Gramola Galáctica: Teaser and the Firecat, 1971

Por: | 24 de enero de 2012

Teaser & the Firecat

 

Me gusta este dibujo. Me gustaba a los quince años y me sigue gustando, igual que el disco que ilustraba: Teaser and the Firecat, de Cat Stevens. Creo que el dibujo es del propio cantante. Me decía Santiago Segurola el otro día: “Hay que reivindicar a Cat Stevens. Tea for the Tillerman es un discazo de la primera a la última canción. Y Sad Lisa es buena de morirse”. Y mucho mejor que Lady d'Arbanville, el tema estrella de Mona Bone Jakon (1970), que olía un poco a hippismo de papel couché. Sad Lisa era el otro lado de Lady d'Arbanville, el descenso psicótico del personaje. Estoy de acuerdo en lo de Tea for the Tillerman, pero el que da primero da dos veces, y Teaser fue el primer disco de Cat Stevens que escuché, el que me llegó al alma.
Y me parece el mejor de su carrera, el más cuajado. Una máquina de hits

 

Ya sé, ya sé. Era un peligro estético que Cat Stevens te gustara entonces y sigue siéndolo ahora, un poco amplificado por la cosa musulmana. En los 70, Cat Stevens era, para muchos, una especie de caramelito exótico: morenísimo, guapísimo, corazón de oro, sensibilidad a flor de piel. Era excesivamente idóneo, provocaba una desconfianza instantánea. Lo comprendo: era el clásico tipo que nos robaba las novias, como diría Albert Pla. Lo comprendo a medias, porque más o menos lo mismo (quitando el exotismo) podría haberse dicho de Nick Drake, pero Drake tenía el prestigio del suicidio (o de la muerte “en extrañas circunstancias”, que siempre suena eufemístico ). ¿Era mejor compositor y mejor letrista que Stevens? Desde luego. Pero también podía haber sido considerado un niño mono, un sensible excesivo, y de hecho así lo veían no pocos de mis amigos que, después de su muerte, le contemplaron de otra forma. Un suicidio ayuda mucho, pero es mal negocio, sobre todo para el suicida.
A lo que iba: Cat Stevens entró, con James Taylor y Carole King, en el pabellón de los blandos, cuyos máximos portaestandartes, en esa época, eran los Carpenters. ¿Qué tenían que ver todos ellos? Digamos que gustaban a demasiada gente. Y gustaban, pecado tremendo, a nuestros mayores: eran melódicos o, como ellos solían decir, “no molestaban al oído”. Yo soy un rendido adorador de Taylor, de King, de los hermanos Carpenters, entonces y ahora. Y de Stevens.
De cuatro discos de Stevens, que hace en un plazo de otros tantos años, su época de oro: Tea for the Tillerman (1970), Teaser and the Firecat (1971), Catch Bull at Four (1972) y Foreigner (1973). De estos dos últimos no me lo quedo todo: comenzaba a abrirse paso una cierta ampulosidad en la voz y en los arreglos. Luego, con Buddha and the Chocolate Box (1974), comienza el declive que precede a la retirada y a la conversión. Ya sabemos que cualquier converso es instantáneamente sospechoso de fanatismo, sobre todo si la conversión es islámica. Stevens dijo un par de chorradas peligrosas cuando lo de la fatwa a Rushdie, pero parece que ha sido muy feliz en su segunda vida y ha hecho feliz a mucha gente. Ese hombre parece estar en paz. Ya juzgarán cuando lleguen al final de esta entrada.
Hay un sorprendente retorno, más de treinta años después (cosa insólita), con An Other Cup (2006),  bajo el breve y despistante nombre de Yusuf, pero ese es otro asunto. O no. 
Si digo que el dibujo que ilustra estas lineas me parece una de las mejores portadas de la historia es porque, a mi juicio, expresa a la perfección el espíritu de Teaser and the Firecat: una rara pureza infantil al borde de la cursilería; cursilería (o ingenuidad desarmante) que también forma parte del bagaje de la infancia, por otra parte; de la infancia revisitada desde la adolescencia. Veíamos ese dibujo a los quince o dieciséis años, en nuestra primera adolescencia, y sentíamos que, en cierto modo, era una instantánea secreta de lo mejor (y un poco de lo peor) de nuestra infancia; algo que habíamos olvidado y de repente volvía plenamente. Lo sagrado, tal como lo entendieron los gnósticos, tiene algo que ver con eso. Una epifanía similar sucedió, cinco o seis años más tarde, con la portada de Qualsevol Nit Pot Sortir el Sol, de Sisa, sobre todo para las infancias catalanas: las fuentes de Montjuic coloreadas (revividas oníricamente) con anilinas: otra postal de la infancia, quintaesenciada.
En la portada de Teaser lo que mejor funciona, como maquinaria evocadora y quintaesenciadora, es el azul de ese cielo nocturno, y la luna blanquísima, y las ramas del arbol que asoman por encima de la valla. Esa luna y esa rama, movida por un viento invisible, son lo que tiembla en sus mejores canciones. La rama que tiembla es la voz de Stevens, pero también la segunda guitarra de Alun Davis, delicada como el encaje de una telaraña.
Luego está el agujero de la madera. Miramos por ese agujero, por ese resquicio, como por un catalejo o un caleidoscopio: el niño y el gato y la luna están, definitivamente, al otro lado de la calle. El gato es un daemon, como diría Philip Pullman (y Jung, que lo dijo antes). El daemon benéfico y protector del crío. Su alma, si prefieren. Los ingleses llaman ginger cat a esos gatos: gato color jengibre. El jengibre era un elixir soñado, destilado por Enyd Blyton: pura esencia de infancia. Lo que los traductores de la señora Blyton llamaban "cerveza de gengibre", en delicioso error semántico, era el ginger ale que en España comercializó la casa Canada Dry. Nos moríamos por beber "cerveza de jengibre" y la teníamos al alcance de la mano pero no lo sabíamos. Yo no conocía a nadie que bebiera Canada Dry, esa bebida que nació en los años 30 a rebufo de la Ley Seca como un (dudoso) sustituto del alcohol.

Podríamos atisbar ese otro lado por la brecha de la valla, pero el agujero está a la altura precisa, como el color del cielo y el exacto tamaño de la luna. Y las cuatro o cinco estrellas: no hacen falta más. No hay desbordamientos. Ese niño, por cierto, reaparecerá en otra canción de Stevens: The Boy With the Moon and the Stars on His Head, de Catch Bull at Four, su siguiente disco.

La chistera es lo que le da al niño el toquecito chichi: asoma ahí el lado relamido del artista. En este sentido, insisto, la portada es muy completa. La rara pureza y el temblor impregnan The Wind, How Can I Tell You, If I Laugh y Moonshadow. (Me pregunto, por cierto, si Warren Zevon tenía The Wind de Stevens en un rincón de su cabeza o de su corazón  a la hora de componer la suya). La sombra de la luna y el repiqueteo rítmico de las patas de la araña se extienden sobre Tuesday’s Dead y Bitterblue. La canción más popular del disco fue, sin duda, el himno Morning Has Broken: preciosa melodía, pero ahí el niño está haciendo volatines con la chistera y se le hunde el piececito en el jarabe, lástima.

Si he de elegir una canción del disco me quedo con The Wind, la más minimalista, la menos conocida, a la que se le ha hecho menos justicia. Pero la oiremos en la voz del Cat Stevens de 60 años. O sea, en la voz de Yusuf. Mucho más sabia y conmovedora que en el disco original. E incluso mejor cantada. Es un viaje sorprendente al otro lado de la valla.


 

Hay 6 Comentarios

Mi querido Iago López, eres un gilipuertas o un crítico musical, elige.

La verdad, siempre lo he encontrado bastante fingido y,como bien dices, cursi por lo que no creo que sea una figura muy reivindicable. Hoy en día, lo más cerca que lo verás de mi tocadiscos es via "The first cut is the deepest" en la versión reggae de I-Roy que al quitarle el excedente de almibar, extrae lo mejor de ella.

Es un disco que no necesito escuchar, me lo se de memoria... Y eso que yo era entonces medio hippy y casi punk, y que lo que me gusta desde siempre es el R&B y el funk mas chabacano. Pero la primera vez que lo escuché, algo se movió, y se quedó ya dentro para siempre. Nadie está a salvo. Lo he regalado mucho, en vinilo y en CD y siempre ha sido bien recibido. Un caso especial...

Gracias por hacerme rememorar la música de primera adolescencia, de los primeros guateques, en los que los chicos pedían las canciones más largas de Cat Stevens para bailar agarraos con la chica que le gustaba.
Y gracias por traerme a este Yusuf que no había escuchado antes. Coincido contigo en que su voz ha madurado como un buen vino. Maravillosa, esta The Wind

¡Qué bonito, PJP! Te gustará la estremecedora versión que el viejo Cat hace de THE WIND, al final de la entrada.
Fuerte abrazo

Era el disco que gustaba a todas las chicas que nos gustaban, así que aprendimos a tocar sus temas en la guitarra, tras largas horas de ensayo y error, en aquella época en la que no podías bajarte los acordes de google.

Nos dejábamos los ojos leyendo aquellas letras amarillas sobre fondo azul y nos asombrábamos con aquella "Rubylove" escrita en griego moderno, que el amigo que hacía el bachillerato de letras nos medio tradujo con sus conocimientos de griego clásico.

Compré el disco, claro, me lo robaron; volví a comprarlo, se rayó de tanto usarlo; lo compré en CD . . . y aquí sigo, inventando una segunda voz cada vez que oigo "The wind" en mi ipod.

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Sobre el blog

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Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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