José Ignacio Torreblanca

Desmoralizar Europa

Por: | 13 de mayo de 2016

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Celebramos el Día de Europa desmoralizados. Europa está sumida en una doble crisis: una crisis de política exterior que proyecta un arco de conflictos en sus dos vecindades, oriental y sureña, y una crisis interior, con un arco paralelo de tensión que se bifurca para dañar la legitimidad tanto de los sistemas políticos nacionales como del propio sistema político europeo. Por separado, cualquiera de las dos crisis sería de gravedad. Pero juntas, interactúan para someter al proyecto europeo a una presión insoportable.

La primera crisis, exterior, es la consecuencia de no haber entendido lo ocurrido al mundo en la última década. En lugar de usar esa década para construir una política exterior y de seguridad que superara la fragmentación del poder europeo y permitiera hacer frente al inmenso desplazamiento de poder político y económico desde el viejo Occidente hacia fuera, los europeos se enfrascaron primero en mal resolver una crisis institucional y luego en mal gestionar una crisis económica. La segunda crisis, interior, es consecuencia de la incapacidad europea de resolver los fallos de diseño de la eurozona. En lugar de aprovechar la crisis para completar la unión monetaria con los elementos necesarios para asegurar su supervivencia, se adoptó, por parte de Alemania, pero también por otros, una posición moral que insistió en atribuir la crisis a la inferioridad de un Sur derrochador, no competitivo y falto de carácter para reformarse. Al vincular la crisis con la culpa y su solución a la redención, se bloquearon las reformas que hubieran permitido remontar el vuelo. No es de extrañar que sobre ese paciente ya debilitado la crisis de asilo y refugio haya provocado una infección populista, xenófoba y antieuropea.

La construcción europea representa el triunfo de la razón pragmática frente a la razón moral. Los padres fundadores pudieron proyectar un futuro por encima de la culpa de dos guerras mundiales y millones de muertos y negociar acuerdos que lograran encadenar pequeños pero importantes avances. Su éxito fue sustituir la moral de la culpa por una ética política basada en el respeto a las diferencias y la obligación del compromiso. Entonces hubo que desmoralizar para poder avanzar. Ahora hay que desmoralizar para no desmoralizarse.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 11 de mayo de 2016

Hay 5 Comentarios

Si España o Portugal o Italia o Grecia gastan más, sume la prima de riesgo y entonces al final viene el rescate y le toca pagar al Centro y el Norte. De ahí que ellos digan que o se reducen los déficits fiscales o se rompe la baraja. Entre otras cosas, porque si en el Sur no se reducen los déficits fiscales, la baraja se iba a romper también (solo que aún más violentamente).

Que no hombre, que la lucha contra el déficit impulsada desde el Centro y el Norte de Europa tien poco que ver con la moral. Exactamente igual que cuando uno compra un coche y quiere obtener el mejor precio posible eso tiene poco que ver con la moral o exactamente igual que cuando un sindicato hace huelga para ganar mas también tiene poco que ver con la moral. Lo que no quieren en el Centro y Norte de Europa es poner ellos dinero para que otros se lo gasten....Parece mentira que en España eso no se entienda con los problemas que genera el reparto de la tarta fiscal (el contencioso catalán viene de ahí y la ausencia de problemas graves ahora mismo en Euskadi y Nafarroa también viene de ahí, pues vascos y navarros si tienen concierto fiscal, algo que acabaría con los problemas catalanes).

No entiendo eso de desmoralizar para no desmoralizarse.
En primer lugar, lo que tendría que hacer la Unión Europea es cumplir la Declaración Universal de los Derechos Humanos y ser democrática, como dice la Constitución de todos los países que la forman.

Un saludo.

Aquella Europa de naciones en disputa entre poderes y dinastías, se encontró de la noche a la mañana formando parte de un todo y con una moneda única.
En medio de un mundo tensionado por una economía en expansión, que veía aflorar nuevos actores, que pedían un puesto con cara y ojos.
Europa ya no era el ombligo del mundo, pues había otras naciones y ciudades con un gran crecimiento en todos los ámbitos, que reclamaban su hegemonía.
Europa ha tenido que acomodarse rápido al nuevo diseño planetario y mantener su estatus de cuna de la cultura mundial, a la par que ha de dar un trato de igualdad en su seno a sus ciudadanos y ciudadanas sean del norte del sur de este o del oeste.
Todo demasiado rápido para no cometer errores.
El primero el resquebrajamiento de los socios, que quieren desligarse por no sentirse similares al resto del grupo.
Que a la hora de compartir beneficios y gastos se intenta pretender mantener las distancias.
Y categorías.
Europa aun tiene delante un largo recorrido de igualdad ciudadana, para empezar a sentirse como un conjunto que intenta iniciar un recorrido entre sus iguales.
En competencia, capacidades, y peso.

Ya decía Campoamor “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira”. Las elites dirigentes de la UE ven las cosas de una forma muy diferente a como la ven las clases medias y los sectores menos pudientes, el problema es que todos votan.


En contra de lo que algunos sectores políticos proponen, la UE no tiene capacidad para convertirse en el refugio del descontento mundial, fruto de estados cuyos gobiernos fracasan. La UE no tiene capacidad ni social, ni económica, ni laboral, para absorber la inmigración que le llega.

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Sobre el autor

es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate) se publico en abril de 2015. Ha publicado también "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Madrid / Icaria-Política Exterior, 2011). En 2014 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo.

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