Notas sobre Auden y “El arte de leer” (II)

Por: | 08 de enero de 2014

Auden en Berlín, en sus ultimos años

Tras el breve perfil biográfico de la semana anterior, ahí van unas cuantas notas de lectura.
Como suele suceder con Auden, el material compilado en El arte de leer (recientemente publicado por Lumen) es variadísimo, porque sus intereses siempre fueron muy amplios, y procede de los tres principales libros de crítica literaria que publicó en vida, como señala su antólogo, Andreu Jaume: The Dyer’s Hand (1962), Secondary Worlds (1967) y Forewords and Afterwords (1973).

El libro comienza con tres textos de The Dyer’s Hand, 1962) que Barral publicó como "La mano del teñidor" (y con otra selección) en 1974, pero la traducción era atroz, así que ha sido como leerlos de nuevo. Ejemplo de la traducción del 74: “Las opiniones críticas de un escritor siempre deben ser tomadas con un inmenso grano de sal” (a large grain of salt, que viene de la locución latina cum grano salis). Traducción actual: “Las opiniones críticas de un escritor deben tomarse siempre con la mayor reserva”.
De esos tres textos ("Leer", "Escribir" y "Hacer, conocer, juzgar") me gusta todo, así que debería limitarme a recomendar fervorosamente su lectura, pero no puedo resistirme a citar, por su concisión e inteligencia, y porque dice mucho acerca de su propio trabajo, lo que Auden pide a un crítico:
 
“En lo que a mí respecta, puede prestarme uno o más de los siguientes servicios:
1) Darme a conocer autores que hasta ese momento ignoraba.
2) Convencerme de que he menospreciado a cierto autor o determinada obra por no haberla leído con suficiente cuidado.
3) Mostrarme relaciones entre obras de distintas épocas y culturas que jamás habría descubierto por mí mismo porque no sé lo suficiente y jamás lo sabré.
4) Ofrecerme una “lectura” de determinada obra que mejore mi comprensión de la misma.
5) Arrojar luz sobre el proceso del “hacer” artístico.
6) Arrojar luz sobre el arte de vivir, sobre la ciencia, la economía, la ética, la religión, etcétera.”

WH-Auden-in-London-in-1930

El grueso de El arte de leer procede de Forewords and Afterwords (Faber, 1973), que Península publicó en 2003 (“Prólogos y epílogos”), en traducción de Martínez-Lage, y que, a diferencia de la edición de Barral, no aparece referenciada en las notas finales (“Procedencia de los textos”). “Los griegos y nosotros”, explica como nadie, en pocas páginas, la importancia (y la esencia) de la civilización grecolatina. “Los místicos protestantes” es interesantísimo, porque aborda un material escasamente conocido entre nosotros, pero imposible de resumir. Anoto esta cita, tan enigmática como sugerente, de Juliana de Norwich: “Allí donde reside la sensualidad de nuestra alma reside también la Ciudad de Dios, que no conoció principio”.
“Tennyson” establece un sugestivo vínculo con Baudelaire: otra ventana abierta e imprevista. Tampoco tienen desperdicio los prólogos a la obra de Lewis Carroll, Cavafis, Poe y Paul Valéry (“Un homme d’esprit”), a quien considera mucho mejor observador que poeta.
Me encanta, por cierto, el desarmante párrafo que cierra el ensayo sobre Cavafis: “Espero que todas estas citas consigan dar una idea del tono de C. y de su perspectiva de la vida. Si no son del agrado del lector, no sé qué podría hacer para convencerlo de lo contrario”.

Las comparaciones de Auden a menudo llaman la atención por su mezcla de humor y justeza, como esta: “Para Valéry, toda poesía ruidosa o violenta resulta inevitablemente cómica, igual que un hombre que toca el trombón estando solo en casa”.

Ejemplo de crítica precisa y reflejo de una mente dialéctica, a propósito de un pasaje “operístico” de William Wilson, el relato de Poe, en la introducción a una antología de su obra:
“Aislado del resto del texto, este fragmento de prosa es terrible: vago y verboso, y su sentido está a merced de un ritmo retórico puramente convencional. Sin embargo, desde el punto de vista dramático ¡qué perfectamente revela a WW, el narrador del cuento, en todos sus matices, como el yo fantástico que odia y rehúsa todo contacto con la realidad!”

Abunda la sensatez, como en estos pasajes consecutivos de su prólogo a los Sonetos de Shakespeare, en torno a la obsesión por el rastreo biográfico, que, a sus ojos, “delata una absoluta incomprensión de la naturaleza de las relaciones entre el arte y la vida, o un mero intento de racionalizar y justificar una curiosidad ordinaria y ociosa”.
Unas líneas más abajo: “Buena parte de lo que hoy pasa por investigación y erudición se distingue poco de husmear en la correspondencia de alguien que ha salido de la habitación, y no resulta más justificada desde el punto de vista moral por el hecho de que el ausente yazga en su tumba”.
Y este colofón, que enlaza muy sabiamente parte y todo: “Que los sonetos no contengan una teoría del amor encaja perfectamente con la mentalidad de Shakespeare, según la conocemos en sus obras de teatro, de las cuales resulta absolutamente imposible deducir convicciones personales de cualquier tipo. En vez de opinar, a Shakespeare le bastaba con describir la experiencia a la que se refería”.

Hay varias conferencias. Es modélica la que versa sobre la poesía de D.H. Lawrence, que luego incluyó en The Dyer's Hand: sagaz, argumentada, didáctica sin sermones ni pedantería, y yendo mucho más allá de los temas que aborda. La que dedica a Marianne Moore no logra persuadirme, lástima, de su valía ni de su intelegibilidad. Tengo problemas con los materiales de Secondary Worlds, dos de las cuatro charlas que Auden ofreció en la Universidad de Kent (Canterbury) en un ciclo dedicado a la memoria de T.S. Eliot. Estoy seguro que muchos de sus lectores adorarán “El mártir como héroe dramático” y “Las palabras y la palabra”. A mí me resultaron extrañamente tediosas: volveré a intentarlo más adelante.

Auden y Christopher Ishwerwood en 1937 - foto de Howard CosterPersonalmente, hubiera prescindido de buena parte de los “Fragmentos de conversación” que cierran el volumen, procedentes de The Table Talk of W.H.Auden (1989), y sobre los que escribí una pequeña nota en el blog (dentro de “Rabos de pasa”) la semana anterior, aunque, como allí apuntaba, quizás tengan una virtud: persuadirnos de que hasta la mente más brillante puede lanzar disparates de gran calibre de vez en cuando.
Lo que afirma, por ejemplo, sobre la homosexualidad, me resulta literalmente incomprensible. Un gigantesco "¿Por qué?" brota tras cada sentencia, y solo puedo entenderlo como a) un efecto del alcohol; b) un deseo de desconcertar a su interlocutor, o, c) una manifestación  de reaccionarismo profundo.
Es obligado transcribir para no parecer exagerado (y hay que agradecer que el antólogo nos evite las opiniones de Auden sobre las mujeres, que requerirían una nueva y más poderosa acepción del término "misoginia").

“Finalmente, he llegado a la conclusión de que ser marica es un error, pero es una larga historia. Mis razones son relativamente simples. En primer lugar, todo acto homosexual es un acto de envidia. En segundo, cuanto más te involucras con una persona, surgen más problemas, y el afecto no debería funcionar así: demuestra que hay algo que no está bien”.

“La fidelidad es mucho más importante en las relaciones homosexuales que en las demás. En otras, hay diversas cosas que te unen, mientras que en este caso la fidelidad es el único vínculo”.

“Hay que irse a la cama tanto con amigos como con gente que vive de eso, en cuyo caso el dinero disfraza las diferencias de deseo y de belleza. Eso me hace pensar que los maricas estadounidenses tienen un gran complejo de culpa; allí, al contrario que en Europa, no hay tradición feudal. Mi sensación es que, si le pido a alguien de clase baja de allí que se vaya a la cama conmigo, es su deber hacerlo”.

Que Auden se convirtiera, tras su muerte, en un icono gay es un misterio grande. Y que Chester Kallman no le enviara a hacer puñetas después de leer frases como esas es otro.

De izquierda a derercha, Auden, Cecil Day Lewis y Stephen Spender, en Venecia.

Para cerrar con algo de mayor calado, ahí van otras cosas que subrayé, entre muchísimas. Cinco, como un repóquer.

“Un manierismo, como los de Góngora o Henry James, por ejemplo, es como un atuendo excéntrico: muy pocos escritores consiguen llevarlo con gracia, pero nos sentimos fascinados ante la rara excepción de los que lo logran”.

“Algunos escritores confunden la autenticidad, a la que siempre deben aspirar, con la originalidad, de la que nadie debería preocuparse”.

“El mundo de Racine se me antoja de otro planeta, igual que la ópera. Es imposible imaginar a un personaje de Racine estornudando o con ganas de ir al baño porque en su mundo no existen ni el clima ni la naturaleza.

“A ojos de otros, cualquiera que haya escrito un buen poema es un poeta. Ante sus propios ojos, un poeta solo es tal mientras hace las últimas correcciones a un nuevo poema. Momentos antes, no es más que un poeta en potencia; al momento siguiente solo es alguien que ha dejado de escribir poesía, quizás para siempre”. (Puede aplicarse perfectamente a cualquier artista).

“Ha entrado en el mundo literario. Es decir, que la gente ya juzga su obra sin haberla leído”.

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Acababa de echarle el ojo en una librería, así que después de leer tus notas, salí raudo y veloz en su busca. ¡Qué disfrute! La agudeza de este hombre deja estupefacto al lector más escéptico. Resulta casi un espectáculo verle armar un complicado mecano mental para obtener un producto sólido, refinado, minucioso, provocador a ratos, imaginativo siempre.

Del espléndido volumen me han gustado especialmente los ensayos sobre Lewis Carroll, Paul Valéry y Cavafis (suscitándome las ganas de releer a los tres; y eso que el Valéry de los "Cuadernos" es de complicada digestión). Y ya aparte, como bien señalas, los deliciosos "Leer", "Escribir" y "Hacer, conocer y juzgar". Como joya de la corona, me quedo con "Los griegos y nosotros", que hace fácil lo difícil como en un triple salto mortal. Y la mayor sorpresa: su capacidad de convertir el material más áspero y pesado en algo que pueda ser interesante como consigue en "El mártir como héroe dramático". Algo parecido a Savater escribiendo sobre hípica y uno embebido siguiendo sus palabras. Una descomunal inteligencia y una libertad envidiable dan como resultado un crítico formidable que parece estar permanentemente varios pasos más allá de uno, pobre diablo.

Creo que este tipo era un guasón, lo que ha conseguido es inocularme las ganas de leer este libro , señor ordóñez .

Y si no era un guasón era una loca un pelín borde.

Por supuesto que nunca hubiera pretendido ser considerado por Auden, ni por nadie que entienda de literatura, como un autor. Pero yo, aprendiz de cuentista, juego a escribir y publico mis humildes relatos en mi blog pseudoliterario "Los cuentos tontos". Con el nuevo año ha nacido un cuento nuevo, "La fotografía". http://loscuentostontos.blogspot.com.es/2014/01/37-la-fotografia.html
Cada quincena publico un capítulo. Comienza con una introducción, al hilo del taller de relato breve al que asisto, continúo con una canción, y termino con el cuento.
Si os apetece, podéis leerlo.
http://loscuentostontos.blogspot.com.es/

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Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

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