Balón teutón

Sobre el blog

Crónicas de la Liga más alemana del mundo.

Sobre el autor

Fernando Aramburu

, donostiarra, es autor de cuentos y novelas. Desde 1985 reside en la República Federal de Alemania, donde se dedicó durante largo tiempo a la docencia. Entretanto cayó el muro, como caen tantas cosas. Y hoy pulsa las teclas y no precisamente las del piano. Lo que más le gusta del fútbol es la literatura, o sea, el barro y el gol en el último minuto, la épica y la lírica.

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El silencioso Mandzukic

Por: | 30 de marzo de 2014

Mandzukic

Mandzukic celebra su gol al Borussia Dortmund en la final de la Champions del año pasado. / REUTERS

Tiene fama de reservado. Los que lo conocen dicen de él que nunca se sabe bien qué piensa, cómo se siente, si está contento o enfadado, si está conforme o discrepa. Al término de los partidos, Mario Mandzukic pasa de largo ante los periodistas. No es un hombre de muchas palabras ni de gestos hacia la grada.

Se le reputa de inmune a las provocaciones verbales de sus adversarios durante los partidos. Sale al campo a meter goles. Si llueve, que llueva. Está en forma, encabeza la lista de máximos goleadores de la Bundesliga y ahora mismo no hay en el mundo muchos rematadores de su categoría, lo cual, en el Bayern Múnich de Guardiola, no garantiza la titularidad.

Jupp Heynckes, en sus días de entrenador de los bávaros, alabó su generosa manera de concebir el fútbol como una actividad colectiva. Mandzukic lo fía todo al trabajo y la disciplina, predisposición habitual de aquellos que proceden de la parte baja de la sociedad y han salido adelante a fuerza de sacrificio. Las difíciles circunstancias en que transcurrió su infancia le enseñaron a no tirar la toalla, también a mantener un talante solidario con el grupo en lugar de buscar a toda costa el lucimiento personal. Si tuviera el desparpajo (¿el carisma?) de Ibrahimovic o de Eto’o, sería harto más conocido.

Hasta los seis años se crió en un pueblo de Croacia, su país natal. Estalló la guerra de Yugoslavia y en 1992 su familia se puso a buen recaudo en Alemania, no lejos de Stuttgart. La pasión por el fútbol le viene a Mario Mandzukic de su padre, que llegó a jugar en la Cuarta División alemana. La familia regresó a Croacia en 1996. Allí, en el Dinamo Zagreb, el joven Mandzukic dará sus primeros pasos como futbolista profesional, antes de volver a Alemania fichado por el Wolfsburgo, su primera estación en la Bundesliga. Hoy es el 9 del Bayern Múnich y uno de los hombres fuertes de la selección croata, clasificada para el Mundial de Brasil.

 

Mario Mandzukic tiene una acendrada vena patriótica. Con ocasión del triplete obtenido por su actual equipo la temporada pasada, lo vimos exhibir la bandera de Croacia durante las habituales algazaras de los ganadores. En noviembre de 2012, un gesto, al parecer malentendido, le supuso una amonestación de la Federación Alemana de Fútbol y lo malquistó con la prensa. Tras meterle un gol al Núremberg, su celebración del gol, en compañía del suizo Shaqiri (nacido en Kosovo), fue interpretada como un saludo a dos generales croatas de cuando la guerra. El Bayern desmintió. El jugador guardó silencio.

No le sentó bien el anuncio, en enero pasado, del fichaje de Robert Lewandowski por el Bayern Múnich para la próxima temporada. Una cosa es que Guardiola decida no jugar con un delantero centro a la vieja usanza y otra que el equipo se haga para dicho puesto con los servicios de una de las estrellas de la Bundesliga, lo que augura una suplencia segura, al menos al principio, para Mandzukic. El croata reaccionó a su manera. Se abstuvo de protestar, pero durante los entrenamientos (todos a puerta cerrada por orden del entrenador) hizo tal gala de indolencia que Guardiola lo excluyó temporalmente del equipo.

La directiva del Bayern intervino con celeridad y tacto diplomático ofreciéndole la renovación del contrato. El jugador se sintió querido y desde entonces se dedica a corresponder con goles el aprecio que se le ha mostrado. A tal extremo llega su efectividad que Guardiola opta con frecuencia por hacer con él una excepción en su estrategia favorita. A fin de cuentas, los partidos los deciden los goles, no la mera posesión de la pelota. Tarde o temprano alguien deberá meterla en la portería.

Y no es sólo que Mandzukic sume goles. Una encuesta reciente entre los defensas centrales de la Bundesliga lo sitúa en la primera línea de los delanteros más incómodos de marcar. Uno de los consultados, Sebastian Langkamp, zaguero del Hertha BSC Berlín, lo describe en los siguientes términos: “Es rápido, robusto, un excelente rematador de cabeza y muy técnico con el balón. En suma, un jugador completo”. Jugador, además, que no se limita a buscar el remate, sino que se afana, pelea y no para de incordiar al rival en el inicio de su juego. Su considerable envergadura lo hace especialmente potente en el choque. Cualquiera no lo derriba.

Crónica de la última gresca

Por: | 26 de marzo de 2014

Decidido el ganador de la Bundesliga, últimamente los duelos más reñidos no se llevan a cabo sobre el césped de los distintos campos de fútbol, sino en el terreno de las declaraciones, los ataques verbales y las réplicas correspondientes.

El último rifirrafe ha recibido una enorme atención mediática. Lo protagonizaron dos que se llevan como el perro y el gato, el director deportivo del Bayern Múnich, Matthias Sammer, y el entrenador del Borussia Dortmund, Jürgen Klopp. La disputa se ha prolongado después entre los adeptos de uno y otro.

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Pep Guardiola y Matthias Sammer se abrazan tras conquistar la Bundesliga / efe

La cuestión es que las abultadas derrotas en Liga de Campeones del Bayer Leverkusen (0-4 contra el Paris Saint-Germain) y del Schalke (1-6 contra el Real Madrid), a las que se sumaron los partidos de vuelta, también perdidos, han supuesto una considerable merma de imagen para la Bundesliga.

La supremacía del Bayern Múnich confirma por añadidura que el campeonato alemán de fútbol no es tan competitivo como vaticinaban algunos a principios de la temporada. Y no se trata tan sólo de que los bávaros ganen los partidos como quien recoge margaritas en el prado; es que los inmediatos seguidores en la clasificación, a más de veinte puntos de distancia todos ellos, se muestran inconstantes por demás en su rendimiento. Con frecuencia empatan o pierden contra equipos situados en la zona baja de la tabla. Téngase en cuenta que el Schalke 04, una presa fácil para el Real Madrid, es el que está dando mayores muestras de fortaleza en el tramo actual de la temporada.

En tal contexto conviene entender las declaraciones recientes de Matthias Sammer. Le preguntaron, respondió. ¿Qué dijo? Pues evitando nombres, pero refiriéndose sin duda a los clubes de los que depende más directamente, por su implicación en competiciones internacionales, el prestigio del fútbol germano, aseguró que en ellos el trabajo deja mucho que desear, los entrenamientos no están a la altura de los retos deportivos, hay un déficit de mentalidad ganadora, no se adoptan los métodos adecuados, etc. Y, desde una posición que a muchos les pareció arrogante, puso a su propio equipo como ejemplo de cómo deben hacerse las cosas.

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Klopp consuela a Reus tras el empate sin goles del Borussia contra el Schalke / afp

Demasiado para Klopp, que ya tuvo con Sammer, meses atrás, una disputa no muy edificante en el borde del campo. Faltó la mitad del grosor de un pelo para que llegaran a las manos. A todo esto, hay que añadir que Klopp no termina de serenarse. El otro día, durante el partido que enfrentó a su equipo contra el Borussia Mönchengladbach, perdido por los suyos, el árbitro volvió a mandarlo a la grada. Y van... La Federación le impuso una multa de 10.000 euros. Dado que ese dinero está destinado a fines benéficos, el castigado interpretó como su acción buena del día los raptos coléricos con los que fatigó los tímpanos del cuarto árbitro.

En rueda de prensa arremetió contra Sammer, saltando por encima de las críticas mejor o peor fundadas de este para ir derechamente, por la vía del sarcasmo, al ataque personal. Dijo que “en su lugar, agradecería a Dios todos los días que alguien hubiera tenido la idea de ofrecerme el puesto.” Otra pulla: “No creo que el Bayern hubiera conseguido un solo punto menos si él (Sammer) no estuviera.” Lo motejó de superfluo y punto menos que de parásito del mejor equipo de Alemania y, según la peña local (saludos a Madrid, Londres, París y Barcelona), del mundo.

Por su parte, Matthias Sammer reiteró días después sus reproches, denominando “debate de la envidia” la discusión entablada con Klopp. En una larga entrevista publicada por el semanario Sport Bild se explayó en pormenores sobre sus funciones dentro del Bayern, con un claro propósito de presentarse como hombre que no está de adorno en el club.

Entretanto el exportero Oliver Kahn, que ejerce de periodista de prensa y de comentador deportivo en televisión, censuró a Klopp su susceptibilidad, también que no hubiese centrado su réplica, a la que tiene todo el derecho del mundo, en las cuestiones de fondo en vez de personalizar. Esto se lo soltó delante de las cámaras, al término del partido de Liga de Campeones que enfrentó al Borussia Dortmund contra el Zenit de San Petersburgo, perdido por los de Klopp, pese a lo cual se clasificaron para cuartos. Klopp, visiblemente tenso, discrepó. Al punto comenzó entre ambos una nueva discusión que no pasó a mayores porque el moderador intervino zanjador. Como niños.

Toni Schumacher, portero temible

Por: | 24 de marzo de 2014

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Schumacher, durante un partido con la selección alemana. / CORDON PRESS

Harald Anton (Toni) Schumacher
cumplió el pasado 6 de marzo 60 años. Nadie pone en duda que en sus buenos días fue uno de los grandes porteros que ha dado el fútbol alemán. Sin embargo, y mal que le pese, se le sigue recordando no tanto por sus méritos como por los escándalos y las broncas que armó en su aventurada carrera deportiva.

Él mismo considera que no puede estar cuerdo un futbolista que cada dos por tres debe arrojarse de cabeza contra los tacos metálicos de sus rivales. Con motivo de su sexagésimo cumpleaños, se publicaron unas cuantas entrevistas y eso es todo. A pesar de su palmarés, la figura no acaba de despertar fervor. Días antes, su ídolo Sepp Maier cumplió 70 y ningún noticiario de televisión se abstuvo de celebrarlo.

Toni Schumacher defendió durante casi 15 años la portería del FC Colonia. Desde su llegada al club hasta que, en 1987, lo despidieron como consecuencia de la publicación de su célebre libro, titulado Tarjeta Roja en la edición española, ganó una Liga y dos Copas, alcanzó la titularidad en la selección nacional y fue galardonado en dos ocasiones con el título de mejor futbolista alemán del año.

Aborrecido por revelar secretos y malas prácticas de sus compañeros de profesión, del Colonia pasó al Schalke 04, con el que descendió a Segunda. Se fue al Fenerbahçe de Estambul y allí ganó la Liga turca. Más tarde jugó ocho partidos con el Bayern Múnich y uno, el último de su carrera profesional, en 1996, con el Borussia Dortmund. A pocos minutos del final, saltó al terrero de juego cuando ya el Borussia tenía asegurado el campeonato, lo que permite a Schumacher figurar en la corta lista de jugadores que han ganado la Bundesliga con dos equipos distintos.

Fue un hombre peculiar, problemático en el trato, sin pelos en la lengua. Una disputa en el vestuario con su entrenador del Colonia, Rinus Michel, le supuso el apartamiento temporal del equipo. En el campo se empleaba con dureza. Frecuentador de quirófanos, sufrió hasta 15 roturas de hueso.

 

En 1980 estuvo a punto de sucederle una desgracia de otro cariz. Un desconocido trató de secuestrar a sus hijos de corta edad. La intervención oportuna de una maestra del colegio truncó el rapto.
Schumacher era especialista en penas máximas. Aún sigue siendo el segundo portero que más penaltis ha parado en toda la historia de la Bundesliga. Solía apostar con Karl-Heinz Rummenigge (500 marcos) y con Paul Breitner (200), jugadores del Bayern, a que no le metían gol en caso de penalti. Los tres saltaban al campo con el dinero metido por dentro de las espinilleras.

La publicación de su libro marca una cesura en su carrera. Traducido a numerosos idiomas, fue un éxito de ventas; en Alemania, además, un escándalo mayúsculo. Schumacher tuvo que dejar a un tiempo el FC Colonia y la selección nacional, con la que se había proclamado campeón de Europa en una ocasión y en otras dos había llegado a ser finalista de la Copa Mundial.

El libro abunda en detalles sobre dopaje, prostitutas en los hoteles de concentración, alcohol y otros vicios y debilidades de sus compañeros de la selección, y extiende las comprometedoras revelaciones al mundo del fútbol en general. De este modo, Schumacher rompió un código de honor. Todavía hay gente que se lo reprocha y que le niega el saludo. Él alega en su defensa que contó la verdad y que no puede evitar ser como es. Tras la publicación del libro, su carrera fue una deriva por diversos equipos. Hoy es vicepresidente del FC Colonia.

Pero si por algo se le recuerda en los anales del fútbol es por la brutal entrada que le hizo al francés Patrick Battiston en 1982, en Sevilla, durante las semifinales del Mundial disputado en España. Pasados los años, aún se justifica diciendo que no pudo evitar la colisión por hallarse en el aire y recuerda, no sabemos si con una punta de cinismo, que el árbitro ni siquiera le mostró tarjeta. Alemania ganó aquel partido en la tanda de penaltis (Schumacher paró dos). Camino de los vestuarios, el temible portero supo por boca de unos periodistas que Battiston había perdido dos dientes en el encontronazo. Schumacher, que a esas horas ya tenía soliviantada a toda Francia, terminó de exasperarla ofreciéndose a costearle al maltrecho jugador francés los gastos de la ortodoncia.

 

Un árbitro en la cárcel

Por: | 19 de marzo de 2014

S
Hoyzer, durante el partido de Copa alemana que enfrentó al Paderborn y al Hamburgo en 2004. / AP

El 21 de agosto de 2004 llovió. ¿Dónde? En las fuentes del río Pader. Por aquel tiempo, debido a ocupaciones docentes, yo residía en una apacible ciudad de provincias, al este de Westfalia, llamada Lippstadt, de donde viene, por cierto, el exfutbolista Karl-Heinz Rummenigge. Dos días a la semana debía desplazarme a otra ciudad de menor tamaño, Geseke. Y de Geseke a Paderborn son cuatro pasos como quien dice.

Por aquí desfiló Napoleón en sus días de cañones y conquistas, y aquí, en Paderborn, importante centro católico, con numerosa presencia de hábitos y sotanas por las calles, llovió en el día ese que he dicho. Además de la lluvia, ocurrió un hecho que dejó un lamparón negro en la historia del fútbol alemán, al descubrirse uno de los fraudes deportivos más sonados que se recuerdan.

El partido era de Copa. Al Hamburgo, dinosaurio de la Bundesliga, le había tocado enfrentarse al débil Paderborn, hoy bien colocado en Segunda, entonces perdido en una categoría regional. No voy a emplear la imagen tópica de David y Goliat, ni la del ratón y el elefante, pero podría y acaso debería hacerlo y quizá ya lo he hecho.

Pues nada, que empezó el partido, vamos, vamos, y durante un rato todo fue discurriendo de forma previsible. A las pocas carreras, el Hamburgo ganaba 2-0. Y, en esto, el árbitro empezó a tomar decisiones extrañas, todas ellas coincidentes en favorecer al ratón.

S Tan extrañas como que, al llegar el descanso, el modesto equipo de categoría regional había empatado el partido y el Hamburgo se había quedado con diez jugadores; aunque luego se supo que la expulsión de Mpenza estaba justificada. El jugador del Hamburgo había insultado al imparcial, apelativo este que suele aplicarse en Alemania al árbitro. El Paderborn ganó el partido por 4 a 2. Dos penaltis a cuál más absurdo habían contribuido a la victoria del equipo local.

En un principio nadie notó, ni los jugadores de un equipo ni los del otro, que el hombre clave de la inesperada victoria del Paderborn había sido el árbitro. A fin de cuentas, que el pequeño le gane al grande forma parte del guión habitual de las competiciones coperas.

La prensa deportiva dio cuenta de la eliminación del Hamburgo, de la discutible actuación del árbitro, y ahí quedó la cosa. Bueno, quedó ahí hasta cierto punto. El mal comienzo del equipo hamburgués aquella temporada y la eliminación, a primera vista vergonzosa, de la Copa le costaron al cabo de dos meses el puesto al entrenador.

Fue a principios de 2005 cuando se hizo pública la trapacería del falso imparcial. Robert Hoyzer era su nombre, un fortachón de veinticinco años y casi dos metros de altura, a quien se le auguraba un futuro boyante como árbitro. Ya para entonces había intervenido en algunos partidos de Segunda División. Se daba por seguro su ascenso a la máxima categoría.

No era la primera vez que Hoyzer había influido con sus decisiones en el resultado de un encuentro. ¿Su finalidad? Servir a los intereses de una organización dedicada a las apuestas ilegales, con sede en Berlín, de la cual recibió 67.000 euros y un televisor de pantalla plana. Tales fueron sus honorarios, francamente escasos si se considera lo que con su ayuda ganaron sus patrones. Sólo con ocasión del partido de Paderborn, 780.000 euros.

 

Pero ocurre que en Alemania, país ordenancista, propenso al control, amigo de las comprobaciones, la picaresca mediterránea no ha logrado nunca arraigar seriamente. Los dos hermanos croatas que sostenían el tinglado de apuestas lo intentaron, con los resultados que hoy se conocen: el tejemaneje se descubrió y Hoyzer confesó, dando nombres, fechas y números. Llegó a exhibir su arrepentimiento en televisión. Y como era bien apersonado, le salieron numerosas admiradoras.

De poco le sirvió. La Federación Alemana de Fútbol lo inhabilitó a perpetuidad. Lo invitaron después a sentarse en el banquillo de los acusados y, nada, le cayeron dos años. También sus compinches recibieron la correspondiente ración de castigo.

En mayo de 2007, enfocado por las cámaras de los noticiarios, Robert Hoyzer ingresó en la prisión de Hakenfelde. Le concedieron la libertad catorce meses después, acortada la condena por buen comportamiento. Para el Hamburgo, aquellos juicios y condenas llegaron tarde, aunque los dos millones de euros que en concepto de indemnización le pagó la Federación Alemana un poco, al menos un poco, lo tuvieron que consolar, a mí que no me digan.

O Thiago o nada

Por: | 16 de marzo de 2014

La frase ha hecho fortuna en los medios deportivos alemanes. Se repite con frecuencia cuando la conversación versa sobre Thiago Alcántara, que ahora mismo es uno de los jugadores más admirados de la Bundesliga.

En Múnich, la frase en cuestión ha adquirido el peso solemne de una sentencia esculpida sobre un friso romano. Se conoce que siguen agradando entre los Alpes y el mar del Norte, a pesar de los siglos transcurridos, ciertos soplos rezagados del Imperio Romano.

La frase no es de emperador alguno, sino de Pep Guardiola. Curiosamente evoca una canción popularizada décadas atrás por un célebre artista alemán de televisión. Su estribillo, que consigno traducido, decía: “Descalzo o con zapatos de charol, todo o nada”. No es descartable que este pormenor haya contribuido a convertir la frase de Guardiola en uno de tantos dichos memorables que acompañan la historia de la Bundesliga.

ThiagoThiago, con el Bayern./ getty

Se trata, claro está, de la formulación de una exigencia. Guardiola, que quiso a Neymar en el Bayern, consiguió a Thiago Alcántara tras lanzar a la dirección deportiva del equipo bávaro un ultimátum. Vino a decir, recién asumidas las funciones de entrenador, que si no era posible fichar a Thiago, renunciaba a la contratación de ningún otro centrocampista. O Thiago o nada.

Thiago Alcántara (23 años el próximo abril) pasa por ser el Liebling (favorito) de Guardiola en el Bayern Múnich. Hay que reconocer que el jugador lo tiene todo para serlo. Es inteligente y ligero; brega en el centro del campo; lee, como suele decirse, de maravilla los partidos y además lleva, retiene, controla, reparte el balón, lo que hace de él una pieza indispensable para la filosofía futbolística de su entrenador. Se le han llegado a contar 185 toques (récord de la Bundesliga) en el curso de un partido, con un porcentaje de pases certeros por encima del 90%. No es exagerado afirmar que apenas hay una jugada de su equipo en la que él no participe.

Guardiola le ha reprochado alguna vez, con afable tibieza, su talante juguetón. Que a veces se desconcentra, que corre demasiados riesgos, dicen que le dice. Y es verdad que a su lado Philipp Lahm o Bastian Schweinsteiger parecen máquinas de ejercer el fútbol, siempre racionales y previsores, lo que quieras que no redunda en perjuicio del espectáculo.

Es precisamente la propensión al detalle pinturero y al juego bonito (¿qué otra cosa se podía esperar del hijo de un futbolista brasileño?) lo que hace a Thiago Alcántara aún más querido por la afición. El público muniqués ya no se conforma con victorias. Quiere arte, espectáculo, belleza.
Se ha interpretado el fichaje del jugador español como una prueba de que Guardiola ha tratado o está tratando de barcelonizar al Bayern Múnich. Al propio Thiago se lo preguntan a menudo en las entrevistas, por regla general después de compararlo con quien él considera su ídolo y modelo, Xavi Hernández.

 

La respuesta, sensata, es siempre la misma. No hay remedo ni calco posibles. El FC Barcelona y el Bayern Múnich representan dos mentalidades deportivas distintas, y ello a pesar de las inevitables coincidencias de naturaleza táctica. En todo caso, algunas concomitancias evidentes (la abrumadora y para algunos tediosa posesión del balón, por ejemplo) obedecen al sello inconfundible del entrenador. El Bayern está cada día más guardiolizado. Es el entrenador quien establece las líneas de juego, con distintas variantes, algunas de las cuales recuerdan a las del FC Barcelona cuando él lo entrenaba.
No oculta Thiago Alcántara que se siente a gusto en la Bundesliga. Aparte de militar en un equipo ganador, se desenvuelve sobre el terreno de juego con tal vivacidad, tan bien compenetrado con sus compañeros (a los que afirma entender, aunque aún no ha aprendido alemán), que nadie diría que lleva unos pocos meses jugando de rojo. No le hace falta recalcar ante los micrófonos que está disfrutando. Se le nota.

Él recuerda agradecido los años extraordinarios que pasó en Barcelona, no sin reconocer que lo tenía harto difícil para disputarles el puesto a figuras como el mencionado Xavi o como Andrés Iniesta. Semanas atrás, mostró una punta de corazón dolido cuando, en declaraciones a un periódico deportivo alemán, dijo que no le habían transmitido en el FC Barcelona la sensación de que se creyera en él. En Múnich no caben dudas al respecto. O Thiago o nada.

Rivalidades, aversiones, ataques

Por: | 12 de marzo de 2014

En toda ocasión impera el dinero. La sentencia procede de la péndola de Publilio Siro, autor latino que vivió entre el 85 y el 43 a. C. No hay testimonios de que se practicara el fútbol en la antigua Roma, pero quién sabe. ¿Hemos de descartar por principio la posibilidad de que a veintidós legionarios se les ocurriera una tarde improvisar una cancha con dos arcos de triunfo?

Sea como fuere, el aludido previó en su lejano día una ley básica del deporte actual. El dinero, según reza un dicho frecuente en bocas germanas, gobierna el mundo. Puede que hasta le dé forma. Huelga decir que también manda en el fútbol profesional. Difícilmente prosperará hoy día un equipo que no funcione como una empresa.

El fútbol, pues, al menos en esta época de capitalismo desatado, es tanto un deporte como un producto. Esta última faceta la puede obviar el aficionado que busca identificación sentimental con unos colores; pero, aunque se tape los ojos con la bufanda del equipo, a este no lo afectará menos la vieja máxima del latino.

Sabido es que el poder pecuniario permite echar las redes a los mejores jugadores. Tocante a la Bundesliga, el mayor buque pesquero se llama Bayern Múnich, si bien sería injusto no reconocerle que mantiene su propia piscifactoría. Schweinsteiger, Lahm, Müller, Alaba, entre otros, crecieron como futbolistas en la alberca de casa.

Arsenal
Oxlade Chamberlain hace falta a Ribery

Gusta, no obstante, el equipo bávaro de meter el salabardo en aguas ajenas, lo que a un tiempo le permite reforzarse y debilitar al adversario. No debió de hacerles mucha gracia a los miembros de su ejecutiva ver al Borussia Dortmund ganar entre 2010 y 2012 dos Ligas y una Copa. El año pasado acercaron a la boca de Götze una millonada prendida al anzuelo y el verano que viene tendrán a Lewandowski vestido de rojo en el Allianz Arena.

En el Borussia, la pérdida de dos de sus jugadores más valiosos ha dejado una sensación de saqueo. Se habla por las calles de Dortmund de innobles maniobras y conjuras. Y hasta el director ejecutivo del Borussia, Hans-Joachim Watzke, un hombre de talante sosegado, acusó al Bayern de querer destruir (zerstören) al Borussia Dortmund. Destruir, ahí es nada.

Este tipo de expansiones temperamentales son infrecuentes en el patio futbolero alemán, donde se prodiga menos el insulto y el ataque personal que, pongamos por caso, en latitudes de clima cálido. El propio Watzke se dio cuenta mientras hablaba de que, a efectos de imagen, había salido a escena en paños menores. Acordándose tal vez de Publilio Siro, refrenó su enfado y su vocabulario admitiendo la legitimidad de los fichajes del Bayern.

Con lo cual nos dejó a todos perplejos, sin saber por qué protestaba airadamente contra un modo de proceder que él mismo aprueba e incluso practica. A fin de cuentas, en la plantilla del Borussia Dortmund figuran no pocos futbolistas venidos de otros equipos.

El propio Lewandowski dejó en su día de meter goles en el Lech Poznan para hacerlo en Alemania vestido de amarillo. ¿Acaso Pierre-Emerick Aubameyang no falta ahora en el AS Saint-Étienne o el armemio Mkhitaryan en el Shakhtar Donetsk? Y aun sin salir de la Bundesliga, el Borussia ha metido, mete y meterá el salabardo, el retel y lo que haga falta en los estanques de la vecindad.

Hoeness
Hoeness, en el palco del Bayern

A las declaraciones de Watzke no les faltaron ribetes de ingratitud. Va para nueve años que el Borussia Dortmund se encontró en una situación económica sumamente delicada, con dificultades incluso para cubrir los sueldos de sus jugadores. El Bayern Múnich, por mediación de Uli Hoeness, a la sazón mánager de los bávaros, acudió en ayuda del equipo de la Cuenca del Ruhr, al que hizo un préstamo cuantioso sin avales. Se habla de dos millones.

No era la primera vez que Uli Hoeness mostraba con obras lo que defiende de palabra: que es partidario de una Bundesliga lo más fuerte y competitiva posible. En su día socorrió económicamente al 1860 Múnich y al Sankt Pauli, equipo este, por cierto, con una afición de arraigada tendencia política izquierdista, respetuosa, sin embargo, y agradecida, por motivos que se dejan imaginar, con el capitalista bávaro que echó una mano en momentos difíciles.

El director deportivo y la directiva del Bayern, por boca de Rummenigge, reaccionaron con severa cortesía a las declaraciones de Watzke, aclarando que nada va a cambiar en la estrategia de fichajes del equipo. Porque como dijo Publilio Siro, etcétera.

El infortunio de Badstuber

Por: | 09 de marzo de 2014

Una de las misiones sociales del fútbol y del deporte en general es hacer posible al héroe. En tiempos antiguos, el suministro de victorias y derrotas atañía principalmente a la guerra. Bien mirado, ¿qué otra cosa es un partido de fútbol sino la representación simbólica de una batalla de acuerdo con ciertas normas? No hay más que ver cómo se les aplica a los deportes colectivos el vocabulario de naturaleza bélica: ataque, defensa, refuerzo, estrategia, disparo... Recuerdo que en mis años mozos era habitual llamar ariete al delantero centro. Ahora no lo sé. Vivo lejos.

El héroe acapara los vítores, los trofeos, la atención de las cámaras y las primeras planas, mientras que el perdedor se retira de la escena envuelto en el óxido de la derrota, a menudo abucheado por los suyos. En ocasiones, una especie de destino avieso decide que el antihéroe pertenezca al bando vencedor. No otra es la suerte que le ha correspondido a Holger Badstuber, defensa central del Bayern y de la selección alemana. Va para largo tiempo que una grave lesión lo condena a asistir a la racha triunfal de su equipo desde la grada o desde un centro de rehabilitación.

No es el primero ni será el último futbolista que se lesione durante un partido. No obstante, frente a otros casos habituales, el suyo tiene un ingrediente suplementario de mala suerte. De uvas a peras, la prensa alemana se acuerda de él; pero después, entre una y otra mención, vuelven a transcurrir semanas, incluso meses, sin que se sepa nada de este joven valor (24 años).

BadasBadstuber, sentado en el banquillo con una aparatosa rodillera./ CORDON PRESS

Ocurrió en la jornada decimocuarta de la temporada 2012/13, con ocasión de un partido contra el Borussia Dortmund, entonces el equipo más poderoso de la Bundesliga. Tras un encontronazo con su actual compañero Götze, Badstuber hubo de ser retirado del campo. Poco después, se hizo público el diagnóstico: rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. Le pronosticaron una convalecencia de seis meses. Un hecho por desgracia común en los campos de fútbol; para Badstuber, el comienzo de un calvario que en 2014 aún no ha terminado.

Dos operaciones quirúrgicas precedieron a una nueva lesión en la misma rodilla. Tanto como el dolor, mortificó al futbolista el fantasma de la invalidez deportiva. Decidió hacerse tratar en los Estados Unidos, donde le propusieron la implantación del ligamento de un cadáver. A Badstuber dicha opción le inspiró fuertes escrúpulos. En consecuencia, la rechazó, decantándose por la implantación de un fragmento de su propio tendón rotuliano. La operación se llevó a cabo con éxito.

También en el caso de Holger Badstuber, el Bayern Múnich ha vuelto a demostrar calidad humana. Este equipo podrá caer mejor o peor. A muchos, en Alemania, les cae mal porque gana con frecuencia y se lleva los mejores jugadores de la competencia. No es menos verdad que a algunos les/nos produce un pinchacito de gusto ver perder a los equipos grandes.

Pero nadie podrá acusar al Bayern de dejar en la estacada a jugadores suyos afectados por alguna adversidad. No abandonó a su suerte al brasileño Breno, encarcelado por pegar fuego a su casa de alquiler; ni a Sebastian Deisler, aquejado de una severa depresión que finalmente puso fin a su carrera deportiva, y tampoco lo ha hecho ahora con Holger Badstuber.

Para empezar, sin tan siquiera tener constancia de que podría volver a jugar al fútbol, le renovó el contrato. El próximo verano expira el del belga Van Buyten, lo que dejará un tanto despoblada la defensa del Bayern. El director deportivo, Matthias Sammer, ya ha salido al paso de posibles rumores para declarar que el puesto está reservado a Badstuber. También Guardiola se entrevistó con el jugador, le dio ánimos y le transmitió su confianza. Así pues, se le espera.

Ahora mismo, Badstuber, libre de molestias, vuelve a correr y realiza sesiones de ejercicios. Confiesa haber experimentado una gran emoción el día en que pisó de nuevo el césped del campo de entrenamiento y recibió los aplausos de sus compañeros. Si nada se tuerce, podría reanudar la actividad deportiva el próximo mes de abril. De ahí hasta el Mundial no quedará mucho tiempo y está escrito en las estrellas que a Holger Badstuber le sea dado desempeñarse a pleno rendimiento en tan corto lapso.Él no lo descarta. Tampoco que en verano vuelva a vestir la camiseta de la selección. Difícil, difícil.

La guerra de los sueldos

Por: | 05 de marzo de 2014

No paran de celebrar victorias. La ventaja sobre el segundo clasificado es descomunal. De ahí que estén a dos dedos de lograr lo nunca visto en Alemania: proclamarse campeones de la Bundesliga en el mes de marzo. A ningún equipo le ha sido dado hasta la fecha conseguirlo tan pronto.

Podría conjeturarse que semejante racha de éxitos vierte en el vestuario del Bayern Múnich un perfume de felicidad, que todo es armonía y abrazos en el equipo bávaro. La realidad es otra. No exactamente la contraria, pero sí una en la que no escasean los roces, el descontento y algún que otro conflicto.

Algunos jugadores del Bayern ponen mala cara porque se consideran insuficientemente remunerados. Se enteran de lo que gana el compañero, que no corre ni se desloma más que ellos, y, claro, se sienten injustamente tratados, por no decir explotados, a pesar del dineral que perciben.

Kroos reuters amr abdallahToni Kroos, durante una rueda de prensa con el Bayern./ REUTERS

Uno de los más insatisfechos de la plantilla es Toni Kroos, hasta el punto de que se especula con su posible marcha del equipo. El Manchester United, por si las moscas, ya lo anda tentando con cantidades astronómicas. La dirección financiera del Bayern le ofrece una renovación del contrato con pingüe aumento de sueldo. Al centrocampista no lo satisface la oferta. Comparte representante con Mario Götze, pero no sueldo. Götze es, con Ribéry, el que más cobra: 32.876 euros y 71 céntimos... diarios. Los emolumentos de Toni Kroos no llegan ni a la mitad.

Las posturas entre las dos partes negociadoras divergen de tal manera que solo han podido llegar al acuerdo de postergar las conversaciones hasta el próximo verano. El Bayern no desea perder a uno de sus jugadores más creativos, al que los periódicos alemanes acostumbran denominar el cerebro del equipo. Kroos, según afirma, desea concentrarse en los compromisos deportivos de primer orden que habrá de afrontar durante los próximos meses, Mundial incluido. Con un sueldo anual de cuatro millones y medio de euros, se sitúa en una franja salarial media/baja en relación con lo que cobran otros futbolistas del Bayern. El club niega que Guardiola interpretara semanas atrás las manifestaciones de descontento del jugador como un acto de indisciplina, pero lo cierto es que lo tuvo dos partidos seguidos relegado al banquillo de los suplentes.

El brasileño Dante es otro de los que solicitan/reclaman un aumento de sueldo. Su compra al Borussia Moenchengladbach en 2012 fue una ganga. Desde entonces, Dante, uno de los fijos en el once inicial de Guardiola, ha visto que a sus compañeros de la defensa, Boateng y Alaba, les han sido mejoradas sustancialmente las condiciones económicas de sus respectivos contratos. Al parecer, el brasileño ya le ha dicho al director financiero: Y yo, ¿qué?

Dante efeDante despeja el balón ante Dani Alves./EFE

Parecida pregunta desea formular Arjen Robben, a quien representa su padre. Para el holandés, el deseado aumento de sueldo pasaría por la renovación en este mes de marzo de su contrato. No ignora que a su edad, 30 años, se van reduciendo poco a poco las posibilidades de cubrir en un equipo del alto nivel el tramo final de su carrera deportiva.

Pero quien lo tiene más crudo es el croata Mario Mandzukic. Tras el próximo descanso veraniego, se incorporará al equipo bávaro Robert Lewandowski, una vez que haya expirado su contrato con el Borussia Dortmund. En el Bayern Múnich se encaramará desde el primer instante a uno de los puestos más altos en la lista de remuneraciones, en contradicción con las palabras del director gerente, Karl-Heinz Rummenigge, quien asegura que en su equipo se premia el rendimiento. Lewandowski ha rendido mucho y bien, pero en el Borussia.

A Mandzukic le toca chupar un caramelo doblemente amargo. No es sólo que el polaco le arrebatará la titularidad, sino que además lo hará cobrando mucho más que él. El Bayern se muestra dispuesto a mejorar el sueldo de su actual delantero centro; pero en ningún caso le ofrecerá una suma cercana a la que cobrará el polaco.

No es Mandzukic un hombre que domine el arte de disimular el enojo. Le gustaría mostrar su valía, pero Guardiola no siempre lo pone. Recientemente, al término de un partido ganado con apuros contra el Stuttgart, se negó a estrechar la mano del entrenador. Guardiola montó en cólera, lanzó gritos en idiomas varios y decidió apartar termporalmente a Mandzukic del equipo. El croata tragó el sapo. Ahora vuelve a meter goles y sonríe. ¡Qué otro remedio le queda!

AP

Mandzukic celebra un gol con el Bayern de Múnich./ AFP

Maier, el portero que no atrapó al pato

Por: | 02 de marzo de 2014

El último día de febrero cumplió 70 años. Quisieron homenajearlo, pero él es como es. Prefirió escurrir el bulto. Hace tiempo que no acude a un estadio. Las dos entradas que regularmente le proporciona el Bayern Múnich se las regala a la familia de su hija. Sepp Maier es una institución, una leyenda, un grande del fútbol alemán. Y uno de los hombres más guasones que desde la edad de las cavernas ha pisado la faz de la Tierra.

Salía en los cromos de mi infancia. Era el portero titular de la selección alemana que ganó el Mundial del 74 contra la holandesa de Neeskens y Cruyff. Se me hace a mí que entonces los equipos no cambiaban con tanta frecuencia de jugadores. Por dicha razón, resultaba fácil recitar de corrillo las alineaciones, que luego, caprichos del cerebro, uno recuerda toda la vida. La de la República Federal de Alemania empezaba por él: Maier, Vogts, Beckenbauer, Breitner... Todavía sigue ostentando el récord de participaciones (95) de un portero con la selección de su país.

Aún no terminada la guerra, Josef Dieter Maier, llamado Sepp, nació en Metten, un pueblo de la Baja Baviera, a orillas del Danubio. Cuentan las crónicas que empezó de delantero centro. Contra su voluntad lo ponían a guardar los palos cuando faltaba el portero. En funciones, pues, que no deseaba llamó positivamente la atención de un ojeador, el cual propició su incorporación a los juveniles del Bayern Múnich. Corría el año 1958. Hasta su retirada en 1979, Maier ya no jugaría en ningún otro equipo.

En ese lapso tocó la gloria deportiva. Fue una de las figuras destacadas del Bayern de las tres Copas de Europa consecutivas: las del 74, 75 y 76. Integran su palmarés cuatro Ligas, otras cuatro copas de la Federación Alemana, una Recopa y la mencionada Copa Mundial del 74 en su propio país. Fue elegido en tres ocasiones mejor jugador del año en Alemania y, posteriormente, mejor portero alemán del siglo XX. En 1977, tras la marcha de Franz Beckenbauer, lució el brazalete de capitán del equipo bávaro.

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Sepp Maier, durante un partido con el Bayern de Múnich./ CORDON PRESS

La fortuna lo acompañó también en otro sentido. Durante los 14 años que jugó de portero del Bayern Múnich, libre de lesiones, sólo se perdió tres partidos, los tres al comienzo de su carrera profesional. Ningún otro jugador ha alcanzado hasta la fecha las 442 actuaciones seguidas de Maier en la Bundesliga.
Su retirada fue abrupta. El 14 de julio de 1979 cae una fuerte tormenta sobre Múnich. Por el camino a casa después de un partido, Maier pierde el control de su coche y choca a gran velocidad contra un vehículo. El cinturón de seguridad le salva la vida. Él afirma que su verdadero salvador fue Uli Hoeness, quien acababa de estrenarse como mánager del Bayern. Hoeness dispuso que lo trasladaran de la clínica inicial a una mejor equipada, donde Maier fue operado de urgencia. Tenía 35 años. Ya no volvió a jugar. Se largó, estando aún de baja, con un amigo a pasarlo bien a Tenerife. Su entrenador, Csernai, ni contaba con él ni le dirigía la palabra. Sepp Maier nunca se lo perdonó, como tampoco le perdona a Jürgen Klinsmann que prescindiera años más tarde de sus servicios de entrenador de porteros en la selección.

Tanto como por sus paradas, que le supusieron el apelativo de gato, Maier se ha perpetuado en la memoria de los alemanes por sus payasadas en el campo, sus bromas con los periodistas y sus intervenciones públicas en tono humorístico. Lo he visto en varias ocasiones participar con su acento bávaro en tertulias de televisión. En cuanto toma la palabra, diga lo que diga, pone a reír a todo el auditorio.

Durante su carrera deportiva protagonizó infinidad de anécdotas. Una de las más célebres, tal vez porque quedó grabada en imágenes, es la del pato. En 1976, durante un partido de la Bundesliga contra el VfL Bochum, se posó un pato en el césped. Maier ha afirmado en más de una ocasión que si el público se aburre, hay que hacer lo que sea para distraerlo. Pues allá fue él a arrojarse sobre el ave, que se escapó volando. Tampoco agarró el balón (y por ello se le recordará mientras haya fútbol en el mundo) que le tiró Panenka en aquel penalti inaugurador de un estilo tan artístico como arriesgado. Sucedió, por cierto, el mismo año en que a Sepp Maier se le escapó el pato.

El País

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