Juan Gómez

La Canciller Sol

Por: | 04 de octubre de 2011

 

Un congreso federal es uno de los sucesos más farragosos para cubrir como periodista, lo cual es decir bastante. Probablemente también para participar como político (lo cual es decir más). Interminables ponencias, discursos, alocuciones, votaciones y enmiendas en el aire cargado de ferias de muestras provincianas como la de Karlsruhe. Comida rápida. Mucho café para superar en vigilia la menesterosa retórica de militantes llegados, pongamos, de la Turingia profunda (disculpen la redundancia) para pedir más subvenciones a los kindergarten. O quizá para todo lo contrario, vaya uno a saber. Nadie escucha a los delegados de provincias, pero los organizadores suelen disponer altavoces atronadores por todo el recinto para que uno pueda hacer oídos sordos desde cualquier parte. No hay escapatoria. Ni siquiera Internet ofrece una distracción fiable. Las redes renquean, saturadas por los móviles y los portátiles de periodistas y delegados. En suma: un congreso federal pone a prueba los nervios del más pintado.

No los de Angela Merkel.

Karlsruhe, la localidad donde hace un año se coronó presidenta de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) Karlsruher_Stadtansicht por quinta vez, tiene un nombre curioso ( “El descanso de Karl”) y una peculiaridad: sus calles históricas parten del palacio barroco del margrave como los rayos de luz nacen de una estrella. La revolución heliocéntrica de Copérnico encontró aplicación urbanística en la corte del margrave Karl III, el cansado fundador de la ciudad. El soberano, venía a decir la planta de Karlsruhe, irradia su luz sobre los súbditos como hace el sol con sus planetas.  


Firmada y enviada ya mi crónica sobre el Congreso de Karlsruhe, bebía yo cerveza entretenido en estos pensamientos* mientras el novato portavoz de Merkel, Steffen Seibert, andaba semiperdido por la zona de prensa intentando reconocer uno por uno a los corresponsales venidos de Berlín. El loable empeño le resultaba a duras penas. Medio tronados por casi 11 horas de Congreso, los periodistas asediaban el bar. A esas horas avanzadas de la tarde sólo se hablaba ya de una cosa: cuándo abriría el Pabellón 2 del complejo ferial, donde aguardaba el gran convite o cuchipanda que los prebostes democristianos bautizaron La tarde de Baden-Württemberg. Como imponderable apoteosis para un Congreso cuyo leitmotiv era la renovación de los valores conservadores de la CDU, se decía que Helmut Kohl vendría a comer salchichas con todos nosotros.

Pero eran casi las nueve, noche cerrada, y el debate seguía embarrancado en un bizantino asunto de diagnósticos prenatales. Para Merkel, la prohibición de esos diagnósticos era una oportunidad de appeasement de sus críticos católicos y conservadores. Un comodín que sacar de la manga cuando alguien critique los quebrantos del flanco derecha de la CDU. Sólo que aquello de los diagnósticos prenatales no interesaba a casi nadie que no llevara alzacuellos. La sangría de delegados y periodistas hacia los surtidores de cerveza hizo que algunos dirigentes democristianos se plantearan finalizar el debate para votar cuanto antes la moción. Y a otra cosa. 

Viendo que se le deslucía la moción que simbolizaba el reverdecimiento conservador de su CDU, Merkel reclamó el estrado, tomó el micrófono y se dirigió a sus delegados diciendo: “yo quiero que esto se debata como es debido”. Así que lo postergó hasta el día siguiente. Parecía un alivio para los presentes pero era todo lo contrario: había que someter dicho retraso a otra votación antes de finalizar la jornada. Hubo murmullos de protesta. En su mejor tono didáctico, Merkel llamó al redil: “no habrá cena en La tarde de Baden-Württemberg hasta que termine la votación; esta es mi propuesta y así lo vamos a hacer”.

La propuesta ganó de calle y el Pabellón 2 abrió bien pasadas las 9 de la noche. Salchichada ingente. La incansable Merkel llegó un poco más tarde, habló un ratito con Kohl y se fue a dormir. Había mucho que mandar al día siguiente.

  Merkel_reelegida_lider_UDC

 

 

 

 

 

 

 * Los incluí en la crónica, pero se quedaron fuera probablemente por razones de extensión. Eso explica lo de "impronta parecida" en el desconcertante comienzo del sexto párrafo.

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Sobre el autor

es el corresponsal de EL PAÍS en Berlín desde 2008. Fue becario de José Comas, que lo reclutó en 2006. Vive en la ciudad desde 2002. Estudió en Friburgo.

Correo: mail.berlinblog@gmail.com

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