Las máquinas pasionales de Jordi Costa

Por: | 20 de noviembre de 2013

Jordi Costa
Foto de Álvaro Suárez



En las navidades de 2012, el crítico y ensayista Jordi Costa debutó como cineasta con Piccolo Grande Amore, casi una suerte de auto sacramental en clave de giallo sobre los trastornos del amor, a lomos (incendiados) de las canciones italianas más víricas. La película, un largometraje de 88 minutos, formaba parte del proyecto Little Secret Films, auspiciado por Pablo Maqueda y Haizea G. Viana. Era una convocatoria abierta (llegaron a filmarse dieciséis cintas) e implicaba, entre el juego, el reto y el manifiesto, que cada una debía rodarse en un máximo de veinticuatro horas consecutivas, para colgarse el 1 de febrero de 2013, en la página http://www.littlesecretfilm.com./

“Se trataba”, rememora Costa, “de imaginar una historia, formar un equipo, improvisar los diálogos con los actores, porque otra de las condiciones era que no hubiera guión escrito, y, sobre todo,  lanzarse a rodar sin entrar en el laberinto de visitas a productores, subvenciones, etcétera. A cambio, íbamos a pelo: había un dinero justísimo, para mínimos, y el imperativo de las veinticuatro horas nos llevó al escenario único, con unas pocas secuencias rodadas en la calle, justo frente al interior elegido. Le dije a los actores que vinieran con su ropa habitual, porque tampoco podíamos pagar maquillaje ni vestuario. Al acabar, para nuestra sorpresa, comprobamos que lo habíamos rodado todo en dieciocho horas: nos sentimos como unos jabatos. Piccolo Grande Amore costó, exactamente, 600 euritos, que fue lo que gastamos en las comidas y desplazamientos del equipo. Más low cost, imposible.”.
Los intérpretes eran Ana Bettschen, María José Gil, Eva Marciel, Ignatius Farray, Josué Tarapuez (absoluto debutante: diez años), Emilio Gavira y Eva Llorach, que firmaron colectivamente. El trabajo de cámara corrió a cargo de Pedro Temboury, el realizador de Karate a muerte en Torremolinos y Ellos robaron la picha de Hitler, y Carlos (Diamond Flash) Vermut, a modo de invitado de lujo, filmó la secuencia inicial en blanco y negro, donde Eva Llorach interpreta una escalofriante versión de L’importante è finire, de Mina.
La película lleva 10.227 visionados y fue seleccionada para la sección Foco España del Festival Lima Independiente.

Image003Varios meses más tarde, la cadena Calle 13 (Canal +/Yomvi) se une a Little Secret Films y propone, siguiendo su guarismo, aumentar el riesgo del envite: 13 películas, pero que no sobrepasasen las 13 horas de rodaje, para emitirse a razón de una por mes, y estrenarse luego gratuitamente en la red. Y con el thriller como modelo genérico.
Nace así La lava en los labios, segunda película de Costa, rodada en julio de 2013, con un elenco totalmente femenino: repite buena parte del equipo actoral de Piccolo Grande Amore (Bettschen, Gil, Marciel, Llorach), al que se unen Belén Riquelme y Rocío León.
“El presupuesto fue esta vez de dos mil euros, de modo que pudimos escapar del escenario único, aunque no de las tomas únicas: “la primera es la que vale” era imperativo categórico, que solo traicionamos en un travelling difícil, porque enlazaba presente y pasado, y que tuvimos que repetir un par de veces. Seguimos, eso sí, el mismo patrón de la película anterior: escribí un argumento, que las actrices desarrollaron en los ensayos. Construyeron diálogos, marcaron tonos, e incluso propusieron secuencias: la escena del Tíbet, por ejemplo, fue una propuesta de Belén Riquelme. Como necesitábamos nieve, localizamos en el Xanadú SnowZone, una increíble pista interior de esquí en un centro comercial de Móstoles. Otros interiores fueron un templo Hare Krishna que está en los bajos de mi propio inmueble, y también el Corral de la Morería, el café Kramer, el Mood Studio, y la sala de cine que utilizan en Universal para pases de prensa. Tuvimos la suerte de que un benefactor deseoso de permanecer en el anonimato nos dejara su mansión en las afueras, que se convirtió en dos casas, la de Adriana Duval (la parte más gótica, por así decirlo) y la de Julio Sepúlveda (la más luminosa y bohemia).
Rodamos toda la historia en las trece horas preceptivas, pero esta vez a lo largo de cuatro días, a causa de las diferentes localizaciones. A veces nos sentíamos como debieron de sentirse los pioneros, porque recurríamos a soluciones insospechadas. El estupendo Tek J. Smith, del equipo de dirección artística de Breaking Bad, que vive a caballo entre Albuquerque y Fuenlabrada, nos enseñó a montar una steadycam con una cañería circular. Y el día en que Antonio Graell, el director de fotografía, logró el prodigio de iluminar el interior de un higo (rico fruto de la Ficus Carica) para una visión epifánica de Eva Marciel, casi lloramos colectivamente de emoción”.

Piccolo Grande AmoreVínculo común, ideal para montar un programa doble de hardcore emocional: ambas películas están protagonizadas por personajes instalados en el artificio y viven pasiones extremas a través de ficciones. Las mujeres de la turbulenta Piccolo Grande Amore, integrantes del Club para la Apreciación de la Gran Canción Italiana, casi una secta secreta que se reúne en una cripta subterránea liderada por un misterioso gurú (Emilio Gavira), se identifican de tal modo con las divas del género, que adoptan sus nombres y utilizan sus canciones como patrones amatorios, hasta que la realidad, encarnada en un damnificado apocalíptico (Ignatius Farray) y un niño literalmente angélico (Josué Tarapuez), irrumpe violentamente en el gineceo: un relato armado a base de monólogos que hubiera complacido muy mucho al Manuel Puig de La traición de Rita Hayworth y Sangre de amor correspondido.

En La lava en los labios, el artificio es el norte y guía de su motor, Bonita Sepúlveda (María José Gil), a la que su padre, un todopoderoso (e invisible) crítico de cine, bautizó así como homenaje a Bonita Granville, la actriz de los años treinta que encarnó a Nancy Drew, la niña detective.
La atormentada Bonita, psicoanalista que viste como su modelo fílmico, inventó en su juventud un método de curación que aunaba cine e hipnosis, pero sufrió un violento shock traumático que la mantuvo fuera del mundo durante varios años, hasta que la visión de una película, El deseo y la lava, le produce una turbadora agitación, “como si supiera cosas de mí que yo ignoro”: mientras todo el público ríe a carcajadas, ella rompe a llorar, ignorando el motivo. Con una inesperada compañera de aventuras, la bailaora Eva la Jazmina (Eva Marciel), Bonita cumplirá su rol de ficción siguiendo los rastros de esa sacudida psíquica para conocer los orígenes del trauma (y hasta aquí puedo contar).

A diferencia de Piccolo Grande Amore, reconcentrada y claustrofóbica, La lava en los labios se expande y multiplica los relatos, con un poderoso tema central: el cine como apoteosis de lo irracional y chute directo en la vena del inconsciente. Son numerosos los ecos (o patronazgos), desde Pedro Almodóvar, ultrapresente en la estructura de círculos concéntricos – y en personajes tan desaforados como esa otra pareja feroz formada por la cineasta megalómana Adriana Duval (Ana Bettschen) y una actriz caída, Chloe Mazarrón (Belén Riquelme), o la enigmática Toni (Eva Llorach), clave última del misterio –  pasando por Jesús Franco, cuya influencia se percibe en la alegre y desinhibida tosquedad de la filmación, y al que se homenajea evocando la leyenda de Soledad Miranda. Recuerda también al Rivette ceremonial de los setenta –como Céline y Julie, Bonita y Eva no viven en la realidad sino en el territorio de la narración–, y a cineastas underground de la misma fértil década, como Arrieta, Padrós o, añade Costa, “los americanos hermanos Kuchar, que se divirtieron como salvajes rodando melodramas al estilo de Hollywood en super ocho y con escasísimos medios”.

El cine de Jordi Costa no es para tiquismiquis ni para amantes de las caligrafías perfectas. La obligada austeridad de las imágenes de La lava en los labios (hay algunos interiores pobremente iluminados, flashbacks “contados” porque no hubo tiempo ni presupuesto para rodarlos, falta de planos “de recurso” o de escenas de transición) queda compensada por la generosidad de la propuesta, las ganas de contar, la entrega actoral y la efervescencia imaginativa de todo el equipo: ofrece mucho más de lo que cabría imaginar en una producción de tales características, hasta el punto de que el aluvión de temas, ideas e historias queda comprimido en una duración de poco más de una hora. Esta es, en definitiva, una de las raras películas que, a diferencia de tantas otras, requeriría tranquilamente media hora más de metraje.
Tras su presentación en el Festival de Cine de Albacete, dentro de la sección Abycine Digital, La lava en los labios se presenta hoy a la prensa en Madrid y se estrena esta noche en el cine Maldá de Barcelona. En Madrid se estrenará el viernes,  23 de noviembre, en la Cineteca del Matadero de Madrid y el 25 se emitirá en Calle 13, en Canal+ Yomvi y en la web www.calle13.es de forma gratuita.

Trailer de La lava en los labios

 

Eva Llorach en la primera secuencia de Piccolo Grande Amore

 

Hay 4 Comentarios

Ya lo he visto, y me temo que fui yo intentando sacar ayer una copia del texto. También se me borró una parte de la entrada, que pude reescribir. Por cierto, ¿porqué no firmais con vuestros nombres, sin problemas?
Me imagino - habría que preguntárselo a Costa - que al tratarse de películas que no se exhiben comercialmente (es decir, sin afan de lucro) quizás están exentas de derechos. aunque creo recordar que en la película no son las originales, sino cantadas por las actrices.

¿Por qué han borrado mi comentario en el que preguntaba si Jordi Costa pagó derechos de autor por el uso de las canciones de "Piccolo grande amor"? ¿No es pertinente?

Disculpa, Alvaro. En la que encontré no figuraba tu nombre. Ahora mismo lo añado.

La fotografía que ilustra el artículo es mía y tiene derechos de autor.

Por lo menos, ¿Se os ha ocurrido preguntar?

http://www.flickr.com/photos/alvarosuarezperez/4480697887/

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Sobre el blog

Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

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Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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