Juan Gómez

Sobre el autor

es el corresponsal de EL PAÍS en Berlín desde 2008. Fue becario de José Comas, que lo reclutó en 2006. Vive en la ciudad desde 2002. Estudió en Friburgo.

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Merkel y la fábrica de salchichas

Por: | 09 de mayo de 2012

Una trinchera de la I Guerra Mundial. El capitán Edmund Blackadder acaba de entender la pregunta de Baldrick: “¿Cómo empezó la guerra?”.

  

El teniente George Colthurst St Barleig interrumpe: “La guerra empezó por culpa del vil teutón [hun, huno, es el insulto inglés] y de su pérfida ambición imperial”. Blackadder: “George, el Imperio Británico abarca hoy una cuarta parte del Globo, mientras que el Imperio Alemán consiste en una pequeña fábrica de salchichas en Tanganica. No creo que se nos pueda absolver completamente en el frente imperialista”. El teniente George, por lo bajo: “Está como una cabra”.

La tribuna La incontenible ambición de Alemania que publica hoy el eurodiputado Emilio Menéndez del Valle en estas páginas me ha animado a escribir un par de apuntes personales sobre el asunto.

Angie, Otto y las salchichas
Merkel se instaló en una tradición republicana y mercantil, en las antípodas de Bismarck y sus botas militares. Como decía el himno de la RDA, Alemania se ha edificado sobre ruinas. Físicas e ideológicas. La poderosa República Federal se convirtió en un prodigio del understatement que necesitó 50 años y un Gobierno de izquierda (el de Schröder-Fischer, SPD-Verdes, 1998-2005) para enviar soldados a la guerra por primera vez desde 1945. En misiones humanitarias, claro está, como los bombardeos yugoslavos de 1999 o la rutilante democratización de Afganistán... El Gobierno  mantiene estos compromisos sin ningún entusiasmo y rechaza otros, como el ataque a Libia del año pasado. Comparar a Merkel con Bismarck es como comparar a Rajoy con el conde-duque de Olivares.

Desde 1949, Alemania occidental se ha dirigido como una especie de empresa enorme. En paz con la competencia comercial, que compra piezas y reparaciones. En paz con los trabajadores, que son consumidores. Estado del bienestar y casi pleno empleo durante décadas en las que se miraba de reojo al otro lado del Muro. Hoy Alemania no es jauja, pero es un país muy rico con sanidad universal y con un sistema de subsidios sociales sostenible y comparativamente generoso.

Hace años que el modelo renano de capitalismo sufre recortes (los más duros, a manos del centro-izquierda de Schröder y su Agenda 2010). Como desagradablemente notan muchas nóminas españolas, las empresas suelen regirse por reglas simples: si no hay beneficios, recortan gastos. Los gastos más recortables son los de personal. Se puede recortar y subir las ventas. Es lo que ha hecho Alemania durante dos décadas: congelar salarios y vender chismes a los ya exnuevos ricos del sur. Ahora dicen creer que esta austeridad funcionará en el sur de Europa igual que en Alemania. Recortemos y competiremos mejor todos juntos, es el lema oficial.

Los economistas liberales se temen que no sea así, pero muchos prefieren hacerse los locos: los cálculos indican que, si el euro se rompe, Alemania saldrá muy tocada pero su economía se sobrepondrá. “La condición para que algo pueda suceder no es que suene verosímil, sino que sea posible”, me dijo un banquero-ontólogo cuando yo le pintaba un apocalíptico escenario post-euro. Aunque se hundan imperios, Alemania tiene su fábrica de salchichas. Alguien las comprará. ¿Los chinos?

Alemania y Europa
Los menos reacios a una posible ruptura del euro son los economistas liberales y algunos sectores conservadores. A alguien que solo lea el Frankfurter Allgemeine Zeitung, por ejemplo, la posibilidad de emitir deuda conjunta europea (eurobonos) se le antojará un riesgo casi demencial. Parte de la derecha democrática joven no quiere jugarse nada más en Europa: interesa, gusta, atrae, pero les vale con lo que hay. Es una opinión a la que sin duda contribuyen las esperpénticas imágenes de neonazis en el parlamento nacional griego, los insultos en el extranjero contra la élite política alemana o las alusiones al pasado nazi tan queridas por sus críticos.

Llama la atención que muchos de ellos acusen a Merkel de estar “germanizando” Europa como líder hegemónica y, sin parase a coger aire, sugieran acto seguido que se prepara subrepticiamente para romper el euro. Merkel ha impuesto sus condiciones, sin duda, pero no habrá hegemonía alemana sin euro. Ni siquiera está claro que la haya ahora. Se sabe que muchos alemanes le tienen poca estima a la Moneda Única. No tantos la consideran lo suficientemente molesta como para dar su voto a los partidos que, desde la izquierda y desde la derecha, proponen su supresión. Merkel y su ministro de Hacienda Schäuble han prometido una y otra vez que todos sus esfuerzos persiguen mantener la Eurozona en su composición actual.

¿Qué ha hecho Alemania?
Merkel y Weidmann (jefe del Bundesbank) han tragado innumerables sapos desde que comenzó la crisis de la deuda. Merkel ha ido abandonando incontables trincheras. Desde el día en que dijo que no daría un duro a Grecia, Alemania ha aceptado la compra de deuda soberana de Italia y España por parte del BCE, así como el 1.000.000.000.000 (billón) de euros en préstamos baratos a bancos concedido por el BCE en dos tandas. Anatema para el Bundesbank y para millones de alemanes. Salvación de países que, como España, bordearon la ruina total.

Mientras tanto, el erario alemán vende deuda gratis y se beneficia de la situación en los mercados de bonos. Esto favorece a lo que podríamos llamar el alemán medio, que está pagando el entuerto pero sólo encuentra ventajas así de indirectas. Mientras unos gastaban su dinero prestado en coches alemanes, los alemanes veían sus salarios congelados y las prestaciones sociales tambaleándose. La gente aquí no ha disfrutado de un boom como el español o el irlandés. Ahora les preocupa perder sus ahorros, la inflación... todas las jeremiadas del profesor Sinn. Pero están contentos con el papel de Merkel en Europa. 

El coloso ensimismado
Los paganos de la crisis se han convertido rápidamente en los malos de la película. No ya de la españolada, que ya ves, sino de una formidable discusión internacional sobre la hegemonía alemana y su responsabilidad en el incipiente caos griego y, quizá, europeo. En Berlín se confía en que la tormenta escampe y las aguas regresen al cauce, mientras el griterío de expertos (algunos son inversores con intereses económicos en que el euro caiga), políticos y periodistas (perdonen) dificulta el entendimiento.

Alemania, rica, provinciana y cada vez más sola, ha impuesto sus recetas en Europa a cambio de colectivizar una parte de los riesgos. Son recetas de empresa, ramplonas y sin vuelo político. Ahora le piden más. Hollande podría impulsar con esto nuevos avances en la integración europea. Merkel prometió “más Europa” y, por cálculo electoral, por economía o por incompetencia, no ha cumplido. Muy al contrario, muchos barruntan del fin del proyecto. La crisis ya se ha llevado por delante a Sarkozy. A poco que se tuerzan las cosas en Alemania, ella será la siguiente. Se torcerán bastante si el euro se rompe.

La Bismarck de la época
El diario populista y conservador Bild tiene mucho olfato para adular al alemán medio. Fue uno de los primeros en comparar a Angela Merkel con Bismarck. Hace dos años, en mitad de su feroz campaña editorial contra Grecia, publicó un fotomontaje con cara papuda de la canciller sobre los acorazados hombros de una estatua de Bismarck. Parecía una sátira, pero no: una ridiculez sin cuento. Le pregunté sobre aquello al entonces jefe de prensa de Merkel, Ulrich Wilhelm. “¿Usted se deja dictar por su Gobierno qué publica y qué no?”. Jens Weidmann, sentado a su lado, celebró la pulla con una risita. Creo que la imagen internacional de Alemania paga aquellas arrogancias. Si no te importa que te comparen con Bismarck para lo supuestamente bueno, tendrás que tragar con comparaciones injustas del signo contrario. 

Uniendo los puntos entre el pincho de su casco prusiano y el bigotito de Hitler sale el retrato del alemán malo. O del alemán, en general, al que acusan de hacernos “súbditos”. Pero que en el fondo aspira a vendernos salchichas.

Súbditos, ¿de qué?
Cuando Volker Kauder, jefe parlamentario democristiano (CDU/CSU) viajó a España hace unas semanas, se dio en llamarlo “el enviado de Merkel”. Se dijo que iba a supervisar los presupuestos. Me puse a ver qué era eso. Llamé a la CDU, al Bundestag, al Grupo democristiano. Les pedí que me explicaran la misión de Kauder en Madrid. Lo único que conseguí, off the record, es que alguien más o menos cercano me dijera que el viaje convenía “porque coincide con la pausa parlamentaria de Semana Santa”. Las vacaciones, vamos. También geográficamente, porque después viajaría a Marruecos. Tuvimos que conformarnos con sus declaraciones: quería apoyar al nuevo Gobierno de su partido hermano en el Partido Popular Europeo (PPE) y “vender” (negociar) la idea de un impuesto sobre transacciones financieras (exigencia de la izquierda alemana). No sé a cambio de qué. Dicen que a Kauder le cabreó bastante que se le tomara por inspector. Me parece que la visita se usó allí (aquí no le interesó a nadie) para airear el sentimiento de inferioridad público español. No somos nada, se dice en los entierros. Juntos queremos ser todavía menos y soñamos con supervisores y con dóminas que nos quiten de la calle.   

"No creo que se nos pueda absolver completamente..."
Pese a lo mucho que está haciendo mal, culpar solo a Alemania de las cuitas españolas es una simplificación y un peligro.

  • Sin Alemania no hay Europa ni cosa parecida.
  • Si bien Alemania se ha visto “muy beneficiada” (lo ha dicho Merkel, muchos alemanes no se lo creen) por la introducción del euro, cualquier español de más de 30 años puede dar fe de cuánto ha cambiado aquél país cutre, ignorante, atrasado y garbancero en el que nacimos. Entre otras cosas, gracias a Europa y gracias a Alemania.
  • El que atribuye a Merkel toda la responsabilidad de nuestras carencias, exonera a los responsables de los nuestros desaguisados actuales y defiende su impunidad. Bankia, por ejemplo. ¿Se acuerdan de cuando nuestra Banca era el faro de Occidente, el brazo incorrupto de los mercados? Pues era mentira. ¿Se acuerdan del programa electoral del PP? Pues eso.

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La recepción “con los brazos abiertos” que Angela Merkel ha prometido hoy a François Hollande no es solo figura retórica. La distante canciller crecida en el frío del Uckermark ha tenido cinco años para acostumbrarse a las efusiones de su pareja presidencial saliente, el hiperactivo y afectuoso Nicolas Sarkozy. Con Merkozy ya difunto, la jefa democristiana del Gobierno alemán se prepara impasible para hacer nuevas amistades. Se va un conservador y viene un socialista, tanto da. Merkel y Hollande saben muy bien que están condenados a entenderse.

 

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