David Alandete

Armas fuera

Por: | 15 de marzo de 2012

PanettaPanetta, escoltado en Helmand (Scott Olson/AFP)

Sólo hay una instancia, en una base militar norteamericana en zona de guerra, en la que un soldado deja el arma a la puerta: en el gimnasio. En el resto, el arma siempre debe ir en el cinto o colgada al hombro. Es necesario, porque no son poco comunes los casos en que los ataques llegan por sorpresa y por vía aérea.

Por eso provocó curiosidad el otro día un titular como éste: “Los marines, obligados a dejar sus armas durante el discurso de Panetta”. ¿Por qué aquellos soldados que se suponía que debían proteger al jefe del Pentágono, Leon Panetta, se veían obligados a dejar sus armas? Era algo insólito.

Momentos después, el portavoz del Pentágono, George Little, reveló la información que nos faltaba: al aterrizar, un afgano había conducido un coche a la pista en la base de Camp Bastion, en Helmand. Little se negó a definir el incidente de ataque, pero a todas luces lo era. El conductor había salido del vehículo en llamas.

El nerviosismo parecía tornarse en paranoia. Los mandos de Camp Leatherneck, la base del Marine Corps que Panetta iba a visitar, dijeron lo de armas fuera. ¿Sospechaban que podía haber algún traidor entre las tropas? Ciertamente, si el afgano que condujo el coche -y que ha fallecido- estaba en la pista de aterrizaje es porque recibió todas las autorizaciones para estar dentro de la base. Es decir: era de confianza.

En realidad, se trató de un gesto no desconfianza hacia las propias tropas, sino hacia las que supuestamente son aliadas. No era paranoia, sino recelo. En la reunión había miembros del Ejército afgano, plagado de deserciones y traiciones. A ellos el Pentágono no les iba a permitir tener a Panetta delante mientras estaban armados. Y para no provocar agravios comparativos...

Es un incidente menor, pero revela la verdadera naturaleza de las relaciones entre Afganistán y su amigo americano. El segundo sabe que en dos años debe cederle la soberanía y el control de la seguridad del país al primero. Y debe hacer que se sienta seguro, confiado, apoyado. Pero lo cierto es que no se fía, porque no tiene motivos para ello.

¿Pruebas? Las hay a miles. Por ejemplo: hace aproximadamente un año un soldado afgano abrió fuego contra un grupo de mandos norteamericanos en el aeropuerto de Kabul. Murieron nueve, la gran mayoría de elevado rango. Fue uno de los días más aciagos para el Pentágono en esta, su guerra más larga. El incidente se sigue citando en las bases de EE UU como una prueba de que a las fuerzas armadas afganas mejor tenerlas bien cerca, y atadas con correa.

XXX

Esta entrada ha sido modificada el 16/03/12 para incluir la siguiente corrección: En las bases norteamericanas en Afganistán sí se permite la entrada de armas en los comedores.

Hay 8 Comentarios

Oye, carioni, a ver si mejoras con la recolecta de propaganda, que eres un cansino pegando lo mismo en todas partes. ¿Cuánto te pagan, macho? Porque te aseguro que lo que te paguen es mucho.

MATAR CUANDO LA GUERRA YA NO TIENE SENTIDO (3). En My Lai, entre 375 y 520 civiles vietnamitas, en su mayoría mujeres y niños, fueron masacrados a sangre fría por soldados norteamericanos que, en su mayoría, se callaron. Fue después de que apareciera el primer artículo de Hersh que se publicaron fotografías de la masacre –tomadas, mientras ocurría, por un fotógrafo del Ejército norteamericano que estaba en el lugar— en los diarios y en la revista Life. Dada la tecnología actual y la febril cultura mediática de último minuto, parece improbable que algo de esa escala pudiera ocurrir hoy y ser encubierto. Pero el hecho de que menos civiles –y también soldados—mueran en las guerras de hoy no mitiga los espantosos horrores de sus acciones o reduce el daño político en Afganistán. Los aliados de la OTAN están buscando salirse con algo de gracia y dignidad de una situación que se ha vuelto fea y en la cual su enemigo designado, los Talibán, no sólo ha ganado terreno, sino que luce como probable reconquistador del poder una vez que esa salida final se produzca. En el otoño (boreal) de 2010, visité al Mullah Zaeef, un ex enviado de importancia de los Talibán y prisionero de Guantánamo después del 11 de septiembre de 2011, quien, desde su liberación y retorno a Afganistán, ha vivido en una villa de Kabul con guardias provistos por el presidente Hamid Karzai. Aunque formalmente evita todo contacto con sus camaradas talibán de antaño que todavía están en la pelea, Zaeef conserva, claramente, el rol de intermediario; Karzai y muchos oficiales militares y de inteligencia norteamericanos y de la OTAN lo ven, ciertamente, como un posible enlace con los talibán moderados. Zaeef dijo que le divertía haberse vuelto objeto de atención de tantos funcionarios occidentales. Pero, en primer lugar, no estaba seguro de quiénes podían ser esos talibán “moderados”. En cuanto al valor de negociaciones futuras, sonrió cortante y dijo lo único que los talibán podrían estar dispuestos a conversar con los norteamericanos y sus aliados son las condiciones de su retirada total del país. Un acuerdo tal podría determinar si dejarán Afganistán con alguna apariencia de dignidad o no, afirmó. Jon Lee Anderson.The New Yorker.


MATAR CUANDO LA GUERRA YA NO TIENE SENTIDO (2). Tales incidentes no son desconocidos para los norteamericanos –o no deberían serlo. También ocurrieron en Irak. Hubo las ignominias de Abu Ghraib y la masacre de Haditha, y miles de incidentes menores, a veces no reportados, en los que los soldados humillaron, mataron o abusaron de civiles iraquíes por razones que tenían menos que ver con sus posibles intenciones hostiles y más con sus propios miedos y odios. En el verano de 2003, en Fallujhan, conocí a un soldado norteamericano que se vanaglorió ante mí de haber “quemado” a vehículos civiles que se acercaban por el camino entre Basora y Bagdad porque no estaba seguro de quién estaba en ellos. En ese momento, dijo, había parecido más prudente matarlos que dejarlos vivir, sólo por la posibilidad de que pudieran ser hostiles. El modo en que me contó sus experiencias, sin embargo, dejaba vislumbrar una realidad que a pocos soldados les gusta discutir: que a veces matan porque la oportunidad está allí y porque, en ese momento, a algunos de ellos les resulta divertido. Siete años después, ese mismo soldado me contactó por carta para decir, arrepentido, que era muy diferente de aquel joven que había conocido. Tuve la sensación de que buscaba alguna clase de expiación por las cosas que había hecho, pero también quería mi comprensión. Expresaba un claro sentido de autoconciencia y me preguntó adónde lo llevaría. Dos generaciones atrás, antes de Twitter y YouTube y de celulares con cámara, los soldados norteamericanos en Vietnam demostraban rutinariamente su odio hacia el pueblo del país que los hospedaba de modos a menudo peores y mucho más frecuentemente que en Afganistán. En esos días, llevó mucho más tiempo al público norteamericano descubrir cada uno de los episodios –más de un año en el caso de la masacre de My Lai, en 1968. “Nadie quería ser el primero en publicarla”, escribió recientemente Seymour Hersh, quien sacó la historia a la luz. Jon Lee Anderson.The New Yorker.


MATAR CUANDO LA GUERRA YA NO TIENE SENTIDO (1). La masacre en Kandahar (Afganistán) Todo indica que los militares norteamericanos y sus aliados de la OTAN no sólo han sobrepasado su estadía en Afganistán, sino también el punto en el que su presencia es otra cosa que tóxica. Mientras que los detalles exactos del incidente son todavía poco claros, es sabido que, temprano en la mañana del domingo (11 de marzo de 2012), un soldado norteamericano aparentemente asesinó a sangre fría a 16 civiles afganos en el distrito Panjwai de la provincia de Kandahar. Nueve de las víctimas, se informó, eran niños. Este es meramente el último eslabón en una cadena de episodios en los que los soldados norteamericanos –pese a las intenciones positivas de la abrumadora mayoría de ellos—han mostrado desprecio, falta de respeto y, cada vez más y en forma trágica, odio por la gente del país que los alberga. Dos semanas atrás fue la quema accidental de ejemplares del Corán y otros textos sagrados en una base militar norteamericana –la noticia llevó a furiosos motines en todo Afganistán y a la muerte de al menos treinta personas, incluyendo a seis soldados norteamericanos. En enero, fue un video, filmado por los propios soldados norteamericanos, que mostraba a cuatro marines orinando sobre los cadáveres de varios afganos, sospechados de ser parte de los talibán, a los que habían matado. En 2010, en Maiwand, una provincia del sur –no lejos del distrito Panjwai—, un grupo de soldados norteamericanos emprendió el “asesinato deportivo” de civiles afganos: se tomaron fotos posando con sus víctimas y recolectaron partes de sus cuerpos como trofeos. Jon Lee Anderson.The New Yorker.

Alandete, saludos. Cuando han dado la orden de desarmar a todo el personal militar norteamericano que participaría en CAMP LEATHERNECK,la base MARINE CORPS en Afganistán, durante el discurso a las tropas ofrecido por el Secretario de Defensa Leon Edward Panetta ( 1938) es porque las cosas van verdaderamente mal. Si tu propia Contrainteligencia no confía ni en sus propios soldados, mejor empaca y regresa a casa. Y cuanto antes, mejor. La “aventura afgana” para los EU terminó. NOTA: Sólo hay una instancia, en una base militar norteamericana en zona de guerra, en la que un soldado deja el arma a la puerta: en el gimnasio.sc

En el comedor los militares norteamericanos no dejan sus armas, comen con su fusil de asalto dentro del comedor.

¡Que se larguen de una p*** vez!
NUNCA debieron INVADIR AFGANISTÁN.
Es un ERROR tremendo que PAGAMOS TODOS.
FABRICANTES de ARMAS: no hacéis más que ORGANIZAR GUERRAS para VENDER vuestro MATERIAL ASESINO.
Sóis unos DELINCUENTES.

Alandete,saludos:"revela la verdadera naturaleza de las relaciones entre Afganistán y su amigo americano"....Alandete,muy buen chiste el tuyo.Con "amigos" como los Americanos, Afganistan no necesita de enemigos...sc

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Sobre el autor

es corresponsal del diario El País en Washington. En Estados Unidos ha cubierto asuntos como las elecciones presidenciales de 2008, el ascenso del movimiento del Tea Party o la guerra de Afganistán. Llegó a Washington en 2006, con una beca Fulbright para periodistas, a través de la cual se especializó en relaciones internacionales, conflictos armados y políticas antiterroristas.

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