El Palomero

El melón salió algo verde

Por: EL PAÍS

31 ago 2011

Ya conocéis la teoría del melón. Hasta que no se abre, no se sabe a ciencia cierta cómo está. Hay marcas que aseguran altas probabilidades de éxito y los entendidos afirman que existen formas de al menos intuir con algo más que la apariencia, las bondades del producto. Eso de apretar por los polos y cosas por el estilo. Nadie duda que la marca melón español versión baloncesto es una marca de confianza. Se lo ha ganado con creces y el de este año tiene una buena pinta. Ahora bien, abierta la primera rebanada y después de un buen par de bocados, como que se ha ido poniendo rancio y al final ha dejado una sensación agridulce.
Dejando al melón ya en paz, el debut de España confirma extraordinarias virtudes, como que Pau y Navarro llegan finos, finos, finos, lo que son palabras mayores pues hablamos de dos de los jugadores más determinantes del baloncesto europeo. Que Marc, sin deslumbrar hace buenos números, que Ibaka es una gran ayuda o que Rudy, los pocos minutos que estuvo en cancha hasta dejar el partido por culpa de la alergia, apuntó un paso hacia delante. Motivos suficientes como para no dejarnos llevar por los nervios ante un resultado ciertamente inesperado, teniendo en cuenta rival y desarrollo de partido hasta la mitad del tercer cuarto. Ahora bien, si la idea es llegar a los críticos cruces en una buena posición y con el equipo en las mejores condiciones, sin llegar a saltar las alarmas todavía, el partido ante Polonia dejó unos cuantas cuestiones a resolver. Las más preocupantes, a mi entender, las que no son nuevas, vienen de dinámicas anteriores y la entrada en campeonato, que podría suponer un cambio de tendencia, no ha tenido ningún efecto.
Lo primero tiene que ver con la dirección en cancha. A día de hoy, nuestros bases, sobre todo los dos primeros en la rotación, están bastante alejados de su mejor versión. Calde no termina de arrancar, sufrió problemas de faltas sobre todo intentando salir de los bloqueos a los que los pivots polacos le sometían en la parte alta de la zona y a pesar que al principio lo intentó con dos lanzamientos, su producción anotadora terminó siendo nula. En cuanto a Ricky, pues un poco más de lo ya dicho. Sigue totalmente peleado con todo lo que tenga que ver con el aro (tiros, entradas) por lo que su aportación se reduce en demasía a la faceta defensiva y a intentar dar un poco de viveza al juego. Quzás con un Calderón más entonado sería suficiente, pero no con el de ayer. Sada hizo lo que sabe hacer mejor, y dentro de su perfil quizás fue lo más reconocible, pero al final y entre los tres, el saldo fue deficiente. Si a esto sumamos un Llull ofuscado, San Emeterio no tan activo como hace unos días y sufriendo en defensa y el Claver de la gira, pues prácticamente todo lo de fuera quedó reducido a Navarro- Ayer valió, pero otros días seguro que no será suficiente.

Esto nos lleva a un riesgo que hay que evitar. El excesivo fraccionamiento del equipo entre los que juegan, producen, anotan y deciden y los que por unas causas o por otras no lo hacen. Partidos como el de ayer pueden terminan siendo más involucionistas que evolucionistas, descartantes que integrantes, alimentadores de dudas antes que de seguridades. España es un equipo bragado y por ello el riesgo es menor, pero haberlo lo hay. Tampoco necesitamos que el día de cuartos de final tengamos una rotación de 12 hombres capacitados para aportar, pero sí desde luego alguno más de los que vimos ayer.
Y llegamos a otro punto caliente. Los movimientos de banquillo que se produjeron ayer. Como diría el gran y añorado Papuchi Iglesias, raro, raro, raro. Raro lo de Ibaka, muy poco aprovechado y que sólo las ganas de integrar a Felipe puede explicar. Lo de Claver de 3 pues bueno, se explica por sí mismo., demasiado Llull para como estaba, la rotación de bases, no sé, unas cuantas cosas que al final me han dejado una extraña sensación (por lo que he leído no sido el único).
El primer partido nunca es suficiente como para establecer conclusiones categóricas., pero tampoco podemos esperar a terminar con el melón para poder decir si ha sido bueno o malo. No nos queda otra que ir rodaja a rodaja, intentando adivinar si cada una de ellas confirma percepciones o nos apunta errores en nuestras predicciones. Hoy decía Sergio Scariolo en una entrevista que, palabras textuales “sabemos ocultar nuestras debilidades”. Quizás lo peor del partido ha sido precisamente eso. No hemos ocultado ninguna. Lo del tres alto, demasiados jugadores peleados con el aro, dependencia excesiva de Pau y Navarro o problemas ante la zona. Y lo mismo que los ayudantes de Scariolo no pierden ripio de los futuros rivales, así lo hacen ellos, por lo que habrá que ir limitándolos de cara a los grandes compromisos.
Dicho esto, quedémonos con lo mejor. Batman y Robin. Menuda parejita.

Padres

Por: EL PAÍS

28 ago 2011

La selección española de baloncesto vuela hoy hacia Lituana. Va cargada de ilusión ante el reto que se le presenta y la gran recompensa que se ofrece a los dos mejores, nada más y nada menos que unos Juegos Olímpicos. Pero no todo será excitación y esperanza, pues la mochila de uno de sus jugadores se cargó inesperadamente de tristeza y pena cuando el pasado miércoles falleció inesperadamente el padre de Felipe Reyes, de nombre Alfonso, como su otro hijo deportista. No hace falta imaginarse, te haya ocurrido o no, lo que una desgracia de este tipo significa, más si cabe si se produce de forma tan inesperada como prematura. Alfonso, como la mayoría de los padres de los jugadores de la selección, era una presencia habitual en los campeonatos. He podido hablar con varios de ellos a lo largo de los últimos años, Alfonso incluido, y en la mayoría detecté esa mezcla de satisfacción, orgullo y defensa a ultranza de lo suyo. Y también, por qué no decirlo, entendí alguno de los rasgos de personalidad de sus respectivos hijos.
Todos los fines de semana, en miles de campos deportivos, una legión de padres acompañan, animan, aplauden, pitan, chillan, defienden y también critican a miles de chavales y chavalas. Los hay de todo tipo, silenciosos y ruidosos, educados y maleducados, soñadores y realistas. Algunos simplemente apoyan la práctica del deportes de sus hijos, otros vuelcan sueños personales frustrados, incluso habrá quien vea en el posible éxito de su hijo una resolución de sus problemas económicos. Conozco ya más de un entrenador de equipos de edades tempranas que se han planteado si además de enseñar a los chicos/chicas deben también hacerlo con los padres, lo que me lleva a pensar que no todos resultan una influencia positiva y edificante. Pero en honor a Alfonso y otros muchísimos que seguro que lo fueron y lo son, quiero rescatar el capítulo que escribí en el libro dedicado a mi padre (los que lo hayáis leído estáis eximidos de repetición). Seguro que a más de uno le recordará situaciones vividas, pues mi padre no hizo más que lo que hacen muchos padres. Estar siempre ahí. Por eso cuando se van, el vacío es infinito e imposible de sustituir.
Capítulo 5. El fan número 1
Metido en el buceo entre recuerdos el calendario me da la excusa perfecta para hablar de la persona que desde que decidí dedicarme con cierta seriedad a jugar a baloncesto se convirtió en mi más ferviente, constante, inquebrantable, apasionado, sufriente, crítico, analítico e incondicional seguidor: Jose Antonio López Manzanos, alias Josechu el de Haro, alias Manzanos. Hoy, 19 de Marzo de 2010, día del padre, me parece la jornada ideal para convertir en palabras unas cuantas escenas que se mantienen prácticamente inalterables en mi cabeza a pesar del tiempo transcurrido.
La primera data de aquellos primeros años de relación con el baloncesto. Supongo que sería sábado o domingo por la mañana, en uno de esos campos de dios por lo que jugábamos. Descubierto, por supuesto, pues eso de los pabellones sólo eran excepciones. El día era de perros. Frío, viento, lluvia, una delicia. Público, prácticamente inexistente. En una esquina, sólo, con su gabardina marrón claro, manos en los bolsillos, cabeza ligeramente inclinada hacia abajo para evitar que el agua le diese directamente en la cara, allí estaba mi padre, el jefe como le llamábamos entre los hermanos (cuando no estaba delante claro) bien empapado pero sin perderse nada de lo que estaba haciendo. Porque mi padre también contaba (ya sabéis de donde me venía esa manía). Contaba mis tiros, mis puntos, mis rebotes, mis aciertos y fallos, lo contaba todo lo que hacía y dejaba de hacer. A mí no me hacía falta mirar el acta después del partido ya que mi partido se encontraba íntegramente en la cabeza de mi padre.
La segunda ya es en Madrid. Pabellón de la Ciudad Deportiva. Todavía no se había producido el boom del baloncesto y salvo la Copa de Europa, el Torneo de Navidad y las visitas de Barcelona, Joventut y Estudiantes, las gradas solían mostrar más cemento que otra cosa. Enfrente del banquillo del Madrid te dabas con la zona noble, en donde se encontraba el palco, se colocaba Héctor Quiroga para narrar los partidos y los asientos eran individuales. A ambos lados, tenías a la vista una única grada que daba la vuelta a todo el pabellón y en donde lo mismo entraban ocho que ochenta, pues allí no existían los privilegios individuales. En una de esas curvas frontales a nuestro banquillo, la de la derecha y en su zona baja se solía sentar mi padre, a veces solo, a veces con mis hermanos, que me animaban en voz alta con los clásico ¡Vamos Juanma!, ¡Biennnn! ¡Uyyyy! ¡Lolo saca ya a Juanma!, y cosas así. Mi padre no decía nada. Mi padre contaba.
La siguiente imagen es imaginaria pues no la ví pero la supuse. La primera vez que fui titular con el Real Madrid en un partido importante fue al final de mi segunda temporada, la 77-78. RM-Joventut, semifinal de Copa de 1978. Ganamos 132-109 en la prórroga, con 54 puntos de Brabender y en donde el yugoslavo Slavnic, tan genial base como proclive a los cortocircuitos le dió una bofetada a un árbitro. Nos clasificamos para la final (no valió para mucho pues una semana después perderíamos con el Barcelona en Zaragoza) y yo cumplí la tarea con suficiente acierto (15 puntos, dos ases) como para que el entrenador Lolo Sáinz, no se arrepintiese y a partir de ahí ocupar un puesto en el quinteto titular durante unos cuantos años. Lo que Lolo no supo nunca es la historia de la noche anterior. Esto, vaya por delante, es algo de lo que tampoco estoy especialmente orgulloso pero tampoco voy a escribir un libro de 250 páginas sin explicar alguna metedura de pata. Tenía 19 años y unos amigos un poco golfos. No, no voy a empezar echándoles la culpa a ellos. Éramos deportistas, manejábamos cuatro duros, teníamos las hormonas disparadas, estábamos seguros de poder con todo y mostrábamos cierta inclinación hacia el disfrute de una noche madrileña que empezaba a subir la temperatura hasta la ebullición en la que entró en los primeros años 80. Del grupo que nos juntamos aquella noche, yo era el único que tenía que cumplir al día siguiente, pero en lugar de retirarme al calor del hogar después del último entrenamiento, decidí acompañarles a tomar unas cañas. “Un par de ellas y para casa”, supongo que pensaría para tranquilizar mi conciencia. De ahí evolucioné a “de las doce no pasa” para terminar entrando en el portal más o menos a las cinco de la mañana. Vivíamos en un piso de la calle General Perón que contaba con dos entradas, la principal y la llamada de servicio. Cuando estaba a punto de meter la llave en la principal, observe por la mínima rendija inferior de la puerta que la luz del pequeño recibidor estaba encendida, cosa no habitual. Esto significaba que o bien se la habían dejado encendida o la que yo elegí rápidamente como más probable. Mi padre me estaba esperando. Dado que ni eran horas para una conversación de esas que comienza con un “¿de dónde vienes a estas horas”? ni tampoco yo entraba en la categoría de “valientes hijos que se enfrentan a sus padres” decidí que una retirada a tiempo era una victoria por lo que sigilosamente me dirigí hacia la otra puerta que daba a la cocina y me permitía llegar hasta mi habitación sin llamar ni mínimamente la atención. La alcancé sin mayores contratiempos y con algo de cargo de conciencia, pues si era verdad que mi padre me estaba esperando, el no avisarle que había llegado podía hacerle pasar la noche en blanco. Pero mi cobardía fue más grande que mi culpa y cuando me percaté que al día siguiente podía decir que había llegado a la una, que había entrado por la puerta de servicio (esta parte no hacía falta fingir, era verdad) y que ni se me había pasado por la cabeza que hubiese alguien de vigía, me quedé dormido confiando poder lidiar con su enfado a la mañana siguiente, como así ocurrió. Eso sí, caí en los brazos de Morfeo con la imagen que aún hoy no me cuesta nada visualizar, la de mi padre sentado en su sillón, mirando hacia la puerta, esperando a su en esa noche inconsciente hijo y como siempre contando. Esta vez ni puntos, ni rebotes, ni tiros libres. Sólo segundos, minutos, horas.

A los dos años de llegar a Madrid, mi familia se volvió a Bilbao, por lo que el seguimiento paterno pasó a ser más televisivo que otra cosa. Por ello para encontrar la última imagen de mi padre seguidor hay que avanzar 10 años, los que tardé entre su marcha de Madrid y mi casi obligada llegada a Bilbao para jugar los dos últimos años de mi carrera. Lo de obligada viene porque mi salida del Madrid fue más una patada en el culo que otra cosa. Pero eso es otra historia que llegará en su momento. La única razón por la que pude seguir jugando después de un varapalo semejante fue la posibilidad de hacerlo en mi ciudad de origen, lo que significaba que de nuevo iba a contar con el apoyo en vivo y en directo de mi familia, especialmente de mi padre. Lo primero que hice después de firmar el contrato fue solicitar cuatro abonos. Primera fila. En el mismísimo centro del campo a poco más de dos metros de la línea lateral. Tan cerca que cuando iba a sacar de banda por allí, hasta podía darles un beso sin ningún esfuerzo mayor que el de agacharme. En esa localidad pasó mi padre dos temporadas sin fallar prácticamente a ningún partido y todavía hoy, cuando voy a la Casilla, le veo sentado allí.
Al terminar mi contrato y con solo 31 años, tomé la decisión de retirarme. Lo hice en el mes de Abril, dos meses antes de terminar la temporada y por supuesto fue a mis padres a los primero que informé. Lo hice en Kortina, un caserío familiar cerca de Amurrio que se convertía en centro de reunión familiar los fines de semana. Un domingo, después de desayunar y todavía en la cocina, les comuniqué mi decisión. A mi madre le pareció bien, como todo lo que yo hacía. Mi padre he hizo dos preguntas. ¿Estás seguro? y ¿Cómo te vas a ganar la vida ahora? A lo primero contesté que sí. A lo segundo que no sabía. Fue respetuoso con mi voluntad y hasta igual llegó a decir que le parecía bien. Pero detecté algo en sus ojos que tardé en descodificar. Luego lo comprendí. Era pura y simple tristeza. En aquel Abril de 1990, mi padre tenía 63 años y estaba recién jubilado. De la misma forma que con mi retirada cerraba una época de mi vida, estaba también concluyendo con una de la suya. La diferencia es que a mí me quedaban un montón por delante y a mi padre muchas menos y desde luego infinitamente menos emocionantes que esta. Ahora entiendo sus ojos, su mirada, su pena. Durante veinte años el había vivido mi carrera como suya, de cerca y de lejos, nervioso ante los grandes partidos, alegre en la victoria y triste en la derrota. Y sobre todo, en las duras y en las maduras, tremendamente orgulloso de mí. No me lo dijo mucho, como yo tampoco le reconocí en vida lo mucho que le quise, pero creo que de alguna forma los dos lo sabíamos.
Sigo viendo a mi padre empapado en aquel campo, sentado en aquella grada semidesierta del Pabellón de la Ciudad deportiva, esperándome en el salón de casa a las cinco de la mañana, en otra grada de otro campo muy distinto, el de la Casilla, en una cocina de un caserío recibiendo con disimulo una noticia que le entristecía y sobre todo sigo viéndole al volante de su coche. El que fuese en cada momento. El 4 Latas, 1.500, el Chrysler, da igual. Tan fuerte es esta asociación que cuando murió en 1994, a la temprana edad de 69 años, le dedique, con mi corazón roto en mil pedazos, este artículo.
El coche de papá
Mi padre era un tipo fantástico y tenía un coche casi tan entrañable como él. Cuando la vida, siempre a traición, te ofrece uno de sus peores tragos, como es la pérdida de tu referencia vital, el coche de papá pasa a ocupar un lugar privilegiado en el embotamiento de recuerdos que te invade, reconforta, desespera y atormenta. Primero fue un 4L, el famoso cuatro latas, donde nos hacinábamos como podíamos (siempre discutiendo) los seis hermanos ante la desesperación del progenitor. Crecimos gracias a la leche y a sus cuidados, y el coche de papá pasó a ser un milqui, cariñosa abreviatura para el Seat 1500. Aquello sí que era un coche, con su palanca de cambios saliendo del volante y su asiento delantero de una pieza. Entre mi madre y mi padre se ubicaban los elegidos, normalmente los dos pequeños, que alucinaban y se morían de orgullo al poder "conducir" junto a papá. El milqui pasó a mejor vida, llegó la democracia y había que modernizarse. Sin decírselo a nadie, mi padre decidió tirar la casa por la ventana y se compró un coche automático con una radio futurista que nunca llegó a sonar bien, puede que porque no fuese ésa su función. Nuestra admiración por papá y su coche tocó techo. Era cosa de magia el poder prescindir de la palanca de cambios, o así lo veíamos mientras nos explicaba todos los adelantos técnicos que poseía su nueva adquisición. Que si dirección asistida, que si programador de velocidad, que si aceleración de fórmula 1, etcétera. ¿Qué más se puede pedir a la vida que un padre volcado en nosotros y un coche para alardear en el colegio? Pasaron los años y la compenetración entre coche y conductor era cada vez más estrecha. Ambos aparentaban gozar de una salud a prueba de bomba, y así lo proclamaban con el inmaculado aspecto de sus "carrocerías". La noche anterior a su muerte di la última vuelta con papá y su coche. Se calaba, pese a haber pasado una revisión recientemente. En comunión con su máquina, como lo había estado hasta entonces, también mi padre debía presentarse al doctor, pues no acababa de encontrarse bien. Aparcó como todas las noches, le puso una barra de hierro por si acaso, y supongo que se despediría hasta el día siguiente, un día que nunca le llegó.
Mientras iba hacia el tanatorio crucé por delante del coche. Nos miramos y me pareció que, de los faros, unas lágrimas caían al suelo.

Han pasado más de dieciséis años y le sigo echando de menos
Buena semana a todos y mucha suerte a Felipe y a la selección.

Comandos anti-pseudos

Por: EL PAÍS

24 ago 2011

Qué tiempos aquellos donde eras animal, vegetal o mineral, en los atomos sólo había neutrones, protones y electrones, los teléfonos eran sólo teléfonos, el video tenía cuatro botones y no existían las centralitas automáticas que te obligan a marcar ocho teclas para contactar con un ser humano. Todo era mucho más sencillo. Eras de donde habías nacido, a edad temprana comenzabas a hacer tus elecciones (la primera normalmente trataba de hacerte de un equipo) y con más o menos rapidez terminabas rellenando tu tarjeta de visita vital con unos cuantos datos básicos, algunos inamovibles, otros factibles de cambios. Pero he aquí que ya no vale con declarar marcando en la casilla correspondiente si eres español, estadounidense, vasco, catalán, madridista, culé, conservador, progresista, liberal, radical, cristiano o indignado. Con tu palabra no basta, sino que hay que pasar un control de calidad, no vaya a ser que todos estos atributos, unos elegidos y otros no, no se correspondan con la realidad o se hayan corrompido, y sin darte casi cuenta te hayas convertido en un peligroso pseudoespañol, pseudoestadounidenses, pseudovasco, pseudocatalán, pseudomadridista, pseudoculé, pseudoconservador, pseudoprogresista, pseudoliberal, pseudoradical, pseudocristiano o pseudoindignado.
Según la RAE, pseudo (o seudo que valen las dos) significa falso, pero dicho de una forma más elegante. La falsedad no es nada nuevo, y quien no haya sido pseudo alguna vez que tire la primera piedra. Las líneas que separan lo uno de lo otro a veces están relativamente bien marcadas y otras no tanto. Bien, pues tanto en un caso como en otro, asistimos cada vez más a personas, entidades, partidos políticos u organizaciones de todo tipo que nos explican, imponen y vigilan las fronteras que delimitan si estás en un lado o en otro. Son los comandos anti-pseudos, y si no entras dentro de esos parámetros decididos por ellos, pues te pillan. Peor aún, el ser pseudo suele acarrerar ser anti. Y observas, a veces atónito y otras indignado, depende del día, como te imponen que para ser español, norteamericano, vasco, catalán, madridista, culé, conservador, progresista, liberal, radical, cristiano, católico, indignado y muchas cosas más, hay que cumplir una serie de requisitos ideológicos, actitudinales, emocionales, linguísticos o de lo que haga falta. Estos requisitos, faltaría más, son elegidos por ellos mismos, personas o grupos en la posesión de la unica y gran verdad absoluta sobre lo que significa ser o sentir todas esas cosas.
Aunque dudo que sea eficaz, pues estos comandos vigilantes de lo pseudo no suelen ser permeables a influencias externas, debo decir que hay muchas formas de ser cualquiera de las cosas que podemos y tenemos derecho a ser. Que hay cientos de clases de españoles, norteamericanos, vascos, catalanes, madridistas, culés, conservadores, progresistas, liberales, radicales, cristianos o indignados. Que nadie tiene la potestad de marcar líneas separadoras, que no hay una forma única de militancia (qué poco me gusta esta palabra) y que el respeto hacia la diversidad y la discrepancia, aunque no esté en sus mejores momentos, debería ser innegociable. Que incluso se puede, por ejemplo, ser español o norteamericano sin enroscarte con la bandera, vasco sin hablar euskera, madridista sin abrazar conspiraciones, culé sin aborrecer el blanco, conservador sin ser retrógrado, liberal sin tener que liberar todo, cristiano sin ser católico o indignado sin ser perroflauta. Que dogmas los justos y para cuestiones de fe. Bueno, igual ni para eso.
Estos comandos, siempre alerta para hacer sonar la alarma, se basan en una unidad de pensamiento y comportamiento que choca con la diversidad del ser humano y con las muchas maneras que tenemos de acercarnos a la realidad. Por si no fuera suficiente, este simplismo suele terminar transformándose en una única y peligrosa dicotomía: O estás conmigo o estás contra mí. Y así como todas estas llamemos tribus, cuentan con elementos comunes, su riqueza también se alimenta de la diversidad de puntos de vista. Cualquier grupo necesita la duda y la discrepancia para avanzar y todas ellas deberían ser respetadas. Cuando se imponen mandamientos obligatorios para otorgar el carnet de pertenencia, normalmente a través de individuos o grupos proclamados o autoproclamados mesías, se corre el peligro de caer en la arbitrariedad, el sectarismo y el rechazo a todo aquello que no comulgue al 100% con una doctrina oficial marcada por unos pocos y secundada, por cuestiones diversas, por una parte de la tribu.
Mostrada mi disconformidad con que alguien me diga, en la medida de que abrace o no abrace su credo, lo que soy o dejo de ser, me despido que tengo que estudiar. En Junio me quedaron españolismo, vasquismo y madridismo y vuelvo a examinarme en Septiembre. Tal y como están las cosas, para mí que este año tampoco paso de curso.
Postdata (sobre todo twittera) para integrantes y simpatizantes de los comandos anti-pseudos. ¿Sería mucho pedir que discrepaseis conmigo sin necesidad de incluir insultos, burradas y groserías? Lo digo porque así, con esos caracteres libres, podréis exponer mejor vuestra opinión, que igual no es compartida, pero será siempre respetada.

Triscaidecafobia

Por: EL PAÍS

22 ago 2011

Además de la rima fácil relacionada con lo de siempre, el número 13 no tiene muy buena fama. Basta con ir a muchos hoteles y comprobar que no hay piso 13, lo mismo que en los aviones de ciertas compañías no haya fila 13, Hay gente que lo lleva hasta las últimas consecuencias, como el gran Angel Nieto, que siempre dijo que había conseguido 12+1 títulos. Pedazo de crack.

Poniéndonos eruditos, esto se llama triscaidecafobia. Como esta palabreja no está en el diccionario de la Real Academia, habrá que citar a Wikipedia para enterarse que este miedo irracional al número 13 “se ha relacionado con el hecho de que hubo 13 personas en la Última Cena de Jesús, pero probablemente se originó en tiempos medievales. Se ha relacionado también con el hecho de que un calendario lunisolar seguramente debe tener 13 meses en algunos años, mientras que el calendario solar gregoriano y el calendario lunar musulmán siempre tienen 12 meses en un año”. Por si esto no fuese suficiente, ahí está el Apolo 13 que además de su número ordinal fue lanzado a las 13:13 desde el complejo 39 (tres veces trece) y gracias a Tom Hanks, los más jóvenes ya sabéis cómo les fue. No llegaron a la luna pero dejaron una de las frases más famosas de la historia del cine.

Sea lo que fuera o fuese, el 13 da mal rollo a mucha gente. A otros no, y me acuerdo de Clifford Luyk (el mejor gancho de la historia después del de Kareem Abdul Jabbar) el 13 del Madrid cuando yo llegué al equipo y por supuesto de Wilt Chamberlain, el hombre de los 100 puntos en un partido.

La selección española de baloncesto está compuesta a día de hoy y hasta que quiera Sergio Scariolo, de 13 jugadores. Y eso lo va a dar muy mala suerte a uno de ellos y no precisamente a Marc Gasol que es el que lo lleva puesto en su camiseta. No se sabe con seguridad 100% quién va a ser el damnificado, pero ateniéndonos a lo visto últimamente, Carlos Suarez tiene muchas papeletas, con lo que sería la tercera vez que se quedase a a las puertas de un campeonato de selecciones. Es los que les ocurre a los números 13 en un equipo de baloncesto. Todo un trago para cualquier jugador y más si como me cuentan, es de los que se come bastante el coco. Quizás ahí esté la razón del por qué cuando llega a la selección se le funden los plomos. Abrumado por la tensión, no hay rastros de ligereza y alegría, ni en su juego ni en su rostro. En estos tres años no hemos visto ni de lejos al mejor Suarez, ni siquiera una versión razonable. Cierto es que no debe ser fácil hacerse sitio en una selección como la nuestra, pero otros lo han conseguido. Se ha hablado mucho que la clave de la decisión está en cuestiones relacionadas con el puesto. Que si dos o tres bases, que si el alero alto, etc. Pero sospecho que al final, y dado que cualquier decisión tiene sus pros y sus contras (la teoría de la manta, si nos tapamos por arriba nos destapamos por abajo y viceversa) la elección se decanta por cuestiones más de hombres que de puestos. Y ahí perdió la batalla Carlos en 2009, cuando en la preparación un jugador tan agresivo y desinhibido como Llull se ganó el puesto inesperadamente. Y la volvió a perder en 2010 frente a San Emeterio, que estuvo más suelto. Y tiene toda la pinta que no se cumplirá lo de a la tercera va la vencida sino más bien lo de que no hay dos sin tres, en este caso con Víctor Sada como rival directo.
Para esta última expulsión, que sospecho puede demorarse un poco más de lo previsto por las lesiones de Ricky y Rudy, podría haber hasta cuatro nominados. Claver, Suarez, San Emeterio y Sada. Siendo los dos últimos reconocibles en lo que hacen y aportan, Claver y Suárez, cuando llegan a la selección, se empequeñecen. Digo yo que será cuestión de personalidad pues talento no les falta a ninguno de los dos. El caso es que poco enseñan de las virtudes que atesoran durante el año y que les hacen merecedores de estar en la selección. A Claver le salva que Sergio haya decidido que va a ser nuestro quinto pivot, pero a la selección no le salva nadie de tener que presentarse sin un tres alto solvente. El equipo, de alguna forma, se rompe en dos. Por un lado tenemos a los 7 enanitos y por otro lado, a los cinco gigantes. Unos se reparten tres posiciones, los otros pelearan por dos. Eso añade un punto más de frustración al comprobar el rendimiento de ambos jugadores, pues el hueco está hecho, preparado para cualquiera de los dos a poco que anduviesen por paso más firme. Estoy convencido que el primero que desea que esto ocurra es Sergio Scariolo, y muy mal lo tiene que ver cuando opta por hacer jugar de cuatro a Claver (esto ya es un dato) y se va a tener que comer un buen marrón cuando le diga a Suárez que no va a Lituania (esto es una opinión).
Por lo demás, el resto de la preparación va como probablemente deba ir. No se aprecia prisa alguna, algunos jugadores como Calde o Rudy todavía no han entrado en calor, otros parecen algo recuperados para la causa como Ricky, nuestros pivots, al tran tran, tienen más peligro de Eduardo Manostijeras en una tienda de globos, otros como Navarro está como siempre, el acoplamiento a nuevas situaciones o jugadores progresa adecuadamente (el reparto de espacios para los pivots va mejorando) y salvo los percances de los últimos días, ninguno aparentemente preocupante, la tranquilidad reina en el equipo. El aumento de equipos convierte el torneo en una prueba de fondo (11 partidos en 19 días) por lo que las frescura física es una asignatura obligada y hasta el próximo 31, día del partido inaugural, el consumo de energía ha de ser el justo y necesario para que el equipo llegue con las piernas preparadas, las ideas claras, los roles definidos y las rotaciones consolidadas. Para el ajuste fino ya están los 8 partidos anteriores a los dos encuentros claves donde España se jugará Europeo y Juegos Olímpicos: los cuartos y la semifinal.
Ya que estamos con la selección y por si no lo habéis visto, este es el video de homenaje al jugador español que ha hecho la Federación y que se pudo ver en la prestación del equipo nacional hace unas semanas. !Hasta salgo yo! .

Por cierto, viendo el calendario del campeonato, hay un martes 13 en la tercera semana. Pero que nadie se preocupe, que ese día es de descanso. Quien sabe si por casualidad o puede que los lituanos también sufran de triscaidecafobia.
Para terminar, un clásico. Hablar de este número y no disfrutar de Martes y 13 sería una herejía.

Buena semana a todos.

¿Qué es lo que ha visto todo el mundo?

Por: EL PAÍS

18 ago 2011

Unas de las coletillas profusamente utilizada en estos tiempos por los jugadores y técnicos del Real Madrid es eso de que “bueno, todo el mundo lo ha visto”. Y cada vez que se lo escucho a alguno y después de que se me abran las carnes si ese uno se trata de un deportista por el que siento simpatía y considero intelectualmente preparado como pueden ser Casillas o Xabi Alonso, me pregunto: ¿Qué es lo que quieren decir?, ¿Qué es lo que hemos visto todo el mundo? (supongo que menos árbitros, culés extremos o gente malintencionada). Como nunca me ha gustado que hablen por mí o que me metan en sacos donde no quiero estar (creo que me viene de la utilización del concepto “los vascos” en boca del mundo nacionalista) voy a intentar explicar lo que yo veo, porque sospecho que no es lo mismo a lo que se refieren esas personas. Así podré salir de ese “todo el mundo” en el que no me siento muy cómodo.
Lo que yo veo es que la deriva de la imagen del Real Madrid continúa sin que nadie haga nada por evitarla. Lo dije, lo digo y lo repito. No hay título en el mundo que merezca o justifique lo que está pasando. Ninguno.
Lo que yo veo es que parte del madridismo ha abrazado ciertos dogmas de fe y todo su argumentario parte de esas premisas. La primera: Los árbitros favorecen al Barcelona. Admitamos que puede ser, como en otras épocas favorecieron al Madrid. Ahora bien, lo que es insostenible es pensar que los árbitros favorecen al Barcelona SIEMPRE, en cada partido, en cada jugada, en cada falta señalada, en cada decisión en las áreas. ¿A que así escrito parece exagerado? Pues muchos jugadores del Real Madrid se comportan como si estuviesen convencidos que esto ocurre (y no digamos su entrenador) con el consiguiente desquicie, por no hablar de la incapacidad para el análisis que te da una posición tan radical. Y cuando esto ocurre, lo protestas todo, te alteras por todo y terminas perdiéndolo todo. Otro dogma de fe: Los jugadores del Barça son unos teatreros. Efectivamente, hemos asistido a alguna clase actoral magistral. Ahora bien, eso no significa que sean SIEMPRE teatreros, que ante cada acción pongan en marcha sus dotes para la ficción. Las declaraciones de Casillas al final del partido son una muestra de donde te puede llevar este erróneo convencimiento. Minutos después de asistir a una nueva salida de tono de Marcelo, que voltea violentamente a Cesc mereciéndose con creces la tarjeta roja, el capitán del Madrid echa mano de una generalidad, lo pone todo en duda y pierde un buen trozo de la credibilidad que podría tener para otra ocasión. Esto nos lleva a otro punto, los peligros de la queja constante, que te despoja de autoridad para las veces en que puedas llevar razón. Salvo para una parte del madridismo, el resto del mundo confirma casi en cada partido que el Real Madrid se ha puesto encima, con argumentos más que discutibles, el disfraz de ofendido, timado, esquilmado, robado y ultrajado. Siempre y en cada momento que se enfrenta al Barcelona.
Lo que yo veo es que después de todos estos desagradables encontronazos, se ha impuesto el “y tú más” tan utilizado por nuestros políticos. No se analiza si lo que cada bando hace está bien hecho o no, sino siempre se sale por la tangente de la comparación. Una entrada de Pepe de esas que hace fuera de sitio, lugar y en clara búsqueda del tobillo rival que termina con el jugador contrario en el suelo no es el problema, sino que el adversario de turno ha exagerado la reacción. Lo mismo que lo de Marcelo a Cesc no justifica a Villa. Este camino ya sabemos a donde nos lleva.
Lo que yo veo es que teniendo en nuestro país a los dos mejores equipos del mundo, sus enfrentamientos se han convertido en algo bastante desagradable por no decir mucho, donde ves perder los papeles a demasiada gente y donde el fútbol termina sepultado por otras cuestiones alejadas del juego. Y las afrentas se van sumando, y Casillas y Xavi, quintaesencia de ambos equipos discuten a ojos de todo el mundo y de lo deportivo se ha pasado a lo personal.
Lo que yo veo es que no todo el mundo tiene la misma responsabilidad, por lo que de hacer generalizaciones, las justas. No creo que ayuden mucho las declaraciones de Xavi o Piqué señalando directamente a Mourinho, pues van a poner en marcha réplicas y contrarréplicas, pero eso no significa que no tengan razón. Lo que hace el entrenador del Real Madrid no es defender a su club como dijo en una ocasión Florentino Pérez, y desde luego, ni se acerca a lo que todos entendemos como señorío. Con cada acción, declaración u omisión echa a sus jugadores y a su club a los pies de los caballos. Lo que hizo al final del partido, en el campo y en la rueda de prensa, se merecería un correctivo por parte de quien le paga, pero está claro que eso no lo vamos a ver. No porque la dirección del club piense que está bien hecho (espero que quede alguno sin intoxicar) sino porque no se atreven. Una vez puesto en sus manos a toda la entidad (salvo presidente, se puede decir que ya es todo) la única opción que te queda es ir hasta el final
Lo que yo veo es que ese final no va a ser un final feliz. Y no estoy hablando de títulos, que por haberlos, puede que los haya. Aunque no se me ocurre otra fechoría más criticable de las que ya ha cometido en poco más de un año, seguro que Mourinho rizará el rizo y liará una gorda y definitiva. Y será una pena, pues como ocurrió ayer, todas las virtudes futbolísticas que atesora el equipo y que pudo demostrar en los dos partidos (por cierto, ¿alguien le podría explicar a Cristiano que no es necesario que termine él todas y cada una de las jugadas en las que recibe el balón a menos de 40 metros de la portería?) quedan una vez más sepultadas por otras cuestiones. Al fin y a cabo es la base de su ideario. Todo empieza, pasa y termina en él. Dirá que defiende a su equipo, pero su única causa es su propia persona. En la entrevista que os recomendaba en el último post, habla Jose Luis Sampedro de la necesidad de que cada uno de nosotros tengamos pensamiento propio. Bien, pues en el Madrid ha desaparecido. Sólo existe un pensamiento único, del que comulgan, convencidos o rehenes, jugadores, técnicos y una parte de la afición.
Veo más cosas, pero con estas creo que me desmarco definitivamente de ese repetido “lo que ha visto todo el mundo” . Y sí, estoy hablando sobre todo del Madrid, porque el Madrid es lo que me interesa sobremanera. Porque quiero que esto acabe, volver a reconocerme en este club, que vuelva la cordura, la necesaria autocrítica, que termine el secuestro, que regresen las buenas maneras, que se sepa ganar y perder, que pare el descrédito de la institución, que vuelva a ser un club respetado no sólo en las finanzas. Todo eso quiero y de todo eso nos vamos alejando pasito a pasito. Afortunadamente esta época oscura pasará. El Madrid ni empezó el día que llegó Mourinho ni terminará cuando se vaya, que espero sea más pronto que tarde.
En fin, que no es mi tema favorito este, que yo venía a hablar de la selección de baloncesto y del fichaje de Rudy, pero después de lo ocurrido, si me callo reviento. Tendrá que ser el próximo día. Lo prometo.

De vuelta del (casi) Paleolítico

Por: EL PAÍS

17 ago 2011

Los partidos de la selección de baloncesto, el fichaje de Rudy, la huelga de los futboleros, la Supercopa, la Vuelta Ciclista a España, las dudas de Nadal, la vuelta de Breaking Bad y Entourage y algo más que se me queda en el tintero. Sí, definitivamente es tiempo de volver a la actividad. Lo digo sin ningún pesar, pues mis vacaciones aunque largas, tampoco han sido para tirar cohetes. Primero vi llover en Menorca y luego vi llover en Cantabria. Algo desesperado volví a Madrid para finalizar mi retiro y me recibieron días de 37 grados que me han hecho añorar esos nubarrones que me persiguieron durante todo el mes de Julio.
Antes de entrar en materia deportiva y dado que en mi último post prevacacional informé a los palomeroseguidores de mi intención de volver al Paleolítico Tecnológico, os contaré el resultado de mi experimento. Para empezar, dos símiles. Si se hubiese tratado de no fumar, digamos que he fumado mucho menos pero han caído algún que otro pitillo. Si fuese un adicto al sexo y me hubiese impuesto una abstinencia, pues alguna recaída (en solitario o acompañado) ha tenido lugar. Empecemos por las pruebas superadas. El blog, como habéis podido observar, ha estado en coma profundo, lo mismo que mi cuenta de Twitter. No ha sido fácil, pues estos hábitos se te pegan como una lapa a tu comportamiento habitual. Surge alguna noticias, pasa algo en el mundo y te sientes en la necesidad de publicar tu opinión, como si la continuación del giro de la tierra dependiese de ello. He de reconocer que ha sido todo un relax el dejar de opinar durante más de un mes.
Ahora bien, cuando intentas la desconexión total, te das cuenta de la cantidad de cosas que, relacionadas con la red, las pantallas y sus utilidades, forman parte casi inconsciente de tu vida. Por eso el 3G de mi teléfono no aguantó fuera de circulación más allá de una semana. ¿Cómo se consultan de otra forma horarios o se sacan billetes de avión o tren? ¿Tengo que buscar el periódico, que vete a saber donde lo he dejado, para ver donde dan la peli que quiero ver? ¿Cómo aplacar la ansiedad por resolver una duda que nos ha surgido en mitad de una cena de amigos? ¿El teléfono de un restaurante? ¿Habrá fichado Cesc por el Barça y voy a ser el último en enterarme? ¿Qué tiempo va a hacer mañana? Si voy a salir a navegar, ¿soplará norte, sur, levante o poniente? Cada una de estas preguntas tiene otras contestaciones que la de acudir al universo que encierra nuestro teléfono (¿hasta cuando le llamaremos así?) pero ninguna tan cómoda. Y cuando estás tirado en un sofá o en una hamaca, la comodidad pasa a convertirse en la primera de las prioridades.
Eso sí, lo que he conseguido es dejar de navegar por navegar, tener el ordenador, móvil o ipad siempre cercano y presente, echar mano de ellos como acto reflejo cuando aunque sea por unos pocos segundos, no hay nada que hacer. Para luchar contra las muchas tentaciones que una costumbre ya tan enraizada en mi comportamiento provoca, me he refugiado en la lectura. Empecé por un bestseller de 1000 páginas (La caída de los gigantes) que me volvió a confirmar que Ken Follet hace tiempo que conoce la pócima mágica para dotar a sus libros de las dosis justas de muchos ingredientes para que resulten eficaces. Eso sí, le sobran 300 páginas y a los cinco minutos de terminar el libro no quedaba rastro alguno en mi interior. Después disfruté del universo tan gallego de Manuel Rivas con una antología de cuentos siempre sorprendentes (no recuerdo el nombre del libro pero tiene unos cuantos años). De ahí salté a uno que me regaló mi gran amiga Silvia, mi fan número uno como dice ella. Se titula La vida en titulares, escrita por una inglesa de nombre Catherine O´Flynn. Me costó entrar en la historia, pero terminó enganchándome. Cuando estaba terminándolo, cayó en mis manos (bueno, más que cayó me lo tiraron) Algo va mal, de Tony Judt. La primera frase del libro es esta: “Hay algo profundamente erróneo en la forma que vivimos hoy”. Totalmente de acuerdo, pero con el Mediterráneo a la vista, decidí que quizás era más un libro para Septiembre que para Julio/Agosto. Salte a otro que llevaba tiempo queriendo leer. Saber perder, de David Trueba, un tipo al que no conozco pero cuya visión de la vida a través de su columna en el País me parecen tremendamente sugerentes. Me anclé en la página 26. No, no tuvo nada que ver la calidad literaria, ni mucho menos, sino el cuerpo de letra, un poco más pequeña que la habitual y que me obligaba a esforzarme para leerlo. Como me había dejado las gafas en Madrid (las tengo desde hace tiempo pero las uso menos que Karanka la opinión propia) le dije hasta dentro de poco. Entonces recibí El tiempo entre costuras, que amablemente me envió dedicado María Dueñas una vez que le abordé sin ningún rubor por mi parte en Cartagena cuando hicimos allí el Hoy por Hoy. Fui a felicitarle y ella me llamó mítico. Una vez leído, entiendo totalmente su enorme éxito. Juegos de niños, de Tom Perrotta fue el siguiente. Su universo me recordó un poco la gran película La tormenta de hielo, con Kevin Kline y Sigourney Weaver. (Chismorreo. Una amiga mía ha trabajado en la última de Sigourney, la reina anti-Aliens, y me ha dicho que es sencilla, amigable y encantadora, lo que me ha encantado, pues siempre le he tenido en alta estima) A lo que iba. Historia clásica. Bajo la apariencia de una vida ideal, mucha infelicidad subterránea. Me gustó. En estas estaba cuando ya en el cantábrico, mi hermana Begoña, otra gran fan, me regaló en plan sorpresa el libro que me acompaña en la actualidad. Nada más y nada menos que Vida. No, no es un libro que podría llevar cualquiera de los miles de jóvenes entusiastas que han tomado Madrid. No es la vida de Rouco Varela, B16 o JP2. No lo recomendarán en Intereconomía y tampoco creo que Esperanza Aguirre lo incluya en los libros de texto del año que viene. La vida que se cuenta en Vida es la de Keith Richards, una vida digamos algo alejada de lo convencional, bastante de lo sano y mucho de lo legal. A eso de la tercera página ya te das cuenta que no se va a cortar un pelo y que te espera un viaje lleno de excesos. Mick Jagger ha dicho que todo lo que cuenta es mentira, pero qué queréis que os diga, yo siempre he sido más de Richards que de Jagger, de Lennon que de McCartney, del Coyote que de Correcaminos, de Darth Vader que de Lucas Skywalker, del gato Silvestre que del odioso canario ese de nombre Piolín. Pues eso, que me lo estoy pasando bomba con las aventuras de un personaje singular del que no sabemos todavía cómo su cuerpo ha podido aguantar tanta traca politoxicómana. Todas estas lecturas, en su mayoría aconsejables, aplacaron mi síndrome de abstinencia 3G o Wifi aunque eso sí, no evitaron que con cargo de conciencia al principio y resignado después, volviese del Paleolítico de vez en cuando.
Cerrado el experimento debería comentar qué me parece la selección de baloncesto, quien creo que se va a quedar fuera, si lo de Rudy va arreglar definitivamente al Madrid, la huelga de futbolistas (“Los futbolistas en huelga en un país de cinco millones de parados” era el titular de El Mundo. Y luego dicen que es un periódico tendencioso. ¡Qué mal pensada es la gente!) esa Supercopa que se decide hoy en horario Keith Richards, la canción de Televisión Española para la Vuelta o la enésima confirmación, esta vez en el ejemplo de Nadal, que el secreto no está en las piernas, sino en la cabeza. Pero tendrá que ser mañana, que en Agosto los textos largos no son de recibo.
Para terminar os dejo un video de unos de mis actuales héroes. Jose Luis Sampedro. Si ya era una voz que consideraba necesaria en estos tiempos, ayer pillé en Canal Plus una entrevista de Iñaki Gabilondo que me dejó patidifuso. 94 castañas y ese discurso, esas reflexiones tan acertadas, esa mente preclara. Una pasada.
Posdata.- Acabo de entrar por primera vez en el blog y veo que se ha montado un buen debate sobre la selección. !156 comentarios! Mañana los leo, que son un montón y entramos en harina baloncestera.

Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal