El Palomero

Pio Pio

Por: Juanma Iturriaga

25 sep 2016

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¿No queríamos sorpresas? ¿No había cierto cansancio en que pasase lo que pasase en los entretiempos, al final Real Madrid y Barcelona se repartían todos los títulos, como ha ocurrido desde la liga ganada por el Tau en 2010? Pues ahí la tenemos. El Herbalife Gran Canaria, sí, el Herbalife Gran Canaria, se llevo a su isla la Supercopa Endesa con todo el merecimiento del mundo. Vale, es la Supercopa, cuarto torneo del curso en importancia, que se juega cuando los equipos están dando sus primeros pasos, pero las mismas circunstancias han acontecido año tras año con similares conclusiones, ver al capitán blanco o azulgrana alzando el trofeo. No es cuestión de anunciar el final de los tiempos del duopolio, pero sí al menos celebremos que por una vez, el éxito amarillo atenta contra uno de los grandes problemas que tiene nuestro baloncesto, que no es otro que la previsibilidad.

El fin de semana vitoriano dio mucho más de lo previsto. Vimos tres grandes partidos, asistimos a destacables actuaciones individuales como las de Kuric, Llull, Rice, Claver o McCalebb para terminar frotándonos los ojos ante el rendimiento de los canarios, que no sólo derrotaron al Barça sino que lo hicieron de una forma contundente e inmisericorde. Difícil poder pedir más.

Si tomamos un poco de perspectiva, la sorpresa pierde tamaño. El Herbalife es uno de los mejores ejemplos que tenemos en nuestra liga de proyecto sensato. Desde hace varias temporadas su evolución ha sido firme y constante. Estamos hablando de un equipo que en las dos recientes cursos jugó una final de Eurocup y unas semifinales, fue finalista de la última Copa del Rey (perdiendo por cuatro puntos ante el Madrid) y terminó quinto en la Liga Endesa 2015/2016. Paso a paso sus objetivos han sido más ambiciosos y para ello sus dirigentes han puesto en disposición de relevantes entrenadores como Pedro Martínez, Aíto y ahora Luis Casimiro, mejores recursos humanos cada año. Ver la integración casi instantánea de gente como McCalebb, Planicic o Hendrix hace pensar que la potencia de la plantilla ha subido un escalón que a las primeras de cambio se ha mostrado competitivo. Pero como no sólo de jugadores se alimenta el crecimiento de un club, se construyó un pabellón que estuviese a la altura de sus intenciones y diese cobijo a su extraordinaria e incondicional afición. Y claro, de tanto ir, al final llega un fin de semana de Septiembre, las estrellas se alinean y acabas bailando al lustroso Barcelona.

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Herbalife robó totalmente los focos que estaban preparados para escrutar el presente y futuro de Barça y Madrid. Viendo la semifinal, se podría pensar que los azulgranas caminan hacia la luz. Después de la final, el análisis se oscureció un poco . El viernes, Rice subió a los altares con una actuación estelar, que recordó lo ocurrido hace dos años en aquella infausta final de Euroliga en Milán, donde casi él solito sepultó a los blancos y les sumió en una crisis de la que no se recuperaron hasta la siguiente temporada. El sábado se le vio la otra cara, quizás por el cansancio, quizás porque es difícil ser genial dos días seguidos, quizás porque Rice es así. Pero está claro que con un jugador de este tipo, el Barça se encadena y condiciona a lo que pueda dar su enorme talento. Tan tendente a la robotización en la época Pascual, con un jugador como Rice gana vitalidad, frescura, imprevisibilidad y encanto. Aunque para mí la mejor noticia fue la constatación del crecimiento de Víctor Claver, del que me ocuparé próximamente, pues su historia tiene para un post en solitario.

¿Y el Madrid? Pues ni bien ni mal sino todo lo contrario. A la espera de que la maquinaria se engrase, parece claro que ha ganado por dentro y perdido por fuera. Y que por ahora, la sombra del Chacho es alargada, principalmente cuando el partido está en el alambre, territorio donde su valor se disparaba hasta el infinito. En la semifinal, mientras el Barcelona tuvo su Chacho en Rice, el Madrid no tuvo a quien encomendarse y sus decisiones finales dejaron mucho que desear. Hasta cierto punto es normal, pues jugadores como Sergio son difíciles de sustituir, y uno de los retos de este Madrid será el llenar su hueco con otras soluciones. Eso sí, si Claver dejó muy buenas sensaciones, lo mismo se puede decir de Luka Doncic, fuerte como un toro, jugador todoterreno y que quedan pocas dudas de que está ya preparado para convertirse en un jugador importante en la jerarquía de los blancos.

Queda el Baskonia, en su enésima reconstrucción y con demasiado talento en la enfermería como para poder hacer un scouting consistente.

Total, que la temporada oficial ha comenzado con un interesante torneo que terminó en una revolución, con un vencedor inesperado que supone un pequeño atentado contra los poderes establecidos. Nadie salió especialmente perjudicado y los perdedores se volvieron a sus casas sin flagelarse en exceso, mientras se escuchaba de fondo el grito de guerra canario: Pio, Pio.

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Nuevas ilusiones, viejos problemas

Por: Juanma Iturriaga

22 sep 2016

 

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En unas horas comienza la Supercopa Endesa, pistoletazo de salida de la temporada de clubes. El martes tuvo lugar la presentación oficial del curso, donde como no podía ser de otra forma, se formularon grandes deseos y esperanzas, se anunciaron nuevos tiempos y renovadas ilusiones. Con la hoja todavía en blanco, el baloncesto español intentó mostrar su mejor cara, la de una liga competitiva, promesas de grandes espectáculos y unas cuantos rostros que nos gustaría que se convirtiesen en familiares. Pero la realidad es tozuda, y en contraposición de los buenos sentimientos, permanecen problemas de difícil solución y que ponen en cuarentena los buenos augurios.

Un año más, lo más llamativo y preocupante son los infinitos cambios producidos en las diferentes plantillas, cerca de un centenar, lo que dificulta dos cuestiones importantes. Por un lado, el asentamiento de proyectos. Tanto cambio obliga a un buen número de equipos a empezar casi de cero cada temporada. Este virus afecta a enfermos y sanos, como por ejemplo el Baskonia, que después de una temporada excepcional que le llevó hasta la Final Four, se ha visto obligado a perder a casi todos sus piezas más importantes. Por otro, la deseada identificación de jugadores y equipos, tarea titánica pues de una temporada a otra hay que aprenderse un montón de nombres y las camisetas que portan.

Tampoco parece, a priori, que vaya a haber grandes cambios en la jerarquía y los aspirantes a abrir la sala de trofeos vuelve a limitarse a dos. El Madrid, dominador de los últimos tiempos gracias a un proyecto ejemplar, da la impresión que incluso ha mejorado una plantilla que puede presumir de haber hecho un doble doblete. Le queda descubrir lo que puede echar en falta al Chacho, pero la llegada de Hunter, Randolph y Draper, más la emancipación definitiva de Doncic apuntala claramente su ya poderoso colectivo. El Barça, por su parte, comienza la era post-Xavi Pascual cambiando caras en pista y banquillo, pescando en diversos caladeros intentando recuperar prestigio y sintonía con su afición. Hoy atisbaremos por donde van los tiros, pero la tarea se antoja ardua. El resto ha hecho lo que ha podido con sus recursos escasos. Algunos parecen haber mejorado la cara, otros huelen peor, pero con tanto ida y venida, hasta que el balón no se ponga en juego, las apuestas son de riesgo.

A esto hay que sumar la fuga de talento hacia otras latitudes. Perder de una tacada a Sergio Rodríguez, Satoransky, Abrines, Bourousis, James, Darius Adams o los hermanos Hernángomez es cosa seria y el nuevo contrato de televisión de la NBA con la millonada puesta en circulación posibilitará más futuras marchas.

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Una novedad de esta temporada es que los derechos televisivos son propiedad exclusiva de Movistar. Buena noticia pues el cuidado y cariño hacia el baloncesto aumentará exponencialmente con respecto a lo mostrado por la televisión pública. Mejores retransmisiones, respeto hacia el espectador, horarios unificados y promoción infinita. Pero esto tiene otro lado, no tan beneficioso. Por primera vez en la historia, el baloncesto es 100% de pago, con todo lo que esto supone. Si pasamos en unos cuantos años a medir audiencias de millones a cientos de miles, ahora se pasara de cientos a decenas de miles. Se dice adiós a las grandes números, y en muchos hogares el baloncesto dejará de tener ventana. Aquellos que puedan o quieran pasar por caja sin duda que podrán disfrutar de un enorme salto cualitativo en el tratamiento televisivo de este deporte, pero el alcance se reduce casi a una decima parte.

¿Qué hacer entonces cuando los dineros escasean, la competencia con la NBA está totalmente desequilibrada deportiva y económicamente, el transfuguismo es el pan nuestro de cada día, las dudas sobre los futuros campeones se reducen a dos opciones y habrá mucha menos gente delante del televisor?

Pues apretar los dientes e intentar hacer los mejores mimbres con lo que hay, que no es poco. Apostar por estilos atractivos de juego, potenciar lo lúdico ante lo excesivamente táctico, acercar al escaparate a aquellos jugadores capaces de generar empatía, erradicar cualquier regla o tendencia que vaya en contra del espectáculo, conseguir dar pasitos que logren que el interés no sea mayoritariamente local y centrado cada aficionado sólo en su equipo, mejorar, en definitiva, un producto necesitado de una mayor capacidad de seducción para poder hacer frente a una oferta de ocio cada vez más exigente.

Por de pronto, hoy tenemos doble sesión con un Baskonia-Herbalife y un Madrid-Barcelona. Para empezar, no está nada mal.

Sobre ciclismo y potenciómetros

Por: Juanma Iturriaga

12 sep 2016

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Pedazo de Vuelta a España que hemos podido disfrutar durante más de quince días y que ayer echó el cerrojazo en Madrid encumbrando a Nairo Quintana. Nada revitaliza más a un deporte que una gran rivalidad, y parece que la que han establecido el colombiano y Chris Froome tiene todos los ingredientes para convertirse en algo digno de seguir. Esta vez el que sonríe es Quintana, que aprovechando la bendita locura de un Alberto Contador con más voluntad que piernas, pudo atacar al corazón del británico: su calculadora.

Froome está llevando los cálculos hasta lugares desconocidos hasta ahora. Ciclistas con un ordenador en la cabeza ha habido, Induráin sin ir más lejos, gente capaz de conjugar todas las variables posibles para saber siempre qué hay que hacer y en qué días, donde atacar y donde aguantar, como racionalizar a la perfección calendarios, esfuerzos y segundos. Pero es que en el caso de Froome, los cálculos no los hace su cerebro sino un potenciómetro que lleva en su bicicleta. Y entonces se produce la paradoja. En un principio, Froome no corre contra otros ciclistas, sus decisiones no vienen dictadas por lo que ocurre en carrera, sino por lo que le marca una máquina. Llega una montaña y poco importa lo que hagan los demás. Su molinete tan característico está gobernado por lo que le dice que puede o no puede hacer su inseparable acompañante digital. De esta forma, es muy difícil que se rompa, puede pasar malos momentos pero su ordenador a bordo le asegura que si sigue sus consejos, recobrará las piernas. Lo mismo pasa ante una contrarreloj o en casi cualquier circunstancia. Primero miro la pantalla, luego la carrera. Así, poco a poco, ha ido acumulando Tours de Francia, hasta tres, el último hace unos pocos meses y donde apoyado por su extraordinario equipo, no pasó ni un solo momento de apuro.

Para la Vuelta, la estrategia era la misma, aunque el superequipo que le ayudó a reinar en Paris por tercera vez ya no lo era tanto. Aguantar en la montaña tirando de potenciómetro para luego dar el golpe de gracia en la contrarreloj. Y todo marchaba bien hasta que a Contador le dio por hacer una de las suyas y pillaron al Sky en fuera de juego en la etapa de Formigal. El plan, en el momento más inesperado, había saltado por los aires y Quintana se convirtió en el controlador y Froome en el desesperado atacante. Había que dejar de mirar el potenciómetro y levantar la vista para saber donde estaba y qué hacía el colombiano. Tan retrasado había quedado que vatios aparte, no había otro remedio que dejarse el alma en la contrarreloj y atacar todo lo atacable el sábado, el día del Aitana. Demasiado para estas alturas de temporada y ante un rival que se había venido arriba.

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Logra Quintana su primera vuelta, se postula definitivamente (si es que ya no lo era antes) como enemigo número uno de Froome, pero osado de mí, le pongo un pero. Sin llegar a la paranoia de Froome, para ganar una gran prueba hace falta gestionarla correctamente. Pero cuando ves que un colombiano se convierte en británico o navarro, algo se muere en el alma. Siendo la montaña su gran baza, hasta el día D le volví a echar de menos algo más de riesgo, algún ataque de lejos, algo que fuese más allá de la hormiguita que acumula segundos de uno en uno. Es más, el ataque que decidió la Vuelta lo originó otro y el se sumó inteligentemente al carro, lo que no deja de tener mérito pero resta grandeza.

Puede que este pero sea asunto sólo mío, derivado de ser un aficionado al ciclismo más Periquista que Miguelista, y que añora los tiempos pre-pinganillo. Pura nostalgia que se podría desmontar de un plumazo diciendo que Perico ganó un Tour e Induráin cinco. Sea como fuera, enhorabuena a Quintana, a Froome por haberlo dado todo una vez que su gran botin, el Tour, ya lo tenía en el bolsillo, y también a Contador, Chaves y compañía. Les echaré de menos y mis siestas ya no serán lo mismo.

Por la puerta grande

Por: Juanma Iturriaga

01 sep 2016

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Jose Calderón anunció el martes su adiós a la selección. Siendo un tipo listo, era lógico pensar que no iba a dejar pasar la oportunidad de hacerlo en el momento correcto. Siendo sobre todo un hombre discreto, no podíamos esperar mayor alharaca que un acto más emotivo que espectacular. Una medalla olímpica, la tercera, colgada del cuello y una realidad vital y deportiva incuestionable hacía pensar que había que decir “hasta aquí hemos llegado”. Con dos o tres años más de carrera por delante a los que vendrá muy bien tener los veranos libres, y un último papel en la selección marginal en el juego aunque seguramente capital en el entramado emocional del grupo, su decisión es la más elegante y acertada. Deja pues la selección uno de sus clásicos. No ha sido el más mediático, que para eso está Pau. No ha sido el más llamativo, que para eso ha estado Navarro. Y tampoco el más desafiante con el lógico paso del tiempo, que para eso está Felipe, del que se sospecha que es inmortal. Pero la historia de esta selección no puede ser escrita sin darle el protagonismo merecido a un jugador imprescindible.

A diferencia de otras evoluciones más explosivas, Calderón tuvo una maduración pausada, pero llegó justo a punto para completar la espina dorsal de este colectivo tan espectacular. Una vez apuntalada la línea Calderón-Navarro-Pau Gasol, España dio un descomunal salto de calidad que le hizo primero rozar la cima en los Juegos de Atenas y luego coronarla en Japón dos años después. A partir de ahí, lo que ocurrió nos la sabemos muy bien.

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Esta tripleta cumplía con todos los requisitos necesarios para convertirse en un esqueleto ideal. Talento a raudales, capacidad de abarcar las diferentes áreas de liderazgo, complementariedad y sintonía. Eran tres gallos de diferentes tamaños metidos en un mismo corral que podrían haberse peleado pero que supieron colaborar cada uno desde su parcela. Ante el descomunal personaje en que se estaba convirtiendo Pau y la frialdad del francotirador inclemente que era Navarro, Calde, aportaba temple, calor, pasión y gestualidad. Entre los tres, lo básico estaba cubierto y bien cubierto, y sobre sus espaldas pasamos de apuntar a acertar, y cualquier objetivo, por ambicioso que fuese, entraba en el radar español.

Hasta 2008, vimos en la selección al mejor Calderón posible. En el Europeo español de 2007, seguramente hubiese sido MVP del campeonato si España no se hubiese atragantado con Rusia en la final. A su potencia habitual y dotes de mando en cancha, supo dar a su juego un añadido que le catapultó a otra dimensión: el tiro de distancia. Cuando su muñeca se hizo fiable, pasó de valer mucho a valer un porrón, tanto por aquí como por la NBA. Ya lo tenía todo y su juego, contratos y consideración se elevaron de forma ostensible.

La lesión que le impidió jugar el mítico partido ante EEUU en Pekín fue una premonición, pues a partir de ahí el cuerpo le empezó a jugar malas pasadas. No pudo estar en el Europeo de Polonia 2009, donde España por fin pudo proclamarse campeón, y también faltó en el Mundial 2010, lesionándose en el último partido de preparación. Recuerdo su tremenda emoción después de la final del Europeo de Lituania 2011, donde tuvo una gran actuación que el celebró por partida doble después de varios años con tanto sinsabor repitiendo “por fin, por fin”.

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Llegaron más éxitos, más medallas, ya con un papel menos protagonista pero con el mismo compromiso y humildad suficiente como para ir aceptando los diferentes roles que tuvo que interpretar. Su último servicio a la selección ha sido de los mejores. Representar ante todo el mundo lo que significa tener conciencia colectiva, poner los intereses colectivos por delante de los individuales, entender que hay otras muchas formas de ayudar a tu equipo que jugando. Comparemos con otras situaciones parecidas de ilustres de nuestro deporte y se entenderá el valor de lo hecho por Calderón.

Con su oficialidad, comienza el desfile de una maravillosa banda (expresión utilizada muchas veces por Calderón) la formada a partir de nuestra ya mítica generación. No sabemos quien será el siguiente y me da la sensación que los tres coetáneos de Jose que restan (Navarro, Pau y Felipe) tienen motivos para al menos una última carga de la caballería, como por ejemplo, superar a Epi en internacionalidades o jugar con Marc un último torneo. Mientras eso ocurre, celebremos el adecuado final que ha tenido la extraordinaria carrera en la selección de uno de los mosqueteros más significados. Con un éxito reciente, un último comportamiento ejemplar, rodeado de sus amigos y recibiendo elogios por todas partes. Por la puerta grande. 

Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

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