El Palomero

Sobre Federer y Nadal.

Por: Juanma Iturriaga

01 feb 2017

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La final del Open de Australia de tenis protagonizada por Roger Federer y Rafa Nadal ha sido sin duda la gran noticia deportiva de los últimos tiempos. Cuando ya creíamos que el libro sobre una de las rivalidades más atractivas de la historia del deporte estaba terminado, llegó sorprendentemente un nuevo capítulo (quien sabe ya si el último) que estuvo a la altura de lo escrito anteriormente. Durante unas horas tuvimos la oportunidad, no sólo de disfrutar del mayúsculo talento de dos tenistas irrepetibles, sino que a la vez revivimos muchos de los grandes partidos que nos han regalado estos dos DEPORTISTAS en la última década.

Como no podía ser de otra forma, medios de comunicación, redes sociales o conversaciones de bar se han llenado de parabienes hacia una pareja ya casi inseparable en el recuerdo. Todos, unánimemente, celebramos y resaltamos no sólo sus capacidades tenísticas, sino sobre todo sus maneras, sus actitudes, el respeto reverencial que se tienen, la grandeza que muestran ambos en la victoria y en la derrota. Es casi un tópico que el deporte no acerca a valores muy necesarios en la vida, pero cuando se trata de Federer y Nadal, es difícil encontrar mayor ejemplaridad.

Lo que me resulta más chocante es que muchos de estos parabienes, buena parte de este enaltecimiento de la caballerosidad, la empatía, el ser capaz de competir sin necesidad de humillar, la ausencia total de excusas, la falta de búsqueda de culpables externos a sus traspiés, provenga de gente a los que rápidamente se les olvida la enseñanza. Que algunos medios de comunicación, programas o periodistas que en su día a día se saltan casi todo lo que hace grande a Roger y Rafa, se les llene la boca y la escritura resaltando virtudes que en demasiadas ocasiones olvidan. Que futbolistas (sobre todo) a los que no les tiembla el dedo apuntando hacia donde sea para supuestamente denunciar complots, campañas o persecuciones, feliciten a Federer y Nadal por su comportamiento, que es el radicalmente opuesto. Que tuiteros pasen de ponerles las nubes en un tuit a trolear a alguien en su siguiente mensaje.

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Desgraciadamente, Roger Federer y Rafa Nadal son cada vez más rara avis. Sobre todo en el día a día, pues sería injusto olvidar muchos casos que acontecen en el universo deportivo dignos de elogio. Pero no suele ser eso lo normal cuando abrimos un periódico, escuchamos un programa de radio o vemos la televisión. Durante quince días hemos podido recordar que hay otras formas, otras maneras, que no solo la bronca vende, que se puede querer que gane tu favorito sin necesidad de odiar a su rival, que el “yo quiero que el XXXX pierda siempre” es de una cortedad de miras apabullante, que el todo vale para ganar no vale, que hay que aceptar la derrota sin necesidad de echarle la culpa al empedrado.

Todo esto y mucho más nos han ido enseñando Rafa Nadal y Roger Federer. La lástima es observar que en determinados ámbitos y personas, su ejemplo moja pero no empapa.

Hace no muchos años, hubo un tiempo donde el deporte español estaba que se salía. No había fin de semana donde no nos llevásemos unas cuantas buenas noticias, que tampoco nos solucionaban unos tiempos cada vez más difíciles y complejos, pero que ayudaban a tener al menos una mínima ración de autoestima. En aquellos tiempos no tan lejanos, la nómina de ilustres estaba encabezada por una tripleta estelar formada por Pau Gasol, Rafa Nadal y Fernando Alonso, todos en el cenit de sus respectivas y espectaculares carreras. Ya desde luego no lo están, pero su carisma y singularidad hacen que no dejemos de mirar hacia ellos, con esa mezcla de nostalgia hacia su pasado poderoso y esperanza de que todavía no se haya terminado su capacidad para alcanzar grandes metas.

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Dejemos a Alonso, que el curso pasado completó una década sin poder volver a proclamarse campeón del mundo de F1 y cumplirá su tercera temporada en McLaren sin que haya ni siquiera olido los puestos de arriba. Da igual. Todos los años es lo mismo. Vamos a mejorar, el coche ha evolucionado, el salto está próximo a producirse, con no sé que pieza estaremos entre los primeros. Como hasta finales de Marzo no se empieza a contrastar las promesas con las realidades, pues Enero es un buen mes para soñar.

Dejemos también a Nadal, que mientras escribo esto sigue vivo en el primer Grand Slam de la temporada. Sin llegar a la travesía del desierto de Alonso, Rafa lleva dos años peleando contra rivales, su propio cuerpo y esa cabeza que otrora le dio tantos partidos y títulos. Parece que esta vez es la buena, que recuperado físicamente, vuelve a ser un titán, pero falta esa confirmación que llevamos tanto tiempo deseando recibir.

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Centrémonos en Pau Gasol, lesionado hace unos días en un calentamiento, que mira que es mala forma de lesionarse. Pero para la historia que recomiendo seguir en este 2017, no deja de ser un accidente menor. Me refiero a la última carga de la mejor caballería que vió no ya el baloncesto, sino el deporte español. Una última carga que, cierto es, llevamos varios años anunciando, pero estas vez parece que sí, que esta bonita historia tendrá todavía un capítulo, el último.

Un de los motivos son los cambios en la periodicidad de las competiciones internacionales de selección. Hasta ahora, se jugaban europeos en años impares, y Mundiales y Juegos Olímpicos alternándose en años pares. A partir de este año se suprime un torneo continental (buena medida) y la secuencia cuatrienal es esta. Europeo (2017 Turquia), Mundial (2019 China) Juegos (2020 Tokyo) y vuelta a empezar. Esto hace que para gente como Pau Gasol, Navarro o Felipe (o incluso Marc o Rudy) el mundial chino se antoje muy lejos y con demasiados años encima. 

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Otra razón es la ausencia de Marc Gasol en las dos últimas citas, una por decisión propia después de firmar un contrato que en aquel momento pareció mareante (el glorioso e inolvidable europeo que se ganó en Francia) y otro por lesión (los Juegos de Río). Me da la nariz que al núcleo duro de este colectivo el cuerpo le pide juntarse todos una vez más (o casi todos, pues Calderón ya dijo adiós) y que los hermanos quieren disputar un último torneo juntos. Recientemente Pau fue bastante explícito cuando dijo que le apetecía jugar el Europeo, confirmando aquello que declaró al final de los Juegos de Río.

Y por último, el tema de las internacionalidades. Ahora mismo el ilustre ranking lo lidera el gran Epi, con 239, seguido de Navarro (237) y Reyes (236). Aunque sea a la pata coja, ¿no será lógico el deseo de Juan Carlos y de Felipe de superar a Epi?.

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Total, que un calendario que invita, dos hermanos que desean reencontrarse en la pista, dos jugadores en busca de otro récord y el eterno placer que siente este grupo cuando se juntan para competir, hacen pensar que sí, que habrá una última y definitiva carga de la caballería de los 80 a la que seguro se sumará toda la tropa habitual. Podríamos ir con Ricky Rubio, Sergio Rodriguez, Sergio Llull, Rudy, Navarro, Abrines, Pau Gasol, Marc Gasol, Willy Hernángomez, Mirotic/Ibaka, Felipe Reyes y uno más. Suena bien ¿no?.

Habrá que esperar a Septiembre, donde no perderemos ripio, disfrutando del presente sin pensar en el incierto futuro que se presenta una vez que algunos de estos grandes nombres nos abandonen definitivamente.

 

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A pocas horas de un nuevo enfrentamiento entre los dos equipos más potentes del panorama de la NBA, es un momento perfecto para analizar una rivalidad de las de antes, de miradas que matan, de las de no hacer prisioneros, de las que van mucho más allá de los deportivo. Si hay ahora mismo en toda la competición dos equipos a los que les recorre un escalofrío simplemente con que se nombre a su rival, estos son los Cleveland Cavaliers y los Golden State Warriors.

Nada enriquece más a un deporte que una rivalidad con enjundia, ya sea colectiva o individual. Los ejemplos abarcan la mayoría de los deportes. Qué seria del futbol o el baloncesto sin el Madrid y el Barça, el tenis sin Borg y MacEnroe, o Nadal y Federer, la F1 sin Lauda y Senna o Alonso y Hamilton. La NBA, sin ir mas lejos, revivió allá por los inicios de los 80 cuando Magic y Bird, Bird y Magic, los Celtics y los Lakers, revolucionaron la competición y colocaron los primeros cimientos de una globalización que no ha parado de crecer hasta hoy.

Desde hace tres años, con la irrupción de Curry y los francotiradores de Oakland, el enfrentamiento entre Cleveland y Golden State ha ido cogiendo fuerza hasta convertirse en una de las peleas más interesantes que se pueden ver hoy en día en el deporte mundial. Lo tiene casi todo para resultar atractiva. Comandada por dos superestrellas tan diferentes como Curry y Lebron James, que dirimen su particular enfrentamiento, representan universo diametralmente opuestos. Tan opuestos como las ciudades y estados que representan. Este y Oeste, la oscura Ohio frente a la luminosa California, lo industrial frente a la última tecnología, una ciudad con poco encanto frente a una zona poblada de los multimillonarios surgidos alrededor de Silicon Valley.

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Han bastado tres temporadas para que esta rivalidad cogiese altura. En la primera, los triunfadores fueron los Warriors, que se aprovecharon de las lesiones de Kyrie Irving y Kevin Love para lograr su primer anillo en décadas. Daba la sensación que se abría una nueva era, sospechas confirmadas cuando Golden State abordaron y superaron el mítico record de los Bulls de Jordan con el estratosférico 73-9. Mes y medio después dominaban la final por 3-1 y dos partidos por jugar en su campo, cuando todo se dio la vuelta como un calcetín y por primera vez en la historia, un equipo logró la hazaña de superar esa desventaja en unos últimos partidos, sobre todo el séptimo, para la historia. Los Warriors movieron ficha y convencieron a Kevin Durant en dejar Oklahoma e irse para California, completando una plantilla estelar. Pero el día de Navidad y en su primer partido de la temporada, los Cavaliers volvieron a ganar in extremis.

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Entre medias, piques, declaraciones, golpes, soberbios partidos, asombrosas actuaciones de sus mejores jugadores y la esperanza de que esto sólo puede ir a más. Tanto que a día de hoy, nadie se espera otra cosa que allá por el mes de Junio, se produzca la tercera final consecutiva entre los mismos equipos, cosa que no ha ocurrido nunca en la historia de la NBA.

La distancia que separa a ambos equipos es la misma que encontramos si comparamos a sus jugadores franquicia. Lebron y Curry se parecen como el agua al vino. Uno, el rey, es una fuerza de la naturaleza, un competidor inclemente, un tren de mercancías imparable para todos. El otro parece un tipo normal, con el físico justo, pero que en contacto con el balón se convierte en un mago al que la pelota le obedece, capaz de meter las canastas más increíbles desde los lugares más inconcebibles. Si Lebron es un terminator, Curry ha revolucionado el baloncesto al ampliar su radio de peligro a poco más de un metro de traspasar la línea de medio campo. Seguramente ni uno ni otro se llevará el MVP de este año, que es probable que lo disputen Harden y Westbrook, pero nadie duda que son los dos jefes de la competición.

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Y en esas están, haciendo que no se miran pero sin perderse nada de lo que está haciendo el otro, tachando días y partidos rutinarios sin mayores esfuerzos sabedores que están condenados de encontrarse a la hora de la verdad, donde necesitarán toda su energía para poder doblegar a sus rivales. En la madrugada del lunes al martes se verán las caras en Oakland y no se darán ni las buenas tardes. Es sólo una batalla, pues la guerra de verdad no se dirime hasta Junio, pero alcanzado este punto, el sólo hecho de poder dar en las narices a sus adversarios hará que un partido de temporada regular parezca uno de playoff. Ya se sabe, al enemigo, ni agua.

Y mientras tanto, nosotros disfrutando cada enfrentamiento como un niño el día de Reyes.

Historias a seguir en 2017 (I) ¿Hasta donde Luka?

Por: Juanma Iturriaga

09 ene 2017

Ya pasó, ya pasó. Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo, Reyes, comilonas, ciudades enloquecidas por el virus del consumo, televisiones en constante modo resumen anual, regalos, estrés, cuñados, añoranza por los ausentes… como todos los años, es muy probable que esta época del año nos haya dejado exhaustos, física y mentalmente, hasta tal punto que la vuelta a la normalidad, el curro, los atascos y esas cosas, nos puede parecer que tampoco es tan grave. El 16, el año de la posverdad, deja paso al 17, que vete tú a saber por donde nos lleva, ahora que las vísceras están reemplazando al raciocinio como asesores del ser humano. Pero bueno, no nos pongamos trascendentes nada más empezar el curso. Para ello, repasemos algunas historias que pueden resultar interesantes de seguir en los próximos meses en el universo de la pelota y la canasta. La primera tiene como protagonista un adolescente que parece llamado a romper la baraja.

¿Hasta donde Luka?

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Cada vez que aparece un joven talento resulta inevitable elucubrar sobre sus límites, transportarse hacia el futuro para intuir hasta donde puede ser capaz de llegar. Desde que se corrió la voz que en la cantera del Madrid había un chaval que se llamaba Luka Doncic que estaba rompiendo todos los récords de precocidad, cada temporada revisamos estas previsiones dependiendo su velocidad de maduración. En el caso de Luka, lo hacemos casi siempre al alza, pues va incluso algo más rápido de las mejores previsiones. A punto de cumplir 18 años, su relevancia en el Real Madrid, un equipo aspirante a recuperar el trono europeo, no para de crecer. El hueco dejado por la marcha del Chacho ha acelerado el proceso, y en estos cuatro meses de temporada que llevamos no ha parado de dejar pistas de que estamos antes un auténtico fenómeno. Hace doce meses su presencia en la pista era una novedad, hoy resulta imprescindible. Hace doce meses cada vez que salía los adversarios se echaban encima, intentando sacar provecho de su bisoñez. Hoy ya no se atreven, pues saben que lo que tienen enfrente no es un saco de nervios, sino más bien lo contrario. Su trabajo veraniego le ha modelado el cuerpo y afinado su puntería hasta convertirlo en un jugador todoterreno, capaz de dirigir, anotar, defender y rebotear con solvencia.

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Pero como cualquier crack que se precie, lo mejor parece estar en su cabeza. A velocidad de vértigo, su carrera le ha ido colocando en escenarios más y más exigentes, a lo que Doncic ha respondido con una naturalidad extraordinaria, tanto en el terreno deportivo como en el personal, lo que hace pensar que estamos ante una cabeza muy bien amueblada. Ni un solo gesto indica que se le esté yendo ni mínimamente el oremus, cosa que hasta sería comprensible cuando te atropella el camión de la fama a los dieciséis años.

Hasta aquí todo está en orden. Ahora bien, recordemos que estamos hablando de un chaval que todavía ni puede sacarse el carnet de conducir. Quiero decir que su carrera no ha hecho nada más que empezar, y debe atravesar todavía muchas etapas, algunas de ellas de alta montaña. ¿Seguirá su progresión meteórica? ¿Cómo se tratará si se ralentiza un poco?. Hasta ahora todo son alabanzas, ¿qué pasará si alguna vez llegan las críticas? Las expectativas son descomunales, se habla de Top 3 en el draft de la NBA y hasta he leído comparaciones con el joven Magic Johnson. Son palabras mayores y alcanzarlas no parece fácil. ¿Cómo se le juzgará si simplemente es un gran jugador de baloncesto y no una megaestrella? ¿Y si como les ha ocurrido a otros anteriormente, va a la NBA y cae en el sitio equivocado?

La ecuación tiene muchas incógnitas todavía, por lo que irse muy lejos en la previsión puede resultar excesivo. Por eso, en Enero de 2017, me pregunto como será la versión Luka Doncic de Enero de 2018. Si será ya el puto amo del Madrid, si hará 18 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias por partido sin necesidad de una actuación destacable, si su camino profesional y personal seguirá sin torcerse ni un ápice.

Pase lo que pase, su historia merece la pena seguirse paso a paso para saber si como decía esta portada de Gigantes, estamos ante El elegido

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Lo que nos deja el 16

Por: Juanma Iturriaga

22 dic 2016

A pocos días de cambiar de año, resulta inevitable echar un poquito la vista hacia atrás para ver qué nos ha dejado este 2016 que agoniza. Ha sido un año olímpico, una reseña siempre destacable cuando hablamos de deporte, más si cabe cuando, en lo que se refiere al baloncesto, la cosecha fue histórica. La NBA nos deparó dos acontecimientos difíciles de olvidar, y en lo que se refiere a los asuntos domésticos, se ha mantenido el dominio blanco, sin tanta apertura de vitrina como en 2015 pero suficiente como para que su jerarquía se mantenga. Vayamos por pasos.

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Doble pesca en Río

El verano olímpico fue doblemente fructífero, lo que obligatoriamente abre un hueco merecido en los libros de historia. Chicas y chicos subieron al cajón, unas colgándose la plata y otros el bronce. A la selección femenina no se le puede poner ni un solo pero. Su actuación fue espectacular, convincente, llevándose por delante a todo lo que se ponía por delante a excepción hecha del equipo estadounidense, que es otro mundo. Su segundo lugar cubrió definitivamente un hueco en su palmarés, completando un ciclo difícilmente mejorable, aunque la juventud y madurez de este colectivo augura un futuro igual de exitoso que hasta ahora.

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En cuanto a los chicos, si bien pillaron metal por tercera vez consecutiva en un partido agónico ante Australia, su actuación dejó la sensación de que nos quedamos un paso por debajo del que nos correspondía. Los titubeos iniciales esta vez sí que tuvieron penitencia, la de jugar la semifinal contra EEUU, donde estando más cerca en el marcador que nunca, estuvimos más lejos de la victoria que en las dos anteriores ocasiones. Viendo a Serbia finalista y siendo arrollada por Durant y compañía, echamos de menos que el equipo no hubiese encontrado su pedalada buena un par de días antes de lo que lo hizo.

Un récord y una final para la historia

Allende los mares, en la NBA, el año no puede considerarse otra cosa que extraordinario. Primero porque asistimos al acoso y derribo de un record que pensábamos inaccesible. El 72-10 de los Bulls fue superado por un equipo, liderado por un jugador de época, que está cambiando la forma de jugar a baloncesto. Los Warriors de Stephen Curry (MVP por unanimidad por primera vez en la historia) fueron durante ocho meses una máquina de jugar alegres y abiertos, correr, anotar y ganar partidos, uno a uno hasta llegar al mítico 73-9, un registro colosal.

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Su gesta finalmente no fue completada con un anillo, pues entre el esfuerzo al que tuvieron que someterse mientras otros se preparaban para llegar frescos a los playoffs y un lesión de Curry que alteró un poco su ecosistema, no llegaron a la final es su mejor momento. Y claro, allí les esperaba Lebron James, Irving y compañía para brindarnos una serie tremenda, agónica, que parecía resulta con el 3-1 inicial para Golden State pero que se dio la vuelta como un calcetín (la sanción en el quinto a Green pudo tener algo que ver) y que concluyó con un séptimo partido antológico, extenuante, que dejó dos jugadas imborrables. El tapón de Lebron a Iguadala con la cabeza casi pegándose al aro y el triple de Kirye Irving al que los Warriors ya no pudieron dar respuesta. Impresionante. Total, el King, más King que nunca.

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El Madrid prolonga su ciclo

Por estos lares el color predominante fue el blanco con mención especial al azulgrana, pero no el del Barça, sino el del Baskonia. Por primera vez en unos cuantos años, el Madrid hizo doble doblete y su ascendencia fue incuestionable. Hasta Abril realizó un ejercicio de supervivencia que terminó con su eliminación en cuartos de Euroliga, lo que le permitió recuperar el aliento para terminar arrasando. Son ya cinco años bajo la dirección de Laso y el proyecto no ofrece signo alguno de una caducidad a corto plazo, sino más bien lo contrario, por mucho que para esta nueva temporada perdiesen al Chacho Rodríguez, lo que por otro lado ha permitido abrir un hueco para la progresión de Luka Doncic, la joya de la corona para los próximos dos años.

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Meritorio también el año del Baskonia, único representante en la Final Four que terminó ganando el CSKA. La capacidad para conseguir proyectos competitivos de los vitorianos, a pesar de perder casi siempre sus piezas más importantes es digna de elogio y después de unos años más titubeantes, ha recuperado posición y prestigio.

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Lluvia de dólares

Otro hecho destacable del año es el chorro de millones que cayó sobre los equipos de la NBA, lo que propició que un verano de fichajes y renovaciones con cifras de vértigo. Más que nunca la marcha de jugadores de nuestras ligas hacia allí se haya convertido en uno de los mayores peligros para las competiciones europeas. Y lo que te rondaré morena, pues la cosa parece que va a ir a más ahora que el acuerdo entre la liga y los jugadores parece próximo. Por de pronto ya tenemos 10 españoles allí, y tiene pinta de que la cifra irá en aumento pues a la oferta deportiva se unirán cantidades de dólares difíciles de rechazar.

Bueno, pues eso ha sido todo. Espero que paséis un buen final de año y que el 2017 nos trate bien a todos. Y como decía el gran Stevie Wonder, si bebes no conduzcas.

Prohibido tocar

Por: Juanma Iturriaga

17 dic 2016

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Hay cosas que me gustan del fútbol. Suficientes como para que desde pequeñito quisiese jugar, cosa que evitó un entrenador de mi colegio que me cogió de la oreja (en sentido literal) y me llevó a una cancha de baloncesto que ya no volvería abandonar los siguientes veinte años. He disfrutado viendo a Pelé, Cruyff, Maradona, Van Basten, Butragueño, Michel, Laudrup, Romario, Xavi, Iniesta, Zidane, Ronaldo el zumbón, Messi o cualquier jugador talentoso de los muchos que han salido en los últimos cincuenta años. Mis filiaciones, en cuanto a equipos, van desde cualquier Athletic, por cuestiones obvias, hasta el Holanda o Brasil de los 70, el Madrid de la Quinta, el Milán de Gullit y compañía, el Barça de Cruyff y Guardiola, nuestra maravillosa selección del tiqui taca y hasta sufrí con aquel Atletico de Madrid de Luis, Garate y ratón Alaya. Como ya he repetido en muchas ocasiones, me gusta más el fútbol que los escudos, por lo que hago míos cualquier colectivo que engrandezca este deporte.

Dicho esto, hay cosas que NO me gustan del fútbol, y sospecho que cada día son más. No me gusta la desorbitada importancia que ha ido adquiriendo en los últimos tiempos. No me gusta la creciente servidumbre hacia las estrellas a los que se les permite y perdona todo, defraudaciones recaudatorias incluidas. No sólo eso, sino que les protege, lo que quizás es hasta delito. No me gusta que todo, y digo TODO, esté contaminado por el partidismo, por lo colores, por los escudos. Que cada vez haya más gente que traduzca cualquier opinión en base a tus supuestas simpatías. Que no puedas criticar a un equipo sin ser anti. No me gusta que la rivalidad entre Messi y Ronaldo, que ha llevado a los dos a cotas que seguramente no habrían conseguido sin tener al otro enfrente, haya llegado mediáticamente a terrenos absurdos y hasta estúpidos, como aquello de los yates de este verano. Que siendo madridista, si dices algo a favor de Messi tengas que compensar con algo bueno sobre Ronaldo para no enfadar al madridismo. No digo y viceversa, pues para encontrar un halago en los medios catalanes hacia el portugués, hay que buscar mucho, mucho, mucho.

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Pero hay pocas cosas que me parecen más absurdas como la resistencia a la introducción de la tecnología. En este mundialito o lo que sea, que deportivamente no da ni para media página, a falta de discusión futbolística se ha desencadenado toda una catarata de reacciones contra la utilización del video in situ para poder aclarar algunas jugadas. No es la primera vez que “la gente del fútbol” saca las uñas para defender la pureza, autenticidad, esencia o yo qué sé de este deporte, al que al parecer, mejorar su justicia limitando los errores le sienta muy mal. Algunas de las razones expuestas son difícilmente sostenibles. Por ejemplo que se diga que interrumpe el juego cuando estamos hablando de una especialidad donde se juega más o menos la mitad del tiempo, estando el juego parado la otra mitad, es hasta de chiste. Más lugares comunes. El error arbitral forma parte del juego. Pues ¡ole! ajo y agua. O que es un juego donde la interpretación tiene tanto peso que resulta imposible otra cosa que asumirla.

No acabo de entender tanta resistencia, salvo que pienses que estamos ante el deporte perfecto. Por supuesto que no se trata de robotizar el juego o en parar cada dos minutos, sino simplemente conseguir dinámicas sencillas (la consulta arbitral lo es, por mucho que se presente como algo muy complicado) en determinadas jugadas claves que puedan limitar los fallos arbitrales. Es evidente que llevará un tiempo su correcta implantación, elegir el tipo de jugadas a revisar y cosas así, pero sospecho que está llegando para quedarse.

Aunque puede que esté equivocado y menosprecie las fuerzas inmovilistas que han reinado en este deporte. Unas fuerzas que tardaron siglos en darse cuenta que el tema de la distancia en las barreras, una autentico dolor de cabeza para los árbitros, y donde la pillería campaba por sus anchas (muy educativo por cierto lo que veíamos una y otra vez) se solucionaba con un simple spray.

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Por: Juanma Iturriaga

08 dic 2016

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No es fácil evaluar a un entrenador, incluso en un deporte tan ligado a los números como es el baloncesto. Seguramente será por la dificultad de saber con cierta exactitud hasta donde llega su responsabilidad, tanto en lo bueno como en lo malo. Sus decisiones están siempre condicionadas a la posterior actuación de los jugadores, que pueden echar al traste un buen planteamiento táctico (y también lo contrario). Aunque nadie está a salvo de las interpretaciones personales de cada aficionado o periodista, los jugadores cuentan con más elementos objetivos. Si has hecho un 45% de tiros de tres puntos, nadie podrá discutir que estamos ante un buen tirador de distancia. Si coges 8 rebotes por partido, será difícil ser apuntado por falta de brega en ese apartado. Los entrenadores, en cambio, están totalmente expuestos a las filias y fobias, no valiendo ni siquiera el balance de victorias/derrotas. Por ejemplo, a Sergio Scariolo, que en seis años al frente de la selección ha cosechado una plata y una bronce olímpico más tres oros europeos, se le sigue observando con lupa, y para muchos el mérito de estos logros es debido fundamentalmente a los jugadores con los que cuenta.

Lo mismo que hay Scariolos que tienen que estar demostrando hasta el infinito sus valías, hay otros que hagan lo que hagan, son siempre unos grandes entrenadores, porque un buen día así fueron etiquetados. Y es que si hay un universo donde los una vez establecido un tópico resulta casi imposible derribarlo, ese es el de los entrenadores. Digo casi imposible pues existe algún caso en el que se produce el milagro. Como el de Pablo Laso, que ayer cumplió su partido número 400 al frente del Real Madrid.

No ha sido fácil, pero quiero pensar que finalmente se está reconociendo la descomunal tarea realizada por un entrenador cuya contratación provocó de todo menos confianza en sus habilidades. Ha costado cuatrocientos partidos, muchos títulos y un atractivo estilo de juego, pero parece que, salvo para aquellos que no se bajan de la burra ni a tiros, el consenso sobre su trabajo es todo lo unánime que se puede conseguir en un país como el nuestro.

 

El triunfo de Laso es una reivindicación de las ideas por encima de las modas, de la paciencia por encima de las urgencias, de la humildad por encima de los protagonismos. Hemos visto muchas veces como entrenadores traicionaban sus idearios por diferentes razones como miedos, inseguridades, presiones internas o externas o una racha de resultados. Ni siquiera en los peores momentos, que de todo ha habido, Laso ha sucumbido a la tentación de variar las líneas principales de su hoja de ruta. Este empecinamiento finalmente ha sido tremendamente positivo pues, al librarlo de bandazos y teniendo claro los objetivos y la forma de conseguirlos, ha posibilitado ir mejorando poco a poco el modelo, afinando el entramado profesional y humano para mantenerlo vivo, activo, ambicioso, hasta el punto que después de cinco años tan exitosos, este grupo mantiene intacto su hambre competitivo.

Y hay otra cosa que creo debemos agradecer a Pablo Laso. Que ya no haya marcha atrás para los que vengan después. Que el Madrid ha recuperado su estilo de siempre, olvidado a base de cambios constantes de rumbo y que no queremos volver a perderlo bajo ninguna circunstancia. Que las formas son importantes. Que el baloncesto es un juego para divertir, no para elucubrar. Que ya no sirve cualquier tipo de entrenador. Que la paciencia es la madre de la ciencia. Muchas cosas que se olvidaron en una travesía del desierto que duró casi dos décadas y que con la llegada de Pablo Laso se han recuperado.

Quizás ese sea el mayor legado lasiano. Cambiar la historia de un club con mucha, muchísima historia.

¡Viva el deporte!

Por: Juanma Iturriaga

29 nov 2016

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No cabe duda la capacidad que tiene el deporte como generador de emociones. Ahora bien, buena parte de este poder proviene de nuestra historia personal, las filiaciones, las banderas o los colores que en un determinado momento abrazamos para no olvidarlos jamás. Ligados emocionalmente a un determinado deportista o equipo, es normal que se te muevan las entrañas cuando juega, disfrutes en el éxito o sufras en los tropiezos. Ahora bien, existen momentos, situaciones, partidos, en los que esta capacidad de ponerte los pelos de punta trasciende las camisetas, los deportistas o los equipos que consideras propios. Y dejan de importar los escudos, los recuerdos infantiles, las historias transmitidas de generación en generación. Partiendo casi de cero, sin necesidad de un bagaje anterior, ese poder hipnótico del deporte te atrapa y se apodera de ti, te mantiene pegado al televisor y te zarandea emocionalmente.

Me ocurrió el domingo pasado, cuando buscando algo para pegarme una siesta que mi cuerpo pedía a gritos, me dí de bruces con la final de la Copa Davis. Croacia dominaba a Argentina por 2-1 y en el cuarto partido Cilic aventajaba a un agotado Del Potro por dos sets a cero. Vamos, que todo apuntaba a que los compatriotas de Ginobili se iban a quedar otra vez a las puertas de un trofeo que perseguían con ahínco desde hace muchos años. Como Del Potro cuenta con mi eterna devoción, di descanso al mando a distancia hasta asegurar que aquello no tenía vuelta de hoja. En estas, Delpo empezó a dar señales de vida. Entre punto y punto abría la boca como un pez sacado de la pecera, pero cuando la pelota estaba en juego, a la menor ocasión lanzaba unos misiles que empezaron a hacer mella en la moral de Cilic. La gesta parecía imposible (Del Potro no había remontado dos sets en contra en TODA su carrera) pero esa increíble capacidad para jugar en modo agonía que vimos, por ejemplo, en la semifinal de los Juegos de Rio ante Nadal, merecía seguir enchufado. Ganó el tercer set y los 4.000 argentinos presentes ¡en Zagreb! despertaron de su abatimiento y se pusieron a empujar a su ídolo.

Del Potro ganó el cuarto set administrando como un maestro sus energías, parando el partido cuando le faltaba el aliento, rascando segundos donde se pudiese, corriendo sólo a las bolas a las que podía llegar. A cada punto conseguido boqueaba y cargaba pilas directamente de un público que cada vez estaba más entregado. Y llegó el quinto, la heroica, los dos jugadores agotados después de cuatro horas, las aficiones rugiendo en cada acierto y cada error, la electricidad traspasando la pantalla. Del Potro debía ceder en algún momento, no era posible que aguantase tanto, las piernas de Cilic parecían menos castigadas.... Pero aguantó, otra vez, y su enternecedora resistencia tuvo un final feliz.

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Cuando Del Potro en la entrevista en la que no podía ni tenerse en pie, dio las gracias entre lágrimas a aquellos que no le dejaron retirarse, el nudo que tenía en mi garganta era de los de categoría.

Argentina primero empató, y con el subidón de Delpo, llegó Delbo y remató la faena, logrando lo que unas horas antes parecía imposible. A veces, no siempre, existe cierta justicia que hace que los que la siguen durante años, la puedan conseguir. El equipo argentino, a pesar de muchas enormes decepciones, no ha cejado en su empeño de pelear por su sueño, y por fin, cuando el camino era más empinado (ganó todas su eliminatorias como visitante) alcanzó la cima.

El caso es que ni yéndome ni viniéndome, no siendo ni argentino ni croata, el espectáculo, la emoción, la lucha, el agotamiento, los rostros de tensión, la pasión de todos, terminaron contagiándome, arrastrándome y agitándome como si estuviese emocionalmente involucrado.  Cuando esto ocurre, no puedes decir otra cosa que ¡Viva el deporte!.

 

Confianza extrema

Por: Juanma Iturriaga

23 nov 2016

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Hace un par de semanas, Stephen Curry falló los diez triples que lanzó en un partido ante los Lakers y por primera vez en casi dos años, se marchó al vestuario sin hacer ni una sola vez chofffff desde más allá de los 7 metros. Tres días después, en el siguiente encuentro, batió el record de triples dejándolo en 13. Rendido al talento de su jugador, Steve Kerr, entrenador de los Warriors, dijo esto: “La autoconfianza de Curry solo la he visto en Michael Jordan”. Y yo me pregunto si Kerr ha seguido la carrera de Sergio Llull, porque de hacerlo, igual le metería junto a estos dos monstruos.

Vale, vale, no os calentéis ni gritéis, herejiiiia. No estoy diciendo que Llull esté a la altura del probablemente mejor jugador de la historia del baloncesto o de un hombre que está cambiando la forma de jugar a este deporte. Eso probablemente no lo piensen ni en su familia, que supongo que le querrán con locura. Les separan muchas cosas, por supuesto, pero les une una: la extrema confianza que tienen en ellos mismos. Porque Sergio no es Curry, ni Jordan, pero a veces su actitud en la cancha resulta muy parecida. Sobre todo cuando la cosa se pone calentita. Pide el balón, se lo queda casi en propiedad, se la termina jugando y en un buen número de ocasiones, la mete por lo civil o por lo militar, de una forma ortodoxa o rozando lo imposible.

Dejemos las comparaciones y centrémonos en Sergio Llull, el probablemente mejor jugador europeo en la actualidad. Un hombre al que aparte de sus piernas, dinamita pura, le ha catapultado hasta la élite una seguridad en sus capacidades que podríamos considerar hasta pasmosa. Llull se siente capaz de todo, y esto no es cosa de ahora o de hace dos o tres años. No, Sergio vino de serie así, y seguramente hay una jugada que en su momento provocó mucha controversia y visto desde ahora, fue toda una premonición. Me refiero a aquel día en Polonia, cuando una España todavía dubitativa necesitaba enderezar el rumbo cuanto antes. Era el primer partido de la segunda fase y teníamos enfrente a Turquía. El partido llegó vivo al final y todo se decidió en un saque de banda español después de un tiempo muerto. Cualquiera hubiese apostado que serían las manos de Pau Gasol o Juan Carlos Navarro las depositarias del futuro español. Pero la pelota le llegó a Llull, que debutaba ese verano en la selección, y ni corto ni perezoso se fue como un poseso hacia la canasta.

Es probable que hubiese falta, pero el caso es que falló y España perdió. Y por primera vez en muchos años, un jugador de la cuasiperfecta selección de baloncesto (Mar Gasol) hizo una crítica pública diciendo que no era de recibo que se la hubiese jugado un recién llegado. No se sabía si el reproche iba contra Llull, contra Scariolo o simplemente era un comentario desde el cabreo de la derrota. Afortunadamente, después de aquello España ya no volvió a caer y por primera vez en su historia logró el oro europeo.

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Aquello que vimos en Polonia lo hemos vuelto a ver cientos de veces. Y cada vez con un acierto mayor, hasta el punto de que su registro de jugadas llamémoslas milagrosas resulta impresionante. Pero son milagrosas para nosotros, no para Llull, que cada vez que se levanta, esté en la posición que esté, sea un buen tiro o una mandarina, a cuatro metros o a 20, da la sensación que la tira convencido de ser capaz de meterla. Sólo de esta forma se entiende tal cantidad de canastas para la historia.

Dicen que el juego es una cuestión de confianza. Sin duda, pero la confianza debe tener un nexo, una buena relación con la realidad. Porque si no, se convierte en temeridad. Nada hay más peligroso para un equipo que un jugador cuya confianza saque unas cuantas cabezas a su talento o porcentajes. Porque esto quizás le haga meterse en berenjenales para los que no está preparado, o para los que hay otros en mejor disposición. En el caso de Llull, la sintonía es perfecta. Todo lo que intenta hacer, incluso lo más descabellado o complejo, es factible de terminar con el balón besando las mallas, seguramente porque en su cabeza es capaz de visualizarlo.

Pero es que además, ahora ya no solo está para el milagro, sino para mantener más que nunca a su equipo. El hueco dejado por Sergio Rodríguez no era fácil de cubrir, pues no se trataba sólo de números, sino que su influencia iba mucho más allá. El asunto pedía un paso al frente, y el primero que lo ha dado ha sido Llull. Su figura se ha engrandecido, su autoridad en la cancha ha dado un salto cualitativo y ya nadie duda que la jerarquía del Madrid comienza por su persona.

Seguro que él lo sabe, y no le inquietará ni lo más mínimo. Al fin y al cabo, siempre se ha visto capaz de todo.

Cuando casi todo es excepcional

Por: Juanma Iturriaga

16 nov 2016

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En la carrera para atraer una atención cada vez más dispersa ante la infinidad de invitaciones a todo tipo de elementos de ocio que están a nuestro alcance, se nos está yendo la mano con los adjetivos. Pones la tele y escuchas con machacona repetición lo asombroso, increíble e inolvidable que es lo que estás viendo o te van a poner. Lo mismo pasa con otros medios, y no te digo nada en el universo de la red. Te vas a cualquier página y los titulares son a cada cual más rimbombantes. Un control básico de pelota de un futbolero famoso en mitad de un entrenamiento puede ser anunciado como el no va más. Una asistencia del Chacho o de Ricky, un pase de espaldas de Lebron o un buen juego de pies de Marc o Pau puede ser tratada como si no hubiese habido algo parecido antes. Un ejemplo de ayer mismo. Titular: Ricky la lía en Minnesota ¡asistencia de locos hacia atrás!. Y en el primer párrafo avisa que todo el pabellón se levantó de sus asientos y hubo hasta desmayos (esto último de los desmayos es cosecha mía). Luego ves la jugada y hombre, la asistencia está muy bien, pero lejos de algo de locos o de poner en pie a 10 mil personas.

Dentro de esta corriente, capítulo especial merece la absurda, incontrolada e insoportable servidumbre a los héroes futbolísticos, que son alabados diariamente hasta la nausea, muchas veces desde los propios clubes, que creen a ciegas que su permanencia en la institución depende del numero de halagos que reciba. La palma en este apartado se la lleva, como no, el duo Messi-Ronaldo, que no sólo compiten deportivamente, sino que están provocando también otra lucha, la que llevan a cabo unos cuantos medios de comunicación y que trata de ver quien logra alegrar el oído o la vista al susodicho, su entorno y su afición con el mayor halago, que por otro lado, puede venir por alguna genialidad o por algo que en lenguaje vulgar denominamos una auténtica chorrada.

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Y claro, llega un momento que resulta agotadora la saturación de adjetivos grandilocuentes, que terminan por perder su sentido inicial y dejan de resultar atrayentes por pura repetición. A veces, en los recorrido por los medios, me da la sensación de estar en Atenas, dando un vuelta por los alrededores de la Acrópolis y siendo asaltado cada diez metros por un camarero que me invita a pasar a su restaurante prometiéndome una experiencia culinaria única. Cualquiera que haya ido a Atenas sabe que las posibilidades de que sea cierto son realmente escasas.

Hace unos cuantos años y hablando de la paulatina bajada de audiencias televisivas de la liga de baloncesto, un experto en medios me contaba que el futuro iba hacia la televisión acontecimiento. Es decir, que cualquier partido o programa que no fuese y vendiese como tal lo iba a tener crudo. Bajo esta teoría, que con el tiempo se ha mostrado acertada, un partido de los muchos de los que se compone la temporada regular y cuya transcendencia suele ser mínima porque casi todo tiene remedio, iba a ser rechazado por el público.

La Champions de fútbol, por ejemplo, ha optado claramente por el modelo de acontecimiento. Una fase previa de seis partidos y a eliminarse. Así cada partido adquiere excepcionalidad, pues son muy pocos, y simplicidad en el formato, pues basta conectar dos neuronas para hacerlo entendible. 

El problema viene cuando queremos colocar la etiqueta de acontecimiento a todo. La generación de contenidos es bestial, lo que eleva la competencia hasta el infinito. En el intento publicitario de dotarles de espectacularidad y singularidad, estamos terminando por confundir lo normal de lo excepcional, lo que pasa un vez al año con lo que ocurre todos los días. Tengo mis dudas de la efectividad de esta forma de publicidad, pues los adjetivos, cuando son demasiado utilizados, terminan perdiendo parte de su significado. Igual finalmente ocurre algo parecido como en el cuento de Pedro y el lobo. Tantas veces se nos ofrece la octava maravilla que terminamos por convertirnos en escépticos y damos la espalda a tanto vendedor desaforado. E igual, el día que viene el lobo, ese momento que está a la altura de calificaciones fuera de serie, nosotros pasamos de largo.

Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

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