Dietario (finales de abril)

Por: | 30 de abril de 2012

Con X, a la salida del teatro. Está guapísima. Más allá de la belleza física, que también: el brillo en los ojos, en la oscuridad del restaurante; la calidad de la risa. (En Londres, cada vez que salíamos a pasear con su nieta, tenía yo que hacer esfuerzos para recordar que era su nieta y no su hija. O dos amigas que hacía tiempo que no se veían, y retomaban el diálogo en el punto justo donde lo habían dejado). Va camino de los ochenta, ha hecho una función de dos horas, y ahora salimos a la noche.
Vamos a un restaurante-espectáculo. Los camareros cantan ópera y zarzuela, entre plato y plato. Podría quejarse: de lo inesperado de la situación, que nos impide conversar, o de la situación general, que, como se sabe, es mala en muchos frentes, por no decir en todos: sensación de caída libre hacia el fondo de un pozo cada vez más cercano (no sólo será la caída, sino el volver a subir). Come con apetito pero con mesura, y sobre todo canta, se suma a las arias de ópera, a las romanzas de zarzuela, cuya letra recuerda muy bien, sin comerse frases, y con una estupenda entonación. Voz joven, voz de muchacha. Una gran alegría en todo lo que dice y hace. Inevitable preguntarse: ¿cómo haré para estar así a su edad? Y su admirable mano izquierda a la hora de esquivar a los pelmazos. Una chica, con ojos desaforados, hablando muy rápido, le pide hacerse una foto con ella. Sin dejar de sonreír, tomándole la mano, contesta: “Ahora no, cariño, estoy cenando; luego, la hacemos luego”. Gente que la reconoce. Para todos tiene una palabra amable, nada formularia. Una de las camareras/cantantes había trabajado con ella veinte años atrás. Flota en su voz un leve aire de tren perdido, y X hace todo lo posible para que se sienta a gusto, para que sus triunfos no la ofendan. Se abrazan. La comida no es excepcional, pero da lo mismo. Lo formidable es cómo ha entrado en esa situación insólita, se ha dejado llevar, ha disfrutado de todo. Luego la acompañamos a su casa, es decir, que cruzamos caminando medio Madrid, un Madrid un tanto bronco, por los hinchas que han ganado el partido y no les basta con eso: da la impresión de que, si pudieran, machacarían a todos los hinchas contrarios. Ese espíritu de guerracivilismo permanente, que asoma bajo las circunstancias más pequeñas. Bah, eso es un lugar común: cuando arrecia la presión brota lo mejor y lo peor de cada quién. Sí, concluímos, pero lo peor siempre es fácil y lo mejor hay que conquistarlo. Son casi las tres de la noche y está claro que le apetece poco acostarse. Mañana estaré afónica, dice, aunque sabemos que no: sabe como colocar la voz, incluso cuando parece cantar del modo más desabrochado. Me apetecía mucho esta salida, dice; durante todos los ensayos he estado viviendo como una monja, de casa al teatro y del teatro a casa, pensando solo en la obra. Cuenta que todavía recopia el texto para memorizarlo, como hacía cuando era joven, en grandes cuadernos de papel pautado.

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Inculto quiere decir no cultivado. Para que brote la cultura, que es la alegre flor de la vida, el terreno ha de ser fértil, abonado por los elementos (o alimentos) espirituales básicos: la curiosidad y el ansia de conocimiento, que vienen a ser la misma cosa. Doy clases desde hace años y me parece que ese humus es muy esporádico: puedo darme con un canto en los dientes si encuentro cinco, cuatro, tres campos abonados (si me lo preguntan a otra hora, puedo elevar esa cifra a siete o diez). Es evidente que ante el paro centuplicado y las ínfimas posibilidades de trabajo, el interés ha descendido, dando paso a un ir por ir y un estar por estar, pero esa inercia no es enteramente nueva. Hay una tierra yerma, endurecida y apisonada por los estruendosos altavoces que plantaron sus mayores, solo resquebrajada por los inmemoriales cardos de la adolescencia: el cinismo impostado, la falta de humor y gentileza, el desinterés ostentoso. Se me dirá: tu trabajo consiste en ofrecer entusiasmo contra el cinismo, en avivar la curiosidad, el humor, la gentileza. Desde luego, aunque me temo que vivimos tiempos en los que es más cierta que nunca la máxima de madame de Merteuil: “Rara vez se adquieren las cualidades de las que podemos prescindir”.

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Sí, de acuerdo, pero vuelve a mirar los peces de plata centelleando en la red, las tardes gigantescas en las que vas a clase sabiendo que enviarás una volea a esos tres, cuatro, siete o diez, y te la devolverán con pases altos, con golpes ligeros, elásticos, precisos, y la pelota rara vez tocará tierra; esos momentos extraordinarios en los que verás dibujarse una frase inesperada, una interpretación libre de tics, una respuesta – o, mejor, una pregunta – alegre, gentil y verdadera, un talento germinante, una esplendorosa promesa de futuro.


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Cuando un encargo comienza, precedido por una risita, por la frase “Voy a hacerte una proposición indecente”, ten por seguro que lo es: te van a pedir algo a cambio de nada. Y cuando escuches la frase “con la que está cayendo”, puedes apostar lo que no tienes a que quien habla está a cubierto gracias a los réditos de tu intemperie.

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“Ese libro está agotado”. Código Enigma: “No vamos a enviar una furgoneta a nuestro lejano almacén para que tú o cuatro locos como tú tengan su libro: demasiado trabajo, no nos sale a cuenta”.

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Releo a Umbral. A muchos nos estragó, en su día (un día que duró años) su tintineo verbal, sus autoplagios, su histrionismo, su deslumbramiento paleto ante los oropeles del poder, sus broncos ajustes de cuentas. Hablar de monstruo del articulismo es ya un lugar común, pero habría que rescatar al brillante y sagacísimo crítico que fue en una época. Releo Valle-Inclán: los botines blancos de piqué (1997), felizmente reeditado en bolsillo por Austral, y el placer es casi continuo, y el torrente de intuiciones, y la potencia del lenguaje, y la dicha juguetona de saltarse todos los peajes academicistas. De lo mejor que se ha escrito sobre Valle. Un libro muy español y, a su manera, muy francés: no está lejos de La panoplie littéraire, el maravilloso ensayo de Bernard Frank sobre Drieu la Rochelle. Es difícil encontrar hoy libros tan vitales, tan despeinados, a caballo entre la biografía, el ensayo y la crítica. Y muy significativo que hasta hace bien poco fuera imposible encontrar ese, en sentido literal.


Hay 4 Comentarios

Eso pienso yo. No "hay que leer" ni "no hay que leer". Eso son dictaduras del gusto. Hay que leer lo que a uno le apetece y punto. ¡Solo faltaría que hubiera obligaciones y cánones en la lectura! Así acabamos odiando muchos de los libros que nos impusieron en la infancia (aunque luego los recuperamos por nuestra cuenta). Un abrazo!

Cambiaré eso de "Soy muy malo dando consejos" por "Soy muy malo recomendando consejos".

Tienes razón los consejos que crean prejuicios no son 'buenos consejos'.

Felizmente, nunca he seguido consejos de ese estilo. Me fío más de mi propia nariz, y no me ha ido mal.

Pues Bolaño dió 10 consejos sobre el arte de escribir cuentos. Entre esos 10 estaban estos dos:


4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

(http://planetamancha.blogspot.com.es/2010/12/consejos-sobre-el-arte-de-escribir.html)

Tengo sentimientos encontrados....

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Bulevares Periféricos

Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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