Ignacio Vidal-Folch, un hijo de Jules Renard

Por: | 12 de diciembre de 2012

Foto de Txema SalvansIgnacio Vidal-Folch, que gusta de retratarse con cara de conspirador syldavo y mirada de “¡Cuidadín conmigo!” es, y no digo con esto nada nuevo, un espléndido escritor, miembro de honor de la Fox Society, es decir, de los pocos que pueden considerarse hijos legítimos de Jules Renard, el gran dietarista. En su prosa he encontrado también ecos de Pla, y de Léautaud, y de Bioy, y de Julio Ramón Ribeyro, entre otros maestros.
Lo que cuenta es la ilusión (Destino), su selección de entradas de diario, que acaba de publicar, me parece un libro admirable, de los que hacen muchísima compañía: lo cierras por la noche y ya añoras el momento en que volverás a él, como una cama fresca, recién hecha.
Como Renard, Vidal-Folch sabe mirar hacia adentro y hacia afuera: hay una enorme curiosidad, tanto por los movimientos del espíritu como por los paisajes, los hombres y las cosas. Encontramos aquí la misma mirada, sorprendida y sorprendente, de Barcelona Museo Secreto (2009), artículos que vieron la luz en la edición de Cataluña de El País, luego recogidos en libro por una pequeña editorial, Actar, y que merece una urgente reedición, porque no es fácil de encontrar y debería serlo.
En Lo que cuenta es la ilusión se refiere a esa antología citando un texto de Novalis que ilustra muy bien su poética y hubiera podido ser su pórtico (o el de este): “Cuando doy a las cosas vulgares un sentido augusto, a las realidades cotidianas un aspecto misterioso, a los objetos conocidos la dignidad de lo desconocido, a los seres finitos un reflejo del infinito, hago romanticismo”.
Su nuevo libro va mucho más allá del formato de dietario: supone un formidable muestrario de crónicas, retratos al minuto (imagino que cocinados muy lentamente), aforismos que huyen de la impronta categórica del género, viajes a territorios muy lejanos o, a la manera de Novalis, a cercanías inexploradas, que Vidal-Folch nos hace ver con ojos nuevos.

Hay páginas soberbias sobre Lisboa, Cabo Verde o Praga; hay una profunda zambullida en el mar de Aral y una fascinante recalada en Muynak, pueblo de pescadores convertido en desierto, “turbio de tempestades de arena” (p.191), pero también incursiones en el inframundo yonqui de Can Tunis (p. 68 y ss.), en los mecanismos y rituales del hospital de Bellvitge (83 y ss.), o en la prostitución ramblera, siempre con el tono justo, sin grandilocuencias ni malditismos impostados, sin desmesuras sentimentales, porque ya ha quedado muy claro que el romanticismo de Vidal-Folch es otra cosa y nada tiene que ver con quincallerías exóticas ni postales de cielos tormentosos.
No es un “turista del ideal”, de ningún ideal, ni un turista a secas: si habla de los afanes de Patricia, Giselle y Adriana (y la crónica sobre las vidas de esas tres prostitutas es una novela completa en veinte o treinta páginas) es porque las ha conocido sin disfrazarse de Genet, porque ha compartido, a la manera de Aldecoa, sus preocupaciones, su lucidez, sus engaños, su vocación para la alegría, del mismo modo que ha intentado ayudar a Shinranhit, la esposa fugitiva (p. 283), en otro extraordinario episodio: pocos han escrito así, con una visión tan ecuánime, de la Barcelona oculta de los emigrantes, de los humillados y ofendidos, de los supervivientes, de lo que solo conocemos por referencias tremendistas o edulcoradas.
A veces asoma, en cambio (y esa es la parte que menos me gusta), una mirada inclemente, áspera, que suele ser bienvenida cuando el escritor se convierte en agente doble de sí mismo, pero no tanto cuando enfoca a un amigo o un conocido, como en el retrato del fiscal homosexual y agonizante (p. 267). A no ser que se trate de una ficción, que también podría ser. Predomina, sin embargo, un humor elegante, incisivo pero sin herida, ese humor “honesto y vago” del que hablaba Pla, a veces un poco esclerotizado por las manías y los emperramientos que en todos nosotros van acarreando los años.
Hay, hablando de Pla, un encuentro con Roca i Junyent (p.123) que podría haber figurado en El quadern gris (no cuesta imaginar a Vidal-Folch con sombrero hongo, bajo los arcos voltaicos) y un episodio, donde combina la compra de un colchón viscoelástico y el cobro de un cheque en la Western Union, que podía haber firmado Jorge Ibargüengoitia.   

Portada de Lo que cuenta es la ilusiónHay tantas cosas que me han gustado en este libro que se impone una selección “ilustrada”, como quien inserta canciones de You Tube, porque lo de citar el asunto y el número de página viene bien como indicación de lectura, pero queda un poco esquelético, y aquí se trata de que a ustedes les entre hambre, o sea que vamos a echar un vistazo a algunas vituallas del bufé.

En una de las entradas, Vidal-Folch especula con la posibilidad de que el Liceo se alquilase para funerales, aquellos funerailles d'antan que cantaba Brassens, y remata el texto con una coda de gran estilo, en la que resuena el valseo, la melodía verbal de Maupassant:
“La gente podría darle el pésame a los deudos directamente en la platea, por encima del pasamanos, según van desfilando hacia la salida, y de allí a los restaurantes tardíos donde entre risas se brindará por el muerto, y bajo el mantel las manos explorarán la suavidad sedosa de rodillas ajenas”.

En otra se autorretrata oblicuamente, fuera de la manada, contemplativo, con los ojos entrecerrados por un desdén entre risueño y altivo, y saca de la chistera otro broche brillante, que veo dibujado por Gallardo:
“Las truchas nadan a contracorriente y saltan anhelantes río arriba, pero alguna hay que conculca todas las normas, se rezaga, se queda en la poza, recostada en una piedra, mirando pasar las nubes por el cielo, fumando un cigarrillo Kent”.

Puede ser tan preciso como inusitado describiendo un rostro, en este caso el del escritor argentino Marcelo Cohen: “Esa seriedad adusta, de rasgos corrientes, corregidos y espiritualizados por la marca de la permanente meditación intelectual, desprendida de las contingencias del yo, y que parece un signo de que la humanidad, aunque haya sido condenada, está haciendo exactamente lo que tiene que hacer”.

También consigue decir mucho en muy pocas líneas, como en esta felicísima y terrible meditación sobre el paso del tiempo, de estructura poemática:
“¿Suena el teléfono de madrugada? Serán los amigos, que están de ronda y vienen a arrancarte del sueño para que te tomes con ellos las copas del amanecer. ¡Ah, pero no, no puede ser, eso fue hace mucho!...
¿Suena el teléfono de madrugada? Ve preparando la corbata negra”.

O esta evocación, casi pavesiana, de un lejano amor estival:
“Tenía un cuerpo sin curvas, pequeño, de niña. Aquel verano se echó el primer novio, un chico de su edad, y al anochecer, cuando el calor cedía un poco, salían a pasear de la mano por las calles desiertas de la ciudad, entre las casas grises, en el aire caliente de agosto. Ella llevaba un vestido corto y los primeros tacones altos. Andaban los dos, un poco andróginos, muy despacito, dándose besos de vez en cuando, y a ella le temblaban un poco las delgadas piernas, inseguras como las de un potrillo”.

Y, ya cerrando, este otro (castellanísimo) autorretrato, a la altura del mejor Sánchez Mazas:
“Al llegar al castillo de los Silos. Veo en su silueta noble, sombría, severa, erguida sobre la ondulación de los dorados campos, la efigie de un alma que perdí y que me hubiera estado esperando calladamente desde entonces, petrificada en la forma de un castillo aislado, rodeado de trigales ondulantes. Casa del alma austera, orgullosa y otoñal. ¡Ojalá fueras más amable, más alegre, y tuvieras más color, y que en alguna estancia sonase de vez en cuando Meraviglioso, de Domenico Modugno! Pero hay que aceptarte así, espaciosa y desierta, batida por corrientes de aire cada día más glacial, perfumada sólo por la flor de amapola, flor sin aroma, flor española que se deshoja al tocarla.

Según informa el subtítulo, Lo que cuenta es la ilusión está compuesto por notas escritas entre 2007 y 2010, pero, a juzgar por la numeración, el dietario completo cuenta con la friolera de veinte mil entradas. O sea, que daría para diez o veinte tomos.
Si yo fuera editor no dudaría en publicar todo ese material, año tras año.

Ignacio Vidal-Folch


Hay 5 Comentarios

¡Gracias, gracias, gracias! por la recomendación, sr. Ordóñez. Compré el libro la semana pasada. Anoche empecé a leerlo. He apagado la luz a las 4 1/2. No podía parar. Me he reído como un loco. Aunque a veces hay fragmentos muy duros. En fin, exactamente lo que dice usted en su crítica.

Vidal-Folch escribe muy bien. Ordóñez, aún mejor.

Seguro que se han dado cuenta que los números de las entradas corresponden con el número de días que I.V.-F. lleva lamentándose por este mundo.

Gracias a tí. Un fuerte abrazo.

La recomendación de "Barcelona Museo Secreto" (¡a ver si vuelve a "El País"!) ya era un aliciente grande. Pero con los magníficos extractos publicados la cosa se magnifica. Muchas gracias por el consejo...

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Sobre el autor

Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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