José Ignacio Torreblanca

Irreversible

Por: | 26 de septiembre de 2015

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El pegamento que une las identidades, los territorios y las instituciones es el resultado de complejas circunstancias históricas. Las naciones son tan artificiales en origen como inmutables una vez consolidadas. Y lo mismo puede decirse de los Estados y de su proceso de creación. No hay por tanto nada extraño en que a una comunidad le cueste mucho aceptar una discusión sobre los límites que definen su territorio y ciudadanía. De hecho, a pesar de la reivindicación sobre la existencia de un derecho natural e irrestricto a decidir sobre la pertenencia a la comunidad como una faceta irrenunciable de la democracia, la realidad es la contraria: las democracias carecen de una cláusula de escape estándar que habilite a cualquier territorio o grupo marcharse cuando buenamente lo deseen, y pese a ello las consideramos democracias plenas.

Prueba de ello es que las comunidades que acceden a la estatalidad escindiéndose de otro Estado jamás incluyen en sus nuevas constituciones el derecho a decidir. A falta del pronunciamiento de los independentistas sobre la cuestión, es bastante plausible aventurar que una futura constitución catalana en modo alguno incluiría un derecho simétrico a decidir sobre la estatalidad en los mismos términos empleados para la secesión, es decir, que bastara una mayoría de escaños en el Parlament o una consulta popular para desencadenar una unión con España. De ganar, los independentistas proclamarían la cuestión resuelta definitivamente. Y de perder, considerarían legítimo volver a intentarlo cuantas veces fuera necesario. Cara, gano yo; cruz, pierdes tú.

Incluso en el caso de que se desarrolle de forma negociada y pacífica (algo realmente excepcional: los divorcios de terciopelo no abundan), una secesión es un evento traumático para un país. Porque esos procesos son irreversibles y redefinen por completo la vida de varias generaciones de ciudadanos, el debate sobre esa cuestión debería llevarse a cabo en un marco de exquisito respeto por unas reglas del juego claras y compartidas y el intercambio de razones y hechos contrastables, no sobre la base del trazo grueso y el desbordamiento de las emociones. Decidir es importante y puede que acabe siendo inevitable, pero hacerlo democráticamente es aún más importante. Estamos muy lejos de ahí. 

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 26 de septiembre de 2015

Hay 7 Comentarios

En el tema que nos ocupa, aunque pese a muchos, hay que ser modestos en los objetivos. La historia es terca para todos. No existe, ni existirá, ese mundo donde no ha lugar a conflicto alguno y todos seremos felices. A todo lo más a lo que se puede aspirar en política -la historia es terca, repito- es a la paz civil. No es un mal objetivo, sin embargo.
En España está en vigor una constitución que nos ha sido útil para garantizar esa paz, y la convivencia que todos hemos deseado, durante más de treinta años. Sin embargo, ese acuerdo de 1979 ha hecho crisis. Nos guste o no. Y les debemos a nuestros hijos algo mejor de lo que vivimos en esta hora.
¿Es insensato buscar, entre todos, un nuevo marco de referencia, una nueva Constitución, que sea capaz de darnos otros treinta años de paz y convivencia civil? ¿Es insensato apostar por esta solución?
No entiende la historia aquel que busca soluciones permanentes, definitivas, a los problemas de convivencia, porque esas soluciones eternas e indiscutibles no existen. Nos guste o no, los españoles nuevamente estamos condenados a entendernos.
Si Cataluña termina separándose de España saldremos perdiendo todos, catalanes y no catalanes.
Efectivamente, hay separatistas en Cataluña, pero también hay una legión de separadores de este lado. Si fuéramos sensatos, y honestos, todos (en el resto de España y en Cataluña) deberíamos tratar de convencer a los de nuestro propio lado de que siempre nos irá mejor juntos, y de que la paz civil está pidiendo ahora la búsqueda de un nuevo marco de convivencia, de una nueva constitución.

"las democracias carecen de una cláusula de escape estándar que habilite a cualquier territorio o grupo marcharse cuando buenamente lo deseen". ¿Un territorio o un grupo?. Un grupo, que haga lo que desee. Nadie impide a los catalanes a constituirse en Nación Catalana. El tema es cuando se intenta aplicar esto a un territorio donde, por un aspecto esencial de la naturaleza humana (la historia de la humanidad es la historia de las migraciones, como volvemos a ver estos días) habitan quienes no son catalanes y que se acabarían viendo o despojados de su nacionalidad o en minoría en su país. El intento del nacionalismo desde que existe fue el de solucionar esa incongruencia moviendo fronteras y expulsando a quienes no son "de los nuestros". Una estupidez que lleva costando unos cuantos cientos de millones de muertos. Parecía que los acuerdos de Helsinki de 1973 habían acabado con la aspiración a mover fronteras. Pensábamos que Europa era: las fronteras se quedan donde están y se irán disolviendo ordenadamente. Pero el adanismo y la estupidez se renuevan, la memoria es corta.Los imbéciles (como el cáncer) nunca mueren, solo se reencarnan. Sarajevo está a la vista. Pensar que "el problema catalán" es diferente del "problema osetio" del moldavo, del ucranio, es pura ceguera. Mientras España hace sus deberes, no estaría demás que Europa hiciera los suyos. Nació de la herencia trágica del nacionalismo, nació para abolirlo, esa es su razón de ser: debe tomar una posición explícita mucho mas allá, más amplia que el pequeño y paleto asunto catalán.


Los CATALANISTAS tienen que PEDIR PERDÓN por sus crímenes contra la humanidad.

Tienen que pedir perdón al mismo pueblo catalán por habernos mentido y lavado el cerebro con 35 años de adoctrinamiento , mentiras históricas y odio catalanista.

Tienen que pedirnos perdón a los español hablantes por perseguirnos. Y tienen que suplicarnos perdón a los catalanes que nos han discriminado por no comulgar con su doctrina fascista.

Tienen que suplicar perdón a toda España por continuamente insultarla y vejarla.

Tienen que pedir perdón por las mentiras que han hecho sobre las balanzas fiscales y comerciales que acaban siendo benéficas para Cat

Tienen que pedir perdón por culpar a Madrid de sus propios errores, corrupción, incompetencia, mediocridad e ineficacia.

Tienen que disculparse por catalanizarnos

También los catalanistas tienen que rogar perdón a Valencia, Baleares, Sur de Francia, Andorra, Murcia, Valle de Arán y Aragón, por querer anexarse sus territorios y extinguir sus idiomas y culturas

Finalmente tienen que suplicar perdón a la comunidad internacional por haber hecho del victimismo un negocio.


Apreciado José Ignacio,

Si España no fuera un caos y un pais en construccion desde hace siglos, no estariamos aqui.


Hay algo que se me escapa en cuanto a la comprension de la intelectualidad española (en la que estan todos incluidos, por el momento, para que no haya dudas ni manipulaciones de lo que escribo ). Como es posible que nadie resalte el caos territorial y administrativo del territorio llamado España?


Como se puede articular un pais pequeño, salido de una dictadura infame camino hacia la modernidad, y con una economia obsoleta, con 17 autonomias, 2 ciudades autonomas, varios codigos civiles, una confederacion de hecho (fueros vascos y navarro) y 4 lenguas?

La asignatura de la historia no existe en España?

Son la amnesia y la manipulacion el corazon de la intelectualidad española?
Como pueden estas élites haber construido un estado sin haber desempolvado a Ortega y Gasset, Marañon y Ramon Perez de Ayala, al menos?
Como no se plantearon un debate de pensadores sobre la situacion (clarisima, por cierto) de reivindicacion permanente de Euskadi y Cataluña?

Sera que la amnesia, el oportunismo y girar chaqueta son los rasgos mas notables de los intelectuales españoles post-transicion?
El confort les afecta las neuronas?


Que la C78 fuera una manera pragmatica de salir del callejon sin salida del franquismo, se lo concedo pero que hayan tenido 37 años para cambiar el estado de las cosas y que la casa siga sin barrer...


Porqué en 37 años no ha habido una politica de recuperacion de la memoria, valiente, que reconciliara a todos los españoles y configurara unas relaciones territoriales apaciguadas y estables?
En que piensan los intelectuales españoles? En su poltrona?
Nadie ha sido capaz de condenar abiertamente y claramente un Estado corrupto y manipulado.
Les han sorbido el seso?


Entre sofismas, manipulaciones, girachaquestimos, oportunismos y bajeza moral, nos han servido Vds. un pais corrupto, amoral y controlado por los mismos!!!!!


Cuantas promesas fallidas, cuantas lenguas falsas y que poco valor para confrontar la realidad española y sacarnos, al fin de las cuevas de la oscuridad de unas élites que no se preocuparon de modernizar, educar y no repetir los errores a los que parecemos condenados por ser dirigidos por petimetres pusilanimes y conservadores...


No se cual sera el resultado del 27S, ni sé si tendra Vd. el valor de publicar mi post. Pero lo que si sé es que los culpables de este desencuentro y este desproposito, son las élites españolas (politicos, pensadores, intelectuales, instituciones, empresarios, etc...).


Seguiran mirando hacia otro lado y rompiendo los espejos porque no les gusta la imagen que les devuelven?


De quien es la culpa?
De los que tomaron las decisiones, escogieron las opciones erroneas y se empecinaron en continuar en la misma direccion.
De los que aplicaron esas decisiones sin preguntarse si eran buenas o no.
De los intelectuales que acompañaron con su silencio este meritorio desfalco.


De los que no se preocuparon de buscar la esencia de lo que somos y de lo que nos impidieron ser siempre los mismos: esa élite que aplaude el progreso fuera de sus fronteras y bloquea todo paso firme hacia la cultura, la educacion y la convivencia.


Se nos enquistaron los politicos de taverna, jocosos y manipuladores, con esa "grassia" de la picaresca española...

¿Tiene intención el Sr. Mas, entre todas leyes e instituciones que tiene que montar en 18 meses, recoger en la Constitución catalana que cualquier región de Cataluña podrá tener el derecho a decidir si se escinde de ésta? Pongamos por caso Tarragona o Barcelona. Se puede dar el caso que estas dos partes de Cataluña decidan reintegrarse en España porque creen que les irá mejor que quedarse en una Cataluña independiente. ¿Mas lo permitiría? o sería tan democrático como lo está siendo ahora, donde contempla que con una minoría de votos, que no de escaños, podría proclamar la independencia unilateralmente, sin afectarle que la mayoría de ciudadanos no la quiere.
Mas, que nunca fue secesionista, se ha visto abocado a meterse en el jardín de la independencia por razones que se le escapan a los ciudadanos. En primer lugar, la decisión inaudita del Tribunal Constitucional de rechazar la aprobación del nuevo Estatut, prevaleciendo por encima de los votos de los ciudadanos y parlamentarios que lo sancionaron democráticamente. Segundo, la crisis económica. Cataluña ha sido la región más castigada por la precariedad y la austeridad, proclamada por Mas como un éxito de su política. Y en tercer lugar, la política errática e ineficaz del propio Mas que ha demostrado no ser un político capaz de resolver los problemas cotidianos de los ciudadanos. Al revés, los ha agravado.
Ante la situación de verse en una grave situación institucional por su fracaso político al frente del Govern catalán, ha preferido embarcarse en la derrota de llevar a Cataluña a un puerto incierto. Mas dice querer conseguir la Arcadia feliz y muchos han picado en su anzuelo. Pero sabemos que ese país no existe.
Cuando dentro de 18 meses, si es que se produce la secesión, y se den cuenta los ciudadanos que ya no están en la UE, que el euro ha desaparecido de sus manos y que tienen una moneda que no cotiza en los mercados como divisa, podrán comprobar que las premisas con las que Mas abdujo a parte de la población, no son factibles. Entonces ¿Podrán los catalanes montar un referéndum para volver a España, donde estaban? Igual sería demasiado tarde.

Francis Fukuyama tenia razón....

El fin de la historia para Fukuyama supone la finalización de los conflictos ideológicos. Fukuyama entiende la historia como un drama que tiene por protagonistas a las ideas; y, en tal sentido, ella sería la expresión de las pugnas ideológicas. Entendidas así las cosas, es factible conjeturar, que la historia alcanzaría su máxima intensidad en los siglos correspondientes a la modernidad; llegando al punto más alto en el período que va de 1917 hasta 1989 (años de paroxismo ideológico), vale decir, desde el comienzo de la Revolución Bolchevique hasta la caída del Muro de Berlín.

Lo que interesa aquí es consignar que para Fukuyama la historia supone enfrentamientos no sólo de las ideologías, sino que también de las ideas. Entonces, el fin de la historia implica el fin de las pugnas, sean éstas de índole ideológica, en sentido estricto, o no. Por consiguiente, en el mundo poshistórico, afirma Fukuyama, “no hay lucha en torno a grandes asuntos y, en consecuencia, no se precisa ni de generales ni estadistas”[12]. En suma, el mundo poshistórico en su madurez es un mundo sin conflictos.

Respecto a la tesis del fin del antagonismo, los errores en que incurre Fukuyama, en mi opinión, son cuatro. Primero, parte del supuesto que el conflicto solamente es suscitado por una disparidad de criterios en torno a los fines; no obstante, el conflicto también puede surgir como una disputa respecto a los medios para alcanzar un fin. Segundo, los antagonismos no sólo son suscitados por motivaciones ideológicas sino que también por intereses de variada índole y, en general, por las pasiones y por una variedad de móviles extra racionales. Tercero, las razones por las cuales los hombres entran en pugna son cambiantes en el tiempo; dicho de otro modo: no sabemos qué entidades pueden suscitar confrontaciones en el futuro. Cuarto, en el supuesto que exista un dispositivo de reglas para encausar los antagonismos es probable que el conflicto surja en torno a la interpretación de dichas reglas.

Por otra parte, en lo que concierne a la tesis del Estado Homogéneo Universal, es pertinente consignar que es una noción que permanece indefinida en el planteamiento de Fukuyama. Sin embargo, es posible presumir que dicha noción supone un tipo de asociación política supranacional propia del mundo poshistórico, es decir, de un mundo en el que no existen conflictos o por lo menos donde están ausentes los antagonismos de envergadura.

Este punto es discutible, como ya lo hice notar. No obstante, podemos obviar la objeción suponiendo (aun contra la evidencia empírica) que la naturaleza humana en todas sus manifestaciones es intrínsecamente pacífica y altruista. Si fuera así, se podría aceptar la tesis del fin de la historia sin mayores problemas. Incluso es posible imaginar que los hombres se pueden agrupar en instituciones que tienen una configuración legal similar y que además ellas se sustentan en una misma fuente de legitimidad. Entonces, ¿cuál es la objeción? El punto discutible es que dicho Estado sea universal.

Recordemos que el Estado es un tipo de asociación política que se constituye, por una parte, para proteger a la población que está al interior de sus propias fronteras con el propósito de sofocar las relaciones intempestivas entre los individuos y, por otra, para proteger a la población de las agresiones de aquellos individuos o asociaciones que están más allá de sus fronteras. Las asociaciones (incluido el Estado como la asociación política suprema) se articulan en torno a intereses. Las finalidades que incitan a los individuos a agruparse en unidades políticas son, básicamente, tres: en primer lugar, se aglutinan para conservar su propia vida frente a la agresión de otros; en seguida, para preservar su propiedad de la rapiña de terceros; y, finalmente, para velar por la peculiar concepción que la asociación tiene de su propia seguridad, como asimismo de lo bueno y deseable.

Mas los intereses que cohesionan a los individuos son variables, porque no todos los hombres valoran de igual manera la realidad, por ende, no todos se aglutinan y orientan su acción en función de las mismas valoraciones. Suponer lo contrario sería utópico. Por cierto, uno de los rasgos del pensamiento utópico -consigna Isaiah Berlin- es que éste “presupone que los seres humanos como tales buscan las mismas metas esenciales, idénticas para todos, en todo momento y en todas partes”. De manera, pues, que resulta utópico suponer que todos rigen su conducta atendiendo a los mismos intereses.

Por consiguiente, no es plausible suponer que todos los individuos se van aglutinar de manera espontánea en una misma entidad, en circunstancias que ellos tienen diferentes intereses y, por añadidura, desiguales motivaciones. En consecuencia, la configuración de un Estado Homogéneo Universal no resulta del todo factible, no porque sea técnicamente imposible, sino por el antagonismo de intereses y por la heterogeneidad de valoraciones. Ambos constituyen un obstáculo difícilmente esquivable.

Las anteriores consideraciones no tienden a erosionar el discurso de la globalización. La globalización es un factum. Pero el hecho de que el mundo actualmente sea una totalidad interconectada no implica en modo alguno que funcione como una unidad.

Este asunto es como un divorcio. En los divorcios, generalmente, los hijos no suelen entender porque los padres pleitean, a ellos les suele dar lo mismo como se repartan los bienes, o que fines de semana tienen que estar con uno o con el otro, quiero con ello decir, que en un proceso de secesión las elites dirigentes, o sea los padres, conocen perfectamente que hay sobre la mesa en juego, pero la gran mayoría de los ciudadanos no, muchos de ellos incluso no se juegan nada, pase lo que pase su vida va a seguir siendo igual o muy parecida.

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Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

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