Jose Reinoso

Sobre el autor

es el corresponsal del diario EL PAÍS en China, lo que le ha permitido viajar de este a oeste y de sur a norte (dong xi nan bei) para escribir sobre lo que ocurre en este país de más de 1.300 millones de almas. También ha cubierto acontecimientos claves en otros lugares de Asia, una región hacia la cual se ha desplazado inexorablemente el centro de gravedad geopolítico del mundo en los últimos años.

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Los obreros invisibles

Por: | 18 de diciembre de 2011

Un trabajdor camina sobre una viga en una obra en Hefei, capital de la provincia de Anhui. (AFP)

La primera vez que viajé a Shanghai, me alojé en un hotel cuyo amplio ventanal ofrecía una vista excelente sobre una obra en la que pululaban como hormigas cientos de obreros. Llegué a media tarde, y la actividad en el solar vecino era frenética. Recuerdo que salí a dar una vuelta y me acerqué hasta el Bund, el paseo junto al río Huangpu, cita obligada para turistas y visitantes. Allí estaban, al atardecer, chinos y extranjeros fotografiándose ante el escenario galáctico de Pudong, el distrito financiero de Shanghai. Para quien le guste hacerse fotos –que no es mi caso-, el Bund es el sitio en el que inmortalizarse como testigo del ascenso chino.

Tras cenar, regresé al hotel, y al pasar junto a la obra me sorprendieron el gemido de las grúas desplazando material y el ir y venir de los camiones. Los obreros –no sé si los mismos que había visto por la tarde o un turno nuevo- trabajaban bajo los focos como si el día no tuviera fin. Las chispas de los soldadores caían desde las alturas como lluvia de oro y fuego.

Mi habitación estaba bien aislada, y los zumbidos y el repiqueteo no me impidieron dormir; pero ante aquella vista llegué a una conclusión: si alquilas un apartamento en China, más vale hacerlo junto a un edificio en obras.

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Escorpios y Virgos, absténganse por favor

Por: | 06 de diciembre de 2011

Si a finales de la década de 1990 salían de las universidades chinas alrededor de 800.000 graduados anuales, la cifra en 2011 rondará los 6,6 millones. Son más de seis millones de jóvenes llenos de ilusión, pero también de inquietud, que, tras años de educación en régimen casi colegial, llegan al mercado del trabajo dispuestos a abrirse camino en este país en el que la competencia por el empleo es muy dura.

A este ejército recién salido del horno de chicas y chicos en busca de un puesto acorde con su formación, se suma alrededor de otro millón de universitarios que no encontraron trabajo en años anteriores. Queda dibujado así un panorama, cuando menos, complicado para las autoridades, que, a pesar del fuerte crecimiento de la economía, tienen dificultades para generar suficiente oferta laboral cualificada.

La tasa de paro entre los graduados chinos fue del 13% en 2009 -una cifra, que, si crece más, puede suponer una amenaza para la estabilidad social, según han advertido los expertos-, y algunos informes aseguran que para los jóvenes que han acabado los estudios y son de origen rural la situación es aún peor. El 35% estaba desempleado ese mismo año.

Una mujer china busca empleo en una feria de ofertas de trabajo en Hefei, capital de la provincia de Anhui (AFP)El Gobierno es consciente del problema y sus implicaciones. De ahí que haya convertido la creación de empleo en una de sus prioridades. Los planes oficiales pretenden impulsar el desarrollo de más compañías tecnológicas y de conocimiento, así como dar incentivos a las pequeñas y medianas empresas que contraten a jóvenes universitarios o que ofrezcan prácticas. También quiere animar a los graduados a que busquen trabajo en las zonas rurales y en provincias alejadas, algo que muchos no quieren hacer porque, una vez probadas las mieles –o las hieles- de la gran ciudad, ahí quieren quedarse. Algunos jóvenes son aconsejados incluso por sus padres para que permanezcan o se muden a las grandes metrópolis –Pekín, Shanghai, Guangzhou y Shenzhen, entre otras-, ya que piensan que ofrecen mejores oportunidades para triunfar.

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