José Ignacio Torreblanca

Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

Adiós a la Europa más fea

Por: | 07 de mayo de 2012

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La victoria de Hollande significa un nuevo comienzo para Francia, y de paso también, para Europa.  Para Francia porque permitirá poner fin a la esquizofrenia sarkoziana, que por un lado hablaba de la “France forte”, se ensañaba con los inmigrantes musulmanes y con el acuerdo de Schengen mientras que por otro seguía servilmente a Alemania con tal de hacerse con un hueco, aunque fuera secundario, en el directorio europeo. Para Europa porque significa que el eje franco-alemán abre las ventanas y deja correr el aire, permitiendo convertirse de nuevo en un motor para toda Europa y no sólo para los intereses de dos países. Se va la Europa más fea, la de los sacrificios sin perspectiva en la que los ciudadanos son culpabilizados por la crisis y obligados a una penitencia de recortes en el Estado del bienestar. Y se va también la Europa que pretende compensar la inseguridad de esos mismos europeos con el aliento de actitudes xenófobas.

Lo más importante de la victoria de Hollande es que se produce en un contexto en el que el cambio de discurso ya se ha producido. El FMI, la Comisión Europea, el Gobierno holandés, todos se han subido ya al tren del crecimiento. El envarado Comisario Rehh ha pronunciado algo parecido a un epitafio o palabras mágicas: “el Pacto de Estabilidad no es estúpido”, es decir, que las reglas tienen que ser interpretadas a la luz de las circunstancias, no ciega y fanáticamente. Se abre pues la puerta para que, manteniendo la intensidad de las reformas, la Comisión vaya pensando en cómo flexibilizar la llegada a la tierra prometida del 3% de déficit. Afortunadamente, Hollande no necesita capitanear al sur de Europa: ni quiere, ni sería aconsejable. La intención no es plantarse en Berlín y prender fuego al Pacto Fiscal, sino comenzar una nueva conversación, más racional e inteligente sobre qué es lo que queremos alcanzar, cuándo, cómo y a qué coste.

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Sorpresa para Hollande: ¿y si el Pacto Fiscal diera igual?

Por: | 04 de mayo de 2012

Una de las principales promesas electorales de François Hollande, y que más controversia ha generado por sus implicaciones para el resto de países de la eurozona, es la de renegociar el Pacto Fiscal recientemente negociado y aprobado por los estados miembros de la Unión. Hollande argumenta que ese Tratado (formalmente llamado “Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria”) es un corsé impuesto por Alemania que va a ahogar las posibilidades de crecimiento debido a su ciega insistencia en imponer el equilibrio presupuestario sin ninguna contrapartida (ver anteriores entradas en este blog).

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El fallo de un país llamado España

Por: | 02 de mayo de 2012

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Puente = lectura. Esta vez traigo a los lectores de Café Steiner el magnífico libro que acaban de publicar Andrés Ortega y Ángel Pascual-Ramsey en Galaxia-Gutenberg / Círculo de Lectores,  “¿Qué nos ha pasado: el fallo de un país?”, cuyas primeras 30 páginas están disponibles gratuitamente online en la página web de la editorial. 

Recomiendo vivamente su lectura por varias razones. Primero, porque hay que tener mucho valor para atreverse a escribir un libro sobre el manejo de la crisis por parte del Gobierno de Zapatero habiendo trabajado precisamente para ese gobierno en la sala de máquinas del Departamento de Estudios y Análisis de la Presidencia del Gobierno, es decir, el lugar desde donde se analizaba la coyuntura política y se elaboraban los informes de prospectiva que el presidente del gobierno leía todas las mañanas. Se trata, por tanto, de un ejercicio inusual en nuestro país, un país donde se dice que se lee poco, cuando el problema es más bien que, al menos en lo referido a la política, se escribe demasiado poco e incluso, si se quiere, “demasiado mal”. 

Segundo, además de por el empeño, que en sí ya es meritorio, por la manera en la que desenvuelven los autores a lo largo de sus  311 páginas, sorteando un más que evidente doble riesgo. En un ejercicio como este, si se es excesivamente indulgente con la labor de Gobierno, se dirá que es un libro exculpatorio, sesgado y pelotillero; si se es excesivamente crítico, se dirá que los autores son unos resentidos  movidos por el ánimo de venganza y reivindicación personal. Sin embargo, los autores, descontando de antemano que recibirían críticas de ambos lados, llevan adelante su tarea sin sectarismo ni vocación de ajuste de cuentas. Por esa razón, el libro representa un ejercicio de funambulismo analítico digno de encomio: los autores hicieron el camino entonces, procurando no caer a ningún lado del alambre, y lo han deshecho ahora otra vez para contar a los lectores lo que vieron.

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