El Palomero

Enterradores

Por: Juanma Iturriaga

26 mar 2013

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¡Hay que ver lo que nos gusta por estos lares el enterramiento! A poco que nos den, enseguida cogemos pico y pala, nos vamos a cualquier descampado, cavamos un poco y ¡hala! ahí que metemos lo que haga falta. Nos basta un partido, un desliz, una derrota, una intuición, un rumor, incluso un cumpleaños, y en un pis pas, damos por cerrada una carrera, un estilo, un jugador, una racha, un tiempo feliz. Hace poco le tocó al Barcelona futbolero. Un partido horrible en Milán puso en duda su trayectoria europea, posteriormente no da buenos síntomas en los dos partidos frente al Madrid y ya tenemos la feria montada. Hace una semana el Real Madrid de baloncesto acaparaba elogios por su estilo, su eficacia y su futuro. Tres derrotas en una semana y la mitad de la plantilla no sirve y para qué jugar tan bien y bonito si luego no ganas todos los partidos. La España futbolística lleva siendo la envidia mundial desde hace unos cuantos años. Se nos atraganta un partido y nos entra el tembleque. Y qué decir de Nadal, al que le hemos enterrado ya un par de veces. 

Aceptando que el universo deportivo es terreno propicio para que las emociones campen a sus anchas a veces en detrimento del raciocinio, me sigue sorprendiendo la facilidad con la que nos olvidamos del pasado y nos centramos únicamente en el presente más inmediato. En cuanto este se tuerce, ponemos en duda demasiado a la ligera los caminos que hasta hace bien poco llevaban al éxito. Es precisamente en esos momentos cuando se necesita precisamente lo contrario, agarrarse y reivindicar un método que hasta que no se demuestre fehacientemente su caducidad, sigue siendo válido. Y ninguno de esos casos, arrojan evidencias suficientes como para volverse locos. Es más, analizando, por ejemplo, la trayectoria de Barça o selección, nos encontramos con puntos de inflexión donde ya anteriormente fueron cuestionados seriamente y en la firmeza que mostraron para no apartarse de su credo encontraron una mayor confianza en lo que estaban haciendo que terminó traduciéndose en más eficacia.  

Hace dos años y cuenta del Mundial de Sudáfrica, me llamó la atención una estadística. Ningún equipo había logrado ser campeón después de perder el primer partido. Cuando España sucumbió ante Suiza, entendí el por qué. Durante cuatro días la presión sobre Del Bosque fue intensa, al que ante la posibilidad de un gran fracaso, se le pedían medidas hasta radicales. Cambios de jugadores e incluso renuncia al estilo que ha cambiado la historia del futbol diría que hasta mundial. Del Bosque aguantó firme, no cedió como hicieron ante otros muchos, mantuvo su apuesta por jugadores y estilo y al final se superó la difícil situación incluso reforzando al grupo y una determinada forma de entender el futbol. 

Existe un punto aprovechategui (palabrajo made en mi madre y creo que fácilmente entendible) en el mundo de los enterradores. Quiero decir que es jugar con ventaja muchos de ellos al sólo aparecer en los momentos donde los resultados no acompañan. Aquellos que dudan de formas, estilos y nombres, deberían ser fieles a sus ideas, y no sólo expresarlas cuando el viento sopla a su favor. Por no hablar de los de “donde dije digo, digo Diego” que de la misma forma que avalan un sistema en el éxito lo denostan a las primeras de cambio. 

Afortunadamente, cuando alcanzas un grado suficiente de convicción en tu estilo, y los grandes equipos lo tienen, desciende la influencia de los enterradores sobre los protagonistas. A cada duda se responde desde dentro que hay cosas que no son negociables, que sólo desde el convencimiento y reforzamiento del ideario se superan estas problemáticas y que lo que te ha llevado al éxito durante mucho tiempo no puede derribarse en poco. Un convencimiento que no esta basado en la emoción del momento, sino en el aval que da la trayectoria reciente. 

Vivimos en una sociedad cada día más necesitada de novedades. Todo dura cada vez menos y en el cambio y renovación encontramos un alto grado de satisfacción, aunque sea pasajera. El problema de este ansia radica en que al final no se deja que los cosas cumplan su ciclo, se adelanta en exceso su fecha de defunción y se corre el peligro de terminar enterrando a vivos muy vivos. Y entonces, a ver que cara se te queda cuando el supuesto fiambre dé un brinco, salga del ataud y se ponga a correr a toda pastilla.   

 

Sobre leyes y ejemplaridades

Por: Juanma Iturriaga

20 mar 2013

Haremos, efectivamente y con la ley en la mano, lo que nos salga de los cojones”. Lo dijo Mercedes Milá en Gran Hermano ¿XXXII?. No, tranquilos, que yo me desenganché en Gran Hermano I, el del histórico ¿quién me ha puesto la pierna encima?. Pero de estas y otras muchas cosas (espacio publicitario) te enteras escuchando a diario la mejor crónica política que se hace en este país, la de Toni Martínez en el impagable Todo por la Radio (de lunes a jueves a las 17.00 en la SER). La frase me recuerda a una del gran (por su tamaño) Jesús Gil. Más o menos venía a decir que una vez que el pueblo te otorga la confianza en las urnas, a partir de ese momento haces lo que te da la gana.  

La declaración de principios de la Milá sirve de perfecta percha para reflexionar sobre si la ley y sus preceptos deben ser los únicos baremos que marquen y juzguen la idoneidad y responsabilidad sobre las actuaciones.  Ciertos ámbitos parecen tenerlo muy claro. El político, sin ir más lejos. Nuestros queridos prebostes llevan una buena temporada diciéndonos cosas como que los imputados no son culpables, que las sospechas, aunque sean abrumadoras, no significan casi nada, que se puede conseguir una alcaldía pactando con un personaje de dudosa condición, que en el no saber, ver u oír nada, aunque te estén montando la mundial en tus propias narices, exime de responsabilidades, que el “donde dije digo (en las campañas electorales), digo Diego (en el poder)” vale, que el poner la mano en el fuego por alguien y que te salga rana no vincula, etc. Ninguno de estos comportamientos, mientras la justicia no diga nada, quebranta la ley, y mientras la ley no te apunte y dispare, pues aquí paz y después gloria. 

No son los únicos. No es difícil darte de bruces en otros universos con comportamientos que no suponen ningúna trasgresión de las leyes vigentes pero que nos hacen desde fruncir el entrecejo como mínimo hasta revolvernos el estómago si la cosa pasa de castaño oscuro que decía mi madre. Incluso a veces, cuando sí que se traspasan algunas rayas, acogerse únicamente al código penal se nos antoja insuficiente. Seguramente es porque intuimos que debe haber algo más en la balanza que el puro enjuiciamiento criminal, sospechamos que en una sociedad bien articulada debe tener también (y cito a la RAE) “Conjunto de normas morales que rijan nuestra conducta”. Vamos, lo que conocemos como ética. 

Legalidad y moralidad. Un terreno habitualmente firme y mesurable y otro mucho más resbaladizo. Todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, supongo que dice la Constitución. Ahora bien, ¿todos los ciudadanos debemos ser iguales de responsables en nuestro comportamiento moral? En teoría entiendo que sí, ahora bien, de igual forma que a la hora de dictar justicia existe los conceptos de “agravante” o “eximente” , la moralidad también tiene sus diferentes exigencias. La más consensuada, o así creo que debería serlo, es que existen profesiones, trabajos, cargos o circunstancias en las que se demanda un plus. La razón no es otra que su ejemplaridad. 

La ejemplaridad resulta absolutamente necesaria, porque el ser humano demanda, necesita, imita o se justifica en multitud de ocasiones a través de esas referencias, de ahí su importancia. Puede que incluso vivamos demasiado pendientes de lo ajeno en detrimento de vivir nuestras vidas, pero ese es otro debate. Todo el dantesco espectáculo al que estamos asistiendo últimamente con las infinitas corruptelas resulta descorazonador no sólo por lo que han hecho, sino por quienes lo han hecho. Si vemos que las personas a las que hemos confiado la enorme responsabilidad de dirigir un país, una comunidad, una ciudad o una entidad relevante se lo llevan crudo, la tentación para el común de los mortales de abrazar el reverso tenebroso de la fuerza resulta a veces difícil de evitar. 

En nuestra sociedad, al mundo del deporte se le ha colgado siempre la responsabilidad añadida de resultar ejemplarizante. De hecho lo es, tanto para ilustrar lo bueno como lo no tan bueno, consecuencia inevitable del peso que ha adquirido en los últimos tiempos. A nuestros deportistas se les exige no sólo un buen rendimiento deportivo, sino que además, resulten modelos éticos a los que agarrarse en tiempos de zozobra. Probablemente esta exigencia haya llegado hasta extremos excesivos, consecuencia de la decepción que nos provocan otros universos.He de reconocer que en su momento, cuando era jugador, me resistía a llevar esa pesada carga. Pero es una realidad a la que no puedes dar la espalda. Que un chaval de veintipocos años con dinero y un cochazo se ponga a 170 en la carretera no puede sorprender. Pero no es lo mismo que dicho chaval sea un futbolista conocido por todos. La carga legal es la misma. Las repercusiones, no. Eso es algo que se les debería explicar lo antes posible. 

A mi me ayudó mucho una frase creo que del gran Juan Antonio Corbalán, o quizás fue Cristóbal Rodríguez, otro maestro al que siempre había que escuchar con atención, y que más o menos decía esto: “Piensa siempre que tú eres el Real Madrid, y el Real Madrid eres tú”. No era sólo el trascender de lo individual a lo colectivo sino en caer en la cuenta que lo que haces tiene unas implicaciones más allá del mero comportamiento propio. Lo quieras o no. Interiorizada esta premisa, los conceptos de representatividad y ejemplaridad pueden convertirse en una fiable ayuda para guiar y validar o no determinados comportamientos.  Para entender que hay cosas que van más allá de la consecución de un objetivo desechando estilos y formas poco edificantes. Para tener cuidado y pensar bien en lo que haces y tambien lo que dices. Incluso para saber rectificar a tiempo, que nunca es tarde. 

 

 

 

 

La rodilla de todos

Por: Juanma Iturriaga

12 mar 2013

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No sé a vosotros, pero a mí me lleva doliendo la rodilla desde hace casi nueve meses. Bueno, no es exactamente mi rodilla, sino la de un tal Rafa Nadal, pero la siento casi como si fuese mía. Sospecho que no soy el único. No sé, es como si estuviésemos conectados de alguna forma, telepática o vete tú a saber, pero el caso es que cada revisión médica que se ha hecho Rafa en estos meses la notaba como si fuese yo mismo el que acudía al traumatólogo y cada notificación sobre su estado la esperaba inquieto, con nervios, no perdiendo ni la esperanza a una buena noticia ni el miedo a una mala. Y os te digo nada cuando por fin se fue a Chile a jugar su primer torneo. Me levantaba por la mañana y rápidamente miraba en la red no buscando el resultado como habitualmente, sino qué había dicho, cómo se había encontrado su rodilla, mi rodilla. Y de Chile saltamos a Brasil, y de allí a Acapulco, hablando más de rodillas que de tenis, hasta que al otro lado de la red se puso David Ferrer, palabras mayores. Y con la cabeza en la rodilla no se gana a Ferrer, un megacrack, por lo que la clara victoria de Nadal me hizo por primera vez dejar de pensar en articulaciones, los nubarrones hicieron un hueco y por ahí se filtraron imágenes futuras donde Rafa volvía a pelear con sus archienemigos de nombres Novak, Roger o Andy, quien sabe si este mismo fin de semana en Indian Wells. 

Existen muchos tipos de clasificadores a la hora de ubicar a un determinado deportista. Por lo ganado, por lo querido, por su impacto, por el deporte que encontró y el que dejó y muchas otras formas más. Ahora bien, pocos llegan a convertir su cuerpo en el de todos, pues para ello hace falta unas gran complicidad emocional, lo que está al alcance de muy contados personajes. Rafa lo ha conseguido y en su rodilla estamos incrustados miles de seguidores que deseamos tanto como él (bueno, igual es una exageración, pero lo deseamos mucho) que le deje de doler y pueda competir en igualdad de condiciones, simplemente. 

Rodillas aparte, Nadal está dando una nueva lección (y van muchas) de cómo se gestionan estas cosas. Si su comportamiento tanto en la victoria como en la derrota ha sido siempre ejemplar, lo es también en la prolongada inactividad por grave lesión. Mientras los aficionados manejábamos expectativas, él se centraba en objetivos. Parece lo mismo, pero no lo es. La expectativa tiene algo de esperanza, y la esperanza comparte etimología con esperar, concepto estático. Los objetivos son otra cosa, a los objetivos se les persigue, no se les espera. 

En el establecimiento de objetivos y plazos para alcanzarlos  radica una de las claves de la satisfacción de cualquier persona, equipo, entidad u organización. Objetivos excesivamente exigentes o ambiciosos pueden provocar frustración. Objetivos excesivamente laxos serán fácilmente conseguidos y no lograrán provocar el progreso necesario. Escuchando y leyendo a Nadal, da la sensación que sus prioridades han sido siempre las adecuadas, sin querer ir ni más rápido ni más lento de lo aconsejable. Primero la salud, luego el juego, más tarde la competición y finalmente las grandes victorias. Aunque parezca de una lógica aplastante, no siempre se cumplen los plazos requeridos y quieres jugar antes de estar suficientemente sano o buscas competir antes de recuperar las sensaciones básicas del juego, o te ciega el deseo de volver a ganar antes del placer de volver a competir. Cierto es que estas cuatro etapas se solapan en la finalización de unas y el comienzo de otras (la salud total se alcanza en la pista o la competitividad se logra jugando…) pero en cada una de ellas un aspecto prevalece sobre los otros dos. 

Nadal parece tenerlo siempre claro, y a pesar de las bienintencionadas presiones externas (¿cuántas veces le habrán preguntado o expresado el deseo de verle de nuevo en la pista con los mejores?) y las suyas propias (la ansiedad por el retorno no siempre es fácil de controlar) su paso a paso parece relativamente seguro. Siguiendo la teoría de las cuatro etapas, Nadal se encuentra en zona común entre la primera y la segunda, buscando y disfrutando de volver a sentirse jugador de tenis mientras todavía pone a prueba su rodilla. Esa rodilla que desde hace siete meses no ha dejado de dolernos. 

 

 

 

Los resultados y el juego

Por: Juanma Iturriaga

04 mar 2013

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Aunque a veces se pueda pensar que van en el mismo paquete, una cosa es el juego, y otra los resultados. Es evidente su interrelación y no estamos ante un caso de o lo uno o lo otro. Afortunadamente este debate, plasmado en el famoso “¿Qué prefieres, jugar bien o ganar?” quiero pensar que está superado. Ya hizo suficiente daño en su momento, pues parecía que con una apuesta atractiva de juego resultaba imposible alcanzar el éxito. Fue la época donde los resultadistas (alguno queda) aprovechaban cualquier ocasión para menospreciar a los que intentaban otros caminos que no fuese el resultado como único fin. No siendo el buen juego el único camino para el éxito (desgraciadamente hay muchos ejemplos para sustentar esta afirmación, el Chelsea de la Champions pasada es el último ejemplo) quiero pensar que ya resulta teoría mayoritariamente aceptada la que con el respeto y cuidado del juego y de la pelota no te aseguras el triunfo pero sí cuentas con más posibilidades de conseguirlo. En la misma base teórica se apoya, por ejemplo, la idea que una decisión puede ser buena o mala intrinsecamente, independientemente de su resultado. Tirar a canasta con los ojos cerrados no queda validada si el tiro entra, de igual forma que dársela a Jordan en buena posición para que se juegue el último lanzamiento no es una mala decisión aunque al final la falle.   

Por eso soy de la opinión que los análisis tienen una doble vertiente. La más objetiva y que tiene al resultado como único juez, y otra más subjetiva centrada en la calidad del juego o la idoneidad de las decisiones. Y aquellos que tienen responsabilidad sobre los equipos son los primeros que necesitan establecer esta doble vara de medir. Si sólo se atuviesen al resultado, cualquier victoria lo justificaría todo, primer paso para que terminen llegando las derrotas. Si sólo primase el juego, se podría perder de vista el objetivo último (que no único de la competición) que no es otro que la victoria. Viene todo esto a cuenta de los numerosos mensajes lanzados desde la sección de baloncesto del Barcelona a partir de las críticas recibidas en los últimos tiempos. Sostienen dirigentes, técnicos y jugadores en la injusticia de buena parte de ellas. En el último número de la recomendable revista Gigantes hay dos ejemplos. Dice su entrenador Xavi Pascual, “Con algunas críticas se intentó oscurecer un brillante pasado. Y eso nos molestó”. Afirma el mítico y siempre reflexivo Chichi Creus, responsable de la sección: “Todo el mundo puede opinar, pero no entendí las críticas a situaciones pasadas. Creo que se fue injusto con nosotros porque en los últimos años somos el equipo que más títulos ha ganado”. 

Como en más de una ocasión, títulos incluidos, he sido crítico con el Barcelona bien de palabra hablada o escrita (también en muchas ocasiones le he alabado, lo digo por si alguna mente retorcida quiere ver influencias de camisetas pasadas en este discurso) explico mi visión del tema a partir de lo dicho anteriormente en este post (y en más de uno anterior). Los resultados del Barça en las últimas temporadas son irrefutables. Tres ligas, tres copas del Rey y una Euroliga en cinco años no admiten discusión y como dice Chichi, es el equipo más laureado de largo del panorama nacional. Cualquier duda sobre esta realidad pondría a su vez en duda el juicio del que la plantease. Ahora bien, si los resultados han sido inapelables, otra cosa ha sido el juego desarrollado hasta conseguirlos. Y creo humildemente que es ahí donde se han generado las dudas y las críticas. Toda esta cascada de triunfos, que para sí quisiera cualquier otro club, se han conseguido de diferentes maneras. Desde la arrolladora temporada 2009-2010, donde batió el record de triunfos en temporada regular (31-3), arrasó en la Euroliga, jugó como los ángeles y sólo tuvo un sorprendente borrón en la final de la Liga frente al Caja Laboral, hasta el pasado curso, donde si bien terminó reinando en la Liga Endesa, su juego no fue del todo lucido. Mi sensación es que si bien han seguido ganando gracias sobre todo a un gran dominio de la escena cuando los partidos y campeonatos se deciden (muchas veces a partir de jugadores que marcan diferencias como Navarro o Lorbek) su juego fue perdiendo poco a poco la vistosidad y atractivo que tuvo, por ejemplo, en esa temporada de 2010, la primera de Ricky. Viendo al Barça te quedaba muchas veces el poso que con el material humano que disponía, igual no podría ganar más de lo que ganaba, que siempre fue mucho, pero sí jugar de una forma más seductora.  

En el inicio de este curso, donde se aunaron el mal juego (por cierto, reconocido por los propios protagonistas) a los malos resultados, las criticas lógicamente arreciaron pues ya ni siquiera existía el paraguas del marcador. Y llegó la Copa del Rey, donde otra vez apareció el equipo ganador de casi siempre. Saboreando las mieles de un nuevo y merecido triunfo, llegó el momento de la reivindicación y por qué no decirlo, el de echar en cara (de una forma educada, eso sí) las críticas anteriores, como si el título copero tornase inmerecido lo dicho o escrito anteriormente. 

Insisto en la base inicial de razonamiento. Una cosa es el resultado y otra es el juego. Y guste o no, creo que (para bien) ha llegado al punto donde no siempre nos vale con una de las dos cosas. Afición y medios de comunicación nos hemos acostumbrado, gracias a unos cuantos equipos y deportistas, a que el resultado no sea lo único que importa, que el deporte y su disfrute va más allá de eso, e incluso que a veces somos capaces de sentirnos más orgullosos de un equipo fiel al juego más que otro cuyo credo se basa únicamente en lo que dice el marcador. Llegados a este punto, se puede perfectamente dar dualidades en el análisis. Y creo sinceramente que esto es lo que ha ocurrido con el Barcelona de baloncesto, como en otras ocasiones les ha ocurrido a otros colectivos y en diferentes especialidades deportivas. Que siendo lo uno (los resultados) verdad tan admirable como incuestionable, en lo otro (el juego) existe una mayor disparidad de criterios. Sigo admirando la capacidad de los azulgranas para seguir abriendo sus vitrinas, pero eso no me obliga a comulgar totalmente con el camino que a veces ha elegido para conseguirlo. Siempre procuro no confundir una cosa con otra, sea el equipo que sea. 

 

 

 

Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

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