Bulevares Periféricos

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Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

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Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011), Un jardín abandonado por los pájaros (El Aleph,2013).

Notas sobre Auden y “El arte de leer” (II)

Por: | 08 de enero de 2014

Auden en Berlín, en sus ultimos años

Tras el breve perfil biográfico de la semana anterior, ahí van unas cuantas notas de lectura.
Como suele suceder con Auden, el material compilado en El arte de leer (recientemente publicado por Lumen) es variadísimo, porque sus intereses siempre fueron muy amplios, y procede de los tres principales libros de crítica literaria que publicó en vida, como señala su antólogo, Andreu Jaume: The Dyer’s Hand (1962), Secondary Worlds (1967) y Forewords and Afterwords (1973).

El libro comienza con tres textos de The Dyer’s Hand, 1962) que Barral publicó como "La mano del teñidor" (y con otra selección) en 1974, pero la traducción era atroz, así que ha sido como leerlos de nuevo. Ejemplo de la traducción del 74: “Las opiniones críticas de un escritor siempre deben ser tomadas con un inmenso grano de sal” (a large grain of salt, que viene de la locución latina cum grano salis). Traducción actual: “Las opiniones críticas de un escritor deben tomarse siempre con la mayor reserva”.
De esos tres textos ("Leer", "Escribir" y "Hacer, conocer, juzgar") me gusta todo, así que debería limitarme a recomendar fervorosamente su lectura, pero no puedo resistirme a citar, por su concisión e inteligencia, y porque dice mucho acerca de su propio trabajo, lo que Auden pide a un crítico:
 
“En lo que a mí respecta, puede prestarme uno o más de los siguientes servicios:
1) Darme a conocer autores que hasta ese momento ignoraba.
2) Convencerme de que he menospreciado a cierto autor o determinada obra por no haberla leído con suficiente cuidado.
3) Mostrarme relaciones entre obras de distintas épocas y culturas que jamás habría descubierto por mí mismo porque no sé lo suficiente y jamás lo sabré.
4) Ofrecerme una “lectura” de determinada obra que mejore mi comprensión de la misma.
5) Arrojar luz sobre el proceso del “hacer” artístico.
6) Arrojar luz sobre el arte de vivir, sobre la ciencia, la economía, la ética, la religión, etcétera.”

WH-Auden-in-London-in-1930

El grueso de El arte de leer procede de Forewords and Afterwords (Faber, 1973), que Península publicó en 2003 (“Prólogos y epílogos”), en traducción de Martínez-Lage, y que, a diferencia de la edición de Barral, no aparece referenciada en las notas finales (“Procedencia de los textos”). “Los griegos y nosotros”, explica como nadie, en pocas páginas, la importancia (y la esencia) de la civilización grecolatina. “Los místicos protestantes” es interesantísimo, porque aborda un material escasamente conocido entre nosotros, pero imposible de resumir. Anoto esta cita, tan enigmática como sugerente, de Juliana de Norwich: “Allí donde reside la sensualidad de nuestra alma reside también la Ciudad de Dios, que no conoció principio”.
“Tennyson” establece un sugestivo vínculo con Baudelaire: otra ventana abierta e imprevista. Tampoco tienen desperdicio los prólogos a la obra de Lewis Carroll, Cavafis, Poe y Paul Valéry (“Un homme d’esprit”), a quien considera mucho mejor observador que poeta.
Me encanta, por cierto, el desarmante párrafo que cierra el ensayo sobre Cavafis: “Espero que todas estas citas consigan dar una idea del tono de C. y de su perspectiva de la vida. Si no son del agrado del lector, no sé qué podría hacer para convencerlo de lo contrario”.

Las comparaciones de Auden a menudo llaman la atención por su mezcla de humor y justeza, como esta: “Para Valéry, toda poesía ruidosa o violenta resulta inevitablemente cómica, igual que un hombre que toca el trombón estando solo en casa”.

Ejemplo de crítica precisa y reflejo de una mente dialéctica, a propósito de un pasaje “operístico” de William Wilson, el relato de Poe, en la introducción a una antología de su obra:
“Aislado del resto del texto, este fragmento de prosa es terrible: vago y verboso, y su sentido está a merced de un ritmo retórico puramente convencional. Sin embargo, desde el punto de vista dramático ¡qué perfectamente revela a WW, el narrador del cuento, en todos sus matices, como el yo fantástico que odia y rehúsa todo contacto con la realidad!”

Abunda la sensatez, como en estos pasajes consecutivos de su prólogo a los Sonetos de Shakespeare, en torno a la obsesión por el rastreo biográfico, que, a sus ojos, “delata una absoluta incomprensión de la naturaleza de las relaciones entre el arte y la vida, o un mero intento de racionalizar y justificar una curiosidad ordinaria y ociosa”.
Unas líneas más abajo: “Buena parte de lo que hoy pasa por investigación y erudición se distingue poco de husmear en la correspondencia de alguien que ha salido de la habitación, y no resulta más justificada desde el punto de vista moral por el hecho de que el ausente yazga en su tumba”.
Y este colofón, que enlaza muy sabiamente parte y todo: “Que los sonetos no contengan una teoría del amor encaja perfectamente con la mentalidad de Shakespeare, según la conocemos en sus obras de teatro, de las cuales resulta absolutamente imposible deducir convicciones personales de cualquier tipo. En vez de opinar, a Shakespeare le bastaba con describir la experiencia a la que se refería”.

Hay varias conferencias. Es modélica la que versa sobre la poesía de D.H. Lawrence, que luego incluyó en The Dyer's Hand: sagaz, argumentada, didáctica sin sermones ni pedantería, y yendo mucho más allá de los temas que aborda. La que dedica a Marianne Moore no logra persuadirme, lástima, de su valía ni de su intelegibilidad. Tengo problemas con los materiales de Secondary Worlds, dos de las cuatro charlas que Auden ofreció en la Universidad de Kent (Canterbury) en un ciclo dedicado a la memoria de T.S. Eliot. Estoy seguro que muchos de sus lectores adorarán “El mártir como héroe dramático” y “Las palabras y la palabra”. A mí me resultaron extrañamente tediosas: volveré a intentarlo más adelante.

Auden y Christopher Ishwerwood en 1937 - foto de Howard CosterPersonalmente, hubiera prescindido de buena parte de los “Fragmentos de conversación” que cierran el volumen, procedentes de The Table Talk of W.H.Auden (1989), y sobre los que escribí una pequeña nota en el blog (dentro de “Rabos de pasa”) la semana anterior, aunque, como allí apuntaba, quizás tengan una virtud: persuadirnos de que hasta la mente más brillante puede lanzar disparates de gran calibre de vez en cuando.
Lo que afirma, por ejemplo, sobre la homosexualidad, me resulta literalmente incomprensible. Un gigantesco "¿Por qué?" brota tras cada sentencia, y solo puedo entenderlo como a) un efecto del alcohol; b) un deseo de desconcertar a su interlocutor, o, c) una manifestación  de reaccionarismo profundo.
Es obligado transcribir para no parecer exagerado (y hay que agradecer que el antólogo nos evite las opiniones de Auden sobre las mujeres, que requerirían una nueva y más poderosa acepción del término "misoginia").

“Finalmente, he llegado a la conclusión de que ser marica es un error, pero es una larga historia. Mis razones son relativamente simples. En primer lugar, todo acto homosexual es un acto de envidia. En segundo, cuanto más te involucras con una persona, surgen más problemas, y el afecto no debería funcionar así: demuestra que hay algo que no está bien”.

“La fidelidad es mucho más importante en las relaciones homosexuales que en las demás. En otras, hay diversas cosas que te unen, mientras que en este caso la fidelidad es el único vínculo”.

“Hay que irse a la cama tanto con amigos como con gente que vive de eso, en cuyo caso el dinero disfraza las diferencias de deseo y de belleza. Eso me hace pensar que los maricas estadounidenses tienen un gran complejo de culpa; allí, al contrario que en Europa, no hay tradición feudal. Mi sensación es que, si le pido a alguien de clase baja de allí que se vaya a la cama conmigo, es su deber hacerlo”.

Que Auden se convirtiera, tras su muerte, en un icono gay es un misterio grande. Y que Chester Kallman no le enviara a hacer puñetas después de leer frases como esas es otro.

De izquierda a derercha, Auden, Cecil Day Lewis y Stephen Spender, en Venecia.

Para cerrar con algo de mayor calado, ahí van otras cosas que subrayé, entre muchísimas. Cinco, como un repóquer.

“Un manierismo, como los de Góngora o Henry James, por ejemplo, es como un atuendo excéntrico: muy pocos escritores consiguen llevarlo con gracia, pero nos sentimos fascinados ante la rara excepción de los que lo logran”.

“Algunos escritores confunden la autenticidad, a la que siempre deben aspirar, con la originalidad, de la que nadie debería preocuparse”.

“El mundo de Racine se me antoja de otro planeta, igual que la ópera. Es imposible imaginar a un personaje de Racine estornudando o con ganas de ir al baño porque en su mundo no existen ni el clima ni la naturaleza.

“A ojos de otros, cualquiera que haya escrito un buen poema es un poeta. Ante sus propios ojos, un poeta solo es tal mientras hace las últimas correcciones a un nuevo poema. Momentos antes, no es más que un poeta en potencia; al momento siguiente solo es alguien que ha dejado de escribir poesía, quizás para siempre”. (Puede aplicarse perfectamente a cualquier artista).

“Ha entrado en el mundo literario. Es decir, que la gente ya juzga su obra sin haberla leído”.

Puro teatro: "Reabrazando el ronlalismo" (4/1/2014)

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Sobre "En un lugar del Quijote"

El hombre que fue jueves: "Los hilos de Carlota" (2/1/2014)

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Sobre el estreno en París de "Carlota", de Mihura

Notas sobre Auden y “El arte de leer” (I)

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Portada de EL ARTE DE LEERHe devorado El arte de leer (Lumen), una suculenta antología de ensayos de W.H. Auden, que comentaré en dos entregas. Hasta donde se me alcanza, me parecen muy bien traducidos por Juan Antonio Montiel y (de eso sí puedo dar completa fe) editados “a la antigua” por Andreu Jaume, es decir, con verdadero trabajo de editor, con un utilísimo aparato de notas que no solo informan y van al grano sino que también abren un abanico de relaciones lejos del academicismo al uso.
No es difícil estar de acuerdo con lo que dice Jaume sobre Auden en el prólogo, donde destaca, a la hora de retratarle como ensayista y crítico, “su poderosa tendencia a la máxima y el aforismo –no en vano era un buen lector de Pascal y de Nietzsche–, dueño de un demoledor sentido común, de una inexorable independencia de criterio, y de una fértil y contagiosa libertad interpretativa que convierte sus asaltos en puntos de vista únicos e irrepetibles”.
Auden debió de ser un profesor excepcional. Con tendencia al dogmatismo y a la salida de tono, pero siempre poniendo en cuestión, en materia literaria, todo lo que no hubiera observado personalmente. Y siempre apasionado, aunque procuraba ocultar cualquier forma de pasión. O sea, inglés hasta las cachas, pese a nacionalizarse estadounidense.
Vivió en una contradicción dolorosa y permanente: era homosexual y cristiano devoto. De comunión anglicana, concretamente, y muy ortodoxo, había abandonado la fe a los 13 años, y la abrazó de nuevo (el verbo me parece el más adecuado) en 1940. Se tomaba muy en serio su religión, aunque es muy gracioso lo que dice sobre el anglicanismo: “Espero que nadie se sienta insultado si digo que es el cristianismo de los caballeros, y que, al fin y al cabo, todos sabemos qué distancia tan corta separa a un auténtico caballero de un refinado esnob”. En los años cincuenta se sintió muy atraído, como no podía ser menos, por los rituales del catolicismo romano: “Mis dudas pueden achacarse al enorme goce estético que tales festividades me proporcionan y a la nostalgia que tengo de ellas cuando me hallo en países donde no se celebran”. Sus convicciones cristianas le provocaron grandes crisis, y trató de apostatar de sus preferencias sexuales por medio del psicoanálisis, sin conseguirlo, adoptando a cambio, como veremos en la segunda entrega, una actitud que oscila, a mi juicio, entre el reaccionarismo y el disparate.
Con Inglaterra le sucedía lo mismo que con la religión, porque las instituciones que veneraba, con la monarquía a la cabeza, condenaban radicalmente su opción sexual.
Auden y Christopher Isherwood, su mentor y amigo, con el que escribió varias piezas de poesía dramática, habían vivido juntos en Berlín, y compartieron luego casa en Londres, pero su relación trascendió, poniendo en jaque sus vidas y carreras: la amenaza de cárcel era un hecho cierto (y lo fue hasta bien entrada la década de los sesenta, cuando al fin se promulgó la ley que dejaba de penalizar la homosexualidad), y el mundo académico y cultural se les volvió irrespirable.

Erika Mann y Auden en 1935 - foto de Alec Bangham (National Portrait Gallery-Londres)En Berlín, Auden se casó con Erika Mann, la hija de Thomas Mann. Fue un matrimonio de conveniencia (o lavender marriage) para conseguirle un pasaporte británico que le permitiera huir de los nazis, dato que dice mucho acerca de su generosidad. Erika Mann era un personaje fascinante: andrógina, lesbiana, antifascista, actriz y luego periodista, fue una de las contadas reporteras que cubrió los juicios de Nuremberg.
En 1939, Auden e Isherwood decidieron emigrar a Estados Unidos porque estaban convencidos de poder encontrar allí una mayor libertad de costumbres y porque las revistas literarias y las giras de conferencias les permitían vivir mucho más holgadamente que en Inglaterra. No fue una decisión fácil: marcharse cuando crecían en Europa los vientos de guerra le valió a Auden reiteradas acusaciones de escapista y cobarde. Entre 1940-41 vivió en una casa de Brooklyn Heights (en el 7 de Middagh Street), compartida con Carson McCullers y Benjamin Britten, entre otros artistas, formando una “comunidad creativa” que se llamó “February House”.
Aunque no dejó de escribir hasta poco antes de su muerte, en 1973 (Epistle to a Godson es de 1972, y el inacabado Thank You, Fog, que se publicó póstumamente, en 1974), lo mejor de su obra poética aparece en la década de los cuarenta: entre otros libros, Another Time (1940), The Double Man (1941), For the Time Being (1944) y su primera antología, Collected Poetry (1945).
En California, donde Isherwood había decidido instalarse, Auden conoció a Chester Kallman, un poeta de 18 años con el que quiso cumplir su sueño secreto de formar un “matrimonio entre iguales”. Sus relaciones sexuales duraron poco tiempo, aunque vivieron juntos hasta la muerte del primero.
Cuando estalló la guerra, Auden quiso alistarse, pero en la embajada británica le dijeron que preferían contar con "personal cualificado". En 1942 fue llamado a filas por el ejército americano y rechazado por homosexual, lo que le ocasionó una seria depresión. En 1946 solicitó y obtuvo la nacionalidad norteamericana.

Volvió a Londres en 1951, en la primera de una serie de visitas que culminaría con el ofrecimiento de un lectorado de poesía en Oxford, que desempeñó entre 1956 y 1961, y en ese tiempo vivió entre Manhattan, Oxford e Ischia, donde había alquilado una casa de veraneo.
No fue un retorno feliz. La prensa sensacionalista londinense, con el Daily Express a la cabeza, lanzó más o menos veladamente la acusación de que Auden podía estar relacionado con Guy Burgess, uno de los miembros de los que luego serían conocidos como los "cinco de Cambridge", el círculo de espías británicos que vendieron secretos de Estado a Rusia: los otros cuatro eran Anthony Blunt, Donald MacLean, Kim Philby y John Cairncross. Auden se encontraba en la casa de su viejo amigo, el poeta Stephen Spender, cuando Burgess, oficial del MI6 y homosexual, al que conocía de sus días universitarios, trató de ponerse en contacto con él. Auden no respondió a la llamada.
El hecho no hubiera trascendido de no ser porque unos días más tarde, Burgess y Donald MacLean huyeron a Rusia. La prensa afirmó entonces que Auden "se escondió en el norte de Italia para no ser interrogado". No podía estar más visible: en la Scala de Milán, en el estreno de The Rake's Progress, de Stravisnsky, cuyo libreto había escrito junto con Chester Kallman.

Auden y Chester Kallman, en 1969El MI5 tampoco parecía tener sus archivos muy al día, porque mencionaron las "simpatías izquierdistas de Auden", cuando era público y notorio que se había desencantado muy rápidamente de su marxismo juvenil: dos semanas en España durante la Guerra Civil fueron un instantáneo tratamiento de choque. La Inteligencia Británica acabó concluyendo que estaba limpio de toda sospecha, pero el incidente le dejó un amargo sabor de boca, como relata Edward Mendelson en Clouseau Investigates Auden (buen titular), un artículo publicado en la web de la BBC en febrero de 2007.
Para cerrar esta introducción biográfica que quizás se esté extendiendo demasiado, un dato irónico: según contó Katherine Buckwell en In praise of a guilty genius, el artículo de homenaje que publicó en The Guardian en 2007, año del centenario de su nacimiento, el libro más vendido de Auden no es ninguno de los citados anteriormente sino Tell Me the Truth About Love, una brevísima recopilación (diez poemas, empezando por el que le da título: lo que los ingleses llaman a pamphlet edition) que se publicó en 1994, cuando muchos redescubrieron a Auden por el poema Stop all the clocks (también llamado Funeral Blues) que John Hannah leía ante el féretro de Simon Callow en la película Cuatro bodas y un funeral. El librito en cuestión, editado por Faber, tenía en la portada el rostro de Hugh Grant, protagonista de la cinta, y, según Wikipedia, vendió más de 275.000 ejemplares.

La semana que viene seguimos.

Bonus Track: W.H. Auden lee Stop all the clocks
(debajo, la traducción de Eduardo Iriarte, de Canción de cuna y otros poemas (Lumen)

 

Detén todos los relojes, desconecta el teléfono,
evita que el perro ladre con un jugoso hueso,
acalla los pianos y con redoble amortiguado
que vengan los dolientes, haz salir el ataúd.
Que los aviones den vueltas allá arriba
garabateando en el cielo el mensaje: "Ha muerto".
Pon crespones en los blancos cuellos de las palomas públicas,
que los guardias de tráfico lleven guantes negros de algodón.
Era mi norte, mi sur, mi este y oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
mi mediodía, mi medianoche, mi canción, mi charla;
creía que el amor duraría por siempre: era una equivocación.
Ahora las estrellas no son bienvenidas: apágalas todas;
recoge la luna y desmantela el sol;
desagua el océano y barre el bosque;
pues ahora ya nada tiene solución.

 

El País

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