El Palomero

Por la puerta grande

Por: Juanma Iturriaga

01 sep 2016

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Jose Calderón anunció el martes su adiós a la selección. Siendo un tipo listo, era lógico pensar que no iba a dejar pasar la oportunidad de hacerlo en el momento correcto. Siendo sobre todo un hombre discreto, no podíamos esperar mayor alharaca que un acto más emotivo que espectacular. Una medalla olímpica, la tercera, colgada del cuello y una realidad vital y deportiva incuestionable hacía pensar que había que decir “hasta aquí hemos llegado”. Con dos o tres años más de carrera por delante a los que vendrá muy bien tener los veranos libres, y un último papel en la selección marginal en el juego aunque seguramente capital en el entramado emocional del grupo, su decisión es la más elegante y acertada. Deja pues la selección uno de sus clásicos. No ha sido el más mediático, que para eso está Pau. No ha sido el más llamativo, que para eso ha estado Navarro. Y tampoco el más desafiante con el lógico paso del tiempo, que para eso está Felipe, del que se sospecha que es inmortal. Pero la historia de esta selección no puede ser escrita sin darle el protagonismo merecido a un jugador imprescindible.

A diferencia de otras evoluciones más explosivas, Calderón tuvo una maduración pausada, pero llegó justo a punto para completar la espina dorsal de este colectivo tan espectacular. Una vez apuntalada la línea Calderón-Navarro-Pau Gasol, España dio un descomunal salto de calidad que le hizo primero rozar la cima en los Juegos de Atenas y luego coronarla en Japón dos años después. A partir de ahí, lo que ocurrió nos la sabemos muy bien.

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Esta tripleta cumplía con todos los requisitos necesarios para convertirse en un esqueleto ideal. Talento a raudales, capacidad de abarcar las diferentes áreas de liderazgo, complementariedad y sintonía. Eran tres gallos de diferentes tamaños metidos en un mismo corral que podrían haberse peleado pero que supieron colaborar cada uno desde su parcela. Ante el descomunal personaje en que se estaba convirtiendo Pau y la frialdad del francotirador inclemente que era Navarro, Calde, aportaba temple, calor, pasión y gestualidad. Entre los tres, lo básico estaba cubierto y bien cubierto, y sobre sus espaldas pasamos de apuntar a acertar, y cualquier objetivo, por ambicioso que fuese, entraba en el radar español.

Hasta 2008, vimos en la selección al mejor Calderón posible. En el Europeo español de 2007, seguramente hubiese sido MVP del campeonato si España no se hubiese atragantado con Rusia en la final. A su potencia habitual y dotes de mando en cancha, supo dar a su juego un añadido que le catapultó a otra dimensión: el tiro de distancia. Cuando su muñeca se hizo fiable, pasó de valer mucho a valer un porrón, tanto por aquí como por la NBA. Ya lo tenía todo y su juego, contratos y consideración se elevaron de forma ostensible.

La lesión que le impidió jugar el mítico partido ante EEUU en Pekín fue una premonición, pues a partir de ahí el cuerpo le empezó a jugar malas pasadas. No pudo estar en el Europeo de Polonia 2009, donde España por fin pudo proclamarse campeón, y también faltó en el Mundial 2010, lesionándose en el último partido de preparación. Recuerdo su tremenda emoción después de la final del Europeo de Lituania 2011, donde tuvo una gran actuación que el celebró por partida doble después de varios años con tanto sinsabor repitiendo “por fin, por fin”.

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Llegaron más éxitos, más medallas, ya con un papel menos protagonista pero con el mismo compromiso y humildad suficiente como para ir aceptando los diferentes roles que tuvo que interpretar. Su último servicio a la selección ha sido de los mejores. Representar ante todo el mundo lo que significa tener conciencia colectiva, poner los intereses colectivos por delante de los individuales, entender que hay otras muchas formas de ayudar a tu equipo que jugando. Comparemos con otras situaciones parecidas de ilustres de nuestro deporte y se entenderá el valor de lo hecho por Calderón.

Con su oficialidad, comienza el desfile de una maravillosa banda (expresión utilizada muchas veces por Calderón) la formada a partir de nuestra ya mítica generación. No sabemos quien será el siguiente y me da la sensación que los tres coetáneos de Jose que restan (Navarro, Pau y Felipe) tienen motivos para al menos una última carga de la caballería, como por ejemplo, superar a Epi en internacionalidades o jugar con Marc un último torneo. Mientras eso ocurre, celebremos el adecuado final que ha tenido la extraordinaria carrera en la selección de uno de los mosqueteros más significados. Con un éxito reciente, un último comportamiento ejemplar, rodeado de sus amigos y recibiendo elogios por todas partes. Por la puerta grande. 

Hay 6 Comentarios

Calde (quiero decir, Sr Calderón):
muchas gracias por todo y hasta siempre!

Como esté de físico y con barba blanca aún lo prefiero a otros bases¿? (Soy un caballero, no voy a decir que me refiero a Ricardo).
Dirección de juego, que se nos está olvidando lo que es eso.
A propósito de jubilaciones, que hay de Gom... perdón, de Scariolo?

Admiración eterna para mr.catering.Un ejemplo fuera y dentro de la cancha,crack total y absoluto

Viendo el rendimiento de Navarro en la olimpiada todavía no entiendo por que Pascual lo saca a jugar partidos ACB. Navarro debería jugar 20 minutitos por semana en el partido que mejor le venga, y a partir de semis de ACB y play off de Euroliga lo que aguante, pero no te puedes permitir no poder contar con un Navarro decente por haberle sacado a jugar contra cualquier equipo de la ACB. Me sorprendió gratamente el nivel que demostró en la olimpiada, lógicamente no puede jugar todo el partido, pero un tio con esta calidad lo tienes que sacar 15 minutos si puedes a su 80%.

Grande, grande Mr. Catering. Se le va a echar de menos. Un orgulloso reconocimiento de otra extremeña.

Yo creo que Pau y Felipe todavía tienen recorrido y deberían seguir.
Navarro, no.

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Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

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