Bulevares Periféricos

Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

"Big Time: la fabulosa vida de Perico Vidal" (trailer)

Por: | 13 de abril de 2012

Perico Vidal- foto EL PAIS

Voy a escribir una serie. O una crónica, un monólogo en primera persona y por entregas, que iré dando tan pronto las tenga listas. La serie se llamará Big Time: la fabulosa vida de Perico Vidal, y les aseguro que vale la pena.
Pedro Vidal, más conocido por Perico, Toto o mister V, murió de un infarto, mientras dormía, el domingo 5 de diciembre de 2010, en Madrid, a los 84 años. Al día siguiente fue incinerado en el cementerio de Pozuelo de Alarcón. Yo le había conocido siete años antes, cuando comenzaba a preparar las entrevistas para el libro Beberse la vida. Ava Gardner en España, que publicó Aguilar en 2005. Todo el mundo me hablaba de él. “Deberías hablar con Perico Vidal. El que realmente sabe de todo esto es Perico Vidal”. Me lo dijo Rafael Azcona, me lo dijo María Asquerino, me lo dijeron Enrique Herreros y Teddy Villalba.
“Tienes que conocer a Perico Vidal”.
Perico Vidal parecía ser el hombre clave, el que conocía a todo el mundo, el que estaba en todas las fiestas pero nunca quería aparecer en las fotos (por eso hay tan pocas).
“Ah, las fiestas en el ático de Perico Vidal duraban días y días…”
¿Quién era, qué había hecho Perico Vidal?
“Apunta”, me dijo Enrique Herreros: “Es el ayudante de dirección más importante que ha habido en España. La mano derecha de Welles en Mr. Arkadin, y de David Lean en Doctor Zhivago, Lawrence de Arabia y La hija de Ryan. Perico fue quien descubrió a Omar Shariff para Zhivago. Perico era el único que podía hacer entrar en razón a Mitchum cuando rodaban La hija de Ryan en Irlanda. Cuando murió Lean, su viuda sentó a Perico a su lado durante el funeral, en la catedral de San Pablo. Sinatra le presentaba diciendo Pedro, the man who saved my life in Spain. Sinatra en Hollywood y Christian Marquand en París fueron sus amigos del alma. Con lo que te puede contar Perico llenas dos libros”.
Bueno, primero había que encontrarle. Supe (por Miguel Mora, por Sol Carnicero) que había vivido en Harlem, en Los Ángeles, en Río, en Cuernavaca, en Miami. No fue fácil localizarle, pero por fin me citó una tarde en el altillo de una cafetería que estaba cerca de su antigua casa, el mítico ático de Príncipe de Vergara (entonces General Mola), el “Hostal Vidal” de las fiestas interminables, por donde pasaron todos los artistas que caían por el Madrid de los 60-70.
Aquella noche anoté:
“Encuentro con Vidal. Fascinante tipo. Aire corsario: barba blanca, cabellos blancos, ojos taladradores, llenos de vida. Mirada de halcón. Voz cavernosa, risa atronadora, limpísima. Su rostro hace pensar en una mezcla entre John Huston y William Layton. Parece también un aristócrata beatnik, con abrigo de pelo de camello, tejanos muy desteñidos y Reebok blancas. Habla como un torrente; enlaza recuerdos pasando de un idioma a otro, castellano, catalán, inglés (con acento americano), francés (nativo), portugués (de sus años en Brasil). Al comenzar me ha dicho: “Hoy estoy un poco cansado, lo siento: el Parkinson, la próstata, me operaron la semana pasada…” Al acabar habíamos grabado cinco horas.
Después de las conversaciones sobre Ava continuamos viéndonos.
Cada vez que venía a Barcelona se dejaba caer por casa, a menudo sin avisar. Seguimos hablando mucho y seguí grabando los encuentros. El día que murió volvieron dos recuerdos: Perico levantándose del sillón de un salto, con lágrimas en los ojos, para bailar Echoes of Harlem como un derviche poseído por la música; Perico cantando O Barquinho, de Joao Gilberto, y diciendo después: "Ya nunca volveré a Río". Cuando se lo conté a Isaki Lacuesta, que filmó a Perico en La noche que no acaba, lamentó no haber podido rodar esos momentos.
La semana pasada, ordenando archivos, encontré unas cuantas cintas de aquellas conversaciones. Intentaré montarlas por temas: Perico y Orson Welles, Perico y Sinatra en Madrid; Perico y su estancia en Los Ángeles y Nueva York, invitado por Sinatra, donde conoció a Marilyn y John Fitzgerald Kennedy; Perico en Harlem; Perico y Ava Gardner; Perico y Nicholas Ray; Perico y su maestro, David Lean… A ojo, calculo unas diez entregas, quizás más.
Así que, señoras y señores, permanezcan atentos a esta pantalla.
El próximo viernes 20, primer capítulo de Big Time: la fabulosa vida de Perico Vidal.

Las siete vidas de Nuria Espert

Por: | 12 de abril de 2012

Babelia, 14-4-12

Puro Teatro: "Blanca y radiante va la novia" (14-4-12)

Por: | 12 de abril de 2012

Sobre Campanadas de boda, de La Cubana

El hombre que fue jueves: "Caramelo de limón" (12-4-12)

Por: | 12 de abril de 2012

Sobre Vainica Doble, el Madrid de los 70 y algunas cosas más

Gramola Galáctica: “Caravan” (Van Morrison, 1970)

Por: | 10 de abril de 2012

 

Hablar de Caravan (o de Van Morrison, por extensión) es como intentar describir una catedral, así que trataré de acercarme por pasadizos laterales (o bulevares periféricos). Todos estamos de acuerdo en que es una canción de exaltación, y que sus temas (o sus argumentos) son la celebración de la vida errante y de la radio, las emisoras de rock y rhythm & blues que VM escuchaba de pequeño, en Cyprus Avenue, y más mayorcito, en Woodstock, aunque podemos entender que turn on the radio, su mantra central, se refiere, más místicamente, a una conexión con la platónica “música de las esferas”. También podríamos establecer un tres en raya de padres e hijos con el obvio Caravan de Ellington-Tizol y el Rock’n’Roll de Lou Reed, aunque la lista sigue y sigue. Ahí abajo lo dejo, para que tracen puentes posibles. O no.

The Last WaltzPasadizo Lateral Uno: Caravan apocopó, que no es poco apocopar, a un poeta beat, el venerable Lawrence Ferlinghetti. Me explico. En El último vals, la gloriosa película de Scorsese (y el mejor concierto jamás filmado, para mi gusto, exaequo con Stop Making Sense, de Jonathan  Demme/Talking Heads… vale, trío: y Weld, de Neil Young/Bernard Sharkey), don Lawrence (con bombín a lo Sabina, que ya es comenzar mal) recitaba un poema de homenaje a los chicos de The Band. Su momento (nunca llegamos a averiguar lo que duraba) estaba justo antes de la aparición de Van Morrison, de modo que cada vez que poníamos el vídeo en casa (y fueron innumerables) apretábamos el Fast Forward del mando a distancia tan pronto presentaban al vate para saltar cuanto antes al instante supremo (Now the caravan is on it’s way) en que el león comenzaba su rugido, y así fue como el pobre Ferlinghetti se nos quedó para los restos en Lawrence Fer.

Peter HandkePasadizo Lateral Dos: Peter Handke. Sí, pediremos ayuda a Handke, una de las mejores orejas (y antenas) del planeta, y si alguien no ha leído todavía Ensayo sobre el jukebox (Alianza, 1992) que corra a buscarlo. Para empezar, Handke dijo acerca de VM: “A él le seguiré hasta el final, mi final o su final. Cuando vi las primeras películas de Gerard Dépardieu o de Robert de Niro pensé que vería todas sus películas. Muy pronto rompí mi promesa: solo he seguido a Van Morrison. Es imposible no creer en el sentimiento de algo cantado por él”. Handke se acerca mucho al concepto de turn on the radio (y, por extensión, a toda la música de VM) cuando en Poema a la duración describe su epifanía central como “un acontecimiento que consiste en estar atento, un acontecimiento que consiste en percatarse, un acontecimiento que consiste en ser abrazado, en ser atrapado por un sol suplementario, por un viento refrescante, por un acorde silencioso, dulce, que afina y pone de acuerdo todas las disonancias”. Bien, perfecto en cuanto a la música pero ¿y la interpretación? Rastreando entre sus libros he encontrado este extraordinario fragmento de Lento retorno, en el que Sorge, su protagonista, va a un concierto y, sin decirnos quién es el que canta (¡como si hiciera falta!) nos lo describe así:
Van-morrison-its-too-late-to-stop-now-front“El cantante era un hombre pequeño, ancho, que daba la impresión de tener una gran fuerza y de estar completamente ausente. Entró en el escenario, miró fijamente a la luz y empezó a cantar en seguida. A las primeras notas, el espacio de la sala reprodujo la línea culebreante del cable que el cantante sostenía tranquilamente en su mano. Su voz tenía también una gran fuerza, sin necesidad de gritar. No salía del tórax sino que al principio existía como algo independiente de éste, como un cuerpo autónomo, sólido; no localizable, sin embargo, en ninguna parte. Su voz no sonaba como un canto: más bien se hacía oír como los acentos de alguien que, después de una larga, penosa, inefable incubación, de repente estalla. Cada una de sus canciones no formaba una melodía más que vista como un todo, y este lo formaban solo una serie rápida – a veces reiterativa y tartamudeante – de gritos de dolor, gritos cortantes, amargos, amenazadores. No sonrió ni una sola vez. En una ocasión, con su pesado cuerpo dio un salto bastante grande en el aire. Con su mirada ausente, al fin pudo decirles lo que quería a los que llevaba dentro, y esto pudo hacerlo solo recuperando su voz, que estaba fuera de él, hundiéndola en sí mismo; ante todo, lo primero que quería era no tener nada en común con nadie. No cantaba sus canciones con un gran sentimiento sino que, como un loco, buscaba un sentimiento que fuera enigmático para sí mismo. Aquel hombre que dirigía contra sí toda su furia, sin dejar de dar la espalda al mundo entero de un modo casi vindicativo, al final de su actuación prorrumpió en un himno que era común a todos”. Ya pueden respirar. Y abandonar la posición genuflexa.

MoondancePasadizo Lateral Tres: Hay unas cuantas versiones espléndidas de Caravan. Aquí los adictos a Van Morrison suelen echar sobre la mesa esa grabación requetecontrapirata que solo ellos conocen (Live in Tuscaloosa, un suponer) de modo que no entraré en competiciones y me limitaré a tres, dentro de la más pura (y resplandeciente) oficialidad. La primera es, por supuesto, la de Moondance (1970), para mi gusto, si se me permite la leve enmienda, un poquito apalancada. La segunda, con la flamígera Caledonia Soul Orchestra bendecida por la gracia del Señor, está en el doble en directo It’s Too Late To Stop Now, de 1974 (también en mi cumbre de directos preferidos, junto con el Live at the Apollo de James Brown y el Face to Face de Steve Harley & Cockney Rebel). La tercera es, por supuesto, la versión de El último vals, donde Van The Man sale a escena, en palabras de Robbie Robertson, “como un lobo al que acaban de abrir la jaula”. Bueno, eso admite matización. Aquí todos adoramos a Van y comulgamos con las sagradas palabras del padre Handke y bajamos la testuz ante el poderío cósmico de ese tercer Caravan, pero, dicho esto ¿podemos descojonarnos un poco ante el modelito que gasta el artista? Vale, de acuerdo, eso redobla su mérito: hay que tener mucho arte para salir así a un escenario y pegar esas patadas al aire de primero de kungfú y rendir a todo bicho viviente, que a otros les han embreado por mucho menos. La pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez es: ¿quién convenció a Van de que se pusiera eso? Porque en esa época (y hasta el alborear de los ochenta) solía ir ajustadico, pero ese conjunto no me lo volvió a sacar. Me ha tranquilizado mucho comprobar que Greil Marcus (en Listening to Van Morrison, Faber, 2010) también había pensado lo mismo. Según él, alguien tuvo que drogar al irlandés, llevarle a una tienda de segunda mano, ponerle lo que minuciosamente define (lo dejo tal cual, porque pierde con la traducción) como “a spangled bolero jacket, sausage pants with contrasting lacing up the crotch, and a green top with a scoop neck that produced what could only be called cleavage” y decirle “Van, te queda de coña, esta noche arrasas”. Marcus ofrece una posibilidad paranoica que me parece muy creíble, dado el perfil del personaje. Morrison se había presentado al ensayo vistiendo una gabardina con la que no cuesta imaginarle como el Jack Palmer de Pétillon. Robbie Robertson sonrió de oreja a oreja y le dijo “Guau, Van, pareces Mickey Spillane. Eso es lo que tienes que ponerte para la actuación de mañana”. “¿Tú crees? ¿Te gusta de verdad?”, pregunta VM. “Ya lo creo. No lo dudes”. ¿Y qué pasa entonces? Fijo: VM cree que el bello RR, el hombre que roba todas las novias imaginables, se le está coñeando, así que aparca la gabardina, opta (con o sin droga) por darse una vuelta por las rebajas y, al grito de "No Guru, No Method, No T-Shirt", se viste como Fernando Esteso en la escena de la discoteca en Los bingueros. ¿No tenía a su lado a Tupelo Honey para aconsejarle, ni a un agente de prensa que le quisiera bien? Probablemente sí, pero ya sabemos que la cabezonería irlandesa es legendaria. La enseñanza que arroja esta parábola preñada de esperanza es que la noche siguiente, pese al horrísono atavío, VM se convertirá en un malabarista excelso que juega con la música de las esferas como si fueran pompas de jabón. ¿No es eso hermoso? Yo no me canso nunca de escuchar (ni de ver) esta versión de Caravan. Con mis eternas disculpas a Lawrence Fer, claro.  

(Para DJ Barracuda & Little Bubu)

 

Bonus Tracks

 

 

 

Grandes clásicos: "Rumbo a lo desconocido" (1964)

Por: | 06 de abril de 2012

Outer-limits-screen-captureYo tengo siete años, estoy en el primer curso del Nido de los Cuervos, a escasos diez minutos caminando pero siempre tan lejos de casa, al otro lado del mundo. Las mañanas son tan oscuras que han de encender las luces y a eso de las seis ya anochece, el atardecer apenas dura unos segundos tras la ventana enrejada de la clase, el cielo es un lienzo con franjas escarlata y luego granate y luego magenta, un instante en el que los colores parecen detenerse pero enseguida se vencen, se ensucian, funde a negro. Dentro flota y se espesa un olor amarillo de grasa de caldo o paella enfriada. La luz fluorescente cae como polvo de tiza sobre los cuadernos abiertos. En la calle tiemblan las farolas de gas recién encendidas pero igualmente altas, demasiado altas para calentar tanta oscuridad.
Tranquilo: en el centro del comedor te espera una supernova.
Mi madre, riente y nerviosa como una niña, me dice que cierre los ojos y me lleva de la mano por el pasillo. ¿Imagino lo que me espera? No, para nada, ni de lejos, nunca, jamás.
Aguzo el oído. Rumor de voces y sillas: gente en el comedor, algo gordo se cuece. Grititos, palmas de júbilo anticipado. Voces que no reconozco, de entre las que emerge la de mi abuela y un carraspeo: mi abuelo.
Abre los ojos, dice mi madre.

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Puro teatro: Chéreau-la-nuit (7-4-12)

Por: | 05 de abril de 2012

Crítica de La nuit just avant les fôrets, de Koltès, en el Lliure (7-4-12)

El hombre que fue jueves: "Capri II: mi primera entrevista" (4-4-12)

Por: | 05 de abril de 2012

Capri II: mi primera entrevista (4-4-12)

La edad de oro

Por: | 02 de abril de 2012

Aperitivo

¿Hubo una edad de oro,
o es simplemente un sueño que retorna,
una luz cálida como miel sobre un muro,
a media mañana, y el bar con las sillas en la plaza?
Llevo días, semanas
soñando con la edad de oro.
Dicen “la edad de oro” y con eso
parecen referirse siempre a algo del pasado;
algo, sentencian, irrecuperable,
y es cierto que suele coincidir con el esplendor
de la adolescencia o los primeros pasos
en el mundo adulto, de modo que
¿podrías ser un poco menos lírico y un poco más preciso?
De acuerdo: “Nuestra”. Nuestra adolescencia
(que rima con incandescencia) o primera juventud,
y el plural es importante, ese “nosotros” por primera vez
flotando en el aire, que era un aire de guitarra
por la ventana abierta, por la ciudad abierta.
¿Pero esa sensación de que la ciudad estaba llena
de lugares por descubrir y que era nuestra, no es algo
que cada generación entrega a la siguiente,
como un talismán al principio brillante y en seguida cansado?
Escucha: era una manera de dejarse llevar por la vida,
era un tráfago excitante por las noches, y de pronto
esa mañana que ahora vuelve, cada barrio (salvo los más feroces
y alejados) una pequeña ciudad con imaginario rumor de fuentes,
y la Rambla una calle mayor de provincia pero sin vestidos oscuros,
a la que se iba para encontrar y ser encontrado, ella recuerda
aquellos días, cuando pasaba media vida en la Rambla,
antes o después del trabajo, cuando se podía vivir
con un sueldo de media jornada, salir a la calle sin rumbo
o deslizarse hasta un cine de primera sesión,
en los ojos el asfalto como plata,
y entrar en la sombra fresca como vino,
y yo recuerdo así ciertas noches del verano del 77,
y sin embargo tardamos casi dos años
en encontrarnos: ¿como pudo ser eso posible?
Por supuesto que no era el paraíso:
a quién se le ocurre tamaña tontería.
Es tontería y baba la nostalgia, porque ahora
resplandece, por encima del tiempo,
el sentimiento de una plenitud sin aceleración,
que también recuerdo haber sentido
otras noches de verano, en Old Compton Street y en plaza de Santa Ana
todo bullía de gente, como bullen ingleses y madrileños,
pero nadie ni nada parecía apresurarse,
todos estaban en su lugar y en su hora, que era medianoche detenida
sin necesidad de ir corriendo al siguiente bar o la siguiente cita,
y eso mismo sobrevino luego, años más tarde, en el East Village,
todas aquellas tiendas abiertas, tiendas de libros y comics y garitos
de adivinas, la mano dibujada en fluorescente abriendo paso,
y nos dijimos “así pudo haber sido, en un universo paralelo,
la Barcelona de los setenta sin franquismo”.
¿Entonces el paraíso puede ser portátil,
y brotar en toda esquina, más allá
del tiempo abierto de cualquier vacación?
Todavía más: el paraíso será, cercado siempre por las eternas asechanzas,
definitiva tarea del presente.
Aunque, volviendo al tiempo de los setenta,
reconozcamos
que lo más poético de todo, lo más preciso,
más que la luz dorada y el aire de guitarra,
es la aparición final de la pizarra flotante,
negra como un escudo de obsidiana,
refulgente como las tablas de la Ley
y la mano que con tiza blanca
escribe majestuosa:
Huevos con patatas, diez pesetas.

(Para Mario Gas)

El País

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