David Alandete

Sobre el autor

es corresponsal del diario El País en Washington. En Estados Unidos ha cubierto asuntos como las elecciones presidenciales de 2008, el ascenso del movimiento del Tea Party o la guerra de Afganistán. Llegó a Washington en 2006, con una beca Fulbright para periodistas, a través de la cual se especializó en relaciones internacionales, conflictos armados y políticas antiterroristas.

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De Washington a Jerusalén

Por: | 16 de enero de 2013

Después de seis años trabajando en la delegación del diario El País en Washington, es hora de un cambio. En unas semanas asumiré la corresponsalía del periódico en Oriente Próximo, con sede en Jerusalén. Hoy es oficialmente mi último día en Estados Unidos.

Cuando llegué a este país en 2006, a cursar una beca Fulbright para periodistas, ante mi interés por el conflicto árabe-israelí, un profesor en mi máster de Política Internacional me dijo: “El conflicto y el proceso de paz se deciden tanto en Oriente Próximo como en Washington”. Con los años me di cuenta de que tenía razón. La influencia y las gestiones de la Casa Blanca y el Departamento de Estado han tenido tanto peso en el conflicto como algunas decisiones del ejecutivo israelí o de la Autoridad Palestina.

Muchos intentos ha habido en Washington por hacer avanzar el proceso de paz y salvar la llamada solución de los dos Estados, vecinos y en paz. En las últimas dos décadas, los mayores intentos diplomáticos se han producido normalmente en los segundos mandatos de los presidentes norteamericanos, ya libres del peso de ganar unas elecciones y decididos a dejar una impronta en la historia. Bill Clinton tuvo su cumbre de paz en Camp David, George Bush tuvo su conferencia de Annapolis y seguramente Barack Obama busque en los próximos cuatro años una revitalización del proceso, a pesar de su mala relación personal con Benjamin Netanyahu.

Son tiempos convulsos en Oriente Próximo. Los rebeldes en Siria ganan terreno lentamente ante un régimen al que, según se cree en Washington, sólo le queda ya la única opción de desmoronarse, con la onerosa cifra de 60.000 fallecidos en las revueltas. Las tempestades de la Primavera Árabe llevan ahora sus primeras ráfagas, aun suaves, a Jordania. Y en Egipto la aprobación de una constitución ha galvanizado a la oposición en una campaña contra lo que considera un rodillo islamista de Mohammed Morsi y los Hermanos Musulmanes, a la vez que la justicia ordena que se vuelva a juzgar a Hosni Mubarak.

Ha sido un reto y un honor poder contar en las páginas de EL PAÍS y en este blog asuntos como la guerra de Afganistán, los juicios en la base naval de Guantánamo, los abusos de la CIA, la saga de Wikileaks y el juicio al soldado Manning, así como las elecciones presidenciales y los grandes proyectos del Capitolio. El cambio será ahora de escenario. Las ganas y la ilusión por contar con honestidad los hechos siguen intactas. Ya no actualizaré este blog, pero pronto escribiré desde Oriente Próximo.

Los desafíos del Pentágono

Por: | 12 de enero de 2013

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Arranca una nueva legislatura en Estados Unidos con un nominado para Secretario de Defensa, el senador republicano Chuck Hagel, que, si es confirmado por el Senado, será el primer veterano de la guerra de Vietnam en ocupar el puesto. Barack Obama ha elegido a Hagel porque es un firme defensor de la idea de que es necesario buscar todas las alternativas antes de iniciar una ofensiva armada, una prudencia que será importante si Irán sigue avanzando en su programa nuclear. También ha apoyado, en el pasado, recortes en el gasto de defensa. Y lo cierto es que, gracias a diversos acuerdos en el Capitolio, en este segundo mandato de Obama habrá numerosas reducciones en la inversión en programas militares. Estos son los desafíos a los que se enfrenta la cúpula del Pentágono en el segundo mandato de Obama.

Recortes

Uno de los mayores retos del Pentágono en esta legislatura es el de los recortes en su financiación, impuestos por una serie de negociaciones entre el Congreso y el poder legislativo. El llamado abismo fiscal, que se evitó en año nuevo, hubiera impuesto unos recortes automáticos de 55.000 millones de dólares sobre el gasto militar. Los congresistas no llegaron entonces a un pacto para cancelar esos recortes, sino que simplemente los aplazaron hasta el mes de marzo.

Ahora, ese aplazamiento, junto con las negociaciones sobre el incremento del límite de endeudamiento del Gobierno y la aprobación de una ley de financiación de defensa, podrían crear “la tormenta perfecta de incertidumbre presupuestaria”, según dijo recientemente en rueda de prensa el jefe del Pentágono saliente, Leon Panetta.

El presupuesto del Pentágono, sin contar el coste de la guerra de Afganistán, es de más de 500.000 millones de dólares anuales. De él dependen 1,4 millones de soldados en activo y unos 800.000 empleados civiles. Financiar la guerra de Afganistán cuesta unos 120.000 millones de dólares al año. Ese gasto se irá reduciendo a medida que las tropas desplegadas vayan retornando a Estados Unidos, según el plan de retirada establecido por el presidente Barack Obama, que quiere que la guerra haya acabado a finales de 2014.

Con las miras puestas en África

A medida que avanza el repliegue en Afganistán, el Pentágono también consolida un cambio fundamental en la forma en que hace la guerra. El ascenso de generales como David Petraeus o Stanley MacChrystal durante los últimos años de George Bush y los primeros de Barack Obama marcó un cambio de la infantería tradicional a grandes operaciones contrainsurgentes. Hoy, yendo un paso más allá, las fuerzas armadas de EE UU cooperan más con la CIA, en ataques con misiles desde aviones no tripulados, y confían más y más en operaciones de alto riesgo, asumidas por equipos de élite como los Navy SEALS.

Tanto la Junta del Estado Mayor Conjunto como la cúpula civil del Pentágono han admitido recientemente que sus miras están puestas, más que nunca, en el norte de África. Siguen acosando a los líderes de Al Qaeda en Pakistán, Yemen y Somalia, pero ven con recelo los avances del grupo Al Qaeda en el Magreb Islámico en Malí y su poder desestabilizador en Argelia, Mauritania, Marruecos, Níger y Túnez. En 2008, el Pentágono creó un Comando África, bajo el que recae la responsabilidad de las tropas y operaciones militares de EE UU en todo el continente excepto Egipto.

Flota de drones

La flota de drones o aviones no tripulados del Pentágono irá creciendo de forma considerable en estos años. Un plan de recursos aéreos entregado al Congreso en abril contempla un incremento de drones de un 45% en los próximos 10 años. En este momento cuenta con unos 445 artefactos, empleados tanto para vigilancia como para ataque. Los modelos Reaper y Predator pueden ir cargados, entre otras armas, con misiles Hellfire. El Pentágono calcula que en 2022 tendrá unos 645 drones. El programa y los protocolos por los que estos aviones atacan objetivos de Al Qaeda en Asia y África sigue siendo secreto.

Mujeres en el frente

La cúpula militar también está sufriendo presión para permitir a las mujeres tomar parte en operaciones de combate, algo que les está prohibido por una directiva de 1994. Las mujeres soldado son sólo un 14% del personal en activo de las fuerzas armadas norteamericanas. Cuatro soldados demandaron en noviembre al gobierno federal norteamericano, pidiendo que se les deje servir en primera línea de combate junto a los soldados hombres. Las denunciantes argumentan que esa prohibición les impide, a largo plazo, obtener ascensos por mérito, y entienden que supone una discriminación.

Cuentan con poderosos enemigos en el Capitolio. Un nuevo congresista republicano por Arkansas, Tom Cotton, que además es veterano de guerra, dijo recientemente en un programa de radio: “El que las mujeres sirvieran en operaciones de infantería perjudicaría las labores esenciales de esas unidades... Ha quedado demostrado en estudio tras estudio, es una cuestión de naturaleza, de fortaleza y movimiento físico, de velocidad, de resistencia y todo lo demás”. Es por posiciones como estas por lo que las cuatro demandantes han optado por buscar una solución a su problema por la vía judicial.

(Foto: Chuck Hagel y Barack Obama, por Joshua Roberts, Bloomberg)

El País

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