José Ignacio Torreblanca

Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

El debate C: ¿es la crisis la causa o la excusa?

Por: | 02 de abril de 2012

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En las entradas anteriores (Debate A y Debate B), he especulado con las razones que explicarían el pobre desempeño de la política exterior europea en estos dos últimos años. Se mire por donde se mire, las prerrogativas de política exterior que al Alto Representante confiere el Tratado de Lisboa, en vigor desde el 1 de diciembre de 2009, son inmensas: fusión de competencias y puestos, un nuevo servicio de acción exterior (el SEAE), un gran presupuesto, en fin, todo aquello que los predecesores de Lady Ashton siempre soñaron tener a su disposición. En consecuencia, es legítimo decir que nunca la UE tuvo tantos a medios a su disposición para llevar a cabo esta tarea y, al tiempo, que nunca fue la impresión sobre su desempeño tan crítica.

El Secretario General del Servicio de Acción Exterior, Pierre Vimont, se ha defendido en varias ocasiones de las críticas argumentando que estas eran prematuras y, en consecuencia, injustas, puesto que el despliegue de los nuevos instrumentos apenas habría comenzado. Ciertamente, cualquiera que conozca o haya experimentado de primera mano cómo funciona la maquinaria bruseliana, concederá parte de razón a Vimont: crear una nueva institución, bajo la atenta y celosa tutela de Consejo, Comisión y Parlamento, puede llegar a ser una pesadilla. Las rivalidades entre servicios e instituciones, a las que se añaden las interferencias de los estados miembros y las luchas de poder personales, pueden sin duda explicar en alguna medida a qué se debe este despegar tan lento de la política exterior europea tras el Tratado de Lisboa.

No obstante, ese sería otro debate, que en parte está subsumido en el Debate B (¿quién manda aquí?), probablemente con la conclusión de que el problema es que aquí (en la UE), no manda realmente nadie, sino que el poder está disperso y fragmentado y las decisiones debe tomarse vía un consenso costosísimo de alcanzar.

Más relevancia puede tener abrir otro debate: el debate C, que se refiere a la crisis y a su papel. Como examinan en detalle las dos evaluaciones, ECFR Scorecard 2010 y 2012, que he comentado en entradas anteriores, mientras que en 2009 la UE estuvo distraída por la crisis, en 2011 estuvo “disminuida” por ella. En ese periodo, la crisis dejó de ser un problema exclusivo de la UE para pasar a convertirse en un problema global del que pocos o nadie,  al otro lado del Atlántico o en Asia-Pacífico podrían quedar al margen. Como ha señalado también con bastante acierto otra evaluación independiente sobre la política exterior europea (veáse, “Desafíos de la política exterior europea para 2012” de la Fundación FRIDE), la crisis ha empujado a los Estados miembros de la UE a rivalizar entre ellos en el exterior, compitiendo por contratos, mercados, deuda e inversiones. Como es natural, la ruptura de la solidaridad entre los Estados ha tenido un coste no sólo simbólico, sino práctico: frente a China o Rusia, donde la UE había comenzado a actuar de forma más cohesionada en los últimos años, los europeos han vuelto a aparecer divididos, permitiendo a Moscú y Pekín jugar al clásico divide et impera.

Ahora bien, la crisis bien podría ser una excusa. Como el anterior alto representante de la UE, Javier Solana, demostró en sus diez años al frente de la política exterior europea, una crisis es una magnífica oportunidad para hacer avanzar una política. Es en tiempos de crisis cuando las viejas políticas saltan por los aires. Las crisis tienden a socavar el statu quo y a deslegitimar a aquellos que se aferran al pasado: al hacer visible el fracaso de lo presente, abren oportunidades para la innovación y confieren poder a actores nuevos. En una crisis, en definitiva, se vuelven a repartir cartas y los actores con ideas nuevas pueden introducir una cuña en el sistema y liderarlo efectivamente. Por tanto, la crisis puede ser una causa pero también una excusa: al fin y al cabo, la UE se ha beneficiado siempre de ellas y ha sabido utilizarlas para impulsarse al futuro. ¿Qué opinan ustedes?

 

El País

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