El Palomero

Abanderado Nadal

Por: Juanma Iturriaga

28 abr 2016

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No hace falta ser un lince para darse cuenta que somos un país en donde nos cuesta un mundo ponernos de acuerdo. Ahí está el espectáculo que desde el 20 de Diciembre está dando nuestra clase política, a la que se le llenó la boca durante el periodo de campaña hablando que llegaban nuevos tiempos, que los pactos serían inevitables, que había que tener amplitud de miras, generosidad, trabajar para ponerse de acuerdo, bla, bla, bla, bla. A la hora de la verdad, los pactos han pasado de inevitables a imposibles, la amplitud de miras no ha llegado más allá de los ombligos de cada uno y de generosidad mejor no hablemos. Eso sí, ha seguido (y seguirá durante dos meses más, joder que hartazgo tan enorme) el bla, bla, bla, bla.

Quizás es que queremos pero no sabemos. Nos gusta debatir, intentamos el acuerdo, pero lo hacemos muy mal. Tan mal, que en lugar de debatir, lo que hacemos es discutir. Que no es lo mismo. Y lo hacemos, además, de la forma menos constructiva, al más estilo sálvame, chiringuito o tertulia al uso donde se habla poco y se grita mucho, se sublima lo insustancial sobre lo sustancial y sobre todo, no se ejercita para nada el noble arte de la escucha Por eso cuando ocurren cosas en las que estamos casi todos alineados, habría que entonar el aleluya. Como la elección de Rafa Nadal como abanderado español para los Juegos Olímpicos de Rio el próximo verano.

Nunca he ocultado mi simpatía hacia este personaje. No le conozco ni a él ni a sus interioridades y de sus creencias o tendencias más personales sólo sabemos a ciencia cierta su debilidad por el blanco y el escudo madridista. Pero dada mi convicción de que por sus actos conoces mejor a una persona que por lo que salga por su boca, el comportamiento de Nadal siempre me ha parecido ejemplar. En el éxito, su hábitat natural, y sobre todo en sus decepciones, que por otro lado, son también las nuestras. Podría ser un bicho raro y no lo es. Dentro de la excepcionalidad de su vida y su carrera, Rafa tiene un punto de tipo normal, de naturalidad es sus reacciones ante cualquier circunstancia que la empatía hacia su persona resulta inevitable. Solo así se entiende que nos alegremos tanto cuando él está contento, y se nos quede tan mal cuerpo cuando las cosas no le han ido bien.

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En un plano teórico, el abanderado de un país tiene que presentar una hoja de servicios que vaya más allá de unos logros deportivos. De alguna forma se intenta que aquel que porta la bandera en el desfile inaugural de unos Juegos, represente lo mejor que podemos ofrecer. Un deportista exitoso pero también una persona que ejemplifique otros valores. Y Nadal resulta a todas luces ejemplar. Ahora bien, la forma de ser de Rafa tiene características que van un poco en contra de los tiempos. Estando su imagen mercantilizada como la de cualquier superestrella, su persona no se ha convertido en un producto semiartificial. Viviendo como vivimos en un excesivo culto hacia los deportistas exitosos, sobre todo futbolistas, que no contraen los suficientes méritos personales como para ocupar lugares de referencia social, Nadal mantiene una actitud intachable. En un universo donde la cultura del éxito justifica comportamientos dudosos, Rafa dignifica el deporte siendo capaz de competir al máximo sin dejar reconocer la grandeza de sus adversarios y la aceptación sin excusas ni malas maneras las derrotas.

Por eso, y por muchas razones más, su elección resulta oportuna y acertada. Cuando le veamos sonriente a la cabeza de nuestra delegación, nos sentiremos cómodos, sabedores que nos encontramos a alguien que no tiene trampa ni cartón, divismo ni altanería. Un tipo al que el éxito, la fama y el dinero no parece haberle cambiado mucho, y que después de todo lo vivido, todavía se atisba en su mirada la chispa de la ilusión. Por jugar a tenis, por competir con los más grandes y también por ser depositario de la representatividad de su país.

Y el Baskonia qué, ¿otra vez en la Final Four?

Por: Juanma Iturriaga

25 abr 2016

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Hubo un tiempo en el que el Baskonia era casi un fijo en las Finales a Cuatro, acto final de la Euroliga. De 2005 a 2008 consiguió meter la cabeza en el club europeo más exclusivo durante cuatro temporadas consecutivas, toda una hazaña para un club de una ciudad con menos habitantes que algún barrio de las urbes con las que tuvo que competir. Pero llegaron las vacas flacas, disminuyeron las ayudas, se fueron marchando aquellos jugados sobre los que edificó su imperio, y alcanzar glorias pasadas se convirtió en una quimera. La posibilidad de lograr objetivos lustrosos parecía que se iban empequeñeciendo curso tras curso, y en alguna ocasión, como la temporada pasada, ni siquiera era capaz de ganarse el pasaporte para la Copa, otra de sus competiciones fetiche. El modelo parecía agotado o al menos incapaz de remontar el vuelo. Pero quizás estábamos olvidándonos de que hablamos de un club especial.

El Baskonia es una organización muy particular, hecha a idea, imagen y semejanza de su presidente, Josean Querejeta, un personaje al que unos ven como un mesías y otros se lo imaginan acariciando un gato en su despacho y poniendo en marcha un plan diabólico para dominar el mundo. Su obra está ahí, partiendo casi de la nada, lograr colocar a su ciudad y a su equipo en un lugar destacado en un panorama europeo dominando por equipos de resonancia histórica, social y económica. Sacó petróleo de las instituciones cuando el dinero público fluía, sus redes de pesca de jugadores pillaron extraordinarias piezas, peleó por cambios de normativa que le facilitasen el trabajo y supo tocar el orgullo de los vitorianos, que vieron en el baloncesto el deporte en donde podían sacar pecho y reivindicar su ciudad. Bilbao tenía su Athletic, San Sebastián a la Real, pero Vitoria tenía al Baskonia.

Con la crisis empezaron a escasear los cuartos. Y la pesca se hizo difícil. Como la paciencia no es una de las virtudes más destacables de Querejeta, el club entró en una dinámica complicada. Su poder en los despachos se alejaba de sus méritos deportivo. El departamento de contratación (y despido) tenía trabajo a destajo y jugadores y entrenadores iban y venían con tanta velocidad que a veces no te daba tiempo ni para aprender sus nombres. La operación Lamar Odom, deportivamente todo un disparate, fue un claro exponente de cierta pérdida de norte. Cada año, casi todo nuevo, y como para construir un equipo se necesita tiempo y este suele escasear por esos lares, al próximo septiembre, vuelta a empezar. Un dato. En esta temporada, el jugador más veterano en la plantilla cuenta con sólo tres temporadas en el equipo.

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Y en estás comenzó la 2015/2016 sin excesivos indicios de que podía ser diferentes a las anteriores. Pero el deporte tiene su parte misteriosa, o puede que se cumpliese eso de que quien nunca deja de buscar siempre puede llegar a encontrar. Ya bien al comienzo se pudo observar que la conjunción entre técnico, jugadores y estilo tenía buena pinta. Pero sólo con la estética no se suben las grandes montañas y no era la primera vez que el proyecto cumplía los requisitos sobre el papel. Se metió sin problemas en el Top 16 y su punto de inflexión llegó en una semana mágica donde fue capaz de ganar en el Palau y en el Palacio de los Deportes de Madrid. Son esos momentos donde pasas de posible a candidato real y además te lo crees. Lograda la ventaja, supo administrarla para llegar en la mejor disposición posible al paso del Rubicón, ese playoff de cuartos que separa los sueños de las decepciones. En ese momento crítico, tampoco le temblaron las piernas. Más bien lo contrario. 1, 2, 3 y hala, a reservar hoteles en Berlín

El mérito es descomunal y colectivo, con especial mención a aquel o aquellos visionarios que supieron intuir que a Bourousis le quedaban toneladas de baloncesto en sus manos, piernas y cabeza, tanto como para pasar de prejubilado a aspirante a MVP de la competición. El colectivo tiene juventud, frescura y talento a raudales, mezcla bien, compite mejor y vive con el aliento de su afición pegado a sus nucas. Espera el más difícil todavía, un Fenerbahce demoledor capaz de avasallar al anterior campeón. Pero eso será dentro de unas semanas. Ahora toca recibir merecidas enhorabuenas, disfrutar del éxito, preparar el viaje, soñar con alcanzar por fin la gloria más deseada. Eso sí,sin perder tensión que luego cuesta recuperarla. Pero bueno, con Perasovic por ahí dudo que sea posible.

Yo no sé si en Berlín son conscientes de lo que les viene encima, la marea azulgrana, la charanga incansable, la fidelidad máxima a un equipo. Pero bueno, si no lo saben, ya se van a enterar.

Postdata.-Hablando de enhorabuenas, desde aquí una grande al Perfumerías Avenida, campeón de la liga femenina. Salamanca, buen embutido y gran equipo de baloncesto. ¿Qué mas se puede pedir a la vida?

 

Una ovación significativa

Por: Juanma Iturriaga

21 abr 2016

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El partido y la eliminatoria estaba vista para sentencia. El Fenerbahce había aplastado al Madrid, dominándole prácticamente durante los 120 minutos que ha durado esta serie y el campeón, agotado física y síquicamente, decía adiós a su competición más deseada. En ese momento, mientras en el banquillo turco se sucedían los abrazos, el publico se levantó de sus asientos para dedicar una ovación a su equipo. Las derrotas no suelen dejar, al menos en un primer instante, resquicio para el agradecimiento, pero el decepcionado aficionado madridista supo entender rápidamente que había más motivos para el aplauso que para la crítica, demostrando que tiene memoria, algo que en estos tiempos escasea, y más en el los alrededores de Concha Espina.

Unas cuantas razones pueden explicar el por qué después de tres finales consecutivas, el Madrid se ha quedado apeado sin ni siquiera llegar a la Final a Cuatro. El enorme desgaste que produjo la exitosa temporada pasada más la presencia de varios jugadores en la selección y la disputa de la Copa Intercontinental hicieron imposible una buena pretemporada. Tempranas urgencias tras los primeros reveses provocaron que tuviese que exprimirse en épocas que debían haber sido más relajadas como Noviembre o Diciembre. Fichajes llamados a sumar y aligerar a los jugadores claves no aportaban lo esperado, lo que provocó una mayor utilización (y desgaste) de los que ya estaban excesivamente exigidos como Llull o Ayón. Y ya con el depósito bastante mermado, un grupo infernal de Top 16 le impidió un solo momento de respiro. Total, que al momento cumbre, el Rubicón de la competición, los playoffs de cuartos, el Madrid se presenta en malas condiciones, sin la necesaria energía, con ningún jugador en su pico de rendimiento y unos cuantos ya fuera de foco, bien por falta de actividad o por sobreutilización. Demasiadas penurias para enfrentarte a un rodillo como el del Fenerbahce. Consecuencia lógica: 3-0.

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Pero el público, con su ovación, se distanció de la tiranía del resultadismo y dejando a un lado de su tristeza por la eliminación supo valorar otras cosas. La resistencia mostrada en las peores circunstancias, la trayectoria del equipo en los últimos años, plagados de éxitos o el reconocimiento al esfuerzo realizado. Quizás también en estos aplausos había una sensación de fin de trayecto, algo que sólo el tiempo confirmará o desmentirá. A la vista de lo ocurrido, las problemáticas surgidas y las inevitables comparaciones con los adversarios más cualificados, es bastante probable que llegados a este punto, el Madrid necesite no sólo retoques de chapa y pintura como los que ha ido realizando desde que completó una columna vertebral formidable formada por los dos Sergios, Felipe y Rudy y sobre la que construyeron un proyecto modélico. Pero el tiempo pasa y lo visto esta temporada hace pensar en la probable necesidad de movimientos de mayor calado. Más aún si se confirman algunos rumores que apuntan a que alguno de los jugadores fetiche podrían emigrar a la NBA la próxima temporada.

Pero eso llegará, si llega, en verano, que las prisas suelen ser malas consejeras. La temporada sigue su curso y al Madrid le queda todavía una liga por disputar. En el poco más de un mes para la llegada de las eliminatorias para el título liguero tendrá tiempo para coger resuello, descansar las piernas y el sistema nerviosos y prepararse para cerrar el año de la mejor manera posible. Hasta entonces deberían resonar en su oídos el reconocimiento de los espectadores presentes en el Palacio. Recibirlo cuando se gana resulta sencillo. Lograrlo en la derrota debería considerarse también un éxito.

¿Y si disfrutásemos del presente?

Por: Juanma Iturriaga

18 abr 2016

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Vive el presente, nos dicen por activa y por pasiva. Carpe díem, nos susurran como base filosófica de nuestra existencia. “El pasado es inamovible y el futuro no está escrito, solo existe el presente”, nos aseguran con el peso aplastante de la lógica. Perfecto, compro. Pero vayamos a nuestro día a día, donde nos pesa la mochila llena de experiencias anteriores y nos inquieta el resultado de nuestras decisiones en un futuro más o menos cercano. No, no es nada fácil, vivir como si sólo existiese el aquí y ahora.

¿A qué viene esto? ¿Se me ha atragantados algún libro de esos de autoayuda que te dicen que si no eres feliz es porque no quieres? No, no va por ahí. Es que acabo de ver por la tele el triunfo de Rafa Nadal en Montecarlo, que habrá hecho exclamar miles de aleluyas. Ha estado imperial, poderoso, intimidador, sin grandes errores ni temblores de raqueta, enviando en cada golpe el mensaje de “ni se te pase por la cabeza que hoy vas a poder ganarme”. Ha sido el Nadal que durante muchos años nos hizo vibrar, emocionarnos, pasarlas canutas y admirarle cuando ganaba (y también cuando perdía). El Nadal de siempre que desde hace dos años pasó a ser el Nadal del pasado. Sin leer todavía las crónicas de su éxito, entiendo que la pregunta ya está en el aire: ¿Ha vuelto definitivamente? Y ahí está la trampa temporal.

El ¿ha vuelto definitivamente? hace de menos el presente (ganar un Master 1000, que después de los cuatro Grand Slam, son los torneos más importantes del año) y hace saltar a la pista al pasado y al futuro, pues nuestro interés se basa en descubrir si lo que viene a partir de ahora se va a parecer a lo que vivimos en aquellos maravillosos años. No nos importa el presente salvo si es un anticipo de que el futuro será como el pasado.

Rafa, según declaró esta misma semana, se rebela frente a esta visión. Mientras todo el mundo se pregunta si volverá a ser el de antes, el reivindica al Nadal de ahora, el de Abril de 2016, el que sale a jugar y competir olvidándose (o tratando al menos) de lo que fue sin ponerse grandes objetivos para lo que será. Viviendo al día e intentando disfrutar de un camino al que le queda menos de lo que lleva.

Pero no le vamos a dejar, supongo. El peso de la nostalgia es demasiado grande, lo mismo que el de las expectativas. Por eso, cada vez que salga a una pista, le compararemos con el mejor Nadal y a cada Master 1000 nos diremos sí, vale, ¿pero para cuando otro Grand Slam?.

Y seguiremos saltando entre el pasado y el futuro corriendo el riesgo de olvidarnos de disfrutar del presente.

Jo que noche

Por: Juanma Iturriaga

14 abr 2016

Histórico: Digno de pasar a la historia.

Vivimos tiempos donde la catalogación de algo como histórico no es aplicada con rigurosidad, por lo que a la menor ocasión, adjetivamos hechos como históricos con demasiada alegría, a pesar de no cumplir las necesarias cualidades como para sobrevivir al paso del tiempo. Pero lo ocurrido en esta pasada madrugada no puede ser etiquetado de otra forma. Por lo que pasó y también porque tuvo lugar de forma simultánea, una especie de conjunción astral cuya dificultad de repetición lo eleva inmediatamente hasta la inolvidable. En Los Ángeles, Kobe Bryant disputó su último partido como profesional, colofón a dos décadas de carrera extraordinaria. A poco más de 500 kilómetros de allí, los Golden State Warriors lograban lo que hasta hoy parecía imposible, conseguir 73 victorias en 82 partidos de temporada regular. No entraré en la discusión de cual de los dos hechos tiene mayor relevancia pero sí que tanto uno como el otro merece unas cuantas líneas.

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El adiós de Kobe

Nunca he sido excesivamente fan de Bryant, como no lo soy de aquellos jugadores de los que sospecho que anteponen lo propio a lo colectivo. Pero es una cuestión más de piel que de razón, pues esta, a través de todo lo conseguido tanto individual como colectivamente, está de su parte. Estamos hablando de una megaestrella, un jugador descomunal, un anotador infatigable, un competidor feroz. La mezcla de talento, capacidad técnica, físico superlativo y ambición inagotable le catapultó hacia lo más alto. Un deportista cuya ética de trabajo no ha podido tener otros valores que la constante exigencia y el máximo cuidado personal, pues de otra forma no se puede jugar durante tanto tiempo a los niveles que lo ha hecho Kobe. Apareció hace ya veinte años y a las primeras de cambio no tuvo reparos en poner a Jordan en el punto de mira. En algunas cosas le terminó superando (puntos anotados) y en otras se ha quedado a un peldaño (cinco anillos por seis de Michael). Formó con Shaquille O´Neal una pareja dominante y junto con Pau Gasol otra no tan demoledora pero que consiguió dos campeonatos consecutivos. Y le dio tiempo a lograr dos medallas de oro olímpicas, en la que tuvo una incidencia capital, sobre todo en la de Pekín. ¿Quién soy yo para poner un pero?

La despedida, que se me ha hecho eterna pues ha durado toda una temporada, tuvo su último acto en una fiesta a la altura del personaje (¿alguna vez aprenderemos por aquí a despedir a nuestros héroes?). A la enorme expectación creada, sabiéndose por última vez el foco principal de atención, Kobe respondió con 60 puntos. Sí, 60. Que vale que era un partido intrascendente, que nadie le perseguiría con saña como lo han hecho tantas veces desde que llegó a la Liga y que se contaba que se iba a tirar hasta las zapatillas. Pero 60, 60 hay que meterlos. Y Bryant lo hizo, con todo un muestrario de movimientos mil veces vistos anteriormente. Nada se jugaba, ni él ni su equipo, pero hay que reconocer que decir adiós con una actuación tan suya, resulta difícilmente superable.

 

Total, que Kobe ya es historia, y la historia de la NBA no se podrá escribir sin Kobe.

I

El récord de los Warriors

Con los records está pasando como con lo de histórico. Nos pasamos el año celebrando todo tipo de marcas, con el peligro de que ante tanta abundancia, terminemos por tener dificultades para colocar a cada una en el rango que merece. Pero este no es el caso. El 72-10 de los Bulls, logrados en la temporada 95/96, era uno de esos grandes hitos de las que se suele decir “esto es casi imposible batirlo”. Que es lo que se ha estado diciendo desde hace 20 años. Hasta que llegó la banda de Curry. Y ya tenemos otra marca “que es casi imposible batirla”.

Ha sido una travesía extraordinaria, por el cúmulo de victorias y por la forma de conseguirlas a través de un baloncesto divertido, fulgurante, espectacular, en ocasiones hipnótico, sobre todo por ese regalo para todos que se llama Stephen Curry. Pero ganar tannnnntos partidos, habla no solo de juego, sino de otras cosas: Solidez y equilibrio colectivo para afrontar todas las circunstancias que acontecen durante ocho largos meses. Constancia para intentar dar lo mejor cada noche. Ambición para afrontar una marca supuestamente inaccesible. Placer por el mero hecho de jugar.

Ahora comienza otra historia, la de los playoffs. Hay una corriente de opinión que piensa que hay que relacionar una cosa con otra. Que el valor del 73-9 está condicionado a lo que pase de aquí a finales de Junio. Discrepo. Lo hecho, hecho está y ni siquiera caer en primera ronda ante Houston le quitaría brillo. Nos hemos pasado veinte años hablando del 72-10 de los Bulls sin asociarla a su título posterior. ¿por qué habríamos de hacerlo ahora?

 

Total, que podremos discutir hasta aburrirnos sobre cual ha sido el mejor equipo de la historia, pero desde esta madrugada sabemos qué equipo ha completado la mejor temporada regular de la historia de una competición que ha visto conjuntos y jugadores legendarios en sus 70 años de existencia. Por eso no queda otra que….

¡Gloria cuasi eterna (hasta que sea batido) a los Warriors!

Empatía eterna

Por: Juanma Iturriaga

11 abr 2016

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No soy fumador. Nunca lo he sido. Pero sí me gusta echarme un pitillito de vez en cuando, sobre todo después de comer o si estoy de charlita con un gin tonic al que no le hayan echado pepino, pétalos de rosas, ositos de gominola, eneldo o cualquiera de esos añadidos tan modernos. No digo que siempre, pero sí con cierta frecuencia, hay gente que al verme encender un cigarrillo, me suelta con cierto tono de sorpresa e incluso un toque de reproche: “Hombre Juanma, un deportista como tú y fumando”. Por un lado me incomoda, pues a ver si a estas alturas del partido no voy a poder hacer lo que me de la gana (siempre que no moleste o infrinja la ley) pero por otro lado me halaga, pues estas personas de alguna forma me siguen viendo, 25 años después de mi retirada, como un deportista. Lo que me lleva a preguntarme, dejando a un lado la mirada externa, si una vez dedicada una buena parte de tu vida a ello, alguna vez dejas de serlo.

¿Y a qué viene todo esto? Me explico. Acabo de ver el España-Suecia de balonmano. Para los que no estén al tanto, que dada la cantidad de acontecimientos deportivos que estamos viviendo en los universos más mediáticos como el futbolístico o baloncestístico, supongo que serán muchos, la selección de balonmano masculina ha disputado el preolímpico en busca de una plaza para Rio. Comenzó perdiendo por tres goles ante Eslovenia, lo que le obligaba a ganar en su propia cancha a los suecos por otros tres para sacar el billete. El partido ha sido de esos que ponen a prueba tu sistema nervioso. España ha competido de maravilla, y a falta de poco más de un minuto ganaba por esos preciosos tres goles y atacaba ante una Suecia en inferioridad numérica. Podíamos haber dado la puntilla pero hemos perdido tontamente el balón, lo que les ha dejado a los suecos la preciada última posesión. A cinco segundos del final, un lanzamiento de no se quién ha sido detenido por el portero español pero los colegiados han pitado penalti (no ha habido muchas protestas, por lo que supongo que habrá sido) que al ser transformado, nos ha dejado fuera. Y me he quedado hundido. ¿Hundido, por un partido de balonmano? Pues sí. Y sé el motivo. La puñetera empatía. Cualquier deportista, hasta los más grandes, han saboreado en algún momento el amargor de una derrota importante. Conoces perfectamente lo cruel que puede ser quedarte a las puertas de algo, perder un partido en el último segundo, luchar y entrenar como un poseso para finalmente no alcanzar el objetivo previsto por un detalle, un tiro fallado, un poste, un error inesperado, una pelota que tenía que haber entrado y salió escupida por el aro. Y es duro, muy duro. Viendo el abatimiento de los jugadores españoles ante un momento tan frustrante, he recordado y sentido, aunque sea por unos instantes, mis propias frustraciones, aquellos pudieron ser y no fueron, esos viajes de vuelta en autobuses y aviones sin que se escuchase una mosca, aquellas noches sin dormir rebobinando mentalmente todas las jugadas intentado descubrir por donde se habían escapado los sueños, los días que tardabas no en olvidar, pues eso no se logra nunca, sino en al menos aprender a vivir con ello.

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Ya no entreno unas cuantas horas al día, ni compito cada fin de semana. No me juego títulos, ni billetes a Juegos Olímpicos. Mis ensoñaciones tienen que ver con cosas bien diferentes al deporte, del que disfruto de todo lo que me puede ofrecer y evito su parte más sufriente. Pero viendo mi reacción ante el partido de hoy, me doy cuenta que hay cosas que no se olvidan, que las llevas contigo mucho después de la retirada. Por lo que concluyo que a pesar de poder abandonarte a algún placer entonces prohibido, de llevar una vida menos ordenada y algo menos sana, de haber visto como poco a poco la tableta de abdominales se va derritiendo y el pelo encaneciendo, todavía quedan cosas que te recuerdan que del deporte nunca se sale.

No es lo mismo

Por: Juanma Iturriaga

08 abr 2016

  1. No es lo mismo jugar con red que al borde del abismo

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Llegados a ciertas alturas, las diferencias competitivas hay que buscarlas en el sistema nervioso. Evidentemente, el talento sigue teniendo cosas que decir, pero alcanzados los terrenos donde lo que está en juego pesa toneladas, el funcionamiento del ordenador central, la capacidad para que la descomunal presión a la que te enfrentas sea metabolizada adecuadamente se convierte en asunto diferenciador entre deportistas y equipos. En este país nuestro, por ejemplo, cargamos durante años con aquel sambenito de los cuartos de final. Lucíamos hasta entonces, pero nos estrellábamos cuando el asunto era de vida o para casa. Poco queda ya de aquello. Más bien ahora ocurre lo contrario. O hay motivos para disparar la adrenalina, o no esperes grandes cosas. Esta realidad, fundamentada por casos como el de la selección española de baloncesto de los últimos años, está llegando a su máxima expresión con el Real Madrid de Laso y compañía. Desde hace tiempo no están para otra cosa que para jugar al filo de la navaja, como si fuese un trapecista capaz de dar sus mejores piruetas sólo cuando le quitas la red de abajo. El jueves lo volvió a demostrar, en su enésimo match ball de la temporada. Rozando el desastre desde octubre, va quemando etapas y se presta al más difícil todavía: jugar unos cuartos de final de Euroliga con el factor cancha en contra frente a uno de los mejores equipos del continente. Me da que esta desventaja, a priori, en las mentes de sus jugadores actúa justo de forma contraria.

 

  1. No es lo mismo acción que reacción

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El lunes escribía sobre el supuesto vuelco que muchos auguraban en el devenir del Real Madrid futbolero y mostraba algunas dudas. Una de ellas se basaba en uno de los problemas ya casi enraizados en su juego. Pese a la solvencia cuando se trata de esperar y contraatacar, los blancos llevan ya mucho tiempo sufriendo cuando el asunto tiene que ver más con la construcción que con la explosión. Cuando te enfrentas a equipos como el Barça, egoístas con la posesión de la pelota, la espera puede estar justificada. Pero cuando tienes delante equipos como el Wolfsburgo (y más si se encuentra con ventaja) te requieren otras soluciones. Hay que proponer, saber qué hacer con el balón, tener paciencia, explotar debilidades. El Madrid, desde hace una eternidad, se empeña en ser reactivo más que activo, y por eso sufre como un condenado cuando las circunstancias le obligan a un plan B. En esos momentos saltan todas las alarmas, se escenifican cuestiones estructurales, muchas de ellas originadas en la falta de una idea troncal a partir de la cual fichar y construir un equipo consistente y capaz de navegar en diferentes tipos de condiciones. 

 

  1. No es lo mismo ganar un trofeo que un lugar en la historia

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Mientras tanto, los Golden State Warriors siguen persiguiendo una gloria que ha generado debate. Restan tres partidos para el final de la temporada regular y el superar el mítico 72-10 sigue a su alcance. La controversia surge en la evaluación de lo que podrían conseguir y el precio que igual podrían terminar pagando. Mientras la mayoría de equipos aspirantes al anillo llevan un tiempo dosificando esfuerzos, los Warriors siguen peleando noche tras noche. ¿Merece la pena? Mi contestación a esta pregunta es doble y ambas se resumen en un sí rotundo. Por un lado, no hay ningún dato consistente que haga incompatible una cosa con la otra. Aquellos Bulls también tuvieron que esforzarse 82 partidos y luego pasaron como un ciclón por los playoffs hasta alzarse con el título. Y sobre todo, veo mucha más gloria en hacer algo que no ha hecho nunca nadie que en conseguir lo que un equipo (el que finalmente se proclama campeón) logra todos los años. La vigencia de un anillo dura 365 días. La permanencia de una marca estratosférica como esta es casi eterna.

Postdata apostadora.- Como normalmente no doy pie con bola en mis pronósticos, dejadme alardear de casi un pleno. Entre lo que me mostró mi bola de cristal la semana pasada y la realidad sólo me he equivocado en un triple en el último segundo (y al que sobraron un par de pasos). Esto me anima a volver a consultarla para los cuartos de final de la Euroliga. Pero eso será el lunes. Mientras tanto, buen fin de semana a todos.

Ciclotimia extrema

Por: Juanma Iturriaga

04 abr 2016

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Vaya por delante que soy de los que pienso que un partido entre el Barcelona y el Real Madrid, sea donde sea y estén como estén, suele tener efectos secundarios. Lo hemos visto en demasiadas ocasiones como para no permanecer alerta durante las semanas posteriores. Ahora bien, en otras se ha demostrado que los Madrid-Barça son un universo en sí mismo, y lo que ocurre en ellos no tiene por qué resultar absolutamente sintomático y revelador. Después de husmear un poco por los medios, tengo la sospecha de que en este mundo de extremos que vivimos, las conclusiones son cada vez más exageradas. En el Camp Nou, el día en que se homenajeó al gran Johan Cruyff, se presentó el Madrid con la liga perdida, más incógnitas que certezas en la táctica y en el espíritu y al parecer sin mayores objetivos que no irse peor de como vino. El Barça, en cambio, acaparaba puntos sin desmayo y encendidos elogios desde hace meses, la liga era cosa suya y el triplete volvía a estar en boca de muchos. 90 minutos después, y no mas allá de media hora final convincente, los blancos no dan por perdido nada, ganar la Champions parece más cerca y hay entrenador, sistema y jugadores. 90 minutos después y no más allá de un partido poco lucido, se rumorea que la crisis ha cogido el puente aéreo, que al Barça se le ha puesto una nube justo encima del Camp Nou, que deben tener cuidado con la liga y se alerta que en unas horas les llega el Atleti del Cholo, que es como ir al dentista y que no te pongan anestesia. Habrá muchos que hayan visto por fin la luz en Madrid, y estoy seguro que en Barcelona a unos cuantos les han empezado a temblar las piernas.

Pues como decía mi padre, ni tanto ni tan calvo. Para todos aquellos que simpatizamos con el color blanco, el ganar al Barcelona siempre nos pone de buen humor. Pero conociendo el percal, esperaría un poco para lanzar las campanas al vuelo. Un análisis un poco más frío que al que empuja la alegría de un buen triunfo recomienda revisar las circunstancias. Y estas hablan de que el Madrid tuvo mejor ánimo que juego, que para sus intenciones, el encontrarse con un rival que aunque jugó andando, le gusta acaparar balón, le vino bien para una apuesta que durante una hora fue de equipo más preocupado en que no le hiciesen daño que el de intentar mandar en el partido. Que se encontró con un Barcelona al que seguramente el ver a sus dos enemigos ligueros a una distancia sideral le quitó tensión competitiva. Que la táctica de echarse para atrás y esperar, puede resultar insuficiente cuando haya equipos que le obliguen a mostrar otras virtudes más allá del orden defensivo y las veloces transiciones. Que lo que propuso Zidane lo proponía Benitez, el que pasó de solución a problema

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En cuanto al Barcelona y de ser culé, tampoco me preocuparía mucho por ahora. La liga sigue a buen recaudo y a la espera de ver por donde van los tiros ante los rojiblancos, entrar en dudas no parece sostenible por unos hechos que lo único que muestran es cuando juegan al tran tran, se les suele complicar la vida. “Es que si Messi, Neymar y Suarez no están finos, el Barça sufre” he llegado a escuchar. Ya, y los Warriors cuando Curry no las enchufa, o los Bulls los pocos día que jugaban mal a la vez Jordan y Pippen .

El universo futbolístico siempre ha sido muy dado a los cambios de ánimo, pues mandan más las emociones que los análisis. Pero quizás estamos llegando a una ciclotimia extrema. O igual mi sensación proviene porque estos bandazos no sólo se dan en el mundo del deporte, y más concretamente en el fútbol, sino que vivimos en una montaña rusa emocional también como sociedad, cada vez somos más entusiastas del ruido antes que a la reflexión, de pasar casi instantáneamente de la alegría a la pena, del halago a la crítica feroz, del encumbramiento a la lapidación. Basta un posicionamiento, una frase, un tuit, un error, un mal partido (o uno bueno). Ni más ni menos.

Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

El País

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