Big Time 9: Nick Ray (y familia)

Por: | 13 de julio de 2012

Habla Perico Vidal:

Nicholas RayNick Ray era un tipo sensacional, de los que ya no se fabrican. Alto, con las piernas muy largas, cabellera rizada, sempiterno cigarrillo entre los labios. Caminaba como un cowboy o un marino que no acababa de estar seguro en tierra firme. Parecía venir de un mundo donde todo se movía a cámara lenta. Yo adoraba a Nick y a su primera mujer, Gloria Grahame, que se divorció de él para casarse con su hijo, Tony. Eso había sido un terremoto para él, pero seguían viéndose de cuando en cuando, aunque Nick estaba entonces con Betty Utley, su nueva mujer, que hizo unas coreografías para Rey de Reyes e incluso participó en el guión de 55 días en Pekín. Nick y Betty habían alquilado una casa en La Moraleja, cerca de donde vivía Ava Gardner. Con Betty nunca acabé de congeniar. Me parecía una mujer extraña, todavía más  introvertida que Nick. También es cierto que la vi pocas veces. Pero a Gloria Grahame solo la vi una vez y me encendió de la nuca a las puntas de los pies: al natural tenía el mismo morbo que en la pantalla.

 

Samuel Bronston, el productor, le había ofrecido Rey de Reyes a John Ford, que no quiso hacerla. Nick le dijo que hacía años que tenía ese proyecto en la cabeza, contar la vida de Cristo, y Bronston corrió a contratarle por tres mil dólares semanales, que entonces era un buen dinero, y la produjo para la Metro. En el rodaje volví a encontrarme con Franz Planer, el gran cámara de Orgullo y pasión. Había tres operadores, a cual mejor: Planer, Milton Krasner y Manuel Berenguer. Y me encontré también con Teddy Villalba, que tuvo una relación mucho más estrecha con Nick porque después volvió a trabajar con él en 55 días en Pekín y le apoyó muchísimo en aquel calvario.
Hacía tiempo que Nick no tenía un éxito, desde Rebelde sin causa. Era un director mucho más valorado en Europa que en Estados Unidos. Se dejaba querer por los franceses porque a nadie le amarga un dulce, pero había llegado a llorar de risa con las críticas de Cahiers du Cinema. Yo se las traducía, porque Nick no sabía francés. Un día le estaba leyendo la crítica de Party Girl, que aquí se llamó Chicago años 30. Dedicaban muchas líneas a comentar un plano en el que entraba Robert Taylor en una habitación y al fondo se veía la cama, y la almohada arrugada donde había dormido Cyd Charisse, y en la revista hablaban de la gran sutileza de Ray a la hora de sugerir eso y tal y cual, y mientras le leía ese párrafo asintió y sonrió de oreja a oreja.
“¿Te acuerdas de esa escena, Nick?”
“De lo único que me acuerdo”, me dijo, “es que la rodé a primera hora de la mañana y que ya me había tomado un thick de vodka”.

Nicholas Ray y Rip TornNick podía ser muy divertido o muy melancólico, pero siempre con pocas palabras. Poquísimas palabras: a veces se te acercaba en el set, te decía “Look, Pedro, tomorrow…”, y se quedaba pensativo y se iba, y tú tenías que adivinar qué demonios había estado a punto de decir. Otras veces era muy directo. Con Rip Torn, por ejemplo. Rip era un actor del Método, pesadísimo, que interpretaba a Judas. No sé si entonces ya estaba casado con Geraldine Page, mucho mejor intérprete que él. Rodábamos la escena en la que van a apedrear a María de Magdala, cuando Cristo, que era Jeffrey Hunter, dijo aquello de que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Todos dejan caer las piedras menos Rip. Mira a Jeffrey, mira a la gente que comienza a irse, mira las piedras en el suelo, se inclina hacia una piedra, se para, mira hacia María de Magdala, y cuando va a agarrar la piedra, Nick le dice, sin apenas alzar la voz:
“Rip, es una puta piedra, no un cheque de mil dólares”.

Cuando se enteró de que Buñuel estaba en Madrid me pidió que se lo presentara. Fue una de las pocas veces que le vi nervioso. Corrijo: yo diría que la que más. Yo había conocido a Buñuel a través de Silvia Pinal, cuando rodaron Viridiana. Pensé: “No creo que estos dos conecten, pero en fin, ya se verá”. Fuimos a comer al Hilton. Durante la primera media hora Nick no abrió la boca salvo para comer. Buñuel tampoco hablaba, o hablaba de los platos, el tiempo, esas cosas. Pero luego fue peor, porque Nick se animó con el vino. Iba tomando copa tras copa para vencer la timidez. Empezó contándole a Buñuel una secuencia surrealista que había pensado para Los dientes del diablo y que no le dejaron hacer  y acabó explicándole lo que era el surrealismo.
Buñuel le miraba con aquella sonrisa suya socarronísima y no decía nada. Yo quería meterme debajo de la mesa. Nick se levantó para ir al lavabo y Buñuel me dijo: “¡Qué tío más célebre!”.
Cuando nos quedamos solos, Nick sonrió y me preguntó:
“¿He estado muy mal, verdad?”
“Como un colegial”.
“A veces me pasa”.

Rey de Reyes- cartelNick era un artista, un hombre muy generoso y afable, y un director muy concienzudo, que funcionaba mejor en las distancias cortas. Rey de Reyes y 55 días en Pekín eran películas demasiado grandes, que le agotaron. Por otro lado, no era fácil trabajar con un tipo tan ególatra y tan caótico como Bronston. Rey de Reyes fue un rodaje duro y difícil y Nick consiguió llevarlo a buen puerto. Recuerdo las sesiones del Sermón de la Montaña, que duraron días y días, con miles de figurantes y un calor atroz, tan atroz que Franz Planer cayó desmayado, y no fue el único.
La película solo funcionó en España, donde recaudó diez millones de pesetas. Nick se fue a vivir a Italia y juró que nunca volvería a trabajar con Bronston, pero acabó volviendo: cosas del cine. Lo increíble no es solo que Nick aceptara, sino que Bronston le llamara otra vez , porque casi habían llegado a las manos. Y Nick no llegaba a las manos ni que le mentaran a su madre.
Yo no estuve en 55 días porque trabajaba entonces con David Lean, pero todos me contaron que aquello fue un infierno. Nick se vino abajo, Bronston aprovechó para reemplazarle y allí acabó su carrera. Bronson hizo correr que se trataba de un nervous breakdown. Teddy Villalba me dijo que era un cuento: fue una cosa coronaria de muy fácil solución, pero dejar el rodaje, aunque fuera en ambulancia, era la excusa perfecta para quitarle la película.
A Nick le quise mucho y creo que él también a mí, porque años después vino al bautizo de mi hija, pero era difícil saber lo que pasaba por su cabeza. Yo lo adivinaba a veces, no siempre, y el tener que andar adivinando entorpece cualquier amistad. De quien me hice muy amigo, porque era tan expansivo como yo, fue de Sumner Williams, el sobrino de Nick, que en Rey de Reyes era jefe de segunda unidad y se quedó en Madrid cuando Nick se fue a Italia.
En esa época, mi ático ya comenzaba a convertirse en el “Hostal Vidal”, como lo bautizó uno de los habituales, ahora no sabría decirte quien, porque estaba abierto a cualquier hora del día o de la noche, y las fiestas entre rodajes (y a veces durante) eran continuas. El ático estaba en el 94 de General Mola, hoy Príncipe de Vergara, entre general Oraa y María de Molina. Tenía una terraza enorme y abajo había una piscina de consideración. Por allí pasó mucha gente de cine y muchísimos músicos de jazz: Lionel Hampton, Don Byas, Tete Montoliu, Lou Bennett, que vivió allí durante un buen tiempo… la gente de Quincy Jones… Phil Woods… y Sir Charles Thompson, me acuerdo ahora, un pianista que tenía un estilo entre Nat King Cole y Ellington. El “título”, decía, se lo había concedido Lester Young: contaba que el jazz americano estaba lleno de reyes y reinas y condes y duques y presidentes, pero que aún podían aprovechar la nomenclatura británica. En el ático durmieron y follaron y comieron y tocaron cuarto y mitad de los músicos que pasaban por Madrid y recalaban en el Whisky Jazz y, tiempo después, en Nickas, el club de Nick, que acabó llevando Sumner.
Sumner se convirtió en un habitual de mi casa, él y su pareja de entonces, la bailarina Naima Cherky, que bailaba la danza del vientre en Morocco, un cabaré que estaba junto a Gran Vía, creo que en Marqués de Leganés, y aquel mismo año bailó de nuevo en La venganza de don Mendo, porque Fernán-Gómez estaba loco por ella.
Sumner era un chaval guapísimo, encantador y muy inteligente. Había trabajado como actor en varias películas de Nick: yo le recuerdo en La casa en la sombra, cuando él era un crío, y luego en Muerte en los pantanos, que es una de las películas de Nick que más me gustan. Quería dirigir, y por eso Nick le metió en la segunda unidad de Rey de Reyes. Se había casado con Donna Anderson, que fue una de las protagonistas de La hora final, de Stanley Kramer. Ella se quedó embarazada, y para poder seguir con su carrera abortó y no le dijo nada. Cuando Sumner lo supo se vino abajo, y su tío lo puso al frente de Nickas.

Nicholas Ray y Ava Gardner en el rodaje de 55 días en PekinNickas era el club que abrió Nick en Madrid, cuando Bronston le quitó 55 días en Pekín y le sustituyó por Andrew Marton y él juró de nuevo que dejaba el cine para siempre. Estaba en María de Molina esquina Cartagena, en las Torres Blancas. Teóricamente era un club de jazz, y jazz fue lo que más escuché allí, pero acababa cantando y tocando todo el mundo que a Nick le caía bien. Como Mari Trini, por ejemplo, que empezó allí tocando la guitarra y cantando en francés cuando era una cría. Había que saber un poco de inglés para pillar el doble sentido del nombre: fonéticamente sonaba igual que Nick Ass, que tanto puede ser “el culo de Nick” como “el gilipollas de Nick”.
Aquel sitio se convirtió en el club de la gente de cine y la segunda sede de los americanos en Madrid después de Whisky Jazz. Nick era muy generoso, tanto que allí acabó pagando poquísima gente. Abrir un bar de copas y que todos tus amigos beban gratis es cojonudo pero ruinoso. Luego pasó lo que también se veía venir: que a Nick le rebrotó el virus del cine, porque una vez que te ha picado ya no te abandona, y empezó a meterse de nuevo en proyectos por media Europa. No cuajó ninguno, pero dejó el club en manos de Sumner y se fue a vivir a una isla al norte de Alemania, así que Nickas debió durar apenas dos o tres años. A Sumner le duró todavía menos, porque era de la pasta de su tío. No lo critico: si yo hubiera abierto un bar de copas me habría pasado lo mismo que a ellos. Cuando Nickas entró en números rojos, Summer lo vendió a Antonio Recoder, José Vicuña y Gonzalo de Borbón, los dueños de una discoteca, Piccadilly, que estaba enfrente, y los cuatro abrieron allí un restaurante que se llamó Sum-Sum y tampoco duró mucho.

Guns of DarknessAhora vuelvo atrás, porque después de Rey de Reyes me fui a Málaga para rodar Al final de la noche (“Guns of Darkness”), de Anthony Asquith, con David Niven y Leslie Caron. La película no era nada del otro jueves, pero comparada con Rey de Reyes fue como unas vacaciones pagadas. David Niven y Leslie Caron eran unos ángeles, y lo mismo puedo decir de  Anthony Asquith, un aristócrata inglés al que sus amigos llamaban Puffin y los eléctricos, siempre tan desaboríos, bautizaron como La Estraperlista, porque viajaba en Rolls, se paseaba por el set con un monito al hombro y siempre ofrecía distintas clases de tabaco a todo el mundo.
Asquith era la bondad y la gentileza personificadas y se desvivia por su equipo. Su Rolls rebosaba de gente tanto a la ida como a la vuelta del rodaje, hasta el punto de que una vez el chófer tuvo que dar media vuelta al darse cuenta de que entre tanta parada y tanta subida el propio Asquith se había quedado en tierra, y cuando fuimos a buscarle le encontramos muerto de risa, sentado en un arcén de la carretera, jugando con el monito.
¿Qué se le había perdido a Asquith en Málaga  con aquella historia más bien insignificante de una revuelta en una república bananera? Por dinero no sería, porque le salía por las orejas, pero en esa época hizo películas que estaban muy lejos de las que le habían dado fama, casi todas ellas adaptaciones impecables de comedias clásicas inglesas, desde el Pigmalión de Bernard Shaw, que rodó en los años treinta con Leslie Howard y le dio fama instantánea, hasta La importancia de llamarse Ernesto, de Wilde, ya en los cincuenta, que sigue siendo una joya, sobre todo por las interpretaciones. Era amiguísimo de Terry Rattigan, el dramaturgo inglés más aclamado de entonces, y filmó muchas de sus comedias. Digo “de entonces” y la verdad es que a Rattigan ya comenzaba a pasarle lo mismo que a Asquith: estuvieron en la cresta de la ola durante años, hasta que llegó una ola más alta y más moderna y comenzaron a decirles que su momento había pasado, que hacían un cine y un teatro que “ya no se llevaba”. Puede ser, pero sabían mucho y tenían clase y buen gusto para dar y tomar. También es verdad que Asquith perdió fuelle, y que sus películas de los sesenta, como digo, tenían, a mis ojos, un interés reducido y un aire un tanto acartonado.

Anthony AsquithPoco después de Al final de la noche, Asquith dirigió Hotel internacional y El Rolls Royce Amarillo, las dos escritas por Rattigan en horas bajas, pero estaban cuajadas de estrellas internacionales y se vendieron bien. Asquith murió cuando estaba a punto de rodar Las sandalias del pescador, el best-seller de Morris West, que hubiera sido su mayor éxito, su retorno a las grandes ligas. Lamenté mucho su muerte porque tuvo conmigo un detalle (qué digo un detalle: un detallazo) que cambió mi vida.
Una noche estábamos solos, en un bar de Málaga, a punto de cerrar, cuando me dijo:
“David Lean va a venir a España a hacer una película”.
Yo admiraba locamente a David Lean desde Breve encuentro, una de mis películas favoritas, y sabía que había trabajado como montador de Asquith en Pigmalión, al principio de su carrera, porque él le había llamado. Y sabía también que la película que iba a hacer Lean se llamaba Lawrence de Arabia. No sabía más que eso.
“Lo que no sé si sabes”, continuó, “es que la historia de T.E. Lawrence ha sido  una de las grandes pasiones de mi vida. Estuve a punto de hacerla hace diez años, con Dirk Bogarde, que era perfecto para el papel, pero en el último momento la Rank se echó atrás. Me alegro de que la haga David, porque es un director extraordinario”.
Quedó en silencio y apuró su copa.
“Por cierto, le he hablado muy bien de ti y va a llamarte”.
Y aquí el que se quedó mudo fui yo.

(Continuará).

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Gracias a tí, Lola. Tranquila, que queda serie: al menos tres episodios hasta cerrar la primera temporada. Y en la segunda, "La hija de D'Artagnan" (o sea, Habla Alana Vidal).
Un abrazo!

Gracias por estas lecturas, Marcos, disfruto un montón. Me apena que se acaben...

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Bulevares Periféricos

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Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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