Café de Madrid

30 jun 2016

Oráculo en Atenas

Por: Jorge F. Hernández

Agua de azar

Oráculo en Atenas

Debo a la Octava edición del Festival Heleno-Iberoamericano de Literatura en Atenas, al Instituto Cervantes y a la Embajada de México en Grecia la anhelada oportunidad de visitar la tierra de tantas lecturas fundamentales. En un acto de rara solidaridad con el pueblo griego tuve el irracional atrevimiento de pedir prestada una sabana del hotel y cruzar encuerado la mítica Plaza Syntagma –con cierto alivio ante el calor—a paso lento pero decidido hacia la Akrópolis. A pesar de que no pocos vecinos me confundieron con Demis Roussos, hice caso omiso de los chiflidos y logré llegar a las faldas del inmenso monolito, sin considerar que el calor no sólo subía de intensidad, sino que aumentaba en la medida en que los rayos del Sol rebotan del mármol. El mareo me impide recordar a partir de qué momento empecé a balbucear frases sueltas (quizá memorizadas desde la lejana infancia, cuando Anthony Queen me hizo creer que yo también podría ser como Zorba) y ya al pie del Partenón, me hallaba hablando solo esa rara mezcla de impostado arameo con etimologías que se quedaron congeladas desde los años de preparatoria.

         Agradezco al grupo de amables turistas canadienses y norteamericanos que me bañaron el cráneo con agua helada de sus botellitas turísticas, aunque aprovecho para aclararles que no soy el Oráculo de Delfos ni poseo poderes de adivinación (a pesar de haberlo asegurado con la mano en alto) y agradezco que me hayan confundido con John Belushi en su versión de Animal House durante la improvisada sesión fotográfica en la que me retrataron al pie de la grúa de Petroclo, estacionada en la esquina del inmenso templo, casi enfrente de las Cariátides (que por cierto, se parecen mucho a unas primas que me esperan siempre con afecto y hospitalidad en Moroleón, Guanajuato). Fue un periplo paripatético (más patético que periplo) donde pude evocar algunos versos de Hesíodo y datos sueltos de la cultura clásica para sorpresa de una parvada de turistas japoneses y asombro de un infante oligofrénico de nacionalidad incierta que no dejaba de jalarme la toga y acosarme con pequeñas piedritas que terminaron por lastimarme un codo. Sobra decir que no se me permitió el acceso al majestuoso Museo de la Acrópolis y, menos aún, cuando argumenté (presa del delirio) que con la decidida salida del Reino Unido de la llamada Unión Europea deberíamos --¡todos a una!—exigir la inmediata devolución de todas las piezas de mármol milenario que se robó hace siglos Lord Elgin para abono de las salas del British Museum de Londres.

         De igual manera, fracasé en mi intento por clonar los pasos milimétricos de los guardias helénicos que custodian el Parlamento, a pesar de haber cronometrado mis movimientos como si fuera yo el equipo olímpico de nado sincronizado de México y haberme calzado por encima de las rodillas mis ya clásicas mallas blancas (que facilitan la libre circulación sanguínea) y caminar media Atenas con mis pantuflas con borlas.

         Lo cierto, es que no fracasé en verificar que así como queda intacta la grandeza milenaria de esta ciudad donde Adriano evocaba al hermoso Antinoo, a la sombra de unas columnas perfectas, misma ciudad que seduce a todo obeso con el milagro de su comida indescriptible, así también se percibe como el arruinado escenario de la debacle económica, la basura apilada en las esquinas y charcos de sangre al pie de los cajeros automáticos. Es la ciudad de una nación entrañable que no merece sufrir todas las penurias del desahucio, quedando impunes los políticos corruptos y los abusivos empresarios que la echaron a la mar sin piedad. Es un pueblo con alfabeto y conciencia propia, raíces de una rara melancolía efervescente en sus melodías pegajosas y en la miel de oliva y luna llena. Es el lugar donde he confirmado amistades a primera vista, con la impagable labor que han realizado en el taller de traducción que conducen Nikos Pratsinis y Konstantinos Paleologos, donde casi una veintena de musas han vertido a la lengua que cantan algunos de mis cuentos, donde queda ya congelada la sombra de un cetáceo en toga, apoyado en una columna que parece que se tambalea bajo el techo inalcanzable de las estrellas interminables, y se escucha que viene del mar un grito a voz en cuello, que repite como coro de tragedia: “¡Grecia antigua, ven a mí!”.

 

30 jun 2016

La risa en los huesos

Por: Jorge F. Hernández

Cartas de Cuévano

La risa en los huesos

A pesar de que sólo podemos entrar con cita previa y en grupos supuestamente dosificados, de pronto nos vamos amontonando en salones cuyos muros empiezan a estrecharse lentamente. Vamos zigzagueando como ovejas en homenaje a la trashumancia, entre anaqueles curveados y oleajes de berridos que suben y bajan de volumen según el acaloramiento de la masa. A mi lado, una parvada de guacamayas cacarea chismes del pasado fin de semana electoral y un trío de pájaros anónimos sobrevuela la escena oteando glúteos y buscando presa. Al hombre que se queda catatónico frente a lo que parece una ventana al óleo le sale una trompeta de la oreja izquierda y una monja entiende de pronto todos los misterios del mundo con todo lo que le dice al oído un negro boquerón que lleva pegado a la oreja. A pocos metros por delante de mí, sonríe un hombre que lleva un embudo de hojalata por sombrero y a su lado, una criada de burka ligera balancea un libro abierto sobre su cráneo, mientras siete ancianos contemplan sin palabras un biombo abierto, todos boquiabiertos como si compartieran el mismo dolor de muelas. 

         Dice Antonio Muñoz Molina “hay que llegar cuanto antes al Museo del Prado para no perderse un pormenor, una pincelada, una veladura, el escalofrío teológico y la carcajada de El Bosco, la risa en los huesos” y lleva razón, pero lo que narro en el primer párrafo no son imágenes de ese delirio policromático y febril que conocemos como El jardín de las delicias del inmortal pintor tan desconocido y tan admirado, sino retratos al vuelo del sinfín de prójimos, próximos y extraños, ajenos y clones que se agolpan en cada pelotón de visita: por allí, la nube de ojos rasgados que levita al unísono como parvada de gorrioncillos fotográficos y por aquí, tres mástiles de inmensa estatura, con los brazos colgantes por debajo de las rodillas; allí, frente a Las tentaciones de san Antonio abad, la cofradía anónima de jubilados de Carabanchel que han venido en sandalias para cumplir una manda cultural y allá al fondo, se enfila la colegiata de infantes semidesnudos con pelaje multicolor y piercings al vuelo que saliendo del museo han de dirigirse al primer salón de tatuajes que encuentren a su paso para reproducir en muslos y bíceps algunos detalles de La extracción de la piedra de la locura. Alrededor de la mesa circular que muestra como ruleta de azar los coloridos abismos de cada uno de Los siete pecados capitales, se agolpan cuatro alegres francesas que no tienen problema alguno en apoyarse al filo de la mesa como si estuvieran en un museo interactivo y es un milagro que no hay biombo que se tambalee, ni cuadro que parezca descolgarse, ni alarma que suene cuando un distraído anciano se atreve a tocar con la yema del meñique el cuadro entrañable que muestra un belén improvisado bajo una cabaña en ruinas.

         Parece cosa de encantamiento y pretexto para otro hartazgo; parece una pesadilla que ha de provocarme otra muestra de callada intolerancia y, sin embargo, no es más que la insólita verificación de un milagro: un pintor de siglos pasados que ha logrado plasmar en tiempo real las gorras y las chanclas de los turistas que se afanan en admirar su grandeza. Le llamaban El Bosco más por el lugar de su querencia que por la constancia de su bautismo y de quién sabe qué manera logró ensortijar en tablas milagrosas –que han de resistir el paso de los siglos (o las yemas de cualquier meñique)—los colores intactos y la imaginación desbordada donde inmensos huevos de avestruz se abren para mostrar la descarnada carnalidad de los pecados innombrables, entre jardines de cipreses que en realidad son escaleras hacia raros árboles rosáceos que parecen versos cantados por John, Paul, George y Ringo en su recorrido por un interminable campo de fresas. Entre nubes, vuelan peces con campesinos como pasajeros y en una esquina se extiende el túnel de luz que parece el ojo de la conciencia; sobre carretas llevan los cuerpos dormidos de animales desconocidos que se habían convertido en extensiones de la memoria. 

         Es el delirio que normalmente suscitan las obras del Bosco en el Museo del Prado, pero ahora reloaded con todas las obras de su firma y de su taller, de sus discípulos e imitadores que han traído de todas partes del mundo para esta celebración de sus 500 años de eternidad y para contextualizar el universo paralelo donde no hay un solo espectador que no salga imantado, identificado e incluso, impregnado por tanta maravilla de silencio que se confunde con la conversación en oleajes y esa rara carcajada que parece salir de los propios cuadros. Es la risa que castañea en las extremidades de la Muerte pintada con guadaña y la que guiaba los pinceles y los pigmentos del propio Bosco al retratarnos. Es la risa de rodos los que no dan crédito de su infinito talento de dibujante en esos pequeños rectángulos de papel amarillento que han traído desde Berlín: finísimas líneas en sepia, casi invisibles, donde queda el inexplicable boceto de un hombre ridículo, de inmensa cabeza, sin cuerpo, con una melena como mazorca. Idéntico a Donald Trump. Es la risa de la incredulidad y la callada sonrisa del asombro y sí: nada más y nada menos, que la risa de los huesos que se van apretujando entre el gentío, como río de todos los peces y colores en un universo intacto, mar infinito de una lágrima que parece gota de lluvia en la esquina de un ojo aparentemente compartido.

 

29 jun 2016

Así está el patio...

Por: Jorge F. Hernández

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28 jun 2016

El bedel a la entrada de cada madrugada.

Por: Jorge F. Hernández

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27 jun 2016

Error de sondeo

Por: Jorge F. Hernández

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17 jun 2016

Huella morada

Por: Jorge F. Hernández

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15 jun 2016

Carta de Cuévano: Un mundo sin Borges

Por: Jorge F. Hernández

Cartas de Cuévano

El mundo sin Borges

Hoy, ayer, hace exactamente treinta años gran parte del planeta se preocupaba por las rodillas de Diego Armando Maradona en pleno Mundial de Futbol México ’86. Era un planeta donde toda noticia dependía de la velocidad del chisme y de los horarios en tinta de los periódicos, un mundo sin teléfonos móviles ni cajeros automáticos para dispensar dineros en medio de naufragios nocturnos.

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14 jun 2016

Treinta años

Por: Jorge F. Hernández

Borges copia

11 jun 2016

Todos esperan su Madrid

Por: Jorge F. Hernández

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10 jun 2016

El prodigioso momento

Por: Jorge F. Hernández

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Sobre el blog

Café de Madrid es un blog que extiende -en párrafos, fotos y dibujos- el ánimo de un cronista mexicano por las calles, biografías y párrafos de la Villa y Corte del Oso y del Madroño. Una mirada a los diferentes pretéritos y presentes que le dan vida, los lugares que han desaparecido y las muchas cosas insólitas que la hacen una de las ciudades más enigmáticas e interesantes del mundo.

Sobre el autor

Jorge F. Hernández

Soy escritor y he publicado dos novelas, una de ellas La Emperatriz de Lavapiés que fue Finalista del Premio Alfaguara en 1998; cinco libros de cuentos y cinco libros de ensayo. Tengo las columnas "Cartas de Cuévano" y "Café de Madrid" en EL PAÍS. Hago dibujos y hace cincuenta kilos fui novillero. Sígueme en Facebook.

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