José Ignacio Torreblanca

La culpa es de los años ochenta

Por: | 07 de febrero de 2013

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Durante los años ochenta, España acometió una increíble tarea. Pocos países desarrollados han hecho tantas cosas tan importantes a la vez: democratizar un sistema político, descentralizar la estructura del Estado y de sus Administraciones Públicas, liberalizar la economía, construir un Estado del Bienestar, abrirse al exterior y acceder a las principales organizaciones internacionales.

Todo ello en un contexto político y económico sumamente adverso marcado por la violencia política terrorista, las amenazas de golpe de Estado, la crisis económica, las tensiones sociales e, incluso, un entorno internacional marcado por el auge de las tensiones entre las (entonces) dos superpotencias.

Sin duda que la mayoría de los que hicieron política o la vivieron en aquellos años tuvieron la sensación de que la larga serie de problemas históricos que habían condenado a nuestro país al autoritarismo, el retraso económico y las desigualdades sociales estaban siendo solucionados.

Sin embargo, mirando hacia atrás, es posible ver hasta qué punto algunos problemas se solucionaron de una forma incompleta o insatisfactoria o abrieron el camino a nuevos problemas de tal manera que muchas de las cosas que hoy no funcionan en nuestro sistema tiene su origen en las decisiones tomadas aquellos años.

Por ejemplo, España se dotó de una monarquía parlamentaria que se desempeñó de una forma sumamente eficaz como poder moderador y legitimador de la democracia y el juego político. Hacia dentro y hacia fuera, el Rey ha jugado un papel enormemente positivo ofreciendo una fórmula nueva que permitiera superar las diferencias históricas entre republicanos y monárquicos. Sin embargo, debido a un erróneo entendimiento de la deferencia a quien tantos y tan buenos servicios había prestado, la monarquía se configuró como una institución excesivamente opaca. Como en tantas otras instituciones de nuestro país, la auto-regulación ha fallado, lo que ha terminado por dañar su prestigio.

Algo parecido se puede decir de nuestro sistema político, que construyó unos partidos políticos fuertes que pudieran defender el interés general sin caer en el localismo y la fragmentación pero que, inadvertidamente, ha facilitado que el vínculo entre representantes y representados se debilitara progresivamente hasta quedar prácticamente roto. Sin quererlo, en afortunada expresión de García-Pelayo, España se convirtió en un “Estado de partidos” donde los actores y protagonistas del juego político no eran los ciudadanos sino las elites de los partidos.

¿Y qué decir de nuestra estructura territorial? Por una lado dio satisfacción a la legítima aspiración histórica de la descentralización, transfiriendo competencias nucleares como la educación y la sanidad con la idea de mejorar su eficacia, calidad y cercanía a los ciudadanos. Pero por otro, ese sistema recreó el viejo sistema caciquil que tanto daño había hecho a España en el pasado. Para empeorar las cosas, al carecer de un sistema de financiación adecuado, generó un desequilibrio permanente y un sistema de incentivos totalmente erróneo que fomentaba la irresponsabilidad fiscal.

Terminaré con la estructura económica pues las decisiones tomadas en aquellos años prefiguran muchas de las debilidades que experimentamos hoy. España se abrió al exterior y se integró en la (entonces) Comunidad Europea. Pero la liberalización económica, la reconversión industrial y la apertura al exterior no vinieron acompañadas de políticas de re-industrialización, competitividad o de innovación, de tal manera que España se convirtió en una economía predominantemente de servicios que ha venido sufriendo de forma crónica un elevado déficit comercial, falta de competencia, un mercado laboral dual e inflación de precios y salarios. La crisis de los noventa, con las devaluaciones de 1992-1993 un componente sorprendentemente similar a la actual: sobrecalentamiento, burbuja y estallido.

Esto no quiere decir, en contra del título de esta entrada, que refleja más una tentación que rechazar que una afirmación, que los ochenta sean culpables, ni que la generación que gobernó entonces sea la responsable de nuestros problemas actuales, sino que debemos volver a ellos para entender qué es lo que nos está pasando y poder debatir las soluciones. Pero por algo se habla a veces de una “segunda transición”, refiriéndose a la idea de que nuestros problemas requieren revisar el modelo político, económico y social que entonces nos dimos y las decisiones que entonces se tomaron.

Les dejo con el magnífico video-resumen de los años ochenta preparado por el Grupo de Investigación sobre Estudios Históricos y Culturales de la Universidad de Castilla La-Mancha (campus de Ciudad Real). La fotografía que abre esta entrada es la elegida para el cartel que presenta las jornadas sobre  “La consolidación de la democracia en los años ochenta” que allí se están celebrando esta semana y en las que he tenido la oportunidad de participar. 


 

Hay 7 Comentarios

Cierto que las causas de nuestra crisis actual se deben a las decisiones que se tomaron en los años 80 pero lo peor de todo es que los poderes públicos hayan hecho la vista gorda o, incluso, hayan estado ciegos ante el desarrollo de la burbuja inmobiliaria cuando muchos ciudadanos nos dábamos cuenta de que la cosa iba a estallar en cualquier momento. Errar es humano pero cerrar los ojos o no tenerlos con los sueldos que se cobraban es peor.

Así que, mientras, El Mundo se tira a la yugular del PP, Manos Limpias se presenta como defensor de la Democracia en cuanto pleito justiciable se plantee, la Monarquía parece dar sus últimos estertores, aparece Doña Esperanza desde su retiro espiritual, dispuesta a dejar su recién estrenado empleo como Head Hunter (Cazadora de Cabezas, si tomamos el literal, glub) y dedicar su vida en cuerpo y alma a regenerar el agónico sistema español, cual lavativa aliviadora.

http://unavozlibredel15m.blogspot.com.es/2013/02/esperanza-y-cierra-espana.html

Carta Abierta al DIputado Desconocido.
No se puede esperar años. Hay 250 o 300 diputados de segunda línea a quienes sólo los conoce su familia. El motivo de su limitado éxito en acercarse a la cúspide del poder podría ser una oportunidad para España.
No llegan más alto porque no son suficientemente obsecuentes, sus jefes no los detectaron para promoción.
Pueden no hacer nada, como siempre, o consensuar, al margen de las cúpulas del PPPSOE, una ley electoral donde los diputados los elijamos los ciudadanos y no los jefes. Y una ley de partidos como la gente.
Y con esas nuevas leyes, convocar elecciones ya, lo antes posible. (recordemos que los diputados desconocidos tienen mayoría absoluta).
De esas elecciones con nuevas reglas saldría un parlamento más válido, se hará correr el escalafón, perderemos de vista a toda esta gente. Y se podrán emprender las demás reformas pendientes.
Sabemos que no son valientes, que temen. ¿Qué temen? ¿que no los pongan en la próxima lista?¿que tengan que ir a buscar trabajo como todo el mundo?.
Sabemos que no son valientes pero el castellano es grande y rico: hagamos de tripas corazón, de una colección de .... los protagonistas de la nueva transición. Tienen el poder, el nuestro. Deberían cumplir con su deber, el que tienen con España, no el que tienen con su aparato partidario.
Ya sé que lo que es técnicamente posible (que pasen todos al grupo mixto y hagan lo que hay que hacer) no es emocionalmente, personalmente, políticamente plausible, pero ... si algunos crearan un club interpartidario, si estar fuera de ese club tuviera un coste... (quien hubiera creído que me vería, hoy jueves, rezando a Esperanza Aguirre).

excelente analisis, como es habitual

Interesante. Qué bien nos viene un poco de perspectiva a veces, de forma sosegada.

Es cierto que habría que repensar todo eso que dice José I. Torreblanca. Pero un matíz que se suele mencionar poco y es clave es el de pensar en los líderes políticos, y en definitiva en los gobernantes, que nuestro sistema político debería "producir" para tener una razonable confianza en que estaremos en "buenas manos". En la medida en que son los partidos las "fábricas" de nuestros gobernantes, habría que analizar qué cosas deberían cambiar para tener el tipo de políticos que este país necesita. Este artículo habla sobre ello:
http://www.otraspoliticas.com/politica/%c2%bfque-politicos-para-el-2030

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Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

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