José Ignacio Torreblanca

Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

Vuelve la anglosfera

Por: | 05 de octubre de 2012

Anglosphere
Ha pasado casi desapercibido, pero es una noticia importante. Fue anunciada por el Foreign Office británico el pasado lunes, coincidiendo con la visita del Ministro de Exteriores británico, William Hague, a Canadá. Allí anunció la apertura de embajadas conjuntas entre Reino Unido y Canadá, so pretexto de un plan para racionalizar el despliegue diplomático del Reino Unido por el mundo apoyándose en los países de la Commonwealth. El plan comenzará con Canadá, pero se invitará a unirse posteriormente a Australia y Nueva Zelanda, si así lo desearan. “Somos dos naciones”, dijo Hague, “pero compartimos una Reina y unos mismos valores”. Y continuó: “Hemos luchado juntos dos guerras mundiales y perseguido terroristas juntos en Afganistán”. Para concluir con un “Somos primos hermanos”. [véase artículo]

¡Guau! ¿Han reparado los lectores de Café Steiner en que el Reino Unido es miembro de la Unión Europea? No es un detalle marginal, pues hay un Tratado (Lisboa) que no sólo establece claramente que la UE tiene una política exterior y de seguridad común (Título V) sino que nombra un “Alto Representante de la Unión para  Asuntos Exteriores y Política de Seguridad” y pone a su disposición un “Servicio Europeo de Acción Exterior” (art. 27.3) y un presupuesto considerable, además de los recursos propios de la Comisión Europea, pues la Alta Representante es también miembro de la Comisión con rango de Vicepresidenta encargada de coordinar la acción exterior.

Las cuadernas de Europa crujen como resultado de la crisis. Desde que en diciembre de 2011, el británico David Cameron decidiera no seguir al resto de los miembros de la UE en la decisión de estos de profundizar la integración económica de la UE mediante un pacto fiscal, la realidad es que el Reino Unido no ha hecho más que alejarse de la UE. Sean temas económico-financieros o de política exterior y de seguridad, los puentes entre el continente y Londres están tan resquebrajados que aquellos que se atrevan a transitarlos muy posiblemente caigan por ellos. 

Puede que el Reino Unido tenga razón cuando dice que ellos no se han movido, que son los demás los que han avanzado tanto que han desborbado el marco de relaciones cuidadosamente tejido durante décadas. ¿Pero a dónde irá el Reino Unido? A Estados Unidos no, desde luego. La vieja historia de la “relación especial”, forjada durante la segunda guerra mundial y la guerra fría ya no da más de sí. ¿Y qué decir de la Commonwealth, donde el Reino Unido es hoy la cola del león, si no la cabeza del ratón

¿Recuerdan que Tata compró a Jaguar? En un mundo donde las empresas de la colonia tienen más dinero que las de la antigua metrópoli, estas aventuras parecen algo arriesgadas. ¿“El espléndido aislamiento” nunca fue tan espléndido ni tan aislamiento? La anglosfera puede parecer una bonita idea sobre el papel, pero en el mundo en el que vivimos se parece demasiado al error de comunicación que llevó a la caballería ligera a cargar contra los cañones rusos a pecho descubierto. 

La geografía del nuevo secesionismo global

Por: | 03 de octubre de 2012

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Traigo a los lectores el excelente artículo que Frank Jacobs y Parag Khanna acaban de publicar en New York Times echando un vistazo a los movimientos de secesión, anexión, reunificación que laten en el planeta.

Jacobs es el autor de “Strange Maps”, un fascinante blog lleno de curiosidades cartográficas. ¿Conocen la historia llamada “El Dedo del Zar” que explica cómo se trazó el ferrocarril entre San Petersburgo y Moscú? El Zar tomó una regla y trazó una línea recta, pero el lápiz chocó con el dedo corazón e hizo un pequeño semi-círculo que los ingenieros, supuestamente, no se atrevieron a cuestionar? Pues ahí tienen el mapa.

Por su parte, Khanna es un brillante investigador, autor de una serie de libros de gran impacto que han vuelto a poner de moda la vieja disciplina de la geoestrategia. Lo que durante mucho tiempo fue una cosa aburrida y académica ahora es, gracias a Khanna, un relato fascinante sobre cómo está cambiando el mundo en el que vivimos. Su libro “El Segundo Mundo” fue un éxito total y su artículo “Adiós a la Hegemonía” (“Waving Goodbye to Hegemony”), el ensayo político sobre la hegemonía americana más leído y citado de 2008.

Los dos autores nos ofrecen este artículo (“El Nuevo Mundo”, publicado en New York Times el 22 de septiembre) junto con un globo terráqueo animado en el que se puede rotar con el ratón para observar cuál es la geografía política del nuevo secesionismo (o, en algunos casos “anexionismo”).

¿Qué aspecto podría tener el mapa dentro de unos años, si se confirman las tendencias que observamos?

  1. Mali pierde el norte de su territorio. Nace la República de Azawad.
  2. Bélgica se divide en dos. ¿Francófonos y flamencos se encuentran bajo la luz de la UE bruseliense?
  3. Congo se fragmenta (una vez más): nacen los Kivus, Norte y Sur, que posiblemente se anexionaran a Ruanda.
  4. Somalia, que ya perdió Somaliland, ve nacer otra República, la República (pirata) de Puntland.
  5. Nace un estado alauí en la costa de Siria después de la caída de Asad.
  6. Tendencia inversa en Arabia Saudí (pero consecuencia de los intentos secesionistas chiíes y de las revueltas dentro de los emiratos): los saudíes reabsorben a los emiratos y crean la Unión del Golfo Árabe.
  7. El caos sirio impulsa la proclamación del Kurdistán.
  8. Los 20 millones de azeríes que viven en el Norte de Irán se pasan a Azerbaiyán como consecuencia de la crisis económica derivada de las sanciones a Irán o de una probable operación militar contra Teherán.
  9. El sur de Afghanistán se escinde (Pashtunistán) y se fusiona con el oeste de Pakistán (Baluchistán). Se acaba la línea Durand que dividió a los pashtunes en dos.
  10. Los inmigrantes y las empresas chinas colonizan Siberia. A 5.000 kilómetros del Moscú, se trata de una anexión de facto.

Cuando, argumentan los autores, pensábamos que no habría más movimientos tectónicos que aquellos provocados por el fin del comunismo (la implosión de la Unión Soviética y de Yugoslavia añadieron un buen número estados a la comunidad internacional), la realidad nos obliga a pensar otra vez si el número de estados es tan estable como creíamos. Eritrea, Timor Oriental, Sudán del Sur, no parecen, al fin y al cabo, casos aislados, excepciones que confirman la regla, sino reflejos de que la última palabra sobre el número de estados en el mundo está de todo menos dicha.

 Nota: Ni Cataluña, Escocia o Quebec están citados en el informe.

La autodeterminación en tiempos de cólera

Por: | 01 de octubre de 2012

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Termina un acto público sobre la crisis en Berlín y en el pasillo se forma una larga fila de gente para tomar la palabra y dirigirse a los ponentes. Aunque te esfuerzas en contestar las preguntas, tienes la sensación que lo de menos son las respuestas. Es el deseo de expresar el enfado, la irritación, lo que cuenta. Todos están molestos. Da igual con quien: con la banca, con Europa, con Merkel o con los griegos, no importa mucho. Una se quejan de que no hay dinero para guarderías pero sí para los bancos, otra de que Europa no funciona o de que los políticos no escuchan, de que los impuestos son altos y los salarios bajos, y así un largo etcétera.

Curiosamente, aunque Alemania y España estén en las antípodas de esta crisis, las frustraciones parecen ser las mismas. Sea Alemania o España, Finlandia o Grecia, Holanda o Italia, da la impresión de que los ciudadanos comparten una misma sensación: la de que todo se decide lejos de ellos, fuera de su país, y en contra de sus intereses.  Todos querrían decidir, pero no pueden, alguien o algo se lo impide, y pugnan por identificar quién se lo impide. Sí, el objeto sobre el que vuelcan su enfado es distinto: Europa, España, la banca, los políticos, pero los sentimiento son muy parecidos.

Nos invade el lenguaje de la insolidaridad. El virus de la insolidaridad encuentra su caldo de cultivo ideal en las crisis y rompe siempre en primer lugar por las identidades. La solidaridad se restringe a los que conoces, a aquellos con los que identificas.

España recorta la cooperación al desarrollo, porque los españoles son primero, y también las prestaciones a los inmigrantes, porque los extranjeros son después. Alemania se convierte en el nuevo Reino Unido de Europa: donde Thatcher gritaba a sus colegas del Consejo Europeo “quiero que me devuelvan mi dinero” (I want my money back), hoy Alemania se desgañita repitiendo machaconamente una y otra vez su oposición a “una unión de transferencias” y su hastío de ser “un contribuyente neto”: nosotros primero, los demás después. ¿Cómo reprochárselo?

Los más ricos se llevan siempre la palma de la insolidaridad. En Alemania, Baviera se queja de que paga demasiado. En Francia, Bernard Arnault, el hombre más rico de Francia y dueño de Louis Vuitton, que ejemplifica como nada el lujo absoluto, amenaza con pedir la nacionalidad belga si le hacen pagar más impuestos. Mientras, en España, donde todos estamos quebrados, oímos hablar de “expolio fiscal”, como si unos realmente estuvieran peor que otros a costa de otros y no fueran todos víctimas de la crisis.

En ausencia de una salida colectiva, se buscan salidas individuales. Lo que muchos ciudadanos catalanes quieren no es tan distinto que lo que buscan los que fueron a la plaza de Neptuno o los franceses que eligieron a Hollande en las últimas elecciones: decidir sobre su futuro, inventar una salida donde nadie ofrece nada más que sufrimiento e injusticias.

Pero siendo comprensible, no es lo ideal. Mejor sería cambiar el discurso y decirlo claro. El verdadero expolio de esta crisis es social y democrático: nunca tan pocos quitaron tantos derechos y esperanzas a tantos. Tantos derechos sociales, y tantos derechos políticos arrebatados, entre ellos, el principal, el derecho a decidir sobre su presente y sobre futuro.

Los europeos, aquí o allá, en España en Alemania, deberían entender que los que a priori parece que les divide es precisamente lo que les une. En esta crisis todos son europeos, y a todos se les ha privado el derecho a decidir, sobre su presente, y sobre su futuro. Es por eso por lo que la democracia está en crisis: porque los ciudadanos no pueden elegir, ni aquí ni en ningún sitio, que se haga realidad lo que quieren.

 

El País

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