El Palomero

Tres meses en La Paz

Por: EL PAÍS

16 nov 2011

Hoy es el Día Internacional del Niño Prematuro. Uno de cada diez nacidos lo hace antes de terminar su gestación. En España, son ya unos 38.000 casos al año. Decenas de miles de familias que ven como su mundo se da la vuelta de la noche a la mañana. A mí me ocurrió y en el libro que escribí el año pasado, dediqué un capítulo a narrar una experiencia emocional única, tan dura como extraordinaria. Hoy, con motivo de esta celebración, me parece una fecha ideal para compartirla con todos. O volverla a compartir, si es que tuvisteis a bien leer mis andanzas vitales.
Tres meses en La Paz
El 21 de Agosto de 1999 dejé en casa a Ruth, embarazada de cinco meses y medio y en reposo prácticamente desde el principio de la gestación para irme a Toy R Us a comprarle una bici a mi hija Candela que cumplía cuatro años al día siguiente. Con ella en la mano y cuando me disponía a dirigirme hacia las cajas para pagar recibo una llamada de mi mujer. Descolgué pensando en lo típico, trae de vuelta algo, mira si hay no se qué o ya que estás ahí pásate por Decathlon que está al lado y compra no se que otra cosa. Pero no era nada de eso. Me llamaba para decirme que había roto aguas.
Tiré la bici al suelo y salí corriendo como un poseso mientras un “no puede ser” se me instaló al instante en la cabeza. Llegué a casa bastante fuera de mí pero intenté controlar mis sentimientos que ni era momento y lugar para ningún tipo de histeria. Ruth estaba algo más tranquila que yo (lo ha estado siempre en los momentos en los que yo me he colapsado) pero en sus ojos se adivinaba que aquello que estaba pasando no auguraba nada bueno. Dado que el embarazo había sido de riesgo sabíamos qué teníamos que hacer si ocurría algo fuera de lo normal. Salir pitando para La Paz.
El trayecto hasta el hospital fue angustioso. No había que ser un entendido en la materia para saber que un parto a los cinco meses y medio resulta inviable y a pesar de mis intentos para no perder el control no podía evitar que las lágrima se me escapasen. Como aquella noche en la que mi hermano me llamó para decirme que mi padre se había desmayado en el pasillo, sentía que me dirigía otra vez hacia el desastre total. Siendo algo demoledor para mí, no podía dejar de pensar en la persona que se encontraba a mi lado. Con lo que nos había costado quedarnos embarazados, los larguísimos meses que había tenido que guardar reposo, el cariño con el que le había visto una y mil veces acariciarse la barriga y hablarle al que desde casi el principio habíamos llamado Mikel. Convencido que nunca iba a conocer a Mikel llegamos a urgencias y corrí hacia la recepción de maternidad.
Mi desconocimiento me hacía pensar que en esa situación, con la bolsa rota, el parto era inevitable y con él la tragedia. Por eso no entendía la parsimonia con la que reaccionaron cuando se lo conté a la persona que me atendió. Le subieron a una habitación y cuando llegó el médico y le examinó, abrió una puerta a la esperanza. Reposo absoluto, inyecciones para acelerar la maduración pulmonar y a esperar dos cosas: Que el líquido amniótico no escasease y que no se produjese la temida infección. Antes cualquiera de las dos circunstancias, directos al quirófano. ¿Tiempo mínimo para que haya esperanzas? “Cada día que pase, mejor”. ¿Qué es lo normal en estas situaciones? “Unas duran dos días en esta situación y hace poco una mujer llegó en esa misma situación y alcanzó el octavo mes”.
Recuperado el resuello comenzó una contrarreloj que finalmente duró 17 días. La mañana del 7 de Septiembre llegué al hospital y al entrar en la habitación me dijeron que Ruth tenía fiebre, síntoma inequívoco de infección y no había tiempo que perder: esa misma tarde le harían una cesárea. Me fui a hablar con Félix Omeñaca, el pediatra de Candela y afortunadamente Jefe de Neonatología de La Paz encargado de lidiar con las primeras y decisivas horas de estos partos tan prematuros. Como suele ser recomendable, Félix se mostró razonablemente optimista, aquellos diecisiete días habían sido importantes pero hasta que no se produjese el parto y viesen el estado del bebé no se podía aventurar nada más.
Llegó la hora de la operación y no sabía qué hacer con mis nervios, ansiedad, miedo y esperanzas. Antes de lo previsto se abrieron las puertas de la zona de quirófanos y asistí a una escena que me llevaré a la tumba. Alrededor de una cuna transparente de esas de hospital iban al menos seis personas, entre ellos Félix Omeñaca asistiendo a un pequeño bulto del que solo se veía una cabecita llena de pelo negro. Uno llevaba una pera de esas azules terminada en una mascarilla con la que daba oxígeno mi hijo. No sé como no me desmayé allí mismo. “Espera aquí” me dijo Félix, “y en cuanto le metamos en la incubadora de la UCI de neonatos te aviso para que le vayas a ver”.
Si pensaba que lo que había visto era difícilmente superable, estaba totalmente equivocado. Una hora más tarde me dejaron pasar a la UCI. Aquello me pareció dantesco. En una sala de unos 250 metros cuadrados había unas 20 incubadoras con niños de diferentes tamaños, la mayoría muy pequeños y un millón de aparatos electrónicos que no dejaban de hacer ruido, sobre todo pitidos. Las enfermeras iban de un lado a otro vigilando los marcadores de todo tipo de variables que en los siguientes tres meses me iba a aprender de memoria. Pulsación, saturación de oxigeno, tensión arterial y otras muchas cosas más. Todavía impresionado por lo que estaba viendo, la enfermera que me acompañaba me señaló hacia una de las incubadoras que se encontraba más o menos a la mitad de la última fila de niños. “Este es Mikel”.
Ufff, qué momento. Allí, delante mío, había una criatura mínima, amoratada, llena de cables por todos los lados, pinchado en el bracito, en el ombligo varias veces y con un tubo de alimentación en la nariz. No medía más allá de la palma de mi mano y había pesado un kilo, cantidad que aún bajaría más cuando remitiesen los efectos de la infección. A pesar de la rapidez con la que se había actuado, Mikel venía muy malito. Tanto que si no daban con el antibiótico preciso, su supervivencia podía no ir más allá de 24-48 horas.
Al día siguiente bajé con Ruth para que conociese a su hijo. Tenía que ir en silla de ruedas pues no había pasado ni un día desde la cesárea. No había querido ser muy explicito sobre lo qué se iba a encontrar pero sí le había alertado que impresionaba un poco lo de los cables y las vías. Me impresionó su primera mirada, tan llena de amor y a la vez de dolor al verle así, como si de repente ella misma estuviese acribillada con agujas por todas partes. “¿Puedo tocarle?” “Sí, es bueno”. Abrieron una pequeña ventanita y por primera vez y con un cuidado extremo, acariciamos a nuestro hijo mientras aguantábamos las lágrimas como podíamos. Cosa que ya no logramos en cuanto salimos de la UCI. Allí mismo, en un impersonal pasillo de un impersonal hospital, nos abrazamos y lloramos de pena, rabia, dolor, miedo, angustia y muchas emociones más que nos salían a borbotones.
Mikel sobrevivió a los críticos primeros días gracias a que cuando a Ruth se le infecto la bolsa amniótica, le sacaron una muestra para descubrir el agente causante lo antes posible. De esta forma a su tercer día de vida el doctor Omeñaca se mostró más optimista aunque aquello sólo era el comienzo. Teníamos que ser conscientes que los casi tres meses de maduración que tenía que haber pasado en el vientre materno ahora debía producirse fuera de él con las consiguientes posibilidades que algo fuese mal. La lista de posibles complicaciones era tan grande que lo mejor era ir poco a poco, ver como iba evolucionando y confiar en que Mikel se encontraba en las mejores manos posibles, cosa que como comprobaríamos rápidamente era totalmente cierta. Volvimos a casa unos días después y nuestra vida entró en un impass donde su centro se trasladó a La Paz, a una incubadora donde una personita con una etiqueta de plástico rodeándole su minúsculo tobillo que ponía Mikel a bolígrafo se agarraba a la vida como una lapa.

La UCI de Neonatos del Hospital de La Paz de Madrid es un universo en sí mismo. Médicos, enfermeras, mini-niños, padres y familiares conforman un mundo donde casi todo lo que ocurre fuera de él deja de importar. En pocos días se establecen relaciones que al estar sustentadas sobre indefensas vidas en juego adquieren intensos grados emocionales. Los familiares buscan en médicos y enfermeras esas palabras que les calmen la ansiedad y estos manejan como pueden una información a veces de difícil control por parte de los padres. Un día me acerqué a ver a Mikel yo solo pues Ruth no se encontraba bien. Yo era de los padres que miraban más a las máquinas que a los niños, angustiado porque alguno de los muchos números de colores que aparecían se volviese rojo y comenzase a pitar. En eso estaba cuando de repente los indicadores del pulso comienzan a bajar. 90, 80, 60, 40, pi, pi, pi, a mí me iba a dar algo. Ya no marcaba latido alguno cuando apareció Menchu, una vasquita maravillosa que se encargaba de Mikel. No se alteró lo más mínimo. Abrió una de las portezuelas de la incubadora, le dio unos golpecitos en la espalda y el ritmo cardíaco comenzó a subir otra vez. “Ay Mikel, esto no se hace cuando están tus padres aquí” le riño como si le entendiese el niño. Se giro hacia a mí y al verme más pálido que Iniesta me dijo: “Es que a veces al corazón se le olvida latir”. Jooooooooder. Esta es la típica información que nunca te gustaría tener si es que quieres volver a dormir alguna vez en unos cuantos meses. Hasta tiempo después no le conté nada a Ruth. Con mi acojono ya era suficiente.

Durante el primer mes todos los días nada más despertarnos llamábamos a La Paz para que nos informasen de cómo iban las cosas, ya que las visitas estaban limitadas a una hora por la mañana (de 12.30 a 13.30) y otra por la tarde (de 6 a 7). La llamada mañanera se convertía en un momento de terror. ¿Y si ha pasado algo?. Entonces se ponía Menchu o la que se hubiese encargado de Mikel aquella noche y nos daba el parte, generalmente relacionado con el peso que iba cogiendo o perdiendo. “Bien, bien, ha ganado 30 gramos hoy. Está hecho un campeón”. Gran alegría. “Está bien pero ha perdido 20 gramos. No ha tolerado bien no se qué”. Decepción disimulada a duras penas y a esperar ansioso hasta las doce y media. A veces llegaba esa hora y no dejaban pasar a nadie. Eso significaba que alguno de los niños lo estaba pasando mal. Lógicamente no decían quien era, por lo que todos permanecíamos en silencio, con nuestra angustia a cuestas que sólo se mitigaba cuando una vez dado el permiso, volvías a ver a tu hijo y comprobabas que el motivo de la espera no era él. ¡Qué terribles minutos de espera!.
En paralelo con el devenir de los niños, se iba formando una pequeña comunidad de familiares, padres y madres sobre todo, que a base vernos terminamos compartiendo problemáticas. Todos sabemos que la vida puede cambiarte un momento, pero hasta que no te encuentras en una de esta no te das cuenta la tremenda verdad que encierra esta frase. En aquellos meses tuve la oportunidad de comprobar hasta qué punto una situación de esta, que te pilla de la noche a la mañana, puede poner patas arriba tu existencia. El tener a un niño ahí metido, luchando, no sólo tiene sus consecuencias en el mundo de las emociones, sino también en el de la logística. Ruth y yo afortunadamente no teníamos especiales problemas de tiempo y ayuda externa para podernos concentrar en Mikel lo que hiciese falta, pero en ese aspecto éramos unos privilegiados. Los nacimientos prematuros no entienden de recursos económicos, circunstancias laborales, situaciones familiares o ubicaciones geográficas. Cuando te toca te toca y fui testigo de unos cuantos casos en los que el drama se desarrollaba tanto dentro como fuera del hospital.
Las semanas iban pasando y Mikel poco a poco tiraba hacia delante. De los 800 gramos en los que se quedó durante los primeros días, ya andaba por el kilo y medio e iba superando todos las pruebas para detectar posibles daños de tipo neurológico, psicomotriz y unos cuantos más que prefiero ni acordarme. Un día cogí el ascensor para subir a la quinta planta y coincidí con un padre y un crio como de un año, hermoso, rollizo. Me quedé mirándole y a la vez pensando si alguna vez Mikel llegaría a ser como aquel bebé. El padre me debió leer el pensamiento porque me preguntó si tenía un hijo prematuro. Cuando le contesté que sí me dijo que aquel bebe rellenito también lo había sido. Luego me enteré que una de las peticiones que hacen a los padres cuando ya sus hijos son dados de alta es que de vez en cuando vuelvan de visita y que los padres que entonces estén por allí vean que hay esperanza, que aunque en ese momento te cueste creerlo, llega un día en el que tu niño crece y engorda, corre y salta, se ríe y llora como cualquier otro. Me pareció una idea tan buena que hasta los 6 años llevé a Mikel varias veces y en más de una ocasión tuve que decir lo mismo que he había dicho aquel amable hombre en el ascensor.
A los dos meses la casilla de salida estaba muy cerca. Todo iba fenomenal, ya le habían trasladado fuera de la UCI, respondía bien a todo y a falta de alguna que otra prueba más, íbamos a poder llevárnoslo a casa en muy poco tiempo. Pero el día que íbamos a rellenar los papeles para el alta recibimos un mazazo. En una revisión ocular le habían detectado un desprendimiento de retina y era necesaria la operación. Al parecer el ojo es de los últimos órganos que se forman y su vascularización va del centro hacia fuera. Los prematuros, al tener que concluir ese proceso en condiciones no ideales, suelen sufrir problemas como la llamada retinopatía del prematuro. Mikel la sufrió y le tuvieron que hacer, además de varias cicatrizaciones con laser de vasos que no se habían desarrollado bien en su crecimiento hacia la periferia en el ojo derecho, un cerclaje en el ojo izquierdo, que trata literalmente de colocarle un pequeño cinturón de plástico (todavía lo guardamos de recuerdo) en el globo ocular. Total, que hubo que retrasar la salida un mes más y cada semana el pobre Mikel tuvo que soportar terribles revisiones oftalmológicas de las que no pienso explayarme pues me ponen los pelos de punta con solo recordar los gritos que pegaba el pobre niño mientras padre, madre y enfermera le sujetábamos para que el médico le hiciese toda clase de perrerías. Eran necesarias, pero pocas veces me han dado tantas ganas de meterle una hostia a un médico como en esos momentos. Aunque el hombre no tuviese la culpa de nada.
Por fin el 3 de Diciembre de 1999 recibimos el alta. Nos habían avisado que era un momento difícil, que incluso había padres que les daba el jamacuco y se volvían al hospital asustados porque si le pasaba algo al niño, ya no estaban tan protegidos y vigilados. Nosotros no fuimos tan exagerados pero sí que nos llevamos para casa una máquina que tenía una pequeño sensor que se pegaba a uno de los piececitos y daba las pulsaciones y la saturación de oxigeno. Nos duró dos días, lo que tardamos en darnos cuenta que no sólo el crío estaba bien, sino que la dichosa máquina pitaba por muchas cosas, entre otras en cuanto el sensor no registraba bien porque el niño se había movido o se le había despegado el espadrapo. Devolvimos el aparato y hasta hoy.

Mikel pronto cumplirá 11 años. Es un chaval fantástico, entusiasta al máximo, duro como un niño que tuvo que luchar desde el segundo uno de su vida y tremendamente sensible y cariñoso. La única secuela que tiene de su prematuridad es un defecto visual que lo lleva con tremenda naturalidad. Lleva una vida absolutamente normal y tanto a Ruth como a mí nos tiene totalmente encandilados. Mi hija Candela dice que le queremos más a él que a ella, pero estoy seguro que en el fondo sabe que no es verdad. Lo que pasa es que once años después todavía le miro y no me puedo creer la suerte que hemos tenido. Mikel es un milagro de la ciencia, bueno, mas que de la ciencia de las personas que están delante, detrás y a un lado de ella. Por eso vaya mi agradecimiento eterno a la gente de Neonatología de la Paz, a Omeñaca, Menchu y mucha más gente que posibilitaron entre todos que Mikel sobreviviese. También al personal de Atención Temprana de la Calle Maudes, a Socorro y compañía y por supuesto a la ONCE, Elena y otros maravillosos trabajadores que luego se hicieron cargo de él y nos ayudaron muchísimo en su desarrollo. Que sepan que entre todos colaboraron para que Mikel esté ahora por aquí danzando, alegrándonos la vida, siendo un ejemplo maravilloso de que aunque a veces parezca que no va a salir el sol, con un poquito de fortuna las nubes se van y te das cuenta que además de algunos malditos escupitajos, también ocurren cosas por las que merece la pena existir. Mikel y su historia es una de ellas.

Como la de Mikel, hay otras mil historias. 10 historias nuevas comienzan en España cada día. Afortunadamente, terminan ganando las que tienen final feliz, las que nos cuentan vidas salvadas. Son grandes y pequeñas historias de superación y lucha ante la adversidad,De madres y padres angustiados y mini-héroes en tamaño pero super-héroes en agarrarse a la vida. De maravillosa convivencia posterior con algunas minusvalías que no les impiden ser plenamente felices y hacernos plenamente felices.

El próximo sábado a las 12 de la mañana, APREM (Asociación de padres de niños prematuros) celebra el día del prematuro en la esplanada del Hospital de La Paz. Si alguno quiere pasarse, está invitado.

Hay 62 Comentarios

hombre tanto como renacentista .... un respeto, "intelectual", ahi te has pasado

Estoy emocionado con tu relato y mi recuerdo. Yo también tuve, hace casi 14 años, aquí en Mérida, donde vivo, un niño prematuro, de nombre Miguel. Curiosa coincidencia, como tu hijo Mikel. 7 meses de gestación e ingresado por 1 mes. Sin mayores complicaciones nos lo llevamos a casa con el alta, y unos días después aparece morado en la cuna, con una crisis de apnea. Menudo susto. Con mucha suerte pudimos reanimarlo en el coche, volando hasta el hospital, y nuevo ingreso de 1 mes. Con el alta final también nos llevamos una maquinita que detectaba las apneas a base de pitidos; al principio horrorizados en cada aviso. piiiii ... , pero con el tiempo llegabas a controlar la situación, sobre todo cuando descubres que pita por muchas circunstancias como por el sudor, los propios movimientos del niño. Hasta los 18 meses llevó el aparato, y fuimos conocidos por amigos y familiares como Robocip o "del niño del Canal+" (el aparato parecía un decodificador). Pero, Miguel, creció espectacularmente, sin mayores secuelas y hoy es pivot de su equipo de baloncesto infantil. Y dentro de su edad y en su ambiente, no juega mal.

Gracias

Emocionante.Me pongo en vuestro lugar y uffff...Un abrazo a todos y, en especial, uno muy fuerte para Mikel, que desde (demasiado) pronto demostró que es un luchador.

Mi ahijado ha pasado por lo mismo, cada vez que leia una linea , recordaba todo lo pasado , y me emociono al revivir esos momentos, para un milagro de la vida, nunca mejor dicho, mi pequeño ÁLVARO

Bufff... he sido padre este año y aun tengo la sensibilidad subida...pero no recuerdo haber leido nada que me haya emocionado tanto en mi vida.He tenido que hacer una pausa en la lectura xq no queria llorar...Grande Itu.

Enorme articulo... sin palabras!

Para que después digan que no es vasco! Precioso relato y dura experiencia, nada es facil en la vida, hay que agarrarse como lapas.

Hola Itu!estoy con mi niña dormida en brazos y con los ojos llenos de emoción después de leer tu relato. A mi niña Lola la tuvieron que operar con 3 meses de vida y he recordado esas visitas al REA, esos pitidos... He recordado todo... Gracias es un relato precioso!! Viva Mikel!!!

Grande Itu.Ya me emocionó este relato al leer tu libro (el cuál en su integridad recomiendo, básicamente por lo bien resuelto que está, siendo un género árido y difícil). Yo también fui un niño que pasó parte de su infancia en el hospital La Paz. Pasé de una esperanza de vida de un par de años, a una intervención quirúrgica que hoy me coloca en los 40 años... Sin duda un lugar especial la unidad infantil de ese hospital.Un abrazo

Risas y llantos al leer el artículo. Gracias, JuanmaHe recordado cosas que ya tenía en el cajón. Madre mía. Creo que es algo que no se puede imaginar si no se vive.Tres meses estuvimos nosotros también, en el Marañón. Nuestra niña fue tan curiosa que quiso ver el mundo casi 14 semanas antes de lo que le tocaba. Decidió que le molaba más ser cáncer que libra y que prefería ver el sol del verano recién estrenado a empezar la vida en otoño. Gracias a todo el equipo médico, de enfermeras, matronas, auxiliares, rehabilitación y terapia ocupacional del hospital.Muchas gracias también a Julio, de Carburos, que nos traía el oxígeno a casa y atendía con toda amabilidad a mis llamadas de socorro cuando estaba aprendiendo a llenar, manejar y vivir con mis bombonas, mochilas y gafitas nasales.Le hice millones de fotos y vídeos en el hospital. Sé que me sentiré orgullosa cuando en la obra de fin de curso del cole, mi niña haga de florecilla silvestre. Os aseguro de que ese orgullo no será ni un porcentaje pequeñito del orgullo que sentí el día que la conocí, al segundo día de nacida y me agarró el dedo con su mini-manita con la misma fuerza con que se agarraba a la vida a través de cada uno de sus 700 gramitos. Ella tiene derecho a saber que es capaz de conseguir lo que se proponga, que puede superar cualquier dificultad... porque ya lo ha hecho.Hoy Inés tiene 16 meses y unos pulmones que esta misma mañana ha ejercitado a tope cuando su padre la ha dejado en la "guarde". Vamos, que funcionar, acaban funcionando estupendamente. Anda, juega, se ríe un montón, me persigue por toda la casa... Es pequeñita, lo que le hace mucho más graciosa.Mucho ánimo y mucha esperanza a todos los papás que están en esa situación. Un gran abrazo a los que estuvieron en ella y que pasan automáticamente a formar parte de esas familias postizas que uno acaba construyendo en los pasillos y salas de espera de los hospitales.

Que decir que no se haya dicho ya!!! Bueno si, que nunca me hubiera imaginado que Iturriaga me iba a llenar los ojos de lágrimas recordando lo que pasamos casi hace 7 años con Sara y Hugo. Y eso que en mi caso fueron menos días en....

El 20 de enero de 2008 nacio mi primer hijo, Roque, con tan solo 28 semanas de gestacion.Hoy celebramos con vosotros, con Mikel y con Roque, y con esos miles de super-heroes anonimos, todos los finales felices.Enhorabuena

Madre mía, se me han saltado las lágrimas. Hace ya casi 2 años pasé yo por lo mismo, no fueron 3 meses, sino 1, pero la angustia es también enorme, cómo he revivido lo mío leyéndote, esas revisiones de los ojos, la incertidumbre, y cuándo empezó a bajarle a Mikel el pulso, a Pepe mi niño, le dio una apnea (yo no estaba presente, pero mi marido si), empezó la máquina a pitar, y me dijo que por pocas se trae a la enfermera en volandas para que fuera a la incubadora, para luego darle en las piernecitas y ya está. Son tantas cosas, la verdad es que en las personas a las que les ocurre vivir ésto, hay un antes y un después. Enhorabuena por tu hombrecito que tienes ya, me ha gustado mucho leerte.

Nunca llegarán a saber el grado de sufrimiento que nos hicieron pasar. Incluso ya noto cuando hablamos de ello que me mirán como diciendo "a que me lo cuenta otra vez". A sus 13 años, mientras Esther yá está recuperada de su problema con el nervio óptico, Alberto está consiguiendo que yo pierda el mío.

Estoy al lado de mi hija Marta en la UCI. Lleva aqui un mes y 6 dias. Nacio d 24 semanas con 600gr, se quedo en 510 y hoy pesa 908. Solo puedo decir que es una campeona. Mi bomboncete esta muy bien. Se agarro a la vida y no la suelta. Es tan bonita q no puedo dejar de mirarla. Ayer la cogi por primera vez...indescriptible...tan pequena pero con tanta fuerza. Aqui se rien contandome cosas que hace, como se mueve...es un sol.ahora mismo acabo de darle un "meneillo" porque se le olvida respirar...ya no nos asustamos. Aun nos falta mucho para salir de riesgo y mucho mas para llevarnosla pero esta nina es nuestra felicidad. Ahora ya no puedo plantearme la vida sin ella...Un beso a todos

Desde mi recién estrenada paternidad, enhorabuena por vuestra fuerza y vuestro hijo.Un abrazo

Que cosas.No puedo evitar emocionarme. Tambien me llamo Juanma. mis dos hijas han nacido prematuras, la mayor pesó 860 gramos, la pequeña 1200.Debo de ser uno de los pocos que tiene fotos y videos de un hijo de 860m gramos. Los otros padres y las enfermeras me miraban raro y me decían que no lo hiciera, pero yo solo podia pensar en que saldria de todo y luego querría verlo.Asi fue. Andrea tiene ahora 12, es mas alta que su madre, saca 10 en el instituto y no tiene absolutamente ninguna secuela. Diana tiene 8 y es un autentico torbellino. Ninguna secuela.Estas cosas sencillamente le dan otra dimensión a tu vida.

Palomero, soy padre de un niño prematuro y me he emocionado.He pasado por casi todo lo que explicas y por alguna cosa peor que me imagino no habrás querido contar. Me ha servido para llorar y liberar sentimientos. Mi niño tiene ahora 3 años y está perfecto. Siempre que recuerdo esos días se me humedecen los ojos.Me quedo con el mensaje final, con la esperanza, con que a veces las cosas salen bien y vale la pena luchar para seguir adelante a pesar de la mierda que nos rodea.Un abrazo

Hace más o menos 1 mes qué salimos , mi hija y yo, de La Paz después de 91 días. Sabina nació con 629 gramos de peso y se quedó en 550 . No puedo contar más por ahora porque las lágrimas me impiden ver lo que escribo. Sólo diré que está muy muy bien y que la miro y no me lo creo.Mucho ánimo a todos los que actualmente pasan por esto

EMOCIONA. Gracias por compartirlo

Soy padre desde hace 6 meses, mi hijo Unai vino al mundo casi un mes antes de lo que le tocaba, con un embarazo de riesgo (8 ingresos en 7 meses), pero por suerte sin ningún problema. Y, joder, Itu....estas cosas llegan muy dentro, y deberías poner un aviso del tipo "no leer en el trabajo" para evitar lagrimones mientras se ponen los pelos como escarpias leyendo tu historia. Desde aquí, solamente agradecer a tantos médicos, enfermeras, auxiliares...su dedicación, ánimos y esfuerzos para que estos pequeños nos llenen de alegría cada día.

Juanma, gracias por compartir esta historia con todos nosotros.Tengo tres hijos pequeños y, por fortuna, no he tenido que pasar por las historias que tú y muchos de vosotros relatáis. No obstante, en el primer embarazo tuvimos un susto estando de viaje en Croacia, y en un hospital de una pequeña ciudad llamada Gospic, sacado de una película de los años 50, el amabilísimo doctor croata que nos atendió, y que apenas hablaba inglés, nos dijo una frase que también me llevaré a la tumba: "your baby is okay". Os doy todo mi ánimo a Juanma y a todos los padres de niños prematuros o con problemas. Conozco algún caso cercano, y el amor y la dedicación de esos padres, de todos vosotros, es un ejemplo para todos en este mundo tan materialista. Mi admiración a todos vosotros y a los millones de médicos, enfermeras y especialistas que día y noche luchan por mejorar nuestras vidas y las de nuestros hijos. A todos ellos: gracias.

Qué gran artículo. Te felicito por haber plasmado a la perfección los sentimientos y las sensaciones que se viven en estas situaciones, me he identificado muchísimo, y me ha recordado todo lo que vivimos en el nacimiento de nuestra hija Afrika.Hace año y medio tuve una niña prematura de 26+6 semanas de gestación, que pesó 770gr. Bajó en los primeros días a 595gr. y sin embargo, tras tres meses en el Hospital San Juan de Dios de Barcelona superando día a día cada barrera, cada impedimento, le dieron el alta.A fecha de hoy podemos afirmar que es una niña muy fuerte, que está evolucionando favorablemente, aunque el tema del peso vaya algo baja, pero su vitalidad, sus ganas por vivir, su sonrisa, su cariño y su fuerza nos dejan cada día más alucinados.Un fuerte abrazo para el campeón (Mikel), para tí y para Ruth (por lo fuertes que fuistéis y sois) y a Candela por la paciencia que habrá tenido con vosotros y con su hermano.

Como decía Santiago Segura: "Esto me ha llegao". No siempre me gustan tus artículos estra-deportivos, pero esta historia es ... hermosa.Os felicito a ti y a toda tu familia por esa felicidad tan peleada y te agradezco haberlo compartido con nosotros.Me gustaría hacer una reflexión que me temo es un tanto inoportuna, porque muchos tenemos a politizarlo todo, y más en estas fechas, pero no me aguanto.Me imagino que todos esos meses, todas esas máquinas, todas esas personas fantásticas trabajando con dedicación han sido G-R-A-T-I-S. Se que España tiene muchos problemas, que hay mucho sinvergüenza suelto, que se han construído demasiados pisos, que somos maleducados en muchas formas, que la cosa está canina y que tenemos que mejorar cuasi-infinitamente en infinidad de aspectos; pero cuando algo funciona bien creo que también tenemos que valorarlo.A mi me encanta que la selección de baloncesto sea una máquina, y me pongo como una moto cuando barremos en el europeo; salté como un poseso cuando Iniesta metió el famoso gol y, en fin, todas estas 'españoladas' me ponen como al que más.Pero siendo serios, si hay cosas por las que uno se tiene que sentir, de verdad, orgulloso de ser español es por historias como la que acabas de contar.

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Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

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