El Palomero

Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

Nuevas ilusiones, viejos problemas

Por: Juanma Iturriaga

22 sep 2016

 

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En unas horas comienza la Supercopa Endesa, pistoletazo de salida de la temporada de clubes. El martes tuvo lugar la presentación oficial del curso, donde como no podía ser de otra forma, se formularon grandes deseos y esperanzas, se anunciaron nuevos tiempos y renovadas ilusiones. Con la hoja todavía en blanco, el baloncesto español intentó mostrar su mejor cara, la de una liga competitiva, promesas de grandes espectáculos y unas cuantos rostros que nos gustaría que se convirtiesen en familiares. Pero la realidad es tozuda, y en contraposición de los buenos sentimientos, permanecen problemas de difícil solución y que ponen en cuarentena los buenos augurios.

Un año más, lo más llamativo y preocupante son los infinitos cambios producidos en las diferentes plantillas, cerca de un centenar, lo que dificulta dos cuestiones importantes. Por un lado, el asentamiento de proyectos. Tanto cambio obliga a un buen número de equipos a empezar casi de cero cada temporada. Este virus afecta a enfermos y sanos, como por ejemplo el Baskonia, que después de una temporada excepcional que le llevó hasta la Final Four, se ha visto obligado a perder a casi todos sus piezas más importantes. Por otro, la deseada identificación de jugadores y equipos, tarea titánica pues de una temporada a otra hay que aprenderse un montón de nombres y las camisetas que portan.

Tampoco parece, a priori, que vaya a haber grandes cambios en la jerarquía y los aspirantes a abrir la sala de trofeos vuelve a limitarse a dos. El Madrid, dominador de los últimos tiempos gracias a un proyecto ejemplar, da la impresión que incluso ha mejorado una plantilla que puede presumir de haber hecho un doble doblete. Le queda descubrir lo que puede echar en falta al Chacho, pero la llegada de Hunter, Randolph y Draper, más la emancipación definitiva de Doncic apuntala claramente su ya poderoso colectivo. El Barça, por su parte, comienza la era post-Xavi Pascual cambiando caras en pista y banquillo, pescando en diversos caladeros intentando recuperar prestigio y sintonía con su afición. Hoy atisbaremos por donde van los tiros, pero la tarea se antoja ardua. El resto ha hecho lo que ha podido con sus recursos escasos. Algunos parecen haber mejorado la cara, otros huelen peor, pero con tanto ida y venida, hasta que el balón no se ponga en juego, las apuestas son de riesgo.

A esto hay que sumar la fuga de talento hacia otras latitudes. Perder de una tacada a Sergio Rodríguez, Satoransky, Abrines, Bourousis, James, Darius Adams o los hermanos Hernángomez es cosa seria y el nuevo contrato de televisión de la NBA con la millonada puesta en circulación posibilitará más futuras marchas.

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Una novedad de esta temporada es que los derechos televisivos son propiedad exclusiva de Movistar. Buena noticia pues el cuidado y cariño hacia el baloncesto aumentará exponencialmente con respecto a lo mostrado por la televisión pública. Mejores retransmisiones, respeto hacia el espectador, horarios unificados y promoción infinita. Pero esto tiene otro lado, no tan beneficioso. Por primera vez en la historia, el baloncesto es 100% de pago, con todo lo que esto supone. Si pasamos en unos cuantos años a medir audiencias de millones a cientos de miles, ahora se pasara de cientos a decenas de miles. Se dice adiós a las grandes números, y en muchos hogares el baloncesto dejará de tener ventana. Aquellos que puedan o quieran pasar por caja sin duda que podrán disfrutar de un enorme salto cualitativo en el tratamiento televisivo de este deporte, pero el alcance se reduce casi a una decima parte.

¿Qué hacer entonces cuando los dineros escasean, la competencia con la NBA está totalmente desequilibrada deportiva y económicamente, el transfuguismo es el pan nuestro de cada día, las dudas sobre los futuros campeones se reducen a dos opciones y habrá mucha menos gente delante del televisor?

Pues apretar los dientes e intentar hacer los mejores mimbres con lo que hay, que no es poco. Apostar por estilos atractivos de juego, potenciar lo lúdico ante lo excesivamente táctico, acercar al escaparate a aquellos jugadores capaces de generar empatía, erradicar cualquier regla o tendencia que vaya en contra del espectáculo, conseguir dar pasitos que logren que el interés no sea mayoritariamente local y centrado cada aficionado sólo en su equipo, mejorar, en definitiva, un producto necesitado de una mayor capacidad de seducción para poder hacer frente a una oferta de ocio cada vez más exigente.

Por de pronto, hoy tenemos doble sesión con un Baskonia-Herbalife y un Madrid-Barcelona. Para empezar, no está nada mal.

Sobre ciclismo y potenciómetros

Por: Juanma Iturriaga

12 sep 2016

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Pedazo de Vuelta a España que hemos podido disfrutar durante más de quince días y que ayer echó el cerrojazo en Madrid encumbrando a Nairo Quintana. Nada revitaliza más a un deporte que una gran rivalidad, y parece que la que han establecido el colombiano y Chris Froome tiene todos los ingredientes para convertirse en algo digno de seguir. Esta vez el que sonríe es Quintana, que aprovechando la bendita locura de un Alberto Contador con más voluntad que piernas, pudo atacar al corazón del británico: su calculadora.

Froome está llevando los cálculos hasta lugares desconocidos hasta ahora. Ciclistas con un ordenador en la cabeza ha habido, Induráin sin ir más lejos, gente capaz de conjugar todas las variables posibles para saber siempre qué hay que hacer y en qué días, donde atacar y donde aguantar, como racionalizar a la perfección calendarios, esfuerzos y segundos. Pero es que en el caso de Froome, los cálculos no los hace su cerebro sino un potenciómetro que lleva en su bicicleta. Y entonces se produce la paradoja. En un principio, Froome no corre contra otros ciclistas, sus decisiones no vienen dictadas por lo que ocurre en carrera, sino por lo que le marca una máquina. Llega una montaña y poco importa lo que hagan los demás. Su molinete tan característico está gobernado por lo que le dice que puede o no puede hacer su inseparable acompañante digital. De esta forma, es muy difícil que se rompa, puede pasar malos momentos pero su ordenador a bordo le asegura que si sigue sus consejos, recobrará las piernas. Lo mismo pasa ante una contrarreloj o en casi cualquier circunstancia. Primero miro la pantalla, luego la carrera. Así, poco a poco, ha ido acumulando Tours de Francia, hasta tres, el último hace unos pocos meses y donde apoyado por su extraordinario equipo, no pasó ni un solo momento de apuro.

Para la Vuelta, la estrategia era la misma, aunque el superequipo que le ayudó a reinar en Paris por tercera vez ya no lo era tanto. Aguantar en la montaña tirando de potenciómetro para luego dar el golpe de gracia en la contrarreloj. Y todo marchaba bien hasta que a Contador le dio por hacer una de las suyas y pillaron al Sky en fuera de juego en la etapa de Formigal. El plan, en el momento más inesperado, había saltado por los aires y Quintana se convirtió en el controlador y Froome en el desesperado atacante. Había que dejar de mirar el potenciómetro y levantar la vista para saber donde estaba y qué hacía el colombiano. Tan retrasado había quedado que vatios aparte, no había otro remedio que dejarse el alma en la contrarreloj y atacar todo lo atacable el sábado, el día del Aitana. Demasiado para estas alturas de temporada y ante un rival que se había venido arriba.

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Logra Quintana su primera vuelta, se postula definitivamente (si es que ya no lo era antes) como enemigo número uno de Froome, pero osado de mí, le pongo un pero. Sin llegar a la paranoia de Froome, para ganar una gran prueba hace falta gestionarla correctamente. Pero cuando ves que un colombiano se convierte en británico o navarro, algo se muere en el alma. Siendo la montaña su gran baza, hasta el día D le volví a echar de menos algo más de riesgo, algún ataque de lejos, algo que fuese más allá de la hormiguita que acumula segundos de uno en uno. Es más, el ataque que decidió la Vuelta lo originó otro y el se sumó inteligentemente al carro, lo que no deja de tener mérito pero resta grandeza.

Puede que este pero sea asunto sólo mío, derivado de ser un aficionado al ciclismo más Periquista que Miguelista, y que añora los tiempos pre-pinganillo. Pura nostalgia que se podría desmontar de un plumazo diciendo que Perico ganó un Tour e Induráin cinco. Sea como fuera, enhorabuena a Quintana, a Froome por haberlo dado todo una vez que su gran botin, el Tour, ya lo tenía en el bolsillo, y también a Contador, Chaves y compañía. Les echaré de menos y mis siestas ya no serán lo mismo.

Por la puerta grande

Por: Juanma Iturriaga

01 sep 2016

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Jose Calderón anunció el martes su adiós a la selección. Siendo un tipo listo, era lógico pensar que no iba a dejar pasar la oportunidad de hacerlo en el momento correcto. Siendo sobre todo un hombre discreto, no podíamos esperar mayor alharaca que un acto más emotivo que espectacular. Una medalla olímpica, la tercera, colgada del cuello y una realidad vital y deportiva incuestionable hacía pensar que había que decir “hasta aquí hemos llegado”. Con dos o tres años más de carrera por delante a los que vendrá muy bien tener los veranos libres, y un último papel en la selección marginal en el juego aunque seguramente capital en el entramado emocional del grupo, su decisión es la más elegante y acertada. Deja pues la selección uno de sus clásicos. No ha sido el más mediático, que para eso está Pau. No ha sido el más llamativo, que para eso ha estado Navarro. Y tampoco el más desafiante con el lógico paso del tiempo, que para eso está Felipe, del que se sospecha que es inmortal. Pero la historia de esta selección no puede ser escrita sin darle el protagonismo merecido a un jugador imprescindible.

A diferencia de otras evoluciones más explosivas, Calderón tuvo una maduración pausada, pero llegó justo a punto para completar la espina dorsal de este colectivo tan espectacular. Una vez apuntalada la línea Calderón-Navarro-Pau Gasol, España dio un descomunal salto de calidad que le hizo primero rozar la cima en los Juegos de Atenas y luego coronarla en Japón dos años después. A partir de ahí, lo que ocurrió nos la sabemos muy bien.

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Esta tripleta cumplía con todos los requisitos necesarios para convertirse en un esqueleto ideal. Talento a raudales, capacidad de abarcar las diferentes áreas de liderazgo, complementariedad y sintonía. Eran tres gallos de diferentes tamaños metidos en un mismo corral que podrían haberse peleado pero que supieron colaborar cada uno desde su parcela. Ante el descomunal personaje en que se estaba convirtiendo Pau y la frialdad del francotirador inclemente que era Navarro, Calde, aportaba temple, calor, pasión y gestualidad. Entre los tres, lo básico estaba cubierto y bien cubierto, y sobre sus espaldas pasamos de apuntar a acertar, y cualquier objetivo, por ambicioso que fuese, entraba en el radar español.

Hasta 2008, vimos en la selección al mejor Calderón posible. En el Europeo español de 2007, seguramente hubiese sido MVP del campeonato si España no se hubiese atragantado con Rusia en la final. A su potencia habitual y dotes de mando en cancha, supo dar a su juego un añadido que le catapultó a otra dimensión: el tiro de distancia. Cuando su muñeca se hizo fiable, pasó de valer mucho a valer un porrón, tanto por aquí como por la NBA. Ya lo tenía todo y su juego, contratos y consideración se elevaron de forma ostensible.

La lesión que le impidió jugar el mítico partido ante EEUU en Pekín fue una premonición, pues a partir de ahí el cuerpo le empezó a jugar malas pasadas. No pudo estar en el Europeo de Polonia 2009, donde España por fin pudo proclamarse campeón, y también faltó en el Mundial 2010, lesionándose en el último partido de preparación. Recuerdo su tremenda emoción después de la final del Europeo de Lituania 2011, donde tuvo una gran actuación que el celebró por partida doble después de varios años con tanto sinsabor repitiendo “por fin, por fin”.

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Llegaron más éxitos, más medallas, ya con un papel menos protagonista pero con el mismo compromiso y humildad suficiente como para ir aceptando los diferentes roles que tuvo que interpretar. Su último servicio a la selección ha sido de los mejores. Representar ante todo el mundo lo que significa tener conciencia colectiva, poner los intereses colectivos por delante de los individuales, entender que hay otras muchas formas de ayudar a tu equipo que jugando. Comparemos con otras situaciones parecidas de ilustres de nuestro deporte y se entenderá el valor de lo hecho por Calderón.

Con su oficialidad, comienza el desfile de una maravillosa banda (expresión utilizada muchas veces por Calderón) la formada a partir de nuestra ya mítica generación. No sabemos quien será el siguiente y me da la sensación que los tres coetáneos de Jose que restan (Navarro, Pau y Felipe) tienen motivos para al menos una última carga de la caballería, como por ejemplo, superar a Epi en internacionalidades o jugar con Marc un último torneo. Mientras eso ocurre, celebremos el adecuado final que ha tenido la extraordinaria carrera en la selección de uno de los mosqueteros más significados. Con un éxito reciente, un último comportamiento ejemplar, rodeado de sus amigos y recibiendo elogios por todas partes. Por la puerta grande. 

5 reflexiones olímpicas para cerrar

Por: Juanma Iturriaga

25 ago 2016

Hoy es jueves y clausurados los Juegos, analizados los resultados, recibidos los atletas de vuelta a casa, paseados los más mediáticos por radios y teles y celebrados los homenajes a aquellos paisanos que triunfaron, a otra cosa mariposa. Pero antes de cerrar la tienda, dejadme hacer cinco reflexiones sobre todo este tinglado olímpico

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-Conclusión equivocada. A pesar de resultar, como se ha explicado por activa y por pasiva, un método nada fiable, el asunto del medallero ha estado presente durante toda la competición. Como España fue de menos a más y los últimos días se recogió una buena cosecha, pues oye, grandes juegos que hemos hecho. Además, se igualó lo de Londres y con más oros. Total, que estamos bien, incluso mejor que hace cuatro años. Pues mira, va a ser que no. La situación de nuestro deporte y deportistas es bastante peor en la mayoría de los casos. La crisis económica ha limitado ayudas y el ejercicio de voluntarismo que tienen que hacer incluso alguno de los que ahora tiene una medalla expuesta en su salón, es tan admirable como frustrante. Buena parte de los éxitos que hemos celebrado no tienen nada que ver con planes, proyectos o un buen sistema de ayuda y apoyo institucional, sino con el empecinamiento de unos deportistas capaces de superar cualquier obstáculo.

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-Esas gradas. Se ha hablado de unos Juegos maravillosos. Supongo que se referían a lo ocurrido en las pistas, piscinas, estadios o pabellones, donde hemos asistido a momentos mágicos, actuaciones heroicas, despedidas olímpicas inmejorables como las de Phelps, Bolt o Pau Gasol. Ahora bien, todo esto, al menos televisivamente, quedaba deslucido por la imagen que llegaba desde la grada. Los asientos vacíos hacían daño a la vista y no se entiende muy bien el por qué. Que si los patrocinadores que luego no van, que si las entradas caras, el caso es que el COI, entre comida y comida, debería darle una pensada a este tema.

 

-Histerismo sonoro. El deporte es pasión y emoción. Sin duda. Ahora bien, he estado diecisiete días preguntándome si era necesario esas retransmisiones al borde de una ataque de nervios, esos gritos incontrolados, esos ¡vamos! que ponían a prueba las cuerdas vocales de los narradores. Lo entendería si se encargase de las narraciones a los familiares o amigos de los participantes pero no es el caso. El griterío radiofónico futbolístico está invadiendo todos los espacios y da igual que haya imagen por medio o no. Hay que hablar sin parar, como si te hubieses tomado cinco cafés y a un tono entre alto y altísimo, como si estuvieses hablando en una discoteca. Luego hay que animar como un hincha, por tu familia, por España, por diosssss. Y si ganamos, ufff, ahí entramos en concurso de frases, adjetivos, parabienes, invocaciones al olimpo y lo que haga falta. Dicen que es porque hay que trasmitir la emoción. Pues vale.

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-¿Se retiran o no? Hace dos años, con motivo del Mundial, se empezó a hablar de la ultima carga de la generación baloncestística del 80. Pasó lo que pasó, y entonces se puso el foco en Río. Ahora, transcurridos los Juegos, nuestros ilustres se resisten a poner fecha a su despedida. Les preguntan y contestan con un ya veremos. Este mutis nos muestra una de los secretos de este equipo, que no es otra que el placer que experimentan en reunirse, entrenar, cenar, jugar a las cartas y finalmente competir. La selección es un juguete que reciben todos los veranos con ilusión y que se resisten a abandonarlo. Ahora bien, no todos llevan igual los 36 años, por lo que no me cuesta trabajo visualizar de nuevo a Pau (¿un último torneo junto a su hermano Marc?) y a Felipe (que batiría el record de Epi) y no tanto a Calderón y Navarro, mucho más castigados físicamente que los otros dos.

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-A ver si es verdad. Una vez más, las españolas han dado el callo y han aportado buena parte de los grandes momentos vividos. Mireia Belmonte, Ruth Beitia, Carolina Marín, Maialen Chorraut, Lidia Valentín, las jugadoras de baloncesto, el equipo de gimnasia rítmica, son algunos de los focos más importantes que han dado luz y energía a nuestra participación. ¡Como las hemos jaleado! ¡Qué orgullosos hemos estado de ellas!. Pues bien, a todas ellas y a las que vengan, les vendría muy bien que todo este reconocimiento no caiga en el olvido hasta dentro de cuatro años, que se ayude más y se discrimine menos, que se mantenga la atención a sus logros, que los seguirán teniendo. Ah, y de paso a ver si nos liberamos de esa caspa machista que en cuanto nos descuidamos, aparece (estos Juegos han sido un claro ejemplo de ello con sus noticias, titulares, comentarios y chascarrillos impresentables).

Pues nada, dicho esto, viva Japón 2020

La guinda adecuada

Por: Juanma Iturriaga

22 ago 2016

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No debía ser de otra forma. Después de un partido agónico, duro como el pedernal, taquicárdico hasta el final, España pudo poner la guinda que buscaba al historial olímpico de la mejor generación de su historia. No ha sido su mejor torneo, tardó algo más de lo recomendable en ajustarse, pudo, quizás, con un mejor rendimiento, derrotar por fin a EEUU y ante Australia sufrió de lo lindo. Pero al final, ahí están, colgándose de nuevo otra medalla al cuello. Porque en las duras y en las maduras, España siempre compite, siempre está ahí. Desde 2006 y salvo en los Mundiales de Turquía 2010 (sin Pau) o España 2014 (el único gran borrón) nuestra selección no ha faltado nunca a su cita en semifinales. 9 de 11. Asombroso.

Esto es lo realmente difícil y lo que hace grande, enorme, a este grupo. El haber podido mantener durante tanto tiempo el compromiso, la tensión, el hambre, las buenas relaciones, la gestión de los egos, la conciencia colectiva. No sólo esto, sino que lo han logrado cuando el catálogo de parabienes casi se ha agotado, encumbrados deportivo y socialmente y con las cuentas corrientes gozando de excelente salud.

El éxito tiene sus peligros y su digestión no siempre es la correcta. A este colectivo, cada triunfo, cada objetivo conseguido les ha hecho más sabios, más competitivos, más ambiciosos. Muchas veces todo ha cuadrado y se ha tocado techo. En otras, nos hemos quedado a un pasito o nos hemos tenido que conformar con un el segundo objetivo. Pero como todos deberíamos saber, el ganar y hacerlo casi siempre, es muy, pero que muy difícil.

El partido ante Australia fue un buen ejemplo de la capacidad de la selección para sobrevivir en las condiciones más extremas. Sobre todo a partir de que los australianos subieron su agresividad defensiva un par de peldaños y España se atragantó perdiendo doce puntos de ventaja. Los rebotes fueron otra vez un quebradero de cabeza, y Mills, al que maldecimos unas veinte veces durante el encuentro, pareció capaz en un determinado momento de ganar él solo el partido a pesar de dedicarle toda la atención del mundo por parte de Llull, Ricky, Claver o quien fuese.

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Se puso tan complicado el partido que Scariolo tuvo que tirar la calculadora de minutos de Pau a la basura, manteniéndole en pista a riesgo de que llegase agotado al tramo final. Menos mal, porque lo que volvió a hacer Gasol fue inconmensurable. Su caudillaje resulto abrumador, echándose al equipo a la espalda por enésima vez. Si alguien simboliza la capacidad competitiva de esta selección es Pau. No porque sea un talento estratosférico, que también lo es, no porque se le caigan los puntos de las manos, que se le caen, sino porque cuesta trabajo recordar una noche de enjundia en el que no haya estado a la altura.

Con el partido en el alambre, se llegó a esos momentos donde todo el trabajo, el esfuerzo, las ilusiones, se dirimen en un par de jugadas. Esta vez salió bien. Sergio Rodríguez metió los dos tiros libres y Ricky y Claver tocaron un balón por el que les tendrían que poner una calle en su pueblo. Decir que España se lo merecía igual es mucho decir, pues también Australia hizo méritos suficientes. Pero lo que si es indiscutible que una trayectoria como la española a lo largo de más de una década pedía cerrar esta página con una sonrisa.

Se cierra exitosamente la travesía olímpica de unos jugadores emblemáticos e inolvidables que comenzó hace 16 años en Sidney, donde dieron sus primeros pasos unos imberbes pero ya atrevidos Navarro y Raúl López, que en aquellos tiempos eran los estandartes de aquel grupo. Cuatro años después en Atenas, y ya incorporados Felipe, Pau y Calderón, aprendieron la impagable lección de que en estos campeonatos lo importante no es el grupo (terminaron primeros ganando a Argentina e Italia, finalmente oro y plata) sino el cruce (derrota ante una EEUU menor). Ya como campeones del mundo y en plena madurez, asombraron en Pekín y Londres, asustando a la galaxia NBA. Por último, más cerca de los cuarenta que de los treinta y junto a otros chavales que aprendieron de baloncesto y de valores a su sombra, cierran el álbum de fotos subidos de nuevo a un cajón, con una medalla en el pecho, enlazadas las manos, disfrutando y haciéndonos disfrutar. El futuro traerá lo que sea, pero mientras tanto que nos quiten lo bailado. Que ha sido mucho y bueno.

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El casi menos casi

Por: Juanma Iturriaga

20 ago 2016

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En la pelea de los refranes, el de “a la tercera fue la vencida” ganó al “no hay dos sin tres”. Estados Unidos se volvió a salir con la suya en un partido bien diferente a los dos anteriores y que curiosamente dejó una impresión digamos que extraña. Por inevitable comparación, todos, jugadores españoles incluidos, vieron las puertas de un posible triunfo más abiertas que nunca. Este equipo norteamericano, plagado de nombres ilustres, queda algo distante de las dos versiones que estuvieron presentes en Pekín o Londres. Siguen siendo muy buenos, buenísimos, tienen físicos potentes, potentísimos, alguna muñeca, como la de Thompson, para conservarla en formol, y cuando uno no está de dulce siempre aparece otro para coger el relevo pues el fondo de armario es largo y profundo. Pero como se ha demostrado a lo largo de estos juegos, donde han pasado dificultades en demasiados de sus partidos, su talento, descomunal en muchos de sus hombres, no llega a las constelaciones interplanetarias vistas en China o Inglaterra.

Por lo tanto, estábamos antes la Estados Unidos más vulnerable de los últimos tiempos, sensación confirmada durante casi todo el partido. Ahora bien, jugando dignamente, no dejando que los norteamericanos rompieran el partido a base de controlar el ritmo de las idas y vueltas, y complicándoles la vida muchísimo en defensa dejándoles en 82 puntos y limitando al mínimo a sus dos grandes puñales, Durant y Anthony, España, no logró crear esos momentos que se vivieron en los dos anteriores Juegos, donde hubo arreones que hicieron palpables la posibilidad de un triunfo histórico.

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Esta vez no, esta vez España hizo la goma, no dejó nunca de dar la cara, pero le faltó punch, energía, fuerza física, puntería más afinada, unos cuantos rebotes mejor cerrados (qué pesadilla), menos técnicas señaladas, no sé, algo de esto o un poco de cada cosa. Siendo su comportamiento otra vez admirable, faltaron cosas relacionadas directamente con el juego que no con la ambición. España necesitaba hacer un partido sobresaliente y se quedó en el notable, lo que provocó que las olas que pudo levantar en sus mejores momentos nunca tuvieran la altura suficiente para hacer creer a sus rivales que el barco podía irse a pique. Aunque el marcador pueda decir lo contrario pues la diferencia fue la menor, la sensación fue que el tercer casi fue el menos casi de todos. Metiendo todo en una coctelera, entiendo el grado de frustración mostrado por los jugadores españoles después del partido y supongo que compartido por la afición. Ellos mejor que nadie saben que esta vez sí hay una parte de la derrota responsabilidad directa de un rendimiento mejorable. En anteriores ocasiones, no hubo ni un pero que poner. 

Con lamentos o sin ellos, no hay tiempo para mucha cháchara, pues esto no se ha acabado y lo que queda en juego es extremadamente importante. Son los últimos Juegos de Pau, Navarro, Felipe o Calderón. No sé, a tenor de sus declaraciones, si será la última vez que les veamos con la camiseta roja, pero por cuestiones lógicas, ninguno estará en Japón, la próxima cita del más importante torneo que se celebra, allí donde cimentaron gran parte de su leyenda. Por eso lo de Australia vale su peso no en bronce, sino en oro. Verles subirse al cajón, aunque sea en el escalón más bajo, es la última foto casi perfecta de su álbum. No va a ser fácil, pues aunque en el día más importante los australianos dieron el cante, su comportamiento en esta competición es digno de elogio.

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Solía decir Raimundo Saporta, personaje capital en la historia del baloncesto español, que era mejor quedar tercero que segundo, pues te ibas a casa después de una victoria y no de una derrota. Parece más consuelo que teoría sostenible, pues nadie cambiaría una cosa por la otra, pero en esta ocasión, el valor simbólico que tendría el que finalmente España consiguiese pillar metal hace del partido una cita de importancia capital. Esperemos que como lo ha hecho siempre, la selección esté a la altura, supere su posible malestar, recupere el aliento, las piernas y la puntería y termine una maravillosa travesía de más de tres lustros con una gran actuación que le lleve hasta el pódium olímpico. Se lo merecen de sobra.

Derecho a soñar

Por: Juanma Iturriaga

18 ago 2016

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Una película que se precie necesita un buen final. La de la generación de los 80, juniors de oro, conjunción astral o como se le quiera llamar, está muy cerca de conseguirlo. Una vez masacrada de nuevo Francia, la selección masculina de baloncesto, el mejor equipo español de la historia de cualquier disciplina por logros y permanencia en el éxito, va a contar con dos oportunidades para subirse al cajón y cerrar una época maravillosa e irrepetible y así despedir con honores y como merecen a algunos de sus nombres más ilustres, cosa que, por ejemplo, no han podido hacer ni Argentina ni Francia. El colofón está a la altura de la leyenda de un colectivo que no deja nunca de sorprendernos, a pesar de que su trayectoria está plagada de cimas alcanzadas. Llegó a Brasil con muchas dudas, anunciando un estado de forma embrionario, la pifió doblemente, pero a la hora de la verdad, ha hecho lo de siempre. Aguantar la presión de un mal inicio, no perder nunca el oremus, no enredarse con cuestiones menores, mantener el foco en lo importante, pulir defectos, recuperar ánimos y terminar convirtiéndose en un rodillo al que nadie pone freno. Lo que se suele conocer como competir ferozmente. Tocó corneta el día de Lituania, confirmó sensaciones ante Argentina y lo bordó ante unos franceses aturdidos una vez más ante Gasol y compañía, su sempiterna pesadilla y causantes directos de la mayoría de decepciones.

El varapalo se inició ya sin vuelta atrás de la mano de Mirotic, inmaculado, omnipresente y demoledor, cuyo salto cualitativo entre el Europeo del año pasado y estos juegos ha sido descomunal. Su descaro en el ataque y la sintonía con Pau, cimentada en sus años juntos en los Bulls, ha convertido a Mirotic en un jugador capaz de haber mejorado sus virtudes y simultáneamente pulido sus defectos hasta convertirse en un jugador crucial en el entramado español. En un día donde Pau, lastrado por sus molestias en el gemelo, se dedicó a tareas de intendencia y poner un muro debajo del aro donde chocaban una y otra vez los atribulados franceses, Mirotic tomó el mando de las operaciones ofensivas y con esa muñeca que le ha dado la naturaleza y esas esquinas donde parece casi imposible verle fallar, dinamitó el partido desde el comienzo y destruyo la poca confianza con la que se presentaron Parker y compañía.

Visto lo ocurrido, cada vez tengo más claro que cuando España encuentra su camino, el resto de equipos se ponen a temblar y llegan ya medio derrotados. No es casual la cantidad de veces hemos comprobado como conjuntos de entidad terminan abrasados, recibiendo palizas, bajando la cabeza, dejando a nuestro equipo por imposible, reconociendo que cuando se ponen en modo competición, no hay nada que hacer para parar el huracán.

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Volviendo a lo del guión de la película, llega el gran duelo. No es la última escena, pero sí la GRAN escena. Tampoco tiene mayor importancia que se produzca en semifinales y no en la final, pues sólo el oro puede saciar la ambición española, y para ello tarde o temprano había que dar cuenta de los mejores. Además, de producirse una derrota, habrá otra oportunidad para alcanzar el segundo objetivo, estar en el pódium. Con dos platas ya en el zurrón, a falta de oro un bronce seguiría siendo un gran cierre.

Hubiese sido un fiasco para todos, jugadores españoles incluidos, no haber tenido la oportunidad de verse por tercera vez con los dominadores de este deporte. No hace falta contar lo ocurrido en la dos primeras, recuerdos eternos para todos. España llega como nunca (en Londres y Pekín sus actuaciones previas no fueron tan convincentes como las de este año) y los norteamericanos han pasado más apuros de los previstos. Pero vete a saber si estas indicaciones tienen importancia una vez que la pelota se ponga en circulación. Más incidencia podría tener el factor Gasol y la gestión de su estado físico, teniendo en cuenta que hay dos partidos en el horizonte.

El reto es mayúsculo, de esos que enciende los deseos de un grupo que hace ya mucho tiempo sólo le interesan los grandes días. Este lo es, por lo que lo que no hay duda es que a poco que le dejen, España se va a tirar a la yugular norteamericana. Hasta que la realidad ponga a cada uno en su sitio, si algo nos han regalado estos chicos es el derecho a soñar, sea quien sea el que esté enfrente. Quizás este sea su gran legado.

Y una vez más, Francia en el camino

Por: Juanma Iturriaga

16 ago 2016

La selección confirmó en su pelea con Argentina que su mejora exponencial ante Lituania no fue fruto de un día afortunado, sino de su nuevo estado de confianza y acierto. El domino del complicado escenario (una derrota le mandaba a casa) fue total y una vez que se repuso de los dos triples iniciales que le endosó Ginobili, machacó sin piedad a un equipo argentino al que le pesan los años de sus grandes referentes, de los que hubo pocas noticias. Scola anduvo enredado toda la noche, Nocioni lo intentó pero quedó muy lejos de su acierto ante Brasil y el gran Ginobili ya no está para echarse el equipo a la espalda durante todo un partido. Ahora lo intentan Campazzo y Laprovittola, pero no es lo mismo.

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Comandados por un Rudy espectacular, que estuvo en lo grueso y en lo fino hasta completar un partido para enmarcar, la selección dio una gran sensación de seguridad, como si el mecanismo de su funcionamiento hubiese encajado ya de modo satisfactorio para todos. El juego fluye, no existen esos altibajos cuando los jugadores importantes abandonan la cancha, los buenos movimientos de balón permiten encontrar posiciones de tiro desahogadas y como le ocurre, por ejemplo, al Real Madrid, este colectivo defiende mejor cuanto mejor ataca. Sólo hubo un momento de confusión allá por mitad del tercer cuarto, cuando Argentina tiró por la calle de en medio a la vista de que en un desarrollo más ortodoxo, se estaban llevando un carro. Campazzo y Laprovittola son dos agitadores de categoría, y durante unos minutos convirtieron el partido en una cosa loca, un ir y venir sin control, que por momentos contagiaron al hasta entonces impecable equipo español. Tampoco ayudó la expulsión de Navarro, pero la cosa no llegó a nada preocupante. Más si se tiene en cuenta que hasta que se tuvo que ir al vestuario, el capitán aportó minutos de calidad, como pasó después con otro ilustre, Jose Manuel Calderón.

Terminada la fase de grupos, España ha cumplido con los deberes de clasificarse y ponerse a punto. El único pesar es que resulta difícil, viendo como ha quedado el cuadro, no acordarse de los partidos ante Croacia y Brasil, donde a poco que el rendimiento hubiese sido algo más acorde, nuestra selección disfrutaría de un camino más despejado. Pero las cosas son como son y el arranque dubitativo español lleva posible penitencia en semifinales. Pero antes hay un plato de complicada digestión que impide ver más allá. El de todos los años. Francia.   

Por séptima vez en los últimos ocho torneos internacionales, se repite emparejamiento. Ya sea en cuartos (Polonia 2009, Londres 2012, Madrid 2014) semifinales (Eslovenia 2013, Lille 2015) o en la final (Lituania 2011) parece que no puede haber torneo que no termine con estos dos grandes equipos jugándoselo a todo o nada. Una rivalidad mayúscula que hay que recordar que nació cuando Francia decidió copiar el modelo español y formó un núcleo de jugadores comprometidos que acudían gustosos a la llamada de la selección. Alrededor del interés y talento de los Parker, Diaw o Batum, los franceses hicieron piña, aparcaron egoísmos y terminaron recogiendo frutos, que hubiesen sido unos cuantos más si no llega a ser por España

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Basta recordar los dos últimos y dramáticos actos de este drama para que te suba la adrenalina. En el Mundial español, los franceses causaron la mayor decepción de la historia de nuestra gran generación. La revancha española estuvo a altura de la afrenta y un año después, en el inolvidable europeo del año pasado, aguaron la fiesta a sus archienemigos en su propio terreno el día que Gasol fue Superman. Ya puestos, se podría sumar lo ocurrido en los Juegos de Londres, donde el partido terminó como el rosario de la aurora, tangana final incluida.

Estamos, por tanto, ante una nueva edición de una rivalidad deportiva plagada de historia, pasión, encontronazos y cuentas pendientes que pasan de un bando a otro constantemente. Un partido a la altura de lo que está en juego, un último escalón antes de pelear por las medallas.

 

De cero a cien en 40 minutos

Por: Juanma Iturriaga

14 ago 2016

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Una vez más, y van ni se sabe, la selección española de baloncesto se puso el traje de competir en el momento justo, exigido por los números y seguramente espoleado por las críticas a sus rendimientos anteriores. No fue sólo un clic al encajar las piezas, sino que fue enorme, de esos que abren las puertas más complicadas, pues lo consiguió de una forma ruidosa, inesperada si tenemos en cuenta cómo jugó ante Lituania y lo comparamos con las tres citas anteriores. El salto de calidad, acierto y ánimo fue estratosférico y de golpe y porrazo, donde había dudas aparecieron certezas.

La lista de déficits mostrados eran numerosa. Pues bien, para casi todas las inquietudes hubo respuesta. Empezando por la enésima demostración de liderazgo del mariscal Gasol. Quizás hubiese sido suficiente simplemente haber resuelto dos o tres problemáticas para doblegar a una Lituania menor (absurdo el rumor de una derrota interesada pues no podían saber qué ocurriría en el Croacia-Nigeria jugado posteriormente) . Más estabilidad durante todo el partido, una puntería más afinada, mejor mantenimiento de ventajas, entrada en juego de algunos jugadores como Ricky o Llull, aumento de prestaciones de la segunda unidad o un mejor ánimo para enfrentarse a los momentos complicados del partido. Pero aprovechando que todo se puso de cara desde el inicio y se mantuvo el tiempo suficiente para poner el encuentro a salvo con muchos minutos por jugar, España lo aprovechó para darse un atracón que le sirve tanto para seguir en la carrera como para darse un banquete de autoestima, si es que la necesitaban.

Aunque en el fondo sea la misma historia, el devenir de nuestra selección en estos juegos tiene sus particularidades. Se habló después del partido de Nigeria que nunca antes España había encadenado tres partidos seguidos tan preocupantes. El golpe en la mesa dado ante Lituania aporta otra novedad. La puesta en marcha ha sido instantánea, la mejora, exponencial, la distancia entre un conjunto apocado y atormentado a otro exultante, sideral. Otra veces el tránsito entre ambas versiones llevaba dos o tres partidos. En esta ocasión, de cero a cien en cuarenta minutos.

Llegados a este punto, la pregunta es inevitable. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo lo repiten año tras año? ¿Cómo son capaces de reservar sus mejores prestaciones para los momentos donde la mayoría de equipos y jugadores se derriten? La respuestas es muy clara: confianza. En ellos mismos, en sus compañeros y en el poder de un buen trabajo colectivo. Esa clase de confianza que te da el haberte visto en este tipo de situación unas cuantas veces y haber salido indemne en su mayoría. De la misma manera que no hay mejor receta que ganar hoy para seguir ganando mañana, cada vez que la selección española libra un situación límite, aumenta las posibilidades de que lo vuelva a hacer en la siguiente ocasión, importando cada vez menos lo ocurrido hasta ese día clave. Observando el histórico, el número de pelotas de partido salvadas son tantas que la firmeza de su pisada al borde del precipicio resulta ya casi inigualable.

Como somos como somos y conocemos películas anteriores, una vez que el coche se ha arrancado, podríamos irnos hasta el otro extremo, abrazar el optimismo desmesurado y pensar que esto ya está casi hecho. Pero la situación ha mejorado más en la apreciación que en la clasificación, pues una derrota en el último encuentro del grupo y la (supuesta) victoria de Brasil ante Nigeria nos mandaría a casa. La victoria tiene una única consecuencia. Segunda de grupo y seguramente Francia y EEUU en el camino hacia la final. Casi nada. Afortunadamente ya conocemos que este equipo era ya cholista antes incluso de que Simeone hiciese suyo el mantra de partido a partido, y lo primero es lo primero. O sea, los argentinos, otros que tal bailan. Pasan los años y ahí siguen los Scola, Nocioni o Ginobili, jugadores sobrados de talento pero sobre todo y por encima de todo, gente de una raza competitiva muy especial. De haber nacido en España, hubiesen encajado como un guante en nuestra exitosa selección.

Eso sí,después de una semana complicada y ahora que hemos evitado el síndrome Carlos Sáinz al arrancar el coche a tiempo y saber que tiene una gran velocidad punta, permitámonos, equipo y afición, 48 horas de confiada espera.

Esperando el click

Por: Juanma Iturriaga

12 ago 2016

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Finiquitada Nigeria en un partido que desde luego, no sirvió para tranquilizar a la hinchada, se terminó la espera. El día D, (esperemos que sea el primero y no el último) adelantado a tenor de los tropiezos, ha llegado. Una vez que se dispute el partido contra Lituania ya no habrá resquicio para la elucubración de si estamos bien, mal o regular, si lo visto hasta ahora ha sido simplemente tres entrenamientos no muy bien resueltos o si las enormes dudas surgidas tras los partidos ante Croacia, Brasil y Nigeria eran diagnósticos reales de donde y cómo estamos.

Mientras tanto, seguimos agarrados al pasado para mantener la esperanza en el futuro, intentando convencernos de que en cualquier momento (o sea, ante Lituania) España se pondrá definitivamente en modo campeonato, cosa que hasta ahora no ha ocurrido. Pero como se ha dicho hasta la saciedad, este colectivo se ha ganado de sobra el derecho a que mantengamos la esperanza hasta que las matemáticas no digan lo contrario.

Hasta ahora (volvemos a hablar del pasado) jugar entre la espada y la pared solía tener efectos beneficiosos. Pero también es verdad que en esos comienzos dubitativos, ahora tan recordados, se fueron alternando empujones y frenazos. En ninguno de esos campeonatos España hilvanó tres actuaciones seguidas tan poco convincentes, lo que puede alimentar el pesimismo. Como sólo podemos hablar de lo ya visto, nuestra selección se la juega ante los lituanos con el rompecabezas casi recién salido de la caja, con muy pocas piezas unidas y sobre todo con una sensación de fragilidad inaudita. Resulta desconcertante, por lo irreconocible, observar que basta que las cosas se tuerzan un poco, que un jugador contrario meta dos triples seguidos o que se pierdan dos pases absurdos para que al equipo le entre el tembleque. Ocurrió ante Croacia, se repitió ante Brasil, se confirmó ante Nigeria.

Ahora bien, si es palpable que los rendimientos observados distan mucho de ser satisfactorios, habría que recordar que los equipos y sus trayectorias a veces son como esas cajas con mecanismos de apertura complejos con las que te vuelves loco buscando su truco hasta que un día, incluso puede que sin saber muy bien qué has hecho, escuchas un click y logras que se abra. Después de 120 minutos, España no ha hecho click, lo que tampoco significa que en los siguientes cuarenta no lo pueda lograr.

Podría ser que por un día, el equipo dejase de jugar a rachas y tuviese un rendimiento más estable. Podría ser que Ricky metiese dos triples seguidos, o que Pau fuese más Pau, o que Navarro volviese a ser Robin, o que se completase un buen partido defensivo. Podría ser que apareciese la puntería y que entrasen los tiros que hasta ahora no entran. O simplemente que incluso después de un mal partido, no hubiese un tapón o un mal cierre de rebote en la jugada definitiva. El margen de mejora es tan grande y abarca tantas áreas que las posibilidades son numerosas. En definitiva, se trata de que pase algo que todavía no ha ocurrido para que el equipo deje de aparentar tortura para encontrar algo de felicidad que les impulse definitivamente. 

Por ahora, casi todo lo que podía ir mal ha ido mal o por lo menos regular. Incluso España ya no depende de sí mismo para entrar entre los tres primeros de grupo pues incluso ganando los dos partidos que le quedan, existen combinaciones nada descabelladas que le colocarían en el fatídico cuarto lugar que te cruza con EEUU. Pero ese es un análisis que debe ser aplazado hasta la madrugada del domingo, donde o bien se oye un click muy sonoro, o la enorme, descomunal carrera internacional de esta mítica generación del 80 terminará con un doloroso revés.

El País

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