza que supuso la eliminación de Alemania en la Eurocopa del 84. Para los alemanes, un desastre nacional; para su selección, una dolorosa pérdida de imagen, cercana a la humillación, y para el entrenador, Jupp Derwall, la despedida.

Lo sucedió el Káiser con el título de jefe del equipo, puesto que carecía de licencia para entrenar. Se levantaron algunas voces críticas. Beckenbauer las acalló a su manera campechana. Que para qué necesitaba él un papel, dijo, después de 20 años de práctica del fútbol. Cuando se sacó la licencia, en 1989, llevaba 50 partidos dirigiendo a la selección. Para entonces había llegado a una final de la Copa del Mundo, que perdió contra Argentina, y le faltaba un año para proclamarse, también contra Argentina, campeón del mundo.

De jugador había tenido buenos entrenadores, ejercido de capitán, protagonizado momentos memorables. Y en su larga experiencia y en su inmenso prestigio, que suscitaba en rededor un respeto rayano en la idolatría, basaba su fortaleza como entrenador. De estrategia no sabía mucho y todavía, cuando participa en las tertulias de televisión, tartamudea y propende a las trivialidades (hay un parodista que lo clava imitándolo). Pero, ojo, trabajaba con método, se rodeaba de profesionales, miraba vídeos como un poseso, tenía un olfato infalible para descubrir las debilidades del rival y sabía hacerse respetar. El resto lo puso una excelente generación de jugadores con mentalidad ganadora: Mathäus, Brehme, Klinsmann, Völler y compañía.

Entrenó al Marsella, con el que llegó a la final de la Copa de Europa. Ha sido presidente del Bayern (sigue siéndolo a título honorífico), así como funcionario de alto rango en la Federación Alemana y en diversos organismos deportivos internacionales. Lo dicho, si algún día me cruzo con él por la calle, intentaré tocarle la espalda sin que lo note.

El País

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