Retorno a "American Graffiti" (II)

Por: | 07 de diciembre de 2012

Mel's Drive In - luz fascinante

American Graffiti es la historia de cuatro amigos: Curt Henderson, Steve Bolander, Terry Fields y Big John Milner. Y, no nos olvidemos, de sus tres compañeras: Laurie Henderson, Debbie Dunham y Carol Morrison. Digo que no nos olvidemos porque George Lucas lo hizo: al final de la película, en un inconsciente (o no) pronto misógino, nos contó los destinos de ellos pero no los de ellas, como si solo hubieran existido una noche.
Supongo que estoy ante unos lectores que habrán visto American Graffiti quince o mas veces, igual que yo, o sea que me parece que no fastidio nada al contar los finales. Si, por el contrario, no la han visto jamás (cosa que me cuesta de creer, sinceramente), sáltense olímpicamente el párrafo final, aunque la verdad es que ahí lo cuento de un modo un poco elíptico.
Curt Henderson y Steve Bolander han conseguido una beca para estudiar en una universidad del Este. Hablaremos de Curt más tarde porque, a su manera, es el protagonista. O el hilo conductor de las historias.
Steve ha decidido tomarse un tiempo antes de dar el salto. Está perfectamente integrado en su ambiente. Es el prototipo del buen chaval americano, el chico más popular de su curso, y de su barrio, y del pueblo entero. Fue todo un hallazgo de casting que lo interpretase Ron Howard. Digo hallazgo y me quedo corto: conjunción astral. Porque Ron Howard había sido Opie Taylor, el hijo de Andy Griffith en The Andy Griffith Show, una de las telecomedias familiares más populares en la América de los 60, la heredera natural de Father Knows Best o Leave It To Beaver en los 50. The Andy Griffith Show transcurría en Mayberry, una pequeña ciudad idílica de Carolina del Norte, y la escena precréditos iba cambiando cada temporada a medida que el pequeño Opie crecía.
Para el espectador americano no sería difícil pensar, al ver a Ron Howard, que su personaje había seguido creciendo y se había trasladado con su familia a otra pequeña ciudad idílica, esta vez al sur de California.
Terry Fields, autoapodado Terry “El Tigre” - “The Toad”, el Sapo, en la versión original - es gafoso, patoso (entra en escena pegándose un morrón con su Vespa porque no controla la velocidad), granujiento, y presumiblemente pajero hasta la artrofia metacárpica. Terry, el sapo (bueno, dejémoslo en la rana) que quiere ser tigre, va a recibir dos regalos que le vienen grandes: el Chevrolet Impala del 58 de su amigo Steve, y una novia ocasional, Debbie (Candance Clark), que se peina y se viste y actúa como si quisiera ser la réplica pueblerina de Sandra Dee. El actor que interpreta a Terry es Charlie Martin Smith, que si ya era feo entonces poco a poco fue a peor, aunque a cambio unió a sus trabajos actorales las facetas de director y productor. Sí, como Ron Howard, pero en serie B.
Big John Milner (Paul Le Mat) es el mayor de los cuatro y parece venir de una película anterior, de un tiempo anterior. Guarda el paquete de Camel corto en la manga doblada de su camiseta, como James Dean en Al este del Edén, y proclama que el rock murió con Buddy Holly: lo mismo que cantaría Don McLean en American Pie, la canción más próxima, en espíritu y en sentido de la narración, a American Graffiti.

Richard Dreyfuss, Charlie Martin Smith y Ron Howard

Big John es una leyenda local, el gran campeón de las carreras ilegales con su Yellow Deuce Coupe trucado. El nombre completo del vehículo, me informa un amigo reverente, es Ford 5 Window Deuce Coupe del 32. Parece que hay que indicar la añada, como con los vinos de fuste. 
Irónicamente, el supermacho Big John no tiene novia: el destino le encarga la tutela de una adolescente, Carol, interpretada por Laurie Phillips, la hija de John Phillips de The Mamas and the Papas, también, nada casualmente, los autores de California Dreaming. No parece haber casualidades en esta película, sino constantes golpes de gracia, y encajes y puentes casi mágicos.
Otro auténtico golpe de gracia fue la elección de Paul Le Mat para el personaje de Big John, porque no se había puesto jamás ante una cámara. Tenía casi treinta años, era veterano de guerra (luchó en Vietnam y fue condecorado) y acababa de ganar el campeonato de boxeo (peso Welter) de Los Ángeles. Según algunas fuentes, el personaje de Big John estaba inspirado en John Milius, compañero de Lucas en la escuela de Cine de la Universidad del Sur de California. Según el propio Lucas, muy en la línea Madame Bovary c’est moi, los cuatro protagonistas de American Graffiti eran otras tantas proyecciones de sí mismo: la faceta distante y observadora de Curt, el lado “buen chico” de Steve, la patosía de Terry, y la pasión por las carreras de coches de Big John. Los cuatro actores estaban fantásticos, pero fue Le Mat quien se llevó el Golden Globe al mejor debut del año.

Paul Le Mat


Para mi gusto, la mejor escena de Big John (y una de las mejores de la película) es cuando lleva a Carol a un cementerio de automóviles y le habla de todos sus compañeros muertos. El diálogo y la planificación son tan buenos que parece que estén hablando del tiempo, o sea, que te la meten doblada. Bogdanovich hubiera filmado esa escena como si se tratara del anticipo de una tragedia griega. En la gran carrera final, mientras suena Green Onions, de Booker T and the Mg’s (pillada por los pelos, porque salió en octubre del 62, es decir, después de aquel verano) Big John corre contra un tal Bob Falfa, interpretado por un jovencísimo (y también debutante Harrison Ford), que entonces trabajaba como carpintero en unos estudios. Big John salva el honor pero les confiesa a sus amigos que iba perdiendo, que ya está fuera de las carreras y fuera de la historia. Quizás, ahora que lo pienso, ese era el sentido secreto de meterle a la escena una canción posterior, una canción del futuro. En la película, esa zona lejana y desierta donde tienen lugar las carreras prohibidas se llama Paradise Road, de lo que igualmente podría deducirse, atando ambas moscas por el rabo, que Big John está ya fuera del Paraíso.

Wolfman Jack en su templo

Como en todo Paraíso que se precie, en American Graffiti hay un Dios.
Dios es una voz detrás de un micrófono, como el doctor Mabuse o el mago de Oz. Una voz omnipresente que parece guiar los destinos de los personajes. La voz de ese Dios pertenece a Wolfman Jack, el Hombre Lobo, el rey de los discjockeys de la Costa Oeste (aunque se le escuchaba en todo el territorio nacional), que en la película interpreta su propio papel.
Wolfman Jack – en realidad llamado Robert Weston Smith - era un mito personal de George Lucas. Accedió a hacer la película y vivió de ella hasta su muerte en 1995, porque Lucas tuvo el detallazo de pasarle mensualmente un tanto de los beneficios. Su muerte fue singular y, en cierto modo, bastante buena. A los 57 años hizo una larga gira promocionando su autobiografía. Vuelve, abraza a su mujer, dice “Qué ganas tenía de estar en casa” y palma en sus brazos de un infarto.
Así murió también el segundo marido de Ana María Matute, ahora que lo pienso.
En la película, los protagonistas fantasean sobre la naturaleza de ese Dios invisible. Nadie sabe dónde está. Para unos emite desde un avión; para otros, desde un barco. Una emisora pirata, un barco pirata. “Nunca atraparán al Hombre Lobo”, dice un miembro de la banda de los Faraones, como si hablara de Jesse James o del Vaquilla. La voz del Hombre Lobo comenta las acciones de los personajes como si realmente las estuviera viendo desde las alturas, pone en contacto a los deseantes, suministra un continuo flujo de música. Cuando ví la película yo soñaba en un Dios semejante, que pusiera una ininterrumpida banda sonora en nuestras vidas.

La carátula de la banda sonoraAhora toca hablar ya de Curt Henderson, un estupendo y contenidísimo Richard Dreyfuss, a años luz de algunos desafueros posteriores. Curt es como Franco Interlenghi en I Vitelloni: el que tiene que irse y no se decide. Quiere estudiar en el Este y estrecharle la mano a Kennedy, pero para eso ha de dejar atrás su mundo, su familia y sus amigos. Lo que se llama un rito de paso. 
En la mejor escena de la película (me pongo fundamentalista: esto es indiscutible) Curt va a ver a Dios.
Descubre el templo secreto en las afueras de la ciudad, al otro lado de la burbuja. Como en las mejores historias, va buscando una cosa y encuentra otra. Curt va a ver a Dios para que interceda y le facilite su deseo, que es la esencia del deseo mismo: alcanzar lo inatrapable. Lo inatrapable es una rubia que viste de blanco y viaja en un Ford Thunderbird blanco del 56, como aquella otra mujer de blanco que vio una vez Everett Sloane en Ciudadano Kane, cuando era muy joven, y en la que no dejó de pensar todos y cada uno de los días de su vida.
Una amiga de Curt le dice que la rubia maravillosa es la mujer de un empresario local, y Curt no puede creer que esté atrapada en un matrimonio convencional. Que sea como su madre, vaya.
Para él, la rubia del Thunderbird es la libertad total, atravesando la noche como una estela.
Ahora viene otro recuerdo que tenía bastante sepultado.
A los quince  (dos años antes de American Graffiti), yo me enamoré de un icono semejante.
No iba en coche. Estaba muy quietecita, como la Fanny Ardant cantada por Vincent Delerm.
Era la chica de un anuncio de Coca-Cola. Ese anuncio estaba en el escaparate de un supermercado. Era rectangular y medía cuatro o cinco metros. La chica era americana. Tan americana como la Coca Cola. Más americana no podía ser. Su cara, iluminada por el sol, sonriente y maravillosa, ocupaba casi todo el rectángulo. Al fondo se veía un poco de césped. El césped de un campus, seguro. Y el sol unicamente podía ser californiano. Una chica californiana, de una universidad californiana.
Yo pasaba cada día por delante de aquel supermercado para ver el anuncio, hasta que decidí que tenía que ser mío. Si la chica no podía ser mía, lo sería su representación. Me inventé una historia idiota, algo de un trabajo sobre publicidad, que los del supermercado no se debieron creer ni de coña, pero me puse tan pesado que acabaron regalándome el anuncio. Ocupaba una pared entera de mi habitación. Era como una pantalla de cine, una falsa ventana abierta a una California imposible, soñada. Otro viaje inmóvil.
La quintaesencia de una chica libre, atrapada en un cartel, en la pared de un cuarto sin ventanas, en la Barcelona de 1972.

Ahora Curt entra en el templo. Podría ser una escena de David Lynch.
El locutor nocturno tiene voz de negro pero es blanco. Y grueso: parece una ballena varada. También parece atrapado en otra época, como nos indica ese tupé casi petrificado que no casa con su edad. El locutor le ofrece un helado que se está derritiendo, porque la nevera se ha estropeado. Un hombre solo, hablando en la noche. Se están derritiendo todos los polos y alguien tiene que comérselos. No, no es fácil ser Dios.
Curt le pide que radie su llamada de socorro: quiere ver a la chica del Thunderbird, hablar con ella. Le da el número de teléfono de una cabina y Dios le dice que le concederá ese deseo.
Luego hablan un rato y de repente, a lo tonto, Dios le dice que no es Dios, es decir, que no es el Hombre Lobo.
“El Hombre Lobo”, cuenta, “viene a veces por aquí y deja todas las cintas que ha grabado”. “¿Está todo grabado, entonces?”, pregunta Curt. 
Dios-hombre sigue contando la leyenda, el evangelio: “El Hombre Lobo viene aquí y me habla de sus viajes, de los maravillosos lugares que ha conocido. Si yo pudiera irme”, dice, “haría como él. Viajaría por el mundo, en lugar de estar aquí noche tras noche”. En ese momento, Curt obtiene la respuesta a la pregunta secreta, la que secretamente había ido a buscar. 
“No hagas como yo”, le dice Dios-hombre. “Escapa, ahora que todavía estás a tiempo”. En esa escena, Dios-hombre parece mismamente Morpheus persuadiendo a Neo para que escape de Matrix, para que salga de la burbuja. Cuando ya se está yendo, Curt mira hacia atrás, por la rendija de la puerta entornada, esas rendijas que en las películas siempre son grietas abiertas hacia la verdadera realidad, y descubre, al oirle hablar de nuevo, que Dios-hombre es Dios-Padre, el auténtico Hombre Lobo: el viajero inmóvil, el hombre que se finge leyenda, la ballena varada que se disfraza de delfín o de Kraken, el mítico dragón marino de las leyendas noruegas.

Curt sale del templo. Está muy cansado y se queda dormido en el coche, junto a una cabina. Está amaneciendo. Le despierta el sonido del teléfono y corre hacia él. La rubia del Thunderbird, que ahora también es sólo una voz, le dice que puede encontrarla todos los días a la misma hora, subiendo y bajando con su coche por la calle Tres.
Pero no hay encuentro: Curt está decidido a marcharse. 
Entonces suena Goodnight, It’s Time To Go, de los Spaniels.
En el plano final, cuando Curt está ya en el avión camino del futuro, ve un coche blanco en el desierto, en Paradise Road. Muy pequeño, cada vez más pequeño. Un coche que parece seguirle pero también se aleja, hasta convertirse en un cochecito de juguete: la infancia que queda definitivamente atrás.
La película se cierra con un plano del cielo azul, vacío, donde aparecen, enmarcados en óvalos, los rostros de los protagonistas. Unos breves rótulos nos informan de sus destinos. Uno fue atropellado por un conductor borracho, otro desapareció en Vietnam, el tercero se quedó en la tienda de su padre. Del cuarto se nos dice que vive en Canadá, destino habitual de los desertores del ejército, y que es escritor.
Nada se nos dice, insisto, de Laurie, de Debbie, de la pequeña y maravillosa Carol.

Comienza a sonar All Summer Long, de los Beach Boys.
El verano ha terminado. Pero sigue vivo en American Graffiti.
Para eso se inventaron las historias. Y el cine. Y la música.

 

Hay 5 Comentarios

barbaro recordar la peli y sobre todo los autos

Nací en el 58 y esta es mi peli favorita de todos los tiempos y que más veces he visto (en un cine, pagando) y la segunda que más veces he visto -después de Casablanca- en cualquier soporte inventado con posterioridad. Cuando confesaba esto, que era la peli que más me gustaba, en los 80 a mis amigos protointelectuales no se lo podían creer, mis amigos de ahora, postintelectuales, siguen sin dar crédito (recién hace una semana me tocó volver a decirlo). El vinilo doble desplegable -y las dos réplicas que llegaron a hacer aprovechando el tirón de Wolfman Jack- siguen en mi colección como joyas de un tiempo (o dos tiempos, el del 62 cuando transcurre la acción y el del 73 cuando se rodó) que no volverá.

¡Gracias, José Luis!
Y gracias, Pedro. Doblemente. Por cierto, el 7 de febrero "hay" nuevo libro: "Un jardín abandonado por los pájaros", que publico en El Aleph.

Ay! Ya me empujaste el otro día a reencontrarme con AG y me temo que esta tarde voy a repetir. De hecho estoy oyendo la banda sonora de fondo. Por cierto, que para este último puente del siglo y harto ya de seguirte tímidamente en los papeles me he organizado un Festiordóñez en toda regla. Me he zampado ya 'Beberse la vida' y estoy con 'Telón de fondo'. Me espera 'A pie de obra' para rematar el finde y creo que pronto iré por el resto para una nueva edición del festival, a tenor de lo mucho que estoy disfrutando. Una sola palabra: gracias.

Muy agradable ver la peli con tus ojos .Gracias

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Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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